Ya se, me tarde mucho uwu ~ Olvidaba subirlo :c ~ Pero aqui esta ya el capitulo :3
En fin! Espero que les guste! No tiene lemon el capitulo, pero es mi favorito hasta ahora :3


El fin de semana lo pasé en mi habitación, repasando las cosas importantes que vendrían en los exámenes. Después de todo, eran los semestrales y de ellos dependía gran parte de la calificación final. Me preguntaba si Castiel estaría estudiando o haciendo el vago… Pero, bueno, con las tutorías que le había dado, estudió lo suficiente para aprobar; era sólo cuestión de repasar los ejercicios y notas que le di. Ojalá el idiota no reprobase, pero, a la vez… me asustaba lo que me había dicho; "Después de aprobar los exámenes, te haré mío". Idiota, ¿qué quería decir… con eso? Ni siquiera quería saberlo…

El lunes por la mañana, luego de llegar a la escuela, repasé algunas cosas antes del examen. Como todos los exámenes semestrales, sólo se iba a tal y no había clases posterior o anteriormente, por lo cual podíamos irnos a casa en cuanto termináramos las pruebas. El primer examen fue matemáticas, seguido, literatura. En cuanto terminé ambos, a eso de las diez y media de la mañana, me fui a mi casa, sin la intención de ver siquiera a Castiel… El martes tuvimos examen de física y filosofía. De hecho, apenas me había acordado que esa materia no se la había enseñado a Castiel; quizá era bueno en ella… aunque se me dificultaba creerlo. El miércoles fue examen de anatomía, el jueves de historia y el viernes de inglés y paraescolar. Aunque éste último sólo consistía en entregar una carpeta de los trabajos que habíamos hecho durante el semestre. Variaba de alumno a alumno, pues había diferentes clases de paraescolar; estaba arte, música y teatro, además de deporte, aunque no sabía qué tipo de "trabajos" podían hacer escritos los de éste último sector.

Estuve dos veces a punto de hablar con Castiel para saber cómo le había ido, pero desechaba la idea inmediatamente. No quería saber nada de eso… Porque Castiel podría joder con la frasecita del viernes… En lugar de eso, estuve dándole la vuelta cada vez que lo veía en el pasillo. Y, así, el viernes, cuando iba camino a casa, me di cuenta de que no lo vería de nuevo en un par de meses… y eso me hacía tener un sentimiento extraño; como si tuviera náuseas o nervios. Pero no entendía por qué.

Durante vacaciones no hice nada en especial; sólo acompañé una vez a Amber al centro comercial porque "echaba de menos pasar tiempo con su hermano"… Tuve que aceptar y, ahí, me encontré con Lysandro y Sucrette. A pesar del berrinche que hizo Amber por haber ido a saludarlos, fui a conversar un poco y saber qué tal les iba. Aparentemente, no esperaban que alguien del instituto los encontrase ahí, así que me hice el tonto y no especulé nada sobre su "relación", la cual era bastante obvia.

–S-Se suponía que Castiel vendría a acompañarnos… pero no ha estado de humor últimamente –dijo Sucrette con cierta desesperanza.

–Sí –secundó Lysandro, mientras se llevaba una mano a la barbilla –Desde antes de los exámenes estaba diferente, pero desde que comenzaron las vacaciones… está de un humor del diablo –dijo serio y me incomodé un poco. ¿Castiel estaba de mal humor desde que las vacaciones habían iniciado? ¿Sería eso porque huía de él…?

–Ah… qué mal –dije sin mucho ánimo.

–¿No será que ustedes dos pelearon? Por eso de las tutorías. –Preguntó Lysandro y di un respingo.

–Lysandro… –susurró Sucrette, a modo desaprobatorio y Lysandro sonrió.

–No, para nada. Sólo lo de siempre – Sonreí y moví la mano para negarlo. Sí, mentí. Y qué gran mentira más vil.

–De acuerdo… – respondió Lysandro –Creo que tu hermana está esperándote… y no me agrada la mirada que le dedica a Sucrette. –dijo incómodo y Sucrette se hundió en sus hombros un poco, con una sonrisa tímida.

–No te preocupes, está bien. Ya me acostumbré –rio y suspiré.
–Lo siento, así es ella –le dije resignado. –En fin, nos vemos en otra ocasión y, si no, hasta que comiencen las clases –le dije con una sonrisa y me despedí con un ademán de manos. Ellos me correspondieron y tomaron su camino de nuevo.

Al volver con Amber, me reprochó por lo ocurrido y, para cesar su berrinche, le compré un helado. Pasamos la tarde entera ahí, aunque yo no estaba de muy buen humor para compartir mi día con ella. A decir verdad… eso era porque no dejaba de pensar en Castiel. ¿Tan molesto estaba conmigo por no haberme dignado siquiera a preguntarle cómo le fue? O algo así… Pero, aunque quería hablarle para saber si estaba molesto conmigo, al mismo tiempo no. No quería que me tentara a hacer algo… Y dejé pasar ese pensamiento.

Faltaba sólo un mes para que las vacaciones de verano terminasen y yo no me sentía del todo cómodo conmigo mismo. A pesar de haber intentado distraerme leyendo novelas y paseando un poco por mi cuenta en la ciudad, no dejaba de tener esa sensación de decepción. Estaba molesto conmigo porque era un cobarde y ni siquiera me atrevía a ver cómo estaba Castiel. Pero, es que… no quería que pensara que yo estaba interesado en él. Es decir… no es que no lo estuviera, sólo… ¡Agh! ¡Mientras más pensaba, más me enredaba con mis propios pensamientos! ¡Y eso me molestaba mucho! No sabía qué hacer, pero sentía la necesidad de volver a verlo, por lo menos para animarlo un poco y no estuviese tan de mal humor. Porque, normalmente lo estaba, pero a como dijo Lysandro, estaba muy por fuera de sus límites. Y, a pesar de todo, preferí seguir siendo un cobarde…

Un sábado, luego de pasear por el vecindario, decidí volver a casa y, en la esquina, me encontré con una motocicleta gris y a un chico pelirrojo, con pantalones negros y una camiseta del mismo tono, además de tenis rojos. Lo miré con los ojos como platos y él sonrió. Me quedé parado en el mismo lugar y él me lanzó uno de los cascos que llevaba encima.
–Sube –me dijo con media sonrisa y me espabilé.

–¿Eh? –vacilé –No –le dije serio.

–No jodas. Súbete. –me dijo con cierta burla y bufé. –¿O tienes algo más interesante qué hacer? –me preguntó con sarcasmo y suspiré, molesto. No, la verdad no tenía nada más interesante qué hacer…

Me resigné y me puse el casco rápidamente. Al subirme tras de él, tragué saliva, nervioso y lo abracé. Escuché una risa de su parte pero lo ignoré, para luego sentir el arrancón del vehículo.

–¿A dónde me llevas? –le pregunté curioso. Al menos debería de haberme dicho eso… ¿no?

–Dentro de poco lo sabrás –me dijo seriamente y asentí, mientras recostaba mi cabeza en su espalda y veía la ciudad a nuestro costado. Me sentía más tranquilo al verlo de buen humor… Al menos tenía la certeza de que no estaba molesto conmigo.

Castiel se detuvo en una esquina y aparcó la motocicleta en el pequeño estacionamiento. Nos bajamos y, con un ademán, me indicó un pequeño establecimiento de comida italiana llamado "Affamato di libri". La construcción era de madera pintada de rojo. Gran parte de la pared donde se encontraba la puerta principal, era de vidrio. Había una especie de sombrilla pegada a la pared, haciendo sombra a unas cuantas mesas con cuatro sillas cada una. Me quedé en silencio, ¿se suponía que Castiel tenía la intención de entrar ahí? Y, ni siquiera me dijo nada. Sólo lo hizo; entró y me miró con recelo para que yo hiciera lo mismo. Así hice y, a decir verdad, no sé qué demonios pasaba por mi cabeza cuando abrí la boca.

–¿Qué te pasa? ¿Por qué me traes aquí? –le dije molesto.

¿Por qué estaba molesto, carajo? ¿Por qué? Si ese era un gesto… nuevo, de su parte. ¿Por qué, en primera, me llevaba a un restaurant? ¿Qué le pasaba por la cabeza? ¿Acaso él… me estaba invitando a comer? ¡Ave María Purísima!

Castiel se quedó en silencio y siguió caminando, hasta sentarse en una mesa en la esquina, con cuatro sillas. Lo seguí disgustado y continué con mi estúpida actitud.

–Respóndeme, ¿por qué rayos me trajiste a aquí?

Y, es que… yo no quería ser grosero. Sólo no comprendía qué sucedía. No lo comprendía para nada. Y no sabía cómo reaccionar… Y, entonces, Castiel me vio a los ojos, con una expresión molesta y bufó.

–Porque quería verte, ¿de acuerdo? Ahora, siéntate y no hagas preguntas estúpidas. Intento ser amable, ¿sabes? –me contestó algo disgustado y parpadeé un par de veces al notar cierto sonrojo en su rostro. Quizá el enojo mismo era la causa… Asentí y me senté frente a él en silencio.

Castiel estaba siendo amable… Castiel me estaba invitando a comer… ¡Estaba con Castiel en un restaurant de comida italiana! ¿Qué tramaban los de arriba? Dejé de pensar mucho y me enfoqué en intentar que nuestro prolongado silencio no fuese tan incómodo. Y, justo cuando iba a hablar, Castiel abrió su boca.

–Puedes tomar un libro de alguno de los estantes de ahí, mientras esperas… –me dijo, medio titubeante y volteé a ver a donde me señalaba.
Al otro lado del restaurant, el cual era pequeño, se encontraban tres estantes altos con muchos libros y un cartelón negro con letras blancas que decían "Tome y regrese. Gracias" Sonreí y volteé a ver a Castiel algo confundido.

–¿Por qué me trajiste aquí? –le pregunté con un tono más suave, para que no se lo tomase a mal y me volteó a ver, luego de haber estado viendo la ventana todo el tiempo.

–Sé que te gusta la comida italiana y leer… –me dijo serio –Así que te traje al lugar más aburrido del mundo. Ya sabes, para gente aburrida como tú –sonrió sarcásticamente y bufé. Me puse de pie, dispuesto a tomar un libro, pero luego deseché la idea. Sería algo descortés hacerlo… así que me senté de nuevo y Castiel me miró curioso –¿Qué?

–Nada, sólo pensé que sería mejor conversar… –le dije titubeante y sonrió.

El silencio fue algo incómodo al principio, pero, luego de ordenar, todo se tornó diferente. Me recordaba a los días en que éramos niños y jugábamos sin parar en el parque del vecindario. Castiel me había contado qué había estado haciendo durante sus vacaciones. Como era época de vacaciones, las líneas aéreas estaban más que ocupadas, por lo que sus padres no habían tenido oportunidad de visitarlo, así que había estado solo todo el tiempo… y eso, de cierta forma, me hacía sentir un poco mal. Pero a él le gustaba su soledad, supongo. Cuando llegó nuestra orden a la mesa, comimos mientras intercambiábamos diálogos; en su mayoría eran agresiones del uno al otro… cosas de todos los días. Y, después de terminar de comer, todo se tornó más… llevadero. Seguía diciéndome idiota, estúpido, lamesuelas, perro faldero, entre otras cosas; y yo seguía llamándolo vago, inútil, bueno para nada, engreído… Pero era inevitable. Y, de cierta forma, yo sabía que él era así; no podía ser amable, no era su naturaleza… sin embargo, sí, como había dicho Melody; Castiel era un buen chico, después de todo. Al terminar de comer, a eso de las seis y media, Castiel pareció tener una idea y, después de pagar la cuenta entre los dos, nos fuimos en su moto a quién sabe dónde.

–¿Y ahora? –le pregunté divertido… ¿Eh…? ¡Oh, por dios! ¿De verdad me estaba divirtiendo con el rebelde bueno para nada, malhumorado y pedante? ¿Por qué mi sonrisa no se borraba de mi rostro? Debía… de estar perdiendo la cordura… Sí, seguramente era eso.

–Hay un lugar al que me gusta ir a esta hora. –me dijo sin más y pasamos un largo boulevard durante diez minutos.

Estábamos casi en los límites de la ciudad y, al llegar, nos bajamos en un lugar desolado y altísimo; incluso hasta mis oídos se habían tapado debido al cambio de altura. Desde ahí, se miraba toda la ciudad. A lo lejos, el cielo parecía cambiar de color a uno más rojizo. Nos quedamos sentados en la moto, sin hablar. Castiel tenía sus brazos cerrados y el entrecejo fruncido, pero mantenía la vista fija en el atardecer. El cielo comenzó a colorearse rosado y anaranjado, mientras que las nubes desaparecían rápidamente. De un momento a otro, el cielo se oscureció y las diminutas luces amarillentas y blanquecinas deslumbraban todo a su alrededor. Los edificios parecían azulados y amarillentos debido al juego de luces y sombras. A lo lejos se veían los carros pasar por alguna avenida transitada, mientras el cielo, en esa parte de la ciudad, dejaba apreciar más estrellas de lo normal. Me gustaban ese tipo de vistas y pocas veces había visto una tan sublime. Simplemente, me quedé maravillado.

–Delegado –escuché la seria voz de Castiel, en un tono bajo. Volteé a verlo y se mantenía en la misma posición que antes –No te odio. –me dijo en un murmullo y sonreí.

Estuve a punto de soltar un comentario sarcástico, pero Castiel parecía realmente serio. No estaba para bromas.

–Lo sé. –suspiré y estiré mis brazos. Volteé a verlo y sonreí ligeramente –Yo tampoco te odio. –le confesé.

Castiel sonrió de lado y, rápidamente, llegó hasta mis labios… ¿Qué se suponía que debía hacer? Ya no sabía; sólo actuaba… Lo besaba como si tuviera la necesidad de hacerlo. Como si mi cuerpo me lo pidiese. No duró más de diez segundos, cuando Castiel se separó y me miró prepotentemente.

–En verdad, delegado. Te quiero violar –sonrió y ¡agh! ¡Me retractaba! ¡Sí lo odiaba! Pero…

–¡Maricas! –escuché una voz y ambos nos volteamos. Eran dos chicos como de nuestra edad… Castiel gruñó y pareció que su cara había cambiado por completo.

–¿Puedes repetirlo? No te escuché, imbécil. –le gritó Castiel y, oh, dios, no… Lo tomé del brazo y me miró molesto.

–Mejor vámonos –le dije con un volumen alto, para que los tipos escucharan y no se armara una pelea.

–¡Sí, váyanse, malditos maricones de mierda! –se escuchó la voz del otro sujeto y Castiel me soltó el brazo. Miró al piso y encontró una vara de metal no muy gruesa. La tomó y sonrió macabramente.

En cuanto vi aquello, entré en pánico. Era mejor irnos cuanto antes. Pero no sabía cómo detener a Castiel…
–¡Uy! ¡El maricón se enojó! –se escuchó de nuevo al primer tipo y mi piel se heló. –¿Qué vas a hacer? ¿Nos vas a pegar, mariconcito? –gritó de nuevo y rieron a carcajadas.

Castiel avanzó y, aunque intenté retenerlo, no lo logré.

–¡Suéltame y quédate aquí! –me gritó, realmente molesto… Me quedé en shock. Mi vista se había nublado… Estaba realmente confundido y, cuando salí de mi trance, el escenario era distinto.

Castiel estaba peleando con aquellos dos chicos. Me asusté al verlo tan agresivo; nunca lo había visto así… Además, la barra de metal que llevaba encima la usaba como si estuviese conteniéndose y dentro de poco no podría soportarlo más… No podía quedarme ahí sin hacer nada… Eran dos contra uno y… aunque yo había dejado de practicar box, algo podría hacer. Salí corriendo para enfrentar a uno y, realmente, no fue muy difícil golpearlo unas cuantas veces, aunque yo también recibí algunos golpes. Al final, Castiel dejó en el piso al otro y comenzó a patearlo una y otra vez. Cuando me di cuenta, el chico con el que yo estaba peleando volteó a verlos también y nos soltamos.
–¡Oye, ya déjalo! ¡No era para tanto! –le gritó el chico que me había soltado.

–¿No que muy hombre? –rio Castiel y siguió golpeándolo con su pie.

–¡Castiel! –le grité asustado. –D-Detente… –le dije ahora en pánico; me miró confundido y se alejó del chico.

El que aún estaba en buenas condiciones, ayudó al que estaba en el piso a ponerse de pie y, a pesar de estar bastante golpeado, sólo bufó con prepotencia y se paró por su cuenta.

–Tú… –le dijo a Castiel y él volteó a verlo severamente, mientras movía la barra de metal en círculos, sonriendo. El chico pareció arrepentirse de lo que iba a decir y se dio la vuelta. –Vámonos, no vale la pena… –le dijo al otro chico y subieron a un auto, para luego irse.

Cuando el carro hubo desaparecido de vista por completo, Castiel se echó a reír.

–Joder, ¿viste su cara? –rio y me quedé viéndole algo asustado. –¿Qué? –me preguntó confundido.

–Nada. Sólo que… ¿estás bien? –le pregunté y sonrió.

–Sí. ¿Acaso creías que unos cretinos como ellos me harían algo? Son sólo algunos golpes; nada serio. –y luego volteó a verme –¿Pero tú estás bien? –me preguntó "casi" preocupado.

–Ah, sí. No es nada, sólo me duele un poco… –le dije mientras me limpiaba la cara.

–No creí que te atreverías a pelear –me dijo mientras caminábamos a la motocicleta.

–Antes practicaba box. Lo dejé hace mucho –le expliqué y sólo escuché un "hmm" de su parte.

Cuando comenzamos a ponernos los cascos, Castiel me miró y abrió un poco la boca.

–Tienes sangre en el labio. –me dijo y se acercó a besarme de nuevo… Lo acepté, como había hecho antes, aunque no comprendía del todo por qué le permitía hacerlo. Al separarse de mí, sonrió –Mentí –y se puso el casco.

–¡Idiota! –le grité y me terminé de poner el casco.

Nos subimos a la moto y, en un semáforo en rojo, Castiel me volteó a ver.

–¿Quieres ir a mi casa? –me preguntó con un tono libidinoso.

–¿A qué? –le pregunté dudoso y sonrió.

–A que te viole, ¿a qué más?

Castiel era tan… descarado.

–Me rehúso. –le dije molesto y suspiró. –Llévame a mi casa.

–Qué aburrido eres –me dijo y se volteó de nuevo para esperar la luz verde.

No dije nada y suspiré. ¿Así que todo lo del día fue para convencerme de ir a su casa? Me parecía difícil de creerlo, pero a la vez, podría esperármelo de un engreído como él. Pero, no. Aunque intentase meterme la idea de que Castiel no era un buen chico, yo sabía que me mentía a mí mismo y, sí… joder, era difícil de aceptarlo, pero a mí me gustaba. Quizá siempre lo había hecho y sólo había sentido ese "odio" para no permitirme sentir algo por alguien quien seguramente me odiaba. Pero las cosas eran diferentes ahora; todo un giro de ciento ochenta grados... "del odio al amor", ¿huh? Ya lo tenía claro; nunca fue odio, por lo menos de mi parte…

Castiel me dejó en la esquina donde lo había encontrado en la tarde y me bajé de su motocicleta. Dejé el casco en la parte trasera y, antes de comenzar a caminar, Castiel me vio a los ojos.

–Oye –me habló –Sobre lo de violarte… –sonrió lujuriosamente y ¡quise golpearlo, realmente! Pero luego su mirada cambió –No quiero violarte –bufó, como si estuviera molesto –Quiero hacerte el amor –Me dijo con el entrecejo fruncido y una notoria mirada incómoda.

Me quedé flipando. ¿Qué había escuchado? Abrí la boca para hablar, pero Castiel se despidió antes.

–Nos vemos, delegado. –y arrancó la moto, para desaparecer de mi vista.

Me quedé en shock, ¿de verdad había dicho eso? ¡Dios! ¿Qué le pasaba por la cabeza…? No, más bien… ¿qué me sucedía a mí y por qué eso había acelerado mi corazón? Tragué saliva y cerré mis puños con fuerza para intentar calmarme. Caminé con lentitud hasta mi casa y al entrar, saludé a todos y subí a mi habitación. Lo bueno era que mi padre no estaba en la sala. Me acosté en mi cama y, al tocar mi cara, me percaté de que mi piel hervía… ¿Estaba sonrojado? Pero eso… ¿por qué? ¡Odiaba que Castiel me hiciera pensar cosas que no entendía! ¡Lo odiaba! Pero… lo quería…