Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.

KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sopresa …

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Uno mas en la cancha.

Capítulo 05: Mía, tuya, nuestra .

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No hay que preocuparse por nada.

Atsushi le ha contado a todo el mundo, que Aka-chin está bien, es solo que le gusta jugar a ser la bella durmiente desde hace unos días.

Las inyecciones han terminado, y las pastillas, y Akashi inclinado en el baño horas y horas.

El nuevo síntoma de Akashi es caer redondo cada dos por tres, tanto que Murasakibara ya ni se asusta por ello.

Kagami le lleva hasta la cama y resuelven continuar con la comida, dejándole descansar a gusto, sin interrupciones.

Lucky se duerme después de comer, mientras Kou, se afana en tratar de agarrar el calcetín que tapa su piececito.

Kibu mira hacia la puerta, por la que Kagami se ha llevado a su papi, hace un puchero, y sorbe por la nariz.

Murasakibara la coge de nuevo, entre los enormes brazos del pelilila la niña parece minúscula. Mira a su mami, con intención clara de llorar.

– Oye, oye... ¿Qué es esa cara tan fea?. – Murasakibara se sienta, acomodando a la niña en sus muslos. Su sonrisa es totalmente sincera. – Las princesas no hacen pucheros, ni lloran... si te quedas con esa cara serás fea... y no me gustan las niñas feas.

– ¿Papi?. – Mira al jugador y luego a su madre. Desvía la mirada al pasillo y de vuelta al mas alto. – Kibu buena niña, no fea... – Se aparta el flequillo de nuevo con la mano abierta.

– Bueno no sé... no puedo ver bien. – Mueve el flequillo de la niña a un lado. – Hay que hacer un peinado nuevo, Kibu chan no ve bien con tanto pelo por medio.¡Ya sé! Yo soy un peluquero de princesas, y te hago un peinado super bonito... ¿Qué me dices?.

Murasakibara frunce el ceño. Buscando un modo de ayudar a la pequeña, quita sus horquillas de conejitos y la goma con una mano, con cuidado.

Le acaricia el pelo, moviendo a un lado y a otro los suaves cabellos, del color de Akashi. Incluso en el tacto son idénticos. Atsushi los conoce de sobra, ha pasado horas deleitándose en el tacto de ese pelo rojo, y le gusta sentirlo igual, solo que con el dulce y sutil aroma de la colonia infantil.

Himuro rescata de la bolsa grande un pequeño bolsito con forma de nube, y se lo pone a la niña en la mano. Kiseki mira dentro, concentrada.

Saca un peine de cerdas suaves que el mayor toma de inmediato, peinando con calma. Sigue sacando cosas, horquillas, gomas sueltas... busca dos iguales, pero no ha traído las adecuadas.

– Mmm... – Murasakibara aprieta los labios en una línea... le recoge una porción del pelo en lo alto, haciendo una pequeña palmera con una goma rosa, pero el otro lado queda caído. Tiene una idea. Suelta su propia coleta, en lo mas bajo de la nuca. La goma es rosa, y la niña asiente.

Kibu levanta las dos manitas, palpando sus coletas nuevas con ligeros toques, sonriendo feliz.

Himuro sonríe con su hija, un poco mas tranquilo, la verdad. No pudo imaginarse que la pareja de Akashi era precisamente, Murasakibara, el jugador al que él tanto admiraba... y por un momento pensó que no aceptarían a su pequeña... pero en cierto modo, le gustó que precisamente fuera el dulce gigantón la pareja del pelirrojo.

Miró hacia el pasillo, como su hija, minutos atrás. No podía evitar seguir preocupado.

– Aka chin está bien. – leyendo su preocupación, se adelantó a su pregunta.

– Bien nado. – La nena le "obligó" a agachar la cabeza para recibir sus palmaditas de agradecimiento por el peinado. – Asias.

– De nada, princesa. – Miró cómplice a la niña, y los dos sonrieron al mismo tiempo. –¿Le hacemos un peinado a Kou chin?

El niño ladeó la cabeza, interrogante. Alzó una ceja, intuyendo que su nombre, mas esa sonrisa no era nada bueno, y después miró a su padre, con una clara súplica de salvamento pintada en su infantil rostro.

Casi era hasta divertido lo de tratar de quitarse el calcetín y todo...

Media hora después Kuroko repartía los helados.

Murasakibara yacía tendido en la alfombra, Kou sobre su estómago, Kiseki a su cabeza, peinándole el largo cabello con los dedos.

Totalmente concentrada ponía una horquilla, y luego la quitaba para ponerla a un lado.

Takao miraba la escena, acunando a su pequeña con dulzura junto a su pecho. Lucky estaba despierta, demasiada luz y escándalo como para dormir. Sus verdes ojos, trataban de enfocar las caras, incomprensibles para su tierno cerebro, aunque si conocía la mayoría de las voces que escuchaba.

Kibu miraba a la otra niña, sonriendo a Takao, para volver a sus peinados en el pelo del mayor.

Los dedos de Murasakibara recorrían la pequeña espalda sobre su vientre, arriba y abajo. No le veía pero estaba seguro de que Kou se había dormido tranquilo sobre él.

Himuro terminó su historia al momento justo de servir el café, mientras el lavaplatos se ocupaba de la vajilla.

Takao suspiró, conteniendo un lamento, al igual que Kuroko. No podía ni imaginarse lo que habría sido para él alumbrar a Lucky solo, absolutamente solo.

Y ese chico no solo lo había hecho, si no que después pasó una semana entera a solas con su recién nacida. Sin médicos, ni ayuda de ningún tipo...

Takao dirigió su mirada a su esposo, diciéndole mil cosas solo con los ojos. Kagami pasó la mano abierta por la espalda de Kuroko, orgulloso de su amigo. Himuro había sido todo un héroe, uno increíble.

…..

La historia empezaba meses atrás, cuando intentando ayudar a Kuroko, había terminado desarrollando sentimientos por el amigo del peliceleste. Tenía algo que se parecía al amor del que trataba de huir en aquel momento; el cabello rojo.

Himuro amaba el cabello rojo de Kagami, aunque nunca le había confesado nada, no quería estropear una amistad de años... y notó el debate de Akashi. Su actitud, su manera de hablar, de mirarle, de preocuparse... Himuro no era tonto, y vio su corazón roto detrás de esa personalidad adulta dentro de un cuerpo adolescente. Era como si todo el peso del mundo recayera en sus pequeños hombros.

Su encuentro íntimo fue casi una consecuencia natural de pasar parte de la noche a solas.

Primero hablando de sus amigos, de su amor por el basket, estrategias, partidos pasados... amigos, vivencias... poco a poco lo suyo pasó de las palabras a las risas, las miradas, las confesiones...

Himuro se sintió atraído por él por algo tan insignificante como el color de su pelo, Akashi, no lo tenía muy claro... Algunas veces sentía que se había acercado a él por que se parecía en algo a la persona que había perdido, ese amor no correspondido del que parecía prisionero sin serlo,después por que le caía simpático, o su manera de hablar le resultaba agradable... al final simplemente pensó que su atracción mutua era puramente física. Sin mas.

Una noche llena de puntitos, lo hicieron. Había estrellas por todas partes, no solo en el cielo. Sin viento, el ambiente era cálido.

Empezó inocente, quería un beso, uno solo. No supo quien de los dos pidió semejante locura, un abrazo, un beso, una caricia perdida …

La noche.

Están solos, mas solos de lo que nunca han estado. Himuro es mas alto, diez centímetros mas alto, pero Akashi está acostumbrado a moverse entre gigantes, y en horizontal la diferencia de estatura no importa. A ninguno de los dos le importa.

El moreno va arriba, no lo han hablado, no hace falta. No es mas que un acto desesperado de desahogo... un modo como otro cualquiera de poner punto y final a una época con el corazón roto, para comenzar una nueva lejos del dolor pasado.

Solo es eso, nada mas. No se gustan, no se aman, no sienten nada el uno por el otro... esas lágrimas que llegan hasta sus labios durante los vaivenes no significan nada.

Nada.

El cuerpo, traicionero, reacciona a los estímulos, a los vaivenes dulces, a las pequeñas manos posadas en su trasero, hundiéndose en su cuerpo, dedos nerviosos, aire desesperado que no entra en los pulmones como debería.

Hace calor, mucho, por todas partes. Hasta el aire que reemplaza sus prendas es abrasador, pero a estas alturas, lo único que pueden hacer, que quieren hacer es dejarse llevar sin mas.

No importaba nada. Himuro solo quería un beso, uno solo. Recordó que fue él quien lo pidió, un beso, solo uno... ¿A que venía lo del tener sexo de ese modo?... como si no hubiera un mañana, como si solo estuvieran ellos dos, sin preocupaciones, sin corazones rotos, sin amores que solo eran amigos, ni amigos con el corazón roto que no veían mas allá de su propio dolor...

Ah, si, ya se acordaba... le gustaba su pelo, rojo... la razón por la que Akashi estaba ahí era un misterio. Por que le acariciaba como lo hacía, por que sus labios le buscanban, llenando de cálida saliva el hueco entre su cuello y hombro. Por que sus suspiros no subían de volumen, ni cuando se metía tan adentro que le hacía daño...

No preguntó, no quiso saberlo... solo sabía que le gustaba su pelo... tan rojo...y sus ojos desiguales... eran tan exóticos.

Himuro se sintió tan corriente a su lado. Moreno de ojos negros, ya ves tu, lo mas normal del mundo.

Las personas mas hermosas son aquellas que no son conscientes de su hermosura, y precisamente eso era lo que le hacía tan arrebatador... pero ¿Tanto como atraer a Akashi a sus brazos, a ese encuentro furtivo? No lo sabía, tampoco quiso saberlo.

Un latigazo en su espalda, recorriendo como una descarga su piel, encogiendo sus pies, sus manos, sus labios.

La piel de gallina se extiende por todo su cuerpo, mientras recibe el resultado de su encuentro nocturno sin ser consciente de que lo que ocurre en realidad.

Akashi le aprieta contra sus caderas, sin soltarle. Es increíble la fuerza que tiene, que pone en que no se mueva, y esa inmovilidad le arrastra a su propio desahogo. Entre los dos, sale cálido y se entibia hasta enfriarse, al ritmo de sus latidos desesperados.

Están solos, mas solos que nunca.

Sudados, satisfechos, ardiendo por dentro, por fuera, por todas partes y a la vez helados.

El corazón sigue roto, el dolor sigue ahí... solo quiere un beso, solo uno...

¿Lo hacemos otra vez?... la pregunta surge de los labios del pelirrojo. Labios hinchados de besos erráticos, miradas perdidas.

Himuro siente el césped en su espalda desnuda, el cuerpo caliente moverse sobre él, la pegajosa sustancia en su estómago... las estrellas, tras el límite de su hombro...

La noche... que empieza a dejar de serlo. El oscuro cielo va clareándose, mientras ellos dos, siguen lamiendo sus heridas mutuamente...

...y ahí se quedan, cuando el cuerpo ya no da para mas, se visten, en silencio, recogen sus besos, sus miradas, su angustia, sus caricias. Lo entierran todo lo mas profundo posible. Una promesa muda de silencio. No ha pasado, no debe ser contado, a nadie le importa... es algo solo de ellos, y de nadie mas.

Sin consecuencias.

Himuro vuelve a casa de su tio, andando.

El dolor de su cuerpo, por la intrusión, le dá la suficiente rabia como para no parar de andar hasta llegar a su casa. Cuando volvió a la casa de la abuela, Akashi y Murasakibara habían vuelto a la ciudad.

De nuevo solo... o eso creía.

….

– Cierra todo cuando me vaya. – La abuela seguía revisando todo varias veces, el cierre de la ventana era su objetivo actual.

Himuro la miraba, con la mano en su pequeño vientre de casi siete meses. No había engordado mucho con el embarazo, aunque estaba totalmente sano, los últimos meses no habían sido un paseo por el campo, precisamente.

– Está bien, abuela. – Puso la maleta de mano en los dedos de la anciana y la llevó hasta la puerta. – Cerraré todo, el gas, las puertas, las ventanas, apagaré la luz general...

– Anuncian una nevada, asegúrate de cerrar todo bien... sobre todo el agua, que no se congelen las tuberías. Los animales están asegurados, todo lo del granero lo he dejado para que aguante. – Le acarició la cara con dulzura. – No me gusta dejarte solo en año nuevo, pero … faltan un par de meses para que nazca tu pequeña y mi familia no vendrá... y tu te empeñas en no querer venir..

– Estaré bien, de verdad. – Dio un beso en su mejilla y posó la mano de la anciana sobre su bebé. – Estaremos bien. De hecho estaremos estupendamente con un poco de tranquilidad. Cerraré todo antes de la nevada, y me acurrucaré aquí dentro, bajo la mantita, con un montón de comida hasta que pase el año nuevo... Diviértase con su familia, y dele a Tetsuya un beso de mi parte.

No se fue muy convencida, pero si no salía en ese momento, perdería el tren y no había cosa que le molestara mas que tener que ir en taxi. Pagar a un desconocido para que la llevase a cualquier sitio le molestaba y mucho.

Himuro disfrutó de su tranquilidad hasta la noche de fin de año. Cenó ligero, no tenía mucha hambre, y la niña no paraba quieta, obligándole a tumbarse de lado para estar mas a gusto.

Estaba un poco cansado, por la tarde había despejado el camino con la sal, y se había asegurado de que los animales tenían agua y comida. El huerto seguía cubierto y las provisiones de leña no se habían mojado. Apagó todo lo eléctrico y esperó a que lo mas fuerte de la nevada, que sería esa noche y todo el día siguiente, descargara y pasara de largo para volver a poner todo en su sitio.

El dolor le despertó en mitad de la noche. Un dolor lacerante, puntiagudo, abrasador.

El frío llenaba el cuarto y toda la casa fuera de la cama, lejos de la manta que le cubría. Aun así se destapó. Usó la luz del móvil para mirar bajo ella. No había luz, ni teléfono, ni fuera ni dentro de la casa.

Vio sangre, en las sábanas, en sus muslos, mojando su pijama. Dolor, mucho dolor.

Llenando cada espacio de su ser. Estaba de parto, no podía ser, pero así era.

Y no tuvo tiempo de pensar en mas. Otro dolor, mas horripilante que el anterior, le hizo gritar, con fuerza. Aferrando el vientre entre sus dedos, resolvió quedarse en la cama.

Intentó llamar, no había línea. La maldita nevada había estropeado las comunicaciones.

Pensó que moriría por el dolor, pensó que estaría solo. Pensó que moriría ahí, solo... o su bebé... y que no sabría que hacer hasta que la abuela volviera...

Pero después todo se alejó. Había llegado hasta ahí solo, y llegaría al final del mismo modo.

Sabía algunas cosas, la abuela no paraba de repetirle una y otra vez historias antiguas, de partos que había asistido.

Mantener la calma, respira, despacio, y lo mas importante, si había sangre, alumbrar al bebé, ya.

Le había despertado el dolor pero no sabía cuando había empezado... y que pasaba realmente.

Un nuevo síntoma se unió al dolor, una tensión muscular en el bajo vientre. Empujar, tenía ganas de empujar... y eso también se lo había contado la abuela.

Vale, se preparó para el siguiente. Tenía prisa, miedo, mucho mucho miedo. No podía dejar que pasara sin mas, tenía que hacerlo por si mismo, obligarse a continuar.

Apretó, gritó, se encogió, no supo en que orden, no tenía consciencia de sus actos, ni del tiempo que pasaba... se concentró en su pequeño vientre, nada mas.

Un último grito, seguido de silencio. Sus jadeos solaparon los sonidos que siguieron al acto en sí. La pequeña criatura se movió en el espacio bajo sus muslos.

Era pequeña, muy pequeña. Nunca en su vida había visto nada tan pequeño.

Lloró, bajito, acunando con dedos temblorosos a la niña, sucia y ensangrentada.

Tenía la piel de gallina, y la tiritona que se instaló en su cuerpo le recordó el frío, y que tenía que terminar lo que había empezado. Limpiar todo, a la niña, la cama, él mismo.

Necesitaba llegar al baño, pero no había agua, estaba cortada. Usaría una poca de la que tenía para la comida, y cruzó los dedos para llegar a la cocina sin desmayarse. Estaba claro que toda esa sangre era suya...

no supo como pero lo logró. Cuando el amanecer iluminó todo, estaba sentado en la cama, con la ventana abierta, dejando que el sol entrara en el cuarto a través del cristal.

Cansado, dolorido y agotado vio a su pequeñita a la luz del día.

Pequeñita, muy pequeñita, pálida, calvita, sin cejas... si pudiese buscar una palabra era minúscula. Su criatura era minúscula.

Pero no podía dejarse vencer. Arremolinó todo lo necesario alrededor de la cama, para salir de ella lo menos posible. No tenía muy claro que hacer a continuación, seguía sin haber línea de teléfono y seguía solo con ella.

Solo priorizó, nada mas. Tenía que mantenerla calentita, limpia y alimentada. Y él lo mismo. No podía desfallecer y rendirse.

Cuando pasó una semana, y la abuela regresó, se dio cuenta de que los ojos de su pequeña eran ligeramente diferentes... y que empezaba a nacer, en la mitad de su cráneo, una preciosa pelusita suave de color rojo...

….

Akashi despertó y se deslizó hasta el comedor apoyando el hombro en la pared. Si iba despacio el mundo no se ponía a dar vueltas... llegó al comedor cuando Himuro terminaba la historia, pero no dijo nada... la verdad es que no sabía que decir... solo miró a la niña, que peinaba totalmente concentrada el cabello de su novio.

Era injusto, pero real.

Kiseki estaba ahí, era una verdad... una verdad preciosa.

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Kyaaaaaaaaaaaaaaaaa terminéeeeeeeeeeeeee

ufff ufff ufff

Gracias por estar ahí, aunque estoy un poco choff por los pocos coments en el origen ( puchero) pero este sigue gustando... ( O eso espero)

Besitos y mordisktios

Shiga san