Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sopresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 07: Esos besos que me das .
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El sonido del agua era relajante, la temperatura agradable.
La sensación de calma recorría su piel al completo.
Lucky pasaría la primera noche fuera lejos de casa.
Los padres de Kazunari se habían ofrecido voluntarios, prácticamente habían secuestrado a la pequeña de los brazos de su madre, con la excusa de que querían pasar mas tiempo con ella antes de volver a su trabajo, en el otro lado del mundo.
No era cierto, y Kazunari agradecía internamente la oportunidad que sus padres le brindaban.
Había salido por la tarde, de compras.
Hacía tiempo que no compraba ropa para él. Había vuelto a su talla, pero su ropa era anticuada, y la que tenía o estaba pasada de moda o estropeada. Casi siempre iba con el uniforme del instituto, o con su versión deportiva. Y la ropa de embarazo era de Kuroko, gracias al cielo que le había servido, y que su marido era mas grande que él, y su ropa le quedaba estupendamente con su barriga redondita.
Iba a echar de menos eso, ponerse la ropa de Shintarô sin preguntarle. Le gustaba especialmente ponerse las prendas que él acababa de usar, no sabía por que pero se sentía en calma con ellas puestas.
Se compró un par de camisetas, pantalones y una docena de cambios de ropa interior, algunos de los cuales eran de lo mas incitantes.
También reparó en ciertos artículos que antes utilizaban casi a diario y unas cuantas cosas que no usaba desde unos meses atrás.
Se sonrojó hasta el límite de lo permitido en la farmacia.
Shintarô siempre se ocupaba de comprar esas cosas, y la verdad, no tenía ni idea.
No se le había ocurrido que pudiera haber de tantas clases, formas, colores, sabores... tamaños... hasta con relieves... y la crema le costó unos minutos mas de sonrojo. Las preguntas de la farmacéutica le parecieron mas un examen para un cuerpo de seguridad que para comprar crema.
Había fría, caliente,con sabor a cosas, olor... comestible.
Estuvo a punto de soltarle una grosería a la dependienta, menos mal que al final reconoció la pegatina de uno de ellos. Habían cambiado el envase, pero era la misma.
Al llegar a casa lo primero que hizo fue mirar la hora.
Aún tenía un par de horas para prepararse. Extendió su ropa sobre la cama y la miró con una sonrisa. Eligió lo mas casual y cómodo y guardó el resto.
Colocó las flores que había comprado por el camino, rosas blancas, el articulo para la buena suerte del día de hoy para su signo, por toda la casa, especialmente en la bañera y la habitación de los dos.
Y se metió en la ducha.
Tenía una sensación de vacío extraña, desde que Lucky había llegado a sus vidas, sentía un vacío, tanto físico como emocional. Había estado todos esos meses alojando a su pequeña dentro del cuerpo, que ahora era como si le faltara algo.
No terminaba de sentirse él mismo del todo.
Salió secándose el pelo, que peinó con los dedos. No quiso mirarse al espejo, y se paró frente a la cama, desnudo.
¿Qué venía ahora?. Ya se habían casado, tenían un bebé... ¿Cuál es el siguiente paso?.
¿Hay siguiente paso?...
Se vistió lentamente con ese pensamiento rodándole por la cabeza. Al final le dio igual.
El gusano rastrero estaba a punto de llegar y él no quería pensar en nada negativo.
Aún así, se quedó de pié frente a la cama.
Aunque escuchó las llaves perfectamente, y a Midorima llamarle, no abrió la boca para nada.
– Siento llegar tarde, paré un momento por la cena. – Takao no se giró para reprocharle nada. – ¿Estás bien?
– Si... estoy bien. – Llevaba un rato pensando algo. Era descabellado y podía llevarse un chasco, pero por intentarlo no perdía nada.
– ¿Y la niña?. – Miró extrañado a la cuna vacía y luego a su esposo.
– Quería salir. Le ha dado dinero y se ha ido con sus amigas de fiesta. – Midorima levantó una ceja por encima del límite de las gafas. – Me ha convencido, no he podido resistirme a esos ojitos verdes tan preciosos.
– ¡oh!...Le habrás dicho que vuelva antes de la diez, ¿No?. – Le abrazó sonriendo. – Lo que significa que tenemos tiempo para nosotros...
Takao asintió, tímido. No sabía por que se sentía tímido de repente.
Las manos viajaron sin que lo pensara a la cintura de su esposo. Lo siguiente que se escuchó en el cuarto fue la bolsa con la cena, caer al suelo.
Midorima podía oler el aroma de las rosas, y le pareció de lo mas tierno que mirase el horóscopo.
Kazunari tembló a su toque, y le miró comprendiendo su miedo. Era la primera vez que iban a intimar después del parto, y eso lo convertía en una nueva primera vez.
– No tenemos que hacer nada que no quieras. – Midorima susurró en sus labios, tratando de separarle, pero su esposo tenía otros planes.
Unos planes infinitamente mas atractivos que cenar a solas sin la nena.
Era un momento perfecto para retomar su vida íntima. Sin prisa, sin tiempo, solo ellos dos y sus sentimientos.
– Lo siento. – Se disculpó el moreno, sentándose en la cama. – Por si hago algo que no te guste... hace mucho que no lo hacemos y sinceramente, tengo un poquito de miedo.
Sus dedos temblaron sobre las sábanas. Metió la mano bajo la almohada y le dio las cosas que había comprado en la farmacia.
Era la primera vez en su vida que unos preservativos le parecían de lo mas tierno y adorable.
Takao quería complacerle, y él se moría de ganas por hacer lo mismo.
"Se considerado con tu pareja".
Las palabras del libro acudieron a su mente, aunque no las necesitó.
Le tumbó sobre el colchón y empezó un beso alargado por encima de su ropa.
– Cierra los ojos, deja que me ocupe de todo. – Midorima le sacó la camiseta por encima de la cabeza, colocando sus cabellos de nuevo con los dedos, aprovechando para besarle. – Confía en mi.
Asintió, sin saber por qué, su cabeza se movió sin su permiso.
Una sensación extraña le inundó por completo. Con los ojos cerrados todo era mucho mas notable.
Y su cuerpo se había vuelto mucho mas sensible a cualquier estímulo, los dedos de Midorima trazando una línea recta desde su cuello hasta el ombligo fue increíble.
Todo su cuerpo sintió la caricia, hasta los dedos de los pies.
– Levanta el culo. – Le pidió en un susurro para desvestirle por abajo.
Takao quedó desnudo sobre las sábanas, con los ojos cerrados, a su merced. Nervioso, con miedo de no gustarle, de que su aspecto no le excitara y al mismo tiempo ansioso, expectante.
Incluso a ciegas llegó con la mano a su cabeza, hundiendo los dedos en su pelo. Dios, como amaba su cabello. Se tensó sin querer al escuchar el sonido del tapón del bote al ser abierto. Midorima masajeó sus muslos, dándole calma.
El tiempo pasaba y sus avances no iban mas allá de las caricias, y los pequeños besos, como rápidos toques por sus muslos, rodillas y el hueso de la cadera.
Sus ojos azules aparecieron entre sus párpados entreabiertos.
Entendió todo.
Lo último que quería Midorima era dañarle, estaba esperando; esperando su permiso para seguir. La tensión en su cuerpo al escuchar el sonido del tapón detuvo al mas alto.
Kazunari se levantó, sentándose. Tomó su rostro, despacio. Le besó, de rodillas en la cama, le besó.
Sus brazos abarcaron el cuello, desplazando las manos por la espalda ancha y musculosa de su marido.
Su timidez había salido por la puerta minutos atrás. Entreabrió los labios, pegados a los otros. Metió la lengua, despacio en la boca contraria.
Hacía mucho tiempo que no se besaban así.
Los dos eran demasiado tranquilos, y el embarazo les había contagiado de una especie de calma que trasladaban a todos los ámbitos de su vida, incluyendo la íntima.
La pasión visceral había quedado atrás, cuando eran un par de calenturientos imparables.
De repente Takao se sintió igual que en aquella época. Deseando soltar palabras vulgares por sus labios, pedirle a su marido que le hiciera cosas que no hacían desde, por lo menos, un año atrás.
– Eres tan hermoso. – Jadeó Shintarô al sentir la mano de su pequeño esposo bajar por la línea de su estómago. – Me vuelves loco.
– Y a mi me vuelve loco ésta. – Presionó con la mano abierta, firme, haciendo a Midorima soltar una palabrota entre dientes.
No le dejó hablar, no tenían nada que decir. Midorima solo necesito una pequeña caricia, simple y delicada, para que su esposo terminara lo que él había empezado.
– Maldita sea Kazu... para. – Luchando inútilmente contra el moreno había acabado tumbado todo lo largo que era, con su esposo restregándose sin pudor alguno contra él.
– No quiero. – Se inclinó hacia delante, para callar esos labios que no querían mas que cortar la bonita escena.
Para Takao era importante, dejar atrás ese miedo irracional. Su cuerpo había sentido un dolor indecible, que había quedado grabado en sus células, haciéndole temblar.
Podían tomarlo con calma, ir despacio... lo habían intentado, al principio, pero el moreno no era de los que tienen paciencia.
Y además tenía que aprovechar cada minuto de esa tarde, noche y mañana. Al día siguiente estarían agotados, pero pensaba emplearse a fondo... lo mas a fondo posible.
Si, muy profundo.
Al día siguiente volvería a ser la mamá, ahora no.
Hizo uso de la crema con delicadeza, mientras Takao se ocupaba de colocarle el preservativo. Era totalmente incomprensible que no le hubiera tirado contra el colchón y embestido como un desesperado. Takao no veía lo que él si apreciaba en todo su esplendor.
Añoraba su barriga, redondita, dura. De piel tensa y suave. Había amado cada segundo besando su abdomen. Pero solo eso.
El Kazunari que amaba era el descarado, el que no tenía problema alguno en ser de lo mas vulgar, en pedirle cosas que sonrojarían al mas experimentado.
Lo que esos labios podían hacer en su cuerpo solo lo sabían ellos dos.
El Kazunari mamá era adorable, pero necesitaba al esposo pervertido en ese momento.
Esperó al último segundo para retirar sus dedos del interior, para desplazar sus manos, las dos, al trasero de su chico, y sostenerle sobre él, controlando cada milímetro que bajaba.
– Un poco mas. – Las manos de Takao se crisparon en su pecho. Quiso sentarse, para moverse mejor, pero no le dejó, le quería tumbado, para controlar la situación del todo. – Estoy bien, de verdad. – Respondió una pregunta silenciosa que llegó con su mirada. – Mas, por ….
Silencio.
Midorima había retirado sus manos de golpe, dejándole caer sobre sus caderas, robándole el aliento del todo.
Su propio aliento se desvaneció al sentirse de nuevo dentro de su esposo.
El calor, la presión, el aroma de la crema, sus cuerpos unidos, era perfecto en todas sus letras.
Sus alientos mezclados, un jadeo, y un beso.
Kazunari estalló en carcajadas, sonoras carcajadas.
– Sigues con las gafas. – Se mordió el labio inferior, en un gesto de lo mas sensual.
– Me gusta mirarte, lo sabes. – Se medio incorporó alzándose sobre los codos para atrapar sus labios en un ardiente roce. – Mírate, eres tan sexy... no voy a aguantar mucho mas.
Takao sonrió, meciéndose despacio, conteniendo el placer desbordante que amenazaba con vaciarle totalmente.
Un pequeño jadeo, muy pequeño, abandonó sus labios entreabiertos, justo antes de apretar los dientes, manchando el tenso abdomen de Midorima con los hilos blancos y calientes que salían de su cuerpo.
Sus manos se ajustaron a las caderas del moreno, anclándose sobre su cuerpo, aprovechando los espasmos del cuerpo de su esposo en su propio beneficio.
– Vaya, eso ha sido rápido. – Bromeó Takao, quitándose de encima y retirando el condón con los dedos.
– Tampoco es que tu aguante sea como para un diploma... te has corrido antes que yo. – Pasó la mano abierta por su abdomen, para confirmar sus palabras con hechos.
Se miraron unos segundos, volviendo a reír.
– Ya te he pedido disculpas antes de empezar. – Se tumbó a su lado, aún jadeante. – Dame cancha, ¿Quiéres?. Todavía estoy gordito, me canso antes y además hacía mucho que no lo hacíamos así.
– Lo siento, no quería hacerte daño. – Ladeó la cara para besarle en la sien. – ¿Listo para el segundo cuarto?.
– Por favor. – Acarició su pecho, dulcemente. – Estiró la mano y tomó un nuevo preservativo de la caja, que había sobrevivido bajo la almohada.
Su sonrisa se extendió por toda la habitación.
Había salido mucho mejor de lo que habían soñado, y aunque torpes en el arte de amarse, habían aprendido a disfrutarse mutuamente.
Takao gimió, con el cuerpo entero, cuando su esposo le besó en las costillas. Sintió sus dedos retomando el camino que antes llenaba con su cuerpo...
Ese era el paso siguiente.
Retomar su vida íntima, enriquecerla... y quien sabe... quizá en unos meses, pocos meses, un nuevo hijo estaría bien.
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Kouen iba a cumplir medio año dentro de poco.
Kuroko llenaba el carro con las cosas para la fiesta, pocas. Con Atsushi siempre cerca, y todos sus amigos alrededor, el niño aún no había ido a la guardería, a si que los pocos amiguitos que tenía era de sus salidas al parque.
Cuando entró en casa, Kagami hablaba por el portátil con alguien, con el niño sentado en sus muslos.
Dejó las bolsas y se asomó a la pantalla.
Kise le hacía caras muy graciosas al niño, que estaba doblado de la risa, con la carita toda roja hasta las orejas.
Cuando se inclinó para besar a Kagami en los labios y a Kou en el moflete gordito le vio.
– Kurokocchiiiiiii. – Agitó la mano frente a la pantalla. Kou hizo lo mismo. – ¿Cómo estás?
– Bien, muy bien. – Kuroko entrecerró los ojos hasta convertirlos en ranuras. – Enseñámelo.
– P-pero me da vergüenza... – Miró a los lados, apurado. – Aominecchi está aquí... por favor, no me hagas hacerlo. – Puso un puchero.
– Hazlo. – Kagami se unió a su esposo en la petición. Kou cruzó sus pequeños bracitos en el pecho, apretando los labios en unos morritos indignados.
Kise suspiró, avergonzado.
Se puso de pie, y se levantó la camiseta, girando a los dos lados para mostrar la barriga, prominente y redonda.
Una mano morena se posó en la piel blanca y tirante, recorriendo la extensión en una caricia dulce.
– ¡Oye, que hay niños mirando!. – Daiki apareció en la pantalla, sonriendo. – Si vaís a empezar con el porno, tener la decencia de avisar... acostamos a Kou y hacemos palomitas.
La risa de Kise se escuchó por el altavoz del ordenador, y el niño hizo lo mismo, reírse con ganas.
– Me da vergüenza, jo. – Hizo un puchero muy dulce, que le valió un beso de su moreno. – Y no hacemos porno, es este pulpo, que no para de manosearme cada vez que me despisto.
– Yaaa ya, y a ti que no te gusta nada. – Kise estiraba el cuello en ese momento para recibir un beso de su novio, sin que le importara mucho que les estuvieran viendo.
– Cuida del rubito, se está poniendo muy guapo. – Kagami levantó el pulgar y Daiki soltó una carcajada.
– Estás muy guapo, Kise kun. – Kuroko apoyó las palabras de su esposo. – Estoy deseando ver a tu bebé.
– Y yo, me muero por tenerlo ya. – Acarició la imagen de Kou en la pantalla. – Bueno, ¿Y vosotros?... ¿Cómo va lo del hermano de Kou?.
– Estamos en ello. – Respondió el pelirrojo. – Mañana hablamos, ¿Vale?.
– Si, claro. – Kise le tiró un beso al niño que se lo devolvió.
Se despidieron entre risas, dejando una conversación pendiente hasta el día siguiente.
– Voy a colocar la compra. – Kuroko se fue a la cocina.
En su bolsa, doblado en cuatro partes, un folio con información importante para ellos. Pero ahora mismo, Kagami tenía una emergencia con el nene.
Su hijo requería limpieza inmediata. Sobre todo en la zona del trasero.
Ya se lo diría después.
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Wiiiiii jejeeje esa barriguitaaaaaaaaaaaaaaa
y esa parejita retomando la vida ínitma jejeje
oh, oh, oh esa hojaaaa mu ahahahahahha
Besitos y mordiskitos
Shiga san
