Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sopresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 12:No quiero hablar contigo.
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Por un lado se sentía feliz, contento, aunque estuvieran en la sala de espera de maternidad.
Por otro lado nervioso, y eso que ya era la segunda vez que estaba esperando.
Kagami entrelazó sus dedos, dándole el apoyo que necesitaba sin que lo pidiera.
Solo era una revisión de rutina, para establecer los parámetros del primer trimestre, la alimentación, el ejercicio, esas cosas que toda mamá necesitaba escuchar al inicio de su largo camino.
Tenía un millón de preguntas que hacer, sobre todo con un pequeño de apenas un año.
Extrañamente se sentía lleno de energía, ni vómitos, ni nauseas, ni ataques de sueño a traición como le pasaba con Kou, que se dormía por todas partes.
Claro que apenas acababa de empezar el largo camino. Aún seguía en su peso, y nada había cambiado respecto a una semana atrás, salvo el hecho de que sabía que en su interior una pequeñísima criatura se iba formando, creciendo hasta hacerles mucho mas felices de lo que ya eran.
Riko tenía razón, y su marido tenía una puntería increíble, y no solo dentro de la cancha.
La visita había sido breve y Kuroko tenía una docena de hojas que estudiar, sobre los cuidados en el segundo embarazo. Prácticamente eran los mismos que en el primero, pero sin el miedo a lo desconocido. Ahora podía disfrutar de ello sabiendo a lo que debía atenerse, conociendo de primera mano lo que le esperaba al final del camino.
Una tenue sonrisita acudió a sus labios, cuando apenas pusieron un pie fuera de la consulta del médico, el móvil de los dos empezó a sonar, recibiendo mensajes de todo el mundo, preguntando que tal había ido todo, noticias frescas.
Aún les quedaba un rato, una hora y media, hasta que acabara el plazo dado por Akashi.
Según el pelirrojo, dos horas era tiempo mas que suficiente para acudir al médico, sin que Kou sintiera la ausencia de sus padres como un abandono, y el tiempo que el chico podía soportar al niño sin querer gritar.
Les recordaba constantemente que él también estaba esperando, y a dos... no le importaba hacer de niñera cuando Murasakibara no estaba, pero solo un par de horas, ni un minuto mas.
– ¿Qué quieres hacer?. – Kagami preguntó, calmado. – Si vamos a por Kou antes de tiempo, Akashi nos mata a los dos. ¿Te apetece comer algo?.
– Si. – Kuroko le miró un segundo y desvió la mirada sonrojado por lo que acababa de pensar. – Tengo mucha hambre.
– ¿Te apetece comer algo en especial?. – Perdido a su alrededor en la gente, no pilló el doble sentido de la petición de su esposo. – ¿Dónde vamos?.
– Pues... a casa. – Taiga le miró confuso, y se dio cuenta de su sonrojo, comprendiendo. – No quiero comerte delante de nadie.
Se paró, abrazándole lentamente, pegando el cuerpo de Kuroko al suyo con cariño.
– ¿Y cuanta hambre tienes?. – Se mordió el labio inferior, juguetón.
No se acordaba de lo hermoso que se ponía su marido embarazado... curiosamente ahora a él también le había entrado el gusanillo.
– Mucha, muchísima. – Se puso de puntillas, besándole sin importarle que seguían en la calle.
– ¡Oh!, entonces será mejor que cocine algo casero para ti...
– Mmm... Taiga en su salsa... me comería un plato entero. – Deslizó el índice por su camiseta. – Y lamería el plato.
Suerte que estaban cerca de casa, por que de repente el matrimonio tenía muchísima prisa.
A Akashi no le gustaba la gente impuntual. Nada más.
Corriendo de la mano, como dos tontitos enamorados llegaron a su casa.
Las estúpidas llaves se atascaron en el bolsillo de Taiga, pero la emergencia se resolvió al instante. Bastó con que dejaran de besarse, solo unos pocos segundos.
Kagami le levantó con un brazo, siempre lo hacía. No por nada especial, es que amaba saber que podía tomar a su esposo en brazos con tanta facilidad.
Le gustaba el calor que desprendía el pequeño cuerpo, su aroma, sus suspiros contenidos detrás de cada beso.
Las yemas nerviosas acariciando el cabello mas corto de su nuca, que ya lo cortaba así para él, para que Kuroko le acariciara como lo hacía.
Daba igual las veces que lo hicieran, para Kagami cada vez que hacía el amor con él era una oportunidad de arañar la felicidad con la punta de sus dedos.
Era como estar agradecido eternamente al universo por encontrarle. Le agradaba saber que aquellos que le habían dicho que en cuanto tuvieran un hijo su pasión se enfriaría, por que no era así en absoluto.
El hecho de tener un hijo les había obligado en cierto modo a ser mas creativos. Sus horas íntimas se habían reducido drásticamente. Sus sesiones de cariñitos interrumpidas vilmente por su pequeño hijo. Incluso su ritmo de sueño, era violentado por un pequeño cuerpecito que se metía entre ellos bajo las sábanas y se aferraba al pecho de su padre como si su vida dependiera de ello completamente.
Maldito Akashi que le había enseñado a abrir los barrotes de la cuna, y maldito Murasakibara, que le había enseñado al mismo tiempo como bajar de ella y subir a sitios altos... y su pequeño hijo, que había sacado la valentía de su padre, y no temía nada.
Era genial tener tan buenos amigos, la verdad... pero Kou aún no entendía bien el concepto de privacidad, a si que la solución mas evidente, era no tentar a la suerte.
Salvo en días como el de hoy.
Sus besos, seguían siendo dulces, cargados de mil promesas. Sus caricias hermosas, pequeños toques que se alargaban hasta el límite de su brazo, o hasta que la piel de Kuroko terminaba en la sábana... o sobre las prendas aún en su cuerpo.
Kagami sonrió, sin querer.
Otra de las ventajas de un nuevo hijo, su marido.
El deseo de Kuroko subía como la espuma tan rápido que había veces que no tenía oportunidad ni de quitarse las prendas.
Era bueno, hoy precisamente no tenían tiempo que perder.
Oooooooooooooooooooooooo
– No quiero hablar contigo. – Gritó al móvil, antes de colgar.
Kise miró con rabia el teléfono, como si el electrodoméstico tuviera la culpa de sus males.
Sonó de nuevo, con el mismo nombre en la pantalla.
– Aho mine, no quiero hablar contigo, deja de llamarme. No puedo creer que te hayas ido... me has dejado aquí...Eres... eres un... grrr – Colgó de nuevo, solo que esta vez abrió el cajón de la mesa de su escritorio y metió el móvil.
En cuanto empezó a sonar otra vez, lo sacó, le dio la vuelta, le quitó la batería y lo volvió a meter en el cajón, cerrando de un golpe que hizo vibrar la mesa un par de veces.
Medio minuto después, el teléfono de Kasamatsu empezó a sonar, ganándose el propietario una mirada asesina de lo mas genuina por parte del modelo.
– Es para ti, Kise kun. – Puso una carita de miedo, temiendo que el rubio le hiciera algo a su móvil nuevecito.
Suspiró sonoramente antes de tomarlo entre los dedos y contestar.
– Por favor solo escuchame. – Suplicó, en voz baja. – Solo quiero saber que estás bien, y que vas a las revisiones... si no quieres hablarme lo entiendo... pero lo he hecho por tu bien.
– ¡Por mi bien y una mierda!. – Gritó, alterado. – Me has dejado atrás, Daiki, como una carga pesada. Para jugar al basket... no me lo puedo creer. – Negó, mosqueado. – No te molestaba para nada, hacía mi vida tranquilamente... dejarme aquí es rastrero incluso viniendo de ti.
– Entiendo que estés enfadado, pero allí sé que no estarás solo, ¿Me equivoco?. – Esperó en silencio la respuesta que le llegó al rato. – Y no te dejo para jugar, si no para estar seguro de que cuando no estoy, alguien cuida de ti y de nuestra pequeña.
– No van a dejarme ni un minuto, ya les has dado las órdenes a todos, lo sé. – Kasamatsu dibujó una sonrisa plena. – Pero eso no quiere decir que te perdone...
– Vale. No te llamaré mas. – Esperaba que Kise le negara eso, pero al no decir nada, supuso que tendría que cumplirlo. – Solo prometeme que irás al medico.
– Voy a ir a todas las citas. – Silencio. – Concentrate en jugar, y en que te vean los ojeadores, para que te fichen en un buen equipo. – Otro silencio. Kise se sentó, dejando que la lágrima furtiva bajara por su mejilla, hasta los labios. – Haz tu vida, dejándonos a un lado, hasta que te venga bien.
– Eso no es cierto, y lo sabes. – Kise le limpió con rabia. – Ya me estoy muriendo de no teneros cerca... Te lo juro, Kise, te amo, os amo... yo...
– Jura lo que quieras. – Silencio de nuevo. – No me llames, en serio. Yo te diré lo que sea, te mandaré lo que me digan de la niña, pero no quiero hablar contigo.
– Vale. – Se escuchó un ruido sordo, que Kise no identificó. – Ryo... te quiero. No lo olvides nunca... Esperaré que me llames. Adiós.
Kise tardó un rato en ser consciente de que le había colgado. Pestañeó alejando las lágrimas, y se limpió con el antebrazo, rápido.
Tenía hambre, y no quería pensar en nada mas.
Estaba en casa, con sus amigos, su familia, y su anterior vida.
Y su pequeña barriga que iba creciendo mas y mas, cada día.
No necesitaba nada mas, al fin y al cabo, Daiki era quien se había largado de vuelta a Estados Unidos, dejándole atrás.
…
Se tumbó sobre la cama. Fría, incómoda. Ya le echaba de menos, pero de verdad, no era buena idea que Kise pasara el día solo.
Daiki le había visto en su plenitud, cuando el rubio se iluminaba con una simple sonrisa, sus gritos ilógicos sobre cosas sin sentido, su alegría contagiosa.
Aguantó un tiempo prudencial, achacando la seriedad del rubio al traslado, la mudanza, y su andadura en la asociación.
Y casarse, organizarlo todo... el embarazo.
Poco a poco Kise se iba apagando, quedando en silencio muchas veces. Aomine le había descubierto en alguna ocasión con la mirada perdida en el exterior, buscando quizá algo familiar en la vista de una ciudad que les era desconocida a los dos, en cierto modo hostil.
Sus amigos estaban lejos, y Kise era una criatura amigable por naturaleza. Daiki podía estar sin pronunciar palabra durante semanas sin problema alguno, pero el rubio era incapaz de estar callado mas de diez segundos.
Y Daiki sintió en su interior, muy dentro, que había cometido un error al dejar que le acompañara. Se sentía como el mas malvado de los villanos, como si le arrebatara su alegría en cada mirada, cada beso. Cada sonrisa que le arrancaba era como un puñetazo en la cara.
No se lo podía perdonar. Cada vez que le veía sonreir por que Kou le había hecho una pedorreta o al enterarse de que Kuroko esperaba otro bebe, era como si le hubiese secuestrado, y le mantuviera prisionero.
De algún modo, sentía que esa tristeza que llenaba a su novio, iba filtrándose a la pequeña...
Todo estaba mal.
Ir a casa se lo demostró.
Apenas se habían bajado del avión y Kise ya quería ir a una docena de sitios, ver a un montón de personas, llamar a todo el mundo.
No paró de hablar en todo el camino hasta su antiguo apartamento, donde fueron solo para dejar las maletas. O esa era la idea.
Los padres de Kise, y sus hermanas, llegaron antes que ellos, con planes también; cenar, hablar ruidosamente, risas, fiesta.
La hermana de Kise le dio un par de tortas, por engañarlas, aunque era cierto que Aomine no dijo nada, y fueron ellas las que se hicieron una idea equivocada.
Solo unos minutos con su familia y pudo verlo; el Kise Ryota del que se había enamorado. Ese rubio escandaloso y brillante de siempre.
Cada segundo junto a su familia era un cuchillo en la herida, en la herida que él solo se había hecho, esa que le demostraba que Kise pertenecía a su familia, a su hogar, a su antigua vida.
Y al igual que el viejo Ryota había resurgido al estar rodeado de los suyos, el antiguo Aomine lo hizo también.
El que dentro de una esfera de indiferencia soportaba los golpes, fingiendo sonrisas cuando lo único que quería hacer era largarse de ahí, muy lejos.
No abandonaba a Kise, solo le dejaba en el lugar del que no debía haberse movido jamás. Y él volvía a su soledad, esa en la que nada podía dañarle.
Habló con su padre, necesitaba un cómplice, alguien que guardara el pasaporte de Kise a buen recaudo. Era cierto que podía hacerse uno nuevo en cualquier momento, pero Aomine contaba con que el enfado cuando descubriera que se había ido sin él, no le dejara pensar en ello.
Aomine suspiró, con fuerza. Posó la muñeca en su frente, queriendo gritar pero guardándoselo dentro.
El móvil aferrado con fuerza a sus dedos, demasiada.
El pequeño aparato crujió a su fuerza, y lo soltó.
Era lo correcto, anteponer la felicidad de su novio a la suya propia, era un sacrificio que estaba dispuesto a hacer.
Aunque nadie le había dicho que iba a doler tanto.
…...
– ¿Gemelos?, ¿Dos?. – Kise miró a Akashi sonriendo con todos los dientes que podía mostrar en el frente.
– Si, Kise chin... metí dos bebés en la barriga de Aka chin. – Hizo un puchero. – Pero estuvo malito mucho tiempo... vomitando y luego dormido por todas partes...
– Gracias Murasakibara kun. – Sacudió las dos manos delante de la cara. – Gracias a ti ahora tengo una imagen mental muy rara.
Atsushi se levantó de un salto cuando sonó el timbre de la puerta, emocionado.
Kise escuchó una vocecita infantil, y entonces la niña, en los brazos de su compañero de Teiko se le hizo familiar.
La conocía, había visto a esa pequeñina antes.
– ¿Bebé?. – Kibu señaló la redondez en la tripa del rubio.
– Si cariño, una nenita como tu. – Akashi le besó la frente, y la pequeña estiró sus bracitos para cambiar a los brazos de su padre.
– Lo siento, he parado a comprar y esta traviesilla ha visto el coche de juguete de la puerta de la tienda y no podi... – Himuro paró de hablar al tiempo que dejaba las bolsas sobre la encimera. – ¿Tenemos visita?...
– Hola , ¿Qué tal?. – Kise trotó hasta su lado, tendiendo la mano en un saludo amistoso. – Soy..
– Yo sé, yo sé. Kibu dice. – Se estiró, en una pose orgullosa, pidiendo a su padre que la dejara en el suelo. – Kise Dota. Tu jubas con papi y A-ku. Logo vas oto quipo, miseta azul... un pañero te pega … Kadamachu, ese siempre fadado, pega. Logo no juba. – Se encogió de hombros. – Si tenes nenita en tipa, ta claro que no juba.
Todos los adultos de la habitación se quedaron de piedra.
Kisse estalló en carcajadas, tanto que acabó doblado hacia delante de tanto reírse.
– Diablos, hacía meses que no me reía con tantas ganas. – Siguió riendo un rato mas, aunque los otros tres se sorprendieron de esa afirmación.
¿No se suponía que era muy feliz con Aomine?.
– Hola, Kise kun. – Le apretó la mano saludando. – Soy Himuro, y esta revoltosa es mi hija Kiseki.
– Kibu, mamí... – Le miró de reojo, mosqueada. – Simpre vidas... es Kibu no kiseki. Kiseki caca. Ki-bu. – Imitó a su mamá, y le ofreció la mano para que la estrechara.
Kise miró a Akashi, no entendía que pasaba, pero estaba claro el parentesco.
Lo que el rubio no sabía, es que también tenía algo en común con Himuro... algo no, alguien.
Kuroko.
Y Himuro conocía la parte de la historia que tanto Tetsu como Daiki se empeñaban en ocultarle.
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Uff, madre mía.
Empieza la parte dificililla.
No me gusta ser mala, pero...
Joooo
Espero que os guste y ya sabéis.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
