Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.

KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sopresa …

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Uno mas en la cancha.

Capítulo 13:Dolorosa realidad.

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El turno en la librería se le había hecho eterno.

La salida de un nuevo manga había inundado todo el establecimiento con oleadas de estudiantes, lo que se había traducido en trabajo extra para él, paseos al almacén para reponer, una y otra vez.

Sonrisas, buenas palabras y ventas, muchas muchas ventas.

Lo que significaba una jugosa compensación para él.

Ahora caminaba cansado, a paso normal. Se moría de ganas por llegar a casa, una ducha lo mas fría que pudiese soportar, una cena ligera y acunar a Lucky en su pecho hasta que se durmiera.

Después una sesión de película y caricias en el sofá con su niño refunfuñón, hasta que ya no sintiera el cuerpo y se trasladaran a la cama, para dormir sin mas.

Las llaves tintinearon en sus dedos al abrir la puerta de su hogar, y le recibió un silencio que le hizo levantar una ceja.

Dejó las llaves en su sitio y el libro de matemáticas, su objeto de la suerte para el día, sobre la silla que usaban para descalzarse en la entrada.

Rodó los hombros en círculos y la cabeza a los lados, haciendo crujir los huesos, cansado.

Dios como necesitaba un buen descanso.

No quería encender todas las luces de la casa, a si que se inclinó a la lamparita junto al sofá y la encendió.

Pestañeó, una, dos diecisiete veces.

– Hola. – Takao estaba tumbado en el sofá.

Por un momento pensó que estaba echando una pequeña siesta. Hasta que le vio palmear el asiento junto a él. Había algo diferente en su pequeño esposo, algo que se le escapaba.

– Hola. – Se acercó para besarle, pero Takao se apartó, divertido. – ¿Qué tal tu día?. – En su voz podía notar la risa, entrelazada entre sus palabras. Los dedos de su esposo batallando con sus vaqueros.

Se dejó hacer, acomodándose en el sofá, empujando la mesita con la punta de las zapatillas, para poder estirar los pies bien. Por un momento quiso saber que hacía el cinturón del albornoz en el espaldar del sofá, pero un beso en su cuello desvió la atención a temas mas importantes.

– Cansado. – Un gemido recorrió su estómago para resonar por dentro. – Hemos vendido mucho hoy. ¿Y vosotros?.

– Bien, divertido. – Inclinó la cara hacia abajo cuando su chico le quitó las gafas.

Y le besó con ganas, obligándole a levantar el trasero para deshacerse de los pantalones del peliverde, que justo en ese momento se dio cuenta de que Takao, solo llevaba el pantalón del pijama; nada debajo.

– Esp- per... – No podía pensar en nada. Tenían que parar, pero ¿Por qué?, ¿Qué era lo que estaba mal en aquella escena?

Midorima intentó por todos los medios que el sentido común regresara, pero esas manos traviesas mandaban sus pensamientos a otro lugar que nada tenía que ver con detener a su esposo y sus avances.

– Espera Kazu. – Aunque le pedía parar, su cuerpo no iba al mismo son que sus palabras, por que su mano estaba ya perdida en el interior de ese fino y delicado pantalón de dormir. – Voy por las cosas...

– No hace falta. – La respuesta surgió entre los labios de ambos, mezclados con los besos. – Yo me ocupo de todo Shin chan.

Takao se cambió con él, escurriendo sus besos hacia abajo. Obviamente, era el mas interesado en que su esposo fuera lo mas suave posible. Aún seguía sensible, y no había pasado mucho tiempo desde que había dado a luz.

Midorima encogió los dedos de los pies en cuanto esos labios traviesos y mal hablados se posaron con ardor en la piel sensible de la punta.

Se afanó en empapar bien, por todas partes, de cálida y resbaladiza saliva, antes de alzarse sobre él y acogerle en su interior en un movimiento lento y fluido.

Se paró, y eso que su esposo se alzaba a su encuentro por instinto.

Se acercó, para que le viera bien, la cara, su expresión.

A veces, no es necesario decir nada para expresarlo todo.

– Kazu. – Comprensivo enlazó sus brazos alrededor de su cuerpo tembloroso. – Apenas podemos con una, y tu...

– No quiero que hablemos de ella cuando me tienes así. – Posó las manos en sus hombros, levantándose apenas unos poco centímetros para dejarse caer de nuevo, de un golpe.

Un gemido conjunto, haciéndoles conscientes de la situación.

– Es muy pronto... y tu... tu … tu no... – No podía hilar un pensamiento con el siguiente.

Takao posó dos dedos en sus labios, pidiendo silencio. Esos mismos dedos entraron entre sus labios, acariciando la lengua y el interior con las yemas.

Esperó, un tiempo, dejando de algún modo la decisión en manos de su esposo, aunque siendo consciente de que Takao no le dejaría pensar en nada.

Cuando decidía algo no existía nada que le hiciera cambiar de opinión, y lo podía ver en sus ojos, claramente.

Kazunari quería otro hijo. No sabía a cuento de qué, lo cierto es que no habían hablado de ello. La concepción de Lucky fue totalmente inesperada, y en cierto modo accidental.

No habían hablado de hijos, demonios, aún se estaba acostumbrando a la niña, y su intrépido esposo ya quería aumentar la familia... por un instante, uno muy pequeño, se vio siendo el padre de una gran familia, de una muy muy grande.

Y quizá esa era la verdadera cuestión.

Kazunari había pasado un último año de mierda, preocupaciones por todas partes. Las clases, el club, la familia, tanto la suya como la de él, los amigos y sus propios problemas.

El embarazo había sido demasiado largo, demasiado pesado, demasiado apresurado, demasiado todo.

Lavando la ropa, haciendo cosas que no le gustaban, y privándose de muchas que hasta ese momento le llenaban de cosas buenas.

Y el final del camino no había sido mas que el inicio de uno nuevo, mas aterrador si cabe. Un parto doloroso y largo, y luego, la niña que no paraba de llorar, y todo era nuevo.

Poner pañales, papillas, biberones, citas médicas, pediatras.

Todo un universo ante ellos dispuesto a torturarles cada día. Su casa, que en inicio era para dos, ordenada y dispuesta a su gusto, de repente era una sucursal de juguetes y ropa diminuta sin que nadie les preguntara.

Midorima se dio cuenta de la realidad. La fortaleza de Takao iba mas allá de lo que estaba dispuesto a reconocer por las buenas.

La pregunta no era si era buena idea tener un hijo nuevo, la pregunta era si él quería ser padre cuando aún no tenía muy claro si lo estaba haciendo bien con Lucky.

Si con la niña ya tenía un millón de dudas, ¿Qué le hacía pensar que otro bebé en su vida no sería un nuevo caos?.

No pudo evitar sonreír en este punto del pensamiento, lo cierto es que su vida era un completo caos desde que se había enamorado como un tonto de ese precioso morenazo de ojos azules.

Le sonrió en mitad de un beso, uno nervioso. Podía notar las dudas de Takao, su miedo disfrazado de valentía, su miedo disfrazado de pasión, una desbordante y enorme, su miedo oculto tras esos ojos brillantes, esa sonrisa ladeada que tanto amaba.

Le tomó, con un solo brazo, para acomodarle en el sofá, sin moverse ni un poco de como estaban.

En la postura en la que quería pasar el resto de su vida; entre las piernas de Takao, y sonriendo feliz.

– ¿Estás seguro?. – La pregunta, simple y clara, tenía muchas lecturas, y desde esa posición, un par mas.

– Lavaré camisetas sudadas otro año, sin quejarme ni una sola vez. – Alzó el trasero para afianzar sus palabras. – Pero de verdad, quiero ese niño.

– Un niño, ¿Eh?. – Empujó, sacándole un gemido y una risita por la reacción de su esposo. – Me ocuparé de que mis chicos lo sepan. – Se estiró para hablar con sus bajos. – Ya habéis oído, los que seáis niña, quedaos ahí, no se os ocurra salir. Los demás, seguid las señales, supongo que el último dejó el camino señalizado.

Una nueva carcajada fue cortada por un gemido placentero.

Midorima había encontrado el punto exacto con el que volverse loco, al meter sus manos entre el sofá y su trasero, levantándole en el ángulo exacto para tocarle de lleno en el sitio justo.

Viendo el lado bueno, iba a ahorrarse un dineral en preservativos.

Fue de lo mas raro, el orgasmo les llegó entre risas, sonoras y exageradas. Rojos por el ejercicio, la pasión, los besos y la felicidad, que les había dejado totalmente saciados, en todos los sentidos.

Ya calmados, tumbados juntos en el sofá, únicamente iluminados por la lámpara del rincón, Midorima reparó en el cinturón del albornoz.

– ¿Y esto?. – Lo tomó con dos dedos, para mirarlo mas de cerca, aunque tuvo que ponerse las gafas, para asegurarse de que era justo lo que parecía.

– Idea de mi madre, por si no querías. – Contestó con los ojos cerrados, paladeando la sensación de sentirse completamente lleno en su totalidad.

– ¿Pensabas atarme?. – Iba en serio, no se lo esperaba.

– Si te negabas si, estaba dispuesto a todo. – Sincero como siempre, una pequeña sonrisita en la comisura de sus labios. – Tenía que ser ahora o nunca.

– ¿Porqué?. – No entendía a que venían tantas prisas. – Además, no tiene por qué haber sucedido ya, quiero decir, que es posible que no estés embarazado aún.

– ¿Porqué?... Mmm... bueno, necesitamos un piscis. – Soltó casual. – Para equilibrar, ya sabes... y sobre tu suposición... te equivocas, seguro que lo logramos a la primera.

– Y... ¿Se puede saber a que viene tanta confianza?. – Estaba emocionado por que, ciertamente, Takao tenía razón y si se embarazaba justo ahora, en ese mes, el bebé sería piscis, y sería justo como había dicho, equilibraría perfectamente sus signos.

– Confío en tí. – Abrió los ojos, sonriendo picarón. – Después de todo, nunca fallas un tiro.

Una nueva oleada de carcajadas muy altas llenó el aparente silencio de la pequeña fiesta del matrimonio.

Era justo eso, la felicidad sonaba a risas estridentes.

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Taiga despertó. No sabía muy bien por qué, algo le había sacado de su maravilloso sueño.

Miró a su lado, Kuroko dormía profundamente, como un tronco. El primer trimestre de embarazo sería así, ya lo tenía asumido de la primera vez.

Se sentó con cuidado de no despertarle y salió de la cama. Caminó descalzo hasta la cuna y comprobó que Kou dormía igual de profundamente que su mamá.

Unos golpecitos en la lejanía del salón le hizo fruncir el ceño.

Había sacado a Número dos antes de dormir, no era posible que tuviera ganas a esas horas, y estaba mas que seguro de haberle puesto comida y agua de sobra por si le daba hambre por la noche. Esperaba que el perro no estuviera comiéndose algo como acto rebelde por el nuevo bebé.

Lo vio en un documental sobre mascotas, que a veces los perros empiezan a comportarse extraños con la llegada de un nuevo niño.

Se extrañó al ver a Número dos hecho un ovillo en su cama. El perro levantó el morro al verle pasar, pero no se movió del sitio.

De nuevo los golpecitos, en la puerta.

Miró intrigado por la mirilla, y vio una mata de cabellos rubios.

Fue por las llaves y abrió haciendo el menor ruido posible. Kise estaba apoyado en la puerta, de espaldas.

Los ojos rojos, hinchados. Pálido y tembloroso, empapado por la lluvia que caía con ganas desde hacía un par de horas.

Kagami supuso que pasó mucho tiempo decidiendo si entrar o no al portal, y otro tanto decidiendo si llamar a la puerta o no.

– Perdón, por la hora. – Se arregló el pelo con dedos temblorosos, incapaz de controlar su vibración. – Necesito ver a …

Kagami suspiró, comprendiendo.

Le metió directamente al baño, y busco ropa seca, y toallas.

Entró con todo en los brazos y le desvistió como si lo estuviera haciendo con su hijo, secándole antes de ponerle las prendas nuevas.

Le dejó la ropa interior, al fin y al cabo lo mas mojado era su parte superior, y le ayudó a ponerse el pantalón, uno de Kagami, sentado sobre la tapa del retrete.

Dejó la ropa mojada dentro de la bañera y le secó el pelo, moviendo la toalla con ganas sobre su cabeza, como había hecho en alguna ocasión con Kuroko.

Kise permanecía en silencio, sollozando pero sin decir una palabra. Las dos manos abiertas, posadas en su vientre, pero solo eso, puestas ahí sin intención.

Kise lo sabía, ni idea de como demonios se había enterado, pero era el peor momento, con Daiki al otro lado del mundo y el modelo tan vulnerable por el avanzado estado de su embarazo, y el enfado que tenía desde que Aomine le había dejado ahí.

– Kuroko no va a despertar. – Susurró arrodillado frente a sus piernas dobladas. – Necesitas entrar en calor.

Kise asintió, en silencio. Parecía que no estaba muy al tanto de donde estaba ni como había llegado ahí.

Kagami le tomó de las manos y le guió hasta la terraza. Acomodó al rubio en la mecedora y colocó sobre sus hombros una manta calentita.

Mientras preparaba una taza de chocolate caliente le dejó a solas.

Kise acarició su vientre sobre la manta, suave y cálida. Olía como Kou, a colonia infantil y a Kuroko.

Se sentía tan miserable, tanto.

Estaba seguro de que Himuro no lo había dicho con ninguna mala intención. Por su forma de hablar, estaba casi convencido de que el moreno creía que Kise lo sabía, no sabía por qué, pero supuso que, él debería estar al corriente del pasado de Daiki y Kuroko cuando estaban juntos.

Eran amigos, compañeros de equipo, incluso de clase, pero eso no quería decir que Kise estuviera con ellos las veinticuatro horas del día. Cuando querían estar solos no iba detrás de ellos, de hecho Kuroko vivía con el, tiempo que no tenían espectadores.

Aunque no tenía ni idea de que lo que había sucedido entre ellos había sido tan gordo. Himuro tampoco sabía la razón exacta, solo le contó lo que él vivió ese verano, nada más.

Las cicatrices, las noches en las que Kuroko despertaba gritando... que no se le podía tocar.

Que su abuela lo había acogido en su casa cuando Akashi se había quedado sin ideas para ayudarle, cuando su pequeño amigo, había visto a Kuroko caer, hundirse y sufrir siendo poco mas que un espectador. Sufriendo con él, intentando ayudar a alguien con una herida tan profundamente agarrada en su interior, que no había forma humana de sanarla; no, sin salir herido en el proceso del mismo modo.

Kise no era idiota.

Volviendo la vista atrás, las señales eran tan claras.

Las miradas de Kuroko, hacia él, hacia cualquiera, suplicando ayuda silenciosa. Él mismo las había recibido, e ignorado.

Ahora mismo no sabía si a propósito, o si realmente no se había dado cuenta de nada, ya que pasaba la mayor parte del tiempo pendiente de todo lo que hacía, pensaba o quería Daiki.

No supo ver que Kuroko, su amigo, su compañero, lo pasaba mal.

Y para colmo había intentado pegarle.

Kagami apareció, colocando en su regazo un vaso alto de chocolate, templado y con mucho azúcar. Se sentó a su lado, en la otra silla y puso el móvil en las manos de Kise.

– Mira. – Señaló con la cabeza, al aparatito.

El modelo levantó el teléfono y enfocó la pantalla.

Kuroko salía en ella, apenas un par de años atrás. Su mirada perdida en la lejanía, sus labios marcados con un corte.

En su cuello un moratón, con tonos en varios colores.

– Himuro me mandó esa foto, al día siguiente de conocerle. – Le hizo un gesto para que fuera pasando las imágenes. – Ahí ya me parecía lo mas bonito del mundo. Sus ojos eran totalmente preciosos, son preciosos. Creo que me enamoré de él con esta foto. – Kise le miró, sorprendido. – No se lo digas a Kuroko, es un secreto.

Deslizó el dedo, pasando las imágenes, unas tras otras. Las primeras se podía ver la tristeza de su amigo, después fue cambiando, sutil, pero se notaba.

Una de las últimas, Murasakibara se había sentado en el trasero de Kuroko, que trataba de escapar entre risas, con la boca abierta en una mueca entre feliz y apurado.

La cicatrices seguían ahí, los moratones, las marcas, evidentes, a la vista.

Sus ojos, eran distintos, felices, brillantes, libres.

Kise suspiró, apretando la mandíbula. La mano de Kagami, grande y cálida, se posó en lo alto de su pronunciada barriga, acariciando despacio la curva que se formaba hasta el ombligo y vuelta arriba, al inicio.

Limpió las lágrimas que caían por la cara del modelo sin que se diera cuenta con la otra mano, y después levantó el vaso de chocolate, obligándole a beber un par de sorbos.

– Y ahora que hago, ¿Eh?. – Sin poder hablar por el nudo en el estómago, le obligó a beber otra vez.

Kagami sonrió, cuando la niña se movió bajo su mano. Lo había echado de menos desde que nació Kou, lo bueno es que dentro de nada podría volver a disfrutarlo.

– Es una pena que se esté perdiendo esto. – Kagami siguió a la pequeña por la tripa de Kise, despacio.

– No te importa... que Kuroko.. – Kise estaba confuso con la actitud del pelirrojo.

Kagami tomó el teléfono y volvió a poner la primera foto, la de Kuroko con la mirada perdida. Giró el aparato para enseñársela a Kise.

– ¿Sabes por que llevo esta foto?, ¿Por qué sigue en la memoria del teléfono después de tanto tiempo?. – El rubio negó. – Para no olvidar que esta cara, estos ojos, me demostraron que había una luz al final del túnel.

– No entiendo. – Kagami cerró la carpeta y le mostró el salvapantallas.

Kuroko sonreía, feliz. Sostenía a Kou, mofletes juntos, otra sonrisa con dos dientes.

– Si ha superado esto, lo que me venga después no será nada. Seré su apoyo, para siempre. – Kise desvió la mirada. Pero Kagami le obligó a mirar la foto de su familia sonriente otra vez.

Kagami amaba a Kuroko, desde el primer momento que le vio, aunque fuera una foto triste y desoladora, el pelirrojo había visto lo bueno de esa persona y le había entregado su vida entera, su amor, su dedicación, su alma, todo.

– Yo he conseguido una maravillosa familia, en la que soy feliz, Kise kun. Debes preguntarte que es lo que deseas conseguir tu, por ti mismo. – Asintió, ahora si, entendiendo lo que le quería decir.

Si quería ser feliz, debía ponerse una meta, algo que lograr, y luchar con todas sus fuerzas por ello, sin mirar atrás, sin depender del resto, y sin esperar nada de nadie.

Le dolía que Daiki hubiera hecho eso, pero ahora mismo, Kagami tenía razón.

Era pasado, y en su futuro mas inmediato, quería tener a su bebé con su padre al lado, quería poder insultarle, culparle de sus dolores, y quería que estuviera presente.

Quería su boda, pomposa y vergonzosa, por todo lo alto.

Y por encima de todo, quería vivir ahí, con sus amigos, su familia, sus compañeros.

Y quería a Daiki ahí con él. Quería escuchar la versión de sus labios, aunque fuera pasado, quería saberlo.

Pero antes le haría sufrir un poquito mas, solo un poquito.

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Wiiii uuuiiiiiiii

Gomen, lo siento, después de infinidad de caps cumpliendo el plazo, esta vez no he llegado.

Lo siento, de veras, gomeeeennnnn...

Espero que os guste el cap jejeje

¡Ah! subí el shoot KagaxAo dentro de "Solo una pregunta". Recopilaré ahí las peticiones que me hacéis. Normas para pedir son sencillas:

"Condiciones:

Si vas a pedir, que menos que comentar cuando esté subido.

Si solo pones las parejas, escribiré lo que quiera, luego no quiero quejas.

Si quieres una situación en concreto, unida a la petición.

Nada mas."

Nos leemos en el siguiente y espero que os guste el cap ( bueno los dos)

Besitos y mordiskitos

Shiga san