Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sopresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 14: Ciento nueve mensajes.
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Olía a gofres. A dulces y apetecibles gofres.
Y a chocolate caliente. Y a fresa, mermelada, pero fueron los gofres quienes le despertaron.
Kuroko se estiró, hasta el límite de sus músculos, salivando ante el apetecible aroma del desayuno.
Adoraba el dulce, adoraba el desayuno, para él era lo mejor de todo el día, y adoraba a sus dos chicos en la cocina, preparándoselo.
Kuroko se alivió, y refrescó para alejar el sueño de su cabeza y salió, en pijama, siguiendo el maravilloso aroma dulzón que inundaba su casa por completo.
En la mesa del comedor todo ordenado. Había comida como para un batallón y eso le puso contento de buena mañana.
Y el hecho de que mas de la mitad de lo que había ahí acabaría en el estómago de su insaciable pelirrojo le hacía mas feliz todavía.
De pie, en la puerta de la cocina, su sonrisa le llenó la cara.
Kagami había puesto una servilleta en la silla, a modo de mantel, creando una pequeña mesa para Kou, que amasaba a su manera una pequeña porción de masa.
Técnicamente eso que apretaba entre sus deditos regordetes era masa para galletas, aunque parecían mas churros sin forma.
Tenía harina en la camiseta del pijama, y en la mejilla.
Kagami extendía a su lado una bola de masa mas grande, con el rodillo.
Con el corta pasta hacía pequeños cuadrados que ponía en la bandeja del horno. A su lado, un enorme bol rebosante de galletas ya doradas.
– Maaaa. – Kou señaló a su mamá, sonriendo al verle llegar.
– Hola presiosura. – Le besó en la cabeza. – ¿Haces galletas?.
Kou asintió, orgulloso de su obra, aunque tenía el aspecto de una bola de algo indefinible.
Se puso mas serio que nunca, poniendo la masa en sus dos manitas, y caminó despacio hasta su papá, poniendo cuidado de que no cayera nada al suelo.
Desplazó la masa a una sola mano, haciendo que escurriera viscosa por los lados. Tomó el pantalón de su padre y tiró con su mano libre, pringada de masa, para que le hiciera caso un momento.
Puso el pegote de masa en la mano de su padre y señaló el horno.
– Vale, va a salir una galleta enorme. – Kou dibujó una preciosa sonrisa. – Y si vas a despertar a Kise... – El niño ladeó la cabeza, confuso. – Está en la habitación donde se queda abuela, la del carrito.
Kou se pegó a la pared, para ir casi apoyado en el hombro hasta la puerta, luego se sentó en el suelo, para ir arrastrando el trasero al tiempo que emitía un gritito de lo mas entusiasta. El último metro lo hizo de pie, dando pasitos despacio, uno y otro, tambaleante. Empujó la puerta y entró, solo con la luz del pasillo.
Kuroko le siguió con la mirada, aunque tentado de seguirle, las manos de su esposo le impidieron hacerlo.
Número dos siguió al niño por toda la casa, cuidando de él a su manera.
– ¿Cómo estás?. – Sus labios le besaron tímidos. La mano de Kagami le acarició el vientre, plano, dejando en el aire la preocupación real de esa pregunta.
– Bien. – Se puso de puntillas para compensar la diferencia de estatura, y al final terminó por tirar de su cuello, para besarle un poco mas cómodamente.
– Las galletas... – Murmuró en mitad del beso.
– Quiero gofres, huelen bien. – Kuroko le llevó hasta el horno, mientras se besaban.
– ¿Ya empiezas con los antojos?. – Soltó una risa, que le iluminó la cara entera.
– No, es solo que tengo hambreeee. – Le dio un último beso en mitad del pecho y señaló la puerta. – Voy a ver que pasa con el enano... y de paso me entero de que hace Kise kun aquí.
….
Olía a dulce.
A bollería, donutts... bizcocho, no, algo mas dulce.
Gofres. Olía con la feria de verano. A manzana de caramelo, gofres y algodón de azucar.
Por un momento el peso del mundo se alejó de sus hombros. Se sentía cómodo, relajado, sin problemas ni preocupaciones de ningún tipo.
Deslizó la mano sobre la sábana, fresca, y palpó su vientre. Una extraña redondez ocupaba el espacio de su vientre.
Estiró el brazo y encendió la luz, levantando la sábana con dos dedos.
Escuchó una risita infantil que le arrancó una propia, y sintió dos manitas, aferradas a los lados de su barriga, con fuerza.
Levantó un poco mas, descubriendo una mata de cabello celeste, suave y corto, en lo mas alto de su tripa redonda.
Kise no pudo evitar hacer una risita que se unió a la del niño.
Kou levantó la camiseta hasta el pecho del modelo y restregó sus mofletes por la piel tirante. Hizo una pedorreta, enorme, que sonó en el tiempo hasta que se quedaron sin aire sus pequeños pulmones.
El rubio estalló en carcajadas. Subiendo al niño tomando sus axilas, vio sus ojitos azules, llenos de lágrimas por la risa.
– Hola buenos días. – Kou le hizo una pedorreta en la cara, usando su moflete como respuesta.
Se levantó, llevando al niño en los brazos, hasta la cocina, donde sus amigos se besaban, con un cariño infinito. Kou le palmeó en la cara, y el pecho.
Estaba claro que el niño estaba acostumbrado a que sus padres se mostraran el cariño abiertamente.
Les miró un poco mas, sonriendo.
A su alrededor el tenue sonido del horno cocinando galletas, sus besos, que sonaban por encima, sus caricias, y su amor, que era un sonido mas, una canción hermosa y adorable.
Kise lo supo. Quería eso, con Daiki.
Quería estar con él, besándose tranquilos, mientras su pequeña les miraba, orgullosa del amor de sus padres.
Podía ver el amor en los ojitos de Kou, el brillo tranquilo con el que miraba a sus padres amarse, sin ningún reparo.
Kise lo supo. Quería que su hija tuviera esa mirada cuando les mirase a ellos.
El pasado estaba ahí, cruel e implacable. Nunca se iba, se agarraba con uñas y dientes a las entrañas y no abandonaba. Pero el tiempo, bálsamo que todo lo cura, diluía lo malo, lo estiraba, hasta dejar una tenue sensación, un mal sabor que poco a poco desaparecía.
Miró de nuevo a Kuroko, la manera en la que miraba a Kagami, tan enamorado...
Entendía las palabras de la noche anterior, ponerse una meta y luchar por ella.
Y él ya la tenía clara.
Quería conseguir una familia, una con Daiki. No exactamente igual, demasiado azucarada para su forma de pensar y para lo directo de su novio, pero una en la que pudiese sonreír cada día, aunque fuera un poco.
Escuchó a Kuroko decir que iba a buscar a Kou y se adelantó, entrando en la cocina antes de que saliera del todo.
Levantó al niño frente a él, pataleando divertido en los brazos del modelo como si fuera un juego de lo mas divertido.
– Me gusta este despertador, ¿Me lo regalas?. – Mordisqueó el costado del pequeño, y sus muslitos, jugando con él, arrancándole unas carcajadas de lo mas sonoras, hasta ponerle rojo de la risa. – O me hacéis uno igual, despierta a pedorretas, así no hay forma de quedarse en la cama, es genial.
– Mamiiii, jaaaa jajajajaja... mamiiiiiiiiiii. – Echaba sus bracitos a Kuroko, para que lo salvara.
Kagami tomó al pequeño, alzándolo por encima de la cabeza, aun entre risas.
– Métete con alguien de tu tamaño, Kise. – El rubio le sacó la lengua en respuesta. – Venga a comer todo el mundo.
Kou aplaudió, la idea le gustaba, y mucho. Y su estómago apoyó su aplauso rugiendo.
– No es que me moleste, pero ¿Qué haces aquí Kise kun?. – La duda de Kuroko era del todo lógica.
– Perdí mis llaves. – Miró un segundo a Kagami, con una sonrisa al tiempo que batallaba con el niño para que no se cayera de morros contra el suelo en su afán por que su padre le soltara. – Volvía de cenar con Akashi y no encontré mis llaves... menos mal que Kagami me escuchó llamar.
– Eres un desastre Kise kun. – Le palmeó el trasero al pasar por su lado, en dirección a la mesa. –Tengo hambre.
Kise suspiró, aliviado internamente.
…
En su casa reinaba un extraño e inusual silencio.
La familia Kise no era conocida por su discreción y ese silencio se le hizo ponerse un poco nervioso.
Fue a su cuarto y sacó el teléfono del cajón, en el que llevaba guardado casi cinco semanas. Montó el aparato y tecleó el número para desbloquearlo.
Enseguida empezó a sonar el pitido molesto que indicaba un mensaje nuevo.
Y otro, y otro mas... así hasta que el contador llegó a ciento nueve mensajes nuevos, en la bandeja de entrada, sin leer.
Mas de trescientas llamadas perdidas. Mas de la mitad de la misma persona.
Se sentó en su antigua cama, y depositó el aparatito en la palma de su mano.
Fue abriendo los mensajes, uno a uno.
"lo siento", "perdóname", "por favor, Ryo"...
La primera tanda eran disculpas, casi todos similares.
"Solo dime que estás bien", "No me tengas con esta angustia"
La segunda tanda de mensajes eran en su mayoría súplicas para que se pusiera en contacto, como fuera.
Afectado se removió molesto con sigo mismo. Había estado esquivándole todo este tiempo. Aunque no era del todo cierto que Aomine viviera sin saber nada, ya que Kise sabía que todo el mundo le tenía al corriente de cada segundo de su vida.
Si se sacaba un moco, un mensaje cruzaba el océano para contárselo.
Pero claro, no era lo mismo.
Si se lo hubiera dicho, que pensaba dejarle y volver solo, seguramente le habría montado una de sus escenitas exageradas para luego acabar dándole la razón.
Lo cierto es que él se moría por volver a casa, con su gente, pero también era cierto que adoraba su independencia junto al hombre que amaba. Y era eso, Daiki era la persona que mas amaba.
La mano subió sola hasta sus labios, cubriéndola para amortiguar un ligero jadeo que trataba de salir por ellos.
" Se que no quieres hablarme, pero no te cuesta nada contestar un mensaje", " ¿Sigues enfadado?", "Te extraño, mucho.", "Echo de menos besar a nuestra nena en tu interior"
Kise siguió leyendo, uno a uno, sin detenerse. Llenó los pulmones hasta el límite y los vació lentamente, despacio, muy despacio.
Había mensajes todos los días, desde que había vuelto a Estados Unidos. Algunos días incluso mas de uno.
"Me voy a dormir pensando en vosotros", " Estoy cansado pero me duermo tranquilo sabiendo que sonríes", "Buenos días, hoy el sol es dorado como tu pelo, te extraño".
Kise dibujó una sonrisita con la comisura de sus labios, al imaginar a Daiki siendo así de ñoño, por él.
Llegó hasta el último mensaje.
"Está bien, tu ganas".
El modelo miró las letras un poco intranquilo. Era el último de los mensajes de texto, y estaba fechado hace tres días.
Lo cierto es que las llamadas también habían cesado en ese tiempo.
¿Y si se había cansado de esperar que le perdonara?.
¿Que significaba ese tu ganas?, ¿Qué ganaba?.
Contó los días, mas de un mes. Daiki había estado pendiente todo el tiempo, y lo único que había recibido del rubio era silencio.
No podía ni imaginarse lo que tenía que ser, escuchar de todo el mundo como se ponía mas gordo, mas guapo, y él sin poder verlo, sin recibir ni una sola llamada de su novio, ni un simple mensaje.
¿Había exagerado todo?.
Al fin y al cabo, ahora estaba mas que feliz. Su familia, sus amigos, sus compañeros, todos le cuidaban con cariño, como si fuera a romperse, cumpliendo sus caprichos con una sonrisa.
Y Daiki completamente solo. Y para colmo, Kise sin hablarle...
Se atiesó en el sitio, angustiado.
Ciertamente había cumplido su palabra, siempre. Daiki podía ser cualquier cosa, pero si decía algo su palabra era ley.
Ahora tenía miedo, pero al mismo tiempo no podía permitírselo.
Buscó en la agenda el número y pulsó la tecla de llamada.
Esperó, un tono, otro, otro...
" El número marcado se encuentra desconectado o fuera de cobertura. Inténtelo mas tarde."
Llamó una docena de veces mas, con el mismo resultado.
Llamó al club de basket, nada.
A la universidad, a todos los teléfonos que tenía en la agenda de aquel país, sin resultado alguno.
Nadie sabía nada de Aomine desde hacía días.
Empezaba a no encontrarse bien. Una presión aplastaba su pecho sin piedad.
Estaba solo, Daiki le había dejado solo.
Al fin y al cabo, solo estaba cumpliendo sus deseos.
¿No?.
Era lo que él quería, que no le llamara mas.
– Y una mierda. – El rubio murmuró una maldición y se arregló para salir.
Si Daiki no encendía el teléfono, iría a hablar con la única persona a la que le confíaba todo.
Iría al orfanato, a ver a su padre
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Midorima salió durante el descanso de la segunda hora, a la reunión en la sala del consejo.
La clase se arremolinó en pequeños grupos, para disfrutar del almuerzo.
Takao miró en su mochila, y chasqueó la lengua.
– ¿Qué pasa?, vaya careto tío. – Miyaji le palmeó en el hombro, en broma.
– Que tengo hambre y mi almuerzo no aparece por ningún lado. – Revolvió la mochila entera por segunda vez, sacando el contenido al completo sobre la mesa, para comprobar que efectivamente, de su comida ni rastro.
– Seguro que Midorima kun lo tiene en su bolsa. – Le miró con una sonrisita pícara.
– Eso espero. – Cruzó la clase hasta su asiento.
Con la rotación habían acabado cada uno en una punta de la clase.
No encontró su mochila, por lo que lo mas seguro es que se la llevara al cuarto del comité estudiantil cuando le llamaron.
Suspiró frustrado. Ahora tendría que esperar que regresara para comer algo.
Bien podía ir a la cafetería y comprarse alguna cosa, pero lo tenía prohibido, mientras trataban de tener un nuevo bebé, solo comida sana para la mamá...además que había olvidado su cartera con el dinero en casa.
Genial.
Su cara hizo una mueca muy divertida, entre el enfado y la frustración que le hizo sonreír.
Su compañero acercó su propio recipiente con ensalada de huevo al moreno, y le ofreció el tenedor, para que comiera algo.
La reacción de Takao al oler la ensalada le hizo levantar las dos cejas, intrigado.
Se llevó la mano a los labios y salió disparado por la clase, esquivando las mesas y sillas hasta salir al pasillo.
El rubio miró su ensalada, e inspiró sobre ella, por si acaso se había estropeado en los últimos cinco segundos, ya que él había comido y estaba perfectamente buena.
– Que grosero... tampoco es para ponerse así. Si no le gustaba solo tenía que decirlo. – Siguió comiendo como si nada.
Midorima entró al rato, dejó la mochila en la mesa y buscó a su chico por la clase, al no verle se acercó al otro jugador.
– ¿Y Takao?. – Miró la mesa y vio la mochila del moreno en la silla.
– Ni idea... Oye, ¿A ti te huele esto raro, o te parece que está mal?. – Midorima le miró un momento y olisqueó la ensalada.
– No, huele bien, correcta. ¿A qué viene la pregunta?.
– Es que tu maridito se ha olvidado la comida, le he ofrecido del mio y nada mas olerlo, ha salido disparado de la clase.
Midorima le miró, sorprendido, luego sonriente, luego travieso.
Se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz, y salió corriendo al baño...
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Aleeeeeeeeee
Ji ji ji , que montón de cosasssssssssss
Gracias por seguír ahí, os lovio.
Besitos y mordisktios
Shiga san
