Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.

KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sopresa …

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Uno mas en la cancha.

Capítulo 15:Ayuda externa.

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Buscó y rebuscó, sin éxito alguno.

Y lo necesitaba, en serio. Tenía un mensaje para ir a recoger una moto, que no arrancaba por estar cierto tiempo parada, y no encontraba el móvil, donde tenía el teléfono de la empresa de grúas que siempre usaba.

Y tenía entrenamiento en una hora, y seguramente no quedaba mucho para que Murasakibara llamase tímidamente en la puerta que conectaba los dos apartamentos y hacerse cargo de Kibu...

Kibu...

Himuro caminó con prisa hasta el cuarto de la pequeña.

Dormía plácidamente, sobre un costado. El pijama de cuerpo entero y el gorrito, que seguramente le había puesto Murasakibara cuando le dio la buenas noches el día anterior, le daba un aspecto adorable. Entre sus deditos, el móvil que tanto llevaba buscando.

Con cuidado lo deslizó por su manita, de verdad, lo necesitaba si no no le importaría que la niña lo tuviera.

Besó su cabello rojo y salió despacio, cuidando no despertarla.

En el pequeño pasillo de apenas un metro que conectaba con el cuarto de estar tuvo que pararse un momento. Se apoyó con un hombro en la pared, y tomó aire profundamente.

Un ligero mareo le tuvo parado unos minutos.

No tenía tiempo para perderlo y mucho menos para ponerse enfermo.

Buscó el teléfono de la empresa de grúas y les llamó, para recoger la moto que tenía que arreglar. Les pidió que la dejaran en la puerta a medio día, para entonces él ya estaría ahí.

Acababa de colgar cuando escuchó los golpecitos en la puerta. Se colgó la mochila y ordenó lo que tenía que llevarse a toda prisa. Mierda, si no salía ya llegaría muy tarde.

Murasakibara le miró, sonriendo.

– Está dormida, he dejado el biberón solo tienes que calentarlo. Que no coma mucho dulce, que anoche ya viste como se puso, nos costó un montón que se durmiera. – Hizo una sonrisa al darse cuenta que el mas alto seguía en pijama y con el pelo revuelto. – Gracias por cuidarla.

Se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla, y salió corriendo.

O eso pretendía, por que una enorme mano le agarró por el brazo.

– ¿Estás bien?. – Mantuvo su mirada unos minutos. – Himu chin está blanquito, como cuando Aka chin vomitaba pero distinto. Himu chin tiene que cuidarse, si se pone malito Kibu chan se pondrá triste.

– Estoy bien. – Posó su mano sobre la otra y le miró, asintiendo. –Solo es que estoy muy ocupado y un poco cansado, nada mas.

– Himu chin tiene que dormir mas. – Desplazó el flequillo con la punta del dedo a un lado, y luego apartó la mano lentamente.

– Eso haré. – Dio un paso atrás, ligeramente ruborizado. – Dale un beso a Kibu cuando despierte, y dile que mamá la quiere mucho. Y otro a Akashi kun y los bebés. Hasta luego.

Gracias al cielo pudo llegar a la puerta de salida sin tropezarse con sus propios pies, y sin que el enorme jugador le interceptara de nuevo.

Antes de ir al club para el entrenamiento, paró en la farmacia. Necesitaba comprar una cosa, y era urgente.

Aprovechó que el entrenamiento había terminado un poco antes, que la clase de ciencias era la presentación de proyectos, y que la mayoría de sus compañeros habían recurrido al volcán de bicarbonato, que tenía tiempo libre antes de volver al taller.

Se metió en el cubículo del retrete aún mojado, y con la mochila.

Dejó el cacharrito sobre la mochila y se secó mientras hacía lo que quiera que hiciera con el pis.

Recogió todo, ya vestido y preparado, dejando fuera únicamente el móvil, puesto en cronómetro para contar los cinco minutos necesarios para conocer el resultado de la prueba.

Ya llevaba unos días con los mareos matutinos, y tenía una sensación de vértigo que se le hacía lejanamente conocida.

Himuro se sentó en la tapa del retrete y apretó el móvil entre sus dedos, cuando un irritante pitido le indicaba el final de su cuenta atrás.

Cruzó los dedos mentalmente y miró el cacharrito. Una cruz... en la pequeña ventanita circular había claramente una cruz, rosa.

Buscó en las instrucciones y releyó, algo que ya sabía sin necesidad de volver a leerlo.

Madre mía.

Se paso las manos por la cara, aún sentado. Se inclinó hacia delante, abatido.

Se tomó unos segundos, de quietud, para pensar un poco mas profundamente en su situación.

Lo mejor era hablar con la abuela, sus consejos siempre eran los mejores... aunque eso implicara que iba a recibir unas cuantas collejas de esa mujer.

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Midorima agitó el biberón con energía, para que se mezclara el contenido dentro como debía.

Lucky esperaba tranquila, tendida en su cochecito, succionando con ganas el chupete, moviéndolo de un modo gracioso arriba y abajo.

Dejó el biberón en la mesa y tomó a la pequeña con delicadeza extrema.

La miró durante un rato, perdido en el verde de sus ojos y su cabello corto y moreno. No era lo único que había sacado de su mamá, y en eso se alegraba. Aún era muy pequeña para sacarle parecido con nadie, pero él ya se lo veía.

Lucky gimoteó, bajito.

Una inofensiva advertencia, un aviso de que el hambre ganaba terreno.

Colocó el babero, para que no se manchara y a la pequeña sobre uno de su brazos, mientras que tomaba el biberón con la otra mano y lo acercaba a su boquita, esperando hasta que la vio comer tranquila.

Una sonrisa inconsciente acudió a sus labios, al mirar a Takao dormir, plácidamente en la cama.

Volvió su vista a la niña, y quedó hipnotizado con sus movimientos. Sus manitas se abrían y cerraban, alojando algunas veces la tela de su camiseta, y sus ojitos bailaban, alrededor, mirando a todas partes y a ninguna.

Aún era muy pequeñita para enfocar correctamente, aunque si era capaz de reconocer a las personas mas cercanas.

– Por lo menos esta vez no me he llevado un puñetazo, ¿Eh?. – Recordó que cuando Takao se enteró de que Lucky venía en camino, se llevó un golpe en toda la cara.

Recordó con una sonrisa que por la mañana habían ido al médico, y que la doctora les miró un poco sorprendida al principio, cuando le contaron la razón de su visita.

Primero pensó que estaban tomándole el pelo. Kazunari seguía sensible por el reciente alumbramiento y ninguna mamá se aventuraba a un nuevo embarazo con el anterior tan reciente.

Al menos no era habitual, y muchísimo menos en gente tan inexperta como el joven matrimonio.

La sorpresa inicial dio paso a una sonrisa, cuando notó que los dos iban en serio.

Palmeó la camilla divertida. Takao se subió mientras se ponía los guantes y encendía la máquina de ultrasonidos.

Estaban extrañamente felices, cosa que no pasó desapercibida para la doctora, que aún recordaba la cara de susto que traían apenas unos meses atrás.

Encontró el bebé en la pantalla al poco de buscarle. Takao se bajó de la camilla de un salto, entre risas, comiendo a su esposo a besos por todas partes, sin dejarle decir ni palabra.

Apartó el biberón de la nena cuando había bebido mas o menos la mitad. La sentó en su regazo con cuidado, golpeando su espalda para ayudarla a expulsar los gases.

La pequeña oscilaba con los golpecitos de su padre.

Otra sonrisa afloró a sus labios al ver la flor azul que adornaba el pijama de la nena.

Takao tenía esas cosas en cuenta, ya que esa flor era el objeto de buena suerte para el día.

Era un detalle adorable

Eructó a lo bestia, y una carcajada salió sin permiso.

– Menuda princesita estás hecha, ¿Eh, florecilla del campo?.

La cambió de posición al otro lado y le dio lo que quedaba de leche.

Repitió el proceso y le cambió el pañal para que durmiera a gustito, limpia y con la barriga llena. Lucky se durmió a los pocos segundos.

Midorima recogió todo para dejar el salón sin nada por medio. Iba a acostarse de nuevo en su cama, cuando al ir a apagar la luz, vio el cinturón del albornoz aún sobre el reposa brazos del sofá.

Sus ojos se entornaron pareciendo unas rendijas apretadas.

Lo tomó entre sus largos dedos y caminó arrastrando la punta por todo el pasillo hasta la puerta del cuarto.

Takao estaba boca abajo sobre las sábanas.

Desde la entrada veía perfectamente la línea de su espalda, y ese trasero redondo que adoraba mordisquear con cariño.

Enredó el cinturón en sus dos manos y estiró un par de veces hasta tensarlo, con una sonrisa en su cara similar a la que ponía cuando se salía con la suya.

Le miró, un rato, decidiendo como hacer lo que tenía en mente.

Estaba en los primeros escalones del embarazo, y no podía ser muy efusivo..

Las dudas, los miedos, todo seguía ahí, pero también una calma, que solo se conseguía con la paternidad. Otro hijo era bueno, para ellos, para Lucky, para todos. Y Kazunari estaba tan hermoso con su barriguita.

Tan sexy.

Dibujó con la punta del índice una línea, desde la nuca hasta donde la espalda perdía su nombre.

Takao gimió desde lo mas profundo de su ser, completamente dormido.

Su esposo subió al punto de partida, feliz.

Volvió a bajar, a la altura de la cadera, la mano te su marido surgió, guiándole al centro de su placer.

Midorima se sobresaltó, por que no esperaba que su chico estuviera despierto. Hizo un puchero, ya que quería jugar un poco mas con él dormido.

Le ayudó a ponerse boca arriba, y guió sus manos por encima de la cabeza.

Se llevó el índice de punta a los labios, indicándole que guardara silencio, o despertarían a Lucky... y seguramente no le haría mucha gracia ser despertada de ese modo.

Takao soltó una pequeña risita, en un susurro, y agarró el cabecero de la cama con la punta de los dedos.

Midorima chasqueó la lengua. Iba a quedarse sin sus besos, pero de verdad, quería ver que se sentía.

Deslizó con cariño el trozo de felpa suave del cinturón entre los labios de Takao y lo anudó en su nuca, quitándole así el habla. Ahora solo tenía que asegurarse de no hacer mucho ruido él mismo, y todo estaría bien.

Las piernas de Takao fueron separadas por los codos de su esposo, y sus pies se crisparon contra el colchón, en cuanto sintió el cálido aliento recorrer su ombligo con calma, demasiada para su gusto.

Alzó las caderas en su dirección, un par de veces. El hecho de no poder decir nada, le estaba calentando demasiado.

Sus dedos se agarraron con mas fuerza sobre su cabeza, al cabecero de madera de la cama.

Por un momento pensó que habría sido buena idea que fueran barrotes...

Midorima gimió al posar sus labios en la fina piel del vientre, enredando sus largos dedos en el vello eléctrico y rizado que nacía en esa parte que tanto le fascinaba.

Amaba sus lamentos, el aroma que se desprendía de su intimidad, esa calidez, abrasadora y despiadada que le arrastraba sin razón alguna a deshacerse junto a su esposo.

Ambos convertidos en seres de saliva suave y escurridiza, dedos interminables, piel eterna, sudor frío y jadeos necesarios.

Y su hijito, pequeño, apenas un puntito perdido en un mar de carne rosa y resbaladiza, entre los dos. Siendo amado del mismo modo. Su corazón se formaría al mismo tiempo que su madre tocaba el cielo. ¿Podría existir un modo mas perfecto de creación?.

Otra de esas cosas buenas que tenía el embarazo. Podía terminar y permanecer a su lado, abrazándole, besando su cabellos, su sien sudorosa, su hombro desnudo, a él y no salir corriendo al baño para deshacerse del preservativo y perder tiempo en su rutina de limpieza.

Podía quedarse dentro hasta que el cuerpo de Takao le rechazaba, escurriéndose fuera sin mucha gracia, como una babosa dormida. Esa comparación le hacía romper a reír como un loco. No le importaba que se mancharan, los dos. Los restos del encuentro íntimo escurrían fuera de su esposo, manchando su muslo y por última instancia, las sábanas, pero no le importaba. No le importaba lo mas mínimo.

Esas veces quedaba tan saciado y relajado, que solo quería abrazar a Kazunari y dormirse lo mas pegado a él que podía; nada más.

Lucky rompió a llorar, con ganas.

Seguramente un mal sueño, o una postura desafortunada, pero la lívido de ambos se fue a dar una vuelta.

Midorima le desató antes de ir a atender a la pequeña.

El chupete yacía a su lado, demasiado lejos de su boquita, y las lágrimas manchaban sus mejillas regordetas.

Midorima la calmó, y dibujó una sonrisita cuando escuchó la voz calmada y dulce de su esposo, cantarle una pequeña y adorable nana a su hija.

Sus ojos azules brillaban cuando la miraba, y le amaba por eso.

Por eso y por un millón de cosas mas, que iba descubriendo cada día a su lado.

Besó su mejilla teniendo cuidado de no interrumpir la canción, y le abrazó con ganas.

Estaba enamorado, de Kazunari, con toda su alma. Y daba gracias cada día por tenerle a su lado.

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Llegó antes de mediodía al taller. La grúa llegó a los pocos minutos y de ella se bajó el conductor y el dueño de la moto.

Estaba tan pendiente del vehículo que no le prestó atención a nada mas.

Condujo la moto al interior del taller y empezó a desmontar el motor en cuanto comprobó que, efectivamente, no arrancaba.

Necesitaba una puesta apunto, cambio de aceite, filtros etc...

Aún así quería echarle un vistazo al sistema de escape, por si se había metido algo, no era la primera vez que veía algo parecido a un animalito, una planta o cosas de lo mas raro dentro de un tubo de escape.

Era una buena moto, de carretera, aunque por la posición de los mandos, estaba claro que la persona que la conducía habitualmente era bastante alto y por el estado de la amortiguación y los neumáticos, lo hacía como un loco, sin tener consideración alguna con tan hermosa máquina.

Cambió todo lo que necesitaba y volvió a montar las protecciones de la moto, sin darse cuenta de que seguía con su ropa, y que efectivamente, se había manchado de grasa, suciedad y otras cosas, la camisa del instituto.

Tenía la cabeza en otro sitio. Había quedado por la tarde con la abuela, que seguramente iba a darle una paliza por inconsciente, y su mente puesta en Kibu, y en como leches iba a contárselo al mundo en general...

– No sé si darte las gracias o un par de hostias. – La voz grave le hizo levantar la cabeza y desviar la mirada de la moto a su dueño.

– Y yo no sé si mandarte a la mierda o tomar por el culo. – A grosero no le ganaba ese gilipollas, eso lo tenía claro. – Encima que te he arreglado esta preciosidad. No deberías tratar a tu pequeña así...

– He estado fuera un tiempo. – Se justificó. – Pero una cosa no quita la otra.

– No se de que estás hablan... – Cuando por fin le miró, se quedó sin palabras. – Oh, genial. Mi día mejora por momentos. ¿No se supone que estás al otro lado del mundo?.

– Por eso mismo he dicho que no se si darte las gracias. – Daiki se acercó y giró la llave para arrancar su moto, que sonó rugiente a la primera. – Aunque por otro lado, le has costado un disgusto a Kise, y si eso afecta a mi hija no te librarás de las hostias, eso tenlo por seguro.

– No es culpa mía que ninguno seáis claros con él. – Recogió las herramientas y cosas para tirar y dejó el sitio limpio al mismo tiempo que hablaba con él.

Daiki apagó la moto.

– No era algo que Kise necesitara saber, además que no era asunto suyo. – Desvió la mirada a la calle y justo después le miró.

– Si te sirve de algo, no lo hice a propósito, no tenía ni idea. – La mirada de Aomine se suavizó. – Y ya me disculpé con él, y con Kuroko.

– Me alegro, Himuro kun. – El moreno abrió sus ojos de la sorpresa y le sonrió de lado. – ¿Qué te debo?... por la moto.

– ¡Ah!, ven a la oficina, te hago una factura...¿Cómo sabes mi nombre?. – Se paró, curioso en la puerta de la oficina.

– Por la asociación de Kise. – Himuro pestañeó, confuso. – En cuanto vi a tu hija, supe que era de Akashi... y bueno, digamos que despertaste mi interés y leí tu ficha, nada mas.

– Vaya... supuse que esos datos eran confidenciales. – Le miró de lado, sospechando.

– Y lo son. – Sonrisa Aomine. – Tampoco lo hice con ninguna intención, es solo que sorprendió la niña, nada mas.

Pagó, pero seguía en el taller, de pie.

– ¿Me ayudarías con algo que tengo en mente?. – Himuro le miró, un poco desconfiado.

– Escucharé lo que tengas en la cabeza, y después te digo.

Aomine tenía un plan, uno muy bueno para sorprender a su prometido, uno super secreto y enorme, para el que necesitaba unos cuantos cómplices...

Pero primero tenía que evitar a toda costa que Kise descubriera que ya estaba cerca. De hecho ya llevaba unos días, preparando algo que dejó pendiente cuando se marchó.

Algo que ya había conseguido y terminado.

Ahora solo necesitaba un poco de tiempo, para terminarlo...

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Waaaaaaaaaaaaa otro misteriooooooooooooo

jajajajaj

ufff y aún tengo un par mas guardados en el bolsillo jajajaj

Gracias por seguir ahí, me dais la vida con cada comentario.

Besitos y mordiskitos

Shiga san