Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sopresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 18: El novio.
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La ducha sonaba, constante, en su goteo.
Bajo el agua Kise acariciaba una y otra vez su vientre, trazando círculos con la punta de los dedos, para posar la mano entera sobre el nacimiento de la misma, para volver a bajar, en una caricia infinita hasta abajo.
Fuera, la vorágine propia de una sesión de fotos.
Aunque esta vez sentía que todo era mas tranquilo, mas relajante. Había un aura de paz rodeando a todo el mundo, cuando por norma general, los gritos y las prisas eran el escenario perfecto.
Apagó el grifo, y escuchó perfectamente la suave risa de su madre fuera, esperándole en el cuarto, mientras hablaba con su mánager.
Entró en el cuarto, toalla en las caderas, cabello goteante. Su peluquera y estilista se le tiró encima en cuanto salió. Un regaño en su mirada. Necesitaba hidratación, lo agradecería cuando su vientre luciera libre de marcas y estrías propias del hinchamiento.
Kise se limitó a sonreír mientras la chica se quejaba entre dientes.
Miró con atención la larga percha con una docena de prendas colgando de ella.
– Tienes que probarte todos y elegir uno... – Kise la mira, sin entender muy bien. ¿El cliente dejaba que el modelo eligiera la ropa para la sesión?
Pasó los dedos sobre las prendas, estudiándolas desde sus perchas.
Ciertamente eran preciosas, y de un buen gusto exquisito, pero ninguna de ellas le llamaba la atención.
Hasta que lo encontró, por la mitad de las que ya había visto.
La sacó de la percha para verla bien y la dejó sobre la cama, para secarse.
Sus ojos fijos, casi sin pestañear en la tela blanca... no podía dejar de pensar en que era un diseño muy bonito.
La estilista tomó de las cajas bajo las prendas los accesorios apropiados y los dejó junto a la prenda extendida.
Se vistió cómodamente, con ropa fácil de quitar, y empaquetaron las cosas para salir al jardín.
La casa en la que estaban, nueva, era el primer escenario de la sesión.
A Kise le gustó desde que se bajó del coche. El porche delantero tenía un montón de césped, muy verde y cuidado.
El salón lo vio de pasada, pero si que vio la piscina en el jardín trasero.
No tenía tiempo para darse un baño en la piscina, lo que era una pena, pero al subir las escaleras, la habitación que iban a usar le sacó un jadeo involuntario.
Había plumas por todas partes, blancas y suaves. El fotógrafo montaba su equipo de forma meticulosa y Kise no pudo pararse a mirar mas.
Su madre tiraba de él hasta la siguiente habitación, para que se duchara, ya que tenía que estar limpio para la sesión de maquillaje.
La maquilladora le llenó de purpurina dorada por todo el cuerpo, y fue guiado de vuelta al cuarto de las plumas. Le pareció ver un arco iris y una nube en una de las puertas, pero no le dejaron ni pararse.
Cuando quiso darse cuenta, estaba tendido en el suelo, rodeado de plumas y con unas alas blancas en su espalda, siguiendo las indicaciones del fotógrafo.
Kise posaba con naturalidad. No preguntó para quien eran las fotos, se fiaba de su agente, y de vez en cuando, la expresión dulce de su madre mirándole le hizo saber que lo estaba haciendo bien. Le gustaba.
Kise era un angelito travieso y adorable. Una sonrisa paró la sesión, por que inconscientemente estaba pensando en que a Aomine le encantaría verle así; mandaría las fotos en cuanto las tuviera... si supiera donde demonios estaba.
Pasó un par de horas entre plumas, relajado. Casi todas las fotos eran tumbado o recostado en alguna posición de lo mas cómoda, por lo que solo pararon un par de veces para que comiera algo ligero.
Cuando terminaron con las plumas fue a ducharse, y ahora tenía que vestirse para la siguiente sesión, que era en la playa, o eso había oído.
Miró la prenda largo rato sobre la cama, antes de decidirse a tomarla. Su estilista no le dejó que la tocara hasta peinarle.
Sentado frente al gran espejo se miró por primera vez en lo que iba de día.
Los dedos de la muchacha peinaban sus cabellos en caricias, extendiendo un producto con aroma a flores para dejarlo en su sitio.
Un mensajero llamó, anunciando una entrega.
A través del espejo le vio a su espalda, dejando la caja sobre la pequeña mesa junto a la puerta.
La chica abandonó su pelo para tomar el contenido, que a Kise se le hizo familiar.
Era una especie de tiara de rosas, blancas, rosa pálido y beige. Con pequeños cristales y perlitas.
Lo miró un poco mas detenidamente cuando la chica lo dejó en su regazo para seguir colocando su cabello en el lugar conveniente.
Acarició los pétalos, frescos, con la punta de los dedos. Era un tocado precioso, muy elegante... y le resultaba terriblemente familiar el modo en el que estaban colocadas las flores, como si ya lo hubiera visto antes...
– ¿Kise Kun?. – La chica le tocó el hombro, delicadamente para sacarle de su ensoñación.
– ¿Ah?... perdona, estaba... con la mente en otro sitio. – Levantó las flores y regresó a la postura recta frente al espejo.
Justo en ese momento, la chica miró dentro de su maletín. Como si se guiara por una imagen o algo para colocar las flores en su pelo.
Normalmente los diseñadores o el mismo cliente, daban indicaciones precisas de donde debía ir cada cosa, pero siempre lo ponían a la vista... otra de esas cosas raras que tenía este día.
Suspiró, posando la mano sobre su pequeña. Estaba tranquila, seguramente dormida. Una sonrisa dulce afloró a sus labios en ese pensamiento.
Con la mente en su niña dormida, en los brazos de su padre, no prestaba atención alguna a la posición en la que quedaban las flores.
Echaba de menos a ese condenado moreno.
Una patada, en el lugar justo, le hizo gemir. No era doloroso, pero tampoco agradable.
Por un momento quiso creer que su hija le regañaba por pensar mal de su papá.
– ¿Ryota?. – Su madre, preocupada a su lado.
– No... tranquila, no pasa nada... solo se ha movido y me ha pillado desprevenido.
– Venga, ponte en pie, te ayudaré a vestirte. – Estaba sonriendo, mucho...
Si hubiera prestado atención se habría dado cuenta de que también había cierto brillo en sus ojos, un brillo alegre.
De pie de espaldas al espejo esperó a que su madre le indicara el momento de meter las manos en las mangas.
Un pequeñita sonrisa quedó en sus labios, mientras ayudaba a su hijo a vestirse.
Era extraño, pero en cierto modo mágico , que de todas las prendas, escogiera precisamente esa.
Un kimono, blanco, con un ligero ribete en plata.
El obi, mas delgado de lo normal, quedaba por debajo justo del pecho, amoldándose a la perfección a sus curvas, cubriendo su cuerpo de un modo elegante y refinado.
Kise levantó las manos, acariciando a su hija, apreciando la suavidad de la tela en sus dedos, su frescura. El obi en color perla, tenía un tacto diferente pero suave.
Su madre sollozaba, con las dos manos en los labios, acallando los gemiditos que amenazaban con salir.
– Pero bueno... – La abrazó, sin mirarse siquiera en conjunto.
Acariciaba la espalda menuda de su madre, y sus rizos dorados con amor. La mujer cabía en sus brazos de un modo perfecto, y a él le encantaba tenerla así, cambiando los papeles de cuando era pequeño y eran los brazos de la mujer quien le calmaba.
Levantó la mirada por encima de su madre, y vió su reflejo en el espejo. Las rosas en su pelo, la forma en la que estaban colocadas, el efecto en su rostro...
¿De que le sonaba?
Tenía la sensación de haberse visto antes así, pero estaba tan ocupado en mecer a su mamá, que ni se dio cuenta, ni quiso pensar en ello.
– Tenemos que irnos, o llegaremos tarde. – El manager rompió la atmósfera sin pretenderlo.
– Claro, estoy listo. – Abrazó a su madre por un hombro y salieron, después de calzarse adecuadamente.
El personal había recogido todo y le esperaba dispuesto a cambiar el escenario.
Y por alguna razón, una expectación que no entendía se adueñó de todos.
Kise subió los hombros y salió hacia el coche, aferrando los dedos de su madre entre los suyos
…...
La cortina morada se abrió, de un golpe seco.
Aomine salió del probador con su cambio número veinte en lo que iba de día. A él le había gustado el primero, un traje sobrio, negro por todas partes con un par de pequeños detalles en dorado, punto.
Pero las hermanas de Kise se estaban vengando de él a su manera, por que si no no se explicaba a que venía tal agonía de cambio de ropa.
– El primero, me gustaba el primero, Daichan. – La hermanita aferró el conejito de peluche mirándole, pasando la piruleta de un moflete a otro, rodando el palito por sus labios.
– Cierto, la mocosa tiene razón. – Dos pares de ojos dorados puestos en él, ya eran suficiente castigo. – El primero era el mejor de todos.
Se volvió al probador, cambiándose con prisa.
Lo último que le apetecía era estar mas tiempo en esa tienda y con las dos rubias.
Su móvil sonó, y leyó con una sonrisa el mensaje de Kuroko, indicándole que tenían los anillos y estaban esperando la señal para ir a donde les dijera.
Las dos chicas sonrieron, traviesas.
– Pues venga, vístete, que tenemos una boda y eres la novia. – La mayor de las hermanas soltó una risita maligna.
El dependiente les miró como si les faltara un tornillo y negó.
Esperando, al igual que Daiki, que se fueran cuanto antes de allí.
Aunque en el caso del moreno, la razón era diferente... Se moría de ganas por abrazar a su gordito, pero ya.
…..
Kagami ya estaba vestido, y trataba, con cierta dificultad, anudar la corbata de su hijo.
Pero Kou tenía unos planes infinitamente mas atractivos, y ninguno de ellos eran dejarse vestir por su padre.
Los anillos, descansaban en su cajita de terciopelo, sobre el mueble, a la vista para no olvidarlos, y el perro sentado a un lado, miraba el ir y venir de la gente por toda la casa.
El pequeño apartamento del matrimonio se había convertido en el punto de encuentro para todos los invitados a la boda secreta de Kise y Aomine.
Midorima mecía a su pequeña sentado en el sofá, en el lado mas alejado de la puerta. Takao rebuscaba en el bolso del carrito, su móvil, que había escondido ahí para mantenerlo alejado de los regordetes dedos de Kou.
Era increíble como ese pequeñajo, que apenas podía andar unos metros sin caer de culo, podía desbloquear el teléfono y ponerse a jugar a los juegos sin esfuerzo alguno.
Akashi miraba la escena junto a Shintarô, con una sonrisa tenue al ver la "batalla" entre el pelirrojo y su pequeño.
Iba ganando Kou.
Murasakibara sostenía a Kibu dormida entre sus brazos. El gigantón se había convertido en la camita de la niña, y no había lugar en el mundo mas cálido y confortable que en sus brazos.
Momoi anudaba la corbata de Kasamatsu, pegando su escote al pecho del rojo muchachote, que no sabía donde mirar para no acabar golpeado por su novia, una castaña pequeñita de poco pecho que le miraba como si realmente pudiera fulminarlo con la mirada al instante.
El timbre sonó, desviando la atención de todos a la nueva visita.
Himuro entró, disculpándose al tiempo que caminaba hasta sentarse junto a Akashi.
– Perdón, el trabajo se alargó, pero lo dejé listo. – Estiró el cuello para besar a Sei en la mejilla y le dedicó una sonrisa al pelimorado, que caminaba de pie de un lado a otro meciendo a la niña en su sueño, totalmente concentrado en su labor.
– No importa. – Akashi contestó en voz baja. – Se acaba de dormir.
– Trae, me la llevaré a casa. – Alargó los brazos para tomar a su hija de su cama gigante.
– Noooooooooooooooo... – Murasakibara enfocó al moreno, negando enérgicamente para dejar claro que no quería soltar a la niña. – Está dormidita... shhhhhhhhhhh
– Pero dormirá mejor en su camita, y a ti no te doleran los brazos después, ¿Eh?. – Himuro alargó las manos para recuperar a su hija.
– Pero... Kibu chan no pesa nada, nada. Me la llevaré conmigo a la boda de Kise chin y Dai chin... seguro a Kibu chan le gusta la tarta... ohhh seguro que hay una tarta enorme llena de flores, y unos muñequitos encima muy monos.
– Estoy seguro de que si, habrá una tarta preciosa, pero Kibu y yo no estamos invitados, y no estaría bien aparecer por allí, ¿Eh?. – Kagami acercó el carrito de Kibu, que estaba guardado en una de las habitaciones.
Colocó la mantita y apartó las correas para que la niña estuviera cómoda en su carrito y posó la mano abierta en el hombro de Himuro.
Murasakibara se agachó para dejar a la niña con cuidado, aunque ella estaba aferrada con la mano cerrada en un puño a la solapa de la chaqueta del traje.
Su pelo, atado en una coleta se movió por encima del hombro y asomó por delante, mientras arropaba a la pequeña y besaba su frente, y mofletes.
Miró a Himuro con un enorme puchero, tan grande como él mismo. El labio inferior temblaba amenazando con ponerse a llorar de manera infantil de un momento a otro.
– Atsushi. – La suave voz Akashi llega a sus oidos, una advertencia en el tono de su voz.
– Pero Akachiiiiiiiinnnn. – Se quejó, dispuesto a batallar, aunque Himuro ya giraba el carrito para salir y volver a casa.
– No creo que le importe a Kise o a Aomine si vienes a la boda. – Kagami murmuró claramente.
– No quiero molestar...y además Kibu está dormida... y estoy un poco cansado. – Bostezó, apoyando así sus palabras.
Murasakibara pasó a su lado, y le besó en la cicatriz de la cabeza, donde al final le habían dado unos puntos del golpe que se había dado en el baño días atrás.
– Ten cuidado, por el camino. – Besó de nuevo a la niña. – Y derechito a casa, a dormir, ¿Entendido?.
Himuro asintió, se despidió de todos con la mano y salió.
Caminando despacio llevó la mano a la cicatriz abierta, recordando el incidente, con una sonrisa tenue y avergonzada en los labios.
….
Sintió los labios del mas alto incluso entre la bruma del sueño.
Alzó los brazos para aferrarse a su cuello, pensando seriamente, en que estaba dormido, y que era un sueño agradable para variar.
Casi siempre tenía pesadillas, terribles y dolorosas.
Himuro había estado siempre solo, pero una soledad distinta a la del resto, una soledad que le pesaba en el corazón.
Era un niño triste, cuando se acercó a Kagami y le hizo su amigo, inseparables y con una meta en común: el basket.
Luego llegaron las despedidas, las dolorosas horas a solas, dejando marchar a la persona de la que estaba enamorado en silencio... años y años amando a Kagami sin decírselo.
Para enterarse de que él, por su cuenta, había encontrado en Kuroko la persona amada.
Alguien como él, con el corazón roto y destrozado...
Había vivido tanto, en tan poco tiempo...
El jadeo de Akashi le devolvió a la realidad.
Le despertó de golpe, abrazando a Murasakibara entre sus dedos.
– Lo siento, perdón... – Se disculpó, restregando los ojos con el dorso de la mano. Una punzada dolorosa le subió desde el cráneo hasta la orilla de los ojos.
– ¿Has visto, Kibu chan?, el beso de príncipe funciona. – Levantó el pulgar, pero su sonrisa se fue cuando miró a su chico, que estaba tratando de comprobar si era posible matar a alguien con la mirada. – ¿Aka chin?
– Akashi... yo.. – Se llevó las dos manos a la cabeza, dolorido. Un hilito de sangre empezó a bajar por su cuello desde el cabello.
– Pupaaaaaaaaaaa. – Kibu rompió a llorar al ver la sangre y se aferró a su mamá con fuerza.
Murasakibara fue por el botiquín al baño y regresó, mientras su chico no se había movido del sitio, sentado a su lado en la cama.
– El padre es él. – Akashi murmuró señalando al enfermero improvisado. – ¿Cuando ha pasado?, vosotros... Como has podido. – Acusó al mas alto.
– ¿Cómo he podido qué?. – Preguntó volcando el botiquin sobre la colcha.
– Acostarte con él. – Señaló a Himuro con el dedo. – Ese niño... el niño que espera es tuyo.
– Pues claro. – Murasakibara confirmó sus sospechas, afirmando abiertamente al mismo tiempo que apretaba un algodón goteante de desinfectante en la herida de la cabeza del moreno. – Y tuyo también.
Silencio de circunstancias.
– Ay, ay, ay... no aprietes... – Himuro se quejó, apartando la mano de Murasakibara para poder mirar a Akashi. – No nos hemos acostado, te lo juro...
Les miró, sin entender nada.
– Akachin... Himuchan y yo no hemos hecho cositas … pero este bebé es mío, y tuyo... y de Kibu chan. – Ladeó la cabeza arrugando la nariz. – Himu chan no me quiere decir con quien a fabricado el nuevo bebé... pero solo sé que es nuestro, y que lo vamos a querer mucho, mucho... y que vamos a pasarlo genial, jugando ahora que vamos a ser muchos, ¿Eh, Akachin?.
Akashi estalló en carcajadas, liberando la tensión de ese modo.
Siempre se le olvidaba que la lógica de Murasakibara era diferente a la del resto de las personas, y que por eso se había enamorado de él...
– Somos una familia un poco rara... – Akashi se limpió las lagrimitas que nacían en sus pestañas.
– Pero sabemos divertirnos, ¿Eh?. – Sintió los labios de su chico en el pelo, y la manita de su hija zarandeándole.
– Mami, pupa... – Sus mofletes dibujaron un puchero.
– Creo que necesitas puntos... – Akashi miró bajo el algodón. – Vamos a tener que ir al hospital.
– Eso parece, si.
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Eyyyy que bien, cap terminado...
Dios ese Kise en modo angelito con su barriguita y sus alitas, ( me muero del todo)
y uooooo mas cositas del trio multicolor... aunque sigue siendo un misterio quien es el padre del bebé jejeje, perooooo seguro que ahora no me mataís ( o al menos no me deseaís una urticaria o algo malvado)
Me imagino a Koy huyendo de su padre y me sale una sonrisa sin querer...
Espero que os guste y gracias, como siempre, por dedicarle unos minutos a leer, y por tomar la molestia de comentar.
Cada una de vuestras palabras me alegran la vida.
Besitos y mordisktios
Shiga san
