Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sorpresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 20: Os declaro...
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Miraba por la ventanilla, la vida desarrollándose a su alrededor.
Suspiró, últimamente lo hacía mucho, sobre todo las últimas dos semanas. La pequeña pareció despertar, ahora que su mamá había parado de moverse, como un indicativo para hacerse notar.
Kise sonrió, acariciando por encima de la suave tela blanca la perfecta curva de su vientre. Podía pesar diez kilos mas, pero no había nada que le hiciera verse feo, o gordo, o desmejorado. El ego de Kise estaba en límites estratosféricos, y se veía mucho mas hermoso que nunca...
Aunque mas pesado, y cansado... y el hambre, oh, eso era impresionante.
Había llegado incluso a comer con las manos, mandando los modales que tan duramente le habían enseñado sus padres desde su mas tierna infancia, a dar un vuelta.
Y lo mas maravilloso de esos ataques de hambre es que podía comer cualquier cosa, mezclas de alimentos de lo mas creativo, que Kise engullía en nombre de su hija con verdadero deleite.
Kise gimió, bajito, y su madre le palmeó un muslo, a su lado en la parte trasera del coche.
Últimamente la bebé no paraba de moverse, y siempre lo hacía cuando Kise conseguía su momento de paz. Podía estar el día entero de acá para allá, sin parar un segundo, y no enterarse de que estaba embarazado, pero justo en el momento en el que se sentaba, pies en alto, ojos cerrados, paff, ahí estaba.
Había empezado a los cinco meses mas o menos, pequeños movimientos, "pataditas", que las llamaban, inocentes y a cualquier hora o situación, que siempre le arrancaban sonrisas; mucho mas desde que Daiki no paraba de manosearle solo para comprobar que el bebé crecía dentro de él, y no perderse cuando se movía, aunque Kise estuviera concentrado en leer un guión importante, o haciendo cosas "privadas" en el retrete, para el papá era lo de menos, si podía conseguir sentir en sus dedos a la pequeñita.
Poco después, los movimientos venían precedidos de una carrera al baño, o a la cocina.
Estaba claro que su hija se movía para alertarle de la inmediata necesidad de orinar, o de comer con ganas, cualquiera de las dos , indistintamente.
Pero últimamente la cosa iba poniéndose espinosa.
No solo le avisaba de que tenía que ir al baño, con una frecuencia que casi rozaba lo ridículo, si no que se empeñaba en moverse a lo bestia mientras Kise trataba de dormir, haciéndole cambiar de postura un montón de veces, y obligándole a ir a la cocina o al baño durante las horas de sueño.
Aquí, en estos casos, la única con trabajo extra era la maquilladora, por que sus ojeras eran tan grandes que podía tejer un tumbona uniéndolas en el centro.
Sonrió a su madre, sobándose en el lugar exacto en el que podía asegurar que se encontraba el pie de su pequeña y volvió la mirada a la calle.
Que raro.
Casi podía jurar que ya habían pasado por ahí. ¿Por qué iría el coche en círculos?
Unos minutos después el paisaje se le hizo conocido, ya que volvían a estar en el barrio de su infancia.
De repente sintió una extraña nostalgia, que le hizo esbozar una sonrisa tonta. Al pasar unos matorrales y un árbol enorme, ahí estaba.
– Para por favor. – Lanzó la mano hacia delante, al hombro del conductor que detuvo el coche después de obtener el permiso de la rubia por el retrovisor.
Kise bajó con cuidado, y se mantuvo de pie unos segundos, sosteniendo en sus manos la parte mas larga del kimono que vestía. No quería arrugarlo, y mucho menos mancharlo, pero tenía que hacerlo.
Apartó la verja, desmejorada y chirriante, y su sonrisa se extendió por todo su rostro. Seguían ahí. Los columpios estaban en el mismo sitio, aunque el parque a su alrededor había sido restaurado, no así la puerta de entrada, que habían cambiado de sitio y abandonado la antigua, por donde él se colaba cuando era pequeño.
Había niños jugando, bajando por el tobogán y correteando alrededor del cajón de arena, pero sus pies iban solos hasta el columpio.
Esperó hasta que quedó libre y sujetó la larga tela con delicadeza, posando la tela del pantalón también blanco directamente sobre la tabla que hacía de asiento.
Se dio un poco de impulso y levantó los pies para balancearse suavemente.
Vaya, que recuerdos.
La sensación era maravillosa, y a la bebé parecía gustarle por que había dejado de moverse en cuanto empezó a mecerse.
Miró a su madre, de pie junto a él, en silencio.
Sus ojos se abrieron hasta el límite, y paró el balanceo posando los pies juntos al mismo tiempo sobre la arena bajo ellos.
Levantó la mano para acariciar las rosas de su pelo, y una lágrima bajó sin permiso por su mejilla.
¿Cómo no se había dado cuenta hasta ese momento?
Un teléfono le sacó de sus pensamientos abruptamente y esperó hasta que su madre contestó.
– Es para ti. – Su madre lo puso en su mano, dejándole sentado en el columpio y a solas, para que tuviera un poco de intimidad durante su llamada.
Aunque los niños se habían arremolinado a su alrededor para mirarle.
No todos los días iba a jugar al parque un modelo altísimo, rubio y guapo, vestido como un ángel.
– Hola. – la voz del otro lado le obligó a llevarse la mano a la boca para contener un gemido.
– Eres un idiota. – Daiki sonrió al escucharle sollozar un par de veces.
– ¿Te ha gustado nuestra casa?. – Su tono divertido, hizo a Kise calmarse, hasta sonreír con la intención clara de seguirle el juego.
– Me ha encantado, sobre todo la habitación con plumas. ¿Podemos dejarla así?. – Las risas llenaron el silencio entre ellos unos segundos.
– Bueno, no tenía pensado dejarla, pero siempre puedo dejar que me convenzas para ello.
– El cliente de la sesión, ¿Eres tú?. – Kise volvió al balanceo, feliz de poder hablar con él tranquilamente. –Ya veo, me has engañado pero bien, ¿Eh?... eres un maldito malvado perverso y odioso.
–Espero que hayas hecho bien tu trabajo, por que pienso poner esa foto tuya en nuestro salón. – Cambió de tema descaradamente para no entrar en su juego.
– ¿Cuestionas mi profesionalidad?. – suspiró, terminando con la broma. – ¿Cuándo puedo volver a verte?... Te echo de menos.
– Eso depende de si quieres levantarte y darte la vuelta, o esperas a que llegue a ti... prefiero la segunda, así puedo volver a robarte un beso en ese columpio.
Kise paró el balanceo de nuevo, y esperó, aunque lo bastante nervioso como para girar la cabeza a los lados buscándole con la mirada.
Contuvo un suspiro en los pulmones mientras le veía acercarse.
Sus hermanas con él, sonrientes se quedaron con su madre, dándoles intimidad.
Se agachó al llegar al columpio y posó sus manos sobre las del rubio, aferradas a las cadenas que sostenían el columpio al mástil superior.
Sus miradas conectaron, solo unos segundos, pero era como si tuvieran que reconocerse de nuevo.
La mirada azul recorrió con amor absoluto las flores en su pelo, sus preciosos ojos dorados que tanto amaba... la caída de la prenda blanca en sus hombros, su sonrisa, tímida de repente, ese dulce sonrojo en sus mejillas.
La perfecta y maravillosa redondez de su vientre.
Daiki se agachó, sin soltar las manos de donde estaban, posando la mejilla en el vientre, acariciando con ella la curva con puro amor incondicional.
Kise se inclinó, posando su propia mejilla en el suave cabello de su chico.
– Dios, Kise... eres tan hermoso. – Deslizó la cara para posar los labios en el vientre una docena de veces y luego subió, haciéndose dueño de sus labios, con tanta dulzura que el sonrojo de Kise se extendió por toda su cara hasta la punta de sus orejas.
El murmullo a su alrededor les sacó de su propio mundo. Los niños les vitoreaban, pillines. Sus padres y los demás adultos aplaudían entusiasmados... mientras las mujeres de la familia Kise les miraban sonriendo, sin contener las lágrimas.
Era tan evidente que se amaban, que juntos eran un todo, que nadie podía ponerlo en duda.
Daba gusto mirarles.
– Dai chan. – La voz de la madre de Kise le indicó que aún tenían algo que hacer.
– No sé si voy a poder soportar mas sorpresas hoy. – Kise hizo un puchero, y lanzó sus manos a Daiki, para que le ayudara a levantarse del columpio.
– Venga Riri, solo queda una mas, una pequeñita y sin importancia. – Su hermana mayor le sacudió con ganas una palmada en la espalda, como siempre hacía desde que eran niños.
– Si quieres negarte, ahora es el momento. – Aomine le besó, otra vez, sintiéndose incapaz de separarse de esos brazos en lo que le quedaba de existencia.
– Ni lo sueñes. – Restregó la nariz en su mejilla, haciendo las rosas bailar en el movimiento. – Te haré pagar por dejarme aquí tirado... y el numerito de las plumas, o sí, yo también quiero verte rodeado de plumas... plumas negras...
– ¿Ese es el precio por que disfrutes de la última sorpresa del día?, Está bien, me parece un pago demasiado barato.
– Pues venga, haz conmigo lo que quieras. – La manifestación tan espontánea del rubio les arrancó a todos unas sonoras carcajadas.
Daiki sacó el móvil y envió un mensaje corto, de una sola palabra; "Listo".
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– ¿Todavía no estás vestido?. – Kuroko se unió al resto, en cuanto su móvil recibió el mensaje de que todo estaba listo y " el paquete recibido", mensaje de la hermana de Kise que le arrancó una sonrisa.
En el salón Kou escapaba de su padre, culo al aire, camisa solo abrochada de un botón, y los pelos de punta. El pequeño pantalón de traje y el calzoncillo descansaban sobre la mesa, junto a las pastas que había sacado para acompañar el té que había ofrecido a sus invitados, mientras él se vestía.
Suspiró, un poco frustrado y al mismo tiempo divertido. No es que le gustara que Kagami pasara un mal rato, pero en serio, verle correr detrás del niño con la corbata en la mano, lo único que tenía que ponerle, era para reírse, o para matarlo.
Kuroko había dejado al niño listo, solo para ponerle ese adorno, y nada mas, pero en algún momento la situación se había dado la vuelta, y Kou correteaba por encima de los invitados en bolas, y con su padre a punto de echar humo por las orejas.
Takao se reía a carcajadas, en serio, era muy divertido.
Lucky bostezó en los brazos de su mamá. Las risas de Kazunari habían despertado a la pequeña, que ahora miraba alrededor intentando ver a que venía el alboroto.
Midorima estaba en un lado del sofá, ejerciendo de muro de contención, para tender una emboscada al pequeño nudista y tratar de atraparlo, pero no solo era divertido verlo, si no que el enano era escurridizo como el que mas... y no solo eso, había heredado la particularidad de su mamá, y desparecía ante ellos en cuanto intuía que alguno de ellos iba a ponerle la mano encima.
Otra carrera y pasó entre las piernas de Kasamatsu, soltando un montón de pequeñas carcajadas en su huida.
Dio una vuelta mas, y se paró, frente a su mamá.
Miró arriba y se quedó con la boca abierta a su límite.
Y no fue el único, la sala entera se quedó en silencio.
– bapo... mama ta mu bapo. Wooooouuuuu. – Kou alabó la belleza de su mamá con la lenguita de trapo que tenía a su corta edad.
– Gracias cariño. – Se agachó junto al niño y lo tomó en brazos. – ¿Por qué no estás vestido ya?
– Papá. – Señaló con el dedo de punta a su padre, y chasqueó la lengua dando a entender que su padre era un desastre y que por eso seguía a medio vestir... nada que ver con que él mismo se hubiera quitado las prendas al tiempo que escapaba de su padre y de todos los adultos, eso por descontado.
– Bueno... pues habrá que vestirte... tenemos que irnos... – Sonrió dejando al niño en el suelo y recogiendo los pequeños pantalones de encima de la mesa.
– ¿Ise?. – Preguntó esperanzado.
– Sí, Kise nos está esperando ya. – Le acarició el moflete redondo y se agachó de nuevo para ayudarle a meter cada pierna por su agujero correspondiente.
Kagami los miraba, completamente colmado de amor. Ya se vengaría de ese pequeño gusano traidor y chivato cuando tuviera oportunidad.
El resto había empezado a recoger sus cosas para salir.
Murasakibara seguía acariciando con la mano abierta a sus hijos, ignorando completamente que seguían dentro del pelirrojo, hasta que este se quejaba, mas avergonzado que dolorido.
Akashi sonrió posando su mano sobre la de su novio.
Atsushi hizo un puchero, disculpándose por estar demasiado tiempo sobeteándole, pero de verdad, amaba acariciar a sus pequeños renacuajos desde la tripa de Akashi.
Le levantó con un solo brazo del sofá, repartiendo besos por su cara y pelo sin mirar realmente donde los daba.
Demasiado entusiasmado a veces no miraba las cosas que hacía ni donde lo hacía.
Normalmente Akashi era quien le hacía consciente ello, quien le llamaba la atención y le indicaba si estaba bien o si debería dejarlo para cuando estaban a solas.
Pero desde que estaba en estado, mas bien desde que había visto a sus pequeños en la ecografía, se limitaba a disfrutar con una sonrisa complaciente de cada una de las demostraciones de afecto de su gigante.
Entrelazó sus dedos, recibió un beso en la mejilla y se encaminó hacia la salida, a la boda de Kise.
Sus pequeños tenían hambre, y él se moría por comer tarta.
…...
Kise apretó su mano en cuanto enfilaron la alfombra roja frente a ellos.
A los lados, una veintena de sillas, con sus mejores amigos, su familia, su todo, ahí junto a ellos en uno de los días mas maravillosos de su vida.
Se miraron, antes de empezar a caminar los apenas tres metros que les separaban del arco de rosas, bajo el que iban a casarse.
Kou aplaudió, con sus deditos regordetes, interrumpiendo una docena de veces la ceremonia, con sus risitas y balbuceos.
A los novios no les importó lo mas mínimo.
La vida que iniciaban como esposos era así, ruidosa, alocada, llena de risas infantiles y de palmadas divertidas.
Llenas de momentos agradables, de caricias furtivas cuando nadie miraba, de compartir la tarta con la misma cuchara.
De Takao regañando a Midorima por no reparar en que el objeto para la buena suerte era un dado de felpa y de que gracias a él que lo había recordado y lo llevaba metido en el bolso del carro.
De su compañero sonrojado, orgulloso de que su pequeña hija hiciera algo tan increíble como sostener la cabeza por si misma, y sonreír cuando escuchaba su nombre en los labios de sus padres.
Kise quería una vida llena de todo eso.
De Kagami luchando con su hijo, tratando de besar a su mamá mientras él le mordía, literalmente, en la pantorrilla con sus pocos dientes de ratoncito.
De Akashi comiendo la porción de tarta que le había tocado a Murasakibara, después de engullir su propio trozo, y un par mas, de regalo.
Una ceremonia, corta, concisa, seguida de risas, baile y comida.
Takao se sentó, negándose a bailar. Sus pies dolían, y estaba cansado.
Kuroko tampoco estaba muy fiestero, pero el mas cansado de todos era Akashi, que al igual que su propia hija, no encontraba un lugar mas cómodo y calentito que los brazos de su chico para dormir entre ellos.
….
Apoyó la mejilla en el hombro de Aomine, feliz, cansado, cerrando los brazos en su espalda, balanceándose al ritmo de la suave música.
Sus amigos, descansando en las mesas de alrededor, charlando en voz baja, ajenos a su baile y su pequeña porción de felicidad íntima.
– ¿Estás cansado?. – Murmuró Daiki a la altura de su cuello, mirándole de reojo desde el mismo lugar.
– Un poco, pero no lo bastante como para librarte de cumplir, marido mío. – Una enorme sonrisa llenó su cara, en las dos últimas palabras.
– Por favor, me subestimas. – Le besó, sin dejar de bailar.
– Nunca lo hago... por eso me he casado contigo...
– Creí que lo hacías por que te he preñado a traición. – Kise le dio un codazo en las costillas.
– Bueno eso también tiene un poco que ver... pero muy poco, muy muy poco...
– ¿Y por mi indudable encanto seductor?. – Aomine le guiñó un ojo, divertido.
– Eso también, pero muy poquito.
– Y si te digo que te amo, así de simple, ¿Eh?... es una buena razón.
– Cierto, esa razón me gusta mucho mas... si preguntan diremos eso, que nos amamos jajaja
– Nada que ver con este vientre tan hermoso y redondito.
– Vamos a casa, me muero por empezar nuestra vida de casados.
– Me gusta como suena..., pero ¿No estás cansado?
– Un poco, pero no voy a moverme mucho... – Su sonrisa seductora era brillante. – Dejaré que me hagas lo que quieras... ponte las botas jajaja
– Oh, me gusta esta propuesta. – Miró alrededor fingiendo disimular muy mal. – ¿Crees que notarán si nos largamos? Somos los protagonistas...
– Nah, ni se darán cuenta.
Kise entrelazó sus dedos de nuevo, y le guió, al coche, caminado despacio, como si realmente nadie se diera cuenta de que los novios abandonaban los últimos coletazos de la celebración...
Al menos la colectiva, por que la celebración privada empezaba en ese momento, y por la forma de tocarse, no iban ni a arrancar el coche.
Gracias al cielo, las lunas traseras del coche eran tintadas.
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Gracias cielitos por leer, y comentar.
Os super lovio...jejeje
Besitos y mordiskitos
Shiga san
