Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sorpresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 22: Gemelos.
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Akashi despertó, ya en el hospital.
Calmado y cómodo, a sabiendas de que ese día tendría a sus bebés.
La tarde anterior había quedado ingresado, pasando todas pruebas preliminares.
Para asegurarse de que no comería ni bebería nada, la doctora había firmado su ingreso, y le había acomodado en una tranquila habitación.
Sobre el sofá para los acompañantes, los dos cucos, las bolsas con la ropa del los bebés y su propia ropa.
Vestido únicamente con la bata azul de topitos y el suero en su brazo, Akashi suspiró, tranquilo.
Apartó la sábana a un lado, para tocar su abultado vientre. No había cumplido aún los ocho meses, pero dado el tamaño de los pequeños, y su número, la doctora había programado su parto antes de tiempo.
En la última ecografía, se habían desarrollado como para estar fuera del vientre materno sin problema alguno, como un bebé nacido a término. Serían un poco mas tiernos, pero por tamaño no se diferenciarían de cualquier bebé con nueve meses de gestación.
Akashi estaba conforme. Tenía su parte buena, saber cuando ocurriría, y saberse rodeado de personal médico, mas liberador.
Bostezó y su estómago rugió. Bueno, algo malo tenía que tener.
Murasakibara asomó por la rendija justa de la puerta después de abrir lentamente.
Fue directamente hasta él y le abrazó sin mediar palabra. Arrastró a la mamá por encima del lecho hasta subirle sobre sus piernas y dejarle sobre ella de lo mas cómodo.
– Buenos días, Akachin. – Besó su pelo, una docena de veces. – Buenos días chicos.
Akashi soltó una risita cuando las enormes manos de su chico le sobaron sin vergüenza por la tripa hasta hacerle cosquillas. Se revolvió, tratando de liberarse de su "captor" sin mucho éxito, recibiendo una lluvia de besos al mismo tiempo que las caricias.
– Buenos días Atsushi. – Le llevó el pelo tras las orejas aprovechando para una larga caricia que bajó por su cuello hasta el pecho.
– ¿Papi?. – Kibu murmuró bajito, de la mano de su mamá, en la puerta.
– Lo siento, no quería esperar. – Himuro se disculpó un poco avergonzado al verse ganado por una niña pequeña.
Kibu tiró de su mamá, obligándole a dar un paso mas dentro de la habitación.
– Papi, teno cole, logo mengo. – Lo dijo tan seria que todos los presentes alzaron las cejas sorprendidos. – Tu hace mien. No cansa, para que logo ayudas a los bebes y salen. – Asintió, convencida, mirando a su padre en serio.
– Vale, te esperaré entonces. – Murasakibara se agachó para levantar a la pequeña y ponerla sobre sus piernas como a Akashi. – Descansaré, para ayudar a los bebés a nacer.
La niña sonrió y le dio un beso en la mejilla. Se encogió, para besar la tripa de Akashi dos veces, a sus hermanos, y un beso mas.
Se bajó con cuidado y fue hasta su mamá, para tomar su mano y despedirse.
– Estaré en el taller, hasta que Kibu salga de la guardería. Me llamas para lo que sea. – El papá asintió y se despidió de la pequeña haciendo muecas con la cara, arrancándole unas risitas.
Se quedaron de nuevo a solas, aunque la tranquilidad no duró mucho.
La doctora entró, seguida de séquito de enfermeras que le rodearon, apartando a su chico hasta la parte mas alejada de la cama.
Murasakibara se entretuvo con las cosas de los bebés, dentro de la mochila, mientras la doctora le explicaba a la mamá todo.
– ¿Cómo te encuentras?. – Aunque lo había preguntado, la verdad es que ya estaba tomándole le pulso para comprobarlo por su cuenta.
– Tengo hambre. – Su estómago rugió de nuevo, apoyando sus palabras.
– Eso está bien, pero nada de comer. – Le regañó con la mirada y apuntó algo en la hoja. – Bueno, voy a decirte lo que vamos a hacer, ¿De acuerdo?.
Akashi asintió, mirando a su chico, que dejó lo que estaba haciendo para atender a las explicaciones del mismo modo.
– Lo primero, vas a ducharte, y después viene lo divertido. – Justo en ese momento entraban con las máquinas y una camilla extra que aparcaron a un lado. – Volveré en media hora.
Murasakibara le ayudó a entrar en la ducha, y le enjabonó con dulzura. Aunque no quería mojarse el pelo, terminó enjabonado de pies a cabeza, entre risas y una extraña batalla de espuma con su chico.
Mientras Murasakibara le sentaba en la cama y le secaba con calma, se dio cuenta de que no estaba para nada nervioso. Era como un todo a su alrededor que le rodeaba de una calma irreal.
Las manos de su chico pasando como una infinita caricia sobre su piel húmeda para secarle, su aliento cerca del cuello, mientras le secaba la espalda, poniendo cuidado de no apretar demasiado la barriga, las suaves caricias con las que eliminaba el exceso de agua en su pelo, todo era calmante.
Dudó, si ponerle de nuevo la ropa interior o no, aunque aprovechó para besarle la piel del vientre y el hueso de la cadera con verdadero amor. Acomodó la bata del hospital verde, la que le habían dado para reemplazar la azul que había llevado desde el día anterior y se arrodilló frente a él.
Se miraron, sin mas. Akashi con un deje de miedo en sus ojos, pero en cierto modo resignado. No era como si pudiera escapar sin mas. Era algo que había deseado desde que tenía uso de razón.
Siempre le habían gustado las familias numerosas, estar rodeado de gente, aunque luego el silencio le siguiera a donde quisiera que fuera...
Enamorarse del mas ruidoso era casi una obligación para él. Aunque al principio había amado en silencio a Kuroko, no pudo evitar sentirse atraído por el enorme y escandaloso comedor de golosinas gigante.
Murasakibara tenía algo, no solo esa actitud infantil que mostraba casi todo el tiempo.
Akashi había descubierto su "otro yo" sin querer. Ese Atsushi que casi nadie conocía, el que era capaz de ser tan apasionado como para hacer que se desmayara completamente saciado.
Ese que exudaba una masculinidad que le hacía perder la cabeza, y mandar su siempre seria calma a dar una maldita vuelta, y gritar totalmente desatado hasta la locura.
Mucho antes de darse cuenta de que estaba enamorado de él, quería hijos, muchísimo antes de esa revelación.
Y cuando el destino, su naturaleza o el maldito karma no se lo concedía, juró que haría todo lo posible por conseguirlo.
Quería un hijo de Murasakibara, a toda costa.
Sonrió, pasando la mano por el bulto perfectamente redondo que alojaba a sus bebés, oscilando los pies en el borde del colchón.
Ya estaba seco y vestido cuando la doctora regresó. Agujas, algodones, bolsas de suero, correas la acompañaban, junto a una enorme sonrisa.
– Bien, ya ha llegado el momento. ¿Preparado?. – Caminó hasta él, depositando lo que traía en las manos en la mesilla junto a él.
Murasakibara, negándose a alejarse de él, se aferró a su mano con el brazo estirado, dejando a la doctora ponerle las correas para el monitor en el vientre y el muslo sin soltarle.
Insertó una nueva aguja en el dorso de su mano y conectó el suero.
– Bien, esto hará que empiece todo. – Le mostró la ampolla con el medicamento. – Conectaré el monitor y estarás vigilado todo el tiempo. En una hora empezará todo el proceso y siento decirte que irá muy rápido, no será como tu amigo Kuroko. Una vez que empiece no tendrás un segundo de calma.
Akashi asintió, resignado.
– La idea es que sea lo mas natural posible, intentaré que sea también rápido. – No quiso alarmarle con supuestos que terminaban con él en el quirófano, a si que omitió la parte en la que las cosas se ponían difícil, con la esperanza de no tener que llevarlas a cabo.
La enfermera le ayudó a acomodarse y abrió la ruedecita que introducía la medicación en el suero.
El cuarto se llenó con los pitidos de las dos máquinas, y justo después con los latidos de los bebés y su mamá.
– Si notas cualquier cambio, me llamas. – Señaló el botón de llamado a su lado y todas salieron del cuarto dejándoles a solas.
Murasakibara le abrazó de nuevo, poniendo cuidado en el suero que pendía de su soporte, y se quedó así, acunando su cabeza en el pecho, mecidos por los latidos altos y claros de los pequeños.
El tiempo, cuando uno quiere que vaya lento, se acelera, y al revés ocurre lo mismo.
Akashi esperaba que todo comenzara de una vez. El deseo de ver a sus bebés se hizo mas fuerte con el paso de los minutos, creciendo la curiosidad a la misma velocidad que el temor visceral de toda madre primeriza a no estar a la altura.
Los primeros indicios de dolor llegaron al medio día. Unas tres horas después de ser conectado a la máquina.
Daba lo mismo las veces que se lo pidieran y el grado de médico que tuvieran las personas que entraban al cuarto. No existía nada en el mundo que alejara a Murasakibara de su chico, nada.
Se apartaba lo justo para que mirasen lo que tuvieran que mirar, pero siempre sin soltarle, ni alejarse de la cama.
A las dos de la tarde, los dolores eran reales. Ya no era solo una palabra, dolor se había convertido en uno mas dentro de la habitación.
Akashi se tumbó sobre un costado, encogido hasta el límite de la barriga, aferrando el colchón con las dos manos.
Su novio, agachado a su lado, acariciando en toque nervioso su sien y frente, moviendo sus dedos sin parar entre sus cabellos rojos.
Su respiración pesada, saliendo por la nariz, labios apretados conteniendo un lamento doloroso entre ellos.
Después de la primera hora, empezó a sentir el agotamiento. Su cuerpo no estaba preparado para el trance del parto, le estaban obligando con medicación, y Akashi empezaba a sentir que no podría soportar el dolor, y mas cuando la doctora le informó de que apenas acababa de empezar el proceso.
Murasakibara aprovechó un momento en el que su chico se relajó lo suficiente como para dormitar unos minutos, y salió a hablar con la doctora.
– Tiene que hacer algo, no quiero que le duela. – Aunque lo decía en serio, un brillo entusiasta copaba sus ojos; sus hijitos estaban a punto de venir al mundo, y ya estaba mas que feliz.
– No puedo sedarle, necesito que esté despierto para alumbrar a esos niños por sus medios. – Le miró, negando.
Comprendía la preocupación del chico, pero era cierto, que cuanto menos medicación entrara en el cuerpo de Akashi, mejor sería todo. Quería esperar todo lo humanamente posible.
La mamá era un joven sano y fuerte, que no presentaba problema alguno. El embarazo ciertamente había sido producto de un largo y doloroso tratamiento, y después no había sido una balsa de aceite.
Los pequeños habían crecido rápido, al ser dos, y acelerado lo que debería ser un proceso de nueve meses hasta reducirlo a casi ocho, y eso por que la doctora había estirado el tiempo para hacerlo factible.
La cabezonería de Akashi también jugaba un importante papel. No se había rendido, ni una sola vez. Había soportado lo indecible sin una sola queja, ni un lamento ni reproche, por sus pequeños.
Y ahora en la recta final, tan cerca de terminar, aguantaría hasta el límite de sus fuerzas.
Murasakibara volvió con él, y se limitó a abrazarle, sin mas.
Era lo único que podía hacer por él, estar ahí, darle de algún modo paz con su presencia.
Con todo listo por parte de la parte médica, Akashi se vio rodeado de repente de batas blancas y trasladado al paritorio sin poder oponer resistencia alguna.
No se sentía preparado, ni anímica ni físicamente, pero una vez sentado en el extraño lecho, fue completamente consciente de que no había vuelta atrás.
Akashi fijó su mirada en la doctora entre sus piernas abiertas hasta el límite.
Era una de las dos caras conocidas del cuarto. El resto de personal, esperando por sus bebés, para atenderlos le eran desconocidos.
No es que fuera la situación mas adecuada, estar rodeado de desconocidos en algo tan íntimo como alumbrar a tus hijos. Iba a quejarse, si, pero el dolor regresó, mucho mas potente y lacerante que nunca.
Las manos enguantadas entre sus piernas empuñaron unas tijeras.
Un "chack", solo uno, y lo siguiente que se escuchó fue un sonido de agua golpeando el suelo.
Fue tan rápido que no tuvo tiempo ni de pensar algo para decir.
Akashi se arqueó contra su novio, con tal fuerza que le hizo gemir de dolor.
El pelirrojo gritó, como nunca en su vida había gritado.
Lo siguiente que sintió, calor, mucho, recorriendo su cuerpo por completo, y después un largo y fuerte latido, bombeando por todas las venas de su cuerpo a la vez.
Cayó a plomo contra Murasakibara, como si la corriente que le recorría hubiese parado de golpe.
Jadeó, tratando de recobrar el aliento, con el cuerpo tembloroso hasta la última de sus células.
– Akachin aguanta. – Le besó, en la frente y la sien. Dedos erráticos por sus hombros y cuello, sin saber muy bien como confortarlo o darle un poco de las fuerzas que sabía estaba necesitando recuperar.
La doctora se afanó, gasas en una mano, bote de antiséptico en la otra, en limpiar toda la zona, asegurándose con habilidad médica de que todo iba como debería.
– Está bien, esto es normal. Acabo de romper la bolsa y todo se ha precipitado un poco. – Lo dijo calmada, tranquila. Miró a la mamá. – ¿Puedes aguantar unas cuantas mas como esta?. – Akashi asintió, muy despacito. – Eso está muy bien, si señor.
Inspiró fuertemente, llenando sus pulmones por completo, notando de nuevo la ola de dolor subir y bajar por todas partes, recorriendo sin piedad su interior.
Apretó los dientes una segunda vez hasta que no pudo mas y terminó gritando hasta quedarse sin aire de nuevo.
Su chico jadeó con él, aguantando su peso con el pecho y parte de uno de sus brazos.
Vio a la doctora moverse hacia atrás, y poner sobre su pecho una pequeña criatura en el mismo gesto.
Akashi pestañeó asombrado. No esperaba que fuera tan rápido, ni que saliera tan fácilmente.
Podía adivinar su pelito rojo entre los restos que le cubrían parcialmente, y su piel blanquita y suave.
Murasakibara besó al bebé, en lo alto de la cabeza antes de que se lo llevaran para hacerle un montón de pruebas.
Aún no había terminado, solo estaban en la mitad del proceso. Quedaba su hermano por salir.
Akashi ladeó la cabeza, incapaz de dejar de mirar a su bebé. Ciertamente era pequeñito, mas que un bebé normal, pero para él era lo mas bonito del mundo.
Su chico apoyó la frente en su mejilla, dejando caer el cabello en su cuello y oreja, acariciándole con él, haciéndose presente en la sala.
Mientras le lavaban, rompió a llorar, alto y claro.
Se pudo apreciar un pequeño suspiro aliviado de todos los presentes, y un ánimo y alegría que había quedado eclipsado por la tensión del momento.
– Akachin, ya está, tenemos un bebé nuestro. – Miró a la doctora frunciendo el ceño. – ¿Por que es un bebé, cierto?.
– Si, es un varoncito hermoso. – Acarició el pie de Akashi, con calma. – Vamos a ayudar a su hermanito a salir, para que no se sienta solo aquí fuera.
La mamá sonrió, un poco mas cansado que al principio, pero con las energías renovadas ante la expectativa de un final cercano. El llanto de su pequeño, constante y musical, le recordaba que estaba separado de su hermano, y que necesitaba que su mamá lo alumbrara de una buena vez.
Murasakibara se acomodó tras él, dispuesto a ayudarle con su enorme cuerpo, a empujar y a sostenerlo como había hecho desde que se conocían.
La sonrisa en su rostro era tan inmensa como él mismo, y cada vez que el llanto de su pequeño subía de volumen, su risa brillaba con mas intensidad.
Estaba claro que era un padre feliz.
Una nueva contracción, le asaltó.
La estaba esperando, no solo él, todos en la sala esperaban por ese dolor.
La intensidad con la que le sacudía el cuerpo le hizo llorar, y gritar de nuevo.
Murasakibara apretó sus manos en torno a los hombros de Akashi. De repente, su novio se hizo mas pequeño entre sus manos, mientras se afanaba en traer a su bebé al mundo.
– Vamos Akachin, casi está. – Se fue hacia delante, hasta el límite, sintiendo el temblor que el esfuerzo le producía en la mamá.
Gritó, liberando de algún modo toda la energía que quedaba en su cuerpo como un fogonazo.
Las hábiles manos de la doctora tomaron al pequeño con cuidado, sacándole al mundo.
Tal y como había hecho antes, depositó el bebé en el mismo lugar que su hermano.
Akashi lo sujetó como pudo, dejándose caer sobre la espalda, completamente agotado. El papá le ayudó, asegurándolos a los dos contra su pecho.
Un mechón rojo en la mitad de su frente, la misma carita regordeta y un silencio.
Todos los presentes, esperando. El primer hermano, limpio y revisado, gimió, en un claro indicio, una llamada mística entre ellos.
El recién nacido reaccionó, como si pulsaran un botón, respondiendo a su hermanito, con un llanto que subió de intensidad con el paso de los segundos.
La mano de la mamá puesta sobre la espaldita curvada del pequeño sobre su pecho, escurrió laxa hasta el fino colchón.
– ¿Akachin?. – Se inclinó hacia delante, para mirarle. – Sei... ¿Qué te pasa?... ¿Doctora?.
En ese momento Atsushi se dio cuenta de que la doctora había estado ocupada mientras ellos saludaban a su segundo bebé.
La sangre salpicaba su blanca bata, y escurría por una de sus manos hasta el codo, y el suelo.
Sería y concentrada, trabajaba en el cuerpo de Akashi, sin prestar atención a nada mas que a su paciente. La vio mirar a una de las enfermeras y hacerle un pequeño gesto.
– Señor, tiene que acompañarme. – La chica le pidió amablemente. La mirada de Murasakibara dejaba muy claro que no pensaba moverse de ahí, por muy amable que fuera la petición. – Por favor, la doctora necesita trabajar... le pasaremos a una sala con los bebés, y …
– No voy a moverme de aquí. – Serio y conciso, sostuvo al pequeñito que había nacido el último contra él, sin importarle que aún seguía sucio y desnudito.
– Ocúpate de tus hijos, Atsushi. – La voz de la mujer surgió entre las piernas separadas de la mamá. – Necesito silencio, me distráes. Largo.
Había que reconocer que sonaba igual de convincente que el gigante, y con la sangre de Akashi escurriendo por sus manos, mucho mas severa.
…
Encerrado en el cuarto junto al quirófano daba vueltas como una fiera encerrada. Los gemelos dormían juntos en la misma cuna, pero él no paraba de moverse, esperando que la puerta se abriera y alguien, quien fuera, le dijera algo de su novio.
Cuando salió del paritorio, Akashi estaba inconsciente y desangrándose... y no sabía nada mas.
Miró a sus pequeños, dormidos, preciosos, con el cabello de su amor, y no pudo mas que arrodillarse junto a la cuna, mirarlos dormir.
Y esperar.
…...
La conciencia volvía de forma intermitente. Despertó una vez, en el quirófano.
Le habían pasado del paritorio al quirófano en algún momento de su inconsciencia. No sentía el cuerpo, aunque si escuchaba todo a su alrededor.
Había un problema, algo sobre perder sangre y prisas.
Oscuridad.
Cuando volvió a abrir los ojos estaba en la habitación. Miró a su lado, Kuroko sentado junto a la cuna, colocando el chupete en la boquita del niño.
Kibu de puntillas, con sus dos manitas en el borde, media carita dentro, la punta de la nariz haciendo de tope.
La niña se gira, al darse cuenta de que su papá la mira, y escala por Kuroko para subir al colchón. Tiene cuidado de no aplastar a su papá, tal y como le han dicho.
– ¿Ya ha pasado?. – su voz le suena totalmente ajena, profunda y afectada.
Kuroko le sonríe, poniéndose de pie a su lado, besando su frente.
– Si, ya ha pasado. – Pulsa el botón de llamada, para avisar a las enfermeras de que ha despertado.
– ¿No falta uno?. – Tratando de hacer una broma, señala a la cunita donde solo hay un bebé.
– Kagami lo ha llevado al nido, para cambiarle el pañal. – Kuroko pinzó su nariz para darse a entender, Kibu hizo el mismo gesto.
Akashi sonrió, y luego gimió, al notar los puntos en su vientre, tirando de su piel.
Como llamado por un timbre mágico, Kagami entró, con el bebé en los brazos.
– Bueno, este señorito está limpito y fresco. Además traemos la comida. – Kou enseñó los dos biberones que traía en sus manitas.
Akashi extendió su sonrisa y sus brazos, para abrazar a sus bebés por primera vez... al menos despierto.
Kagami puso el bebé que cargaba en los brazos de su mamá, y Kou le dio el biberón.
Kuroko cololó al otro en sus brazos, para que comiera también.
La peurta se abrió de nuevo. Himuro entró por ella, despacio.
– Enhorabuena, son preciosos. – Se sentó en los pies de la cama, mirando a los niños dormir, alternativamente. Kibu gateó hasta su mamá y se sentó sobre su regazo.
La calma invadió cada rincón. Las risas de los niños mayores les hizo sonreír.
Akashi consiguió algo de paz para sí, cuando se llevaron a los gemelos al nido, y sus visitas se redujeron a solo Kuroko, que permanecía a su lado de día y de noche.
– ¿Sabes donde está Atsushi?. – Le extrañó no verle en todo el tiempo que estaba en la habitación.
Kuroko le miró, inexpresivo y asintió.
Salió del cuarto y volvió con la silla de ruedas.
– Será mejor que no camines todavía. – Le ayudó a bajar de la cama y a sentarse en la silla. Posó la bata sobre sus piernas y le acomodó el suero para que no molestara.
Fué despacio por el largo pasillo, pasando el nido y llegando la zona de neonatos.
Tras un grueso cristal se encontraban los cuidados intensivos.
Akashi pestañeó.
La enfermera, al verle en el pasillo, se levantó de la recepción y abrió la puerta despacio.
El pelirrojo se levantó de la silla y Kuroko le ayudó, caminando lentamente hasta entrar en la zona.
Estaba en penumbra, con una temperatura cálida. Las cunitas habitadas de pequeños e indefensos bebés, diminutos, conectados a infinidad de finos cables y lucecitas. Frente a cada una de ellas, una madre, o un padre, vigilando a sus pequeños dentro de las cunitas cerradas.
Sentado en una gran silla, Murasakibara mantenía la mirada puesta en su regazo.
Su camisa abierta, dejando la piel del pecho al aire, era un poco raro desde ahí.
Kuroko le ayudó a acercarse un poco mas y fue cuando lo vio.
Una pequeña, minúscula manita, cerrada en un puño, conectada a una bolsita de suero tras su espalda se hizo visible, y desapareció tras la tela que la tapaba.
Atsushi levantó la vista y le miró, haciéndole señas para que se acercara a mirar.
– Lo siento, Akachin. – Susurró muy bajito, levantándose con todo el cuidado, para dejar que Akashi ocupara la silla en su lugar. Posó a la criatura en su pecho, despacio. – Tu estabas con los gemelos, y Kurochin y los demás... pero ella estaba aquí solita, y no estaba bien... es muy pequeñita. Sus hermanos la tenían apartada, y no le dejaban comer ni nada, a si que se ha quedado así de pequeñita... y luego te quedaste dormido después de tener a los chicos y la doctora tuvo que sacarla... por eso tienes una herida gigante en la tripa. Menos mal que la doctora se dio cuenta, por que no salia en la tele de los puntitos... los gemelos la tapaban, pero mira... está aquí, pequeñita pero aquí... ¿He hecho mal por estar aquí con ella y no contigo?.
– No mi vida, no has hecho mal. – Le pidió un beso, que Murasakibara no pudo negarse.
Se sentó en el reposa-brazos, acogiendo a Akashi en su pecho, y mirando a la pequeñita.
Akashi apartó la tela, y apretó los labios.
– Otro milagro... Es preciosa...es...
Kuroko salió, dejando a la familia su intimidad.
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Gracias por estar ahí, os lovio...
Espero que os guste el cap, mas largo que ninguno de los que he hecho.
Gracias , de nuevo, por leer, y comentar.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
