Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.

Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.

KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sorpresa …

00000000000000000000000000000

Uno mas en la cancha.

Capítulo 23: A tu lado.

00000000000000000000000000000

No hay tiempo.

En la sala de los pequeños bebés, el paso del tiempo no existe.

Solo el cálido contacto de los padres, los suaves pitidos de las máquinas que miden constantes, medicación, cualquier cosa que deba ser medida, y murmullos.

Susurros de las enfermeras, médicos, familiares.

El susurro de Atsushi es mucho mas suave y delicado de lo que puede parecer a simple vista, por su tamaño y aspecto.

Un gigante melenudo no es el aspecto que se espera de un papá, y mucho menos de uno de tres hijos.

Pero en este caso, las apariencias engañan.

Todo el personal le conoce, y el que no le ha visto, ha oído hablar de él.

No es muy común ver a un joven de mas de dos metros hablar dulcemente a una criatura tan desvalida y pequeña como su propia hija.

Pero él no se ha movido de su lado desde que la pusieron en sus manos.

Sentado en la butaca, con la camisa abierta, tal y como le ha dicho la enfermera, susurra a su pequeña. Le cuenta como es su mamá, sus hermanitos.

Le habla de Kibu, de su casa, de Himuro...

La mantiene contra su piel, cerca del corazón, manteniéndola caliente y calmada.

Apenas es un poco mas grande que su propia mano, aún así, para él es inmensa.

Es su pequeñita, su tesoro.

Sus dedos acarician la pelusita, suave y delicada de su cabeza. Es violeta, mas claro que el suyo, pero de su color.

Aún no ha abierto los ojos, pero Murasakibara intuye que son como los suyos. Los gemelos tienen el pelo de Akashi, pero sus ojos y eso le gusta.

Sus pequeños son preciosos, y los ama solo por existir, pero la chiquitina es su orgullo mas grande.

No ha parado de luchar, desde el segundo en que la doctora la sacó del lecho materno en el último minuto, ha sacado eso de su mamá, la capacidad para no rendirse nunca.

Y en un cuerpo tan diminuto es honorable.

Está deseando enseñarle el cielo, pero aún no puede salir de ahí.

Suspira, sonriendo.

Akashi sigue dormido, sedado.

El parto le ha dejado agotado, y luego la cirugía, y la pérdida de sangre masiva.

Tardará unas horas en estar de pie.

Murasakibara se muere de ganas por contarle que tienen una nenita mas. Los gemelos ya le parecían una carga enorme a su pelirrojo, y quiere ver la cara que pondrá cuando sepa que son tres.

Su familia es enorme, y ellos tan inexpertos en todo...

Iba a ser terriblemente divertido descubrirlo todo junto a sus pequeños.

Kibu había llegado a sus vidas ya grandota, esos primeros días, impresiones y descubrimientos, se lo habían "perdido".

Ahora tenían la oportunidad de vivirlo, con sus tres hijos.

Miró el reloj, sobre la puerta.

Era la hora de comer de la niña, pero no tuvo ni que pedirlo, ya que la enfermera le dio el biberón en cuanto levantó la vista.

Incluso el biberón era tan pequeño como ella, y apenas tenía un centímetro de leche, mas ligera que la que tomaba Kou, o Lucky.

La de su hija parecía mas agua que otra cosa.

La buena noticia es que comía estupendamente, lo que haría que creciera mucho mas rápido, y por consiguiente, saldría de allí en el menor tiempo posible.

…...

Se sentía débil, dolorido, cansado.

Por mucho que dormía, seguía con una pesadez en el cuerpo que no terminaba de abandonarle. Y el nudo en el estómago.

Le gustaba estar embarazado, pero había olvidado la parte del final, cuando por fin tienes a tus pequeños en el mundo, y parece que todo ha terminado.

Kuroko a su lado, desde que había despertado... en realidad había estado ahí desde siempre.

El pitido de la máquina ya no está, solo silencio.

Escucha el trasiego de la gente en los pasillos, y habitaciones contiguas. Kou mira por la ventana, señalando lo que ve, mostrándole a su papá las palabras nuevas que sabe decir... o se las inventa, haciendo a Kagami mirarle confuso.

Kuroko se inclina sobre él, en cuanto le nota despierto.

Solo unos segundos después toda la familia del peliceleste le observa. Aunque podría parecer que no le gusta, lo cierto es que se siente arropado.

Mira alrededor, los niños no están, deduce que siguen en el nido, y la pequeña en la zona de incubadoras, con su padre.

Akashi se incorpora en la cama. Los puntos tiran, no tanto como el primer día, pero siguen molestando. Es Kagami quien le levanta con cuidado usando uno de sus brazos y le acomoda sentado, arropándole hasta la cintura.

– Gracias. – Akashi murmura, fuera de lugar. No está acostumbrado a tantas atenciones, al menos no de alguien que no sea Murasakibara. Desvía la mirada, un poco avergonzado.

– No tienes por que darlas. Tu hiciste lo mismo por Tetsu, solo te devuelvo el favor. – Kagami le sonríe, agitando la mano delante de la cara, quitándole importancia.

– Tu padre ha llamado, está en camino. – Kuroko se sienta en el borde de la cama y señala el móvil del pelirrojo, sobre la mesita designada para comer, Akashi asiente.

La verdad es que con todo lo que tenía encima, no se le ocurrió llamar a la familia, y eso que él era muy cuidadoso con todo.

– La familia de Atsushi están casi todos frente al nido, menos su madre, que ha ido a ver a la nenita.

Akashi sonríe, un poco asustado. Las mujeres de la familia de Kise casi son silenciosas al lado de las mujeres de la familia Murasakibara.

Atsushi es el menor, de cuatro hermanos... y el único chico.

Su método de defensa contra sus hermanas fue empezar a comportarse como un niño pequeño, manía que aún persistía en su persona, a pesar de que casi rondaba la veintena.

Y todos juntos era... uff.

Akashi ya se sentía cansado solo de pensarlo, aunque le encantaba estar en el centro de tanto escándalo.

Él era hijo único, y su madre murió al poco de nacer él, con lo que su vida se limitaba a su padre y el personal que trabajaba para su padre. Siempre con normas estrictas y formalidades de adulto, Akashi no sabía comportarse como un niño de su edad hasta que le conoció...

Por esa razón se sentía feliz con Atsushi a su lado, era capaz de ver la parte divertida de toda situación, hacer una verdadera fiesta de un simple paseo, o de los minutos anteriores al comienzo de una película.

Sonreír.

A su lado era sencillo, placentero... reír a carcajadas era algo normal.

Kou desvió su atención, al tocar su mano, pidiendo permiso para subir, a la cama, ahora que llegaban los gemelos.

Akashi asintió, poniendo cuidado en que el niño no se acercara mucho a su vientre cosido, y miró la puerta, por la que su padre entraba con los pequeños.

Empalideció al verle y no solo a él, si no a la escolta que le acompañaba, y que obviamente quedaban en la puerta, vista puesta en su protegido y los alrededores.

Avanzó a pasos cortos, hasta la cama, posando la mano sobre el colchón.

Dejó que Akashi se sentara, con cuidado, antes de empujar la cuna hasta dejarla al alcance de sus dedos.

– No hacía falta que vinieras papá. – Comprobó que los dos estaban dormidos, profundamente.

– El mundo no gira a tu alrededor. – La dura mirada que su padre le dirigió le hizo bajar la suya a los muslos. Kou frunció el ceño, un poquito enfadado con ese señor tan malo. – Además, no he venido a verte a ti.

– Creí escuchar que no querías saber nada de mi, ni de mi vida, mientras estuviera... ¿Cómo dijiste? ¡Ah si! Revolcándome con un tío. Esas fueron tus palabras, papá. Mis hijos son parte de mi vida, pensé que no te importarían. – Acarició el pelito celeste de Kou, que estaba a punto de intervenir, cosa que se notaba por su lenguaje corporal.

– De nuevo crees que todo tiene que ver contigo. – Se acercó, y le tomó el mentón, levantando su cara para mirarle directamente a los ojos. – Sigues siendo mi hijo, y esta deshonra caerá sobre el clan.

– Sinceramente papá, no creo que nadie dentro del clan esté preocupado por que yo guarde las apariencias o no … de hecho creo que al único que le importa es a ti. – Le mantuvo la mirada unos segundos, sin amedrentarse. – Y ya dejé de ser tu problema, tal y como me pediste, salí de tu vista...

– Y … ¿Ese donde se ha metido?. – Miró alrededor, por primera vez, y fue consciente de Kuroko y su esposo. Le saludó con una leve reverencia de cabeza que Kuroko respondió amablemnte, a pesar del duro momento.

– Si te refieres a Murasakibara, está en la zona de incubadoras, con nuestra hija.

– ¿Hija?, ¿Qué hija?. – Su tensa fachada se deshizo frente a la nueva mamá. – ¿Has tenido una niña, son trillizos?. – La pregunta sonó tan suave que por un momento, el mal ambiente que se había creado pareció diluirse.

– Si papá, aunque no son trillizos, son gemelos idénticos y una melliza. Pero yo ya tengo una hi...

– Hola papi. – Kibu entró dando saltitos a la habitación, ignorando completamente a los presentes se dirigió directamente a su padre, al que se abrazó con los dos brazos de inmediato, esperando que la subiera con él.

El hombre estudió a la niña que acababa de entrar con ojos analíticos. Acarició de modo nervioso el elegante yukata en verde oscuro, en un gesto que denotaba que no podía creerse lo que estaba viendo con sus propios ojos.

– Kibu, ¿Se puede saber que haces?. – Himuro jadeó, tras la carrera por perseguirla pasillo arriba a paso rápido. – ¿no te he dicho que no puedes correr por los pasillos?... ¿Y que llames a la puerta y esperes a que te den permiso antes de entrar?. – Miró a Akashi apurado, y avergonzado. – Lo siento, de verdad, es que se muere de ganas por ver a la niña, pero antes tiene que darte un beso, y se me ha escapado en cuanto ha conocido el pasillo.

– Mamiiiiii. – Se quejó, por ser regañada en ese momento. – Yo quero ver a la nena. – Infló los mofletes, y luego saludó con la mano a Kou, al que no había visto hasta ese momento.

Fijó sus ojos desiguales en el hombre, y le señaló con el dedo de punta.

– Hola señor. – Sacudió la mano en un saludo. – padeces papá, pero viejo.

– Hola bonita. – Se agachó hacia delante, para mirarla mas de cerca. Después miró a Himuro, y al no encontrar el parecido desvió la mirada a su hijo, al que si se parecía, y mucho. – Soy el papá de Akashi... tu abuelo.

– Hola güelo. – Miró a su papá confusa, y luego a su mami, impaciente. – ¿Ya?. Porto bien, nena buena...

– Ve, anda. – Himuro suspiró, derrotado. – pero no hagas ruido, ni vayas corriendo.

Kibu sonrió, llenando su cara por completo en una mueca feliz. De puntillas junto a la cuna, miró a sus hermanitos dormir.

Los dos frentes unidas, sus piernecitas encogidas, bocabajo, bailando los chupetes en sus bocas al unísono.

Acarició el pelo de sus hermanos, igual al suyo, pero mas escaso, y la frente de los dos. Pinchó sus mofletes, llenos y blanditos y se giró mirando al abuelo.

Levantó las manos, juntas, esperando que el señor la acercara para poder besar a los bebés en la frente.

Tembloroso levantó a la pequeña en brazos. Hacía mucho tiempo que no lo hacía, desde que Sei era pequeño, y se le hizo sencillo. Inclinó a la niña sobre la cuna, y la sostuvo para que besara a los niños antes de ponerla en el suelo con calma.

Kibu arregló su vestido, naranja con topitos rosas y tiró del yukata del hombre pelirrojo.

Se agachó para escucharla.

– Tienes que venir, a donde la nena. – Agarró sus dedos y tiró de él, fuera del cuarto.

Himuro miró a Akashi, temiendo hacer algo irresponsable u ofensivo. Era la primera vez que veía a ese hombre, pero daba la impresión de ser alguien importante, y peligroso.

– Kibu, no … – Himuro temió que su hija metiera la pata.

– No te preocupes por ella. – Se giró, clavando sus ojos en el muchacho. – No voy a hacerle daño, es mi nieta después de todo. – Miró a Akashi, una duda inmensa en esa mirada. – Ya me contaréis después como ha ocurrido esto, ahora me gustaría ver a mi otra nieta. – Miró a uno de sus escoltas. – Quédate aquí, con mi hijo.

– No es necesario papá. No va a pasarme nada. – Se quejó, serio.

– No pasa nada hasta que pasa.

Y tras decirlo, salió del cuarto dejándole con la boca abierta.

…...

Murasakibara dejó el biberón a un lado, y palmeó con cuidado extremo la espaldita de la diminuta criatura para ayudarla a expulsar el aire.

Un pequeño eructo le hizo sonreír, y acomodar de nuevo a la nena en su brazo, para que durmiera.

Pero la nenita estaba muy lejos de tener sueño. Sus ojos, en tono claro como todos los bebés, estaban fijos en su papá.

– mmm... ¿No tienes sueño?. – Preguntó en voz baja... – ¡Oh, mira quien viene!

Kibu avanzó hasta ellos, despacito. Miró a los pequeños bebitos en las incubadoras, seria.

Esperó hasta que Murasakibara la levantó y la sentó en su muslo, con una sola mano, cuidando que a la mas pequeñita no le ocurriera nada.

– Hola preciosa. – Besó el pelo de la niña, mientras ella tocaba a la pequeñita con la punta de los dedos, despacito. Se levantó para besarle a él, y señaló a la puerta, donde tras el cristal había quedado el hombre serio. – ¡Oh! vaya...

Hizo una seña a la enfermera que comprendió al instante.

– Señor, puede pasar, pero le ruego lo haga en silencio. – Abrió la puerta lo justo para que pasara, y le metió prisa, para que el calor de la estancia no escapara.

Caminó, solemne, pidiendo a su escolta que le esperase fuera, y se paró, de pie frente a Murasakibara.

El papá apartó la tela un par de centímetros, para mostrarle la carita de la niña, y le miró.

– Somos una familia. – Acomodó a la pequeñita con amor. – Se que Akachin le prometió volver cuando se embarazara, pero no puedo dejar que se vaya... quiero mucho a Akachin, y los chicos también querrán a su mamá... somos una familia grande y hermosa … no dejaré que nos separe...

– Aún no, no estáis casados... – Puntualizó sin amedrentarse.

Al fin y al cabo, ese gigantón era el maldito que le había "robado" a su siempre servicial y silencioso hijo. Por su culpa Akashi había empezado a salir de su vista, y convertirse en el hombre que era ahora...

– Bueno... eso tiene arreglo... – Le miró con una sonrisa. – Ya se lo pedí, y me dijo que sí. Solo estamos esperando a tener todo listo...

Iba a replicar a ese descarado que le trataba con tan poco respeto, pero no pudo. Se levantó, y le puso a la niña en los brazos.

Durante unos segundos, el tiempo le dejó clavado en el sitio, y sus ojos, rojo fuego, miraron a la pequeña criatura, tan ligera en sus brazos.

– Yo … le quiero, de verdad. Amo a su hijo, se lo juro. – Apretó la mandíbula, no muy seguro de que el hombre junto a él le estuviera escuchando en ese instante. – Hemos pasado muchas dificultades hasta el punto en el que estamos ahora... y, bueno, no lo hemos hecho tan mal, ¿No cree?.

Kibu, agarrada a su pantalón miró hacia arriba, al abuelito con su hermana en los brazos.

– A-kun es bueno. – murmuró con su voz infantil. – juba conmigo, peina, deja reir...papi rie, mucho... tamien momita y duerme mucho... pone godo, pero rie siempre... gusta papi.

– Parece que he perdido el juego sin poner las fichas en el tablero. – Le devolvió la pequeñita a su padre y se agachó junto a Kibu. – ¿Sabes jugar al Shogi?. – Kibu asintió, sorprendiéndole.

El escándalo tras el cristal le hizo ponerse de pie y mirar fuera. La familia del papá exigía entrar, pero estaba prohibido y por eso se quejaban.

El pelirrojo suspiró, abrumado.

Era abuelo, de cuatro pequeños, y eso que esa mañana ya le parecía demasiado serlo de dos gemelos, y aún no conocía a la familia de Atsushi... aunque bueno, eso se podía arreglar de inmediato.

Cerró la puerta tras él al salir, con Kibu agarrada a su mano, y les indicó la sala de espera a un lado, con la mano.

– Tenemos que hablar. – Tomó la mano de la madre de Murasakibara y le besó los nudillos. – Lamento no haberlo hecho antes, es imperdonable por mi parte.

– No se preocupe, comprendemos sus circunstancias. – El padre le estrechó la mano, firmemente. – Y creo que es bueno que unos nuevos integrantes en la familia sean los que nos han unido, Akashi san.

Las tres chicas, hermanas de Murasakibara estaban pegadas al cristal, mientras su hermano, del otro lado, les mostraba a su hija, con toda la delicadeza y amor que podía destilar.

– También creo que es bueno … deberíamos reunirnos, todos, hay tanto de que hablar, tanto que concretar... los bebés y la..

– Eso ya lo haremos... ahora vamos a disfrutar de los pequeños... los problemas, para mas adelante...

00000000000000000000000000000000000000

Wiiiiiiiiiiiiii... por fín jejeej

toca Kise, me muero por el cap siguiente, lo juro.

Pero ya tocaba un poco de la familia de Akashi, que esos dos son raros y tienen historia por detrás.

He enseñado un poquito, pero para que veáis que no es simple y normal... aunque hablando de Mura Aka, normales no podían ser jejejee

Gracias por pasaros wapis

Besitos y mordiskitos

shiga san