Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sorpresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 24: Contacto paterno.
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Sobre la taza del bater, Kuroko vomita.
No recordaba, al menos no muy bien esa sensación, recién levantado por las mañanas.
El cuarto girando tras sus ojos, el mareo, las nauseas y finalmente el vómito nulo, ya que con el estómago vacío, mucho no expulsaba, pero el mal rato no se lo quitaba nadie.
Kou a su lado, de pie, acaricia en círculos el centro de la espalda, dándole a su mama ánimos a su manera.
El niño hace un puchero, con la siguiente ronda de arcadas y saliva cayendo por la comisura de sus labios.
Kagami acude, un té, templado y con mucha azúcar.
Se agacha junto al niño, su enorme mano acompaña la de su hijo en el mismo sitio, sube por la espalda menuda de su esposo, a sus hombros y nuca, incluso llega a su pelo.
– Gracias, chicos. – Se gira un segundo para acariciar a su hijo. – Estoy bien, cariño, de verdad.
Kou asiente, serio. Sale del baño, dejando a sus papás a solas, arrodillados en el frío suelo, acariciándose dulcemente.
Kagami le ayuda a incorporarse y le refresca en el agua del lavabo.
Le sienta sobre la tapa del retrete, secándole con suavidad el agua que escurre por su cuello y le besa, despacio, sin importarle lo mas mínimo que acabe de vomitar.
Pone el té en sus manos, y empuja el vaso con un dedo para que lo tome.
No es bueno que siga con el estómago vacío, sobre todo nada mas levantarse y mucho menos después de vomitar así.
Le sonríe cuando vacía la taza y le mira, de un modo tan tierno y adorable, que no puede evitar sonrojarse.
– Lo siento Tetsu. – Deja la taza en el lavabo y le besa de nuevo, en la sien, el pómulo, la frente.
Acoge el pequeño cuerpo de su esposo entre sus brazos, apretando un poco, alargando el abrazo hasta que su hijo les interrumpe.
Lleva una bolsa con gominolas y caramelos, que seguramente ha ido a buscar al salir y rebusca con sus deditos regordetes la que mas le gusta. Pinzada con dos dedos, la extrae de la bolsa y se la ofrece a su mamá.
– Tu, pome. – Lo lleva a la boca de Kuroko, casi obligándole a comer el dulce. – Melos cura tipa, dice Kakibada. Tu pone chuche y pone bueno, risa. Mami cura, yo da melos mios. – Mira a su padre, frunciendo su pequeño ceño, un poquito molesto. Palmea a Kagami en el hombro, con la fuerza que puede reunir siendo tan pequeño.
Al fin y al cabo es su culpa, ha sido su papá quien ha metido a su hermano dentro de su mamá... y por eso su mamá está malito...
El teléfono suena, en el salón, y Kou corretea por el pasillo para traerlo.
Kagami aprovecha, sobándose con gesto teatral el hombro en el que su hijo le ha pegado, hace un puchero y le abraza, buscando mimitos en la figura de su esposo.
Escuchan al pequeño contestar, y mantener una conversación con la persona al otro lado del aparato. Sus pasitos se acercan de nuevo al baño.
Kuroko está mas o menos recuperado. Tiene la sensación de poder ponerse en pie por si mismo sin que la casa de vueltas a su alrededor.
– ¿Quién es?. – Pregunta, al niño, que sigue al teléfono.
– Mine. – Junta las cejas en el centro, sobre su nariz, imitando la cara de enfado permanente del moreno. – Si, bien... yo digo... Papá, Ise ya suelta.
La interrogante en las dos caras le arranca una sonrisa. Suspira frustrado, y les mira, alternativamente, negando...
Le pasa el teléfono a su mami, que contesta mientras él se aleja, con sus chuches... refunfuñando como un viejito gruñón.
– ¿Ise suelta?. – Pregunta, con una sonrisa.
– Pues eso, que mováis el culo, que ya va a soltarlo. – Inmediatamente después cuelga, arrancando una carcajada tras otra al pelirrojo, que le entiende mucho mas de lo que podría parecer.
Como sea, la cuestión es que hay que arreglarse, y reunir a todo el mundo.
Rumbo al hospital.
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La doctora retira los últimos puntos con destreza, con la habilidad que solo el tiempo da.
Akashi aprieta los dientes. El dolor ya casi es un simple y lejano hormigueo, pero eso no quiere decir que sea agradable, la sensación de las pequeñas grapas saliendo de su cuerpo, la línea de corte en la fina piel del vientre, todo tira.
La sensación del desinfectante, le refresca.
Todo son sensaciones nuevas, que anuncian un final, el final de su estancia en el hospital, y un inicio, el de su vida familiar.
La doctora limpia, en una caricia y da por terminada la cura.
Le roza la cara, contenta. Todo ha salido estupendamente, y hoy , diez días después del ingreso, por fin puede darles el alta.
Los pequeñitos, juntos en la cuna, duermen profundamente.
En el pasillo, todos hablan al mismo tiempo. Apenas le ha dado tiempo a colocar a ropa de nuevo en su sitio, cuando la puerta de salida se abre, y un grupo de gente hablando al mismo tiempo entra sin consideración alguna.
Los gemelos van pasando de unos brazos a los siguientes ante la mirada de su mamá.
La felicidad, seguramente es algo parecido a ese momento, aunque no es completa del todo.
Su padre entra, dejando a sus escoltas fuera a ambos lados de la puerta. Kibu de su mano, está mas que claro que adora a su abuelo. Himuro también entra, con una sonrisa enigmática en sus labios.
Akashi quiere preguntarle, pero las hermanas de Atsushi discutiendo sobre los gemelos, desvía su atención y su mirada a las dos mujeres.
Solo un poquito mas y su felicidad será entera.
Todo el mundo se calla cuando la enfermera entra, ceño fruncido, claramente enfadada.
Supuestamente no puede haber mas de una persona por paciente y hay claramente muchas mas de una sola.
Akashi se sienta de nuevo, en la cama, sobre las sábanas. En el suelo la bolsa con sus cosas y las de los bebés. Los cucos preparados también, para transportar su preciada carga.
Himuro trae el carrito de Kibu. No contaban con un hijo mas, a si que tampoco habían pensado en un transporte para tres.
En un abrir y cerrar de ojos todos acaban en el pasillo, mirando sus pies o los alrededores, avergonzados.
Les ha echado del cuarto, dejando a la mamá a solas con sus pequeñitos.
Murasakibara entra, con su pequeño tesoro en los brazos. Se sienta junto a él, y le abraza con su mano libre.
Besa su sien, su frente y hace un poco de fuerza para abrazarle.
Por un instante, solo uno, están a solas, y en silencio. Akashi mira a sus pequeños, dormidos, juntos en la cuna, y la niña, en los brazos de su padre.
Es igualita a Atshusi, incluso dormida, pone la misma cara. Es como una parte mas del gigantón. Se le va ha hacer extraño cuando no esté en sus brazos.
Sonríe, por que los gemelos se mueven al mismo tiempo, como si una especie de señal invisible les indicara que su hermana está cerca. Los dos se giran hacia el mismo lado, encarando a sus padres.
La mamá alarga la mano, toma a uno de los gemelos, el mayor, Kyo, en los brazos, con calma.
Un beso en los labios, una sonrisa.
– Hay que volver a casa. – Murasakibara hace un puchero, genuino.
– Si. – Le mira, mientras coloca a la niña en el carrito, acunada con dulzura extrema entre la suave mantita que Himuro ha dispuesto.
Los gemelos, cada uno en su transporte, un cuco que parece un huevo forrado con asa, su papá toma a cada uno en una mano, dejando a su mamá empujar el carrito de la niña.
Tienen que salir, al mundo.
De repente, el cuarto del hospital es su pequeño mundo privado y en paz. Están tranquilos, en silencio, con sus bebés dormidos, y felices.
La escandalera del pasillo les recuerda que les esperan para ir a casa. Su familia, ruidosa y numerosa espera por ellos.
Akashi toma aire, llena los pulmones y suspira, vaciando por completo el aire que ha tomado.
El cuerpo de su novio se para delante suyo, agachándose lo suficiente como para besar su frente, dándole así un modo de paz que solo él puede darle.
La puerta se abre y la familia fuera se queda en silencio.
Les esperan, con los brazos abiertos, impacientes por estar con los bebés sin una enfermera que les perdone la vida con la mirada.
Quieren ir a casa, necesitan su hogar, su paz, su vida en familia.
Y Murasakibara tiene que decirle a Akashi, que van a casarse...
Aunque sospecha que el pelirrojo ya lo sabe.
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Suspira, sentado en la cama. Está un poco desorientado.
Mira la persona a su lado, aprieta los labios.
Los largos cabellos castaños reposan sobre la cama... sabe que solo está con él por Kise. Su fanatismo por el rubio la ha llevado a salir con él, como amigos super íntimos y en cierto modo es insultante... y por otro lado parece que se aprovecha de su amistad con su compañero de equipo y amigo para meterla en su cama, aunque no tengan sexo ni nada que se le parezca.
Y a él le gustaría, tener a alguien a quien amar, con todas las letras de esa palabra.
Llevan juntos casi cuatro años, cuatro, que se dice pronto y está seguro de que no la quiere. No siente nada por ella, nada.
Y sabe reconocer lo que significa estar enamorado. El ejemplo mas cercano es su amigo, Kise. El modo en el que mira a Aomine, como le sonríe, como espera que termine de hablar para puntualizar algo, o para finalizar una frase que el otro ha dejado a medias.
Yukio sabe reconocer el amor, y sabe que no está enamorado de ella.
De hecho está casi seguro de que ella tampoco siente nada por él, salvo la "envidia" de saber que es alguien cercano a su idolatrado Kise, nada mas.
Y también sabe que está en su casa, por que Kise está a punto de dar a luz, y quiere ser la primera en enterarse, para subirlo al blog del club de fans.
Se sienta en el borde de la cama y se talla los ojos azules, tras los párpados cerrados.
Sonríe, solo él sabe a qué concretamente.
Recorre los dos pasos que le separan de la gran cómoda a los pies de la cama y abre el último cajón.
Un cordón blanco, de zapatilla de deporte, sucio de barro en un extremo y desgarrado le roba una nueva sonrisa.
Sentado a los pies de la cama y con el trozo de cordón entre los dedos se devana los sesos. Lleva así varias semanas, buscando una excusa válida para acercarse a él, volver a verle...
Parece tonto, guardando ese cordón sucio durante años... Niega, y aprieta los labios...
Con él siempre se ha sentido como si andara por encima de un lecho de cristales, con mucho cuidado y temiendo cortarse en cualquier momento si iba demasiado rápido...
Pero ¿Qué sentido tenía seguir esperando?... y ¿Qué era lo que esperaba?.
Se moría por volver a verle, salir con él a pasear, al cine... un partido en mitad de la noche, como la primera vez que se vieron, mocosos adolescentes, demasiado orgullosos como para admitir que no veían la pelota, y dar por finalizado el mini partidillo.
Amaneció mientras jugaban, cabezones como ellos solos, cansados por no dormir, pero con una sonrisa estúpida que no podía borrarse de su cara.
Yukio se durmió en clase ese día, y le castigaron una semana entera a limpiar las clases.
No pudo dejar de pensar en él todo ese tiempo.
La siguiente vez que se encontraron, había llovido, llenando la cancha callejera con pequeños charcos de barro. Jugaron, por supuesto, entre risas y tropiezos.
Ese día volvió a casa descalzo, con las zapatillas en sus manos, sin cordones. El cordón roto, que había cambiado por el suyo, en el bolsillo de su pantalón.
Cuando se lo ofreció, se rozaron, un segundo apenas... suficiente como para no olvidar su tacto nunca mas.
Ese verano desapareció, y cuando volvió a verle, tenía una pequeñita con él.
Una niña pelirroja, que caminaba torpemente de su mano.
Supo por Kise y su asociación, que había sido madre … y que no constaba que estuviera casado, ni que tuviera una relación o algo parecido con nadie.
Kasamatsu conocía a Akashi, y no necesito mucho para ver el parecido de la niña con él... aunque nunca supo como es que esos dos acabaron teniendo una hija; tampoco preguntó, tenía el corazón demasiado roto como para querer saberlo.
Volvieron a verse, sin haberlo planeado.
Esta vez si, quedaron para tomar algo. Tenían mucho que contarse, y lo hicieron. Salieron una docena de veces, siempre con la sensación de que Himuro tenía hora de llegada.
Kasamatsu se compró una moto, una tipo vespa, para moverse por la ciudad cómodamente. Vivía cerca del instituto, a si que, no necesitaba coche ni transporte, pero no supo muy bien por que, de repente le entraron ganas de tener una moto.
Y cuando se dio cuenta era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Le gustaba el moreno, y mucho.
Sin saber muy bien por qué, le besó. Una tarde que había quedado para ir al cine, con unos cuantos amigos mas. Fue a buscarle al taller, y mientras le miraba recoger las cosas y apagar las luces, tuvo la imperiosa necesidad de probar esos labios. Sin mas.
Himuro era alguien desconfiado y dolido. No había tenido una vida fácil, y eso se trasladaba a todos los ámbitos de su existencia.
Había estado enamorado por años de Kagami, y le había perdido sin mas. Después, solo se acostó una vez con Akashi, lo suficiente como para engendrar a su pequeña, y era su primera vez... y después del pelirrojo, nada.
Kasamatsu era lo contrario, alguien impulsivo, alocado, hablador hasta el delirio, gritón y mandón. Un líder nato, y muy divertido.
No es que fuera un amante de los mejores, pero Himuro no podía negar que el chico se esforzaba, y que por su puesto, siempre acababan riendo como locos dementes, en cualquier situación.
Dejaron de verse, cuando la felicidad abrumó por completo a Himuro, y cuando Yukio temió no gustarle a Kibu... ¿Qué ocurriría si la niña le rechazaba?. Estaba claro que Himuro lo apartaría de su lado de un manotazo...
Y entonces vino todo el rollo de la mudanza y no supo que pensar.
Himuro se trasladó con su hija al apartamento de al lado de Akashi. Le había jurado que entre ellos no había nada, que el pelirrojo estaba mas que enamorado del gigante pelilila, pero eso seguía sin explicar por que se iba a vivir con él.
Quería verle, lo deseaba con todas sus ganas, pero se negó a hacerlo.
Y aún cuando no quería, sus pies le llevaban solos a los alrededores del taller, para mirarle, aunque fuera de lejos.
Le siguió, varias veces, a comprar, al parque con la niña, incluso a alguna cena en casa de Kuroko y su marido, pero nunca se atrevió a mostrarse.
No sabía que decirle, como romper el hielo...
La siguiente vez que se vieron, mas de cerca, fue mientras se reunían para la boda de Kise en el apartamento de Kuroko y su familia.
Pasó un tiempo viendo a la niña convivir con Akashi y Murasakibara. Kibu los adoraba, y era evidente que ellos la adoraban a ella, y que se amaban entre ellos... lo que le dejó relativamente tranquilo.
Cuando Himuro entró en el apartamento, con la firme intención que llevarse a su hija de vuelta, él luchaba contra Momoi y sus tetas inmensas, dando un espectáculo patético.
Habría sido una oportunidad maravillosa si no fuera por que el gigantón de dos metros no hacía mas que ponerse en medio.
Si no fuera imposible pensaría que lo hacía a propósito para que no le viera...
Se vistió con los pantalones cortos de deporte y metió el cordón en el bolsillo. Tomó una camiseta, cualquiera, y cubrió su torso con ella.
No podía parar de sonreír, así de simple.
La luz de la pantalla de su móvil ilumina la habitación. Es Kagami, Kise está de parto y está reuniendo a las tropas. Suelta una risita a la ocurrencia del pelirrojo y despierta a la chica que sigue en su cama, mientras él se anuda los cordones de las zapatillas.
– Levanta, tienes que irte. – Espera a que bostece y se estire, mientras toma las llaves y el móvil en la misma mano. – Tengo algo que hacer y no quiero que estés cuando vuelva.
– ¿pero que pasa?. – Pregunta, voz pastosa, mientras se quita el pijama.
– Pasa que estoy enamorado y tengo que decírselo ahora. – Suena como una canción cuando lo dice en voz alta.
– ¿Y quien es ella?... no me lo habías dicho, pillín. – Le pellizca el moflete, sospechando.
– No es ella, es él. – La recoge el pelo en una coleta torcida y va dándole empujoncitos hasta el salón.
– ¿Eres marica?. – Suelta sin ninguna consideración.
– Tranquila, no es contagioso. – Pone las sandalias de la chica a sus pies y se agacha, para anudárselas con prisa. – Y para que quede claro, tu y yo, desde este momento, hemos terminado, si es que a lo nuestro puedes llamarlo relación o que estamos saliendo o lo que sea.
– No salimos, no saldría contigo... somos amigos y nada mas. – Bufa molesta por el desprecio del moreno. Yukio sonríe, ladino.
– Bueno "amiga", ya nos veremos. – la empuja al descansillo de fuera y pone el bolso en sus manos, sacudiendo la mano para despedirse de ella.
– ¿A donde vas?... ¿Y ahora como se yo cuando Kise kun tiene a su bebé?. – Se enfada con el chico por dejarla tirada, aunque no sea por que lo suyo haya significado algo importante...
– ¡Oh, vaya por dios!... lamento mucho que no sepas cuando Kise se saca un moco, o cuando tira su basura, pero yo tengo que ir al taller... mi moto no arranca.
Y tras decir eso, se aleja, dejando a la chica plantada como un árbol sin tiesto en la mitad de la acera.
Conduce la moto hasta la calle del taller, y se para a un lado. Ve a Himuro abrir el cierre y sonríe.
Mete la mano en el motor, y agarra un cable cualquiera. No sabe cual es ni que hace, pero tira un poco hasta que nota que se suelta de un lado.
Gira la llave y suelta una gran risa cuando no arranca.
Caminando junto a la moto, tira de ella hasta el taller y se queda en la puerta.
Himuro va anudándose las mangas del mono azul en la cadera cuando le ve.
Sonríe, un poquito, entre confuso e ilusionado y se acerca de modo inseguro hasta él. Pone la mano sobre el manillar y le mira, esperando que diga lo que sea, cualquier cosa, pero que hable.
Kasamatsu le mira, serio.
Un par de minutos que parecen siglos.
Está hermoso, mucho mas de lo que podía recordarle.
– No arranca. – Dice, finalmente.
– ¿Quieres que la arregle?. – Ninguno de los dos está mirando la moto, no les importa ni un poco, la verdad.
– Me gustaría, si. – Posa su mano sobre la de Himuro, que sigue sobre el manillar de la moto, como si nada. – Solo si tienes un rato y no es muy caro de arreglar... ya sabes...
– A ver, deja que le eche un vistazo. – Da un paso, hacia delante, y estira el cuello.
Solo la moto se interpone entre ellos, pero eso no impide que se besen.
Dulce, breve, un toque, pero un beso al fin y al cabo.
– Uff, tiene mala pinta. – Recorre su brazo con la punta de los dedos y posa la mano en su hombro. – Tardaré unos días en encontrar las piezas... – Un nuevo beso, un poco mas largo que el anterior, y esos preciosos ojos azules clavados a los suyos, hacen que se estremezca todo su cuerpo... – Es posible que no las encuentre todas...
– No tengo prisa. – Apartó el flequillo para mirar sus dos ojos, besando su frente y el puente de la nariz, con amor. – Así mientras llegan, puedo invitarte a cenar...y hablamos de lo mucho que te amo y esas cosas...
Himuro se sonroja, furiosamente, hasta la punta de sus orejas.
– Suena bien... y yo puedo hablarte del bebé que vamos a tener. – Se arriesga a decirlo, aún temeroso de que el otro chico salga corriendo sin mirar atrás... – … y de lo mucho que también te quiero... aunque tenga mis reservas aún...
Kasamatsu rompe el contacto, dando un paso atrás.
Le mira y le re-quetemira.
Rodea la moto y le abraza, en volandas da vueltas con él; mil besos entre gracias salen de sus labios...
Lágrimas de felicidad, mas gracias, mas vueltas, mareo...
Y prisas... Kise está de parto y tienen que ir al hospital...
Pero lo harán juntos... y sonrientes.
Ahora, conocer a Kibu no le parece tan terrible. Se ganará a la niña tal y como se ganó a su mamá.
Siendo simplemente él mismo. Ni mas ni menos.
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Bueeeenooooooooo
Si alguien me quiere matar, ahora es el momento jajajaja
Que noooooooooo jejeje, en fin, espero que la sorpresa os haya sacado una sonrisa, y no, esta vez ninguna habéis acertado jejeje
Espero los coments y el siguiente sip, es el parto de Kise ( diooooossss jajaja)
Besitos y mordiskitos
Shiga san
