Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Segunda parte de Uno mas en el equipo, continuando la historia donde se había quedado. Las parejas se enfrentan a la maravillosa experiencia de ser padres. Unos bien, otros no tanto... pero la vida sigue y avanza sin esperar a nadie.
KagaKuro, MidoTaka, AoKise, Mura Aka... y alguna sorpresa …
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Uno mas en la cancha.
Capítulo 25: Ser padre es tan bonito...
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Le habían insultado, muchas veces.
También amenazas, sí, de eso tenía cierta noción.
Meterse en líos, era casi una obligación para él, y eso solo de niño.
En cuanto llegó a la adolescencia, y descubrió que tenía un talento diabólico para el basket, se había ganado el desprecio y el odio envidioso de mucha gente.
Y nada de eso le había afectado, jamás.
Esas demostraciones de odio, no le importaban, cuando venían de extraños o de conocidos que no tenían mucho que ver con él, pero escucharlo en los labios de la persona amada, no tenía nada que ver. No podía permanecer indiferente como si tal cosa.
La verdad, es que la noche había empezado de lo mas entretenida.
Cuando salió de la ducha, tras la cena, Kise le esperaba desnudo, con una sonrisa que prometía hacerle un hombre muy feliz esa noche... y satisfecho.
– Nada de acción. – Se tumbó a su lado, vistiendo un escueto slip negro. – La doctora dijo que no … que estas ya en la mmm...
Gimió, al sentir el peso de Kise sobre sus muslos, que ignorando completamente sus reservas, se había posicionado sobre él en un suspiro.
– Dijo que yo no "debería" pero no le escuché decir nada de seducir a mi marido. – Sonrisa pícara, su mano posada, casual y sin intención alguna, sobre el bulto en la pequeña porción de tela.
Los ojos azules, entornados, descifrando entre los pensamientos nada románticos que le asaltan, lo que su rubio embarazado le está proponiendo.
– Pero yo no quiero... si tu no puedes... ah... conmigo... Ryo, por fav... – Se arquea contra el contacto, íntimo y la presión, del peso de Kise sobre su vientre, balanceándose contra él, tensándole como la cuerda de un arco.
Su límite saliendo de paseo por la ventana.
Un nuevo gemido, mas largo e interno le recorre con ardor febril.
Cierra los ojos, no quiere verlo, pero eso solo hace que la sensación se multiplique por mil.
El leve balanceo de Kise sobre él, sentado a tientas sobre el bulto, ahora mucho mas pronunciado que hace unos segundos, usando su peso y el vaivén para llevarle centímetro a centímetro a la locura mas irremediable.
Sus manos, en el colchón, evitando por todos los medios tocar la piel, caliente y adictiva de su esposo, sucumben, sin remedio, acariciando con extremado cuidado el redondo vientre entre ellos, su piel tirante y fina, la textura... un acto de pasión similar produjo esa criatura que crece dentro, y en cierto modo, es un pequeño homenaje a su amor desmedido.
Daiki y Ryota son seres pasionales, ardientes y emotivos... no pueden, ni quieren, vivir sin demostrarse lo que sienten en uno por el otro en cuanto surge una oportunidad; y si no surge, la crean ellos mismos.
Hacer el amor es un punto mas en su agenda diaria. No pasa un solo día en el que la pasión no les asalte quitándoles las opciones, dejando para mas tarde una tarea de lo mas importante.
Por que no existe nada mas importante para ellos que amarse, absolutamente nada.
El orgasmo le alcanzó, aunque él trataba por todos los medios de ir mas rápido, y no hizo nada por quitarse a su rubio del regazo.
Le dejó que se meciera contra él, contra el viscoso tacto de sus slip, húmedos por el resultado, bebiendo sus lamentos directamente de sus labios. Dejó, permitió que Kise estallara en todas las direcciones, manchando su vientre y regazo con pequeñas ráfagas... Blanquecinas, caliente y densas.
Kise estalló en carcajadas, entre lamentos. Recuperando el aire se encontró con la severa mirada de su esposo, reprochándole su "asalto a traición".
– No es justo. – Se vio sobre el colchón, sin quererlo, cuando Daiki le dejó ahí con cuidado. – Quiero …
– No quieres. – Murmuró una maldición, rebuscando en el cajón un cambio de ropa interior.
Se cambió en el baño, tras limpiarse y regresó, con las toallitas húmedas para limpiar a Kise.
El rubio ni se había molestado, seguía tumbado con la mirada en su esposo, pidiendo al menos un par de asaltos mas.
Era increíble que con esa barriga tan enorme, tuviera tantísima energía, pero nada parecía calmar al rubio modelo. Ni la comida, ni los paseos, ni por supuesto, el sexo.
Las dos últimas semanas habían sido las mas fogosas de su relación con diferencia.
Hasta aquella misma mañana, cuando la doctora les había advertido que un orgasmo podía desencadenar el parto antes de la fecha prevista, no habían parado de hacerlo.
Suspiró, mientras sacaba una toallita de un tirón de su envase.
Kise se alzó sobre los codos, posando una de sus manos en la zona delicada de su esposo, acariciando de abajo a arriba, despacio.
– La quiero... dentro... muy muy dentro. – Agarró la mano con la que le limpiaba los restos y la dirigió al centro de su deseo mas anhelado en ese momento. – Por favor... Daiiiii.
– Ya sabes la respuesta. – Siguió limpiándole, sacando una nueva toallita, aguantando estoicamente las caricias del rubio.
– No he hecho ninguna pregunta. – Se alzó sobre las piernas, quedando de rodillas, abrazado a su torso, caliente como nunca lo había estado en su vida.
Le miró, serio. En su cabeza miles de acciones luchaban entre sí, pero el sentido común debía ganar esta vez. Tomó la mano de Kise que acariciaba su ropa interior, incitándole, y la subió por su vientre, pecho y cuello, para llevarla a los labios y besar su palma y dedos una docena de veces.
– Sé que no puedes evitarlo, pero por favor, hazlo por Yuki, ¿Si?. – Acarició su nuca, y cuello, y le atrajo para besar sus labios, con ternura, pasando la otra mano por el vientre redondo e hinchado. – Hazlo por nuestra hijita...
– Aguafiestas, embaucador... – Se sentó de golpe, llevando las rodillas a los lados, y se dejó caer hasta quedar de costado. – No es justo, no vale chantajearme con Yuki, así no puedo negociar ni nada.
– Lo siento, de verdad. – Se acomodó a su espalda, amoldándose con ternura a su cuerpo. – También me muero de ganas, pero lo hacemos por ella... ya tendremos tiempo para desmadrarnos , ahora lo importante es que estés tranquilo, y en calma, para que ella termine de formarse y venga al mundo gordita y sana.
– Eso lo quiero por escrito. – Se giró para mirarle por encima del hombro. – Lo de desmadrarnos, que luego dices que no te acuerdas...
– Vale, ahora a dormir. – Se inclinó para atrapar la sábana y cubrirles a los dos con ella.
Kise se durmió, murmurando entre dientes, inquieto.
Unas pocas horas después, casi rozando el amanecer, Aomine despertó, solo en la enorme cama.
Puso atención, al silencio del cuarto.
Nada en el cuarto, ni el baño, aunque la puerta si estaba entreabierta.
Bajó, descalzo y en ropa interior a la planta de abajo.
El congelador estaba abierto y el helado en la mesa, descongelándose, aunque los recipientes seguían cerrados.
El agua de la piscina se movía, y el reguero de agua iba desde la escalera hasta la puerta del salón, aún así se asomó fuera desde la ventana.
Vio una toalla, cerca de la puerta del salón y un rastro de gotas subiendo por la otra escalera, a la segunda planta.
Kise había despertado, con hambre de helado, pero algo le había hecho desistir y bañarse en la piscina...
Escuchó sus gemiditos en cuanto llegó arriba, y la luz en el cuarto que los padres de Kise habían amueblado para la pequeñita.
Le encontró sentado en el suelo, con el pelo goteando y el cuerpo mojado.
Abrazaba un oso de peluche, blanco, un puchero teatral en sus labios.
– ¿Qué haces aquí?. – Preocupado entra al cuarto, y se agacha a su lado.
– No puedo, Daiki. – Abrazó de nuevo el peluche, mas fuerte. – No va a salir... no voy a poder hacerlo... no quiero hacerlo.
Sus ojos febriles, mirando desesperado a Daiki.
Aomine le abraza, mas preocupado según pasan los segundos, mojándose él también con el gesto.
– Claro que puedes, para eso estoy aquí. – Besó su frente, y le acogió entre sus brazos cuando se dio la vuelta sin soltar el oso. – Vamos, vamos.. Akashi ha tenido tres, ¿No vas a poder tu con una nenita chiquitita?.
– No quiero... no voy a poder. – Desvió la mirada a un lado, asustado. – … ya viene... tengo miedo. – Un nuevo puchero, mas pronunciado que el anterior.
– Venga, vamos a hacerlo. – Le ayudó a ponerse en pie, y fue por una toalla para que se secara.
Ropa cómoda y la bolsa con las cosas de la niña. Supuso que estaría mas tranquilo en el cuarto de la pequeña, con las cosas infantiles a su alrededor.
Le dejó solo un momento, para ponerse algo de ropa y llamó a Kuroko, de forma instintiva.
– ¿Siiiii?. – La voz infantil de Kou respondió la llamada, relajando un poco los nervios que sentía hasta ese momento.
– ¿Está tu mamá?. – Aunque intentó sonar lo mas dulce posible, su tono duro no pasó desapercibido para el niño, que le reconoció al instante.
– Hola Mine. – Saludó con la mano aunque no le vieran desde el otro lado del teléfono. – Mami ta maño... cupiendo. – Hizo el ruido de escupir y se puso serio.
– Y, ¿Tu papá?. – Volvió con Kise, teléfono en la mano. Se colgó la bolsa de la niña y dejó al rubio en el salón, sentado en el sofá mientras recogía todo lo que estuviera por medio en la casa, consciente de que estarían fuera unos días. Apagó luces de paso, y cerró puertas y ventanas, mientras seguía al teléfono con el niño.
– Papá con mami, ciendo mimitos. – Le escuchó a través del teléfono murmurando por lo bajo para si mismo, y luego gritar algo, contento. – ¿tas mien tu?.
– Yo si, pero necesito que le des a tu mamá o a tu papá el teléfono, ¿Puedes hacerlo?
– Yo lleva, pera. – Trasteó con el aparato al encontrar las chuches que quería llevarle a su madre y volvió a ponerlo sobre su orejita. – ¿Tas fadado tu?.
– No, es solo... dile a tu madre que Kise va a soltarla ya.
– Ise suelta, mien, yo digo.
Los pasitos de Kou resonaron por el teléfono y le oyó perfectamente hablar con sus padres.
– ¿Ise suelta?. – La voz de Kuroko le paró en seco, en un segundo.
De repente se dio cuenta de que la voz de su antigua sombra le hacía sentirse mas liviano, tranquilo. Al entrar en el salón, miró a Kise, aferrado a su vientre con las dos manos.
El pasado tras el teléfono, el futuro en su línea de visión, frente a él, apenas al alcance de sus dedos.
La mueca en el rostro de su esposo le indica que todo ha comenzado, y tienen prisa.
Se despide de Tetsuya, en su corazón, en su mente y en su futuro. Kise es su vida, su presente, el perdón que él no quiere darse y que todos a su alrededor ya le han brindado, le llega claramente en ese preciso momento, con la certeza de que su hija llega, en apenas unas horas, y de que Tetsuya tiene su felicidad presente, en la forma de su hijito con lengüita de trapo, su devoto marido y el nuevo bebé que crece en su vientre.
Tienen prisa, y le pide al matrimonio que avisen al resto. No tiene tiempo ni palabras para hablar con nadie mas, sabe que su mensaje será difundido de forma efectiva.
…
El hospital era un sitio que le gustaba. Siempre limpio, y mas o menos en silencio. La idea de un cúmulo de gente poniendo su talento a disposición de la ayuda a los demás se le antojaba una cosa maravillosa.
En urgencias Kise fue desvestido, duchado y pinchado en varios sitios, ante su atenta mirada.
El puchero en sus labios no desparecía, y la mirada, de perrito apaleado tampoco.
Por fin una cara conocida. La doctora, que había llevado los embarazos de sus amigos, entraba sonriente.
– Vaya, que sorpresa. – Examinó los aparatos, calibrando el que mediría el pulso de la pequeña mientras le miraba. – Supuse que elegirías un hospital un poco mas privado, para evitar a la prensa y las seguidoras.
– No me buscarán aquí, no se preocupe. – Kise gimió, mas por miedo que por dolor.
Aún no le dolía nada, aunque si tenía una sensación incómoda por todo el cuerpo, como una manta húmeda y pesada en todos sus miembros, que le hacían moverse mas lentamente de lo que le gustaría.
– No se preocupe, nos ocuparemos de que nadie se acerque a esta habitación. – La enfermera regordeta con la que Kise se había hecho un montón de fotos durante el parto de Kuroko entraba en el cuarto con las cosas necesarias para preparar a la mamá para su trance. – No te preocupes, cariño, las chicas y yo cuidaremos de ti.
Kise se permitió una pequeña sonrisita, agradecido.
Minutos después, a solas con Daiki, se dejó respirar calmado.
Seguía asustado, temeroso, pero extrañamente feliz.
Con las manos sobre su vientre, cerró los ojos. El latido de la pequeña resonaba en el cuarto, como un tic tac anunciando lo inevitable.
Abrió los ojos, cuando un par de manos mas se unieron al tacto. Ni siquiera había nacido y ya era la niña mas amada del planeta.
– ¿Qué pasa cagoncete? No me digas que vas a rajarte... – Aomine se inclinó, para besar su vientre y seguidamente sus labios...
– No puedo rajarme, pero me va a doler, y un montón... Creo que puedo tener un poquito de miedo... – Palmoteó en la cabeza, un par de veces, antes de pillarle en una presa con el brazo en su cuello. – Y cuando vengan mis hermanas serás tú quien quiera rajarse... y huir, muy lejos, pero no voy a dejarte...
– No voy a ir a ningún sitio... no sin estar seguro de que los dos venís conmigo... a nuestro hogar …
…
El paso del tiempo le hizo replantearse esa afirmación, muy seriamente.
La primera hora, se sucedió, en calma.
La molestia, apenas inapreciable, le hacía poner caras, y suspirar, pero nada grave.
La segunda, mas pesada, también.
Unido a la molestia inicial, un nuevo síntoma, un pequeño pinchazo intermitente en la zona de los riñones y la baja espalda. No es que fuera muy doloroso, pero si le tensaba de vez en cuando. Daiki a su lado, aferrado a su mano, estando ahí.
En la mitad de la tercera hora, la paciencia de la mamá ya no podía medirse. Las contracciones se sucedían brutales, en intervalos de cinco minutos, pero lo bastante fuertes como para hacerle gritar, gritar enfadado y gritar cosas sin sentido, unas tras otras.
En ese momento Aomine quería estar lejos, muy muy lejos de ahí... en su hogar si, pero en el de Estados Unidos.
– ¡MALDITO CABRÓN HIJO DE PUTA!. – Horas de espera y el dolor habían hecho que la sutileza de Kise estuviera tomándose un café en el bar de la esquina. – ¡ LE VAS A METER LA POLLA A TU PUTA MADRE!¡ CABRÓN! MALA PERSONA...ÓJALA SE TE CAIGA A CACHOS, IMBÉCIL, IDIOTA...
Kagami se llevó la mano a la boca, conteniendo una risita que ya le costaba disimular.
– No tiene gracia. – Mirada asesina de Daiki, que había preferido salir un rato al pasillo.
– Si que la tiene, en serio... pero no sé si quiero que mi hijo aprenda esas cosas. – Kou jugaba con Midorima a chocar los cinco en la sala de espera... aunque los gritos de Kise se escuchaban por todo el pasillo.
– Vas a tener que ir al psiquiatra después de esto. – Takao le palmeó en el hombro, en una muestra de apoyo.
– Si tuviera sentimientos los tendría heridos... ¿Cuánto estuviste con dolor?. – Takao le miró, comprensivo.
– Unas cuantas horas, lo siento... me encantaría decirte que ya casi ha terminado, pero se puede alargar una barbaridad.
– ¡DAAAAIIIIIII... POR FAVOR! LO SIENTO, LO SIENTO... ARGHHHH. ¡JODER COMO DUELE, ME CAGO EN LA PUTA! VEN AQUÍ, JODER...¿DÓNDE COJONES ESTÁS?…
Daiki apretó los ojos como si le doliera a él también.
– No sé si entrar, al menos no sin armadura... – Señaló la puerta con el pulgar.
– ¿Quieres que entre un rato yo?. – Kuroko se ofreció, al notar que en el pasillo se acumulaba demasiada gente, demasiado asustada como para encarar al rubio.
Aunque hizo la pregunta, no esperó la respuesta y entró directamente.
Kise estaba en la cama, encorvado hacia delante, el rostro contraído en una mueca dolorosa.
Rojo hasta la punta de las orejas, mas por el esfuerzo de gritar obscenidades que por el dolor, y la bata del hospital empapada en sudor.
– KUROKOCCHI... ¡DIOS, COMO TE QUIERO! POR FAVOR, QUE ME LA SAQUEN YA, QUIERO DROGAS, MEDICINAS, LO QUE SEA, PERO QUE LA SAQUEN DE UNA MALDITA VEZ... NO PUEDO MAAAAAAAAAAAASSSSSS.
Estaba claro que su ira dolorosa estaba dirigida a su maravilloso marido, y el resto de la humanidad quedaba a salvo de su venganza.
– Venga, venga, sí que puedes, solo tranquilízate un momento. – Comprensivo caminó hasta la cama y se sentó junto a sus caderas. – Respira conmigo, muy bien...
– Lo siento... – sorbió los mocos, con un movimiento infantil. – Perdón, lo siento...
– No pasa nada, lo entiendo... todos lo entienden. – Le ayudó a sentarse en el borde, y poner los pies en el suelo, acarició su espalda con grandes movimientos circulares, mientras le instaba a respirar profundamente. – Si quieres seguir gritando nadie va a decirte nada, solo piensa que necesitarás toda esa energía dentro de un ratito.
– ¿Daiki está enfadado?. – Preguntó, inclinándose hacia delante, cuando Tetsuya le hizo presión en la parte alta de la espalda, relajándole.
– Mas bien asustado... y con lo que has dicho que vas a hacerle a sus joyas reales, no sé yo si va a querer entrar de nuevo. – Dibujo una preciosa sonrisa, en su mirada un pequeño regaño, comprensivo.
– Perdón... – Gimoteó, de nuevo.
Kuroko sintió la disculpa cortada por la mitad. Un espasmo doloroso y luego una larga calma, transformando su cuerpo en gelatina blandita. Ya estaba listo para pasar a la parte espinosa del proceso.
– Voy por Daiki. – Se levantó en un gesto rápido, y le besó en la frente antes de salir para buscarle.
Afortunadamente no estaba muy lejos, ya que seguía en la puerta, conversando en voz baja con su esposo y Kazunari.
Solo necesitó una pequeña reverencia para que el moreno comprendiera todo sin mediar palabra.
Entró al cuarto rápido, mientras Kuroko se acercaba al control de las enfermeras para dar aviso.
Solo pasaron dos minutos, y no dio tiempo de mover al rubio. Su pequeña había decidido que ese era un buen sitio para llegar.
– Vale cielo, no podemos moverte, la tendrás aquí. – La doctora se movía con rapidez por el cuarto, apartando la mesita y la silla para despejar un lado del cuarto.
Las enfermeras traían instrumental en un carrito y mas cosas que la mamá no quiso ni mirar.
Daiki a su lado, sus miradas enredadas sin remedio.
Por como iba todo, la doctora le giró para dejarle de costado. Atrajo al papá al lado contrario, para que no quedara mirando la pared, un apoyo en alguien conocido.
– Dejaremos al culpable a la vista. – soltó una risita, que se contagió rápidamente a los presentes. Incluso Kise no pudo evitar sonreír, a pesar de todo.
Daiki se agachó, tomando su cara entre las manos, acariciando su rostro, hombro y cuello, llevando las manos hasta el vientre, tenso y tembloroso del rubio. Miró hacia abajo y le vio sonreír, murmurando una exclamación.
Kise no quiso ni mirar, pero la presión en su vientre le dejaba claro que lo que fuera que pasaba, era justo donde estaba mirando su marido.
– Ven aquí, tu que pareces fuerte. – Le pidió que se pusiera delante, posando el pie de Kise en su hombro, para que empujara de ese modo, usando a Daiki como punto de apoyo. – Escucha cielo, cuando quieras empujar, quiero que hagas una cosa por mí, intenta moverle con la pierna. – Se lo dijo a la mamá, al tiempo que pasaba una bola de algodón empapada en desinfectante que chorreó por el muslo hasta el colchón. – Y tu, no dejes que te mueva. – Daiki, asintió, sin poder dejar de mirar el punto exacto por el que su pequeñita ya asomaba al mundo.
Esos segundos de espera, pesados y mas dolorosos que ninguno de los vividos hasta ese momento, se le hicieron terriblemente eternos.
Y ver a Kise retorcerse en la cama, de costado, empujando con todas sus fuerzas al tiempo que aferraba el borde del colchón con las dos manos, era terrible para él también.
Incluso en esa situación era fuerte. Tuvo que agarrarse al armazón metálico de la cama para evitar que le moviera. Se inclinó hacia delante, haciendo fuerza a la inversa, obligando a Kise a empujar con mas fuerza para moverle.
Un grito roto, en el silencio. Una serie de jadeos, sus ojos llenos de lágrimas, mojando su camiseta y el empeine y tobillo del rubio.
Kise aún no se ha dado cuenta, pero su marido está llorando, mirando a su pequeñita batallar con el enorme espacio que tiene de repente, estirando brazos y piernas, manoteando al aire, enfadada.
El sonido siguiente, mientras se miraban, les hizo sonreír a los dos.
Bajito, muy bajito, un gemidito, una queja, por ser sacada al mundo entre empujones y tirones. El frío del cuarto les hace temblar, a los tres... aunque el papá no tenga frío, y Kise no sienta su cuerpo como propio.
La doctora se mueve rápido, pone la nenita en los brazos de su papá, sucia y desnudita, pero no hay lugar mejor en todo el mundo que ese.
Termina de limpiar a la mamá y de comprobar que todo es perfecto. Lo bueno de ser deportista es que su cuerpo asimila el daño de un modo distinto, y lo único que nota el rubio es el cansancio.
Los gritos y las horas de espera quedan en el pasado.
La nenita es limpiada y revisada. Todos sus datos son anotados, y la cama y todo el cuarto higienizado en el tiempo en el que Daiki y su marido se felicitan mutuamente.
– Lo siento mi vida, perdón... – Kise, aferrado a su cara, le besaba una y otra vez , sollozando. – Pero de verdad, duele mucho... no me he rajado... ¿Ves?, tenemos una nenita preciosa...
– Tranquilo, no pasa nada. – Devolviendo sus besos, acariciándole con temor a hacerle daño de algún modo. – Si, es muy bonita, tiene tu pelo, poquito pero es rubia... – Le besó la frente, apartando su cabello, acariciándolo con dos dedos, hasta el aro brillante en su oreja.
– Quiero verla. – Justo tras decir eso, la enfermera la puso en su pecho, para que pudiera cumplir esa petición.
Pelo rubio, sedoso y fino, piel canela, y una carita de rasgos redondos y dulces.
– Si tiene tus ojos, vamos a tener problemas cuando crezca, será una auténtica belleza. – Kise la besó, si poder dejar de acariciarla con la punta de los dedos. – Dios, Daiki, es preciosa... Yuki, ahora si que lo veo...
El nombre lo había elegido su padre, aunque no soltaba prenda del porqué, eso era algo que quedaba para él.
– Te lo dije, Yuki es perfecto para ella. – Hizo una foto de su familia, y la envió al momento a sus compañeros, que esperaban en el otro lado del hospital.
– Cierto... aunque el siguiente lo tendrás tu. – Mirada penetrante, una promesa tras sus dorados ojos..
– Bien, estoy dispuesto a pagar esa pequeña deuda.
– Me encantará verlo...
La enfermera les interrumpió, con un biberón.
Sus amigos esperaban, sus familiares ya discutían sobre los pequeños detalles de la familia, y las rencillas...
Pero ellos estaban felices... aunque la mamá y su pequeñita, estaban realmente cansados, tanto que se durmieron al poco tiempo, dejando a Daiki solo ante el peligro...
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Bueno por fin, la nenitaaaaaaaaaaaaaa jajaja
Gracias por estar ahí, y espero que siga gustando...
Este es el cap mas largo que he escrito... pero no sabía donde cortarlo, asi que terminé hasta el final...
Ya me contaréis que os parece, ¿nee?
Nos leemos en el siguiente.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
