Ey, amigos. Qué alegría poder escribiros otra vez. Siento la tardanza. Seguro que estaréis pensando: "No. Eso es una excusa. Lo que pasa es que eres una vaga" (nap, es broma, sé que no lo pensáis) en realidad lo que pasó fue que mi padre por accidente, borró el archivo del siguiente capítulo. Y he tenido que volver a escribirlo. Menos mal que tenía los más bonito y "profesional" escrito en una libreta.
Y también hace unos días tuve un accidente por culpa de un indeseable y tengo la muñeca fastidiada. Tranquilos. Me vengaré…
Por favor, perdonadnos a mí y a mi padre por el descuido.
Y ahora…lo que todos hemos estado esperando…
¡Leed y disfrutad!
CAPÍTULO 6: UN JUEGO DE NOVIOS, UN RETRATO MUY ESPECIAL Y UNA ¿ALDEA EN LLAMAS?
Astrid no pudo evitar el sonrojo. Nunca le había agradado que la observaran durante tanto tiempo y menos, si estaba en esas circunstancias. Pero era Hipo quien la observaba. Con esa mirada de ojos verdes como el bosque nórdico, esa mirada que la hacía derretirse; esa mirada en la que Astrid no dudaría en matar, si fuera necesario, para que solamente fuera dedicada para ella. Nada más que para ella.
La rubia dejó su sonrojo a un lado y apareció una pequeña mueca en su bello rostro.
— ¿Te apetece tomarte un baño?
— ¿Un baño? —preguntó confundido Hipo—. Sabes que no me gusta el agua fría, Astrid —contestó.
La rubia frunció el ceño y se acercó lentamente hacía el chico. Aún estaba sentado en el suelo, lo que le convertía en una presa fácil. Su mirada de pánico se dibujó en su rostro, sin dejar de tener el presentimiento de que algo horrible le iba a ocurrir.
Ahora ella solo estaba a un paso del asustado chico. Se paró en frente de él. Sus manos en la cintura, representaban todo el carácter y enfado que aun intentaba mantener oculto.
—Hagamos una cosa, Haddock —propuso seria—. Tú y yo, nos enzarzaremos en un combate. Si tú ganas: no te bañaras. Pero… si yo gano: te meterás, quieras o no.
Nuevamente una de las últimas brisas de verano acariciaba sus cabellos. El fino campo verde bailaba al son del viento. Los dragones, acomodados en la sombra, estaban atentos a la disputa.
—Está bien —dijo Hipo al fin—. Pero créeme. He cambiado. No será tan fácil derrotarme.
Astrid no dijo nada esta vez, solo le observaba atentamente. El castaño dejó descubrir su hermoso cuerpo, dejándose solo unos pantalones cortos que llevaba debajo del traje.
Sus músculos delgados, pero a la vez controladamente tonificados, eran un imán que atraían fuertemente a unos intensos y penetrantes ojos azules. Y así una vez más, la rubia fue dominada ante el cuerpo semidesnudo de Hipo. Ella luchaba por desviar la mirada hacía cualquier otro lado, el que fuera, daba igual, pero era inútil luchar…
—Hipo… al menos… podías ponerte… el chaleco —dijo muy nerviosa.
—No vas a ser la única que va a pelear con ventaja —dijo el chico con una pequeña carcajada.
Sin previo aviso, Astrid corrió rápidamente hacía Hipo para asentar sus primeros golpes. Este casi no la vio venir, pero consiguió esquivar el ataque.
—Astrid, eres una chica. —volvió a esquivar—. ¿Cómo pienso derrotarte?
La vikinga sonrió con picardía. Adoraba ver como su novio era siempre acorralado en una pelea contra ella.
—Muy bien, como tú quieras —dijo el chico, decidido a defenderse.
Los dragones estaban atónitos y asombrados por cada golpe o patada que intentaban dar los jóvenes vikingos al contrario. Tormenta llamó la atención de Desdentado con un golpecito en su hombro.
—Te apuesto una cesta de pescado a que gana ella —dijo la Nadder.
—Hipo no se rinde tan fácilmente. ¡Apuesto dos cestas! —dijo Desdentado con total seguridad.
El Furia Nocturna tenía razón. Poco a poco Hipo dejaba todo su potencial en la pelea.
Un puñetazo se dirigió al estomago de Astrid. Esta la paró sin más con una mano, mientras con la otra golpeó la mandíbula del castaño. Un gruñido salió de la garganta de Hipo por el ocasionado ataque. Se reanimó enseguida con un paso hacia atrás. Se frotó la superficie corrompida por el dolor. Astrid, por un momento se arrepintió de haber sido tan agresiva. Poco tiempo duró ese pensamiento, ya que ahora Hipo cargaba hacia ella.
Esta aprovechó el tiempo que le quedaba antes de ser golpeada. Así que ella también cargó hacía Hipo. Cuando lo vio lo suficientemente cerca dio un fuerte brinco con los dos pies juntos y lo esquivó por encima, poniendo sus manos en los hombros del vikingo y saltando hacia el otro lado.
Aprovechando que Hipo estaba tambaleándose por el impulso del salto. Aún estando de espaldas hacia él, Astrid intentó golpearle un codazo en la nuca. El chico fue más listo y movió, a una velocidad vertiginosa, el cuello hacia un lado, para luego coger la muñeca de la chica y hacerle un ludo en la espalda de esta, inmovilizándola del todo. Forcejear no le servía de nada, por más que lo intentara.
— ¿Lo ves? —susurró en su oído—. Ahora es más difícil…
Y esa fue la gota que colmó el vaso. Hipo había cometido un grave error al enfadar a la vikinga más terca y temperamental de Mema. Sí… definitivamente había cometido un gran error, pero la rubia no estaba dispuesta a que no pagara las circunstancias.
Es cierto que ella misma lo había estado entrenando desde hacía ya unos años para que aprendiera a correr, saltar, trepar, caer; y luchar cuerpo a cuerpo y con todo tipo de armas. Pero entonces… ¿Quién había cometido en realidad el gran error?
Los dragones al ver la reacción en los ojos de Astrid, se temían lo peor, y estaban preocupados por Hipo. Él aun mantenía firme su doble gancho. La rubia sonrió con picardía. Al tener las manos casi sueltas, pudo acariciar por un momento los brazos del chico. Fue solo una caricia, puede que en realidad un pequeño roce, pero fue lo suficiente para notar algo familiar en el antebrazo izquierdo. La superficie de la piel era más fina… más débil… y un tanto escamosa.
Astrid rápidamente agarró la vulnerable superficie, produciendo en Hipo un gran dolor que le obligó a soltar a la rubia mientras gruñía por el daño ocasionado. Sin pensarlo dos veces, Astrid saltó encima de Hipo haciendo un nudo en los dos brazos que le obligó a caer al suelo por falta de equilibrio. La rubia victoriosamente se sentó en las espaldas del vikingo. Riendo para sus adentros, recordando que las cosas nunca iban a cambiar; y eso le gustaba.
—Creo que ahora es mucho más fácil —le susurró burlona.
—Eso no vale —refunfuñó.
—No había ninguna norma. Tú pierdes.
La joven vikinga dejó libre a Hipo, para luego empezar a correr alrededor de la pequeña laguna.
—Atrápame si puedes —canturreó mientras se alejaba.
Hipo se levantó del suelo. Estaba agotado después de la paliza que había recibido de Astrid, pero seguirle el juego a su novia, ¿qué tenía de malo?
Los dragones, por otra parte, no entendían lo que acaba de ocurrir. Confundidos observaban a la hermosa pareja jugar.
—Es… espera un momento —dijo inocentemente Desdentado—. ¿Entonces quién ha ganado al final?
Tormenta negó con la cabeza. Aun tenían que aprender mucho sobre sus jinetes.
Astrid aumentó la velocidad, viendo que Hipo se acercaba rápidamente hacía ella. No permitiría que la atrapara, al menos, de momento. Se acercaba a la pequeña cascada que precipitaba hacia la cristalina agua. Incrementó a un más la velocidad, Hipo hizo lo mismo. Los dos eran muy buenos corriendo, pero ese día… fue mejor Hipo.
Con un solo esfuerzo más y… la atrapó justo debajo de la cascada
— ¡Te cogí!
—Me he dejado atrapar…
Dicho esto, Astrid empezó a besar los labios de Hipo. Un leve roce al principio, luego más pronunciado. El vikingo la correspondió arrinconándola lentamente hasta la resbaladiza pared. La rubia entrelazó sus brazos en la nuca de Hipo. Este pasó de los labios de la chica a su cuello. Ella acariciaba el pelo mojado del chico y olía profundamente su aroma de pino. Los dientes de Hipo mordían delicadamente el delicado cuello, mientras que una de sus manos pasó peligrosamente por el muslo de la joven vikinga. Hipo paró en seco.
—Lo siento…
Hipo se apartó y se dio la vuelta. Odiaba cuando no podía controlarse…
Astrid no lo escuchó, ya que el sonido de la cascada les engullía, pero pudo leer sus labios, y no le hizo ninguna gracia. Volvió a acercarse a él. Con la esperanza de animarle, le abrazo por detrás.
—No tienes por qué preocuparte —le susurró dulcemente al oído—. Eres mi novio, y tienes todo el derecho del mundo demostrarme que me quieres.
Hipo volvió a darse la vuelta, pudiendo ver que en los ojos de Astrid reinaba la sinceridad.
—Pero… —continuó la chica—. Ahora me toca a mí —rió con picardía.
Cogiendo las muñecas del chico, lo llevó de nuevo fuertemente a las rocas cercanas. Dejando sus manos libres, arañaba con una de ellas el torso de su amado, mientras que con la otra, hacía prisionera su nuca, y así volviéndolo a besar. El placer que sentían en ese momento era indescriptible. El frío del agua recorrer sus cuerpos y el ardiente calor de sus labios sellados uno con el otro, era sin duda alguna, una gran sensación…
Las manos del castaño llegaron hasta las mejillas de la rubia, haciendo que se pronunciara más el beso. Las lenguas se retorcían y bailaban dentro de sus bocas. Llegando a límites que nunca esperaron encontrar.
—Será mejor ir a comer y descansar ¿No te parece? —dijo Astrid guillándole un ojo.
La hora de la comida les pilló de sorpresa. Pero cada uno había traído su bocata de pequeñas lonchas de cordero ahumado. Los dragones tampoco tenían problema. Se la arreglaban pescando unos cuantos peces que vivían en la cala.
Tras terminar de comer, les apeteció tomar un poco el Sol, mientras terminaban de secarse. A Hipo nunca le había gustado mucho, así que después de media hora tostándose por ambos lados del cuerpo, se volvió hacía Astrid y la contempló en silencio. Estaba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados, como si durmiese, aunque el muchacho sabía que estaba despierta. Tenía el cabello húmedo y revuelto, cayéndole por los hombros; y su rostro, expresaba una determinada relajación y, un poco sensual, como si disfrutase con cada una de las caricias de los rayos de Sol que incidían en su bella piel.
Muchas veces Hipo se había advertido de lo hermosa que era, pero esta vez, a un más. Y con ese bikini que llevaba puesto ahora, revelaba sus curvas que brillaban levemente por las pequeñas gotas de agua que temblaban en su superficie.
Sin pretenderlo, la mira de Hipo se deslizó por el arco que formaba su cintura y su cadera, y se detuvo unos instantes en la piel del muslo, suave y tersa, cubierta de un vello muy fino y dorado, con textura de melocotón. Luego contempló la doble curva de sus senos, como dos colinas gemelas y… Astrid abrió los ojos.
— ¿Qué miras? —preguntó.
Hipo se limitó a sonrojarse y a volver rápidamente la mirada, fingiendo haber escuchado un pequeño murmullo sacado de su imaginación.
—Nada —dijo con inocencia.
Astrid se acercó a él, tanto que podían notarse las pulsaciones del otro. Hipo se sonrojó a un más a verla tan cerca de él.
—Dime Hipo, ¿te parezco atractiva? —le susurró.
Hipo tragó saliva.
—Mucho…
La rubia se acercó más a él.
—Entonces retrátame.
— ¿Qué? —calló un instante—. ¿Por qué?
La vikinga rió en lo bajo; su Hipo nunca iba a cambiar.
— ¡Vamos, Hipo! Sé que me dibujas cuando estoy entrenando.
— ¿Me has visto? —dijo atragantándose con su propia saliva.
—Muchas veces… —asintió.
Unos minutos necesitó Hipo para recuperarse. Sentía una gran vergüenza que parecía no irse nunca de sus mejillas.
—Vale, te retrataré —volteó a hacía su dragón—. Desdentado, acércame la mochila.
El Furia Nocturna golpeó con su hocico la pequeña mochila que tenía a su lado y se la acercó a su jinete. De esta, Hipo sacó la pequeña libreta que llevaba siempre consigo y un lápiz de carbón vegetal. Astrid apoyó su espalda en una roca cercana a ella, estando sentada de la manera más natural posible para que saliera mejor el dibujo.
Entonces Hipo comenzó a dibujar. Precavido con cada roce que daba en el papel, formaba los principales detalles del cuerpo de Astrid. Desde su bello rostro, un poco entorpecido por su flequillo rubio, hasta sus finas y esbeltas piernas que descansaban en la hierba, un tanto levantadas.
Después empezó a dibujar los pequeños detalles que lograron, con mucho éxito, embellecer a un más el retrato. Gracias al carbón vegetal, Hipo consiguió efectos de sombreado, con pequeños roces que daba con el dedo pulgar e índice.
Astrid miraba con atención al artista, sabía que lo haría bien, y que quedaría impresionada al ver su maravillosa obra terminada. Hipo también la miraba detenidamente de cuando en cuando. Estaba concentrado en su trabajo, pero esos ojos color cielo que no le dejaban de observar a veces le hipnotizaban demasiado, haciendo que parara de dibujar y se quedara a contemplarlos.
La joven vikinga le sonrió, viendo lo que su dulce mirada le ocasionaba al chico. Pero no, Hipo no se quería dejar distraer. Quería hacerlo bien, y para él lo bien hecho, era lo perfecto y, más si era para Astrid.
No era de esos chicos que hacían algo a la ligera y lo terminaban, no. Hipo era una persona muy especial, puede que un poco distraído, pero era valiente, leal, cariñoso y amable. Esas eran las cualidades que más le gustaba a Astrid, y las que hacían que cada día se enamorara más de él.
Ya solo le quedaba completar el dibujo dando más brillo y carácter a los ojos de Astrid, sus hermosas cuervas femeninas personalizarla más y dar volumen al entorno de la cala, como la fauna vegetal o el resplandor del agua. Y al fin para terminar, escribió su firma. Sencilla pero a la vez elegante, en la parte inferior del papel: Hipo Horrendo Haddock III
Los dragones, curiosos por saber cómo le había quedado, fueron los primeros en ver la obra terminada. Se miraron mutuamente y asintieron varias veces. Hipo no estaba tan convencido con el dibujo, pero Astrid no podía esperar más para poder verlo.
— ¿Me lo enseñas? —preguntó.
—No creo que te guste —dijo—. No es tan especial como otros.
—Imposible —le contestó—. Venga, enséñamelo.
El muchacho extendió el brazo para que la chica pudiera coger el cuaderno. Lo sostuvo en las manos delicadamente, para que la hoja se arrugara lo menos posible. Una sonrisa se dibujó en su rostro. El retrato era idéntico a ella, no podía ser mejor.
Pero algo le hizo cambiar su bella sonrisa, por una mirada de tristeza y remordimiento.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Hipo preocupado.
—Lo que ocurre… —chasqueó la lengua con fastidio—, es que nunca te he hecho un regalo de estos… —se quedó unos segundos en silencio—. Puede que por tu cumpleaños o en Snoggletog, pero por lo demás… no te he regalo nada. Yo, yo… —tartamudeó.
—Ssshhh… —dijo Hipo poniendo un dedo en sus labios—. Tú con tan solo respirar… —apoyó su frente contra la de Astrid y cerró los ojos—… me basta… y me sobra… —y la volvió a besar.
El beso les hizo caer lentamente al suelo, sus cuerpos uno al lado del otro, se abrazaban y acariciaban mientras los labios saboreaban la sapidez del fuego ardiente que les hacían sellarse para satisfacer su hambre.
Los dos amados quedaron dormidos en un profundo sueño del que parecía que no iban a despertar.
El día cayó, al igual que la noche se alzó. Los grillos afinaban sus instrumentos acompañados de la magia de las estrellas que parpadeaban en el inhóspito cielo nocturno. Una ráfaga helada despertó a los amados con grandes escalofríos que les hicieron tiritar.
Decidieron volver a casa, ya que también a lo lejos vieron unas amenazantes nubes que se acercaban rápidamente a la isla.
Preparados para regresar a la aldea, emprendieron el vuelo con una señal que le dieron a sus dragones. Con la esperanza de encontrar pronto una luz significativa que les advertía de que la aldea estaba cerca, subieron más alto para tener más campo de visión.
Ya a unos minutos de seguir el camino de regreso a casa, divisaron una atmósfera de color rojizo a lo lejos. Les extrañó. Puede que a veces los aldeanos encendieran las antorchas, pero esta vez se desprendía demasiado humo, demasiado…
Empezando a preocuparse, se acercaron a un más. Un bullicio se oía a lo lejos, gritos de guerra se proclamaban hasta el cielo. Casas alimentando el infestado fuego en toda la aldea. Dragones y vikingos intentando apagar las llamas y luchando contra los atacantes.
Grandes naves en la costa, disparaban sus catapultas hacía la aldea. Potentes remos en los laterales movían rápidamente a toda la frota. Y en sus velas el logo de… ¿Renegados?
—Alvin…—dijeron con desprecio los jóvenes a la vez.
Me lo prometí a mi misma que lo escribiría y subiría antes de Navidades, y poder despedir el 2013 con este capítulo. Espero que os haya gustado ;)
¿Qué ocurrirá después? Mmm…no puedo contarlo al menos hasta el año que viene. Pero si alguien cree saberlo, puede decírmelo a ver si ha acertado XD
Por si alguien lo quiere saber mi próxima continuación se llamará Volveré ¿por qué? no puedo contarlo. Pero, lo entenderéis cuando leíais el próximo capítulo.
Ah, y recordad: "Ser bueno, no significa ser idiota. Es una cualidad que algunos idiotas no comprenden".
Os deseo una feliz Navidad y un prospero año nuevo, cuidaos mucho, porfi. Os echaré de menos, pero estaré pensando siempre en vosotros, no os preocupéis ;)
¡Nos rockeamos y leemos!
