Técnicamente (y, en esta vida, todo trata acerca de tecnicismos) ya es mañana, así que... porrompompero, ¡aquí está el capítulo dos! Espero que os guste :3
Presentes
—¿Snape? —preguntó alzando la voz y mirando a su alrededor, confuso—. ¿Snape?
Nadie respondió. Ni siquiera los tíos de Harry, que estaban a medio metro de él terminando el postre.
Ni siquiera Harry, que miraba embobado la tele.
Tomó aire, intentando no perder los nervios. No sabía si aquello era un sueño. Tenía toda la pinta. Pero también tenía toda la pinta de ser algo real, tangible. Verdadero. ¿Y si se había quedado allí atrapado? ¿Para siempre?
—Eres un melodramático.
Draco pegó un salto y se llevó la mano, instintivamente, a su pechera. En busca de su varita.
—¿Te he asustado? —Pansy bufó, girándose hacía él y enseñando sus dientes. Por supuesto, aquella estúpida ropa muggle no tenía un bolsillo para llevar varitas. Y la suya había quedado abandonada en el salón de su casa.
Mierda.
—¿Qué haces tú aquí?
Pansy clavó sus ojos oscuros en la escena familiar. Tenía el cabello corto, como siempre le había gustado llevarlo, un vestido de fiesta y el rostro maquillado.
—Lo que siempre hago —dijo con un tono de voz casi fiero—. Venir a salvarte.
Draco sonrió y barajó la posibilidad de darle un abrazo. O pasarle darle un par de palmaditas en el hombro. Pero, en su lugar, arrugó el ceño.
—Hay que ser muy valiente para llevar carmín rojo.
Pansy se giró un poco hacia él y levantó las cejas, con aire divertido.
—Como sigas haciendo eso te van a salir unas arrugas horrorosas en la frente —contratacó dando un paso hacia él. Se llevó el pulgar a los labios y lo chupó.
Draco arrugó más el ceño.
¿Qué pensaba hacer con eso? Pansy dio un par de pasos hacia él y alargó su mano izquierda –la que no había chupado; de cualquier otra forma Draco no habría permitido que se acercara tanto.
El efecto fue inmediato: cuando Pansy se apoyó en su brazo todo volvió a girar. Draco perdió el equilibrio durante un momento, el justo para que ella tomara ventaja de él y pasara su pulgar húmedo entre sus cejas.
—Uah —se quejó apartándola de sí—. Por Merlín, ¿por qué has hecho eso?
—Terapia de choque —respondió divertida.
Draco se mordió la lengua, tentado a mandarla a la mierda. Lamentablemente para él, había asuntos más importantes. Como que Pansy había hecho lo mismo que Snape; la cosa esa de aparecerse. Y que estaban en un lugar distinto. El suelo estaba lleno de nieve pisoteada y apartada, y en medio se erguía una gran carpa. Había música en el ambiente. Una fiesta.
—Qué lugar más horrible.
Draco solo pudo asentir. ¿Había otra palabra para describir la Madriguera?
—Y vaya atuendo —añadió apuntándolo con su varita—. Voy a tener que hacer algo al respecto.
—¡Pansy! —siseó siguiéndola –valientemente- al interior de la carpa.
Como con Snape, nadie parecía poder verlos. Y no es que Draco tuviera quejas al respecto: siempre que podía intentaba escaquearse de los Weasley. Como si fueran viruela de dragón.
—¡No seas aburrido, es una fiesta! —Pansy se giró sobre sí misma y miró a Draco con expresión pícara—. ¿Hace cuánto que no salimos por ahí a tomar algo?
—La semana pasada.
—Me refiero en Navidad, idiota. —Estaba de buen humor. De un humor extrañamente bueno.
—¿Qué hacemos aquí? ¿Qué es toda…? —Draco hizo un gesto a su alrededor.
Pansy se mordió un poco el labio inferior, manchándose un diente de carmín en el proceso.
—Theo me envía —respondió sin parpadear. Draco arrugó el ceño –y en seguida lo desarrugó, no fuera a ser que Pansy volviera a atacarle con su pulgar chupado-, ¿por qué haría Theodore algo así?—. Dice que está harto de que intentes quitarle el premio al amargado del año.
—Tú, loca chiflada.
—Venga, vamos. —Pansy tiró de su brazo y guio de él. Cómo si supiera hacia dónde se estaban moviendo.
Esquivaron al hermano alto de Weasley y al de las gafas, consiguieron robar unos canapés de una de las mesas y, entonces y solo entonces, Pansy se detuvo.
—Migaa —dijo incomprensiblemente, debido a que se había metido el panecillo entero en la boca.
Draco siguió su gesto hasta la Weasley y Granger. Tomó aire. Ron y Hermione.
—¿Qué hacemos aquí, Pansy? —insistió. Pansy le arrebató su canapé de las manos y le pegó un bocado.
—Lo que siempre hacemos, querido —dijo mirándolo fijamente. Draco tragó saliva, incómodo—. Ser criticados a nuestras espaldas. Y si no te das prisa te perderás la mejor parte.
Giró la cabeza hacia aquellos dos. Tenían las cabezas muy juntas y cuchicheaban. Sobre él, seguro. Sería mucho más fácil si no se acercaba. Si los ignoraba, como había hecho desde que había empezado a salir con Harry. A fin de cuenta, no eran sus amigos.
Ni siquiera le caían bien.
Pansy le empujó hacia delante, insistente. Ahí estaba él, en la jodida fiesta de los Weasley a la que había conseguido evitar hasta entonces.
Sus pies se movieron solos hasta quedar a unos simples centímetros de aquellos dos.
—Ni que fuéramos a pegarle piojos —murmuró Weasley. Él también fruncía el ceño y tenía un gesto de pocos amigos.
—No podemos decir que la fiesta vaya a… decaer porque él no esté aquí —asintió Hermione mirando al frente. Directamente a los ojos de Draco. Sin saberlo, por supuesto—. Siempre se las arregla para ofender y despreciar a todos los demás.
Ron bufó casi como si fuera un toro. Soltó el aire por su nariz de manera prolongada y las aletillas de su nariz vibraron con él. Draco se lo apuntó. Seguro que podría usarlo para sacarle de sus casillas algún día.
A fin de cuentas, saltaba por todo.
Hermione dejó su copa en una mesa cercana y apartó el rostro, girándolo hacia el de su marido.
—Hubiese preferido que viniera.
Parpadeó. ¿Había escuchado bien?
—Es un cretino —asintió Ron.
—No le costaría nada —continuó Hermione—, no es como si no le gustaran las fiestas.
Claro, porque que a uno no le gusten las fiestas sí que es una excusa aceptable. Que a uno le ponga enfermo la Navidad, no.
—Es un cretino egoísta.
—Odio que Harry se vea tan miserable.
Draco abrió la boca para protestar. Pero, ¿para qué? No iban a poderle escuchar. Harry no se veía miserable cuando salió de casa. Es más, estaba yendo al lugar que quería, con la gente que quería. Si tanto echaba de menos su compañía se podría haber quedado en casa.
Con él.
—La próxima vez que lo vea le pienso echar polvos del picor en su bebida —prometió Ron abrazándola.
—¿Qué mierda pretendes, Pansy?
Pansy, que se había colocado junto a Ron, escupió en su copa lo que había bebido.
—Emborracharme —dijo con sonrisa pícara, dejando la copa en su sitio—. La comida está buena, pero el alcohol está hecho para derribar caballos. ¿No habría otro más barato?
Se mojó los labios con la lengua, haciendo un gesto de asco con su rostro.
—El punto, Pansy. El punto.
Ella le miró desafiante. Parecía que estaba a punto de encararle. De chillarle que ella no tenía por qué estar allí ayudándolo –porque sí, Pansy era así de melodramática.
—Tu punto está en la casa. —Accedió cruzándose de brazos y levantando la nariz desafiante—. Si necesitas algo más, estaré en la zona de los canapés.
Draco habría entrado en la casa de los Weasley como… ¿dos veces en cuatro años? Quizá menos. Era una casa pequeña, llena de muebles que engullían todo el espacio. Solo poner un paso allí le causaba ansiedad. ¿No tenían miedo de que se les callera el techo encima?
No era una cuestión de valor: era de prudencia.
—Tus amigos son unos cerdos —le dijo cuándo lo encontró.
Harry no contestó, por supuesto. No podía hacerlo. Estaba sentado en el salón, en un sillón tan usado que parecía que lo estaba engullendo. Granger –Hermione- tenía razón. Se veía un poco miserable.
—No hay quién te entienda —le dijo paseándose frente a él. Harry ni siquiera levantó la cabeza. Al menos su amiga tenía la decencia de mirar hacia donde era—. Cuando vivías con tus tíos parecía que te había tocado la lotería. Y ahora que puedes comer todo el postre que quieras…
Pero no era por el postre. Nunca lo había sido.
—Ahora que estás con gente que te quiere. Que te quiere de verdad…
Suspiró y se dejó caer a su lado. Como había sospechado, el sofá de los Weasley era tan ridículamente blando que uno, simplemente, no podía evitar hundirse en él. Por más que lo intentara.
—Nuestro sofá es mejor —intentó explicarle en vano.
Arrugó el ceño y se encogió un poco más en sí mismo. Harry parecía tan taciturno, tan encerrado en sí mismo. Podría haberle dicho como se sentía.
Aunque, sinceramente, ¿hubiese servido de algo?
Draco no habría ido a aquella fiesta por nada del mundo.
—Yo no quiero hacer que te sientas miserable —susurró al amparo de que nadie podía escucharlo.
Continuará.
