Capítulo 4: El encanto del bosque.
Camino al siguiente templo, le conté a Chappu lo que nos esperaba. Él nunca había viajado más allá de Besaid, y supe que nuestro destino le encantaría. Lo que más le gustó fue el lago de hielo. Según dijo, patinaría conmigo, a lo que me negué rotundamente.
Una vez más fui yo quien protegió a Ginnem: en la Llanura de los rayos la guie para que estos no la tocasen, y alguna vez la tuve que empujar para que no la diesen. Nunca tuvo mucha agilidad física. Mientras, Chappu nos "protegía por la retaguardia" según él; sabía que en realidad le tenía miedo a los rayos, pero no quise herir su orgullo varonil.
Este fue el camino más largo de todos hacia un templo, y a la vez el mejor. Aquel bosque era maravilloso, incluso mi moguri decidió irse a echar unas carreras, aunque éstas no duraban más de un minuto.
El templo fue un auténtico laberinto, los minutos parecían horas, y a cada paso parecía que nos alejábamos más del final. Pero al fin llegamos a la sala del invocador y Ginnem pudo hacer su trabajo. Salió cansada y con perlas de sudor que cubrían su rostro. Esta vez no salió sola: una forma femenina con la piel azul la llevaba en brazos. La invocadora se puso de pie y presentó a su nuevo eon, Shiva.
El único inconveniente de esta parte de nuestro viaje fue que tuvimos que buscarnos otro barco, pues el dueño se encontraba en Macalania y nos pidió "amablemente" que se lo devolviésemos. Aunque no nos costó demasiado, Ginnem era la próxima en traer la calma a Spira, ¿quién podría negarse a dejarnos prestado su transporte?
Encontramos un barco más grande, pero era de mercancías, así que fuimos entre cajas con un fuerte olor a pescado. A pesar de todo, llegamos a Bevelle entre marineros malolientes; pero Ginnem no hizo el templo. Aún no. Sabía que esa prueba conllevaría un gran esfuerzo, el nuevo eon era fortísimo.
Pasamos allí al menos dos semanas, no estoy segura, pero sí sé que pasaron muy lentas, a pesar de ser la capital de Spira. No me gustaba toda la gente que había a pesar de que algunos eran amables, tampoco el hecho de que el templo utilizase máquinas. Sin embargo, a Chappu y a Ginnem esto no les pareció mal, de hecho creo que fue el lugar que más les gustó.
Una noche hicieron una hoguera en el ágora, donde mis amigos no pararon de bailar y reír. A mí no me gustó, me sentía incómoda, y mi mogu también.
