Hola y bienvenidos a mi primer fic de The Legend of Zelda... (bueno, segundo, pero esta vez no es crossover xdd)
He decidido arrojarme al tanque de tiburones porque esta idea ha estado molestando en mi mente por mucho tiempo. Y creo que después de meditarlo mucho, pero mucho, me he dignado a subirlo.
Espero que disfruten de la lectura. Si quieren dejen sus reviews, criticando, sugiriendo, felicitando o lo que se les ocurra.
Es un fic en proceso, entonces no me centraré en las parejas por ahora. Además está ambientado en Twilight Princess (único juego que me he dado vuelta ._. pero que adoro porque me ha introducido en el mundo de TLoZ ^^)
Abrazos Psicológicos :'D
Capítulo 1:
Era pasado mediodía, los granjeros se ocupaban de sus huertas y rebaños. Los cultivos crecían fértiles y los riachuelos que cruzaban a través de la tierra, se hacían paso a través de las rocas para llegar a un pequeño lago, y así refrescar y satisfacer a la pequeña aldea de los alrededores.
En pocas palabras, era un típico día de verano para la villa Ordon.
Yo me encontraba lejos de la villa, más bien en los bosques, por así decirlo, en la cima de un árbol junto con mi mejor amiga Bea. Debajo de nosotras, un par de chicos jugaban con sus espadas y escudos de madera, imaginando que peleaban en la batalla más grande que alguna vez pudo haber ocurrido en el reino.
-¡Yo protegeré a la princesa de las fuerzas del mal!
-¡No si conquisto todo el reino de Hyrule primero!
A veces no sé de dónde sacan esas ideas, pero creo que se les subió a la cabeza la leyenda del Héroe del tiempo que se cuenta en todo el reino…
Éramos un grupo muy feliz a esa hora del día. En especial yo, Ariadna, la más pequeña, de estatura y de edad con ocho años. Ese día traía lo típico que usaba, un vestido con mangas largas color crema muy cómodo, con detalles simples en colores pasteles y un pedazo de tela color cappuccino se enrollaba en mi pequeña cintura. Mi tez era blanca y mi cabello, era de un castaño claro medio rubio, me llegaba hasta la cintura. Además de estar suelto, tenía una media trenza que me sujetaba unas mechas rebeldes de la frente. Mis ojos eran celestes como el cielo despejado en los días de verano y los zafiros más preciosos que alguien pudiese encontrar, según mi hermano mayor, pero creo que más adelante les hablaré de él.
Miré la honda que traía sujeta en mi mano, luego al par de "caballeros" que peleaban bajo el árbol. Bea, quien estaba a mi lado, me miró extrañada, pero se dio cuenta de la maliciosa sonrisa que se dibujó en mi rostro, y también sonrió. Me entregó un par de trufas que traía en su pequeño bolso y aguantó una repentina risa tapándose la boca. Levanté la honda y estiré del elástico hasta su punto máximo, apuntando al par de muchachos, pero especialmente al castaño que sólo traía la espada.
Mis dedos se movían un poco para acomodar las municiones, comencé a respirar lento para no desconcentrarme.
Preparé muy bien mi movimiento, mi objetivo seguía peleando contra su otro amigo, sin siquiera prestarme atención. Ese fue el momento para atacar…
Pum! Pum!
-Ah!- exclamó presionando la zona en la cual recibió unos fuertes golpes. Yo estallé inmediatamente de la risa junto con Bea. Tuve que agarrarme del estómago porque me había comenzado a doler.
-Grr… ¡ARIADNA! ¿QUÉ CREES QUE HACES?- escuché gritar a mi amigo que aún se frotaba el chichón que le había dejado en la cabeza. Me sequé las lágrimas que habían comenzado a salir luego de aquella escena y descendí del árbol con mi amiga pisándome los talones.
Me detuve en frente de mi amigo castaño y me reí entre dientes al ver que tenía una vena hinchada en la frente y un tic en su ojo izquierdo. Este amigo mío se llamaba Talo, él era mayor que yo por dos años, es decir que tenía diez y era el líder de nuestro grupo. Talo tenía el cabello castaño oscuro con una cinta roja alrededor de la cabeza, y sus ojos eran de color verde oscuro. El otro caballero era el hermano de Talo, Lalo. Un pequeño de cinco años. Está bien, no soy la más pequeña, pero Lalo es muy maduro para su edad. Si no me creen, vayan a la villa Ordon y visiten una tienda llamada Lalomercado . Sí, Lalo es el dueño de la tienda…
Pero volviendo con mi impresionante broma…
-Sólo quería molestarte Talo, no es para tanto- le dije sonriente.
-¡Me pudiste haber matado con esas cosas!- Talo me gritó mientras apuntaba el par de trufas que estaban en el suelo.
-Para tu información, Talo… esas cosas son las trufas que cultivé en mi jardín- Bea habló molesta a nuestro amigo. Ella tenía doce años, su cabello era corto y del mismo color que el de Talo, sus ojos eran de un color azul marino y siempre se peleaba con él.
-¿Y acaso me importa?- el castaño le respondió desinteresadamente. Esto hizo que mi amiga comenzara a hervir de rabia, pero Iván, nuestro otro amigo la hiso calmarse.
-No te preocupes Bea, Talo no sabe lo que dice- Iván tenía la misma edad que Bea, pero era algo más tímido y relajado y más alto que todos nosotros. Su cabello era rubio amarillo y sus ojos azul marino. Era muy delgado, por lo que la mayoría le creían un debilucho, pero nosotros no, creemos que muy pronto Iván llegará a ser todo un héroe.
Bea lo miró con relajo y le sonrió. Ambos tenían una extraña relación muy amistosa, tanto así que de la nada se produjo un incómodo silencio en el ambiente.
-Gracias Iván por arruinar mi diversión- Talo dijo sarcástico, haciendo regresar al rubio a la realidad. Bea lo miró sonrojada y luego se volteó a verme. Yo solo le sonreí pícaramente.
Durante la tarde la pasamos jugando y divirtiéndonos. Eso no quería decir que Talo y Bea tuvieran sus roces y comenzaran a pelear, pero aun así, la pasamos genial.
Estaba tan metida en mis juegos que no me había dado cuenta de que había comenzado a oscurecerse.
-Oh oooh…
-¿Qué pasa Ariadna?- Bea me preguntó con la boca llena de manzanas.
-Está oscureciendo, será mejor que regrese a casa- dije mientras me ponía de pie. Me despedí de los chicos y salí corriendo de uno de los pequeños puentes de la villa directo hacia mi casa.
Ésta se encontraba en las afueras de Ordon, construida sobre un árbol. Antes de subir por la escalera para poder entrar, me volteé a ver a nuestra yegua marrón rojizo en el pequeño espacio que mi hermano le tenía para que descansara cerca. Me acerqué para acariciarle las largas crines de color beige, pero luego algo pasó por mi mente y recordé algo, si Epona se encontraba allí, eso quería decir que mi hermano ya había llegado de su trabajo en el rancho. Miré nerviosa la ventana principal y tras ella, pude ver que las luces estaban encendidas y una sombra se movía al interior de la casa.
Subí lentamente los escalones hasta que llegué al frente de la puerta. Tras ella pude escuchar los pasos de mi hermano caminando de aquí para allá, el sonido de los platos siendo servidos, y además de oler el delicioso aroma de comida recién hecha. Mi mano se posó suavemente en el pomo de la puerta, la giré y la abrí lentamente, dejando escapar un fuerte chirrido que llegaría a despertar incluso a los muertos. Mantuve mis ojos cerrados para no encontrarme con ya saben quién, y al abrir por completo la puerta, comencé a abrir mis párpados lentamente uno por uno, y para mi mala suerte, allí estaba él. Mi hermano, un muchacho de unos dieciocho años de edad, de cabello rubio y despeinado, de ojos tan azules como los míos y de brazos cruzados, con una mirada severa en su rostro frunciendo el ceño.
-¿Dónde estabas?- su voz sonó firme. Sonreí nerviosamente y comencé a rascarme la nuca, ahora sí que estaría en serios problemas.
-Yo… eh… estaba jugando y se me pasó la hora…- dije mientras jugaba con mis dedos. Él sólo suspiró resignado y me miró cariñosamente, a veces creo que es bipolar por sus repentinos cambios de actitud, luego se agachó a mi altura y me abrazó.
-Me tenías preocupado.
-Link, tú siempre te preocupas- Me reí mientras le regresaba el abrazo. Link se tomaba en serio su papel como hermano mayor, a veces era muy sobreprotector conmigo, pero nunca me importó. Le solté del abrazo y le dije burlona –ya pareces un ancianito preocupándote mucho por mí.
-Bueno, ese es mi deber como hermano mayor- dijo dedicándome otra de sus famosas sonrisas –y no soy tan viejo…
-Para mí sí lo eres- me reí de mi propio chiste y Link se me unió, luego un gruñido proveniente de mi estómago nos interrumpió.
-Suerte que llegas a la hora de cenar- asentí ante su comentario y nos dirigimos a la mesa para poder comer, había estado toda la tarde sin probar ni un solo bocadillo.
-¿Hiciste estofado de calabaza con rábanos?- dije mirando extrañada el plato que se me había puesto al frente.
-Sí, Ilia me enseñó cómo hacerlo hoy en la tarde.
-Ah… - volví a mirar el plato. Sabía que Link era bueno en la cocina, siempre me han gustado los platos que prepara para el almuerzo y la cena, pero el sólo hecho de que Ilia le haya enseñado a preparar el estofado, me había quitado el apetito.
Metí una y otra vez la cuchara en el plato, dejando caer los pedazos de comida como una cascada, como si al hacer eso me volvería el hambre que tenía. Pero Link no lo vio como algo bueno.
-¿No piensas comer? A ti te gusta la comida que hago.- me dijo levantado una de sus cejas.
-Sí, pero no cuando te lo enseña Ilia…- le respondí cortante.
Link rodó sus ojos y puso su mano sobre su frente. -Ari… ¿por qué la odias tanto?- dijo volviendo a levantar la ceja. Lo miré un poco avergonzada, no sabía qué decirle sobre mi odio hacia Ilia. Comencé a jugar con un mechón de mi cabello y fijé la vista de mis ojos en los pedazos de rábanos que flotaban en la sopa.
-No la odio…- hablé en un hilito de voz tan agudo como si fuese un pito –es sólo que me molesta porque… ella tiene las orejas pequeñas…- mentí.
Link se sorprendió con lo que dije, porque se quedó estupefacto por unos segundos, pero luego estalló en carcajadas. Se rió tan fuerte que hasta las gallinas de nuestro gallinero comenzaron a cacarear junto con el gallo, uniéndose los perros de los vecinos y el relincho de Epona. Se rió tan fuerte, que al estar balanceándose en la silla, perdió el equilibrio y se calló de espaldas. Yo me quedé sentada en mi lugar hasta que Link se reincorporó en la mesa un poco más calmado.
Se limpió las lágrimas de los ojos y me miró con simpatía. Me tomó la mano y me hizo verle a los ojos.
-Deja de preocuparte por la apariencia física Ari, al final, todos somos iguales. Además, todos tus amigos también son humanos, y tú no los odias.- dijo cariñosamente acariciando mi mejilla. Yo solo le sonreí torpemente y con las mejillas sonrojadas de la vergüenza.
