Capitulo II: Un pequeño cambio.

-¡¿Qué sucede?!- preguntó Emma con desesperación unos pasos antes de llegar a la habitación. Sus ojos se desviaron directamente hacia Regina, que seguía en su cama, con los ojos cerrados, y el mismo aspecto ausente de hace semanas. La rubia no pudo evitar aliviarse y, al mismo tiempo, decepcionarse. Todo seguía igual.

-No es nada Emma, tranquila- intervino Mary Margaret acercándose a ella, aunque manteniendo cierta distancia. Sabía que su hija aún estaba a la defensiva. –El Dr. Whale ha venido a hacer el chequeo diario…- hizo una pausa, sin saber si los resultados eran buenos o malos; Emma ya sabía la respuesta. –Nada ha cambiado- dijo finalmente Mary Margaret con una expresión apenada y cansada en el rostro, que la envejecía unos cuantos años. Pero la expresión de Emma se endureció al ver al Dr. Whale aparecer por detrás de Mary Margaret.

-¿Por qué no me ha esperado?- exigió saber.

-Emma…- comenzó el Dr. Whale con paciencia.

-Creí que habíamos acordado que me avisaría cada día cuando viniera a chequearla- lo interrumpió, ignorando el hecho de que hasta entonces aquel acuerdo se había mantenido en secreto a oídos de quienes estaban presentes en ese momento. –Entonces… ¿por qué no me ha esperado?- preguntó nuevamente con un tono brusco. No era algo realmente muy difícil. Simplemente llamarla y avisarle a qué hora pasaría por la mansión. Le irritaba que el hombre hubiera aparecido sin dar aviso, y que ni siquiera la esperara.

-Emma, cariño, el Dr. Whale me ha avisado a mi esta mañana que vend…-

-¿Y por qué demonios no me lo has dicho?-. En lugar de calmar las cosas, Mary Margaret solo consiguió enfurecer más a su hija.

-Bueno, no creí que fuera tan importante… quiero decir, no se necesita de la presencia de toda la familia para…-

-¡Pues claro que es importante!-. A Emma le llameaban los ojos, estaba fuera de sus casillas y no le importaba que las personas allí presentes la miraran extrañadas. ¿Tan raro era que a ella le pareciera importante…?¿que a ella le importara?.

-Creo que lo mejor es que nos retiremos y dejemos a Regina descansar- sugirió el Dr. Whale lanzando una mirada significativa a David, quien con un "andando" se retiró de la habitación con Mary Margaret. Emma no se movió de su lugar, ¿por qué habría de hacerlo?. -Emma, debes saber que Regina ya no se encuentra en una situación crítica- comenzó a explicar con una voz tranquila aunque seria.

-¿Qué quiere decir? ¿Ya sabe que le sucede? ¿Ya sabe cómo solucionar lo que le sucede?-.

-Quiero decir que… Regina lleva demasiado tiempo dormida- el Dr. Whale hizo una pausa, mirando a Emma fija e intensamente. –Probablemente no despierte nunca, jamás-.


Una nueva sensación despertó a Regina. Bueno, si a eso se le podía llamar despertar. Ni siquiera sabía en qué momento se había dormido; lo único que sabía era que seguía encerrada allí, en ese enorme agujero negro, sin poder hablar, y con la noción del tiempo totalmente perdida. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Quien sabía. Ella no.

Su cabello, o más bien un mechón de su cabello. Alguien lo había corrido de lugar, haciéndole cosquillas en el rostro. Regina se sintió extraña porque, en realidad, no había nadie allí con ella. De pronto, su vista se volvió borrosa, para dejar atrás aquella horrible oscuridad y dar lugar a una visión que a Regina le detuvo el corazón.

Henry.

Regina quiso moverse. Hablarle, abrazarlo, hacerle saber que estaba bien. Que estaba allí, con él. Intento mover los labios. Nada. Intento mover la cabeza. Nada. Los pies. Nada. Las manos. Nada. Era frustrante ver como tenía a su hijo tan cerca y, a la vez, tan lejos. Regina nunca se había sentido tan impotente en toda su vida. Se sacudió con brusquedad, sin mucho éxito; y por si fuera poco, la visión desapareció.

-¡No!- gritó. ¿Gritó? Regina se llevó ambas manos a la garganta, el mismo gesto que había hecho al perder la voz. -Henry- se oyó decir en voz alta con gran satisfacción. Su voz había vuelto. ¿Eso significaba que podría comunicarse con su familia? ¿Con su hijo? ¿Con Emma?... ¿"Con Emma"? ¿Por qué le importaba si podía o no comunicarse con Emma? Sacudió la cabeza, restándole importancia. Ahora podía hablar, y debía intentar comunicarse con quien fuere.


-¿Qué haces aquí, chico?- dijo finalmente Emma haciéndose notar. Llevaba varios minutos parada en la puerta, observando como Henry acariciaba a su madre y la mirada en silencio. No quería interrumpirlo, y por otra parte se había quedado totalmente absorta con la imagen. El niño en verdad quería a Regina, así como ella lo quería a él. Lo que le hacía a Emma sentir más culpa.

-Yo solo… quería pasar un poco de tiempo con ella- respondió el niño sin despegar la mirada del rostro de su madre adoptiva. La pausa duró varios minutos, hasta que finalmente Henry se volvió hacia su otra madre. -Dime la verdad, ¿ella despertará?- preguntó intentando sonar firme, pero su voz se quebró en la última palabra. Emma se acercó a él y lo abrazó. No sabía que decirle.

-Sí- respondió la rubia con seguridad –Te lo prometo-. Abrazó a su hijo por un tiempo indeterminado, intentando trasmitirle la fortaleza que conservaba y que poco a poco se desquebrajaba. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué su madre tal vez –probablemente- jamás despertaría? No, no podía decírselo. No aun. Ella creía que todavía había una oportunidad, todavía había esperanza. Solo tenía que encontrar la manera.

Un nuevo día llegó finalmente a su fin. Después de acostar a Henry, Emma se dirigió a la habitación de Regina. Aunque aún vivía con Mary Margaret, las últimas semanas casi no había pisado otra casa que no fuera la mansión. Y como Henry quería estar cerca de sus madres, hacía ya unas noches que dormía en su antigua habitación. Emma nunca dormía.

Se sentó en su habitual silla, junto a la cama, y se quedó allí, inmóvil. En realidad, no sabía que esperar. Simplemente quería que todo acabase de una vez. Apoyó su mano sobre la de Regina, siendo consciente por primera vez de lo que la morena significaba para ella. En realidad, se había dado cuenta aquella madrugada, cuando el Dr. Whale le dijo que Regina podría no despertar jamás. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no podría; no podría soportar el hecho de perderla. Después de todo por lo que habían pasado, finalmente se estaban llevando bien. Finalmente estaban siendo una familia. Eran felices. Ella era feliz. Pero si Regina moría…

Emma no quiso pensar en eso, pero una lágrima cayó inevitablemente por su mejilla. Entrelazo sus dedos con los de la mano de Regina y cerró los ojos. Segundos, minutos, horas. El tiempo pasó y, como siempre, nada cambió. Entonces, Emma abrió los ojos sorprendida. Sus hinchados ojos se fijaron en la mano que sostenía la de la morena. ¿Realidad o sueño? ¿Estaba tan esperanzada y desesperada que se había tratado solo de una ilusión? ¿O Regina verdaderamente le había apretado la mano?.