Gracias a todos los que siguen mi historia, y perdonen por la tardanza, últimamente estoy muy ocupada D:
Capitulo III: La esperanza prevalece.
-¡Me apretó la mano!-. Emma irrumpió en la habitación de Mary Margaret con tal desesperación que los que estaban allí la miraron alarmados.
-¿Qué?- pregunto David confundido.
-¡Regina!¡Me apretó la mano!- repitió la rubia con exasperación. Estaba emocionada, pero por alguna razón no quería permitirse sonreír por lo sucedido. Sabía que había sido real, estaba segura. Pero si se basaba en sus experiencias y decepciones, un apretón de mano podía significar lo mismo que nada, aunque no quería perder la poca esperanza que le quedaba.
-¿Estas segura?- Mary Margaret la miró extrañada, pero con el mismo brillo de esperanza de su hija reflejado en su rostro.
-Si- respondió Emma algo impaciente.
-En ese caso, vayamos en busca del Dr. Whale- sugirió David sin más rodeos.
Una hora más tarde, el Dr. Whale, junto con Emma, Mary Margaret y David, estaban en la habitación de Regina. La morena seguía tan dormida como siempre, sin hacer un solo movimiento más que el de su lenta respiración. Después de varios minutos, el Dr. Whale soltó un profundo suspiro y se volvió hacia los Charming.
-No hay cambios-.
-¿Qué?- Emma lo miró nuevamente con aquella furia en sus ojos. –Eso es imposible. Estoy segura de lo que sentí…-.
-¿Pero lo viste?- la interrumpió el Dr. Whale.
-¿Qué si lo vi?- repitió Emma, vacilando. –Pues, no. Tenía los ojos cerrados, pero soy perfectamente capaz de sentir cuando alguien me apreta la mano- intentó defenderse con un tono brusco. Pero las dudas comenzaron a surgir dentro de ella, ¿y si en realidad solo había sido su imaginación? ¿El inmenso deseo que de Regina reaccionara le había hecho creer que de verdad lo hacía?. Emma sintió tres pares de ojos fijos en ella, como a la espera de que dijera alguna otra locura, o que se diera cuenta de que lo que decía no tenía sentido. Pero no, ellos eran los equivocados.
-Creo que es hora de que busque la ayuda de alguien más- dijo finalmente mirando con dureza al Dr. Whale, que la observaba apenado. Emma no miro a sus padres, que de seguro intentarían retenerla. No quería su lástima, su compasión. Dejó la mansión tan deprisa como la última vez, alejándose de aquella situación tan incómoda.
-Necesito tu ayuda-. Emma cerró de un portazo, haciendo caer la pequeña campanilla que colgaba de la puerta.
-Srta. Swan, que agradable sorpresa- saludo Gold con ironía.
-Regina. Ella ha…- Emma se detuvo, intentando buscar las palabras para explicar lo que había sucedido.
-Lo que sea que haya pasado con Regina, no puedo serle de ayuda- quiso concluir Gold.
-¿No puedes o no quieres?- pregunto Emma, molesta.
-Como ya le explique, Srta. Swan, ese hechizo es totalmente desconocido para mí. Por lo tanto, no puedo ayudarla-.
-Tienes un montón de cosas aquí, algo debe de servir- insistió la rubia.
Gold soltó una carcajada. –Este no es un laboratorio en el que se pueden hacer experimentos. Si, tiene razón, tal vez algo de aquí podría ayudar a Regina…- la mirada de Emma se iluminó –Así como también podría matarla-.
Emma endureció el semblante, pensando en ciertas cosas que podría decir pero que no ayudarían en nada. El hombre decía la verdad, aunque aquello no suponía un consuelo para ella.
-Sin embargo…- continuó Gold –Tal vez otro tipo de magia podría ayudarla-.
-Ya he hablado con el Hada Madrina, pero su magia tampoco sirve- dijo Emma con pesimismo.
-No me refería al Hada Madrina-. Emma miro confundida a Gold, confundida y curiosa. –Usted, Srta. Swan, usted es la clave-.
-¿Yo?-. Aquella no era la respuesta que esperaba, y el razonamiento de Gold no parecía tener mucho sentido. –No sé nada sobre cómo utilizar la magia, ¿Cómo podría ser más útil que tú?-.
-No se trata de la magia. Se trata de lo que genera la magia, lo que la impulsa-. Y con esto dicho, Gold se retiró al fondo de su tienda, dejando a Emma más confundida que nunca, y con las palabras en la boca.
Camino de vuelta a casa, Emma intentaba razonar. ¿Lo que la impulsa? Una vez Gold le había indicado que hacer para que su magia funcionara. Dejarse llevar por sus emociones, y concentrarse en ellas, en lo que uno siente por las personas a las que quiere proteger. ¿Qué es lo que Gold creía que Emma sentía hacia Regina? ¿Por qué ella era la única capaz de salvarla? Tal vez ese era el problema, que Emma no sabía lo que realmente sentía.
Frustrada por volver a la mansión con las manos vacías, Emma se dirigió directamente hacia la habitación de Regina. Una vez sentada frente a la cama, apoyo una de sus manos en la frente de la morena y cerró los ojos.
-Despierta- susurró. Después de varios minutos, nada sucedió. –Quiero que despiertes-. La paciencia de la rubia se desvanecía con cada segundo que pasaba; su rabia se convirtió en lágrimas que le inundaron los ojos. –Lo ansío con todo mi ser- concluyó entre sollozos, acariciando una de las mejillas de Regina.
Entonces, algo sucedió. Emma la vio, realmente la vio. Estaba envuelta en sombras, recostada en lo que parecía la nada misma. Pero era ella. Era Regina. Y estaba despierta.
-¡Regina!- la llamó la rubia con un nudo en la garganta.
La mujer tardó unos minutos, pero finalmente se movió, volviéndose lentamente hacia Emma. La miro confundida por unos segundos, hasta que finalmente la reconoció, y su mirada se iluminó.
-¿Emma?- una enorme sonrisa surco sus labios sin que pudiera evitarlo. La morena se levantó con dificultad, porque de pronto comenzó a dolerle una pierna.
-¡Regina!- repitió Emma con enorme alegría mientras corría hacia ella. Pero nunca llegó. En lugar de eso, Emma abrió los ojos. Y allí estaba. En la mansión. Sentada en una silla frente a la cama de Regina. La morena tan dormida como siempre.
