Graciaaaas a todoooos mis amoressss 3 Acá les traigo un capitulo un poco más largo, y espero poder hacer los siguientes así :B Las cosas comienzan a ponerse un poco más interesantes, vamos a ver que pasa después :B
Capitulo IV: Falsas esperanzas.
-¿Mamá?-.
Henry ya llevaba varios minutos sacudiendo suavemente el brazo de su madre hasta que ésta finalmente despertó. No era nada nuevo, en realidad. El muchacho despertaba a su madre casi todas las mañanas desde hacía semanas, si es que la rubia dormía algo. Encontrarla dormida en una posición totalmente incomoda sobre la silla no era ninguna sorpresa, aunque esta vez Henry la encontró descansando con la cabeza apoyada sobre la mano de su otra madre.
-¿Eh?¿Qué sucede?- preguntó Emma somnolienta, con los ojos apenas abiertos.
-Tengo que ir a la escuela, ¿recuerdas?- le recordó Henry, resignado. En el pasado, era Emma la que tenía que recordarle –y obligarle- a Henry a ir a la escuela, pero uno de los grandes cambios en sus vidas era que ahora Emma olvidaba prácticamente todo lo que no tuviera que ver con Regina y su situación.
-Ah, cierto- respondió la rubia no muy preocupada, aunque se levantó con rapidez. –Andando-.
-Mm… ¿Mamá?-.
Emma lanzo a su hijo una mirada llena de impaciencia, pero este respondió mirándola de pies a cabeza. Algo confundida, Emma se miró a sí misma. ¿En qué momento de la noche se había puesto el pijama?
-¿Te enojarías demasiado si saliera vestida así?- sabía cuál era la respuesta, pero debía intentarlo.
-No te hablaría por semanas- respondió Henry con una sonrisa llena de satisfacción, porque en aquella negociación él se llevaría la victoria. Le dio un beso en la frente a Regina y salió de la habitación para que su madre pudiera cambiarse, aunque ésta ni recordaba donde había dejado su ropa.
Una vez listos, madre e hijo salieron a la calle camino a la escuela. El escarabajo de Emma estaba averiado, y como de todas formas nadie lo usaba, llevaba varios días estacionado frente a la mansión. Los cálidos rayos de sol sobre el rostro le recordaron a Emma lo poco que salía al exterior últimamente; a decir verdad, extrañaba el aire fresco y el sonido de los pájaros. Pero podía vivir sin esas cosas, Regina era más importante.
-Entonces, ¿vas a decirme qué te pasa?- dijo de pronto Henry volviéndose hacia su madre. Todavía estaban a unas cuadras de la escuela y ambos se habían mantenido en silencio hasta el momento.
-¿Qué?- exclamó Emma confundida –No me pasa nada-.
-Mientes- afirmó Henry –Estas ocultándome algo, a todos. Puedo sentirlo…-. El niño hizo una pausa y apartó la mirada de su madre, quien se mordió el labio. Tenía razón, si le estaba ocultando algo. El último suceso con Regina se lo había guardado exclusivamente para ella. Ni siquiera sabía si había sido real, lo que solo le decía que los demás la tomarían por desesperada, al igual que había pasado con el apretón de mano. Pero Henry… sabía que Henry no la tomaría por loca. Y ese era el problema. Emma no quería darle falsas –o más bien apresuradas- esperanzas a su hijo. Temía lastimarlo.
-En serio, chico, no pasa nada- repitió Emma quitándole importancia.
-De acuerdo, si no quieres decírmelo…- Henry se encogió de hombros, muy seguro de que a su madre si le pasaba algo. –Pero he visto como duermes. Quiero decir, antes no podías dormir, y si lo hacías tenías pesadillas, hablabas en sueños. Pero ahora duermes tan profundamente como un tronco-.
Emma separó los labios, pero los volvió a cerrar a medida que su hijo hablaba. Era muy consciente de sus pesadillas, aquellas horribles noches en las que soñaba que Regina despertaba sin memoria, o en las que simplemente moría; pero nunca se había dado cuenta de que hablaba en sueños. ¿Qué diría? Algo en su interior le dijo que lo mejor sería no preguntar, después de todo, si se debía a una pesadilla, de seguro no decía nada bueno.
-¿Tiene algo que ver con mamá?- preguntó entonces el chico, volviéndose nuevamente hacia su madre. Ya estaban frente a la escuela, pero Henry no se daría por vencido tan fácilmente.
-No- mintió Emma en tono cortante. En realidad, sus sueños se habían vuelto más profundos en el desesperado intento de volver a soñar con Regina. Porque Emma estaba convencida de que aquello había sido más que un sueño, y encontraría la forma de volver a verla costase lo que costase.
-Pero si lo tuviera, me lo dirías ¿verdad?- insistió Henry.
-Si, por supuesto- Emma tuvo que hacer un enorme esfuerzo por mantener una expresión indiferente. Odiaba tener que mentirle a su hijo, pero era para protegerlo, y de todas formas Henry no podría ayudar de ninguna manera, ¿qué bien hacía, entonces, decirle lo sucedido? Además, si quisiera decírselo… ¿qué le diría?. "Oye Henry, he visto a Regina despierta. Ella estaba rodeada de una densa oscuridad y parecía perdida. Grite su nombre y comencé a correr hacia ella… oh, pero, cierto, todo era solo un sueño.". No, Emma no podía decirle eso, ni nada parecido.
Aunque Emma se mostraba algo cerrada, Henry le creyó ciegamente; y dado por satisfecho, se dio la vuelta y corrió hacia la escuela, porque ya llegaba con retraso. Emma lo observó hasta que se perdió de vista, para después darse la vuelta y caminar hacia la mansión. Pero cuando estaba a media cuadra, cambió de dirección. Una nueva idea cruzó su mente como un rayo y la hizo correr hasta las minas.
Tardó un buen rato, debido a que fue a pie y el lugar quedaba a bastante distancia, pero una vez allí se tomó unos minutos para recuperar el aliento. El lugar se veía muy abandonado, aunque todas las minas tienen más o menos ese aspecto. Los enanos habían dejado de buscar polvo de hadas desde que todos volvieron de Nunca Jamás y decidieron que se quedarían en este mundo; así que las rocas y paredes, en un pasado brillosas, ahora estaban llenas de tierra y polvo. Pero Emma no había ido allí para contemplar la vista. A decir verdad, no estaba segura del porqué de haber ido allí. Una corazonada le decía que aún había magia allí, magia poderosa. Restos de esa magia que en un pasado habían creado ella y Regina, al intentar salvar al pueblo, y sus propias vidas.
Emma comenzó a caminar a lo largo de las minas, que a cada paso se volvían más oscuras. Tocó las paredes, concentrándose en alguna sensación distinta que pudiera llegar a sentir. En efecto, una extraña vibración le recorría todo el cuerpo. La ansiedad creció junto a los latidos de su corazón. Cerró los ojos con fuerza, y se dejó llevar.
Pensó en Regina, y en cómo se había sentido aquel día al hacer magia con ella. O más bien como se había sentido al creer que ella moriría. Y después que todos morirían. Pero juntas pudieron salvar el pueblo entero. Aquel día, en ese momento, una conexión mucho más fuerte de lo que ellas creían se formó. No era simplemente la magia que Regina había aprendido de joven, o la que Emma llevaba en sus venas. Era una magia distinta y única. Una magia que provenía de ellas. De lo que sentían.
Entonces, Emma lo entendió.
Esta vez, Regina fue la que hizo una aparición, y se alejó por unos momentos de esa asquerosa oscuridad, para reemplazarla por una muy distinta. Lo que había a su alrededor era tierra y piedra, polvo. Y frente a ella, una mujer que ignoraba su presencia.
-Emma- la llamó con una media sonrisa.
La rubia abrió los ojos sorprendida, ya que reconoció la voz de Regina al instante. Al verla, dio varios pasos en su dirección pero se detuvo antes de chocar con ella.
-Regina- dijo con una sonrisa de oreja a oreja, sin poder creérselo. –Realmente estas aquí- no era una pregunta, la rubia se negaba a dudar que aquello fuera real.
-Eso creo- respondió Regina con el ceño fruncido. Ella no estaba tan segura de que aquello fuera real, o al menos de que ella estuviera realmente allí. -¿Qué me sucedió?- preguntó mirando fijamente los ojos de Emma, que brillaban de emoción.
-Pan- se limitó a decir Emma.
-¿Qué pasó con él?-.
-Gold logró destruirlo-. Emma apretó los dientes con frustración, su semblante se endureció notablemente.
-¿Qué sucede?- Regina la miro preocupada. Una de sus manos se movió levemente hacía la de Emma, en un amago de tomarla, pero la morena se detuvo en el último segundo.
-Fue demasiado tarde- la rubia tuvo que contener las lágrimas. –No pude salvarte a tiempo-.
Silencio. Ambas mujeres se miraron con intensidad, viendo en los ojos de la otra una desgracia distinta.
-No puedes culparte por lo sucedido. Fue un accidente…- comenzó Regina en tono apenado, sacudiendo la cabeza.
-¡Pero podría haber hecho algo al respecto!- estalló Emma mientras una lágrima caía por su mejilla. –Podría haberte salvado. Y de haberlo hecho…- la rubia soltó un profundo suspiro lleno de exasperación mientras se llevaba ambas manos a la cabeza, con deseos de arrancase los cabellos.
-¿Emma Swan va a rendirse?- dijo entonces Regina en tono alentador. –Si es así, entonces no eres la misma de antes- esta vez, su tono se volvió más serio.
-No lo soy- respondió Emma dejando caer sus manos al costado de su cuerpo. –Pero no voy a rendirme- aseguró.
-Bien. Entonces aún hay esperanza.- Regina le dedicó una triste sonrisa, porque al intentar tomar la mano de Emma, sus sospechas se confirmaron. No estaba realmente allí. No era más que un fantasma; sin poder oler, ni sentir nada. El contacto de su mano no provocó reacción alguna en la rubia, porque ésta no llegó a sentirla antes de que Regina la retirara.
-¿Tu estas…? ¿Cómo te encuentras?- preguntó de pronto Emma, luego de una larga vacilación.
-Estoy bien- respondió Regina con el mismo tono indiferente que había usado Emma esa mañana al mentirle a Henry. Emma lo notó, pero decidió no insistir. -¿Cómo está Henry?-.
-Él… está preocupado por ti. Todos lo estamos- Emma hizo una pausa –Yo lo estoy-.
Silencio otra vez. Tanto Emma como Regina tienen la misma preocupación, y ninguna tiene una respuesta o solución. ¿Y si Regina jamás despertara? ¿Cuánto tiempo más resistiría su cuerpo? ¿Cuánto tiempo más tendría que soportar en ese enorme y oscuro vacío?
-No voy a rendirme- repitió entonces Emma, rompiendo el silencio. –Lucharé por ti, y volverás-.
-Volveré- afirmó Regina con un leve asentimiento. –Lo prometo-.
Entonces, Emma dio un paso más hacia la morena, quedando sus rostros a escasos centímetros de distancia. Parecían hipnotizadas por la mirada de la otra, como si no pudieran moverse. La realidad era, que ninguna quería moverse. Respiraban con lentitud, aunque cierta ansiedad se ocultaba detrás, en sus corazones. Pasados unos segundos –que se hicieron eternos para ambas- Regina quiso acortar la poca distancia que quedaba entre sus labios. Emma cerró los ojos, saboreando por adelantado lo que nunca llegó a probar.
Un fuerte dolor atacó la pierna de Regina, quien cayó al suelo soltando un gemido de dolor. Cerró los ojos con fuerza, como si aquello le ayudara a absorber más la horrible sensación. Le extraño que Emma no acudiera en su ayuda, y entonces recordó que el contacto físico no funcionaba entre ellas. Abrió los ojos y levantó la mirada en busca de aquellos ojos verdes.
-¡No!- gritó Regina con rabia.
Aquellos ojos no estaban allí. Tampoco aquella melena rubia. Ni esa chaqueta roja. La tierra. Las rocas. El polvo. Todo estaba negro. Negro como la oscuridad. Como el vacío. Como la nada misma.
