Les pido mil disculpas de corazón, se que soy un desastre cuando se trata de actualizar. Siendo sincera, había perdido total inspiración -y a decir verdad este capitulo lo escribí medio por auto-obligación-. Pero me puse a pensar seriamente en el curso que quiero que tome esta historia, y algunas ideas vinieron a mi mente. Tengo planeado comenzar a hacer capítulos más largos, para poder acortar la historia, porque prefiero hacerla más corta y finalizarla a intentar alargarla y terminar abandonándola. En fin, quiero dar gracias especiales a LthienTar, paola-enigma, Nomit, Melissa Swan, , trouble paradise, souumlemure, EvilRegals-Ameh y silviasi22 por los reviews y por seguir mi historia a pesar de mi poco compromiso xD
Capitulo VI: Noemi.
-Bienvenida a casa- Regina le dedicó una sonrisa honesta. Eso nunca había pasado antes.
-Gracias- Emma ya le había sonreído con anterioridad, pero esta vez fue diferente. Estaba llena de gratitud porque finalmente había regresado junto a su hijo, y era gracias a Regina.
-…por invitarme- aclaró Regina con aquella sonrisa nuevamente. Pero había algo en sus ojos que le decían a Emma que eso no era todo. La morena se veía agradecida, si, aunque algo parecía incomodarle. Algo que quería decir.
-Henry quería- respondió Emma después de una pausa. Aunque no lo admitiera, ella también quería invitarla, y le alegraba el hecho de que hubiera ido. Y por más que pusiera el nombre de Henry en lugar del suyo, era ella quien había ido detrás de Regina, y nadie podía negar que era ella la que no quería que la morena se marchara.
Emma despertó en medio del amanecer. Corrió las cortinas de la habitación para que entrara algo de luz natural y paso al baño para lavarse la cara. Evito mirar el espejo, porque sabía que su propio reflejo le asustaría. Aunque nadie se lo dijera, Emma notaba que los demás la miraban preocupados, y sabía que se debía a su deplorable aspecto. A veces se preguntaba cuánto tiempo más podría soportar. Debía hacerlo, por su hijo. Y por Regina.
Se tomó su tiempo antes de salir del baño y comenzar un nuevo día, que sabía sería exactamente igual a los anteriores. Llevaría a Henry a la escuela, regresaría a la mansión, cuidaría de Regina –o, más bien, se quedaría simplemente sentada en la silla junto a la cama-, iría a buscar a Henry, comerían en Granny's, volverían a la mansión, ella le ayudaría a Henry con sus deberes y después… bueno, las tardes solían variar. A veces iban de visita a lo de Mary Margaret, otras a jugar al parque, o a la playa. Pero la mayoría de las veces se pasaban la tarde en la mansión. Emma no era una mujer a la que le gustara la rutina, de hecho la odiaba. Nunca creyó que podría llegar a acostumbrarse; menos, que ella fuera la que eligiera ese tipo de vida. En realidad, ella no lo había elegido. Cuidar de Regina era su deber.
Ya en la cocina, preparándose una taza de café, Emma se sorprendió al oír un golpe en la puerta. ¿Quién demonios podía ser a esas horas tan tempranas? Consciente de que aun llevaba el pijama puesto, y sin que le importara en lo más mínimo, Emma se dirigió hacia la puerta de entrada. Al abrirla, se encontró con una mujer joven, de unos veintitantos, que la miraba con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Si?- dijo la rubia, totalmente desconcertada.
-¿Esta es la casa de Regina Mills?- preguntó la joven con timidez, pero sin perder la sonrisa.
-Si- respondió Emma mirándola con desconfianza. -¿Quién eres tú?-.
-Soy Noemi, Noemi Clark- se presentó la mujer. Aquel nombre no significó nada para Emma, que enarcó una ceja. –Soy la enfermera asignada a Regina Mills- explicó Noemi.
Emma se tensó al instante en que escuchó la palabra enfermera. Días atrás, ella y Mary Margaret habían tenido una discusión debido a que Emma pasaba "demasiado tiempo cuidando de Regina. Lo cual no era su responsabilidad.". A pesar de la testarudez de su hija, Mary Margaret juró que contrataría a una enfermera para que, al menos, ayudara a Emma. La noche anterior, Mary Margaret había llamado para avisarle que la enfermera iría temprano por la mañana. Por supuesto, la rubia lo había olvidado totalmente.
-Ah claro, adelante- dijo Emma luego de unos momentos de vacilación. Se hizo a un lado para que la mujer pasara y después cerró la puerta tras ella.
-Entonces, ¿usted es…?- quiso saber Noemi, volviéndose hacia ella después de haber echado un rápido vistazo a la entrada de la mansión.
Emma vaciló nuevamente, sin saber que responder. –Yo soy… la madre de Henry, el hijo de Regina- dijo finalmente. No encontró ninguna otra manera sencilla de decir quién era. –Dime Emma-.
Una extraña expresión paso por el rostro de Noemi mientras procesaba la nueva información, pero una vez que pareció comprenderlo, se dibujó en ella aquella dulce sonrisa. –Bueno, ¿sería tan amable de mostrarme la habitación en donde se encuentra la paciente?-.
-¿Cómo dices?- preguntó Emma sin comprender –Ah sí, por aquí- indicó una vez que la palabra paciente fue relacionada con Regina dentro de su mente. Entre la hora temprana y la inesperada visitante, a Emma le costaba prestar atención más de lo habitual. Guió a Noemi hasta la habitación de Regina, pero una vez frente a la puerta se detuvo y se volteó con brusquedad. Noemi tuvo que frenar para no chocar con ella.
-Dime, ¿Qué haces exactamente?- quiso saber Emma, mirándola con los ojos entrecerrados. –Quiero decir, con el paciente- aclaró.
Noemi la miro confusa, no estaba acostumbrada a que las personas cuestionaran su trabajo de esa manera. Aunque tuviera tan solo veintiséis años, era una persona muy responsable y hacía muy bien su trabajo. Las personas confiaban en ella, y la respetaban. Nunca tenían la urgencia de preguntarle que era exactamente lo que hacía. ¿Qué clase de pregunta era esa? Aunque se sintió algo ofendida, la joven mantuvo una expresión impasible. –Yo me encargo de todos los cuidados del paciente. Según las necesidades e incapacidades que este tenga, mis servicios varían- dijo Noemi con un tono muy tranquilo, pero serio.
Emma la escrutó con la mirada. Noemi medía aproximadamente un metro setenta. Tenía el cabello de un color rojizo anaranjado, arreglado con una sencilla trenza de costado. Sus ojos eran grisáceos y profundos, llenos de humildad. La tez de su piel era bastante pálida, y varias pecas coloradas decoraban sus mejillas. La mujer parecía totalmente inofensiva, pero Emma aun temía confiarse. Probablemente no era algo personal, Noemi parecía una buena persona. Pero Emma no quería ninguna enfermera. Sin embargo, cuando separó los labios para pedir amablemente a Noemi que se marchara, ninguna palabra salió de su boca. En qué momento exactamente, Emma no lo sabía, solo pudo ver confundida como Noemi pasaba a la habitación por la puerta que ella misma había abierto. Resignada, la rubia entró detrás.
Noemi observó atentamente cada rincón de la habitación, absorbiendo lo que sería su nuevo lugar de trabajo. Después de unos largos minutos, pareció darse cuenta de que Emma aún seguía allí. La miró fijamente a la espera de que se retirara, pero la rubia no se movió de su lugar.
-Bueno dime, ¿qué necesitas?- preguntó Emma después de unos minutos de incómodo silencio.
-Nada por ahora, gracias- respondió Noemi con una media sonrisa. –Puedes retirarte- dijo con amabilidad.
Ahora Emma era la ofendida. ¿Por qué debía retirarse? Llevaba semanas encerrada en esa habitación, cuidando de Regina las veinticuatro horas del día. ¿Y ahora la echaban? ¿Así como así? Emma apretó los labios y miro a Regina con preocupación. ¿Por qué había dejado que una extraña entrara a la casa y le diera órdenes? Se volvió hacia Noemi con decisión, pero en cuanto cruzo miradas con la pelirroja, sus fuerzas flanquearon. La mujer se veía demasiado comprometida e ilusionada. Y de pronto, a Emma le cayó un fuerte cansancio encima, porque comprendió que finalmente podía descansar.
-Estaré abajo. Cualquier cosa que necesites, solo llámame- dijo Emma con resignación. Miró largamente el rostro dormido de Regina y se marchó de la habitación.
-Déjame despedirme- pidió el príncipe con la angustia dibujada en el rostro. Los enanos corrieron el cristal que lo separaba de su princesa. Blanca Nieves yacía inconsciente frente a él, profundamente dormida. Lágrimas cayeron por las mejillas de David mientras se inclinaba para besar una última vez a su verdadero amor. Pero entonces, algo sucedió. Por un instante, el bosque entero se sacudió ante la magia del hechizo que fue deshecho. Blanca Nieves desprendió miles de luces de colores, que desaparecieron con la misma rapidez con la que habían emanado de su cuerpo. Cuando David despegó sus labios de los de ella, aun con los ojos cerrados llenos de lágrimas, la mujer tomó una gran bocanada de aire, abriendo los ojos llenos de vida y esperanza.
-Tú… tú me encontraste- dijo Blanca Nieves llevando una de sus manos a la mejilla de su príncipe. Quería tocarlo, comprobar que realmente estuviera allí. El hombre acarició su brazo con ternura, sonriendo maravillado.
-¿Alguna vez dudaste que lo haría?-.
Emma despertó sobresaltada. Se había quedado dormida en el sillón de la sala. Somnolienta, miró la hora en su celular; aún faltaba una hora para que sonara su despertador. Recordaba vagamente su sueño, pero estaba segura de que no había sido una pesadilla; no podía ser el causante de que sus manos estuvieran sudando sin control y que la mitad de su cuerpo estuviera repartido por el suelo. Se incorporó con dificultad, sentándose en el sillón. Le dolían el cuello y la espalda.
-¡Emma!- el nombre se pronunció casi como un alarido.
-¡Regina!- gritó Emma corriendo escaleras arriba.
Al llegar a la habitación, todo fue más confuso. Regina seguía recostada en su cama, tan dormida como siempre. Era Noemi quien había gritado. La joven se encontraba algo distanciada de la cama, pero sus ojos estaban fijos en Regina, llenos de terror. Emma no comprendió que sucedía, hasta que volvió a fijarse en la morena. Recostada en la cama, pero destapada, y sin su pantalón de pijama. Regina estaba en ropa interior con las piernas al descubierto. Al principio Emma no entendió que era aquello que tenía sobre la pierna, hasta que finalmente se dio cuenta de que aquello era su pierna. Una enorme mancha negra se extendía por la pierna de Regina hasta su pie. Y eso no era todo, la mancha se movía, esparciéndose por el cuerpo de Regina a gran velocidad.
