Capitulo VII: El beso del verdadero amor.
-Ya has escuchado al doctor. No hay nada que puedas hacer por ella.-.
Noemi comenzaba a hablar como Mary Margaret, y eso a Emma le colmaba la paciencia. Soltó un bufido a modo de respuesta, sin despegar los ojos de la pierna de Regina. O, más bien, lo que solía ser la pierna de Regina. La mancha negra se había extendido hasta tal punto que ya le cubría la extremidad completa, y Emma estaba muy preocupada por su constante crecimiento. Además, no podía dejar de preguntarse, ¿qué demonios era eso? Y ¿qué demonios le estaba haciendo su cuerpo? ¿Acaso su pierna había muerto por completo? ¿La mancha dejaría de crecer si…? Emma no pudo terminar de formular aquella pregunta. El solo pensar en una amputación le daba vuelta el estómago. Y sabía que si Regina despertaba, cuando Regina despertara, no se lo iba a perdonar jamás. Pero, ¿y si aquello suponía la diferencia entre la vida y la muerte?
¿Qué vida? Se preguntó Emma, observando ahora el rostro de la morena. La mujer estaba muy delgada y su piel, amarillenta. Aunque la alimentaban con suero, Emma sabía sin necesidad de un doctor que el cuerpo de Regina no estaba mejorando, sino todo lo contrario. Y por si el deterioro natural no fuera suficiente, ahora una mancha asesina se expandía por todo su cuerpo. Había momentos en los que Emma ya no guardaba más esperanzas; simplemente se dedicaba a preguntarse cuanto más podrían soportar todo aquello. ¿No sería más sencillo, y mejor para todos, terminarlo de una buena vez? Otra alternativa en la que a Emma no le gustaba pensar. ¿Cómo podría ser la causante de la muerte de la madre de su hijo? De la mujer que, inevitablemente, se había convertido en una de las personas que ella más quería. No, jamás podría cargar con esa culpa. Antes, prefería la muerte.
Pero es que la impotencia la consumía día y noche. Y Emma ya no se había podido comunicar con Regina de ninguna manera. Incluso había regresado repetidas veces a las minas, en un intento poco exitoso de al menos encontrar una respuesta. Pero nada. El silencio la abofeteaba cada vez que intentaba comunicarse con la morena. Lo único que podía hacer era contemplarla; admirar su belleza, a pesar del rostro huesudo y la piel enfermiza.
"Ella va a morir, ¿verdad?" le había preguntado Henry al enterarse de la mancha en su pierna. "No, claro que no." respondió Emma con firmeza, pero el silencio que le siguió dejo un aire de vacilación en el ambiente. El muchacho no pudo contener las lágrimas. Sabía que su madre mentía, y sabía porque lo hacía. Por protegerlo, claro, pero también por el hecho de que ni ella misma podía aceptar lo que su hijo veía tan claramente. Emma lo abrazó, pero no encontró palabras de consuelo. Podría decirle que todo estaría bien, que Regina despertaría pronto, y que finalmente podrían ser felices, todos. Pero en el fondo, Emma admitía que no estaba segura de nada.
Una noche, cuando Noemi terminó su turno y Henry se fue a la cama, Emma entró en la habitación de Regina, pero no se sentó en su silla de cada día. En su lugar, y sin ser realmente consciente de lo que hacía, Emma eligió recostarse en la cama, junto a la morena.
Se sentía bien tenerla tan cerca, poder verla con más claridad. El perfil de su nariz, los cortos mechones de cabello oscuro sobre sus párpados, el grosor de sus labios, que habían perdido gran parte de su color, al igual que el resto de su cara. Emma podía sentir el calor que aun emanaba su cuerpo, el dulce aroma de su piel, que por alguna razón desconocida no había perdido su esencia a pesar del malestar. Sus ojos tenían un brillo intenso, extraño, al contemplar a tan maravillosa criatura. Y es que, al verla tan de cerca, parecía como si una luz la invadiera por completo, y a Emma junto a ella. Sentía un gran alivio, una sensación de paz, tan repentina que a Emma no le parecía del todo real. ¿Acaso era magia? ¿O simplemente se debía a la ola de emociones que se revolvían en su estómago cuando estaba tan próxima de la morena? Su corazón latía con ansiedad y, sin embargo, su pecho subía y bajaba con serenidad. Sus ojos comenzaron a cerrarse lentamente, y antes de poder darse cuenta, Emma cayó dormida en un profundo sueño.
-¡David!- exclamó Mary Margaret mientras entraba corriendo en la tienda de Mr. Gold. Su príncipe estaba recostado en una cama, víctima de la maldición que lo mantenía dormido. Los enanos se hicieron a un lado para que Mary Margaret pudiera sentarse a su lado y tomar el rostro de David en sus manos. En la habitación, todos contuvieron el aliento. Emma abrazó a Henry, que se veía algo conmocionado por el estado de su abuelo. Pero cuando Mary Margaret junto sus labios con los de su príncipe, la magia surgió al instante, invadiendo a todos los presentes.
David despertó tomando una gran bocanada de aire. Mary Margaret esbozo una enorme sonrisa, y Emma abrazó nuevamente a su hijo, pero esta vez con alegría.
-Tú… tú lo hiciste.- susurró David con los ojos fijos en los de Mary Margaret.
-¿Alguna vez dudaste que lo haría?-.
-No.-.
El despertador arrancó a Emma de su sueño, aunque de todas formas tubo el presentimiento de que este ya llegaba a su fin. Hacía una semana que estaba teniendo aquellos sueños que, en realidad, eran recuerdos. A excepción de aquel en el que David despertaba a Snow White en el bosque Encantado; Emma no existía entonces, si es que aquello verdaderamente había pasado. En un principio, la rubia no les había dado importancia; simplemente disfrutaba del hecho de finalmente poder dormir algunas horas. Pero con el paso de los días, había comenzado a preguntarse si los sueños tendrían algún tipo de significado o mensaje. Cuales fueran sus sospechas, esa mañana decidió ignorarlas. Había cosas mucho más importantes de que preocuparse. Por ejemplo, la pequeña mancha negra que encontró en el brazo izquierdo de Regina. Ni siquiera recordaba que la noche anterior se había recostado en la cama, junto a la morena; pero su desconcierto se vio reemplazado por temor cuando sus ojos finalmente notaron lo que, estaba segura, no era un lunar.
Emma llevó su mano hacia el brazo de Regina, rozando levemente la pequeña mancha con un dedo. Sus labios apretados formaban una fina línea. Sus ojos brillaban de preocupación. –Por favor, habla conmigo- le suplicó a la morena, aunque probablemente ésta no la escuchara.
El resto de la mañana transcurrió con rapidez. Emma decidió no decirle a nadie sobre el hallazgo de la nueva mancha, aunque la preocupación podía verse perfectamente reflejada en su rostro. Claro que eso no era nada nuevo. Pero lo que si notó Henry cuando iban camino al colegio, fue que su madre estaba más callada de lo normal.
-Así que… hoy Ruby me llevará al cine- comentó el muchacho con una media sonrisa.
-Genial. No sabía que había cine en Storybrooke…- dijo Emma sin el mismo tono entusiasta que el del niño.
-Sep. Adivina que iremos a ver-.
Emma se encogió de hombros, sin siquiera hacer un intento ni mostrar verdadero interés en averiguarlo.
-Caperucita roja- contestó Henry ahora con una sonrisa más grande y un brillo travieso en la mirada.
-¿Caperucita roja?- repitió Emma enarcando una ceja. -¿Qué clase de ironía planeas jugar con Ruby?-.
-Pues, ya les he mostrado mi libro. Es decir, sus propias historias. Así que estaba pensando… que quizá les gustaría verlas.-. El niño parecía muy orgulloso de su idea, y Ruby había mostrado gran entusiasmo en llevarlo a ver una película, aunque Henry no le había dicho cual.
Emma no respondió esta vez. Se había quedado pensativa, reflexionando sobre una idea que vino a su cabeza repentinamente. –Tu libro de cuentos… ¿todavía lo tienes?- preguntó de pronto. Henry asintió. -¿Crees que podrías prestármelo?-.
-Claro.- le respondió el muchacho mirándola con curiosidad. –Está en mi habitación, tómalo cuando quieras.-. Y después de recordarle que esa tarde no debía recogerlo del colegio, Henry se despidió de su madre.
Una vez en la mansión, Emma subió apresurada al cuarto de Henry. El libro se hallaba sobre el escritorio de la computadora, así que no le fue difícil encontrarlo. Cuando lo tuvo en sus manos, paso a sentarse en la cama de Henry. Había pensado en ir a la habitación de Regina, pero por alguna razón Emma no quería que Noemi la viera con el libro. A decir verdad, la rubia no tenía idea de lo que esperaba encontrar en aquellas historias. Simplemente seguía su instinto, aquel extraño presentimiento de que el libro le daría las respuestas que tanto buscaba.
Y las horas pasaron, y Emma no encontró respuesta alguna. Repaso las páginas con rapidez, y una vez más con lentitud. Y entonces, una imagen llamó su atención. El príncipe se inclinaba para besar a Snow White. Ella había sido víctima de una maldición, hasta que sus labios se encontraron con los de su verdadero amor.
"El beso del verdadero amor romperá cualquier maldición."
Emma no había oído esa frase en su vida, pero las palabras resonaron en su mente como un rayo y la luz despejó toda duda que pudiera tener minutos antes. De pronto, todo cobró sentido. Sus sueños no habían sido simples sueños después de todo. Y en ese instante, Emma supo lo que debía hacer. Dejó el libro en la cama y salió disparada hacía la habitación de Regina. Noemi no estaba allí, pero a Emma tampoco le importó en donde pudiera estar. Ahora solo tenía los ojos fijos en una persona.
Regina respiraba con lentitud; parecía estar en paz. Emma, inclinada a su lado, no podía controlar la velocidad de sus latidos. ¿Y si no funcionaba? Entonces nada perdería, más que otra ilusión. Sin más excusas, Emma dejó de lado sus miedos. Acarició el rostro de Regina, parte por parte. Sus cejas, sus parpados, su nariz, sus pómulos, su mandíbula y, finalmente, sus labios. Aquellos labios que habían pronunciado tanto palabras hirientes, como palabras reconfortantes hacia la rubia. Palabras que había preferido ignorar, y otras que no le habían pasado desapercibida. Palabras, tantas palabras. Y sin embargo, ahora todas carecían de importancia, todo dependía de una simple acción.
Emma se inclinó un poco más cerca, con tal lentitud que pareciera que no se había movido ni un centímetro. Miró a Regina, expectante. Como si temiera que la morena pudiera despertar en cualquier momento y encontrarla allí, a tan corta distancia de su rostro. Pero los ojos de Regina permanecieron cerrados, y así, Emma cerró también los suyos. Porque ya no necesitaba ver. Lo único que debía hacer… era inclinarse un poco más.
