Agghh lo sé, soy la peor escritora del mundo u.u no precisamente por mi forma de escribir sino más bien por mi compromiso :C lo admito y me avergüenzo, mis musas me abandonaron u.u pero cuando me fui 15 días de viaje -sin internet- dije "ya basta, tengo que terminar la historia". Así que aquí está uno de los últimos capítulos. Tengo pensado hacer un último y un epílogo, ya veremos.
Capitulo VIII: El Mensaje.
Minutos, horas, días, tal vez incluso semanas. Regina había perdido por completo la noción del tiempo en aquel lugar. Permanecía aun sentada a poca distancia del borde del acantilado, junto a la pequeña Emma, que parecía no querer responderle más que con acertijos.
-Bueno, ¡ya basta!- estalló en un momento –Si no me dices quien eres, me voy ya mismo- amenazó la morena.
-¿Es que no lo has adivinado ya?- preguntó la niña con impaciencia, pero tuvo que ceder al ver que Regina se ponía de pie. –Soy una mensajera- confesó.
Regina se detuvo antes de dar el primer paso, y se volvió hacia la niña. -¿Mensajera?- preguntó.
-Bueno, más bien soy un mensaje- aclaró la pequeña.
-¿Cómo que soy un mensaje? ¿Tú eres el mensaje?- Regina comenzaba a sentirse estúpida al tener que repetir las mismas palabras que Emma.
La niña asintió. –Cuando una persona es víctima de una maldición, a veces, ciertas personas pueden enviarles mensajes. Ayuda.- le explicó.
Regina se sentó nuevamente, interesada en el asunto. –Entonces, alguien me ha enviado un mensaje… ¿quién?-. Emma enarcó una ceja, esperando que se tratara de una broma. –Oh claro, Emma- dijo Regina al instante, sintiéndose aún más estúpida. –Bueno, entonces, ¿cuál es el mensaje?-.
-No puedo decírtelo…- comenzó la niña -¡aun! Pero te lo diré, ¡lo prometo!-.
Regina ya se alejaba a grandes zancadas. Sabía que era un error, que debía quedarse junto al mensaje, pero su orgullo ya no podía aceptar más nos por respuesta. Se adentró en el bosque nuevamente, llena de frustración. Odiaba ese lugar, odiaba a la niña, odiaba a todo el mundo. Caminó y caminó, sin saber que era lo que estaba buscando, o lo que encontraría. Pero entonces, una extraña sensación hizo que se detuviera. Era como un cosquilleo en su brazo. Se volteó bruscamente, pero no había nadie allí.
Por favor, habla conmigo.
La voz le sonó tan próxima que Regina se sobresaltó. -¿Emma?- había sido su voz, estaba segura. -¡¿Emma, donde estás?!- la llamó con desesperación y, sin saber hacia dónde, comenzó a correr. Y Regina corrió mucho tiempo, y le pareció que los arboles eran todos el mismo, y que las rocas siempre estaban en el mismo lugar. Era como no avanzar en absoluto; un bosque infinito que no te lleva a ninguna parte.
Entonces, sin previo dolor, la pierna de Regina dejó de responder. La morena cayó de bruces al suelo, llenándose de tierra y clavándose pequeñas piedras en las manos. Soltó una maldición entre dientes e hizo lo que pudo por sentarse, ya que ponerse de pie no era una opción. Ya algo repuesta, paso a revisar su pierna, pero esta no parecía tener nada mal. De vuelta en la misma situación que antes. Perdida y sola en el medio del bosque, con una pierna inservible.
Las horas pasaron, aunque Regina ya no llevaba cuenta del tiempo. Le preocupaba la caída del sol; la idea de quedar sola y a oscuras en la profundo del bosque no le gustaba nada. Pero en realidad, Regina no había estado sola en ningún momento después de abandonar el acantilado. Porque el pequeño mensaje debía ser entregado en su debido momento, y ese momento no estaba lejos. Así que después de darle a Regina algo de espacio y tiempo para reflexionar, Emma se dejó ver.
-¿Estas bien?- preguntó acercándose a Regina.
La morena levanto la vista algo sorprendida. –No… si… no estoy segura- balbuceó antes de quedar sin habla.
La Emma que tenía enfrente ya no era la pequeña niña que había dejado en el acantilado. Ahora veía a una muchacha de unos diecisiete años, de pelo lacio recogido en una colita alta, con una chaqueta de cuero negra y unas gafas gruesas. Era Emma, eso seguro…
-¿Qué pasó contigo?- preguntó Regina, confundida.
La muchacha se encogió de hombros, como si fuera algo totalmente normal. –El tiempo pasa, la hora se acerca…-.
-¿Qué hora? ¿La de recibir mi mensaje?- quiso saber la morena.
Emma no asintió, pero tampoco negó con la cabeza. Extendió su mano hacia Regina y murmuró un "andando" con amabilidad. Pero Regina dudó. No podría caminar sola en ese estado, y además, no estaba segura de querer volver. Tenía gran curiosidad sobre el mensaje, pero si Emma seguía actuando tan… tan poco ella, seguirla sería una terrible pérdida de tiempo. Por otro lado, ¿qué otras opciones tenia Regina?
-Creo que vamos a tener que ir algo despacio- comentó echando una mirada rápida a su pierna.
-No te preocupes, yo te ayudo- le dijo Emma ofreciéndole una sonrisa.
Y con este último gesto, las dudas de Regina se desvanecieron. Tomó la mano que Emma aun le ofrecía, y al instante sintió que una fuerza la impulsaba hacia adelante. Su pierna aun suponía un peso muerto, pero más allá de una cojera, Regina podía caminar. Aun tomada de su mano, Emma la guiaba por el bosque con gran seguridad, aunque a Regina le parecía que aquel camino no las llevaba al acantilado.
Después de un largo rato, a Regina le pareció que el bosque se volvía más… ruidoso. Pero no eran sonidos propios de un bosque. No escuchaba el sonido de los arboles movidos por el viento, o las ramas del suelo crujiendo bajo las garras de un animal. No, Regina oía ecos. Ecos de pisadas sobre un piso de baldosa; el sonido de una puerta al abrirse y cerrarse; alguien tosiendo.
-¿Emma?- llamó Regina algo inquieta.
-¿Si?- dijo la muchacha sin volverse.
-¿Qué tan consciente soy del mundo real?-. La pregunta era extraña, y Regina no estaba segura de como Emma podría darle una respuesta. Pero aquellas palabras llamaron la atención de la rubia, que esta vez se dio la vuelta para mirarla.
-¿Por qué preguntas? ¿Sientes algún cambio?- quiso saber casi con desesperación.
-No sé si lo llamaría cambio…- comenzó a explicar Regina.
-Se ha equivocado- susurró Emma sumergida en sus propios pensamientos –No tenemos tanto tiempo-. Entonces, sus ojos fijos en un punto invisible se volvieron hacia Regina. –Vamos- inquirió retomando la marcha y tirando de la mano de Regina con prisa.
-¿Se ha equivocado? ¿Quién se ha equivocado?- preguntó Regina, intentando seguirle el ritmo.
-Una misión, un mensaje, eso es lo que soy. Pero no puedo hacerlo sola, necesito que alguien allí afuera se asegure de que lo que debe hacerse se haga- explicó Emma algo agitada.
-¿Quieres decir, que alguien en el mundo real sabe que estoy aquí?-. Emma no respondió, lo que Regina tomó como una confirmación. -¿Quién?-.
Emma no se volteó ni se detuvo. No dijo palabra alguna. Pero Regina tampoco tuvo la oportunidad de protestar, porque la tierra bajo sus pies comenzó a temblar con fuerza. Las raíces de los árboles se desprendieron; los animales huyeron.
-¡Deprisa!- gritó Emma comenzando a correr, pero sin soltar a Regina.
-¡Espera, no puedo!- se quejó Regina intentando no caer.
Y entonces, el bosque quedó atrás. De un segundo a otro, la tierra que temblaba bajo sus pies era la superficie del acantilado. En medio del pánico, Regina perdió de vista a Emma, que en algún momento había soltado su mano. Quiso gritar su nombre, pero la palabra le quedo atascada en la garganta cuando una nueva sensación cubrió su cara. Un roce, una caricia. Recorrió todo su rostro con lentitud, y Regina no necesitó una confirmación para saber que se trataba de Emma. No sabía cómo, pero de alguna manera lo sabía, estaba segura. Emma estaba allí con ella. Entonces, la sensación se desvaneció y Regina se vio nuevamente en medio de un terremoto.
Finalmente, sus ojos encontraron la figura que corría en dirección a la punta del acantilado. ¿Qué diablos pensaba hacer? Regina corrió como pudo –cosa que en realidad no pudo- y cuando llegó junto a Emma, estaba sin aliento.
-¿Qué estás haciendo?-.
La muchacha se había detenido justo en el borde, demasiado en el borde para el gusto de Regina. Observaba el inmenso vacío con intensidad, como si intentara ver o escuchar algo.
-Emma, aléjate- le pidió Regina, que guardaba distancia con el borde. Pero la rubia no hizo caso a sus palabras. –Vamos, debemos buscar algún refugio o… algo, antes de que la tierra se abra bajo nosotras- esta vez, Regina se acercó hasta donde Emma estaba parada y tocó su brazo con gentileza para llamar su atención.
La rubia se volvió bruscamente ante el contacto. –El mensaje debe ser entregado- dijo en un tono indiferente, casi frío.
Y sin decir más, empujó a Regina al vacío.
