Capítulo 3: "Revelaciones" (Parte dos)


-No- dijo Danya mirándose en el espejo.- No, no, no y no.

Claro que Zara tenía un vestido para ella. Era de seda tornasolada en color azul oscuro, ajustado y tan delicado que daba la sensación de que un ligero roce podría disolverlo. Estaba adornado con diminutos cristales que atrapaban la luz y la reflejaban como estrellas, y dejaba al descubierto toda la espalda de Danya, revelando su columna vertebral hasta la rabadilla. Era escandaloso. La espalda, los hombros, los brazos, el pecho. Demasiado pecho.

-No.

Empezó a desembarazarse de él, pero Dinorah la detuvo.

-Recuerda lo que dije: sin quejas.

-Lo retiro. Me reservo mi derecho a quejarme.

-Demasiado tarde. De todas maneras, es culpa tuya. Has tenido una semana para conseguir un vestido. ¿Ves lo que pasa cuando titubeas? Que otros toman las decisiones por ti.

Danya pensó que no solo estaba refiriéndose al vestido.

-¿Cómo dices? Entonces, ¿esto es un castigo?

A su lado, Zara dejó escapar un gruñido. Era un ser frágil con aspecto de duendecillo que había acudido a la escuela con Danya y Dinorah. Se habían separado cuando ellas comenzaron su instrucción para la batalla y ella fue enviada al servicio real.

-¿Un castigo? ¿Te refieres a quedar despampanante? Mírate.

Ella lo hizo, y lo único que vio fue piel. En torno a su cuello se unían unas delicadísimas tiras de seda entrelazados que sujetaban, de forma invisible, el vestido a su cuerpo.

-Parece que voy desnuda.

-Estás impresionante - afirmó Zara, que trabajaba como costurera para las esposas más jóvenes de la corte.

Danya dio pequeños tirones al vestido para asegurarse de que ninguna mano descuidada pudiera arrancárselo durante el baile.

-Zara-imploró.- ¿No tienes algo… con más tela?

-No para ti.- respondió Zara- ¿Por qué quieres ocultar una figura como esa?

Se inclinó hacia Dinorah y le susurró algo al oído.

-Dejen de conspirar .- se quejó Danya- ¿Puedo llevar al menos un chal?

-No.- respondieron las dos al unísono.

-Me siento tan desnuda como en los baños.

Nunca se había sentido tan expuesta como aquella tarde, cuando había avanzado junto a Dinorah entre el vapor y con el agua hasta los muslos. A esas alturas, todo el mundo sabía que ella era la elección de Uriel, y todos los ojos en el baño de las mujeres la habían inspeccionado. Había sentido deseos de hundirse bajo el agua y desaparecer.

-Deja que Uriel admire lo que va a llevarse.- dijo Zara.

Danya se puso rígida.

-¿Quién dice que va a conseguir esto?-

Esto, se oyó decir a sí misma. Como si fuera un objeto inanimado, un vestido en una percha.

-A mí.- corrigió- ¿Quién dice que va a conseguirme?

Zara rió desestimando la idea de que Danya pudiera rechazarlo.

-Toma.- le ofreció una máscara- Permitiremos que te cubras la cara.

Era un pájaro azul con las alas extendidas, tallado en madera ligera y decorado con plumas doradas que se desplegaban a ambos lados de su rostro. Con los cambios de luz, las plumas reflejaban iridiscentes y ondulantes brillos.

-Ah, bueno. Ahora nadie sabrá quién soy.- comentó Danya en tono sarcástico.

El baile era una mascarada, un "disfrázate de lo que quieras". Algunos llevaban máscaras de animales, y otros simplemente caretas humanas, exageradas hasta proporciones ridículas. Era la única noche del año dedicada a divertirse y fingir, la única noche que se alejaba de la rutina cotidiana, pero para Danya, ese año, no era nada de eso. Más bien era una noche en la que iba decidir su futuro.

Con un suspiro, se entregó a los cuidados de sus amigas. Se sentó en un taburete y permitió que perfilaran sus ojos, colorearan sus labios, y colocaran entre sus cabellos rubios finísimas cadenas de oro con diminutas lágrimas de cristal que titilaban con la luz. Zara y Dinorah reían nerviosas, como si estuvieran preparando a una novia para su noche de bodas. Danya se sorprendió al pensar que, de algún modo, tal vez fuera así.

-Ya está. Lista.- anunció Dinorah. Zara y ella ayudaron a levantarse a Danya y se alejaron un poco para supervisar su trabajo.

Zara dejó escapar un gritito de emoción y aplaudió.

-Vaya.- musitó Dinorah. Hubo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz sonó inexpresiva.

-Estás preciosa- dijo.

No parecía un cumplido.

(Bella)

-¿Qué es esto?-

-Una llave-

-Sé que es una llave, pero ¿de qué?-

-Es la llave de mi corazón, Carlisle.- puse los ojos en blanco.- Obviamente es el duplicado de la caja donde guardo mis cosas.-

No era necesario especificar de que cosas hablaba. Solo tenía dos llaves de mi caja fuerte, y había decidido darle a él una de ellas. La otra estaba en mi llavero junto a las otras, en la seguridad del bolsillo de mi vestido.

Puse la pequeña llave en la palma de su mano. Él la miró por un momento antes de regresar su atención hacia mi.

-¿Por qué quieres dármela?- me preguntó, parecía sorprendido.

Me encogí de hombros. No estaba del todo segura. Simplemente quería que la tuviera. Uno nunca sabe lo que puede pasar más adelante, sobre todo con mi suerte, y también era una forma de decirle que confiaba plenamente en él. Lo que es innecesario ya que para contarle las cosas que le he contado es evidente que confió en él.

-No lo sé… Pensé que quizás debas tenerla, por si acaso.

-¿Por si acaso? ¿Qué tratas de decirme? ¿Estas…?

-No.- dije. Sus ojos aún seguían alarmados.- Pero uno nunca sabe. Sería bueno que la tengas en caso de una emergencia.- tomé su mano e hice que la cerrara con la llave dentro. Le miré directamente a los ojos.- Solo asegúrate de que nadie la encuentre, ¿si?.- La caja, aunque de madera, era irrompible, pero si alguien encontraba la llave, estaba muy frita.

Carlisle miró por un momento nuestras manos empuñadas donde teníamos la llave y luego a mi. Parecía como si tuviera un mal presentimiento, pero finalmente asintió.

-Está bien. Y puedes estar tranquila, la guardaré en un lugar seguro.-

Asentí y solté su mano. Él metió la llave en el bolsillo de sus pantalones.

-¿Qué tienes ahí?- me preguntó cuando alzó la vista hacia mi.

Lo primero que se me vino a la mente es que tenía algún tipo de insecto, o peor, una araña en mi cuerpo y mi corazón dio un vuelco.

Pero entonces me fijé en donde Carlisle miraba y me di cuenta de que seguro se trataba de la delgada daga que llevaba prendida en el muslo bajo el vestido rosa y que gracias al fuerte viento se me había pegado por el lado donde lo tenía, sobresaliendo su ligera silueta casi imperceptible .

-Ah.- murmuré con un suspiro de alivio.- Es mi daga. Normalmente no la llevo, pero como van las cosas, bueno, pensé que debería empezar a cargarla.-

Era la única clase de arma que había traído de la Organización, y eso porque era obligatorio. Era buena usando cualquier clase de arma blanca, pero prefería no hacerlo. Para portarla, había tenido que modificar parte de mi ropa, e incluso fabricar una nueva funda para la daga ya que tenía era demasiado grande y gruesa, que pareciera un bolsillo extraño, pero simple, con forma rectangular y terminando en punta en la base. Si por algún caso se me subiera la blusa larga o el vestido y lo vieran, pensaría que solo era un bolsillo alargado extraño en mis leggins o pantis, pero no sospecharían nada. Y cuando tenía que usar pantalones, adhería la funda de la daga a mi tobillo o mi chaqueta.

Carlisle sabía sobre la daga, y que era la única que podía hacerle daño realmente a un vampiro. Me había preguntado mucho sobre ella, como por ejemplo, como y de que esta hecha, pero yo no pude aclararle esas dudas ni aunque hubiera querido porque yo tampoco lo sabía. Era una de esas cosas de las que no nos contaban en la Organización.

Él asintió y me dio una media sonrisa.

-Bien. Estoy contento de ver que estás preparada para defendernos.- lo dijo bromeando, aunque yo sabía en realidad que él sabía que podía defenderme.

Miré alrededor de mi calle vacía. Me sentía feliz de que la anterior tensión causada por la llave se estaba esfumando. Tal vez no debería provocarlo, pero quería divertirme un poco, y él era mi amigo. Y los amigos se divierten, ¿no?

-Aún no crees que puedo pelear, ¿verdad? Vamos, intenta atraparme.- le desafié.

Sus cejas de alzaron con sorpresa y rió entre dientes.

-Estamos en publico.-

-¿Y?- dije.- Nadie está cerca.-

-El asfalto es áspero. No quisiera herirte.-

Puse mis manos en mis caderas y me burlé:

-Como sea. Me tienes miedo. Ya veo como es.-

No le obligaría a jugar si no quería. De todos modos, había sido una tontería.

Me di la vuelta y caminé hacia el auto. Durante ese segundo de distracción Carlisle se abalanzó. Grité cuando fijó mis brazos detrás de mi espalda, apenas ejerciendo algo de fuerza. El agarre sobre mi se sintió un poco diferente al que usó durante nuestra primera lucha, por lo que me desesperé por unos segundos mientras intentaba decidir como escapar. Era más difícil cuando te atrapan por la espalda, pero no iba a rendirme.

Me decidí por el pisotón. Su gruñido de dolor me mostró que no se lo había esperado. Eché mi cabeza hacia atrás para darle un cabezazo, pero su cara estaba girada hacia un costado por lo que solo atiné a golpearlo un costado de la mandíbula. Se rió bajo ante mis fallidos intentos por liberarme.

Me incliné hacia delante, usando mis caderas para dejarlo fuera de balance, y funcionó. Se estrelló contra mi espalda y tuvo que quitar sus bazos para mantenerse firme, agarrando mi cintura.

Fue en ese inoportuno momento donde una voz masculina resonó cerca de nosotros.

-¡Oye! ¡Quita tus manos de ella!-

Las manos de Carlisle volaron hacia sus costados y retrocedió. Dos chicos a principios de los veinte estaban parados allí con expresiones enojadas. Parecían turistas. Carlisle los miró sin alterarse.

-Está bien.- le dije a los sujetos.- Es… mi amigo.-

Ellos entrecerraron los ojos como buscando un truco.

-Solo estábamos jugando.- les aseguré con una sonrisa.

-Si.- dijo Carlisle, poniéndose a mi lado. - Nos gusta la lucha libre.

¿Nos gusta la lucha libre? Sabía que era un mal momento para reír, pero una carcajada escapó del fondo de mi garganta y me doblé por la cintura, incapaz de evitarlo. Los ojos de los sujetos se agrandaron ante la obvia extrañeza de Carlisle y mi repentino estallido de risa.

Intenté hablar, pero solo conseguí balbucear y agitar una mano.

Los chicos sacudieron sus cabezas como si estuviéramos locos.

-Como sea.- uno de los chicos hizo ademan de despedirse con un movimiento de mano.- Raros.

Nos dejaron allí y Carlisle soltó una carcajada.

Lo señalé y dije:

-Raro.

-¿Qué dije?- levantó las manos.- Estaba disfrutando de la lucha libre.

-¡Cállate!- borboteé y reí con fuerza.- Estás loco. Y yo estaba a punto de derribarte antes de que ellos aparecieran.

-Quizá la próxima vez.- dijo mientras caminaba al auto y abría la puerta para mi.

Subiéndome, sacudí la cabeza, riendo, y él cerró la puerta con una amplia sonrisa.

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(Narradora)

-¡Te vez realmente hermosa, Dany!- canturreó Zara, luego se volvió para rebuscar en su cajón de tubos de cosmética y ungüentos.- Aquí está. Esto ayudará.

Regresó con un recipiente plateado y una gran brocha de pelo suave, y antes de que Danya supiera lo que estaba sucediendo, Zara ya había espolvoreado su pecho, su cuello y sus hombros con algo brillante.

-¿Qué…?

-Azúcar- dijo Zara con una risita tonta.

-¡Zara!

Danya trató de sacudírsela, pero era muy fina y se quedaba pegaba: azúcar en polvo, lo que utilizaban las chicas cuando planeaban que alguien las probara. Si sus labios pintados y su espalda desnuda no fueran suficiente invitación, pensó Danya, esto ciertamente lo era.

Su brillo revelador bien podría haber sido un cartel que dijera LÁMEME.

-Ahora no pareces un soldado.- dijo Zara.

Era cierto. Parecía una chica que había hecho su elección. ¿Era así?

Todo el mundo pensaba que sí, lo que prácticamente equivalía a lo mismo. Pero todavía tenía tiempo. Podía optar por no ir al baile, lo que enviaría el mensaje contrario al que insinuaba aparecer azucarada. Solo tenía que decidir lo que quería.

Permaneció fija en su imagen en el espejo durante largo rato. Estaba mareada, como si el futuro se precipitara hacia ella.

Y así era, aunque en ese momento no podía imaginar que acudía en su busca con alas invisibles y unos ojos que ninguna máscara podía disfrazar, y que sus decisiones no tardarían en ser barridas como el polvo por un aleteo, dejando en su lugar lo inimaginable.

Amor.

-Vámonos.- dijo.

Entrelazó los brazos con sus amigas y salió a su encuentro.

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La calle principal se había convertido en una ruta procesional. La costumbre era bailar a lo largo de todo su recorrido, cambiando de una pareja enmascarada a otra hasta llegar al ágora, el punto de encuentro de la ciudad. El baile se celebraba allí, bajo miles de faroles que colgaban como estrellas, convirtiendo, por una noche, en un mundo en miniatura con su propio firmamento.

Danya se sumergió entre la multitud junto con sus amigas, igual que en años anteriores, pero no tardó en descubrir que este sería distinto.

Iba enmascarada, pero no disfrazada, su apariencia resultaba inconfundible, y nadie interpretó el brillo de sus hombros como una invitación. Sabían que no era para ellos. En la desenfrenada alegría de la calle, ella permanecía apartada.

Zara y Dinorah pasaban de unos brazos a otros sin parar, recibiendo besos de extraños, rozando máscara con máscara. Era la costumbre: un tumultuoso baile con infinitos giros y salpicado generosamente de besos para celebrar la unidad. Los músicos se agrupaban a intervalos, de modo que los participantes pasaban de una melodía a otra, igual que de una mano a otra, sin un momento de pausa. La música desenfrenada los hacía girar, pero nadie cogía a Danya a su paso. En varias ocasiones algún soldado se dirigió hacia ella, uno incluso le agarró la mano, pero siempre había un compañero que se lo impedía y le susurraba una advertencia. Danya no escuchaba sus palabras, pero podía imaginarlas.

Ella es de Uriel.

Nadie la tocó. Deambuló entre la muchedumbre sola.

¿Dónde estaba Uriel? Se preguntaba paseando los ojos de una máscara a otra. Si vislumbraba una larga cabellera blanca, su corazón se sobresaltaba al pensar que era él, pero siempre se trataba de alguien diferente. La larga cabellera blanca pertenecía a una anciana, y Danya tuvo que reírse de su propio nerviosismo.

Todo el mundo estaba en la calle, pero de algún modo se abrió un espacio a su alrededor y avanzó en solitario, siguiendo la estela de sus amigas hacia el ágora.

Él la estaría buscando.

Inconscientemente, empezó a caminar más despacio. Sus amigas se adelantaron dando vueltas con sus máscaras, repartiendo besos. La mayoría de las veces, se limitaban a rozar los labios de sus máscaras con los labios, picos, hocicos, fauces, de las demás máscaras, pero había besos reales también. Danya sabía cómo era por otros festivales. Pero no esa noche.

Esa noche, estaba aislada, los ojos se posaban en ella, pero no las manos, ni mucho menos los labios. La calle parecía larguísima cuando había que recorrerla en solitario.

Entonces alguien la agarró del brazo.

Aquel roce la sobresaltó, ya que llegaba para poner fin a su soledad. Pensando que se trataría de Uriel, se puso rígida.

Pero no. Quien estaba a su lado llevaba una máscara de caballo de cuero bruñido que cubría su cabeza por completo. Uriel nunca aparecería con una cabeza de caballo, ni con ninguna otra máscara que ocultara su rostro.

Entonces, ¿quién era? ¿Alguien lo bastante loco como para tocarla? Era alto, más que ella, así que Danya tuvo que alzar la cabeza y apoyar la mano sobre su hombro para rozar el hocico de caballo con el pico de su máscara de pájaro. Un "beso", para demostrar que aún decidía por sí misma.

Y como si se hubiera roto un hechizo, volvió a formar parte de la fiesta, girando entre el pataleo de la multitud, con aquel extraño como pareja. Él acompañó sus movimientos, protegiéndola de los empujones de la gente. Sentía su fuerza; podría haberla sujetado en vilo, sin que sus pies tocaran el suelo. Debería haberla liberado después de una vuelta o dos, pero no lo hizo. Sus manos, enguantadas, la mantuvieron agarrada. Y como nadie más bailaría con ella si lo dejaba marchar, se dejó llevar. Resultaba agradable bailar, y se abandonó a la sensación, olvidando incluso sus preocupaciones por el vestido. A pesar de su frágil apariencia, se sujetaba perfectamente, y cuando ella giraba, se elevaba, ligero y hermoso, formando ondas.

Arrastrados por la marea viviente, que bullía, siguieron avanzando. Danya perdió de vista a sus amigas, pero el extraño con máscara de caballo no la abandonó. Cuando la muchedumbre empezó a aproximarse al final del camino, la calle se abarrotó. La danza aminoró el ritmo a un simple balanceo y ella se encontró esperando junto a él, ambos con la respiración agitada. Levantó los ojos, ruborizada y sonriente tras su máscara de pájaro.

-Gracias.- dijo.

-Gracias a ti, mi dama. El honor ha sido mío.- su voz era sonora, y su acento, extraño. Ella no podía identificarlo. Tal vez de los territorios orientales.

-Eres más valiente que los demás, al bailar conmigo.-

-¿Valiente?.- su máscara no dejaba traslucir expresión alguna, por supuesto, pero ladeó la cabeza y, por su tono, Danya se dio cuenta de que no sabía a lo que se refería. ¿Era posible que no supiera quién era ella, a quién pertenecía?.- ¿Tan feroz eres? - preguntó, y ella rió.

-Terriblemente. O eso parece.- de nuevo inclinó la cabeza.-No sabes quién soy.

Danya se sentía extrañamente decepcionada. Había pensado que podría tratarse de un alma audaz que desafiaba sin tapujos el temor generalizado hacia Uriel; sin embargo, parecía que solo ignoraba el riesgo que corría.

Él acercó su cabeza, y el hocico de su máscara rozó la oreja de ella. Al aproximarse, notó un aura cálida.

-Sé quién eres. Y he venido hasta aquí para buscarte.- dijo.

-¿De verdad?.- se sentía aturdida, como si hubiera estado bebiendo vino, aunque solo había tomado un sorbito.- Dime, entonces, Sir Caballo. ¿Quién soy?

-Eso no es justo, Lady Pájaro. No me dijiste tu nombre.-

-¿Ves? No lo sabes. Además, tengo que confesarte un secreto. - dio unos golpecitos sobre el pico de su máscara y susurró, sonriendo.- Esto es una máscara. No soy realmente un pájaro.

Él retrocedió con sorpresa fingida, aunque su mano no abandonó el brazo de Danya.

-¿Que no eres un pájaro? Estoy decepcionado.-

-Ya ves, quienquiera que sea la dama a la que estás buscando, se encuentra sola en algún lugar, esperándote.- casi sintió pena de tener que alejarlo de su lado, pero estaban próximos al ágora. No quería que Uriel lo mirara con desaprobación, no después de que la hubiera rescatado de bailar en solitario a lo largo de toda la calle.- Vamos- le urgió.- Márchate y encuéntrala.

-He encontrado a quien estaba buscando.- respondió él.- Tal vez desconozca tu nombre, pero sé quién eres. Y yo también tengo que confesarte algo.

-No me digas. No eres realmente un caballo.

Danya había alzado la cabeza para mirarlo; su voz le había resultado familiar, aunque era una familiaridad distante y vaga, como algo que hubiera soñado. Trató de mirar a través de su máscara, pero era demasiado alto, desde su ángulo de visión, lo único que podía adivinar a través de las aberturas de los ojos era sombra.

-Es cierto- confesó él.- No soy realmente un caballo.

-¿Y quien eres?

Aquella pregunta buscaba una respuesta real; ¿quién era?, ¿alguien a quien conocía? Las máscaras daban pie a travesuras, y durante la fiesta, eran habituales las insinuaciones pícaras; sin embargo, no había pensado que nadie quisiera jugar con ella esa noche.

La respuesta quedó acallada por el estruendo de las flautas al pasar junto al último grupo de músicos del recorrido, las ululaciones guturales de los cantantes y, por debajo de todo, como el pulso bajo la piel, la cadencia de los tambores, que animaba a bailar. Danya estaba rodeada de cuerpos por todas partes, y el del extraño, el más cercano. Un vaivén de la multitud lo empujó contra ella, y pudo sentir el volumen y la corpulencia de sus hombros a través de la ropa.

Y el calor.

Ella fue consciente de su casi desnudez y del brillo del azúcar, y sintió, claramente, que se le aceleraba el pulso y aumentaba su temperatura.

Se sonrojó y se apartó, o intentó hacerlo, pero la empujaron de nuevo hacia él. Su aroma era cálido e intenso: especias y sal, el olor acre de su máscara de cuero, y algo suntuoso y profundo que no podía identificar, pero que la invitaba a reclinarse sobre él, a cerrar los ojos y respirar. Él mantenía un brazo en torno a ella, empujando a la muchedumbre para evitar que la zarandearan, y no había ningún sitio adonde ir excepto hacia delante, siguiendo a la multitud que accedía al ágora.

El extraño estaba junto a ella, y hablaba en voz baja.

-Vine aquí para buscarte.- dijo- Y para darte las gracias.

-¿Darme las gracias? ¿Por qué?

Ella no podía moverse. La multitud le obstaculizaba el paso. Creyó distinguir a Dinorah en el torbellino y, entonces, vio el ágora justo delante de ella, enmarcada por el arsenal y la escuela de guerra. En lo alto, los faroles parecían constelaciones, y su titileo ocultaba el de las verdaderas estrellas.

-Vine a darte las gracias.- le susurró el extraño al oído.- por salvarme la vida.

Danya había salvado vidas. En los campos de batalla. Había dirigido un ataque contra una posición que mantenían apresados a sus compañeros. Había desviado en el aire la flecha que se deslizaba certera hacia un compañero. Había salvado vidas. Pero todos aquellos recuerdos pasaron por su mente en un instante, dejando uno solo.

Oscuridad. Bruma. Enemigo.

Demonio.

-Seguí tu recomendación.- dijo él- Me mantuve vivo.

Al instante, sintió como si por sus venas circulara fuego. Se volvió apresuradamente. Solo unos centímetros separaban su rostro del de él, inclinado de modo que esta vez sí pudo mirar dentro de la máscara.

Sus ojos negros resplandecieron como dos piedras ónix, encontrándose con los suyos celestes cristalinos.

-Tú.- murmuró Danya.

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(Bella)

Durante los primeros minutos creí que alguien arriba estaba mirando a todo volumen una película para adultos, donde la protagonista grita con intensidad aterradora y desvergonzada; sin embargo, con el transcurrir de las acciones pude concluir que estaban en vivo y en directo, separados de mí sólo por una pared. O un techo, en todo caso, ya que los sonidos parecían provenir del segundo piso. Reconocí la voz de Tanya, y supuse que su acompañante era Alexander, su más reciente conquista.

Carlisle se aclaró la garganta y yo lo miré. Ambos todavía estábamos en la puerta de entrada ningún deseo de entrar.

-Uhm… Bella, necesito entrar y tomar algo de mi despacho pero ¿quisieras ir fuera y dar un paseo conmigo después? También puedo llevarte de regreso a casa, si quieres.- dijo esto ultimo con rapidez.

Como si fuera a decir que no. De ninguna manera iba a quedarme aquí, y la verdad es tampoco quería regresar a mi casa.

-Lo del paseo me parece bien.- dije, sonriendo.

-Bueno, entonces espérame aquí. Regresaré en un minuto.-

Me sonrió y besó mi frente antes de girarse y subir las escaleras.

Suspiré, mirando a los lados. Me pregunté que estaban haciendo los demás, y también me pregunté por qué Tanya estaba aquí. Se suponía que estaba con Esme, Edward y Denisse. ¿Por qué había regresado temprano?

Escuché un fuerte gemido en el segundo piso y miré hacia arriba involuntariamente. Tonta, como si pudiera ver algo desde aquí... lo que era bueno.

Bajé la vista y miré mis zapatos, luego mis uñas. Vi que las tenía un poco demasiado largas, lo que era extraño, ya que me las había cortado este fin de semana. Me recordé recortarlas mañana en cuanto pueda.

Otro grito se escuchó, pero este era más grave y ronco, así que supuse que era del hombre con quien estaba.

Los gemidos continuaron, seguidos por unos golpes en el techo, como si… Oh, Dios mío. Mi cara se calentó y mi estomagó se revolvió. Borré inmediatamente la imagen de mi mente, no era nada agradable oír y menos imaginar lo que hacían allí arriba.

Bueno, pensé, al menos tuvo la consideración de hacerlo en su habitación y no en la cocina como la vez pasada.

Pero, en serio, ¿Qué pasaba? Primero mis profesores (¡Eww!) y ahora Tanya. Creo que la gente estaba muy libidinosa hoy.

Ojalá Edward…

¡NO! ¿Qué estoy pensando? ¡Yo no tengo ese tipo de pensamiento y tampoco debo tenerlos! ¡No soy ninguna adolescente hormonal! Me obligué por segunda vez a dejar de pensar en eso, sobre todo si Edward estaba involucrado en esos pensamientos. Él nunca dejaría que vayamos demasiado lejos.

Aunque el sábado parecía bastante dispuesto a…

¡NO!

Suspiré, estar aquí sola sin hacer nada oyendo a Tanya no parecía ser buena idea, pero ¿Qué podía hacer?

¿Y Carlisle? ¿Dónde estaba? Hace ya un rato que había subido y no ha regresado.

Decidí subir a buscarlo… aunque eso significara oír más de cerca a Tanya y a su amiguito.

Subí las escaleras y me dirigí al despacho de Carlisle. Agradecí que Edward me haya mostrado la casa la primera vez que me trajo a conocer a su familia y a presentarme como su novia. No pude evitar sonreír ante ese recuerdo. ¿Qué estaría haciendo Edward ahora? Esme estaba con él, así que no me preocupé de que Denisse pueda sobrepasarse con él de alguna manera. Sabía que ella no le haría daño, pero creo que le gustaba molestarlo, e incomodarlo, y avergonzarlo… y en fin. Aunque a D le gustaba molestar a todo el mundo. Le había dicho a Edward que D no era malvada, y era cierto, pero también era cierto que tenía un sentido del humor bastante… peculiar.

Llegué al despacho de Carlisle y encontré la puerta abierta, así que no tuve necesidad de tocar. Aún así, no entré, solo me quedé ahí parada mirando que hacía y por qué se tardaba tanto.

Él estaba frente a su escritorio, de espaldas a mi, pero pude notar que sostenía algo en sus manos. Él aparentemente no se había dado cuenta de que yo estaba ahí.

Sonreí. Despacio, empecé a acercarme a él esperando que siguiera distraído mirando lo que sea que tenía en sus manos para que no me oyera. Rodeé su torso con los brazos y apoyé mi mejilla en uno de sus brazos, diciendo:

-¡Hey! ¿Qué estás haciendo?.-

Carlisle saltó un poco, casi tirando la pequeña caja de color blanco que sujetaba. Me reí.

-¿Cómo lo haces?- me preguntó, cubriendo mi mano con la suya y sosteniendo la caja con la otra.

-¿Hacer el qué?- pregunté, apartándome un poco y alzando la vista para mirarlo.

Él se dio la vuelta para quedar frente a mi, aunque no deshizo mi abrazo.

-Aparecer sin que nadie te escuche.- me rodeó con un brazo.

Me quedé en blanco un momento, sin saber que responder. No era la primera vez que me decían eso, y la verdad es que estaba empezando a preguntarme si era cierto, y si lo era, por qué.

-No lo sé.- suspiré. Luego, volviendo a sonreír, agregué.- Tal vez estabas demasiado distraído mirando la cajita. Por cierto, ¿Qué es?.- le pregunté, regresando mi atención al la pequeña caja de terciopelo blanco.

Él la ocultó detrás de su espalda inmediatamente.

-Te lo diré más tarde. Es una sorpresa.- dijo.

¿Qué? ¡Nadie nunca quería decirme nada!

Sobresalí mi labio inferior a propósito y le miré a los ojos.

-¿Sorpresa? ¿Sorpresa para quien? ¿Y que hay dentro de la caja? Es demasiado grande para ser un anillo o unos aretes. ¿Un collar o un brazalete, tal vez? Vamos, dímelo, dímelo, ¿por favor?-

Carlisle rió y se inclinó para depositar un suave beso en mi frente.

-Después. Ahora, si no te importa, quiero salir…-

Pero fue interrumpido por las fuertes palabras de Tanya que seguramente resonaron por toda la casa y a mi me dejaron traumatizada de por vida. ¿No podía guardarse las palabras grotescas para si misma?

-Vámonos.- urgí.

Tomé la mano de Carlisle y tiré de él, ambos nos apresuramos a la puerta. No hubo más gritos cuando bajamos las escaleras, pero uno nunca sabe. Probablemente solo estaban tomando un descanso y luego empezarían de nuevo. Dios, que asco. ¿Acaso Tanya no se había dado cuenta de que nosotros estábamos aquí, o simplemente no le importaba?

Cuando salimos de la casa, disminuimos el paso y empezamos a caminar hacia el bosque, aunque no nos alejamos demasiado. Alcé la vista un momento para ver el cielo oscurecido y que el viento me refrescara el rostro. Me alegré de que hoy no fuera una noche fría. No es que me hubiese importado. Ni loca iba a quedarme en la casa para escuchar lo que Tanya hacía.

Caminamos un poco más y finalmente nos detuvimos. Sonreí cuando se me ocurrió algo.

-Oye, ¿te gustaría competir en una carrera conmigo?- le pregunté.

Cuanto más rápido nos alejemos de la casa, mejor.

-Claro.- sonrió.- ¿Pero cual sería la meta?.-

Lo pensé un momento.

-Hasta la el limite que tenemos con el territorio de los lobos.-

Carlisle dudó, pero el gemido lejano de Tanya pareció convencerlo.

-Está bien.

Nos aseguramos de estar perfectamente alineados uno junto al otro.

-¿Listo?- le pregunté.

-Por supuesto.-

-Entonces…-

-¡Ya!- gritamos al mismo tiempo.

Y corrí sintiéndome bien. Quiero decir, no era sólo el placer de ganar y demostrarle lo rápida que era. Si no que este acto físico de correr me gustaba, lo disfrutaba. Mis pies se aceleraban raídamente sobre suelo, haciendo solo un leve contacto, esquivando los árboles en mi camino, el viento dándome en la cara y el cuerpo. Era como si pudiera volar. Mi corazón latía con fuerza, pero no con sensación de malestar, sino cómodamente. Era más bien como si sintiera alegría. Podría correr así para siempre.

Había dejado que Carlisle tomara la delantera al principio, pero solo era para que se confiara. Unos metros cerca de la meta, tomé la delantera notablemente y lo adelante con facilidad.

-¡Gané!-

-Si, lo hiciste.- dijo con asombro.

Me giré con una gran sonrisa en la cara. Siempre he sido una persona competitiva y me encantaba ganar.

Se me escapó un agudo gritito de sorpresa cuando los brazos de Carlisle me levantaron en vilo y nos hizo girar. Inmediatamente me sujeté de él rodeándole el cuello con los brazos.

-Carlisle, no, bájame. Estamos junto al rió y me va a dar vértigo…- me reí, mitad por nervios y mitad por diversión.

Estallé en risas cuando empezó a hacerme cosquillas en el estomago y cuello e intenté esquivarlo, o pegándome más a él para que no pueda tocarme.

Entonces él dejó de hacerme cosquillas y de reírse y me depositó en el suelo con cuidado. Alcé la vista para mirarle e iba a preguntarle que pasaba, cuando escuché rápidas pisadas.

Y entonces un enorme lobo apareció frente a nosotros, al otro lado del rió. Probablemente había escuchado nuestras risas. Me tensé de inmediato. Nuestro ultimo encuentro con los lobos no hubo ninguna pelea, pero tampoco fue precisamente bien.

Sobre todo con Paul, quien creo que era este lobo. La primera y ultima vez que lo vi intentó atacarnos y yo lo mandé de vuelta a su manada de un golpe.

Nos miró a ambos, probablemente tratando de ver quienes éramos. Sus ojos se ampliaron un poco al verme a mi y Carlisle juntos, y luego los entrecerró.

Genial, ahora él también piensa que tenemos un romance.

Se quedó parado allí mirándonos y no parecía dispuesto a irse, así que dije:

-Vámonos.-

En otras circunstancias, me hubiese quedado solo para no darle el gusto de que nos fuéramos primero, pero ahora no estaba de humor.

Tiré ligeramente del brazo de Carlisle y nos dimos la vuelta, caminando en sentido contrario. Pude escuchar que el lobo se marchama también.

-Genial, ahora él pensara mal de nosotros.- comenté.

-Bella, los licántropos ya piensan mal de nosotros-

-Si, pero ahora seguramente creerán que somos alguna clase de secta rara donde todos están con todos y… ¿de que te ríes?- moví la cabeza.- Olvídalo. ¿Tanya ya habrá terminado?-

-No tengo ni idea.- rió por última vez- Pero creo que deberíamos dar una vuelta más, solo por si acaso. Además, aún es temprano.-

-Bueno.- sonreí y seguimos caminando sin dirección fija.

(Narradora)

La marea viva los absorbió hacia el ágora, y Danya se sintió arrastrada, muda de incredulidad, con los pies apenas rozando el suelo.

Un demonio, en el centro de la ciudad.

Pero no uno cualquiera, sino ese demonio. Al que ella había tocado. Salvado. Allí, en la calle, con las manos sobre sus brazos, cálidas incluso a través de los guantes de cuero, ese demonio que estaba vivo gracias a ella.

Él estaba allí.

Aquella locura desordenó sus pensamientos, provocando en su interior un caos mayor que el que la rodeaba. Era incapaz de pensar. ¿Qué podía decir? ¿Qué debía hacer?

Se sorprendió de que ni por un instante había considerado reaccionar como habría hecho cualquiera en la ciudad sin pensarlo: desenmascararlo y gritar "¡Un demonio!".

Danya tomó una bocanada de aire, profunda e irregular, y dijo:

-Es una locura que estés aquí. ¿Por qué has venido?-

-Ya te lo he dicho, para darte las gracias.

Un terrible pensamiento la asaltó.

-¿Asesinato? Nunca conseguirás acercarte al emperador.

-No.- respondió él con sinceridad.- Nunca mancharía el regalo que me hiciste con la sangre de tu pueblo.

El ágora era un óvalo gigantesco, suficientemente grande como para concentrar un ejército, numerosas falanges en formación, pero esa noche no había tropas en su centro, solo bailarines que realizaban intrincadas figuras al ritmo de la melodía. La gente se arremolinaban en los extremos de la plaza, donde la densidad de cuerpos era mayor. Había barriles de vino colocados entre mesas repletas de comida, y gente reunida en grupos, con niños sobre los hombros, todos riendo y cantando.

Ambos seguían atrapados en el tumultuoso delta de la calle principal. Él la mantenía anclada al suelo, tan firme como un rompeolas. Ella, perpleja después de la sorpresa, no trató de escapar.

-¿Regalo?- preguntó Danya con incredulidad.- Pues no lo cuidas muy bien, viniendo aquí, hacia una muerte segura.

-No voy a morir.- dijo él.- Al menos no esta noche. Miles de cosas podían haber impedido que estuviera aquí en este momento, pero otras miles me han traído hasta aquí. Todo se alineó. Ha sido fácil, como si estuviera escrito…

-¡Escrito!-respondió sorprendida. Se volvió para mirarlo y la muchedumbre la empujó contra su pecho, como si todavía estuvieran bailando. Ella se retiró con brusquedad, buscando espacio.- Como si estuviera escrito ¿el qué?

-Tú.- respondió él.- y yo.

Confirmado. Está como una cabra.

¿Él y ella? ¿Ángel y demonio? Era absurdo. Lo único que pudo decir fue:

-Estás loco.

-Es tu locura, también. Tú salvaste mi vida. ¿Por qué lo hiciste?

Ella no tenía respuesta. Durante tres años se había obsesionado con aquella misma pregunta, y con la sensación de que cuando lo había encontrado moribundo, debía protegerlo. Ella. Y ahora estaba vivo y, algo inimaginable, allí. Aún seguía forcejeando, incrédula, con la idea de que fuera él, de que oculto tras aquella máscara estuviera su rostro, del que recordaba cada plano y cada ángulo.

-Y esta noche. - dijo él. -Con un millón de almas en la ciudad, lo más probable era que no te hubiese encontrado. Podía haber buscado toda la noche sin lograr más que atisbar tu presencia, pero estabas allí, delante de mis ojos, sola, moviéndote entre la multitud y apartada de todo, como si estuvieras esperándome…

Él continuó hablando, pero Danya dejó de escucharlo. Al mencionar su soledad, la razón que la había provocado regresó como un relámpago a su mente, tras haber quedado por un momento apartada por la sorpresa. Uriel.

Miró hacia el balcón del palacio. En la distancia, sus ocupantes eran meras siluetas, aunque ella supo quienes eran todos ellos. Uriel no estaba allí.

Lo que solo podía significar que se encontraba en la plaza. Un escalofrío de miedo la recorrió desde los pies hasta la cabeza.

-No lo entiendes.- dijo Danya, esquivando a la multitud.- Había una razón por la que nadie estaba bailando conmigo. Pensé que eras un valiente. Lo que no sabía es que fueras un loco…

-¿Qué razón?.- preguntó el demonio, aún cerca de ella. Demasiado cerca.

-Confía en mí.- respondió ella con insistencia.- No estás a salvo. Si quieres seguir vivo, márchate.

-He recorrido un largo camino hasta encontrarte y no pienso…

-Estoy prometida.- espetó, odiando aquellas palabras antes incluso de pronunciarlas.

Él se quedó petrificado.

-¿Prometida? ¿En matrimonio?

Reclamada, pensó ella, pero dijo:

-Prácticamente. Ahora vete. Si Uriel te viera…

-¿Uriel?.- retrocedió ante aquel nombre.- ¿Estás comprometida con el Arcángel?

Y al tiempo que él pronunciaba aquellas palabras, unos brazos rodearon por detrás la cintura de Danya, que ahogó un grito de sorpresa.

En un instante, imaginó lo que sucedería. Uriel descubriría al demonio y no solo lo mataría, sino que convertiría su muerte en un espectáculo. Un espía en el baile anual. ¡Nunca había sucedido algo semejante!. Sería torturado. Le harían desear no haber nacido. Todo aquello cruzó su mente como un relámpago, y el terror subió a su garganta con sabor a hiel. Cuando escuchó una risita junto a su oreja, el alivio la dejó casi sin fuerzas.

No era Uriel, sino Dinorah.

-Aquí estás.- dijo su amiga.- ¡Te perdimos entre la multitud!

Danya sintió que el pulso se le aceleraba y provocaba un estruendo en sus oídos, mientras Dinorah paseaba la mirada entre ella y el extraño.

-Hola.- saludó Dinorah observando con curiosidad la máscara de caballo, a través de la cual Danya todavía podía distinguir el destello de aquellos ojos negros.

De nuevo le sorprendió que hubiera acudido con un disfraz tan escaso a la guarida del enemigo por ella, y sintió una extraña opresión en el pecho. Durante años había considerado lo del campo de batalla, el deseo de que viviese, y realmente lo deseaba, como una locura pasajera, aunque en aquel momento no lo sintiese como tal, ni ahora tampoco. Danya se calmó y se volvió hacia Dinorah.

Zara estaba justo detrás de ella.

-Vaya amigas son.- las reprendió.- Me visten así y luego me abandonan en la calle. Me podían haber vapuleado.

-Pensábamos que estabas detrás de nosotras - contestó Zara, sin aliento después de bailar.

-Estaba.- añadió Danya.- Muy por detrás.

Había dado la espalda al demonio, sin mirarlo de nuevo. Con indiferencia, empezó a alejar a sus amigas de él, aprovechando el movimiento de la multitud para abrir espacio entre ellos.

-¿Quién era ese?- preguntó Dinorah.

-¿Quién?-

-El de la máscara de caballo, el que estaba bailando contigo.-

-Yo no estaba bailando con nadie. Tal vez no te has dado cuenta, pero nadie bailaría conmigo. Soy una paria.

-¡Una paria!.- respondió su amiga en tono burlón.- De eso nada. Más bien una princesa.

Dinorah lanzó una mirada escéptica a su espalda, y Danya deseó con todas sus fuerzas saber qué había visto. ¿Tenía el demonio los ojos clavados en ellas, o había huido por el instinto de conservación?

-¿Has visto a Uriel?.- preguntó Zara.- O mejor dicho, ¿te ha visto él a ti?

-No… - empezó a decir Danya, pero entonces Dinorah exclamó:

-¡Allí está!- y Danya se quedó paralizada.

Allí estaba él.

Resultaba inconfundible. El pelo, blanco como la nieve, lo llevaba cepillado y colocado sobre los hombros, y su cuerpo estaba cubierto con una túnica de satén color marfil: tanto blanco, blanco sobre blanco, enmarcando su rostro fuerte y hermoso bronceado por el sol, otorgaba a sus pálidos ojos un aspecto fantasmal.

Él todavía no la había visto. La multitud se apartaba a su paso, y ni el más borracho de los presentes dejaba de reconocerlos y de abrirles camino. La muchedumbre parecía dispersarse mientras él avanzaba junto a los demás Arcángeles, pero ellos no le preocupaban a Danya.

El significado de aquella noche la asaltó. Su elección, su futuro.

-Es impresionante.- suspiró Zara, recostándose sobre Danya.

Era cierto, pero a ella no le causaba ni el más mínimo interés.

-Te está buscando.- dijo Dinorah, y Danya sabía que así era.

El general no tenía prisa, y paseaba sus pálidos ojos entre la multitud con la confianza de quien consigue lo que quiere. Entonces la vio. Danya sintió que la atravesaba con la mirada y, temerosa, dio un paso atrás.

-¡Vamos a bailar!- exclamó, para sorpresa de sus amigas.

-Pero… - dijo Zara.

-Escucha.- sonaban los primeros compases de un nuevo baile.- Es mi favorita.

De hecho, no era su baile preferido, pero le servía. Se formaron dos hileras, los hombres a un lado y las mujeres al otro, y antes de que Zara y Dinorah pudieran decir nada, Danya había escapado hacia la fila de las mujeres, sintiendo en su nuca la mirada de Uriel .

¿Dónde están esos otros ojos?, se preguntó.

La melodía comenzaba con un paseo a ritmo suave, al que sus amigas se unieron apresuradamente. Danya realizaba los pasos con elegancia y una sonrisa, sin perder el compás, pero estaba ausente. Su pensamiento había huido lejos, al tiempo que se preguntaba, con el corazón desbocado, dónde se había marchado aquel demonio.

Nadie evitó la mano de Danya, como habían hecho antes, hubiera sido un desaire demasiado obvio, sin embargo, sus parejas actuaban con una rígida formalidad mientras ella pasaba de una a otra, algunos apenas aproximaban la punta de sus dedos a los de Danya cuando se suponía que debían juntar las palmas.

Uriel se había acercado y permanecía de pie, observando. Todos lo sentían, y la alegría de la danza quedó atenuada. Su presencia tenía ese efecto, pero Danya sabía que era culpa suya, por escapar de él y tratar de esconderse allí, como si fuera posible ocultarse.

Simplemente estaba retrasando el encuentro, y el baile era perfecto al menos para eso, ya que duraba un largo cuarto de hora con constantes cambios de pareja. Danya pasó de un cortés soldado mayor a un joven bailarín con máscara de dragón que apenas la rozó. Y cada vuelta la llevaba de nuevo junto a Uriel, que mantuvo los ojos fijos en ella.

Su siguiente pareja llevaba una máscara de tigre, y cuando tomó su mano… la agarró. La sujetó con firmeza entre sus dedos enguantados. La calidez de aquel contacto provocó un escalofrío en el brazo de Danya, y no tuvo que mirarlo a los ojos para saber quién era.

Aún seguía allí , y con Uriel tan cerca. Qué insensato, pensó ella , agitada por su proximidad. Después de calmar su respiración y su pulso, dijo:

-En mi opinión, la de tigre te queda mejor que la de caballo.

-No sé a qué te refieres, mi dama.- replicó él.

-Por supuesto.

-Porque sería una locura continuar aquí si yo fuera quien tú piensas.

-Lo sería. Parece que desearas la muerte.

-No.- respondió solemne.- Eso nunca. En todo caso, desearía vivir una vida distinta.

Una vida distinta. Ojalá, pensó Danya, sintiendo el peso de su propia existencia y de sus elecciones, o la falta de ellas.

Continuó hablando en tono suave.

-¿Deseas ser uno de nosotros? Lo siento, pero no creo que admitan de nuevo a un caído.

Él rió.

-Incluso si lo hicieran, no ayudaría mucho. Estamos todos atrapados en la misma vida, ¿no es así? En la misma guerra.

En toda una vida odiando a los demonios, Danya jamás se había planteado que ellos vivieran igual que ella, pero las palabras de él eran ciertas. Estaban todos atrapados en la misma guerra. Habían sumido al mundo entero en ella.

-No existe otra vida.- dijo Danya.

Al girar junto al lugar donde se encontraba Uriel, se puso tensa.

La presión de la mano del demonio aumentó ligeramente, con suavidad, ayudándola a soportar la mirada del general hasta que se alejó de él y pudo respirar.

-Tienes que irte.- le dijo en voz baja.- Si te descubren…

Él permaneció callado un instante antes de preguntar, también en un susurro:

-No te vas a casar con él, ¿verdad?-

-Yo… no lo sé.

Él levantó la mano de Danya para que ella girara bajo el arco que formaban sus brazos, era parte de la danza.

-¿Qué hace falta saber?.- preguntó él.- ¿Lo amas?

-¿Que si lo amo?.- la pregunta sorprendió a Danya, y una carcajada escapó de sus labios. Recuperó rápidamente la compostura, ya que no deseaba atraer más la atención de Uriel.

-¿Es una pregunta graciosa?

-No.- respondió ella.- Digo, sí .- ¿Que si amaba a Uriel? ¿Era así? Tal vez. ¿Cómo se podía saber algo así?.- Lo gracioso es que seas el primero que me pregunta eso.

-Perdóname.- dijo el demonio.- Pensé que los ángeles se casaban por amor.

Danya pensó en sus padres. Sus recuerdos aparecían difuminados por la pátina del tiempo, y sus rostros, reducidos a simples rasgos. Era apenas una niña la ultima vez que los vio. Una niña que salió a jugar al campo muy temprano en la mañana y al regresar encontró su aldea destruida. ¿Sería capaz de reconocerlos si los encontrara? Tenía la esperanza que no hayan muerto en uno de los ataques del enemigo. Deseaba encontrarlos en algún lugar, un día.

Pero recordaba el cariño que mostraban el uno por el otro, y sus caricias constantes.

-Sí nos casamos por amor.- ya no se reía.- Mis padres lo hicieron.

-Así que eres hija del amor. Es hermoso ser fruto del cariño.

Danya nunca había pensado en sí misma de aquel modo, pero las palabras del demonio le revelaron la belleza de ser un hijo deseado, y sintió pena al darse cuenta de la gran pérdida que suponía no tener a su familia.

-¿Y los tuyos? ¿Se amaban tus padres?

Se escuchó a sí misma preguntando aquello, y se sintió abrumada por el vertiginoso surrealismo de la situación. Acababa de preguntarle a un demonio si sus padres se amaban.

-No.- respondió él sin añadir explicación alguna.- Pero espero que los padres de mis hijos sí lo hagan.

Él volvió a levantar la mano de Danya para que girara bajo el arco formado por sus brazos. Mientras giraba, Danya percibió el tono mordaz en sus palabras, y cuando estuvieron otra vez el uno frente al otro, respondió, a la defensiva:

-El amor es un lujo.

-No. El amor es un elemento.

Un elemento. Como el aire que se respira, o la tierra que se pisa. Se estremeció ante la absoluta convicción que transmitía la voz de él, pero no tuvo oportunidad de responder, pues habían terminado la danza. Todavía sentía la piel de gallina por aquella asombrosa afirmación cuando él la entregó a su siguiente pareja, que no pronunció ni una palabra.

Danya trató de seguir con la vista al demonio. Después de con ella, debería haberse emparejado con Zara, pero había desaparecido, y no vio ninguna máscara de tigre en toda la formación. Se había desvanecido, y ella sintió su ausencia como un espacio abierto en el aire.

La danza entró en el paseo final, y cuando terminó con un alegre repiqueteo, Danya se encontró casi en los brazos de Uriel, como si hubiera estado preparado de aquel modo.

-Señor.

Danya notó la garganta seca y sus palabras sonaron ásperas, como un susurro gutural.

Zara y Dinorah se apresuraron a colocarse detrás de ella, y Uriel esbozó una sonrisa. Su mirada era descarada y no se dirigía a los ojos de Danya, sino más abajo, sin ningún esfuerzo por resultar sutil.

Danya notó que la piel comenzaba a arderle al tiempo que el corazón se le enfriaba, y se inclinó en una reverencia. Deseó no tener que levantarse y enfrentarse a los ojos de Uriel jamás, pero debía hacerlo.

-Te ves hermosa esta noche.- dijo él.

No habría sido necesario que Danya se preocupara por toparse con sus ojos. Si ella no hubiera tenido cabeza, él no se habría dado ni cuenta. La forma en que contemplaba su cuerpo con aquel vestido de noche le dio ganas de cruzar los brazos sobre el pecho.

-Gracias.- respondió, luchando contra aquel impulso. Lo esperado era que devolviera el cumplido, así que dijo simplemente.- Igual que usted.

Él levantó los ojos con expresión divertida.

-¿Yo estoy hermoso?

Ella inclinó la cabeza, mirando de lo que se había disfrazado antes de decir:

-Como un lobo en invierno, mi señor.

Su respuesta le agradó. Parecía relajado, casi perezoso, y tenía los párpados pesados. Danya apreció que estaba completamente seguro de conseguirla. No iba buscando un gesto; no albergaba ni la más mínima duda. Él conseguía lo que quería. Siempre.

¿Lo haría también esa noche?

Sonó una nueva melodía, y él ladeó la cabeza tratando de reconocerla.

-¿Me concede este baile, señora?

Ofreció su brazo a Danya, que se quedó inmóvil como un animal acorralado.

Si tomaba aquel brazo, ¿significaba que ya estaba hecho, que lo aceptaba?

Pero rechazarlo sería el mayor de los desaires, lo avergonzaría, y nadie avergonzaba a Uriel. Si fuera uno de los arcángeles otros arcángeles, a ella no le preocuparía, ellos no estaban interesados en ella, y si así fuera, estaba segura que si les dijera que no ellos lo dejarían pasar.

Era una invitación a bailar, sin embargo, la sentía como una trampa. Danya permaneció quieta demasiado tiempo. En ese intervalo, la mirada de Uriel se agudizó. Su letargo indulgente desapareció para ser sustituido por…, no estaba segura. El nuevo sentimiento no pudo tomar forma. Incredulidad, quizá, que habría dado paso a una furia fría como el hielo de no ser por Zara que, presa del pánico, puso su mano en la espalda de Danya y la empujó.

Propulsada de ese modo, ella dio un paso, y ya no pudo echarse atrás. Sin embargo, no tomó el brazo de Uriel, más bien colisionó con él. Uriel colocó el brazo de Danya bajo el suyo, con gesto posesivo, y la condujo hacia el baile.

Y seguramente, como todo el mundo pensaba, hacia su futuro.

La agarró por la cintura, que era la postura correspondiente para esa danza, en la que los hombres levantaban a las mujeres como ofrendas al cielo. Las manos de él rodeaban casi por completo su delgada cintura, con las palmas contra su espalda desnuda.

Intercambiaron algunas palabras. Dayan tal vez se interesara por la salud del emperador, y Uriel debió de contestar, pero ella habría sido incapaz de repetir lo que se dijeron.

¿Qué había hecho? ¿Qué era lo que acababa de hacer?

No podía engañarse pensando que aquello era fruto de un instante y del leve empujón de Zara. Ella había permitido que la vistieran de aquel modo, había acudido hasta allí, era consciente de lo que le esperaba. Tal vez no reconociera que sabía lo que estaba haciendo, pero por supuesto que lo intuía.

Se había dejado llevar por la certeza de los demás.

Había sentido una punzante satisfacción al ser elegida…, envidiada. Ahora se avergonzaba de ello, y del modo en que había acudido allí esa noche, dispuesta a interpretar el papel de novia temblorosa y a aceptar a un hombre al que no amaba.

Pero… ella no lo había aceptado, y pensó que no lo haría. Algo había cambiado.

Nada ha cambiado, se reprendió a sí misma. De hecho, el amor es un elemento, la aparición de aquel demonio, ¡el riesgo corrido!, todo aquello le asombraba, pero no cambiaba nada.

¿Y dónde estaba él ahora? Cada vez que Uriel la levantaba, miraba a su alrededor, pero no vio ninguna máscara de caballo ni de tigre. Esperaba que se hubiera marchado y estuviera a salvo.

Uriel, que hasta ese momento había parecido satisfecho con lo que sus manos tocaban, debió de sentir que no estaba acaparando su atención. Al bajarla de uno de los saltos, la dejó resbalar a propósito para tener que sujetarla contra su cuerpo. De la impresión, las alas de Danya salieron espontáneamente, como velas desplegadas al viento.

-Mis disculpas, señora.- dijo, y la descendió hasta que sus pies tocaron el suelo de nuevo, pero no relajó el abrazo.

Danya notó la rígida superficie de aquel musculoso pecho contra el suyo. Tuvo que luchar contra el pánico que sentía para evitar escapar de sus brazos. Le resultó difícil plegar de nuevo las alas, cuando lo que realmente deseaba era remontar el vuelo.

-Este vestido ¿está fabricado con sombras?.- preguntó el general.- Apenas puedo notarlo entre mis dedos.

No será porque no lo hayas intentado, pensó Danya.

-¿Tal vez sea el reflejo del cielo nocturno.- sugirió él- recogido de un estanque?

Ella supuso que trataba de ser poético. Romántico, incluso. Por respuesta, y con tan poco romanticismo como le fue posible, más bien como si se quejara de una mancha que no se quitara, Danya dijo:

-Sí, mi señor. Fui a darme un chapuzón, y el reflejo se me quedó pegado.

-Entonces, podría deslizarse como el agua en cualquier momento. Me pregunto qué llevarás debajo de él, si es que llevas algo.

Y esto se supone que es un cortejo, pensó Danya.

Se ruborizó y se alegró de llevar la máscara, que solo dejaba al descubierto sus labios y la barbilla. Optó por no referirse al asunto de su ropa interior.

-Es más resistente de lo que parece, se lo aseguro.- respondió.

Ella no pretendía que sus palabras sonaran como un desafío, pero él las interpretó como tal. Alzó la mano hasta los delicados hilos que como una sutil telaraña aseguraban el vestido en torno al cuello de Danya, y dio un tirón rápido y firme. Cedieron fácilmente, y ella ahogó un grito de sorpresa. El vestido se mantuvo en su sitio, pero con un puñado de sus frágiles tirantes rotos.

-O quizá no tan resistente.- dijo él.- No te preocupes. Yo te ayudaré a sujetarlo.

Colocó su mano sobre el corazón de Danya, justo encima de su pecho, y ella tembló, pero no por satisfacción.

-Es muy amable, señor.- replicó desembarazándose de la mano de Uriel al dar un paso hacia atrás.- Pero ha llegado el momento de cambiar de pareja. Tendré que arreglármelas yo misma con el vestido.

Nunca se había sentido tan contenta de cambiar de pareja. En esa ocasión le tocó bailar con un torpe soldado sin ninguna gracia que estuvo a punto de pisarle los pies más de una vez. Apenas se dio cuenta.

Una manera distinta de vivir, pensó, y aquellas palabras se superpusieron como un mantra a la melodía de la canción. Una manera distinta de vivir, una manera distinta de vivir…

Se preguntó dónde estaría en ese momento. La ansiedad la invadió intensamente.

Antes de que se diera cuenta, el hombre la estaba devolviendo a Uriel, que la agarró con fuerza y la atrajo hacia su cuerpo.

-Te he echado de menos.- dijo.- Cualquier otra dama resulta vulgar a tu lado.

Le hablaba con tono suave, pero ella solo podía pensar en lo burdas, en lo artificiales que sonaban aquellas palabras comparadas con las de aquel demonio.

Cuidado, pensó ella, así empezó la guerra y la rebelión de al menos un tercio de los ángeles que ahora son demonios, con palabras.

Dos veces la entregó Uriel a otras parejas, y otras dos regresó a sus brazos. Cada vez resultaba más insoportable que la anterior, lo que la hacía sentir como una fugitiva devuelta a su hogar contra su voluntad.

Cuando, al ser entregada a la siguiente pareja, sintió la firme presión de unos guantes de cuero en sus dedos, se dejó arrastrar con una ligereza que se asemejaba a flotar. La amargura desapareció. Las manos del demonio envolvieron su cintura, sus pies abandonaron el suelo y Danya cerró los ojos, entregándose a la sensación.

Él la devolvió al suelo, pero no la dejó marchar.

-Hola.- susurró Danya, feliz.

-Hola.- contestó él, como un secreto compartido.

Ella sonrió al ver su nueva máscara. Era humana y resultaba cómica con sus grandes orejas y una roja nariz de borracho.

-Otra cara más- dijo ella.- ¿Eres una especie de mago que hace aparecer máscaras?

-No es necesaria ninguna magia. Hay tantas máscaras para elegir como borrachos inconscientes.

-Bueno, esta es la que peor te sienta.

-No creas. En tres años pueden suceder muchas cosas.

Ella rió recordando su rostro, y la invadió el deseo de contemplarlo de nuevo.

-¿Me dirías tu nombre?.- preguntó él.

Ella se lo dijo y él lo repitió como un conjuro.

-Danya, Danya, Danya…

Qué extraño era, pensó Danya, sentirse dominada por aquella sensación de… satisfacción… con la simple presencia de un hombre cuyo nombre desconocía y rostro no podía ver. Y que era nada más ni nada menos que ¡Un demonio! Le había llamado loco, pero ahora se daba cuenta de que estaba tan o más loca que él.

-¿Y el tuyo?.- preguntó.

-Astaroth.-

Ella asintió.

-Ya lo has hecho.- dijo él.- Aceptarlo.

-No, no lo he aceptado.- replicó ella con actitud desafiante.

-¿No? Pues te mira como si fueras de su propiedad.

-En ese caso, deberías estar sin duda en otro lugar…

-Tu vestido.- dijo él al darse cuenta.- Está roto. ¿Fue él?

Danya notó calor, por primera vez sintió un aura oscura, una oleada de ira como la llamarada de una hoguera. Se preguntó si alguien más lo había sentido, pero aparentemente todos parecían demasiado absortos en la fiesta.

Vio que Uriel estaba bailando con Dinorah, y que la observaba fijamente. Esperó hasta que el desarrollo del baile interpusiera la robusta espalda de entre ellos Astaroth, ocultando su cara, antes de contestar.

-No tiene importancia. No estoy acostumbrada a llevar telas tan delicadas. Lo eligieron por mí. Ojalá tuviera un chal.

Él aún estaba rígido por el enfado, aunque sus manos seguían rodeando suavemente la cintura de Danya.

-Yo puedo hacerte un chal.- dijo.

Ella ladeó la cabeza.

-¿Sabes tejer? Vaya. Es una habilidad poco usual en un soldado.

Él se rió.

-No soy un simple soldado, y tampoco sé tejer.-respondió, y entonces Danya notó sobre su hombro una caricia suave como una pluma. No podía haber sido él, pues sus manos le rodeaban la cintura. Miró hacia su hombro y vio que una mariposa de color verde grisáceo se había posado sobre ella, una de las muchas que revoloteaban por encima de sus cabezas. Las alas de su diminuto cuerpo lanzaban destellos, como una joya, al tiempo que sus aterciopeladas alas se abrían sobre la piel de Danya. No tardó en seguirla otra, esta rosa pálido, y otra, también rosada pero con motas anaranjadas en sus alas de encaje. Muchas más aparecieron flotando por el aire, y en un instante, un buen número de ellas cubría el pecho y los hombros de ella.

-Aquí tienes, hermosa.- dijo él.- Un chal vivo.

Danya estaba sorprendida.

-Pero… ¿Cómo hiciste eso?

-Es solo un truco.

-Es magia.

-Reunir mariposas no es una magia muy útil.

-¿Que no es útil? Me has fabricado un chal.

Danya se sentía sobrecogida. La magia que le habían mostrado y enseñado contenía poca fantasía, mayormente era para defenderse en un ataque. Esta era hermosa, tanto por su forma, las alas eran de docenas de colores, y tan suaves, como por su propósito. Él había tapado su cuerpo. Uriel había roto su vestido, y él la había tapado.

-Me hacen cosquillas.- rió.- Oh, no. Basta.

-¿Qué sucede?

-Oh, haz que se vayan.- suplicó riendo más fuerte.- Se están comiendo el azúcar.

-¿Azúcar?

El cosquilleo la obligaba a agitar los hombros.

-Haz que se vayan. Por favor.

Él lo intentó. Algunos levantaron el vuelo y aletearon en torno a la cabeza de Danya, pero la mayoría permaneció donde estaba.

-Me temo que se han enamorado.- dijo él, preocupado.- No quieren abandonarte.

Retiró una mano de la cintura de Danya para ahuyentar suavemente un par de mariposas que ella tenía en el cuello, donde las alas le rozaban la barbilla. Con melancolía, añadió:

-Sé exactamente cómo se sienten.

Danya sintió que el corazón se le encogía. Él volvió a levantarla, aunque sus hombros estaban aún cubiertos de mariposas. Por encima de las cabezas de la multitud, Danya pudo divisar con alivio que Uriel les daba la espalda. Sin embargo, Dinorah, a la que él estaba alzando, la vio.

Astaroth bajó de nuevo a Danya, y justo antes de que sus pies tocaran el suelo, se miraron el uno al otro a través de sus máscaras, ojos celestes cristalinos sobre ojos negros, y algo surgió entre ambos. Danya no sabía si había sido magia, pero la mayoría de las mariposas remontaron el vuelo y desaparecieron como empujados por el viento. Volvía a estar en el suelo, con los pies en movimiento y el corazón desbocado. Había perdido el ritmo de la danza, pero notaba que estaba llegando a su fin y que en cualquier instante regresaría otra vez junto a Uriel.

Él tendría que devolverla a los brazos del general.

Su corazón y su cuerpo se rebelaron. No podía hacerlo. Sentía las piernas ligeras, dispuestas a huir. Se le aceleró el pulso y los restos de su chal vivo desaparecieron, como asustados. Danya reconoció la tensión, la calma exterior y el tumulto interior, el torbellino que invadía su mente antes de cargar contra el enemigo.

-¿Danya?.- preguntó él. Igual que las mariposas, también percibió su cambio de actitud, cómo se aceleraba su respiración, cómo se tensaban los músculos donde sus cálidas manos rodeaban su cintura.- ¿Qué sucede?

-Quiero… .- respondió ella sabiendo perfectamente lo que quería, sintiéndose arrastrada hacia ello, pero sin saber cómo expresarlo.

-¿Qué? ¿Qué quieres?.- preguntó con dulzura, pero apremiante.

Él quería lo mismo. Reclinó la cabeza de modo que su máscara rozó un instante la frente de Danya, desencadenando una llamarada de sensaciones por todo su cuerpo.

Uriel estaba muy cerca. Se daría cuenta. Si trataba de escapar, la seguiría. Astaroth sería prendido, y posteriormente, asesinado.

Danya quería gritar.

Y de repente, los fuegos artificiales.

Más tarde, recordaría lo que Astaroth había dicho sobre la conjunción de los acontecimientos, como si estuviera planeado. En todo lo que sucedería a continuación, reconocería esa sensación de inevitabilidad, de que el universo estaba conspirando para ello. Sería fácil. Y todo comenzaría con los fuegos artificiales.

La luz estalló sobre sus cabezas. El sonido era atronador. La música se deshizo al tiempo que los bailarines se retiraban las máscaras y alzaban la cabeza para contemplar el cielo.

Danya reaccionó. Mientras todos estaban distraídos mirando el cielo, ella tomó la mano de él y se sumergió entre la multitud. Se mantenía agachada y avanzaba deprisa. Un túnel pareció abrirse para ellos en el oleaje de cuerpos, y los sacó de allí.

.

.

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D estaba muriendo… de aburrimiento.

Aún así, trataba con todas sus fuerza parecer entusiasta y feliz, para complacer a Esme, y colaborar con lo que le estaban preparando a Bella. Pero en realidad ella no se sentía con ganas de nada.

Ese viaje de compras no estaba saliendo como planeaba. Hoy no había sido como planeaba. Al menos, no lo ultimo. (D ya sabía que probablemente Edward y Bella se fugarían de la escuela en algún momento del día, y Bella se deprimiría al recordar a su madre por la situación por la que está pasando.) Pero por fortuna, ella siempre tenía un plan B.

Para empezar, en la vida se imaginaba que Bella empezaría a ver muertos. Ella tenía una teoría al respecto. Algo había pasado en su pequeña estancia con los Dreamers. Tal vez era natural que viera fantasmas, almas errantes que debieron haberse marchado pero que no lo hicieron porque tenían algo pendiente que los ataba a la tierra o tenían miedo, pero no era normal que tuviera visiones de muertes pasadas en los lugares donde habían ocurrido. Tuvo que ver de nuevo a su padre y, lo peor, pedirle ayuda. Realmente detestaba deberle favores que, aunque hasta ahora insistía en que no era con intenciones de obtener algo a cambio, ella estaba segura de que algún día terminaría por cobrárselas. Todos lo hacían, nada era gratis para ellos. Y por mucho que fuera su padre, supuestamente, no quería decir que tendría trato especial por ello.

Pero D estaba desesperada y no sabía a quien recurrir. Nadie iba a darle su amuleto así por así, y ella no podía fabricar uno. No tenía opción. Y además, estaba dispuesta a pagar lo que sea para el bienestar y seguridad de Bella. Había pasado siglos viendo como ella pagaba el precio de la horrible creación del que habían sido victimas, ahora era tiempo de que ella también participara y ayudara, y sufrir las consecuencias, si era necesario.

Segundo, Bella había pasado los dieciocho años. De hecho, cumplía diecinueve en unos meses, y D sabía que eso significaba una cosa: Los cambios estaban presentándose.

Nadie sabía cuales eran exactamente, pero D si lo sabía.

No se preocupaban por ver que pasaba después, porque nunca pasaban de los dieciocho años.

Bueno, casi nunca.

Anteriormente, Bella llegó a sobrepasar la edad limite. En ese entonces, se llamaba Evangeline Trevelyan, cumplió los veintidós años, y murió finalmente por salvar a su hermano menor.

Y ahora, se volvía a repetir, solo que esta vez si estaba recibiendo ayuda de D.

Los Darklight son una nueva especie, creada hace más de dos mil años, híbridos mitad ángel y demonio, pero mucho más fuerte que ambos.

O eso era lo que pretendían que fueran cuando los crearon.

Pero todo salió mal, lo que era de esperarse de un proyecto que estaba mal.

Empezando por lo obvio, todos los involucrados habían sido condenados a muerte luego de una serie de castigos, de lo cual D se alegraba. Es más, ella hubiese querido estar allí y encargarse de todos ellos ella misma.

Pero no, ella en ese momento estaba encerrada junto a los otros mientras afuera decidían que hacer con ellos. Habían llegado demasiado tarde y el daño ya estaba hecho. El proceso de disolución y mezcla ya había terminado y no había marcha atrás.

En ese entonces creían que no había manera de revertirlo, y temerosos por lo que aquellos nuevos seres pudieran hacer, decidieron destruirlos.

Excepto algunos, que creyeron que merecían una oportunidad. Como no pertenecían a ninguno de los dos bandos, los dejaron en donde habían sido creados. Con los humanos.

Su pequeño experimento de prueba no salió como habían esperado, al menos, no como había esperado el pequeño grupo que creyó que estaría bien dejarlos vivir.

El primero que dejaron libre terminó convirtiéndose en una criatura salvaje. Siendo el primero, la fusión no había salido como era planeado y las dos almas tenían que convivir en un mismo cuerpo, lo que era imposible. Ambos eran demasiado distintos y mayores, con sus propias idea y pensamientos, difíciles de controlar. Así que tuvieron que acabar con ellos, por completo. No solo su cuerpo, sino también sus almas.

El segundo que enviaron no se volvió loco, pero su parte malvada era demasiado fuerte y venció a la buena. Los demonios protestaron al principio, hasta darse cuenta de que se estaba volviendo contra ellos. Fueron destruidos también.

Y luego ellas, A, D, y actualmente Bella, era la tercera y la ultima de los de su clase. No se habían vuelto salvajes, ni tampoco una de las partes había dominado a la otra, habían sabido mantener el equilibrio, y por eso estaban aquí.

Pero podían ser destruidas con el más mínimo error.

Si, era cierto que para este tiempo todos se habían olvidado de ellos y los habían dejado aquí a su suerte, pero eso no quería decir que no debía ser cuidadosa con lo que hacía.

Al principio quisieron ayudarlos, pero pronto se dieron por vencidos al ver que nada daba resultado y los abandonaron.

Los trataron como a cualquier alma humana, muriendo y naciendo una y otro vez. Con la diferencia de que los humanos tenían la oportunidad de vivir más de dieciocho años, y también podían abandonar la tierra por un tiempo antes de volver a regresar, yendo arriba o abajo, depende de como hayan sido en vida.

Hasta los Nephilim tenían una oportunidad de vida mayor, los híbridos comunes, ya sea mitad humano y ángel, o mitad humano y demonio. Tenían un alma, esta bien, diferente a cualquiera, pero la tenían. Ellos se iban a donde sus respectivos padres pertenecían al morir. Algo injusto también, pero en fin.

Pero ellos no. Ellos estaban condenados a renacer una y otra vez inmediatamente, sin una pequeña parada para descansar.

Somos considerados fenómenos que nunca debieron ser creados, había dicho aquel perro del infierno. Y eso que él no era un Darklight, sino más bien un Nephilim. Su madre había sido una pequeña y hermosa perrita cualquiera, que era de donde él había heredado su inocente aspecto. Y también su nada malvada personalidad. Aún así, a pesar de que había sido bueno durante toda su corta vida, cuando muriera se iría al infierno, solo porque su padre pertenecía a él. Como había dicho, era injusto.

Pero más injusto era lo que pasaría si Bella muriera. Muriera de verdad.

D no estaba segura, porque hasta ahora cada vez que la vida de ellas terminaban, eran trasladas a otro cuerpo inmediatamente y empezaban otra vez. Pero ahora, que parte del lazo estaba roto, no sabía que pasaría. Y menos si terminaba a romperse por completo. D sabía que para que se realice el traslado se necesitaba a las tres, porque el alma de Bella era demasiado pequeña e insuficiente. Y estaba segura de que, si es que el lazo que ellas tenían se rompía, y Bella moría… ocurrirían una de tres cosas:

Se quedaría estancada en la tierra, pero sin un cuerpo. Es decir, terminaría como cualquiera otro fantasma errante de esos que Bella estaba empezando a ver.

Su pequeña alma desaparecería por completo, lo que significa que Bella desaparecería por completo.

O tres, y la más horrible. Se iría directo al limbo.

Si es que tal lugar existía.

No estaba comprobado, que D sepa, pero según había oído, era el lugar donde van las almas que no pertenecen ni al cielo ni al infierno. Que están en el medio. Y Bella estaba allí.

Imaginó a Bella siendo absorbida por un agujero negro, sacudiendo los brazos y las piernas, incapaz de detenerse o de aminorar la velocidad de la caída. Descendiendo hacia la oscuridad, y su grito horrible y estridente es lo único que se oye. Justo cuando está segura de que este salto no tiene fin… todo se detiene. El grito. La caída. Todo. Cada una de las cosas. Se queda suspendida. Flotando. Colgada. Completamente aislada en ese solitario espacio sin principio ni fin. Perdida en la oscuridad de ese abismo interminable y deprimente en el que no hay rastro de luz. Abandonada en un vacío infinito, en un mundo perdido y solitario donde la medianoche es eterna.

Ahí es donde viviría ahora.

Un lugar en donde no hay salida.

Los intentos de huir, gritar, pedir ayuda… es inútil. Esta congelada, paralizada, sin habla… sola para el resto de la eternidad. Apartada a propósito de todo lo que conoce y quiere. Alejada de todo lo que existe. No tiene sentido luchar cuando no hay nadie que pueda salvarla.

Permanecerá inmóvil, sola, eterna.

D abrió los ojos y desechó aquellas imágenes. No podía permitirse siquiera pensar en eso. Bella nunca moriría. Ella nunca terminaría en ese horrible lugar.

Ella se preguntó si, de verdad habían destruido a los demás Darklight, o simplemente los habían mandado allí. Ella preferiría desaparecer.

Por ultimo, pensó en la Organización y la vampira Victoria, pero aquellos problemas le resultaban demasiado sencillos de resolver. D no iba a intervenir en eso, pero tampoco permitiría que ellos dañaran a Bella. Si la situación se le saliera de las manos a Bella y a sus amigos, entonces intervendría.

Y los Vulturis… No veía una amenaza en ellos, por el momento. Pero tendría un ojo en ellos por si acaso.

-Oh, Dios, Stacey, mira a ese chico de allí.-

Aquel gritito entrecortado llamó la atención de D y la sacó abruptamente de sus pensamiento. Levantó la vista, curiosa. A un par de metros de distancia, dos chicas de probablemente diecisiete años estaban mirando a Edward, susurrando y riendo mientras se daban empujoncitos.

D puso los ojos en blanco y una cómica expresión. Movió la cabeza.

Originalmente, la idea era que Edward se quedara con Bella toda la tarde, pero las cosas no habían salido como lo había planeado D.

D era la más próxima a Edward y las chicas, Esme y Tanya se habían ido lejos y ella se había quedado para vigilar a Edward, pero fingió mirar un bonito vestido verde esmeralda. Por el rabillo del ojo vio que una de las chicas la miraba, luego empujó a la otra chica de la cadera, haciéndola chocar con Edward.

-Ups, lo siento.- dijo ella. Sus mejillas se empezaron a colorearse. La otra se rió.

-No hay problema.- respondió él tranquilamente.

Oh, Dios, ¡su voz! Pensó una de ellas. La otra parecía seguir avergonzada como para notarlo.

D rodó los ojos y sacudió la cabeza.

Adolescentes. Pensó D. Por un segundo se preguntó si sería igual que ella al ser una humana normal, si no fuera lo que era, y si no hubiera pasado lo que había pasado, pero inmediatamente supo que no.

-¿Es tu novia la de ahí?-

Oh, oh. Pensó D. Pudo sentarlos mirándola y prestó mucha más atención al vestido, aunque en realidad no iba a comprarlo. De hecho, ella no necesitaba comprar nada, podría tenerlo con solo imaginarlo y materializarlo.

-No, pero es la….-

No le dejaron terminar.

-Ah, que bueno, porque mi prima aquí piensa que eres ardiente y se preguntaba si tienes algo que hacer esta noche…-

Vaya, que directa.

-¡Oh, santo cielo, cállate! Yo no…-

D pensó que era momento de intervenir. Tal vez Bella no estaba aquí, pero precisamente por eso era que no se separaba mucho de Edward. No es que pensara que fuera a engañarla ni nada por el estilo, pero sabía el efecto que podía causar en la población femenina y creyó que debía mantenerlas a raya en vista de que Bella no estaba. Además, quería divertirse un poco con ellas.

-¡Hey, Eddie! ¿Haciendo amigos? Espero al menos que te hayas presentado correctamente.- preguntó, acercándose a él y a las chicas. Sonrió ente la expresión molesta de Edward por su apodo, aunque parecía aliviado de que haya decidido intervenir.

Las chicas la miraron. D, aunque de facciones delicadas y elegantes, era alta, más alta que ellas, y tuvieron que mirar hacia arriba para verle la cara. Les sonrió.

-Hola, soy Denisse. Y éste.- señaló a Edward con el pulgar.- Es el novio de mi prima-

-¿Si?.- repitió una de ellas, echándole una mirada a él y luego a los lados. La otra parecía querer que se la tragara la tierra y estaba en silencio. - No la veo por ningún lado.- volvió a mirar a D, desafiante

¿En serio?

-Ella no está aquí.- dijo D con suavidad. Dejó apropósito que sus incisivos crecieran ligeramente y sonrió, mostrándolos. Continuó, esta vez con voz siseante.- Pero yo si, así que, niñas, les recomiendo que se vayan a jugar a otro lado.

D consiguió el efecto que quería causar en ellas; miedo. Los ojos de ellas se ampliaron ligeramente y se marcharon rápidamente de allí sin decir una palabra más. D soltó una carcajada.

Edward movió la cabeza y se alejó, queriendo poner la máxima distancia entre ellos, aunque estaba seguro de que Denisse lo seguiría, como lo había hecho toda la tarde, y sin siquiera tratar de disimularlo.

Cuando pasó un tiempo y vio que ella no lo seguía, se relajó, creyendo que por fin había dejado de seguirlo y se había ido con Esme y Tanya, o tal vez se había distraído asustando a alguien por ahí.

Sus pensamientos inmediatamente se centraron en Bella, primero pensando en que estaría haciendo en ese momento, y luego preguntándose por qué Denisse no dejó que él fuera por ella al término de su clase como siempre lo hacía. Y en el aparcamiento, apenas les concedió unos segundos para que pudieran despedirse. Algo le ocurría, estaba seguro, pero también sabía que ella no se lo diría, y menos iba a hacerlo Denisse.

Y por descontado, tampoco lo haría Carlisle.

Sabía que Bella le ocultaba algo, y muchas veces se propuso hablar con ellas sobre eso, pero cuando estaba a punto de hacerlo, ella le hablaba de otras cosas, bromeaba sobre algo que solo ella podría bromear, sugería alguna actividad que pudieran hacer en su tiempo libre y en las próximas vacaciones, lo besaba…

O simplemente sonreía. Tenía el tipo de sonrisa que hacía parecer brillante hasta al día más horrible, e insignificante cualquier cosa que la rodeara. Y mientras lo hacía, mientras estuviera junto a ella, tenía la sensación de que nada podría salir mal, y sea lo que sea que le ocultaba, empezaba a carecer de importancia. Porque nada que se tratara de Bella podría ser malo.

Pronto, se dijo a si mismo. Solo es cuestión de tiempo. Me lo dirá cuando se sienta preparada.

Edward giró y se encontró cara a cara con Denisse.

Aparentó no haberse asustado al verla, y guardó el teléfono en el bolsillo que había sacado pretendiendo llamar a Bella.

-No puedes acercarte así, tan silenciosa todo el tiempo. Es espeluznante.-

Denisse sonrió, en apariencia orgullosa de haberlo sobresaltado. Por lo general, solo lo hacía con él, pero unas pocas veces también se divertía asustando a otras personas. Se había soltado la cola de caballo y su magnifico cabello negro le caía por la espalda y los hombros.

-Disculpa.- dijo D, sin el menor indicio de sinceridad.

-Y ya que estamos en esto, ¿cómo lo has conseguido? No has hecho ni el menor ruido .- replicó él.

Sin duda debería haber hecho algún ruido al avanzar, y él siendo vampiro, debió hacerla oído.

Ella se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.

-Es un truco de villana malvada.

-¿Villana malvada?.- él arqueó una ceja, sorprendido de que admitiera ser lo que en realidad era.

-¿Qué pasa?.- dijo D, con una sonrisita, empezó a caminar en círculos a su alrededor, pero él siguió en su lugar, con la mirada al frente.- ¿Te crees que no sé que me has asignado el papel de villana en tu telenovelita?

-En realidad, nunca había pensado que mi vida fuera una telenovela. Ahora, si me permites...-

Empezó a caminar con intenciones de alejarse de ella, pero para su horror, se dio cuenta de que D también empezó a caminar atrás de él, siguiéndolo. Se giró para enfrentarla.

-En serio, ¿no tienes algo que hacer en vez de estar siguiéndome?-

-No, bueno, si… Lo que quiero decir es que no tengo nada que quiera hacer- sonrió.

-Creí que te gustaba pasar tiempo con Esme y hacer compras.-

-No estoy de humor para compras.- se encogió de hombros y luego agregó.- Y si me gusta pasar tiempo con Esme, quiero decir, ¿a quien no? Es como la madre dulce y comprensiva que nunca tuve y me hubiese gustado tener.-

-¿Tu madre no te trató bien?-

-No. Simplemente no tuve madre en absoluto.-

-Oh.- musitó, Edward. No sabía que decir ante eso. Tal vez por eso se comportaba como lo hacía.- Lo siento.-

Ella ladeo ligeramente la cabeza, mirándolo con las cejar arqueadas.

-¿Si?.- inquirió.- Pues yo no.-

-¿No?-

Ella asintió.

-¿Cómo no puedes lamentar no haber tenido padres?-

-Cuando tienes los padres que me tocaron, no lo lamentas. La verdad es que me alegro de no haber crecido con ellos, porque de lo contrario…- dejó la frase sin terminar.

-¿Qué?-

Ella rió de forma sombría.

-No quiero averiguar en lo que me abría convertido.-

La sonrisa de D había desaparecido, y por un segundo, a Edward le pareció ver una expresión desolada en ella. D levantó la vista hacia él y empezó a acercársele.

-Vámonos de aquí.- le dijo, haciendo un gesto para que la siguiera.

Él no lo hizo, se quedó parado en su lugar.

-¿Por qué iría contigo?.- preguntó.

D se detuvo y lo miró por encima del hombro.

-Porque si te quedas, Esme nos encontrará y te enviará al departamento de colchones y escojas uno para Bella mientras que a mi me manda a por los cobertores. Estará aquí en dos minutos y, a menos de que quieras hacerlo, deberías dispersarte por ahí. No vengas conmigo si no quieres, pero te advierto que te encontraré y me reuniré contigo dentro de un rato sea cual el lugar a donde vayas.-

Y diciendo esto, retomó su marcha y desapareció entre las perchas de ropa.

Para su sorpresa, se encontró a si mismo siguiéndola y caminando tras ella. D no se giró ni lo miró en ningún momento mientras caminaba. Sus zapatos parecían casi no tocar el suelo, como si estuviese flotando. Finalmente ella se detuvo frente a una abarrotada tienda de zapatos y se sentó en una banca. Edward la imitó, aunque poniendo la mayor distancia posible. La miró, tenía las piernas cruzadas y miraba despreocupadamente su celular. No parecía querer tener una conversación con él, pero tampoco parecía incomoda ante su presencia. Era como si él no estuviera allí.

Otra vez, se sorprendió al querer entablar una conversación con ella, en vez de levantarse e irse a otro lado como debería. Ella le había dicho que podía irse si quisiera.

Edward se aclaró la garganta para tratar de llamar su atención, pero ella ni se inmutó. Ella era tan extraña. Hace un rato ella misma se le había acercado, e incluso le contó sobre su madre, aunque a él más bien le pareció como si fuera algo que se le había escapado , y ahora ni le miraba.

-Así que… mmm... eres la prima de Bella. ¿Por parte de padre o de madre?- empezó.

Ella alzó la vista y lo miró. Él se arrepintió de haber hablado.

-Ambos sabemos que no soy realmente la prima de Bella, así que, ¿A dónde quieres llegar? .-

Él se sorprendió ante su respuesta tan abrupta y directa, pero pudo comprobar sus sospecha. Denisse no era la prima de Bella. Por supuesto. No había manera de que alguien como ella sea pariente de Bella.

Te sorprenderías, dijo D en fuera interno, leyendo sus pensamientos, al saber la clase de gente que es la "familia" de Bella.

-Entonces.- comenzó de nuevo.- Si no eres la prima de Bella, ¿Quién eres?.-

¿Qué eres? Quiso preguntar, pero se abstuvo. No quería presionarla demasiado.

-Digamos que soy alguien que se preocupa por ella y quiere que sea feliz ¿comprendes? ¿Tienes alguna otra pregunta?- cuando él asintió, preguntó- ¿Si entiendes o tienes otra pregunta?.-

Dios, debí haberme quedado callado.

-Comprendo.- dijo. Ella asintió varias veces con la cabeza de forma ausente y regresó su atención al celular. Edward volvió a aclararse la garganta, aunque como la otra vez, D no le hizo caso.- Uhm...¿Puedo preguntarte algo más?-

-Oh, puedes preguntarme lo que quieras, pero no estés muy seguro de que te voy a responder, o que te agradaran mis respuestas.-

D le habló con voz burlona, sin levantar la vista de su celular. Edward ignoró su respuesta y preguntó:

-Bueno… me preguntaba si tú y… Bella son lo mismo.-

Se encontró a si mismo medio tartamudeando, y hablando con voz débil. Se recriminó por hacerlo, no debía tenerle tanto miedo a D.

Ella asintió.

-Si, Bella y yo somos lo mismo.- respondió con seriedad.

Edward sintió un nudo en garganta, y a la vez, esperanza, creyendo que tal vez D si le diera algo de información...

-Y… ¿Qué son?-

D alzó la vista para mirarlo, sus ojos brillando en extraña diversión. Con una sonrisa, dijo:

-Somos chicas.-

…. O tal vez no. Edward soltó un suspiro frustrado, y D se rió. Ella sabía que él pensaba que le revelaría algo sobre ella y Bella. Que tonto e iluso podía ser.

Aún así, Edward lo intentó de nuevo.

-No me refería a eso y lo sabes.-

D volvió a reírse.

-Por supuesto que lo sé. Tu eres que no parece entender. Creí haberte dicho que podías preguntar lo que quieras, pero que yo no siempre te iba a responder. Ahora, soy yo la que quiere preguntarte algo.-

Guardó su celular en su bolso, y se tomó su tiempo para sujetar su deslumbrante cabellera negra en una cola de caballo otra vez. Un día Bella le había dicho que amaba su cabello, y D le había respondido que ella no, al contrario, lo odiaba. Era demasiado largo y oscuro y se le esponjaba constantemente, y por eso tenía que amarrárselo.

Se colocó un mechón suelto detrás de la oreja y le preguntó:

-¿Por qué estas con Bella?.- ante la mirada de sorpresa que Edward le dirigió, ella continuó.- Quiero decir, conozco a Bella desde… desde siempre, y se que es fácil quererla y todo pero… Necesito saber si la amas.-

Sin que él lo supiera, o que ella misma lo supiera, D estaba a punto de tener su primera acción amable hacia él.

D lo miró directamente a los ojos, su voz había dejado de ser burlona y hablaba completamente en serio. Ella sabía sobre sus sentimientos hacia Bella, pero no estaba segura de si eran de verdad. Si no era así, entonces el no sabría que responderle. Además, realmente quería saber por qué estaba con ella.

Por qué la escogía cada vez que se la encontraba.

-¿Si la amo? Me parece que sabes cual es la respuesta a eso.-

-No, Edward, hablo en serio. Necesito saberlo.-

Necesito saber si tu estas totalmente seguro de quererla. No solo por Bella, sino también por ti.

-Si.- dijo. Sus ojos irradiaban solemnidad.- La amo. Mucho, en realidad.

-¿Por qué?.- dijo, e inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho.-

La confesión de Edward le provocó una oleada de alivió, pero en ese momento sintió un nudo en el estomago. Temía que Edward no supiera por qué la amaba.

Si estaba bajo el hechizo del cual todos caían, solo sabría que le gustaba y la deseaba, sin que para ello pudiera haber alguna razón.

-Es importante para mi.- Insistió D, y algo en su expresión lo convenció de lo serio que era para ella.

-Porque…- se detuvo al no poder encontrar las palabras exactas.- Es tan hermosa…- a D se le cayó el alma a los pies al escuchar esto, pero Edward continuó.- Tiene un sentido del humor increíble, y es divertida sin pretenderlo siquiera. Además de ser dulce e inteligente. E imposiblemente tenaz. Nunca he conocido a alguien tan decidida y fuerte como ella, probablemente capaz de conseguir lo que quiere. Es todo para mi, y tengo la inmensa suerte de que me quiera también.-

-Ahora que la he conocido, no me imagino una vida sin ella. Es… como si tuviera una parte de mi, algo que me hace falta. Y cuando estoy con ella, por fin me siento completo.

-Entonces, ¿la quieres de verdad?- le preguntó D, mirándolo a los ojos.

-Por supuesto.- D asintió. Ahora estaba segura.- ¿Por qué me preguntas todo esto?

D suspiró entrecortadamente. Ojalá no tuviera que decírselo.

-Porque… porque la situación de Bella es… complicada. Muy complicada. .. Y arriesgada…. Y si tu estás con ella… las cosas también podrían ponerse difíciles para ti. Por eso quiero que estés seguro de lo que estás haciendo antes de que sea demasiado tarde-

D tenía que estar segura de que él estaba seguro. Podía dejarlo pasar si se tratara de cualquier otra persona, pero no de él, que parecía aumentar la mala suerte de Bella, que ya de por si era mucha. No podía arriesgarse a arruinar todos sus planes por un simple enamoramiento pasajero.

-No se de que se trata todo esto, y de cual sea el peligro del que me estás hablando. Pero de lo que si estoy seguro es que la amo, y haré lo que sea para seguir a su lado.

D lo miró a los ojos y, cuando estuvo segura de que lo que decía era verdad, por primera vez le sonrió. Le sonrió de verdad.

Aunque desapareció al segundo siguiente.

-Oh, mierda, ahí viene.-

Sin pensarlo y para la sorpresa de ambos, D tomó la mano de Edward y echó a correr con él siguiéndole los pasos.

Ninguno de los dos había estado prestando la suficiente atención para darse cuenta de que Esme estaba buscándolos y estuvo a punto de vislumbrarlos entre la multitud, sentados en aquella banca frente a la pileta.

D los condujo a una esquina y donde casi no pasaba gente, ambos se pegaron a la pared.

-Esme nos verá aquí, o nos olerá.- dijo Edward, tirando de su mano.

-Oh, no lo hará.- aseguró D.

Denisse chasqueó los dedos y se aseguró de echar chispas azules para impresionarlo. Edward era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de lo que estaba pasando, tan pronto como Esme miró por el callejón y siguió de largo.

-No nos pueden ver.- suspiró él.- Nos convertiste en invisibles.-

Lo que hice para salvar a Bella del maldito vampiro que quería matarla. Lamentablemente, su madre no corrió con tanta suerte. Aunque ella tiene la culpa. La hubiera salvado también si hubiese sido más amable con Bella.

D arqueó las cejas e hizo un gesto de presentación.

-Como puedes ver.- dijo. - Y ella no lo hace.-

-¿Cómo?- preguntó.

Ella sonrió, había vuelto a tener la misma sonrisa burlona de siempre.

-Otro truco de villana malvada.-

.

.

.

Se marcharon volando. Astaroth mantuvo sus alas oscuras bajo una capa de invisibilidad, lo que no dificultaba su vuelo. Por tierra, el bosque era inaccesible. Había abismos en las colinas, y en ocasiones se tendían puentes de cuerdas a través de ellos, en ciertas noches, cuando los devotos acudían a rendir culto en el templo, pero aquella noche no había ninguno, y Danya sabía que tendrían el templo para ellos solos.

Disponían de toda la noche. La luna apenas había salido. Les quedaban horas.

Llegaron al bosquecillo, donde la cúpula del templo apenas resultaba visible a través de las copas de los árboles, con sus mosaicos plateados lanzando destellos a través de las ramas.

-Aquí es.- dijo ella reduciendo la velocidad del vuelo para descender a través de una abertura en la cubierta vegetal.

Su cuerpo se estremeció al notar el viento de la noche y la libertad. En el fondo de su mente descansaba el temor a lo que sucedería después, las repercusiones de su apresurada marcha, y con quien se había marchado, pero a medida que se movía entre los árboles, el miedo desaparecía empujado por el susurro de las hojas, la música del viento. Danya tocó el suelo y él aterrizó junto a ella envuelto en una ráfaga cálida. Se colocó frente a él. Aún llevaban puestas las máscaras. Podían habérselas quitado durante el vuelo, pero no lo habían hecho. Ella había imaginado el momento en que estuvieran el uno frente al otro, y se había dejado la máscara porque en su ensoñación era él quien se la quitaba, y ella a él.

Él debió de haber pensado lo mismo. Se acercó a ella.

El mundo real, ya distante, un mero chisporroteo de fuegos artificiales en el horizonte, se desvaneció por completo. Un dulce e intenso estremecimiento recorrió el cuerpo de Danya. Él se quitó los guantes y los tiró, y cuando la tocó, deslizando la punta de los dedos por sus brazos y su cuello, lo hizo con las manos desnudas. Las dirigió hacia su nuca, desató la máscara y la levantó. La perspectiva ella, reducida durante toda la noche a lo que podía ver a través de las pequeñas aberturas, se amplió, y él llenó su horizonte, ataviado aún con su cómica máscara. Escuchó un suave murmullo, "Qué hermosa", levantó sus manos y le despojó de su disfraz.

-Hola.- susurró ella igual que cuando se habían encontrado en el baile y la felicidad había florecido en su interior.

En comparación con lo que la invadía en ese momento, aquella felicidad había sido como una chispa frente a unos fuegos artificiales.

Era más perfecto incluso de lo que ella recordaba. En la playa, lo había encontrado tendido y moribundo, lívido, inmóvil. Ahora, rebosante de salud y con la sangre agitada por el amor, su piel aparecía dorada. Él se sintió apasionado al contemplarla, esperanzado y expectante, inspirado, cautivado, alegre. Estaba tan lleno de vida…

Gracias a ella, estaba vivo.

-Hola.- él susurró también.

Se miraron, sorprendidos de estar el uno frente al otro después de tres años, como si fueran producto de un deseo.

Las manos de ella temblaron cuando las levantó, pero se tranquilizaron al reposar sobre el pecho de él. El calor traspasó la tela de su camisa. El aire del bosque era suficientemente denso para tomarlo a sorbos, suficientemente intenso para bailar con él. Era como una presencia entre ellos, que desapareció cuando ella se acercó.

La rodeó con sus brazos y ella alzó la cabeza para susurrar, una vez más:

-Hola.

Cuando él le devolvió el saludo, fue rozando sus labios. Tenían los ojos aún abiertos, repletos de asombro, y solo los cerraron cuando sus labios finalmente se encontraron y otro sentido, el tacto, pudo tomar el relevo para convencerlos de que aquello era real.

.

.

.

Estaban tendidos y abrazados sobre sus ropas, que habían extendido en la musgosa orilla de un riachuelo que brotaba detrás del templo. En breve, Danya tendría que marcharse, pero ambos alejaban de sus mentes aquel pensamiento, como si pudieran evitar que amaneciera.

-La guerra es lo único que nos han enseñado.- había susurrado ella.- pero hay otras formas de vivir. Podemos encontrarlas. Podemos inventarlas. Este es el principio, aquí.

Él le dio un suave beso en la frente, y Danya sintió una oleada de amor por el corazón que impulsaba su sangre, por su suave piel y sus cicatrices, y por aquella ternura tan poco propia de un demonio. Él le tomó la mano, la presionó contra su pecho y afirmó:

-Nosotros somos el principio.

Empezaron a creer que podía ser así. Que equivocados estaban.

Astaroth le contó que en los tres años transcurridos desde su encuentro no había matado a ningún ángel.

-¿Es cierto eso?- preguntó ella sin poder creerlo.

-Tú me mostraste que se puede elegir no matar.

Ella bajó la mirada y confesó:

-Yo sí he matado demonios desde aquel día.

Él la tomó de la barbilla y levantó su rostro hacia él.

-Pero al salvarme, me cambiaste, y estamos aquí gracias a aquel instante. Antes, ¿habrías pensado que fuera posible?

Ella negó con la cabeza.

-¿No piensas que otros también podrían cambiar?

-Algunos.- contestó ella pensando en sus compañeros, en sus amigos...- Pero no todos.

-Primero unos pocos, y luego más.

Primero unos pocos, y luego más. Danya asintió, y juntos imaginaron una vida diferente, no solo para ellos, sino para todos.

-Entonces…- comenzó él, pero su voz se apagó cuando sus labios rozaron el cuello de Danya.- Mmm, azúcar. Pensé que la había recogido toda. Tendré que revisar por todas partes…-

Ella se retorció, riendo sin poder contenerse.

-¡No, no, me haces cosquillas!

Él lamió de nuevo su cuello provocándole más que un cosquilleo, un estremecimiento, y Danya dejó de protestar.

Tardaron algún tiempo en retomar su conversación.

El sol. Danya detuvo los labios en su nuevo recorrido hacia el hombro de él, que mostraba la cicatriz que recordaba su primer encuentro en la playa. Pensó en cómo podría haberlo dejado sangrando, o peor, haber acabado con él, pero algo inexplicable la había detenido de modo que ahora pudieran estar allí. Y la idea de separarse, vestirse, marcharse, le provocó una renuencia tan fuerte que le resultó dolorosa.

Sintió temor también, a lo que su desaparición pudiera haber provocado. Una imagen de Uriel enfadado se inmiscuyó en su felicidad, y ella la alejó, pero no había posibilidad de detener el amanecer.

-Tengo que irme.- dijo con profunda tristeza.

-Lo sé.-respondió él.

Danya levantó la cabeza de su hombro y descubrió que la desdicha de Astaroth se igualaba a la suya. Él no preguntó: "¿Qué vamos a hacer?"; ella tampoco. Más adelante hablarían de esas cosas; en ese primer encuentro, se sentían cohibidos ante el futuro y, por todo lo que habían sentido y descubierto durante la noche, todavía tímidos el uno con el otro.

-Podemos marcharnos.- dijo él con nostalgia.

-Ojalá.- suspiró ella.

-No, hablo en serio. Podemos irnos. Muy lejos de aquí.-

Ella negó con la cabeza.

-No existe tal lugar.-

-En realidad, si lo hay.- sonrió, rodeándola con lo brazos por detrás y besando su cuello.- Y podemos ir allí, empezar de cero. No tendremos que escondernos y nadie nos impedirá estar juntos.-

Danya se giró y lo miró, sus ojos brillando en felicidad, pero sobre todo, esperanza.

-¿De verdad?.- preguntó. Cuando asintió, agregó.- ¿Y donde está ese lugar?-

-Esa es la mejor parte. Está muy lejos de aquí, y nadie tendrá ni la menor sospecha que fuimos allí. Es más pequeño y débil que nuestro mundo, pero estoy seguro de que va a gustarte.

-¿Cómo podemos llegar?-

-Normalmente hay que abrir un portal hasta allí, pero yo conozco otra forma de llegar.- besó su nuca con suavidad y ella se estremeció, haciendo que él sonriera. Pero su sonrisa cayó cuando sus ojos se posaron en sus alas. Tocó una con la yema de los dedos y suspiró.- Tendrás que ocultarlas, como yo. No debemos mostrarlas a nadie si queremos pasar desapercibidos.-

Danya asintió. Él cogió su cara con sus manos y dijo cerca de su boca:

-Eres lo mejor, lo más bonito y maravilloso que me ha pasado en la vida.-

-¿En serio?

Él sonríe, le da un beso en los labios y afirmó:

-Sí, señorita Pájaro.-

Y durante aquel mes en que se ocultaron y se amaron, soñaron e imaginaron, creyeron que también aquello estaba planeado: que eran las semillas de un propósito mayor y misterioso. Desconocían de quien era obra, pero sentían que una poderosa fuerza anidaba en su interior para traer el equilibrio al mundo.

Eso fue lo que desearon aquella noche. Sabían que no podían ocultarse en el bosque y soñar despiertos para siempre. Había trabajo que hacer; estaban empezando simplemente a convertir su deseo en realidad, pero con tanta esperanza que podrían haber conseguido milagros, haber iniciado un cambio, si no los hubieran traicionado. Si otro plan de supuesta paz no se estuviera armando, también en secreto. Si a ella no la hubieran chantajeado. Si a él no lo hubieran engañado.

-Gracias por la luna.- dijo.- Me estaba empezando a cansar de la oscuridad.

-A mí no me importa.- susurró ella, acariciándole tiernamente el pecho con las puntas de los dedos.- Mientras pueda compartirla contigo.

Y aquella ultima noche en su mundo antes de marcharse para siempre, juntos, deberían haber sabido que los estaban siguiendo, pero la dicha había atontado su prudencia.

Estaba enamorada. Se sentía atrapada en un enorme y audaz sueño. Durante ese mes de noches secretas, había volado a través de la oscuridad hasta el bosque donde Astaroth la esperaba, agitada por su nuevo amor y enardecida porque iba a reconstruir su mundo. Siempre saboreaba el momento de la llegada, el primer atisbo del rostro de él mirando hacia arriba mientras ella bajaba deslizándose entre las copas de los arboles, y como él se iluminaba al verla con una alegría que respondía a la felicidad de ella. Era la imagen que conservaba durante los días siguientes, su rostro alzado, tan perfecto y dorado, iluminado por el asombro y el goce. Él alzaba los brazos para arrastrarla hacia si. Sus manos rozaban las piernas de Danya mientras ella descendía, sujetaba sus caderas y la recogía en el aire para que sus labios se encontraran antes incluso de que sus pies hubieran tocado el suelo.

Ella reía sobre la boca de él, con la alas aún abiertas como abanicos sobre su espalda, y él se agachaba, reclinándose sobre el musgo allí mismo, con ella a horcajadas. Se sentían mareados y hambrientos, y se entregaban al amor entre la arboleda, a la vista de los pequeños animales nocturnos.

A la vista de aquellos que habían seguido a Danya y Astaroth desde sus respectivas ciudades.

Habían esperado y observado, sin contenerse con la traición de un solo beso, sino ansiosos por una cantidad mayor de vergonzosos delitos, para verlo todo, y escuchar lo que hablaban y planeaban después.

Y cuando los vieron irse, asegurándose de saber exactamente a donde, estaban seguros de que ellos nunca se unirían a su retorcido proyecto, pero que tendrían algo que ellos querían y necesitaban. Así que luego de investigar sobre ellos, de aprender cada uno de sus puntos flacos escuchando sus conversaciones, de planear como trabajarían con cada uno de los dos, estaban seguros de que lo obtendrían.

Y una vez que lo consiguieran, no habría marcha atrás.


Disculpen la demora, pero tuve un problema con mi servicio de internet y estuve sin él como dos semanas. Mi mamá estaba a punto de cambiar a otro servicio cuando hoy recién han venido a arreglarlo.

Espero que les haya gustado el capitulo, si es así, díganmelo en sus comentario. Subiré el siguiente la próxima semana. Un beso! ^^

~Xime~