ROLAND

El viejo pistolero sintió como todos sus sentidos se disparaban al entrar la mujer en la estancia. Sus vestimentas a juego con el color de su luenga cabellera brillaban con un rojo escarlata realmente inusual. Roland no se dio cuenta de que tenía uno de los revólveres en la mano izquierda hasta que estuvo a punto de dispararlo. Dudó durante un instante a causa de la fiebre que empezaba a embotarle los sentidos por culpa de la infección de sus heridas, algo que nunca le había ocurrido hasta el momento. Esa décima de segundo sirvió para notar el frío acero de la punta de espada del adolescente en la garganta.

—No sé qué demonios es eso –dijo el joven blandiendo su espada sin titubear sobre la vena vibrante del pistolero —, pero le recomendaría que no hiciese nada raro si no quiere morir.

Roland se maravilló ante la tenacidad del chico que pese a su juventud no temblaba, o quizá la fiebre empezaba a hacer mella en su cuerpo. A pesar de ello comenzó a sopesar las posibilidades que tenía de matar a aquella mujer, al chico, y a las otras dos personas que había en esa habitación saliendo ileso de la misma. No creía que tuviera problemas con la mujer, ni con los hombres que miraban extrañados la escena, sin embargo no las tenía todas consigo con el joven, sobre todo teniéndose que acostumbrar a usar una única mano.

Ante todo aquel cúmulo de ideas decidió hablar.

—No sé cómo he terminado estando bajo el mismo techo que un emisario del Rey Carmesí –dijo sin bajar el revólver con culata de sándalo y señalando a la mujer con la cabeza.

Todo tenía sentido, El Hombre de Negro –Walter O´Dim— había muerto tras leerle la buenaventura con las cartas del tarot, y mientras el tiempo pasaba y su cuerpo se deshacía dejando el polvo de sus huesos tras de sí, Walter había preparado un ritual para maldecir a Roland enviándole cerca de sus enemigos con un heraldo del Rey Carmesí como era aquella mujer y sus súbditos vestidos con ropajes negros

"El chico es tu puerta al Hombre de Negro. El hombre de negro es tu puerta a los tres. Los tres son tu camino a la Torre Oscura".

—Ella es Melissandre –dijo el joven indicando a la mujer con la mano para que diera un paso hacia adelante. –Es la Sacerdotisa de R'hllor. Es cierto que su dios no está dentro de los dioses clásicos, pero no permitiré que una disputa religiosa derrame sangre en el muro.

"Los tres: El prisionero, La Dama de las Sombras y La Muerte".

¿Sería ésta una de las tres puertas?

—Por favor –volvió a hablar el joven manteniendo su posición.

La mente de Roland sobrevolaba un interminable número de opciones, pero todas terminaban con la muerte de aquella mujer. Si había abandonado al Chico, Jake, ¿por qué tenía que hacer caso a un extraño?

Los ojos de Roland se empezaron a enturbiar al ver los húmedos labios carmesíes de la mujer, quien los movía murmurando algo que el pistolero era incapaz de averiguar. Se envolvió en aquellas sensuales formas y sus pensamientos empezaron a disiparse.

"¿Magia?"

Notó cómo su cuerpo caía sobre sí mismo sin poder evitarlo, la fiebre que hasta aquel mismo instante intentaba controlar con más o menos soltura, se hacía dueña de su cuerpo entrando desde las heridas de los dedos que una vez tuvo y caminando bajo su piel en todas las direcciones. Cuando quiso disparar, su mano buena se volvió simple trapo y su cuerpo cayó tan largo era sobre el suelo de aquel lugar.

El Pistolero maldijo su suerte mientras caía. No quería admitir que su sino había acabado, no quería resignarse a que el Rey Carmesí ganara aquella dura guerra que ambos llevaban librando durante ya incontables años. Se negaba a aceptar que nunca llegaría a la Torre.

Cuando su cabeza chocó contra el suelo y sus párpados se cerraron, su último pensamiento no estuvo dirigido a la Torre Oscura, sino a Jake.

El Hombre de Negro no le había maldecido.

Era el Ka.