Hola a todos. Solo puedes incumplir una promesa cuando la haces y yo cometo el error de hacerla a menudo. Promesas y retrasos aparte, es un capítulo que me ha costado escribir y tengo la sensación de que el próximo también será complicado. Pero bueno, aquí estoy de nuevo y quiero agradecer los reviews de: Un anónimo, Cartaz, RodrigoAngelFernandez, Pedro I, vanziel, Lucy Bismark y maximilianfavian prewett. ¿Dónde estás FzMarcE09? Eché de menos tu opinión, espero que todo vaya bien. Quiero agradecer especialmente a aquellos que leyeron el fic hace años y ahora han vuelto y también a quienes leen esta historia por primera vez y se crean cuentas para hacerme llegar su opinión. RodrigoAngelFernandez ¿33 caps en 2 días? Impresionante la verdad.

Sin más dilación, espero que les guste.

Capítulo 2: El juicio 1ª Parte

Harry Potter comparecerá hoy en el Ministerio de Magia para responder por los presuntos delitos cometidos bajo la apariencia del héroe enmascarado conocido como Torprey Hart. Tan sólo dos días después de que estallase la noticia de que seguía con vida, noticia que el Profeta adelantó en exclusiva, el niño que vivió reaparecerá ante el mundo mágico para esclarecer todos los misterios e interrogantes que existen acerca de él. El Ministerio se ha negado a hacer declaración alguna al respecto, pero según ha podido saber este diario, fue el propio Harry Potter quien se puso en contacto con la Ministra de Magia Amelia Bones para manifestar que se encontraba a completa disposición del Ministerio para lo que se le requiriera. El Wizengamot en pleno se reunirá hoy para escuchar el relato de Harry Potter, quien está previsto que haga su aparición en las instalaciones del Ministerio alrededor de las once de la mañana…

Harry dobló el Profeta y lo dejó a un lado después de leer parte del extenso artículo que éste le dedicaba. Ron se lo había llevado aquella misma mañana, desde que había salido a la luz la noticia de que estaba vivo la familia Weasley finalmente había comprendido las inexplicables ausencias de su hijo menor. Lógicamente habían intentado contactar con él, pero no sabía qué decir y había decidido intentar retrasar todo lo posible lo inevitable.

Transcurrían los minutos pero nadie en la sala de los herederos rompía el incómodo y tenso silencio que se había instaurado aquel día. Ron permanecía sentado a su lado, moviendo nerviosamente las piernas mientras dirigía la mirada hacia ningún lugar en particular. Hermione en cambio no podía parar, caminaba de un lado al otro saliendo y entrando por todas las puertas que tenía a su alcance tratando de encontrar algo que hacer. Angelina por su parte se había excusado hacía un buen rato argumentando que iba a vestirse. Él sabía que la chica quería evitar en la medida de lo posible aquella insoportable espera. El día anterior habían tenido la mayor discusión que recordaba y no podía culparla porque la verdad era que la comprendía.

- Sería extraño que el Wizengamot tomase hoy una decisión, lo lógico sería que hubiesen varias vistas.- Comentó Remus Lupin acercándose para recoger el periódico que había dejado Harry y volviéndose a sentar. Su antiguo profesor había llegado junto a Hermione cuando ésta fue a buscar al pelirrojo a la Madriguera.

- Sí, lo sé.- Contestó escuetamente Harry.

- Entonces ya imaginarás donde tendrás que esperar entre vista y vista hasta que tengan un veredicto.- Dijo Lupin en un tono que era mitad afirmación mitad pregunta.

- Sí, lo sé.- Repitió el chico algo más serio que la primera vez. Intentaba mantener la compostura pero lo cierto era que a medida que pasaba el tiempo los nervios se iban apoderando de él.

- ¿Cómo haremos para ir al Ministerio?- Preguntó Ron cambiando intencionadamente de tema. Él tampoco tenía muy claro si estaba de acuerdo o no con la decisión de su amigo pero no le agradaba escuchar que, independientemente de cómo acabase todo, era muy probable que al final del día Harry acabara en Azkaban.

- Pues si seguís empeñados en ir, supongo que podéis ir con Angelina y Hermione, yo iré por mi cuenta, no creo que sea buena idea que os vean llegar conmigo, podría causaros algún problema.

- Nosotras contamos con una buena opinión por parte del Ministerio, creo que sería al contrario y que nuestra compañía te supondría causar una impresión positiva.- Rebatió una Hermione que acababa de reaparecer en la sala.- Además, aún no te has recuperado por completo, ¿cómo piensas ir hasta allí?

- Pensaba aparecerme. Vamos a ver si es verdad que no estoy recuperado.- Respondió Harry con cierto tono de orgullo herido en sus palabras. El Griffindor se levantó y se apartó de sus amigos por precaución, amigos que lo miraban con atención y algo de recelo por el hecho de que Harry no había usado la magia desde que había despertado.

El moreno se detuvo, relajó el cuello, los hombros y cerró los ojos para concentrarse correctamente. Como tantas veces había hecho en el pasado quiso extraer el poder que residía en su interior y envolverse en él, sin embargo en aquella ocasión no pudo hacerlo. Una gran punzada de dolor le atravesó la sien y casi le hace perder el equilibrio. Se recompuso inmediatamente pero todos sus amigos se percataron de que algo iba mal. Harry abrió los ojos, confuso y desorientado se miró las palmas de sus manos, las cuales estaban frías y temblorosas. Sin entender lo que ocurría y antes de que nadie le dijese nada, se acercó a la chimenea de la sala. Se arrodilló, extendió una mano hacia el fuego y luego la otra, pero no logró alterar de forma alguna las débiles llamas que emanaban de las brasas. Negándose a creer lo que ocurría llegó a introducir completamente la mano derecha en la chimenea. En cuanto la acercó lo suficiente las llamas quemaron su piel y con un pequeño gemido de dolor sacó instintivamente la mano.

- Harry, es posible que…

- Ron, dame tu varita.- Interrumpió Harry a Lupin secamente. El pelirrojo dudó un instante pero ante la dura mirada de su amigo acabó por sacar la varita de su bolsillo y acercársela a Harry.- ¡Engorgio!- Exclamó en cuanto tuvo la varita en sus manos dirigiéndola hacia el fuego. No hubo una reacción visible.- ¡Orchideus!- Probó de nuevo con el mismo resultado.- ¡Maldita sea! ¡Expelliarmus!- Bramó Harry hacia ninguna parte.- ¿Qué coño ocurre?

- Es un milagro que estés vivo y sería otro que mantuvieses tus antiguos poderes. Ten paciencia, no te preocupes.- Contestó relajadamente Angelina la retórica cuestión del chico. La Hufflepuff había bajado de su cuarto hacía algo más de un minuto y había observado prácticamente todo lo que había ocurrido.

- Una cosa es recuperar todos mis poderes y otra muy distinta es no poder conjurar nada.- Contestó Harry demostrando una preocupación y alteración que hubiera preferido no mostrar.- ¡Voy a ir al Ministerio siendo prácticamente un muggle!

"Pues no vayas"- Dijo Angelina para si misma en su mente aunque con la suficiente fuerza como para que Hermione la escuchase. No se atrevió a decírselo y repetir la pelea que ya habían tenido, sin embargo para su suerte fue Ron quien le dijo exactamente eso.

- Ya no puedo echarme atrás. Perdería la poca credibilidad que me queda y me convertiría en un fugitivo.- Negó Harry explicándole a Ron unos motivos con los que intentaba también convencerse a si mismo.- Debo y voy a ir…

Aquella mañana el cielo estaba completamente cubierto por unas nubes oscuras que aunque amenazaban lluvia por el momento se limitaban a conformar un día gris. Una corriente de aire frío agitó temporalmente la capa de una figura que deambulaba por las calles de un pequeño pueblo a las afueras de Londres. Sabía a donde se dirigía, pero no tenía claro el lugar exacto en el que se encontraba. Se detuvo, elevó la mirada hacia la señal que indicaba el nombre de la calle y tras un gesto de aprobación continuó. Un minuto después giró hacia la izquierda y entró en un estrecho y sombrío callejón. Cuando llegó ya había alguien esperándole.

- ¿Alfred Mawson?- Preguntó la joven pero dura voz de quien ya se encontraba en el callejón. Al contrario de la persona que acababa de llegar, él no ocultaba su rostro y mostraba abiertamente su cabello rubio y sus ojos grises.

- No sé a quien se refiere. Pero le agradecería que se abstuviera de dar nombres.- Contestó respetuosamente pero observando de forma nerviosa a su alrededor buscando alguien que pudiese haber escuchado su nombre.

- Aquí sólo viven estúpidos muggles, no tiene que preocuparse.- Lo tranquilizó el hombre rubio con cierta actitud altiva.- ¿Y bien? ¿Sabe por qué le he llamado?

- Supongo que tiene algo que ver con alguien que acudirá hoy al Ministerio.- Se atrevió a adivinar el encapuchado.

- Supone correctamente. Necesito que ese alguien duerma hoy entre rejas.- Pidió de forma directa y sin preámbulos.

- Yo no puedo asegurar que se condene a alguien…

- No le pido una condena.- Lo cortó el joven, quien parecía algo ansioso.- Se dice que habrán varias vistas antes de la decisión final. Sólo le pido que después de la de hoy esa persona esté esta noche en Azkaban. Sabe perfectamente cómo agradece mi familia un favor.

- De acuerdo.- Aceptó finalmente el hombre tras unos segundos de silencio.- Eso no será difícil de conseguir, la Ministra no se arriesgará a que la acusen de otorgar un trato de favor. ¿Pero cómo piensa tocar a alguien encerrado allí? Es imposible…

- Eso es asunto mío y ya está solucionado. No me falle señor Mawson.- Le advirtió ignorando amenazadoramente la petición del hombre de no nombrarlo. Acto seguido el joven desapareció con un chasquido y dejó al hombre pensando en la razón por la que había aceptado reunirse. Incluso sin el señor tenebroso aquella familia sabía cómo arruinarle la vida a alguien.

Unas llamas de color verde intenso crepitaron y tras ellas, en una de tantas chimeneas del Ministerio de Magia, apareció la silueta de Harry Potter. El atrio estaba aquella mañana repleto de gente, más de lo habitual. Se percató del motivo en cuanto salió de la chimenea y dio varios pasos sobre la pulida madera oscura del suelo. En unos pocos segundos, una lluvia de flashes cayó sobre él, cegándolo momentáneamente. Comenzó a escuchar preguntas de todo tipo que no lograba entender debido al tumulto y a los gritos que llegaban desde la lejanía. Sabía que su visita generaría expectación, aún más cuando se había hecho público, pero no imaginaba aquel recibimiento. A unos veinte metros a su izquierda un grupo del personal de seguridad, desconocía si serían aurores, trataban de abrirse paso lentamente entre la multitud. Entre tanto ruido y alboroto, consiguió distinguir una palabra que comenzaba a resonar por todo el octavo piso.

¡HART! ¡HART! ¡HART! ...

Muchas de las personas que se encontraban allí comenzaron a corear el nombre que había adoptado en su lucha contra Voldemort. También era cierto que de vez en cuando percibía algún insulto pero era silenciado por los gritos con su nombre. En aquel momento se encontraba paralizado, incapaz de reaccionar o saber qué hacer. Parpadeó varias veces y bajó un momento la mirada para intentar recomponerse. En ese instante fue consciente de cómo iba vestido, vio un traje negro simple pero elegante con un broche rojo con el escudo de Griffindor en la parte izquierda de su pecho. Vio también su camisa blanca y entonces recordó que a pesar del consejo de las chicas no se había puesto corbata, la tensión que sentía no era compatible con un nudo asfixiándole en el cuello.

A su derecha alguien le agarró el brazo y lo sacó de su ensoñación, devolviéndolo al mundo real para volver a ser consciente del lugar donde se encontraba. Alzó la vista y se encontró con los ojos castaños de Alice. Ésta le dedicó una mirada tierna y pasó una mano por su espalda intentando hacerle sentir apoyado.

¿Qué espera de la vista de hoy?

¿Le preocupa la posibilidad de acabar en prisión?

¿Qué se siente al vencer al-que-no-debe-ser-nombrado por segunda vez?

¿Se siente injustamente tratado?

Las preguntas se solapaban unas con otras y los reporteros de la prensa cada vez estaban más cerca de él, pronto no podría ni respirar con tantas personas a su alrededor. Entonces el personal del Ministerio llegó finalmente hasta él y le indicaron que los acompañase. No sin dificultad, se abrieron paso y llegaron hasta uno de los ascensores. Aún perseguidos por la multitud, cerraron la puerta del habitáculo y el ascensor se puso en marcha bruscamente. Tras varios giros, movimientos y descensos el ascensor acabó por detenerse en el noveno piso, el Departamento de Misterios.

Harry tuvo que esforzarse para no volver a caer en una ensoñación que lo aislase de la realidad. La última vez que había estado allí Voldemort le había tendido una trampa y su padrino había muerto, los azulejos negros que recubrían unas paredes sin puertas ni ventanas y una iluminación compuesta únicamente por unas lúgubres antorchas lo invitaban a perderse irremediablemente en sus tormentosos recuerdos.

- ¿Es la hora?- Se atrevió a preguntar Harry hablando por primera vez, consciente de que había llegado un poco antes de lo esperado al Ministerio. Un hombre alto y robusto, de cabello castaño y que parecía estar al mando del grupo de cinco que lo acompañaban se giró hacia él.

- El tribunal lleva reunido más de una hora. Le están esperando.- Contestó secamente el hombre. Harry pudo notar cierto nerviosismo en él. Algo sorprendido por que el Wizengamot llevase esperándolo tanto tiempo, no hizo comentario alguno y se limitó a seguir al hombre por unas escaleras que bajaban a su izquierda. Llegaron a un pasillo y finalmente a una puerta, frente a la cual el grupo se detuvo y el mismo hombre volvió a hablarle.- Tengo que pedirle que me entregue su varita antes de entrar. Asimismo le informo de que no está permitido acompañantes.- Añadió mirando hacia una Alice que no se había separado de él en ningún momento.

- No tengo varita, la perdí la noche que maté a Lord Voldemort. Puede registrarme si lo cree necesario.- Instó Harry con determinación. En aquel momento el nerviosismo aumentó en las personas que lo acompañaban y entonces Harry lo vio claro, le tenían miedo. Transcurridos unos segundos, nadie se atrevió a acercarse a él.

- Pase lo que pase, te estaré esperando aquí.- Prometió Alice Potter a su lado a la vez que apretaba con fuerza su mano.- Buena suerte.

Harry respondió únicamente con una mirada de cariño y dibujando una media sonrisa en su rostro. Tras despedirse, dio un par de pasos y se preparó para cruzar la puerta y llegar al lugar donde se decidiría su futuro. Excepto uno, que se quedó con Alice, los otros cuatro empleados del Ministerio lo escoltaron y abrieron la puerta.

Después de caminar por un estrecho y corto pasillo que se le hizo extrañamente extenso, llegó a la vieja Sala del Tribunal del Wizengamot. En cuanto entró el ruido disminuyó hasta casi desaparecer, las conversaciones se convirtieron en susurros y todas las miradas se fijaron en él. Como imaginaba, y a pesar de todos sus intentos por impedirlo, a su derecha, sentadas en primera fila se encontraban tanto Hermione como Angelina, a rostro descubierto, expuestas ya definitivamente a que todos las reconociesen. Mostrando una calma y serenidad que no tenía se dirigió a la silla situada en el centro de la sala y siguiendo las indicaciones que le daban se sentó. Ya no había vuelta atrás, a diferencia de la ocasión anterior en la que se había sentado allí, esta vez el encantamiento de la silla sí activó las ataduras mágicas que le impedirían moverse hasta que el Ministerio lo considerase oportuno. Estaba seguro de que unos meses atrás, con todo su poder, podría haber escapado en cualquier momento sin demasiados problemas, pero en ese momento se encontraba totalmente a merced del Ministerio. A su izquierda podía ver como en una mesa un mago ordenaba una gran cantidad de documentos y pergaminos de todo tipo.

- Buenos días.- Saludó la Ministra de Magia Amelia Bones desde su posición elevada frente a él.- En primer lugar me gustaría decir, en nombre del Ministerio de Magia, que agradecemos y valoramos su gesto de venir y presentarse voluntariamente. Dicho esto, puede dar comienzo esta vista preliminar.- Anunció la Ministra provocando que muchos de los miembros del Wizengamot se removiesen en sus asientos, tanto por inquietud como por expectación. Harry pasaba la mirada de un mago o bruja a otro, veía como cuchicheaban sobre él y como las expresiones de sus rostros iban desde el desprecio a la admiración, de la incredulidad al asombro.- ¿Es usted Harry James Potter?- Comenzó preguntando Amelia Bones siguiendo el protocolo.

- Sí.- Contestó de forma clara y concisa.

- ¿Admite ser el mago enmascarado llamado Torprey Hart?- Inquirió ante la atenta mirada de todo el tribunal mágico.

- Sí. Así es. Yo soy Torprey Hart.- Respondió contundentemente y sin vacilar. En ese momento se rompió el silencio y muchos de los miembros del Wizengamot volvieron a susurrar entre ellos o simplemente a manifestar abiertamente lo que pensaban. A pesar de la calma que quería transmitir, a cada segundo que pasaba los nervios se apoderaban de él. En aquel instante sólo podía pensar en cómo colocar sus brazos, cruzados, sobre sus piernas o sobre la silla donde se encontraba. Sin embargo, cuando intentó moverlos recordó que estaban atados mágicamente a la silla y aquello tomó la decisión por él.

- Silencio. Silencio por favor.- Insistió la Ministra intentando mantener controlada la situación. Esperó unos segundos a que se reinstaurara el silencio y continuó.- Señor Potter, se antoja complicado de comprender cómo un chico que ni siquiera ha terminado su formación ha podido desarrollar los poderes mágicos que se le atribuyen. ¿Podría explicarlo ante este tribunal?

- A mi derecha pueden ver dos ejemplos más de cómo desarrollar unos poderes mágicos extraordinarios a una edad tan temprana.- Afirmó Harry volcando la atención en sus dos amigas. Éstas mantuvieron el semblante serio mientras todos las miraban hasta que el chico volvió a hablar.- De forma inesperada, se nos concedieron las habilidades de los antiguos fundadores de Hogwarts. Rowena Ravenclaw, Helga Hufflepuff y Godric Griffindor preservaron su magia a través del tiempo y ésta ha llegado hasta nosotros. Eso, sumado al esfuerzo, la perseverancia, la dedicación y por supuesto al talento de cada uno de nosotros ha hecho posible que desarrolláramos tales poderes.- Explicó Harry siendo objetivo de toda la atención de los miembros del Wizengamot. Nadie quería perderse ni una sola palabra de la explicación que les ofrecía el que probablemente fuera el mayor talento mágico en el mundo.

- ¿Debo suponer pues que ustedes tres forman una asociación similar a la que en su día formaron los tres nombrados fundadores?- Interrogó la Ministra tras respetar el silencio que se había producido después de la última respuesta.

- No exactamente. Es cierto que a los tres se nos informó al mismo tiempo y que nos hemos preparado juntos, ayudándonos mutuamente. Al fin y al cabo los tres hemos heredado no solamente una magia impresionante, sino una misma responsabilidad. Debíamos ayudar al mundo en la guerra mágica en la que se encontraba e intentar salvar a cualquier persona inocente que se viera amenazada por los planes del sucesor de Salathar Slytherin, Tom Riddle.- Harry hizo una pausa para tragar saliva y continuó sin que nadie se atreviese a interrumpirle. – Sin embargo, cada uno de nosotros ha actuado como ha creído correcto a la hora de cumplir con nuestra responsabilidad. En muchos aspectos, yo no opinaba de la misma forma que mis compañeras y en consecuencia he actuado de diferente manera que ellas. Por ese motivo yo estoy sentado aquí y ellas allí.

- Señora Ministra, si se me permite hablar…- Intervino Hermione poniéndose en pie. Esperó un gesto de aprobación de Amelia Bones y prosiguió.- Es cierto que tanto yo como mi compañera nos hemos comportado de una manera diferente, pero siempre hemos comprendido y respetado sus razones para hacer lo que hacía. Es probable que el motivo por el que nosotras no éramos iguales sea porque nos falta el valor que Harry Potter como modélico Griffindor siempre ha demostrado tener. Lo que es seguro es que sin esa valentía y de no ser por él la mayoría de nosotros estaríamos muertos, o aún peor, viviendo en un mundo gobernado por Lord Voldemort.- Aseguró la heredera de Ravenclaw provocando un murmullo en la sala donde enseguida volvió a escucharse la voz de Harry.

- Magos y brujas del Wizengamot, debo contradecir a mi compañera. Tanto la sucesora de Ravenclaw como la de Hufflepuff nunca han estado de acuerdo con mi manera de pensar o actuar. Desde el primer día han tratado de cambiar mi comportamiento y hacerme ver que mis métodos estaban equivocados. Ellas siempre…

- Es suficiente.- Lo interrumpió la Ministra cortándolo por primera vez.- Parece claro que no se han puesto de acuerdo antes de venir hoy al Ministerio. En cualquier caso, y para tratar el asunto en su correcta medida, a continuación vamos a enumerar los actos por los que el Ministerio de Magia lo ha requerido en multitud de ocasiones y por los cuales como usted mismo dice hoy está sentado en esa silla. Señor Damon, si es tan amable.- Dio paso Amelia Bones a un hombre situado a la izquierda del chico, sentado detrás la mesa con documentos que había visto Harry al principio.

- Buenos días.- Saludó el hombre de forma tosca irguiéndose mientras sujetaba un pergamino con ambas manos.- En la siguiente lista se exponen todos los presuntos delitos conocidos y vinculados a Torprey Hart, reconocido seudónimo del presente señor Potter. Dichos delitos son: Uso de la magia siendo menor de edad; Uso del conjuro "Obliviate" sin autorización; Compra y posesión de material relacionado a las artes oscuras y prohibido por este Ministerio de Magia; Amenaza y soborno a varios miembros del presente Wizengamot; Intento de secuestro con violencia a la actual Ministra de Magia; Uso indiscriminado de las maldiciones imperdonables tanto en criaturas como en personas; Se le atribuye el asesinato de al menos cien personas, incluido el del antiguo jefe de este tribunal, Albus Dumbledore. De igual forma, se le acusa de innumerables actos de desobediencia y violencia hacia el Ministerio de Magia.- Terminó de leer el mago con una expresión de odio y repulsión en su rostro.- Estos delitos se limitan a los cometidos en el Reino Unido.- Apuntó el señor Damon ya sin la necesidad de ojear el pergamino que sujetaba. Se produjo unos segundos de silencio debido al impacto que causó la enumeración de todos sus delitos.

- Y bien señor Potter, ¿tiene algo que añadir o comentar a los datos aportados?- Le preguntó la Ministra de Magia que al igual que muchos de los magos presentes había fruncido el ceño y lo miraban de forma diferente a cómo lo hacían dos minuto antes. Harry no se inmutó y permaneció callado.- De acuerdo. A falta de profundizar minuciosamente en cada uno de sus presuntos actos delictivos, ¿cómo se declara?

- Soy culpable.- Afirmó Harry sin pensárselo dos veces. Durante días se había preguntado a sí mismo si sería capaz de decirlo una vez estuviera delante del Wizengamot o si finalmente el miedo lo controlaría y en el último momento su instinto le hiciera cambiar de opinión para intentar salir airoso de todo aquello. Sin embargo le había ocurrido todo lo contrario y lejos de amedrentarse había sentido una gran ansiedad por decirlo lo antes posible y así quitarse esa gran carga que arrastraba desde hacía mucho tiempo. Y así fue, en cuanto esas dos palabras salieron por su boca sintió como se le relajaban los músculos del cuello y como el nudo de su garganta se aflojaba y le permitía respirar mejor.

Con incertidumbre pero extrañamente bastante más tranquilo esperó a que se desatara la tormenta que estaba seguro que estallaría después de su respuesta. Volvió a oír cómo todos a su alrededor hablaban, cómo la Ministra pedía orden y silencio a la vez que Hermione a su derecha se levantaba para pedir nuevamente la palabra. Cerró durante un momento los ojos y respiró profundamente. Quería abstraerse en su mundo, distanciarse de todo lo que le rodeaba e intentar sentir la paz en su interior que tanto ansiaba. Fue tal su concentración que repentinamente cayó en la cuenta de que ya no escuchaba nada. Abrió los ojos y lo que se encontró lo desconcertó completamente. Todos se habían quedado quietos, absolutamente paralizados. Frente a él estaba Amelia Bones, mirando a un lado y con la boca algo abierta. El silencio era abrumador, todos los miembros del Wizengamot parecían estar cuchicheando con el de al lado, pero no se apreciaba el más mínimo movimiento o sonido. Por un instante pasaron por su mente todas las explicaciones posibles, desde estar muerto hasta haber perdido definitivamente la razón. Sin embargo no tuvo que esperar ni un minuto hasta que la explicación se presentara por si sola. Bajo el pulcro silencio que se había instaurado pudo escuchar a la perfección unos pasos a su izquierda. Desde la parte alta de la tribuna bajaba un hombre, algo más bajo que él pero bastante robusto y con una portentosa barba oscura en la que ya se apreciaban abundantes canas.

- No estoy para bromas… ¿Qué significa esto?- Preguntó Harry cambiando de actitud y haciendo que sonase casi a una orden.

- No parece que estés en disposición de hacer demasiadas exigencias.- Afirmó a su derecha una voz femenina con cierto tono de diversión en sus palabras.

Harry miró enseguida hacia donde había escuchado la voz y vio a una chica. Era joven, tenía el pelo castaño oscuro recogido en una coleta y una cicatriz de varios centímetros junto al ojo izquierdo. Sin embargo lo que más le sorprendía era su vestimenta. Iba completamente de negro, con una chaqueta de cuero negro remangada hasta los codos. Estaba casi seguro de que era imposible que alguien así formase parte del Wizengamot. Estaba a pocos metros de él, apoyada en actitud arrogante delante de los asientos donde se encontraban las otras dos herederas, en ese momento completamente petrificadas. Harry se enfadó consigo mismo, dos meses atrás hubiera sido imposible que alguien lo sorprendiese de la manera que lo habían hecho aquellos dos individuos. Discretamente intentó soltar sus manos de la silla que lo retenía pero le fue imposible.

- Así que es cierto. El gran y temible Harry Potter, el payaso rojo como te llamamos nosotros, es ahora poco más que un muggle. ¿Qué ocurre? ¿Le han cortado las garras al león?- Se burló la chica, quien realmente parecía disfrutar de lo lindo con aquella situación.

- Muriel, ya basta.- Musitó el hombre sin elevar el tono pero con una gran fuerza en su grave voz. Para sorpresa de Harry la chica se cayó.- Me llamo Frederic. Permíteme explicarme y después responderé tus preguntas.- Afirmó al ver como Harry pretendía interrumpirlo.- Pertenezco a una sociedad mágica secreta, una sociedad muy antigua, casi tanto como el propio mundo, tal como ahora lo conocemos. No es necesario que conozcas el nombre, uno de nuestros cometidos es el de salvaguardar la magia y mantener el equilibrio de ésta a través del mundo. Llevamos tiempo observándote, la magia que poseías era tan intensa e inestable que debíamos estar alerta. Ahora hemos venido para ayudarte.

- ¿Ayudarme? ¿Y dónde se supone que estabais hace dos meses?- Le recriminó Harry sin importarle demasiado si el hombre había terminado con su discurso.- No sé cómo habéis hecho esto ni me importa, pero largaos antes de que lo haga yo.- Amenazó sin esperar que alguien le respondiese. Al instante, volvió a escuchar la risa burlona de la chica.

- Me gustaría ver cómo lo intentas.- Lo animó Muriel.- No intentes disimular, para cualquiera de nosotros es obvio que no puedes realizar magia alguna. Puede que sigas dominando algún arte como la oclumancia, pero en la práctica no podrías ni hacer levitar una pluma.

- Amiga mía, enséñale los dientes.- Le pidió Harry a su serpiente hablando en pársel y desconcertando a la chica por no saber lo que había dicho. En pocos segundos Quetza apareció desde la parte baja de su pantalón y se dirigió hacia Muriel. Se enrolló, elevó su cabeza y enseñó sus largos y afilados colmillos amenazando con morder en cualquier momento. Al mismo tiempo que la chica sacaba su varita llamó a Némesis y en un instante su fénix apareció en su hombro para transportarlo inmediatamente a sólo un metro de allí, pero ya liberado de aquella maldita silla. De la misma forma, solo con pedirlo en su mente la espada de Godric Griffindor se materializó en su mano.

- Creo que ya es suficiente. Discúlpala, es muy impulsiva…

- Dejad de hablar en esa maldita lengua. Y quita este bicho de aquí si no quieres que le corte la cabeza.- Exigió Muriel tan inquieta como enfadada por lo rápido que había ocurrido todo.

- ¿Puedes hablar pársel?- Le preguntó Harry al hombre en la misma lengua solo para molestar a la chica.

- Es sólo una de las cosas que puedo hacer. Todos los miembros nuestra sociedad poseen al menos algún don que los diferencia del mago o bruja corriente.- Contestó Frederic intentando que la situación se calmase.- ¿Podrías mirar en el interior del bolsillo izquierdo de tu chaqueta?- Después de un momento de duda, Harry y lo hizo y sacó una pequeña piedra sin tallar de color negro con algunos destellos azules.- Muriel la puso ahí sin que te dieras cuenta a tu llegada al Ministerio. Tanto ella como yo también llevamos una de esas piedras encima, es lo que nos permite vivir temporalmente fuera de la percepción de los demás. Es magia antigua, poderosa y muy difícil de lograr con éxito. Otro de nuestros cometidos también es el de investigar la magia, tanto el pasado de ésta como su futuro y sus posibilidades. Por eso conocemos la magia esencial que convocaste y por eso mismo sabíamos que en este momento no podrías conjurar magia alguna. En cualquier caso, ahora que has demostrado que incluso sin magia te sobran recursos, te pido que bajes la espada, retires a tu criatura y hablemos desde la calma y el respeto.- Le instó Frederic controlando la situación a la perfección. Al contrario que su compañera, el hombre en ningún momento pareció alterarse y fue consciente de que la mejor forma de corregir la situación era dando información. No sin pensárselo dos veces, Harry accedió a sus peticiones. La espada desapareció tan rápido como había aparecido y la serpiente se acercó a él pero permaneció a su lado, atenta a cualquier nueva orden de su amo.

- Si otra las tareas de tu famosa sociedad fuese enseñar calma y respeto a tu amiga esto no habría pasado.- Argumentó Harry lanzando una mirada amenazadora a la chica, quien lejos de amedrentarse torció el gesto y respondió con una mirada igual de dura.- ¿A qué habéis venido?

- Hemos venido a ayudarte, como dije antes. Tus actos en la reciente guerra te han hecho ganar el respeto y la admiración de muchos, sin embargo también han provocado que mucha gente te tema, desprecie y odie. Y no me refiero precisamente a personas que puedan aplaudirte o abuchearte como ha ocurrido hoy. Voldemort tenía muchos seguidores, no sólo mortífagos, sino personas e incluso asociaciones a través del mundo que creían también en la magia como única forma respetable de vida. Ahora que se ha hecho pública tu supervivencia irán a por ti, eres un estorbo y un peligro para ellos.- Afirmó el hombre sin titubear, como si se hubiera aprendido lo que iba a decir.- Debo admitir que en un principio también suponías una amenaza para nosotros. Sin embargo, ahora creemos que tu sola presencia evitará muchos problemas en el futuro, tu muerte motivaría a todas estas personas a retomar el trabajo de Voldemort. Además, como dije al principio, nos dedicamos a preservar la magia y la tuya es tan extraordinaria que debe seguir existiendo.- Reconoció Frederic entrelazando las manos y esperando alguna reacción por parte del chico, a quien veía ahora en silencio, pensativo.

- ¿Quieres decir con eso que recuperaré mi magia?- Preguntó Harry fijando la mirada en los inalterables ojos marrones del hombre. Era curioso como lo menos que le preocupaba era que alguien quisiese matarlo, al fin y al cabo esa había sido la dinámica habitual toda su vida. Como venía siendo frecuente, escuchó como a su izquierda la chica de negro no pudo contener la risa.

- ¿Te das cuenta de por qué te llamamos payaso? Sólo un descerebrado invocaría la magia esencial sin saber sus consecuencias. Si no te matan antes, volverás a tener las mismas habilidades que tenías.- Afirmó Muriel sin dejar de burlarse por su ignorancia. Harry no le prestó demasiada atención y miró a Frederic en busca de una confirmación.

- Muriel tiene razón, es un proceso largo y de duro trabajo, pero no hay motivos para pensar que no puedas recuperar las habilidades mágicas de las que disponías antes.- Corroboró el hombre con total seguridad.- Pero no lo harás estando en Azkaban. ¿Por qué no te defiendes? Comprendo que si has venido es para reconocer lo que has hecho, pero lo incomprensible es que no defiendas las razones por las que lo hiciste.

- No tengo por qué explicar mis motivos a nadie.- Se excusó Harry de mala gana.

- No podremos ayudarte si como parece tu intención es acabar en Azkaban sea como sea.- Contrarrestó Frederic con una gran convicción en sus palabras. Le sorprendía como aquel hombre parecía saberlo prácticamente todo sobre él.- Esa actitud, unido al hecho de que estés aquí demuestra que el motivo es la conciencia, los remordimientos.- Se atrevió a conjeturar con total tranquilidad. Sin esperar a que Harry corroborase o negase aquello continuó.- Probablemente ni siquiera sean unos remordimientos propios, de ser así no habrías continuado matando, seguramente sea un sentimiento provocado por otra persona, otra persona que no puede perdonar tus actos y por eso te entregas para así aliviar tu conciencia.

- Cuidado. No creas conocerme.- Lo avisó Harry volviendo a materializar la espada sobre su mano derecha casi involuntariamente.

- Tus amigos parecen apoyarte. Me atrevería a asegurar que las personas de las que buscas el perdón no están vivas. El peor de los arrepentimientos se produce cuando te sientes en deuda con alguien que está muerto. En este caso, tus padres…

- ¡Cállate!- Estalló Harry.- No quiero escuchar una palabra más. Tú no me conoces y no consentiré ni que los nombres. Esta conversación se acaba aquí.

- Tal como he dicho antes, cada miembro de nuestra sociedad posee algún don especial y extraordinario que lo hace destacar entre los demás.- Recordó Frederic ignorando por completo la advertencia de Harry, lo cual le enfureció aún más.- Como entenderás, Muriel no me ha acompañado hoy porque necesite apoyo o por su evidente afabilidad, sino porque su don puede servirte de ayuda en este momento.- El imperturbable hombre hizo una pausa para esperar por una reacción de Harry, quien de mala gana miró hacia la chica reclamando una respuesta para poder acabar con aquella locura.

- Eres un niñato consentido, caprichoso y además estúpido, no sé por qué debería ayudarte en nada.- Le espetó Muriel con cara de desprecio. Sin embargo, tras una dura mirada autoritaria de Frederic de la que Harry no se percató, la chica volvió a hablar.- Puedo contactar con el mundo de los muertos, mi espíritu puede relacionarse con los espíritus de las personas que ya no pertenecen a este mundo. Por eso he venido, para decirte en persona que tus padres han contactado conmigo.- Terminó de explicar Muriel casi de la misma forma que un niño pide perdón a otro obligado por sus padres, con hastío y sin ningún interés. En cuanto terminó de hablar, Harry dejó escapar una pequeña carcajada.

- ¿Pero esta que mierda es? ¿Es una broma?- Preguntó retóricamente Harry sin poder creerse lo que escuchaba. Estaba al límite, aquella surrealista visita en mitad de su interrogatorio le estaba desquiciando. Se había prometido a sí mismo que no volvería a hacer daño a ninguna persona fuera quien fuese ésta pero no podía permitir que utilizaran la memoria de sus padres para intentar manipularlo.- ¿Por qué iba yo a creer nada de esto? ¿Por qué iba yo a estar tan loco como para confiar en ninguno de vosotros?

- Porque es la verdad. Y porque a pesar de que puedas seguir teniendo "recursos" para defenderte, tanto yo como Frederic podríamos matarte en menos de veinte segundos.- Respondió Muriel cambiando radicalmente de actitud. En un instante había dejado atrás la rebeldía y la aparente inmadurez para adoptar ahora un tono de voz más serio, seguro y firme.- Tú puedes hablar con las serpientes, podías manipular el fuego a tu voluntad. ¿Acaso eso no es tan difícil de creer como lo que yo hago? Yo puedo hacer que mi espíritu viaje entre las dimensiones de los vivos y los muertos, yo puedo cruzar la Laguna Estigia y hacer lo que nadie puede, regresar… Hace unos meses tus padres me encontraron y me pidieron que te transmitiera un mensaje. Yo no soy la mensajera de nadie y como ya hemos explicado en aquel momento sospechábamos que pudieras ser una amenaza. Sin embargo, hace dos días volví a contactar con ellos. Sus palabras exactas fueron: Dile a Harry que le queremos, que estamos muy orgullosos de él y que no nos debe nada. Dile que en una guerra siempre hay dolor y muerte pero que él ha salvado más vidas inocentes de las que puede imaginar. No debe culparse, ni arrepentirse, debe mirar hacia el futuro y ser feliz. Por favor, dile que lo queremos mucho.- Recitó la chica a la perfección, como si leyese una nota. Muriel aprovechó las dudas en Harry para continuar hablando.- Personalmente me importa mas bien poco si me crees o no. He venido para decírtelo y ya lo he hecho. En cualquier caso, tu madre me dijo una frase que no logré comprender muy bien, aunque ella creía que tú sí lo harías. Tarde o temprano nos reuniremos, la vida puede ser tan cruel como la muerte, pero ninguna de ellas podrá separarnos.

Harry sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo y como la sangre se helaba en su interior. El impacto de las palabras que escuchaba era mayor a su convicción de que todo aquello era imposible. Él dominaba las artes oscuras, estaba seguro de que solamente Voldemort podría haberle superado en cuanto a los conocimientos en la materia. Durante todo su estudio, tras haber explorado en todos los rincones imaginables nunca había encontrado algo que le permitiera volver a ver a los seres queridos que había perdido. Únicamente Angelina, después de utilizar los pendientes de Ravenclaw de Hermione, le había dado una posibilidad para hacerlo, una posibilidad que había descartado debido a las condiciones necesarias para llevarla a cabo. Pero no era a eso a lo que se refería la chica que tenía frente a él, ella aseguraba poder contactar con los muertos a través de su propia magia, algo que ni siquiera creía posible. Tenía claro que tanto Frederic como Muriel no eran magos corrientes, infiltrarse en el Wizengamot, congelar el tiempo y permitirles vivir en otra realidad frente al mismo tribunal o incluso que el hombre pudiese hablar pársel eran pruebas suficientes de que podían hacer cosas excepcionales. Pero aquella frase… Los distintos pensamientos y teorías se amontonaban en su mente sin ser capaz de razonar cada uno de ellos, como si un embudo recibiera más agua de la que es capaz de canalizar y colapsara. Así era como sentía su cerebro, colapsado. Por mucho que quisiera disimularlo, no estaba ni mucho menos recuperado, y su incapacidad en ese instante de pensar o actuar con agilidad y soltura lo demostraba.

- Se nos acaba el tiempo.- Intervino Frederic rompiendo el silencio mientras miraba su reloj.- Te recomiendo que vuelvas a tu asiento y aparentes normalidad, cualquier prueba de nuestra presencia aquí no debe ser rastreable.- Indicó el hombre llevando su mano al bolsillo y medio girándose para subir por las escaleras y volver a cualquiera que fuese su asiento.

- Espera. Necesito que…

- No hay más tiempo.- Lo cortó Frederic ya en el segundo nivel de asientos de la sala junto a una bruja de unos sesenta años.- Si cambias de opinión dispondrás de nuestra ayuda, si no es así, espero que Azkaban logre apaciguar tu conciencia.

Intentando buscar otra respuesta miró hacia la chica y pudo ver como ésta le guiñaba un ojo, se giraba un segundo hacia las dos herederas que estaban tras ella y un instante después su cuerpo desapareció. Como si su subconsciente actuara por sí solo, se apresuró a esconder de nuevo a Quetza, su fénix desapareció y volvió a su asiento. La espada de Griffindor no había acabado de disolverse cuando a su alrededor regresó el caos que reinaba antes de que fuese congelado. Todos hablaban, fuera en alto para expresar algo a toda la sala o más en privado con quien tenían a su lado. Mientras tanto, Amelia Bones continuaba intentando controlar la situación y a su derecha Hermione buscaba intervenir de algún modo.

Su mente, al igual que antes de la extraña interrupción, seguía aislada de la realidad pero ahora por un motivo diferente. Por un momento quiso creer que todo lo que había vivido había sido fruto de su imaginación. Por un momento deseó con todas sus fuerzas haberse vuelto definitivamente loco. Instintivamente se llevó la mano al bolsillo izquierdo donde unos minutos antes había encontrado la pequeña piedra que supuestamente lo había sacado temporalmente de la realidad. Tanteó desde fuera la chaqueta pero no notó nada. Tan desconcertado como alterado buscó en el interior pero el bolsillo estaba completamente vacío. ¿Realmente estaba tan loco para haberse imaginado todo lo que había ocurrido? De la misma forma que una persona cuando se encuentra repentinamente en un lugar que no conoce, miró nervioso de un lado a otro en busca de alguna pista que lo ayudase. Detuvo su mirada en las dos herederas, queriendo comprobar que no hubiesen notado nada extraño, sin embargo, su atención se fijó en un pequeño trozo de la pared de madera justo frente a la primera fila de asientos donde se encontraban las chicas. En aquella zona era donde Muriel había permanecido la mayor parte del tiempo y precisamente donde se había girado unos momentos antes de desaparecer. Ni siquiera hubiera pensado en ello de no ser porque ahora sobre la antigua pero impoluta madera de la sala había tallada una figura. La figura de un animal que reconocería en cualquier parte, era el león de Griffindor, solo que aquella el animal no estaba rodeado por el rojo del fuego sino encerrado en lo que parecía una jaula.

No podía ser una coincidencia. Estaba prácticamente seguro de que ese dibujo no estaba ahí cuando había entrado en la sala esa mañana. En ese momento se vio de nuevo superado por los acontecimientos.

- Señor Potter. Antes de entrar a detallar cada uno de sus actos voy a darle otra oportunidad de contestar la pregunta y añadir si lo desea alguna consideración al respecto. ¿Es usted culpable de todos los delitos que se han enumerado ante este tribunal?- Inquirió la Ministra imponiendo su voz por encima de los pocos pero insistentes murmullos que recorrían la sala.

No respondió. Ni siquiera había escuchado bien la pregunta. Como si nada de todo aquello fuera con él, comenzó a observar detenidamente a cada miembro del Wizengamot situados a su izquierda. No tardó demasiado en localizar en la fila más elevada del tribunal la singular y prominente barba del hombre que unos minutos antes se había presentado ante él como Frederic. Allí estaba, sentado tranquilamente como uno más. Si aún preservaba alguna mínima duda, un leve asentimiento con la cabeza del hombre hacia él la fulminó al instante. En cualquier caso, la confirmación de lo que había ocurrido no hacía sino perturbar aún más su mente.

- Señor Potter, le pido que responda a la pregunta. ¿Se declara usted culpable de todos los delitos citados anteriormente?- Reiteró la Ministra Bones ante el silencio absoluto del chico.

Tarde o temprano nos reuniremos, la vida puede ser tan cruel como la muerte, pero ninguna de ellas podrá separarnos. Esa frase no le permitía pensar en otra cosa. Cualquiera hubiera podido inventarse un mensaje de amor paternal como el que también había tenido que escuchar, pero aquella frase era diferente. Aquellas veinte palabras significaban más de lo que parecían. Eran exactamente las mismas palabras que había pronunciado al aire, para nadie, cuando lloraba desconsoladamente la muerte de Angelina, arrodillado junto a la cama. Estaba solo, su apartamento en Francia estaba perfectamente protegido y en ese momento, con todo su poder y facultades en su máximo esplendor estaba seguro de que nadie habría podido ver o escuchar nada sin que él se percatara. Por improbable que fuera, él sabía que no era imposible contactar con los muertos. No hacía ni dos años que él mismo había presenciado como sus padres salían de la varita de Voldemort y hablaban con él, aunque fuera sólo durante unos pocos segundos. Incluso tenía guardado en lugar seguro un pergamino con las instrucciones a seguir en caso de querer hacerlo. Pero aquella frase no solo daba credibilidad al relato de Muriel, significaba mucho más. De ser cierto significaría que su madre está con él hasta en los peores momentos, que lo observa desde donde quiera que esté. La misma elección de la frase le hacía pensar que no solo repetía algo que ya había dicho él, sino que se lo decía a él, le decía que nada podría separarlos y que en algún momento volverían a estar juntos. Pero… ¿Y si el resto del mensaje fuera cierto? ¿Estaría torturándose a sí mismo sin sentido? Él se había justificado y convencido a sí mismo durante la guerra de que todo lo que hacía era necesario e inevitable si querían sobrevivir. Todos sus amigos, Remus, Alice, todos le repetían una y otra vez que aunque lo que había hecho no estaba bien, que no era moralmente justo ni aceptable, gracias a ello estaban vivos. ¿Pero y si sus propios padres pensaban eso? ¿Estarían realmente orgullosos de él? ¿Cómo podrían no repudiarlo después de todas las atrocidades que había cometido? "Gracias a esas atrocidades estás vivo y están vivos tus amigos" Escuchó en su cabeza como le decía esa segunda voz de su subconsciencia que tanto había escuchado meses atrás.

- Señora Ministra, el honor de Harry Potter le impide reafirmar la mentira de que es culpable de todo de lo que se le acusa.- Intervino Hermione de forma repentina y algo inapropiada. Viendo como Amelia Bones se disponía a silenciarla o incluso a echarla de la sala, se apresuró a continuar.- La misma acusación de asesinato del señor Dumbledore es falsa. El exdirector de Hogwarts y antiguo jefe de este tribunal, Albus Dumbledore, sigue vivo.- Sentenció la heredera de Ravenclaw con total rotundidad. Por un momento la sala amagó con volver a caer en el caos, sin embargo el impacto de la afirmación fue tan grande que se produjo el efecto contrario y se instauró un silencio absoluto.

- ¿Cómo puede ser eso posible cuando se ha encontrado el cuerpo sin vida de Albus Dumbledore junto a una nota firmada por el mismo señor Potter donde reconoce la autoría del asesinato?- Preguntó en esta ocasión el mismo mago que había enumerado los delitos de Harry, identificado anteriormente por la Ministra como Damon.

- Es posible porque quienes fueran los que certificaron la muerte de Albus Dumbledore son unos completos ignorantes en cuanto a las artes oscuras.- Contestó finalmente Harry volviendo a centrar su atención en lo que ocurría a su alrededor. Sorprendió tanto el hecho de que hablase como su dureza al hacerlo.- Es cierto que envié una carta, pero en ningún momento reconocía asesinato alguno en ella. Si no recuerdo mal dicha carta mencionaba una maldición y un sueño eterno, no la muerte. Un letargo al que yo mismo podría poner fin en cualquier momento. Lo que mi compañera afirma es cierto, técnicamente hablando Albus Dumbledore sigue vivo.- Reveló Harry causando la misma impresión que unos segundos antes.

- Incluso excluyendo a Albus Dumbledore de la lista, ¿niega también las demás acusaciones…

- Señor Damon, por favor, permita que sea yo quien continúe con el interrogatorio.- Interrumpió la Ministra de manera serena pero incontestable.- ¿Puede decirnos, señor Potter, porque en un primer momento se declara culpable y un minuto después cambia de opinión?- Harry volvió a tomarse su tiempo antes de responder para pensar bien que palabras elegir.

- No he cambiado de opinión, sigo admitiendo haber cometido innumerables actos delictivos, sin embargo, la muerte de Albus Dumbledore no está entre ellos. Soy culpable señora Ministra, soy culpable de haber matado y torturado a cientos de mortífagos, soy culpable de utilizar las maldiciones imperdonables y de emplear las artes oscuras.- Reconoció Harry hablando pausadamente y sin romper ni por un segundo el contacto visual con Amelia Bones. Se produjo un corto silencio tras la respuesta que la Ministra se disponía a interrumpir cuando Harry volvió a hablar, mirando aún fijamente hacia ella.- Y gracias a todo ello, también soy culpable de haber matado al mago tenebroso conocido como Lord Voldemort y de haber salvado millones de vidas inocentes, tanto de magos como muggles.- Se defendió pronunciando unas palabras que antes de llegar al Ministerio se había prometido no utilizar. Cuando terminó de hablar se permitió el echar un vistazo al resto del Wizengamot. Veía rostros y miradas de sorpresa, de apoyo, de repulsión y algunas de completa inexpresividad. Con su corazón latiendo a una velocidad que su templanza disimulaba, se atrevió a mirar a las chicas. Hermione lo observaba totalmente sorprendida y Angelina, quien hacía días que ni lo miraba, lo hacía ahora con confianza y por un momento pudo ver como la chica le dedicaba una muy ligera sonrisa.

- Y ese es un acto que todos deberían reconocerle, no cabe la menor duda. Sin embargo señor Potter… ¿Cree usted que una buena acción le absuelve de todas las demás? ¿Defiende lo que hizo? ¿Piensa que el fin justifica los medios?- Quiso saber la Ministra formulando una pregunta tras otra, como si quisiera aprovechar la momentánea actitud de Harry de hablar abiertamente. Harry por su parte no lograba adivinar si Amelia Bones lo consideraba un asesino, un héroe, o ambas cosas.

- Según cual sea el fin éste sí puede justificar los medios. Defiendo lo que hice porque era una guerra y tenía claro que habría víctimas, así que decidí que prefería que dichas víctimas fueras asesinos antes que personas inocentes. En cualquier caso, si estoy aquí es porque quiero que sea la justicia la que determine si mi decisión fue acertada o no.- Concluyó Harry desconcertando a los presentes, no era nada habitual que alguien que creía haber actuado correctamente se entregase para ser juzgado.- Aún así señora Ministra, si me permite la apreciación, resulta extraño que usted o este tribunal considere una buena acción, un acto digno de reconocimiento, el asesinato de Lord Voldemort y no vea de la igual forma la misma acción contra los mortífagos. ¿Cuál es la diferencia? Si no me equivoco, hace años, durante la primera guerra ya se autorizó el uso de las maldiciones imperdonables…

Inteligentemente, Harry había usado un escueto comentario de la Ministra Bones favorable a la muerte de Voldemort y lo había convertido en un argumento de doble filo contra el tribunal. Nadie se atrevería a considerar un asesino a quien matase al mago tenebroso, más bien todo lo contrario, lo consideraban un acto heroico. ¿Por qué entonces matar a mortífagos tan despreciables como el mismo Voldemort no debía ser también considerado de la misma forma? Ese era el debate que brillantemente había logrado instaurar en la sala y en el que ni los propios miembros del Wizengamot estaban de acuerdo.

Durante los siguientes minutos se produjo una auténtica y surrealista batalla dialéctica en el interior de la sala del décimo nivel del Ministerio de Magia. Los miembros comentaban, discutían o reafirmaban posturas sobre lo que Harry acababa de plantear. Algunos le hacían preguntas directas al chico pero era otro miembro del tribunal quien se adelantaba a contestar por él, tanto en sentido negativo como positivo. En aquella ocasión parecía que Amelia Bones no lograba controlar una situación que finalmente y después de varios intentos se había escapado de sus manos.

Aquel caos le sirvió a Harry para reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo. Si había decidido asistir al Ministerio era para entregarse y cumplir el castigo que fuera que se merecía por los crímenes que había cometido. Sin embargo lo que había acabado haciendo era trasladar al Wizengamot el mismo dilema interno que él había sufrido durante gran parte de su lucha contra Voldemort. ¿Una mala acción contra una mala persona y para un buen fin era algo moralmente justo? Él había empezado creyendo que no, luego se convenció a si mismo de que era lo correcto y en los últimos tiempos sus remordimientos le habían hecho volver a cambiar de opinión. En aquel momento no sabía muy bien ni qué pensar. Un relato inverosímil de unos desconocidos, unido por qué no decirlo al miedo de pasar toda la vida encerrado en Azkaban, había acabado por silenciar su consciencia y volver a defender con uñas y dientes su comportamiento. Al final de su razonamiento, ni él mismo lograba comprenderse. No sabía si ese cambio de actitud era porque sus remordimientos y su intención de entregarse únicamente habían sido por intentar desprenderse de una falsa sensación de culpabilidad o porque simplemente era un cobarde y se había arrepentido en el último momento. Cuando repasó las dos opciones en su mente se dio cuenta de que ninguna de las dos lo dejaba en buen lugar.

Más de diez minutos después del total despropósito que se había formado y que evidenciaba la completa división del tribunal en un asunto tan importante como el de la muerte de los mortífagos, la Ministra Bones tuvo la suficiente agilidad para cambiar rápidamente de asunto y acabar dominando la situación. La Ministra era perfectamente consciente de que con cada minuto que ese caos se mantenía, el prestigio, la autoridad y la credibilidad del tribunal a la hora de tomar una decisión se debilitaban. Tras ese punto de inflexión, la Ministra se decidió a tratar los otros muchos actos cuestionables que habían sido enumerados al comienzo del juicio. Hubo asuntos en los que salió bien parado, como cuando Amelia Bones aclaró que él nunca había intentado secuestrarla y que únicamente se había tratado de una respetuosa conversación. Aunque pesar de la aclaración de la propia Ministra, el hecho de que agrediese a varios aurores aquella noche no le ayudó demasiado. En otros temas simplemente se limitó a explicar los motivos, como por ejemplo ante la acusación de usar el conjuro "obliviate", en el cual argumentó que lo había hecho por absoluta necesidad y así evitar que Voldemort obtuviese información importante. Sin embargo también se trataron otras acusaciones en las que no acabó tan bien considerado, como su vaga y poco creíble explicación del intento de coacción a varios miembros del Wizengamot o las tan alarmantes como estremecedoras que sonaron sus razones para defender su conocimiento sobre las artes oscuras. Incluso así, agradeció que no tuvieran ni idea de hasta que punto llegaban sus conocimientos en dicha área ni que tampoco supiesen nada de los tres miembros del Wizengamot con los cuales había tomado represalias y quienes habían acabado uno muerto, otro completamente loco y otro torturado y sin recuerdos. Estaba convencido de que si lo confesase, por mucho que intentase explicarlo, nadie lo comprendería. En cualquier caso, en aquella ocasión él técnicamente se había limitado a conjurar unas cruciatus y un hechizo desmemorizador, lo demás lo había hecho uno de ellos. Por un momento se sorprendió a sí mismo al no recordar el nombre de aquel hombre, aunque su rostro sí era algo que tenía grabado a fuego en la mente, aquella mirada vacía y dispersa de una persona cuya cordura y raciocinio acababa de romperse en mil pedazos era imposible de borrar.

Para su sorpresa, el juicio continuó con los testimonios de diversas personas que por un motivo u otro habían tenido algún contacto con él. Hubo relatos para todos los gustos y de todos los colores. Kingsley Shacklebolt apareció en la sala para declarar en su contra, en la misma línea que otros dos aurores, detallando con precisión su comportamiento y su particular forma de combatir contra los mortífagos. A Harry le llamó la atención una de las frases que utilizó el que fuera miembro de la Orden del Fénix, "especialmente llamativa era su falta de aprecio y respeto por la vida, fuese humana o no". La versión de los aurores fue tan convincente que por un momento Harry se sintió un verdadero monstruo. Afortunadamente para él un auror y una bruja de a pie, la cual había sido testigo de una de sus intervenciones, fueron algo más benevolentes y recalcaron las consecuencias positivas que habían provocado sus acciones. En concreto, la versión de la bruja relatando como había salvado a varias familias de los mortífagos y de un grave incendio fue particularmente conmovedora.

Diferentes fueron las intervenciones de Angelina y Hermione. En sus casos no se limitaron a contar una experiencia sino que tuvieron que contestar a preguntas de todo tipo. La defensa de las chicas hacia él fue radical, hasta tal punto que ambas llegaron a menospreciar sus propias acciones para alabar las de él. Lo trataban como el gran salvador, un auténtico héroe cuya sola presencia ante aquel tribunal era un insulto. Ante ciertas afirmaciones Harry no pudo evitar sonreír al recordar lo que ellas mismas le dijeron meses atrás sobre los mismos hechos. Durante el largo tiempo que estuvieron hablando ambas herederas, Harry pudo darse cuenta de algo importante. Tanto la castaña como la morena gozaban de una imagen impoluta a los ojos del Ministerio, eran chicas ejemplares y poseían el respeto y la admiración por una gran mayoría del Wizengamot. Sin embargo también se percató de que en cierta medida muchos las seguían viendo como unas adolescentes, adolescentes con unas habilidades mágicas extraordinarias y una madurez sorprendente, pero prácticamente unas niñas al fin y al cabo. En su caso todo era muy diferente, su imagen era la de alguien incontrolable, insensible y peligroso. La sensación que tenía era que a él ya no lo veían como a un estudiante sino como a un mago adulto con tal poder e influencia que provocaba tanto respeto como miedo.

- Muchas gracias por su colaboración señorita Dovmal. En nombre del Ministerio le doy nuevamente las gracias.- Apreció la Ministra una vez Angelina hubo terminado de hablar.- Creo que por hoy ha sido suficiente. Ahora es momento de reflexionar y analizar todo lo expuesto durante esta vista y mañana volveremos a reunirnos para tomar una decisión al respecto. Hasta entonces sólo queda decidir el lugar donde permanecerá hasta mañana.

- Ministra Bones.- Pronunció una voz masculina poniéndose en pie y pidiendo permiso para hablar en cuanto la Ministra terminó la última frase.- El señor Potter está acusado de varios de los peores crímenes que se pueden cometer. No creo que haya nada que debatir, en mi opinión el acusado debe permanecer en prisión hasta que haya un veredicto en firme.

- No puede estar hablando en serio, señor Mawson.- Saltó otro miembro del Wizengamot. Era una mujer que se encontraba tan solo a unos asientos a la derecha del primero.- Sería una falta de sentido común enviar a Harry Potter a Azkaban. Aún no ha sido condenado y a la mitad de los presos que hay allí los ha enviado él.

- Y ha reconocido que a los que no ha encarcelado los ha asesinado a sangre fría. Pero ese no es el asunto. La ley establece de forma clara que cualquier sospechoso de delito grave debe permanecer en Azkaban hasta que este tribunal emita un fallo. De hecho el acusado posee buenas relaciones con varios países extranjeros además de sobrados recursos tanto económicos como mágicos, lo que supone un potencial riesgo de fuga. Cualquier opción que no sea Azkaban supondría una irregularidad intolerable que cuestionaría la imparcialidad de este tribunal.- Afirmó Mawson con total rotundidad e inflexibilidad.

- Lo que el señor Mawson argumenta es cierto.- Confirmó la Ministra antes de que pudiese formarse otro debate generalizado.- El acusado deberá permanecer en Azkaban hasta mañana a las diez de la mañana. Doy por concluida esta vista.- Sentenció Amelia Bones mirando firmemente a Harry por unos segundos.

Harry observó como Hermione se levantaba inmediatamente y se dirigía a hablar con la Ministra mientras el resto del tribunal comenzaba a dejar sus asientos e intercambiar opiniones. No le prestó demasiada atención, sabía que no conseguiría que cambiase de opinión. Angelina por su parte también se puso en pie pero para acercarse rápidamente hacia él. Algo conmocionado aún por haber escuchado que tendría que ir a Azkaban, se levantó sin pensar de la silla antes de que la chica llegase hasta él. Cuando estuvo de pie muchos de los miembros del Wizengamot se quedaron mirándolo de forma extraña. Harry tardó unos pocos segundos en darse cuenta de que no debía haber podido hacerlo. Cuando había vuelto a sentarse después de que su fénix lo liberase de la silla, ésta no lo había apresado como al principio. Cuando lo entendió le hizo gracia la forma en la que lo miraban, debían pensar que lo que fuera que hiciesen para él resultaría insignificante.

- No sé por qué has cambiado de actitud, pero me alegro de que lo hayas hecho.- Le susurró Angelina al oído y abrazándolo con fuerza. A pesar de que le había pedido insistentemente que no lo hiciera, agradeció ese abrazo más de lo que creía.

Sin embargo aquella unión se rompió a los pocos segundos, cuando el mismo personal del Ministerio que lo había escoltado llegó hasta él con unos grilletes preparados. En cuanto sintió el frío del metal alrededor de sus muñecas su mente volvió a aislarse de la realidad. No sabía si como mecanismo de defensa o por el impacto de verse apresado como un criminal más, entró en un estado de semiconsciencia en el que su cuerpo seguía moviéndose pero su mente divagaba en la oscuridad. Cuando salieron Alice seguía esperándolo pero no logró escuchar lo que su tía le dijo. Durante las siguientes horas percibió imágenes y sonidos como si viviese una realidad acelerada, parecía estar viviendo un sueño, un sueño o una pesadilla de la que ni siquiera despertó cuando se vio rodeado de unas oscuras y lúgubres paredes de piedra.

Así continuó durante horas, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y la mirada perdida. Al principio su mente lo había premiado con la abstracción absoluta pero lentamente volvían a acumularse los recuerdos y a entremezclarse los pensamientos. ¿Había hecho bien? Ya estaba en Azkaban. Independientemente de lo que el Wizengamot dictaminase al final había acabado en la prisión mágica, como todos le habían augurado. ¿Se sentía mejor? ¿Se sentía tranquilo, en paz? La realidad era que no, ni siquiera sentía que hubiera hecho lo correcto. Sí, se había entregado y había admitido lo que había hecho, pero al final se había echado atrás, se había rajado en el último momento. Se suponía que al entregarse lo haría sin excusas, sin disculpa o justificación alguna, pero no había sido así. Ocurrió todo lo contrario, argumentó y defendió con ímpetu y vehemencia todo lo que había hecho. En ese momento la imagen de Alastor Moody apareció en su cabeza. Él no recordaba o no quería recordar lo ocurrido cuando perdió el control y se dejó arrastrar por la oscuridad y el dolor meses atrás. Pero la verdad era que recordaba a la perfección cómo había matado a su antiguo profesor. Él no merecía la muerte como si creía que la merecían los mortífagos, sin embargo se sintió incapaz de reconocerlo durante el juicio. ¿Por qué? ¿Por qué no se quitó ese peso de encima y cumplió lo que se había prometido a sí mismo? Sabía la razón. La singular e inesperada visita de aquellos dos desconocidos llamados Frederic y Muriel lo había cambiado todo. Una vez le nombraron a sus padres y le transmitieron su supuesto mensaje todos los cimientos sobre los que estructuraba su voluntad de entregarse se tambalearon. No podía confiar en ellos a pesar de lo mucho que deseaba hacerlo, pero estaba seguro de que si lograba salir de allí no descansaría hasta localizarlos y conocer la verdad sobre todo aquello.

Exhausto y fatigado, no física pero si mental y emocionalmente, acabó cerrando los ojos y cayendo dormido en la misma incómoda postura en la que había estado desde que había llegado. Acostarse en la cama significaría acomodarse en un lugar en el que no quería hacerlo. Como suponía, ni en sus sueños liberaría su mente del caos en el que vivía, incluso dormido sus problemas le perseguían. Comenzó viéndose nuevamente frente al tribunal y siendo condenado a pasar toda su vida en Azkaban. Tras vivir de forma ficticia el dolor y la desesperanza de ser encerrado de por vida su sueño se enredó en la incoherencia y se vio compartiendo celda con Sirius. A partir de ahí, la posibilidad de volver a estar con su padrino aunque fuese encarcelados le hizo más agradable el sueño. Una suerte que como solía ser habitual en él no le duró demasiado. De repente lo invadió una sensación de inquietud y sintió una opresión en el pecho.

Curiosamente fue un sentimiento que ya había sentido antes en multitud de ocasiones. Agitado y nervioso, abrió los ojos y tuvo el tiempo suficiente para dejarse caer hacia el lado derecho. La afilada hoja de un imponente y brillante puñal pasó a su lado provocándole un profundo corte en su brazo izquierdo. La fuerza con la que empuñaban el cuchillo era tan fuerte que pudo oír como éste se clavaba ligeramente en la pared de roca. Dejándose guiar por un instinto que creía perdido, lanzó una patada que impactó contra los tobillos de la persona que estaba frente a él, tirándolo al suelo. Rodó por el suelo para alejarse e intentó levantarse usando únicamente su brazo derecho. Si bien parecía recuperado había perdido fuerza, rapidez, agilidad y muchos músculos seguían doliéndole cuando hacía un esfuerzo importante. A causa de sus limitaciones y lentitud recibió una patada en la boca del estómago que lo dejó sin respiración y lo devolvió al suelo antes incluso de haberse erguido. Consciente de que era demasiado tarde para intentar levantarse de nuevo, volvió a girar sobre si mismo para poder al menos mirar a su agresor. Cuando lo hizo ya lo tenía encima y tuvo el tiempo justo de elevar los brazos y agarrar las manos que sujetaban un puñal que ahora se encontraba a unos centímetros de su pecho. Era un hombre, delgado pero atlético. Lo que más le llamó la atención era que llevaba sobre el rostro una máscara de mortífago, sin embargo tenía sus antebrazos a pocos centímetros de su cara y en ellos no veía serpiente o calavera alguna. Dejando sus deducciones para cuando su vida no corriera peligro concentró todos sus esfuerzos a evitar que el puñal le atravesara el corazón. El brazo izquierdo le ardía a causa del corte y el hombre parecía más fuerte que él lo que provocaba que la punta de la daga se acercase cada vez más. En décimas de segundo repasó sus opciones y no encontró ninguna que le permitiese salir de aquella situación sin acabar con un orificio en el pecho. Como ya hiciera antes ese mismo día, pidió ayuda a Griffindor y su espada se materializó a su lado. Con un último subidón de adrenalina consiguió desplazar las manos de su agresor unos centímetros a la derecha para alejar la daga de su corazón y un instante después la soltó.

Lo que sintió a continuación no lo había sentido nunca. Toda la hoja del puñal se incrustó a la derecha del esternón atravesándole piel, órganos y estaba seguro que rompiéndole alguna costilla. Sin detenerse un segundo a analizar el dolor que sentía alargó el brazo derecho, empuñó su espada y con todas las fuerzas que pudo reunir la hundió en el costado izquierdo del hombre que tenía sobre él. En aquel momento una luz ambarina iluminó por completo el oscuro calabozo donde se encontraban y pudo escuchar un grito y el sonido metálico de los barrotes que lo encerraban. Trató de librarse del peso del cuerpo sobre él pero a su atacante aún le quedaban fuerzas para retorcer el puñal aún incrustado y un repentino vómito de sangre le ahogó impidiéndole seguir respirando.