- Creo que le llamaré Jareth, tiene mi rostro.

Sarah sonrió ante el comentario; el mago se paseaba por la habitación, henchido el pecho de orgullo. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas del nacimiento y los temores del rey parecían haberse disipado, colocándole en el extremo opuesto de las emociones, casi como era natural en un hombre inseguro pero pasional, como él. Eufórico, radiante, deslizándose de un lado al otro, espaciándose en todos sus comentarios, como embriagado de la satisfacción inmensa y la dignidad con que le investía el ser padre. "Padre",… parecía repetirse el título como para acostumbrarse, como para salir de su asombro y ser consciente del honor del que ahora gozaba. Tantos años de perdida soledad, tanta desesperanza,… El rey había rejuvenecido; su piel lucía fúlgida y resplandeciente, en una alegre palidez emparentada con la luz propia, y su tez, atestada de complacencia, parecía manar templanza y erudición, como si hubiese ascendido a un plano superior, desde el cual observar a los pobres mortales. ¡Ahora el reino tenía heredero, ahora todo estaba completo! Y Sarah reía, notando el efecto que tremendo episodio había hecho en su esposo; se veía tan gracioso. El pequeño apenas era un cachorro rollizo, pero él perjuraba que tenía su rostro. Ni siquiera era posible saber aún los rasgos de sus padres que prevalecerían en su aspecto, y el mago se ufanaba de estar viéndose a sí mismo. Se mordió los labios; Jareth podía ser tan ridículamente tierno. Lucía tan esbelto, tan engreído, como si estuviese en condiciones de dictar clases de paternidad cuando hacía apenas unas horas no atinaba a esconderse o a escapar. Se veía tan dulce, tan torpe. Desfalleció la reina de amor, ese hombre era su hombre.

- Llevará tu nombre – susurró, conmovida. Su vocecita detuvo la danza nerviosa del rey, quien se volvió a verle – Amo tu nombre.

Jareth regresó hacia ella, sobrecogido, colocándose en cuclillas junto al lecho donde yacían tanto la madre como el niño, y apresuró sus palabras, como un benefactor generoso, exhalando en un abrupto torrente de amor toda su condescendencia desmedida.

- Pero habíamos hablado de muchos otros nombres. Quiero que tenga los que tanto te han gustado.

Sarah sonrió, hundida entre almohadones; él siempre le cedía tener la última palabra… Era una costumbre, un ritual casi diario, como si el secreto de su delicia se hallase oculto en sentir que cumplía todos sus caprichos. Era tan cariñoso, tan cálido,… más que evidente que nada le importaba tanto como verle a ella feliz.

- Hemos hablado de dos nombres más.- ella esbozó una sonrisa. Habían cuchicheado largamente sobre el asunto y Jareth le había develado el significado de algunos nombres gnomo - Pero quiero que tenga el tuyo, además.

- Bien, que tenga tres nombres, entonces – sonrió él.

- ¿No es mucho?

- ¿Mucho? ¡Ja! – Jareth levantó la barbilla, presuntuoso; Sarah sonrió – Nada es demasiado para el hijo del Rey Jareth, para la sangre de mi sangre, para el Príncipe de los Gnomos, para…

- ¿Para Ïhónan Byron Jareth…?

Los ojos del mago expandiéronse al unísono, como si buscase el portal a sus sueños y hubiese visto la llave.

- ¡Seeeeeeh…! – Musitó, como en trance místico; su esposa se mordía los labios de risa - ¿Escuchas su sonido…? Es un nombre poderoso, es un nombre… Sí, definitivamente debe llamarse así.

Sarah soltó una carcajada; era evidente que él no notaba el espectáculo viviente en el que se había convertido. Quién lo hubiera dicho… el tan temible rey a veces se comportaba como un niño. Era tan ingenuo en ocasiones, tan transparente, tan sencillo. Actos nacidos puros y no fruto de la premeditación, ni de su fingida actuación cuando adoptaba el papel de implacable. Todos los gnomos se creían lo de su talante sádico… menos Sarah, claro. Porque ella podía ver en aquellos momentos privados, y vislumbrar las luces ocultas en un cuarto herméticamente cerrado. Lo que él retenía para con el mundo entero no tenía vedado el acceso para ella. Y por eso se entregaba a él, y por eso le amaba sobremanera. Porque sabía a ciencia cierta cómo era.

- Eres tan lindo…

Jareth le sonrió, desvergonzado, atribuyendo aquél comentario a sus poderes seductivos, y ella estiró levemente su mano, acariciando su faz. Derrumbó el rey sus párpados, rindiéndose al sosiego, y por algunos momentos, mantúvose en manso silencio, esclavo devoto de las manos de quien le poseía por entero. El único ser que le confiaba estabilidad a su juicio, y serenidad a su cuerpo; la única capaz de mantenerlo con vida, y por quien afloraban los más sublimes sueños; la mejor sorpresa que le había dado la existencia, la mujer que amaría… hasta los límites de la perpetuidad.

Las yemas de Sarah se pasearon, con dulce afecto, a través de la seda de su piel, dibujando los contornos de sus labios, de sus mejillas, de sus cejas, de su nariz. Él aguardaba, disfrutando, con una expresión de devoción absorta, como si sorbiese vida a través del roce. Ella sonrió, era como tener consigo a un gatito. Elevó sus dedos y entrelazó su rubio flequillo. Por un instante le invadieron ciertas nostalgias; quién hubiera dicho hace unos años que iba a encontrarse así, acariciando el cabello de quien encarnaba en su momento un espejismo maravilloso e inalcanzable. Dios, era tan suave… tan suave… Delicioso despeinarle. Y de haber proseguido un poco más, lo hubiese distendido hasta dormirle. Así, colgando de los límites de la cama. Jareth era ineficaz para resistírsele.

- En tu corazón colocaré la luna, en tus ojos el cielo,… Oh, vida mía, y entre las estrellas nuestro amor… - Jareth balbuceó, en éxtasis.

- ¿Mientras me enamoro…? – inquirió Sarah, cómplice. Él continuó, sonriente:

- Mientras te enamoras de mí…

La reina se conmovió en espíritu de dicha, tomándole el mentón con sus dedos y acercándole el rostro para robarle un beso.

- Ya lo he hecho…

Sarah se cobijó en su boca, nido cálido, refugio tibio, que le alejara tantas veces del temor y la incertidumbre. El rey colmó su alma de amor, en un tierno beso tan suave como comprometido; de rodillas ante ella, como emulando quizá su corazón, abatido de amor, postrado ante su reina. Conmovidos, también, hasta la fibra más íntima,… ¡Y pensar que de todo ese amor había por fin nacido fruto! Él se envolvió en un halo íntimo y profundo, deleitado en todos aquellos pensamientos; se había allegado a ella para fundir esencias y lo había conseguido. Había elegido a la mujer más hermosa de la tierra, pura y única en todos los sentidos; había deseado fundirse a ella, entretejer destinos, formar parte de su historia y engendrar todo un reino nuevo. Y había sucedido. Había sucedido.

Sería éste quizá el albor de todo un amanecer distinto; sería éste el comenzar de todo un nuevo libro,… sería quizá capricho del destino… sería quizá porque los sueños pueden ser cumplidos.

Un suave chasquido interrumpió sus arrumacos, el bebe había perdido asidero en el pecho de su madre, debido seguro a su estremecimiento por el contacto. Separaron sus rostros, atentos al sonido; volvieron al lecho mullido la vista y al recién nacido.

Jareth abrió los ojos, prestando mucha atención, y de haber tenido orejas largas las hubiese entornado hacia el frente de seguro. Sarah se estremeció, estrenando entonces los primeros instintos maternos; auxilió al pequeño para que mamase otra vez, las ancianas le habían enseñado cómo. Colocó el pezón en la nariz del pequeño y esto hizo que le hallase otra vez de inmediato. El padre observó, absorto y sorprendido. ¿Qué clase de voz interior era la que oían las mujeres, que les dictaba el curso de sus actos para lo que incluso jamás habían hecho? Quizá se tratase de una virtud netamente humana, algo que él nunca había comprendido. No perdió pisada del momento, era un momento único, mágico, etéreo. Contempló a la madre comunicarse con el pequeño, de un modo tan sensible, sin palabras, como en un lenguaje primitivo y secreto. Le hizo saber en un solo gesto que ella estaría allí para guarecerlo, que nada debía temer, que daría su vida por protegerlo. El pequeño se aferró a ella con denuedo, convencido. Confiado ciegamente en ella, hambriento y resuelto, vigoroso y decidido. Jareth posó el mentón en el lecho, meditando, conmovido.

- Vaya que es glotón… - sonrió la feliz madre – De seguir así aumentará de peso muy pronto.

El padre observó, mudo. Brincó su vista hacia ella, luego al niño, y tornó nuevamente a ella. Sarah lucía más calma,… tal vez por la lectura repetitiva de todas las cartas que hubiere recibido de su madre antes del alumbramiento. Las había estudiado de manera minuciosa, casi de un modo obsesivo,… hallábase muy asustada entonces por la intensa prueba que debería pasar. Pero Linda supo hacerse eco de sus expectativas, animando a su querida hija, recordándole lo valiente que era su espíritu y lo mucho que la quería. Detallándole todo cuanto cupiese en su memoria sobre lo que le sobreviene a una parturienta en el momento álgido del milagro de vida, alentándole a escuchar a sus instintos, mencionándole que no había nada para lo que no estuviese lista.

Y a pesar de la distancia, su amor había vencido, pues aunque no se hallarse junto a ella ahora, su voz de tinta le había servido, y le había devuelto la calma, ante el maravilloso desafío de tener un hijo.

El mago extravióse en la plenitud de solaz que parecía manar de Sarah y el pequeño; cuánta tersura, cuánta luz, cuánto… descanso… y silencio. Pudiese permanecer horas contemplando aquello… cuán nuevo y maravilloso era todo eso. Acababa de descubrirlo, acababa de saberlo. Y buscó en el rostro lozano de la joven a aquella muchachita revoltosa que otrora invadiese sus dominios, que desbordara su alma de sueños renovados, que avivara esperanzas y compartiera con él un vals íntimo. Que se atreviera a desafiarle, a decirle que no, a llevarle la contraria; que le persiguiese y le diera caza, incluso dentro de su castillo. Que le arrinconase con un par de conjuros precisos, que le alejase de ella,… aunque no hubiese querido. Que con el paso del tiempo retornase como un espíritu benigno, a rescatarlo de las mazmorras de su quebranto, y le hubiese vuelto loco de mil y un modos, arrastrándole a una revuelta contra el tirano de turno, y le hubiese abrazado, besado y querido… y le hubiese dado el sí en el estrado. Con total frescura y vivacidad la encontraba ahora en su lecho tendida, como la más experta de las madres primerizas, la más hermosa, la más erudita. Sí, esa mujer era digna de llevar en su vientre a su descendencia, era perfecta, era suya, era… magnífica.

- ¿Todo está bien…? – masculló Sarah al constatar el suspenso silente en el que su marido había caído inmerso. Jareth sonrió, como de costumbre, con esa sonrisa amplia que tanto le cautivaba, enseñando todos los dientes.

- Sí,… todo está bien. Todo es perfecto.

No supo por qué, pero de pronto la muchacha sintióse invadida por cierta cosquilla, como si él le contagiara una emoción repentina, un entusiasmo jocoso, propio de la juventud. Y tomó parte gustosa de la celebración de sus almas, sonriendo juguetona.

- Ya veremos a quién se parece. Ojalá lleve tus cabellos, ¡son tan suaves!

- Llevará mucho más que eso, ya verás – masculló él, engreído – Tendrá mi porte y mi estilo. Le enseñaré a dirigirse con autoridad y estrategia. Tendrá mi astucia, tendrá mi…

- Será un muchacho peligroso, entonces…

- ¡Ja! Será un soberano gallardo, gentil y elegante. Perfecto, como su padre. – Jareth colocóse de pie, desfilando a través del cuarto, haciendo ademanes con las manos, interpretando alguna obra ficticia que le arrancara a Sarah algunas sonrisas. – Atraerá toda la atención, en cualquier lugar que se encuentre. El encanto de mi estirpe está en sus venas, irresistible. Ya verás, las doncellas perderán la cabeza. - Avanzó dos pasos, reclinóse para saludar con un beso en la mano a alguna dama imaginaria; le invitó con un gesto a bailar y se puso a girar dentro de la alcoba. Sarah reía.

- Con semejante maestro hará estragos en el reino. – Hizo una pausa y adoptó un tono fingidamente severo – Espero que no le enseñes a romper corazones. – Clavó su mirada en el mago que danzaba despreocupado en medio de la alcoba – Sería muy cruel, y no es justo.

Jareth hizo una mueca maléfica, también fingida, pero que intentó apuntalar con su comentario, para poner a su esposa nerviosa.

- Eso le saldrá solo… - se burló, mas la broma se sostuvo hasta que se llevó por delante el cortinado. Sarah soltó una carcajada. Extendió su mano, alentándole para que se acercara, y cuando él se hubo colocado de rodillas junto a ella, lo tomó por el lazo de su talismán.

- Pues,… deberías comenzar su educación hoy mismo – sonrió, enternecida. El mago ladeó el rostro, confundido - ¿Sabías que para ellos la música es algo muy importante?

- ¿Así, tan pequeños?

- Ahá… Y no conozco a nadie mejor que tú con ese don.

Jareth sonrió, presumido; su espíritu llevaba consigo un pentagrama a todos lados. Las notas le brotaban solas, podría comentar lo cotidiano cantando como un juglar, de desearlo. No existía explicación, los acordes se le unían solos, y su esposa se hallaba resuelta a conectarlo con el recién nacido, utilizando el puente de su don. Aquella estrategia bien podría decirse que había sido espontánea – Sarah no contaba con la suficiente experiencia que le permitiera adelantarse a los hechos y planificar las cosas – pero había comenzado a escuchar esas voces de las que tanto se admiraba Jareth. Como todas sus predecesoras en el género, la muchacha recibió el intuitivo instructivo de cómo hacer partícipe al padre de la crianza de los hijos. No supo cómo, no hubiese sido capaz de explicarlo; sólo supo que debía ser ella quien enlazara a ambos corazones, pues su lazo propio llevaba tiempo ya construido, desde el principio, desde el vientre. No así con Jareth, que apenas acababa de conocerlo. Así fue cómo, sierva fiel de sus instintos, atrajo la atención del padre hacia el pequeño, proponiéndole actividades que fuesen fundamentales para cimentar un futuro vínculo estable. ¿Y qué mejor comenzar desde aquel momento, desde el germen mismo de la esencia de Jareth? Un calor tímido le recorrió el cuerpo ante esta nueva certeza, ¿ella también estaría creciendo?

- ¿Recuerdas el piano de cola que te pedí el verano pasado? – susurró, confidente.

- ¿El blanco? – musitó él, enternecido; sí, ella se lo había pedido al comienzo del embarazo, tal vez debido a la excesiva sensibilidad de su preñez, que le llevaba a emocionarse de manera inmensa si le oía tocar para ella alguna canción. – Sí, lo recuerdo.

- Llevemos a Ïhónan Byron Jareth con él. – sugirió ella dulcemente. El mago suspiró, estremecido; un reflejo que podría haber pasado desapercibido a no ser que habíase manifestado con la escolta de un leve tiritar, dúctil, impreciso. Sarah creyó haberle perturbado, aunque no pudo comprender qué había dicho de extraño. Deslizó una caricia sobre el rostro del padre y él pareció reponerse, besando su mano.

– Nos sentaremos en el salón a escucharte. – ella continuó, fingiendo no haber notado su inquietud. ¿Qué habría pensado? - Le encantará…

- Lo que desees se hará. – sentenció el rey, enamorado, y con un dejo de nostalgias deslizó su brazo tras la espalda de su esposa y tronó los dedos. Sobre un enorme sillón antiguo de algarrobo, tan mullido como exquisito, la pequeña familia encontróse de súbito, en un amplio y luminoso salón de baile.

- Oh, Jareth… - riñóle Sarah en tono amable – No era necesario, pudimos haber usado las escaleras, necesito ejercitarme.

Pero el rey le dedicó sólo su mejor sonrisa; se encaminaba, como un espíritu errante, suave y fluctuante, hacia un precioso piano lustroso que aguardaba silente expeler sus notas al aire. Llevaba la tapa abierta, cosa que le hacía lucir aún más imponente; reluciente hasta sus cuerdas, de un blanco marfil las teclas, de un níveo sin mácula el cuerpo. El salón se hallaba unánimemente en silencio, no había nadie allí excepto ellos, y ese pequeño detalle tornó el ambiente como de ensueño, pacífico y sereno.

A medida que él se aproximaba al taburete de intérprete, Sarah seguía pensando, ¿habría algo de lo que no habían hablado? Debería preguntárselo.

Los primeros acordes colmaron el salón. El piano es un instrumento portentoso, imposible hacerle lucir pequeño aunque la atmósfera a cubrir fuese un salón inmenso; y el pequeño que la reina traía entre sus brazos pareció despertar de pronto, como atraído por tan extraño suceso.

Ella le observó, atenta; era consciente de que además de ser inexperta, cargaba también con la dificultad de estar criando a un ser mestizo. Jareth ya se lo había dicho: los embarazos de los magos suelen ser momentáneos, dependiendo del gusto y el placer de quien lo engendre; y si bien el de Ïhónan había llegado a término – humanamente hablando – eso no quitaba que el pequeño le sorprendiese con algún aspecto desconocido de su desarrollo. Aunque no lo dijese abiertamente, aquello le preocupaba, ¿sabría cómo cuidar a un ser absolutamente nuevo? Si no debía confiar demasiado en su ya escasa experiencia, ¿qué esperar de su desempeño? Pero las dulces notas del piano le retrotrajeron al sosiego, auxiliadas por su profunda sed de mantenerse en calma.

El rey entonaba una melodía antigua, casi olvidada, que podría jurar era una canción de cuna; sus dedos se deslizaban con habilidad, era un excelente músico. Sarah sonrió, ¡claro que lo era! ¿Qué esperar de un ser con un oído tan fino? Y tendió su vista por sobre las manos del compositor, se sintió de pronto cautiva… Podría vivir mil vidas junto a Jareth, mas nunca dejaría de enamorarse.

El rey oteaba el teclado con aire digno y confiado, y de cuando en cuando disparaba su mirada hacia su selecto público. Había en el mirar de Sarah todo el palpitar de un cielo estrellado e inquieto, y en el pequeño, un repentino interés en los quehaceres de su padre. Ella estaba emocionada, le habría alcanzado alguna fibra íntima, de seguro; Jareth sonrió y regresó al piano, le estremecía de placer saber que subyugaba sus sentidos… como la primera vez.

Sarah percibió el movimiento del niño; a pesar de ser tan pequeño, volvía su rostro buscando los sonidos. Y parecía agradarle, tenerle sorprendido; la reina acercó su mano a su propio rostro y se enjugó una lágrima de satisfacción. Fue entonces cuando el pequeño le observó. Era evidente que su visión no se hallaba desarrollada; le era posible percibir que estaba con ella, más aún su rostro le figuraba difuso. Empero detuvo su observación en ese punto: en el cándido rostro de su madre. Sarah tiritó: parecía escudriñarle. Tembló de emoción, se sintió de pronto sobrecogida; como si el pequeño fuese un juez evaluando a quien debía cuidar de él, y ella se supiera tímida e imperfecta.

Le sonrió, susurró su nombre; Ïhónan le apreció, como extasiado, como intentando comprender a ese ser maravilloso que le retenía en sus brazos, descubriendo de ella la voz y el comportamiento. Sarah retuvo el aliento, ¡sus ojos eran verdes! Rutilantes, fulgurosos; como el de una piedra preciosa, una aguamarina, un jade.

- ¡Jareth…! – llamó entonces. El rey detuvo la música y voló con presteza donde la madre. – ¡Mira sus ojos!

- No puedes negar que es hijo tuyo – bromeó entonces el mago, reclinándose sobre él.

Ïhónan giró el rostro ante el recién llegado, como sobresaltado, como si le hubiese reconocido... Sí,… esa voz… Buscó desesperadamente dar con su semblante, aunque también le fue imposible contemplarlo del todo. ¡Él conocía esa voz, la había oído siempre a su lado! Desde el vientre la voz de Sarah resultaba un tanto confusa y ensordecedora, pero la de Jareth se percibía perfecta, límpida, correcta, sin ninguna anomalía ni rareza. Ïhónan sabía que ese ser había siempre estado allí, y confiaba instintivamente en él, oírle le hacía sentir en casa.

- Oh, por Dios, ve cómo te mira… - Sarah se estremeció - ¿Podrá verte bien? No, es muy pequeño.

- Yo sé menos que tú de esto, preciosa. – sonrió el padre, trémulo. Había distinguido aquel interés vívido de su hijo y le estremecía y le aterraba al mismo tiempo.

- Ten, sostenlo – sonrió la reina, temblando, deseaba ver con sus propios ojos al mago magnánimo con su pequeño bebe en brazos.

- ¿Qué? ¿Yo? – inquietóse el padre. Sólo lo había alzado luego del parto, unos escasos minutos. Sarah le había visto pero en un estado deplorable. Agotada, adolorida… Deseaba disfrutar de verles ahora, que se sentía repuesta.

- Sí, tú. – rió ella.

- ¿Y qué si llora?

- Me lo regresas…

Sarah colocó al pequeño entre los trémulos brazos de su padre; éste le cobijó, un tanto torpe, un tanto incómodo consigo mismo por no atinar qué hacer entonces. Automáticamente sus miembros adoptaron la pose correcta para un descanso adecuado del recién nacido, y la expresión de Jareth se tornó absorta, ¿y eso? ¿Qué había sido? ¿Un reflejo, un instinto? Sí,… un impulso, una corazonada, una intuición. Era padre, su alma era la de un padre mucho antes de que él mismo se diera cuenta, ¿De qué otra forma explicarse que supiera naturalmente cómo acurrucar al pequeño? Su ser consciente y su ser interno deberían rendirse cuenta mutuamente. De todas formas, temblaba, y no escapó su alarma de los ávidos ojos de Sarah. ¿Jareth temblaba? Sí, de pánico, de preocupación. Temía lastimar al niño aunque se quedase quieto, aunque no respirara, aunque fuese casi como una estatua. Pavores naturales de los hombres, quizá, que creen que las mujeres son quienes saben perfectamente cómo manejarse con un ser tan frágil. Lo cierto era que la reina lo había hallado muy delicioso y tierno, y cuando Ïhónan se meneó – intuyendo quizá que no era Sarah quien le sostenía – aguzó la vista y el padre se amilanó.

- Háblale; háblale para que no tema – indicó ella, dulcemente. Jareth le disparó una mirada intimidada y Sarah ahogó una que otra risa.

Ïhónan oteó hacia los cielos la identidad de quien le cargaba; le fue imposible precisar imágenes, así que tendió el oído. El silencio devuelto le provocó un vacío que le colmó de temor. Gimoteó, acongojado, llamaría a su madre a gritos si era necesario.

- Ad labhilla, ad-vrattar… - apresuróse a susurrar Jareth. Había percibido que el bebe cedería al llanto si continuaba él callado - Ad labhilla, ad-vrattar…

Sarah quedóse pasmada: Ïhónan había abandonado su ansiedad y su inquietud. Así, tan pronto como brotasen de los labios de su padre aquellas palabras, había recobrado la serenidad.

- Dios mío, sabe quién eres. Lo sabe, lo sabe… - Sarah contempló, maravillada; he aquí un milagro que quizá esperaba: una conexión etérea entre esas dos almas. - ¿Qué le has dicho?

- Que no me meta en problemas… - bromeó el padre. Sarah hizo una mueca, Jareth sonrió más distendido – Que no llore, que no tema.

La reina le sonrió con dulzura, deslizando sus manos sobre los hombros del mago; le rodeó luego la cintura, abrazándole por la espalda. Jareth comentó.

- Idioma de mi padre.

Allí estaba. Sarah lo percibió. Su precipitada conmoción seguramente guardaba relación con temas de su propia infancia. Los años habían pasado, y había aprendido a conocerle; algo había aún velado, flotando en el ambiente, y el rey nunca se lo había dicho. Aguzando el ingenio, y su capacidad de intuición, Sarah ató un cabo con otro y masculló.

- Jareth, ¿de dónde obtuviste el nombre de Ïhónan Byron?

- De un antepasado.

- ¿De un antepasado?

- Sí. En algunas regiones aún es costumbre repetir los nombres. Los humanos nos han robado por centurias este hábito, no veo por qué te asombra. Le hemos puesto también el mío, ¿verdad?

Sarah intuyó que el mago deseaba escaparse.

- Sí, porque eres su padre – apuntó, astuta.

- Así es. – respondió Jareth, veloz. Pero su velocidad desembocó en un resultado opuesto.

- Así que Ïhónan Byron era tu padre.

Sarah contuvo la respiración; Jareth se tensó.

- A ti te han gustado esos nombres. No he puesto nada que no quisieras.

- No te me escapes.

- Yo no huyo de nadie.

- Creo que huyes de tu pasado.

El mago sonrió, fingiendo sarcasmo.

- ¿Eres curandera? Creo que te ha puesto sensible el parto…

- Pues, no soy la única – disparó ella, certera. El mago respiró, casi podría decirse que de manera audible. No le era posible batallar, so pena de inquietar a un pequeño inocente. Tampoco podía esconderse, ni recular, ni desvanecerse. Bueno, desvanecerse, sí. Pero tendría que llevarse consigo al bebe y luego vendría la queja, la reprimenda, la…

- Jareth, ¿cuál era el nombre de tu padre?

- ¿A qué viene tanta investigación? Menos averigua tu Dios y perdona, ¿verdad?

- ¿Jareth…?

Un silencio espeso pero necesario mantuvo a los tres bajo un manto de vacilación. Esa última inflexión en la voz de Sarah no había sonado muy amigable.

- Ïhónan Jareth – se arrancó de los labios del rey. Una expresión sombría se tendió sobre su faz, como si hubiese deseado confesar aquello y a la vez no. Sarah titubeó. Así que ese era el nombre de su padre… Ahora entendía su aglomeración de congojas: el piano, las notas, el significado de aquel pesado nombre. Todo le había traído sobre el tapete sus asuntos familiares. Después de todo, ahora él mismo era padre, ¿cómo no rememorar al suyo propio en un momento tan importante?

Temió preguntar; ¿qué habría sido del antiguo rey de los gnomos? Puede que hubiera muerto de viejo, o puede que no. Puede que hubiera pasado a otro plano, o puede que hubiese resultado maldito por algún hechicero enemigo. Diantres, desconocía tanto sobre la raza a la que pertenecía su pareja. Si llegaba a abrir heridas antiguas jamás se lo perdonaría. No, ella no deseaba lastimarle,… pero tampoco podía dejarle con todo ese peso para él solo. No, no podía guardar silencio, de algún modo tenía que…

- No recuerdo demasiado sobre él, es todo. – fue cuanto suspiró su esposo.

Sarah parpadeó, escéptica, aquello no le dejaba conforme. Un momento, ¿cómo que no recordaba mucho? ¿Cuántos años tenía encima? Mil trescientos, eso es lo que siempre le había dicho, y eso no es demasiado para un mago, ¿verdad? ¿Tantos años al lado de su padre para después no recordarle? A menos que le hubiese perdido siendo demasiado joven…

- Jareth… - Sarah le acarició el cabello, denotando su temor a hacer lo indebido - ¿Qué pasó con tu padre? No hemos hablado nunca sobre él.

La mirada de Jareth se fugó a través del extenso salón; pareció comprender por fin que no habría más espacio para la huida.

- Sólo… sólo tengo recuerdos vagos… - confesó. Volcó su vista en el pequeño y pareció refugiarse en él. Recobró valor, como si su hijo se lo concediera – Recuerdo cosas,… a edades dispares. Sólo momentos… hechos puntuales… y tal vez dos o tres sensaciones. Luego un gran vacío… Un gran blanco… Sólo me veo a mí en el trono de mi padre.

Bueno, no dejaba de sonar extraño… pero Sarah especuló que si la mente de un humano puede sepultar recuerdos dañinos, tal vez la de un mago no se comportase de un modo muy distinto.

- No te preocupes, lo recordarás – susurró dulcemente. Acarició su cuello, sus hombros, giró sobre él y besó el tabique de su nariz. Jareth supo que su propósito era reconfortarle de un modo tierno. Y resultó.

- No te preocupes tú – respondió afectuosamente – No tomes cargas que no te corresponden.

- Me corresponden; eres mi esposo, y te amo.

No pudo evitar que un nudo entorpeciese su habla. A pesar del tiempo transcurrido, a pesar de todos los años compartidos, Jareth aún no comprendía cómo podía existir alguien como Sarah. Ella deseaba tanto formar parte de él, como si fuesen una sola cosa. Qué mujer maravillosa, se sentía tan bien que alguien deseare cuidarle. Le sonrió, fue todo cuanto pudo hacer, y ella le sorprendió de medio a medio otra vez.

- Necesitas su dirección, ¿verdad?

¿Cómo decirle que no? A menos que pudiese mentirle descaradamente. Ser padre era nuevo y aterrador, era lógico que deseare empaparse de la sabiduría de su estirpe.

- Hay… hay algunas cosas que quisiera preguntarle. – reconoció, inquieto y perplejo. Ïhónan elevó su vista de nuevo.

Sarah sonrió, enternecida; adivinaba sus angustias, su incertidumbre. Pero nada podía ella hacer, el gran rey ya no se hallaba entre ellos y debían aprender por sí solos.

- Descuida – le abrazó muy fuerte, le besó la sien – Ya verás que lo haremos bien.

Ïhónan se contoneó, estimulado quizá por las voces de los dos. Sarah acarició la suave lanilla de su mollera y Jareth intentó tomarle la mano. En vez de eso el pequeño se apoderó casi por reflejo de su dedo índice. La reina rió, conocía el reflejo de sujeción de los niños, pero Jareth respingó, y soltó un suspiro, como si hubiese recibido una corriente de aire frío.

- ¿Mi amor…? – Sarah se inquietó, el mago miraba absorto a su hijo. Jadeó un par de veces, como si hubiese marchado a galope tendido de un extremo a otro del reino.

- ¿Jareth…? – Sarah se impacientó.

- Intentó… intentó leerme por dentro… - murmuró el rey, atónito.

- ¿Qué? ¿De qué hablas?

- Su poder… ¡fluyó hacia mí!

- ¿Qué?

Sarah no comprendió ni una sílaba, Jareth no escapaba de su asombro. Seguramente había sido de modo deliberado, imposible que el pequeño supiera lo que estaba haciendo, pero… Hinchiósele al padre el pecho de orgullo; ¡era hijo de un mago, sí señor! Aquella era la prueba, no era del todo humano. Había heredado algo, ahora había que averiguar cuánto. ¡Qué dicha, conservaba algún don de su estirpe! ¡Tenía sus genes, su legado, su parecido! Arrojó su mirada extasiada sobre su esposa, demostrándole cuán gratificante le resultaría de ahora en más, tomar conciencia que era verdad, que habían engendrado prole.

- Es nuestro hijo, Sarah; tu sangre, mi sangre, ¿lo comprendes? – Le sonrió, henchido de satisfacción – Somos tú y yo, juntos… viviendo dentro de otra persona.

Dos lágrimas, como caricias de ángeles; eso atravesó el rostro emocionado de la madre. Sí, Ïhónan era ellos dos, vueltos una sola persona. Qué hermoso pensamiento, cuánto amaba a ese hombre. Se arrojó a su cuello, suavemente, enamorada; le besó vehemente mientras el pequeño oteaba.

Jareth la besó con avidez absoluta, palpando el paraíso en el que se hallaba inmerso. Acarició luego su nariz con la suya propia, como acostumbraban desde novios; ella sonrió enternecida y él la aprisionó contra su cuerpo, reteniendo en uno y otro brazo a sus dos motivos para vivir.

- Ya verás – masculló, radiante de dicha – Lo haremos bien. Lo haremos muy bien.