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¡Avanzamos otro capítulo! Y es posible que aquí descubran sitios, reinos y personajes que puedan prestarse a gran intriga. Como dije anteriormente, este libro es el tercero de la saga por lo que se nutre de sucesos pasados en el segundo tomo, Un Campo de Estrellas. Si bien la comprensión de la historia no depende de la lectura del segundo tomo, ya que La Quinta Semana del Mes es una historia separada, puede evocar recuerdos o personas de su predecesora. La Reina Phoebe, por ejemplo (gran villana, ya la conocerán) y los etéreos (seres encantadores pero un tanto volubles...) son mencionados aquí pero no son pieza clave para la comprensión absoluta de la historia.
De todas formas, y como Un Campo de Estrellas aún no ha sido publicada, responderé vuestras dudas (siempre y cuando no revelen demasiado la trama)
Este proyecto incluía mapas, dibujos y otras yerbas, que me vi forzada a no publicar, debido al robo de mis pertenencias que ya les comenté. Estoy trabajando en la recuperación de todo aquel material para que puedan disfrutar de este trabajo tal y como lo había soñado.
Gracias por su apoyo!
- ¡Es de día! ¡Es de día!
- ¡Hoy es el cumpleaños de Nán!
- ¡Yo iba a decir eso!
- ¡Papi, mami…!
Los gritos estallaron en oleada, repitiéndose, redoblándose, quintuplicándose incluso por lo abovedado de la alcoba; Jareth y Sarah despertaron abruptamente, asaltados por cuatro críos que no dejaban de reír, saltar en la cama y chillarles.
- ¿Y esto cuándo pasó…? – aulló Jareth a su agitada esposa, por entre medio de las sábanas, que brincaban desdibujadas, como fantasmas de trapo, para después rebotar en el lecho convulsionado. Sarah estalló en carcajadas. Sí, el tiempo había pasado, y se habían dado el lujo de añadirle al Príncipe algunos hermanos. Cuándo, cómo y por qué se habían dejado llevar por la pasión hasta verse envueltos en semejante escena cotidiana eran preguntas que brotaban de labios del rey con suma frecuencia. Y siempre con la misma respuesta. Sarah adoraba a sus pequeños monstruos, y también la hilarante perplejidad de un amante vuelto padre y privado de ciertos momentos de paz.
Ante ellos, rozagantes y vivaces, tres niñas, las joyas de su corona, como les decía Jareth. April, que por entonces contaba dos años, era la penúltima en nacer en la familia. Sus cabellos eran dorados, tan claros como un trigal, y sus ojos de un tono lapislázuli, bruñidos, suaves, capaces de transmitir esa impresión de tersura a la yema de los dedos. Llevaba de la mano a Abigail, un año menor que ella, a quien, cariñosamente, todos llamaban Abbie. Ambas eran tan similares, que si no fuese por la distancia en sus edades jurarían todos que se trataba de gemelas. De sonrisas enormes y hoyuelos en sus muecas, eran la delicia de sus padres. Su talante se revelaba relativamente calmo y colaborador, y aún no habían manifestado afición por uno u otro estado: demasiado equilibradas para tratarles de hechiceras, pero demasiado etéreas para decir que eran meras mortales. Eran, indudablemente, una sorpresa latente, esperando a la sombra de los años manifestarse.
Irina, mayor que ellas, contaba ya con cinco años cuando las cosas comenzaron a suceder. A diferencia de sus hermanas, su cabellera era de matices oscuros, del color de la madera de roble. Larga e indisciplinada, cargada de mil y un orlas como las que luciera su madre durante el famoso baile que una y otra vez le relataran. De tez blanca y mejillas sonrosadas, podría decirse que era la viva imagen de Sarah. Pero sus ojos, lejos de acunar el cálido verdor de los de su madre, escondían sin embargo el recóndito destello de los dos colores del padre. Azul uno, como el cielo abierto; ocre el otro, como el ámbar, como la arenilla. Curiosa, algo ingenua y susceptible, había comenzado a despertar su interés estos últimos días sobre todo lo que su padre era capaz de hacer. Aunque le faltase confianza en sí misma, rumiaba la esperanza a escondidas de perfeccionar su talento para la magia, si es que lo tenía. Si es que en ella el don se despertaba. A veces, aunque lo ocultara, le inquietaba no lograrlo nunca; su padre lucía tan sabio, tan imponente en las alturas de sus conocimientos y de sus años… ¿Podría ella, una niña indefensa, segunda en la lista de sucesión, complacer las expectativas de tan solemne ser, que había vivido miles de vidas humanas enteras? Su hermano mayor lucía más apto que ella para tal empresa, aunque tampoco se hubiese despertado su don en él. Tal vez por ello, y porque el pequeño mostrábase condescendiente para con ella, le seguía de cerca a todos lados, segura de aprender de él cómo enorgullecer a su padre. Sonaría extraño, pero era así. Jareth lucía demasiado encumbrado, muy lejos de sus manos tiernas y sus humildes preguntas. ¿Qué pensaría de ella al oírle murmurar dudas simples y tontas? Le aterraba avergonzarle. Ïhónan lucía más cercano, más experto que ella,… pero tolerante, comprensivo. No le avergonzaría confesarle que no entendía palabra de lo que intentaban enseñarle. Pero a su padre,… le profería un enorme e inmaculado respeto. Era su héroe más grande, casi como un dios que todo lo puede.
Ïhónan, el hijo mayor, era el depositario del formidable peso de suceder a su padre en el reino, expandir fronteras y tener hijos que perpetuaran su estirpe llegado el momento. Era dos años mayor que Irina y de contextura física inequívoca: un fiel retrato de Jareth. Una réplica exacta, una imagen vívida, excepto por sus ojos verdes, como dos esmeraldas, como aguamarinas. Su carácter vivaz y perseverante le había granjeado un lugar especial bajo la lupa de mayordomos y chambelanes: el pequeño denotaba sumo interés en las obras de su padre, le seguía, intentaba imitarle. No le admiraba a escondidas como Irina, sino que erguía la cerviz sin timidez ni apocamiento, absorbiendo cuanto conocimiento llegara hacia él desde el líder de la familia. Sus ojos se encendían cada vez que presenciaba alguna manifestación mágica brotar de las manos de Jareth, y ladeaba la cabeza, como en un trance, obsesionándose con ella, estudiándole, examinándole, sin importunar ni extenuarse. Deslumbrado estaba por sus orígenes, tanto humano como místico, y a pesar de ser aún muy joven, pugnaba en su interior una mezcla tan perfecta de los dos, que era imposible determinar qué lado le guiaba en determinado momento. De la humanidad llevaba la robustez y la determinación, el espíritu guerrero; de la mística abrigaba el poder, la astucia y, de vez en cuando, los excesos temperamentales. Éste último era un detalle estremecedor para quienes debían hacerle frente a sus embates ceñudos, Ïhónan parecía pensar que todo le estaba permitido. Y su ferocidad necesitaba de un canal y una férrea dirección para no caer en otro aspecto humano: la destrucción de uno mismo.
Por tanto, y porque la exótica mezcla se manifestaba seductora, Ïhónan era seguido de cerca no sólo por los suyos, sino por los de afuera. Quién sabía si su lado humano potenciaba a su costado brujo, apuntalándole con resistencia, o, aún mejor, que la increíble potencia de las entidades etéreas galopasen en él mucho mejor equilibradas por la inteligencia duplicada devenida de dos razas astutas. Como fuere, Ïhónan era una promesa, una promesa de gobernador firme para sus padres, si era bien orientado y disciplinado; y una apetitosa herramienta de devastación para los enemigos de palacio, si lograban enlistarlo de su lado.
No obstante, tratábase también de un niño muy dulce. Inteligente, consecuente, observador. De mirada soñadora, de espíritu fuerte, próximo a la abnegación. Era el primero en socorrer a sus hermanas y el primero en reclamar los abrazos de su madre; el más estratégico de los cuatro para obtener ventaja en el juego, pero el más maleable si se le hablaba de modo sereno acerca de lo que se esperaba de él.
Con Ïhónan parecía ser que la clave era la paciencia; era un ser intenso, mucho más que el resto de la camada. Era tan adorable como tozudo y tan desobediente como sumiso. Apenas estaba creciendo,… y las emociones eran palpitadas muy fuertes por su joven corazón. Era un niño interesante, además de muy hermoso. Poseía la tez pálida de Jareth, era su viva imagen. Los cabellos rubios, despeinados, la mirada vivaz y penetrante; su andar altivo, los ojos brillantes, incluso daba la impresión de poseer un tinte verde diferente al de su madre en la mirada, como más ardiente.
Como fuere, los herederos de sangre real crecían, y el rey estaba muy satisfecho. Alentando a la joven madre, alejando sus temores, los cuatro retoños, fruto del eclipse de dos mundos, ganaban experiencia y plenitud de vida ante sus ojos. La mixtura, el conjuro divino, o el capricho del destino decidiría cómo operarían las fuerzas descomunales que fluían en sus pequeños cuerpos; cada uno, como un cuenco, llevaba en su interior una gota de cada templo. Del terrenal y recio, de dónde provenía su madre, y del intangible y sobrenatural, de donde provenía su padre. Algunos comentarios oscilaban, llevando y trayendo supuestos; nunca se sabía con exactitud la magnitud de la mezcla de dos orígenes aparentemente contrapuestos. Tan sólo con la edad, y una vigilancia constante y de gravedad, sería plausible determinar qué tan hechiceros o humanos habían de resultar. Por el momento, y hasta su mocedad, los niños se comportarían como cualquier otro cachorro mortal.
Pero las cosas estaban a punto de cambiar…
- ¡Lo prometiste! ¡Lo prometiste! – Ïhónan brincó exultante sobre su padre, incluso antes de que se incorporase del lecho - ¡Hoy es mi cumpleaños y podré hacerlo!
Las hermanas celebraron ruidosamente, como un círculo cerrado de aliados.
- ¡Sí!
- ¡Viva!
- ¡Claro…!
Sarah arrojó sobre su esposo una mirada apremiante.
- ¿Estás seguro, Jareth?
- Me extraña de ti – sonrió él con ironía – ¿Tanta fe que le profesas a Púlsar, y hoy vas a negarte?
Los cuatro críos cercaron a sus padres, expectantes. Más precisamente a Sarah, que al parecer debía exponer algo importante.
- Eh… - titubeó ella, y los pequeños estallaron en festejos. Eran tan hábiles ya que conocían que cada recodo de sus flaquezas escondía la puerta abierta a sus caprichos. Hábiles, muy hábiles y pillos. La madre suspiró, ¿qué iba a decirles? Jareth tenía razón, era ella siempre la primera en insistir sobre las virtudes del dragón familiar, ¿y hoy le iba a negar a su hijo pasearse sobre su lomo?
- Mmmm… - de todos modos insistió, intentando amedrentarles con su tono pensativo. Pero los niños hicieron caso omiso, eran conocedores también de esa maniobra. Y las niñas celebraban la victoria del cabecilla de la banda; adoraban a Ïhónan, eran toda una horda.
Finalmente la madre suspiró, dándose por vencida. Pero debía rever su credibilidad ante sus criaturas, eso sí. Jareth soltó una carcajada en medio del lecho que se zarandeaba por los saltos, tumbos y rodadas. Aquellos no eran sus hijos, eran canguros… y unos muy divertidos, por cierto.
¿Desayunado? Más bien hubieron embuchado los alimentos; sería la expresión más precisa y correcta. El tiempo apremiaba y todos querían ir donde Púlsar. Tras un par de recomendaciones de su madre, los niños echaron a correr por la arena del Patio de Armas seguidos por la atenta mirada del rey Jareth. Todos los gnomos se echaron de bruces al verles, maravillados por la ruidosa y astuta prole; hubo algunas criaturillas valientes que, impregnados por su vivaz espíritu, saliéronles al encuentro para seguir sus pasos y disfrutar al verles. Algunos de los etéreos también se hallaban cerca, trabajando en los quehaceres de palacio. Interrumpieron por un momento sus tareas para sonreírle a toda la jauría mitad humano mitad mago que irrumpió bulliciosa en los establos.
Ïhónan llevaba la delantera, impetuoso. A menudo le recordaba a su padre el propio talante de Púlsar. Lo único que le separaba de aquella bestia eran sus momentos tiernos. Ïhónan tenía ya siete años, pero sucumbía ante las zalamerías de su madre. Acariciarle el cabello era igual a serenarle; a menudo utilizaba eso su madre cuando intentaba aplacarle. Se parecía bastante a Jareth. En esos momentos tornábase afectuoso y sosegado, renunciando a todo lo que estaba haciendo por permanecer en brazos de su madre. "De mayor será un hombre celoso", bromeaba Sarah, por lo consentido que se manifestaba; las demostraciones de afecto eran su punto débil.
Tras él, pisándole casi los talones, Irina llegaba acalorada; era su más devota feligrés y cómplice de todas sus obras. Admiraba a Ïhónan. Aunque a su edad el término no pudiese ser comprendido en su totalidad, era evidente que aquel pequeño mordaz se hallaba en la cima de sus modelos, después de su padre, claro. Le seguía a todas partes, le prestaba oídos solícitos e interesados. Tal vez fuera porque veía en él algo que ella esperaba ser: un futuro mago. Y el jovencito no le hacía sentir un abismo entre ella y sus anhelos, sino que le alentaba a seguirlos. Quizá por ello su poca fe en sí misma se viese contrarrestada, quizá por eso le amara tanto. Porque Ïhónan le hacía sentir que ella podía cumplir sus metas, que le era natural, no un desafío.
April y Abbie también le adoraban, pero porque siempre se mostraba animado; Ïhónan venía siendo algo así como el capitán de una pandilla de intrépidos; él sabía qué hacer y cómo para que el día fuese divertido – como la idea de enjaezar a Púlsar, engendrada en su genio.
Al final de los cobertizos, a la izquierda; allí habían alojado al dragón blanco. En una covacha enorme y oscura, tal y como le agradaba. Había que procurar mesura; Ïhónan abandonó el galope para acercarse al paso. Irina le imitó, pero a prudente distancia detrás de su espalda.
Nada pareció moverse ni emitir sonido; Ïhónan tendió el oído. ¿Estaría el animal despierto?
- ¿Nán…? – siseó Irina, con resquemor; solía llamar así a su hermano ya que no hallaba diminutivo adecuado para un nombre tan complicado. Ïhónan es difícil, Nán me gusta, había expuesto una vez la niña. Jareth había reído y comentado que Hnähn significaba tigrillo en Asbärd, la lengua de su madre. Cuando la familia hubo oído, celebraron la ocurrencia con gracia. Sarah había dado entonces la estocada final, argumentando que Ïhónan era como aquél animalito: tan dulce y cariñoso como rugiente y malhumorado. Con semejante aprobación y las risas fluctuantes, muy a pesar del niño, ese mote hubo quedado emplazado desde entonces y para siempre en su pequeño círculo familiar. A veces él lo ignoraba, a veces no y le irritaba. Todo dependía del tono y la intención de la frase en que se empleara.
- Espera… - respondió el niño, acercándose a la caverna. Hubo un rechinar en el suelo, como el de hierro frío que era arrastrado a las profundidades de la madriguera. No eran otras que las zarpas de la bestia; se hallaba despierto desde temprano. Una humareda grisácea emergió de la gruta y recorrió las distancias a escasos centímetros del suelo, como serpiente voladora; cercó las botas de Ïhónan y le acarició los tobillos. El muchachito meditó, Púlsar había recuperado el don para expeler fuego, ¿no?
Ïhónan silbó. Sabía de antemano que el tremendo animalejo reconocía así a su amo cuando no podía verlo; con la intensa claridad era imposible divisar algo en el interior. Tal vez el procedimiento inverso también le fuese molesto, quién sabe.
Un gañido gutural le respondió; un gañido temible, aterrador, pero que para el dragón había sido amigable. Si bien Púlsar no era enorme, - por tratarse de un animal empleado para la silla – sus pulmones hallaban un cauce insondable en su pecho que hacía que uno pensara que se trataba de un leviatán o alguna cosa semejante. "De haber sabido cantar, sería un tenor impactante", bromeaba Jareth. Si sólo por su voz uno se limitaba a juzgar, pues le creería sin duda gigante.
Ïhónan silbó con mayor certeza. Esta vez la bestia vióse azuzada y asomó la nariz, la cabeza, todo el cuello hasta las alas. Las niñas más pequeñas detuvieron en seco la carrera, Irina contuvo la respiración; empero el príncipe heredero sonrió satisfecho e impresionado.
Una zarpa, luego otra; Púlsar se acercaba, extrañamente manso pero temible a la vista. Las membranas de sus ojos jugueteaban protegiéndole del sol, desde abajo hacia arriba, la una; desde atrás hacia adelante, la otra. Sus pupilas rasgadas, como minúsculos filamentos, filtraban la luz que atacaba su iris amarillento. Era como una cobra blanca sobremanera desarrollada, con hocico de caballo y garras de águila. A Ïhónan le fascinaba, cómo admiraba a esa alimaña. En realidad admiraba su porte, porque ante su talante uno nunca podía relajarse.
La bestia alzó el morro y divisó acercándose a Jareth; reconocióle de inmediato, y bajó la cabeza olfateando al príncipe. Supo que era retoño suyo ya que ambos eran de aromas similares; los animales saben ciertas cosas que los seres pensantes hemos perdido. Hacía bastante que no le veía, no obstante, la serenidad del pequeño y las señales obtenidas al escrutarle con el hocico le dejaron satisfecho respecto a su identidad.
Ïhónan se estremeció al contacto de semejante semblante; si bien la piel de su cuerpo era suave, sobre la nariz y alrededor de las cuencas de sus ojos se le erigían algunas escamas rígidas y ásperas al tacto. La inspección fue un tanto molesta, pero guardó la compostura, no era sabio mostrarse inquieto ante un animal que llevaba tiempo sin verle… un animal como ése, específicamente. Por unos leves instantes, observóse a sí mismo perdido en la redondez ambarina de los ojos del dragón. Qué extraña sensación, ¡eran tan raros! Enormes como platos, pero límpidos, muy límpidos, como si fuesen en realidad un engaño, y atesorasen dentro un mundo oculto y alterno, un mundo de maravillas y secretos aún no revelados.
Púlsar le escudriñó, la mirada del pequeño habíale llamado poderosamente la atención. Su respiración era sonora y pesada, evidencia clara del increíble tamaño de su cuerpo. El aire vibraba cada vez que atravesaba su portentosa nariz; aquella que ahora mismo ardiera, como resabio constante de las llamas que le habitaban dentro. Ïhónan le oyó con atención; a menudo observaba con cuidado a los seres peligrosos, como deslumbrado ante su poder hecho carne. Púlsar gañó suavemente pero el sonido hizo vibrar su tabique y el pecho del niño; algo había percibido, algo… algo que el joven aprendiz de mago no le había dicho.
Ïhónan sonrió, con una mueca astuta; Púlsar hincó en él sus ojos de cazador. Con cautela, muy despacio, el niño hundió su mano en su bolsillo izquierdo y sacó un puñado de ceniza. Pensó en ofrecérsela, invitándole a comer con la voz, mas antes de que pudiese poner en práctica el habla, la bestia acercó alarmantemente el hocico.
Gruñó el dragón, esta vez un poco más fuerte; el animal era consecuente y demandaba más información, ¿debo comer de tu mano? ¿Qué opina tu padre? A menudo el hombre juzga por anticipado en lugar de detenerse a leer el mensaje.
Las niñas se cubrieron los oídos, sobrecogidas; su voz de fuego era penetrante. Pero el pequeño príncipe era muy valiente, y elevó la mano, con un vaivén estudiado, para indicarle al bicho que abriese la boca. Sus hermanas se inquietaron ante el espectáculo, empero no emitieron sonido alguno que echase a perder lo que el chico estaba haciendo.
Púlsar abrió las fauces, ¡por Dios, qué profundas! Podría comerse a un percherón de un bocado, seguramente. Ïhónan lanzó el puñado a su interior, y la bestia lo deglutió en un segundo. Irina sonrió, maravillada; April y Abbie también, aún no comprendían el arrojo de su hermano.
Jareth alcanzó a los niños y llegó donde Púlsar. El animal blandía frenéticamente su hocico blancuzco de uno a otro lado de las ropas del muchachito, buscaba más y el pequeño lo percibió como un dejo de confianza y amistad. Sé que tienes más, no intentes engañarme. De tanto rebuscar, empujó al niño de un flanco al otro intentando dar con sus bolsillos. Ïhónan soltó un par de carcajadas, ante el acoso bruto; su padre le contempló orgulloso y satisfecho, aún recordaba cuando era tan pequeño que temiera sostenerle en brazos.
De inmediato el príncipe recordó su deseo de cumpleaños; volvió su rostro hacia Jareth, con las pupilas encendidas.
- ¿Padre…?
Jareth sonrió, sabía perfectamente lo que el niño quería, y en una brisa de recuerdos vióse a sí mismo mendigando caprichos a su edad. El joven heredero era lo suficientemente despierto como para que el rey no temiese demasiado. La madre hubiese estallado en un sinfín de recomendaciones y consejos, pero él era el padre y su deber era fomentar su independencia y su confianza en sí mismo. Giró su mano derecha y disolvió en tonos de ocre el aire que circundaba; una brida extensa, como de plata, surgió de la nada y fue depositada en las trémulas manos del niño.
- Ve. – Ordenó Jareth, con aplomo insospechable – Pero no inquietes a tu madre: vuelve en una hora y media.
- ¡Sí…! – exhaló el príncipe, en un rapto de euforia. Sin pensárselo dos veces echó a los aires la brida hasta rodear el hocico de Púlsar y asirle por completo la cabeza.
- Cuida tus modales, llevas a mi hijo – sentenció el rey ante las narices del animalejo. Púlsar reconoció el tono de la advertencia y bajó el morro, sumiso.
Por otro lado, no había mucho de qué preocuparse; con semejante animal por guarda, ¿quién intentaría tocar siquiera un cabello del niño? El rey cruzóse de brazos, viéndole encaramarse al lomo de la bestia. Era tan inquieto, tan vivaz, qué orgullo. En sólo dos saltos logró sentarse sobre su espalda, completamente seguro que el animal no viraría la cabeza para amedrentarle. Una vez desde las alturas, el niño tuvo una idea. Irina le vislumbraba desde la sombra, fascinada; la noche anterior habían hablado sobre el asunto. "Muero por ir contigo", le había dicho. El pequeño, exultante, le tendió pues la mano.
- ¡Iri, vamos!
Jareth oteó a rabillo de ojo; el pequeño era responsable como para cuidarse bastante bien solo, pero,… nunca le habían confiado la protección de otra persona. La niña atemorizóse de súbito; deseaba fervientemente ir con él, pero era consciente de su escasa edad y buscó dirección en la mirada de su padre. El rey encontróse entonces en la disyuntiva ante la cual se detienen a pensar a menudo todos los que han engendrado hijos. ¿Debería conceder su permiso ante tan arriesgada aventura, o no? Si se negaba, Ïhónan calcularía que no era tan apto como se pensaba e Irina sentiríase más bien como un estorbo. Si decía que sí pondría en riesgo la integridad de ambos y el apacible transcurso de aquél día festivo. Ïhónan tomó las riendas de la situación.
- Papá, si le permites ir conmigo volveré antes. Lo prometo.
Jareth meditó unos instantes, la desenvoltura del pequeño, dispuesto a quitarse tiempo de diversión a sí mismo en favor de su hermana le colmó de satisfacción. Aquella había sido una llamativa sorpresa.
- Está bien – anunció con solemnidad, y un rutilar orgulloso azul ocre en sus ojos - Tienen media hora.
Irina arrojó su mirada sobre Ïhónan; regresó a mirar a su padre y luego tornó sobre Ïhónan, como si no encontrase espacio en su pecho para semejante alegría. Requirió unos momentos para reaccionar y tomar consciencia que de verdad le estaban autorizando a volar. Echó luego a correr al encuentro de su hermano, sobre el flanco derecho del dragón blanco.
Asiéndole con la mano, el príncipe heredero trabó de uno de sus brazos, ayudándole a trepar a la grupa del animal.
La silla era lo suficientemente amplia como para que cupiesen los dos con holgura. La niña sentóse emocionada y se aferró a la espalda del niño. Frunció los párpados cuando Púlsar comenzó a ponerse en movimiento, nomás elevar su panza del suelo le causó impresión y vértigo; sólo entonces tomó plena consciencia de la altura de la bestia. Se sintió de pronto inestable, como si comenzara a marearse; reprendióse a sí misma por tantos temores y aferróse más fuerte a Ïhónan. El muchachito tocó con sus talones al animal, tal y como le habían enseñado, su padre le había hablado del procedimiento correcto con antelación. Incluso le había señalado dos o tres órdenes verbales que el bicho parecía conocer muy bien. Ïhónan las recordaba: le eran sumamente valiosas e interesantes, como todo lo que nacía de la boca de su padre.
- ¡Haztsap! – mandó entonces, con convicción. Púlsar abrió las alas, en la totalidad de su envergadura. Veíanse tan magras como vigorosas, tan níveas, tan inmensas, atravesadas por una pluralidad incalculable de cauces sanguíneos y rematada cada punta de hueso con una hoz filosa y aguda.
Irina le percibió aún más grande después de aquél movimiento; su vértigo se acrecentó, y preguntóse de nuevo si estaba segura de querer hacer aquello.
Pero era ya tarde para replanteos; Púlsar avanzó unos metros, buscando el mejor sitio para el despegue. Cierta porción de la arena hallábase descubierta y el animal confió que en aquél punto no hallaría elementos que entorpeciesen sus movimientos. Ïhónan le dejó hacer; sabía instintivamente que el dragón no era tan torpe como para requerir su intervención. Sólo cuando estuviesen en el aire, le indicaría la posición y el sentido que deseara que tomase. Volvió su rostro por última vez, hacia el suelo del patio, y he aquí sus hermanas le saludaban con las manos, soñando despiertas, como anhelando alguna vez cometer el mismo acto impune de diversión. Su padre alzó la mano también, con una sonrisa cómplice; Ïhónan saludó vehemente e Irina gritó adiós a viva voz – no se atrevía a soltarse de su hermano.
Las portentosas alas embolsaron el viento que corría sigiloso desde el exterior; con fuerza inaudita lo capturaron dentro de su piel y le obligaron a elevar el cuerpo del dragón blanco hacia los cielos. Dos, tres golpes de ala; las garras de Púlsar abandonaron la arena. Retuvo el aire en sus pulmones, comprimió el vientre y blandió la tensa piel de sus alas en sentido contrario: le era posible batirlas trazando un ocho tanto hacia un lado, como hacia el otro, esto le permitía moverse a gusto y placer en el aire, incluso mejor que las aves. Direccionó su rabo en ese último minuto y tornó al sentido anterior para mover el aire.
Los cabellos de los niños brincaban, azotados indisciplinadamente por el torbellino; mas al salirse el animal del círculo urbano del castillo el viento sólo les sopló de frente. Los bucles pardos de Irina le entorpecieron la visión unos minutos, la incipiente melena de Ïhónan agitóse en diversos sentidos. Los ojos inmensos, vibrante el corazón; si aquello no era libertad a cucharadas, qué sentido tendría pues esa palabra.
Los años habían hecho de Púlsar un ser un tanto más aplomado, y cierto instinto protector de cachorros le latía por dentro en compañía de los niños.
Ïhónan prensó sus rodillas: estaba pidiéndole más velocidad. El dragón obedeció, satisfecho con la algarabía que se escuchaba en su espalda; bajo su garganta desfilaban, a marchas estrepitosas, los Prados de Sal de Radován, los Bosques Fríos, y los vestigios de las ciudades de Augnurék e Yriadon, ésta última donde dicen los antiguos supersticiosos de Atsagón se encuentra la Hemeroteca de los Viajes Imposibles, con cientos de miles de mapas a lugares increíbles y distantes, jamás emprendidos con éxito por nadie.
Después de su liberación, tras la derrota de la reina Phoebe de mano de Jareth, los otrora esclavos del país de Atsagón habían retomado paulatinamente una vida tranquila y ordenada, pero sin abandonar ni olvidar si quiera los mitos que hubieren sostenido por generaciones. Así cuentan también de una cueva oculta llamada La Cueva Reticular del Pensamiento, donde uno puede hallar respuesta a todos los interrogantes. Claro que su ubicación exacta y un mapa más o menos respetable eran poco probables de hallar,… como también lo eran testigos directos o el testimonio de alguien que haya conseguido penetrar más allá de las peñas del Oriente y haya dado con ella, - esto último atribuido a dos sucesos extravagantes: o que al llegar no era posible regresar, debido a unas fieras parecidas a las gárgolas que custodian la boca de salida de la cueva, o bien porque al ser dueño de todas las respuestas, los dioses prohibían a los aventureros perturbar al resto de mortales con detalles delicados y precisos de todos los cuestionamientos. Les aislaban, pues, junto a ellos en una especie de limbo de ilustrados.
Muchas y grandes eran las leyendas que habían alcanzado a los oídos del joven príncipe, y le apasionaban, colmándole de ensoñaciones; deseaba conocerlas todas, retener en su mente los pormenores. Poco a poco y con el tiempo, los afables habitantes del país de Atsagón, ahora miembro de los dominios de su padre, comenzaban a mezclarse con los oriundos del laberinto, a recorrer las calles de la Ciudad Gnomo y los alrededores, como un solo territorio devoto del poderoso mago que regía sus destinos de un modo más que satisfactorio.
Llegaron a un inmenso cañón rojizo de quijadas enormes y garganta profunda. Un torrente poderoso corría brioso en las entrañas del abismo; seguramente habían alcanzado las fronteras de Atsagón, los límites del reino de Jareth.
Púlsar alineó el pescuezo en armonía con el correr del afluente; desde allá arriba, desde la inmensidad del cielo, la enérgica cuenca lucía más bien como un hilo de plata serpenteante y rugiente; así y todo era posible divisar aún las hermosas campanillas blancas que florecían en esta época del año, adheridas a los muros de piedra.
- Llevémosle unas a mamá – ladró Irina en el oído de Ïhónan. El muchachito dibujó una mueca de complicidad y haló de la brida torciendo el cabestro hacia abajo; Púlsar comprendió la orden y lanzóse como un dardo de punta en las profundidades del cañón.
Al reparo del sol matinal respirábase un aire más fresco en el interior; Ïhónan controló a su dragón para que se mantuviese suspendido en el aire, pero sin moverse de su sitio. De este modo la niña sería capaz de arrancar algunas flores de la enredadera sin necesidad de descender del animal. Pero al hallarse en pleno procedimiento descubrieron que la envergadura de las alas haría imposible dicha maniobra. Las mejores flores crecían a quince o treinta metros del suelo, por lo que asentar al animal en las cercanías del río no les serviría de nada. Ïhónan tuvo una idea.
- ¿Ves esa saliente? – Le señaló a su hermana – Me deslizaré por la cola de Púlsar y bajaré allí. Luego volveré de la misma manera. Tú sostén las riendas.
- ¿Qué? ¿Yo? – aterróse la niña - ¿Y qué haré si se mueve? ¡No, Ïhónan, no te vayas!
- ¡Ja, ja! Tranquila.
- ¡No, olvídate de las flores, no las quiero! ¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Nán! ¡Nán!
Para cuando volvió el rostro desesperada, el muchachito ya se hallaba a mitad del rabo de Púlsar. Colocaba un pie en cada escama intentando alcanzar el arpón de la extremidad de la cola. El perfil de cada placa era cortante, pero el pequeño llevaba guantes; había adquirido el hábito imitando a su padre. El animal ignoraba la naturaleza de la acrobacia, pero se mantuvo sereno y a la espera. Una vez llegado el fin del recorrido, el temerario muchachito balanceóse levemente calculando un salto certero. Irina temblaba de la cabeza a los pies; si no lo hacía bien, la caída podría ser fatal, ¿cuánto más se pensaba arriesgar por unas míseras flores? No obstante retuvo sus lamentos; inquietarle en medio del proceso no ayudaría en lo absoluto.
Ïhónan aún se hallaba en vías de adquirir el don de los magos. A menudo en el mundo mágico no era posible aplicar un criterio uniforme a todas las criaturas, y el pequeño retoño era de naturaleza mixta, por ello habría que esperar a que la magia tuviese una manifestación en su cuerpo. En algún lugar, en algún momento, el niño experimentaría algún suceso inesperado que indicaría a sus padres que el poder se había manifestado y ya estaba en condiciones de ser fomentado. Una levitación, un sueño presagioso, un cambio de morfología,… la señal podía darse de múltiples modos. Y como aquello no había ocurrido aún, Ïhónan era un niño idéntico a cualquier otro ser humano, sin omnipotencias, sin recursos milagrosos. Y he aquí el meollo del terror de su hermana: si se despeñaba no habría levitación ni magia que le salvara.
Un sonido seco le hizo volver el alma al cuerpo; las botas del chico habían dado en el punto exacto de la saliente de piedra. Tal vez su sesuda calma le fuese aliada para tan arriesgadas maniobras. Ïhónan apartóse la capa que cargaba para poder espiar detenidamente. La saliente desembocaba, como un pequeño puente hacia la nada, en las fauces justas del abismo; pero, del otro lado, hacia el cuerpo de piedra caliza del muro, un pequeño hoyo parecía esconder algún pasadizo perdido hacia una covachuela. Ïhónan era curioso, como lo son naturalmente los niños, pero él lo era más, debido a que la ausencia parcial de su humanidad provocaba que no fuese templado del todo por la prudencia de los magos. Poseía, pues, la inextinguible curiosidad de los seres humanos, y la confiada valentía de los magos; una combinación peligrosa para el propietario.
Aquél sitio lucía interesante… tal vez pudiese ir a mirar, nada más. Incluso tal vez hasta podría afirmar que las campanillas que crecían en la penumbra, al abrigo de la cueva, eran más grandes y de cornetas más profundas,… mucho más bonitas que las exiguas atormentadas por el sol. Bueno, es verdad, aquello sonaba más bien a una excusa deliberada para autorizar la caminata, pero para un niño como Ïhónan era argumento suficiente como para acallar su conciencia unas cuantas horas.
La hiedra que trepaba los muros veíase más fresca a medida que se internaba en la caverna, así pues, quitándose la capa del hombro, el pequeño se dispuso a recoger tantas campanillas como pudiese dentro del improvisado bolso. Echó a andar sobre la saliente, en dirección directa a la gruta; posó sus manos en la abertura y echó una ojeada al interior. No se oía nada. No obstante, sus cálculos habían sido correctos: una cosecha inmensa de campanillas blancas le aguardaba, fértil y frondosa, a salvo del calor del exterior. Con una sonrisa de satisfacción, el jovencito se encaminó confiadamente.
La veredilla se extendía alrededor de quince o veinte metros en el seno del cañón. A cada lado, un tapiz verde natural de hojas de doble faz parecía una inmensa red de pesca, debido a su infinidad de tallos amarrados unos contra otros en su afán por subirse a las paredes. Esta especie particular de hiedra buscaba ávidamente sorber toda la sal de las rocas, elemento clave para su supervivencia, y en esa época del año preparaba la siguiente generación de trepadoras, escondiendo semillas sabrosas en la garganta de las campanillas. Muchos animales acudían a ellas, debido quizá a la dulzura de su néctar; esta certeza acudió a la mente de Ïhónan al hallar un sinnúmero de corolas desperdigadas por el suelo a medida que avanzaba. Tal vez algún insecto, ave, o animalillo salvaje hubiese venido a saciar su hambre; sería mejor estar alerta.
La travesía acabó al tiempo que finalizaba la pasarela. No había hallado nada singular hasta el momento, ni siquiera una araña; sería mejor pues, hacerse con su cargamento y regresar, no había nada que enseñarle a Irina. Dobló el abrigo, formando un cuenco, y echó dentro tantas campanillas como le fuese posible soportar; con suerte algunas semillas sobrevivirían el viaje y las podría dar para sembrar en el huerto de su madre. Asió el saco por los extremos y echóselo sobre el hombro; listo, nada más, sólo una última mirada a su espalda para corroborar no haber rasgado la tela contra los muros.
Mas al hacerlo, súbitamente un destello cobrizo titiló para él, como una señal, como un hecho fortuito, que desapareció tan pronto como fue visto. Creyendo haber experimentado una jugarreta de la luz, parpadeó varias veces y miró de nuevo. La inquieta luciérnaga parecía haberse encendido en lo profundo de la cueva, más allá de donde terminaba el corredero de piedra. No obstante el niño era investigador, como ya hemos dicho, y como el pasaje se tornase angosto como para dificultarle el paso con el saco, abandonóle pues en el suelo, para poder escurrirse un poco más y asomar la cabeza.
Posó sus pies al filo de una pendiente abrupta; allá adentro, en las entrañas mismas de la gruta, una bóveda gigante le daba la bienvenida, tan oscura y lóbrega como la mayoría de las cuevas antiguas. Otra vez el destello, ésta vez proveniente desde la derecha. Otro más, y otro más, un sinnúmero de ellos, pero ahora de todas partes, trazando movimientos desiguales en el aire. Algunos incluso rutilando furiosos en el techo de la caverna, otros buscando treparse incluso a sus ropas. Un río subterráneo, pariente sin duda del que corría en el exterior, circulaba manso en el foso al pie de la ladera donde estaba él observando; y la luz, proveniente desde fuera o desde algún otro lado, desdoblábase burlona dibujando haces en el aire y en todas las cosas. Vaya, aquél descubrimiento tenía más color; seguramente por ello aquél sumidero fuese visitado continuamente por la fauna del lugar: con comida y agua y un lugar donde dormitar, era un sitio excelente para madriguera… aunque no se explicaba entonces por qué no había hallado a ninguna fiera o signos de nidada hasta el momento.
Su vista paseó, a lo largo y a lo ancho de los muros; un leve dolor de cabeza le invadió, tal estuviese aguzando demasiado la vista. Hacía varios días que aquél dolor se hallaba latente, si bien era consciente de que veía mejor incluso que sus hermanas. Algo llamóle de pronto la atención. Otro destello, casi como el primero; pero éste no se meneaba ni cambiaba de dirección, es más, se apreciaba sólido y duradero. ¿Algún objeto? El semblante de Ïhónan resplandeció: tenía que ir a ver, imposible marcharse con ese entuerto carcomiéndole por dentro.
El problema consistía en que el motivo de su inquietud hallábase al extremo derecho de la pared desde donde él se hallaba espiando. No había desfiladero ni cornisa continua, habría que ingeniárselas para meter las manos y los pies dentro de cualquier agujero… bajo el riesgo de ser picado por alguna alimaña… o mordido por murciélagos molestos.
Bueno, él calzaba guantes y era de un espíritu turbulento, así que la incertidumbre duró muy poco en su mente, arrasada por la creciente necesidad de saciar su apetito. Estudió con la vista la superficie de la pendiente, escogió dos o tres puntos factibles donde comenzar y arriesgó el todo por el todo: total sabía nadar. Lo que aún no había pensado era en la remota posibilidad de que el afluente fuese a llevarlo a algún atolladero fatal… pero para un niño de su edad – y descendiente de dos tozudos atolondrados - esas eran cuestiones menores.
Asióse como una hormiga al cuerpo inerte de la roca; estaba fría, estaba húmeda,… pero extrañamente limpia. La enredadera aún crecía alrededor del intruso que avanzaba, pero parecía haber sido apartada de los puntos estratégicos donde era posible colocar los pies. Qué extraño… La planta invadía impunemente otros sectores, incluso huecos donde podría suponerse que vivieran insectos, pero había ciertos lugares, - casualmente agujeros cómodos de pisar - donde la trepadora no tenía potestad. Como,… como si hubiese sido retirada de antemano por otro oportunista deseoso de averiguar sobre los tesoros que Ïhónan pensaba hallar. ¿Habría llegado alguien antes que él, tal vez guiado por el mismo destello? ¿Qué habría sido de su suerte? ¿Habría caído del despeñadero? Aquellos detalles volvieron más enconado su juicio, resuelto a llegar al otro lado y comprobar si lo que brillaba era de oro. Y de pronto acudieron a su mente un sinnúmero de acontecimientos pasados, aquellos oídos de la propia boca de su padre: lo de la guerra con los Ihca, la reina Phoebe, la resistencia a la conquista de parte del rey Jareth y la correspondiente contrapartida – oportunidad en la que muchos soldados enemigos saquearon las posesiones de su propia reina extraviando el cargamento en el inmenso reticulado de cuevas a lo ancho de toda Atsagón. ¡Oh! ¿Trataríase ese destello de algún tesoro perdido? ¿Escudos, espadas, arcos? Tal vez algún libro de conjuros, algún báculo, o un amuleto. ¡Vaya sorpresa que les daría a sus padres! "¡Feliz cumpleaños, Ïhónan!", sonrió feliz para sí el pequeño rapaz.
Algunos guijarros se desprendieron bajo sus botas, repiqueteando en lo oscuro del abismo; quien quiera que hubiere utilizado aquél pasadizo antes que él, tenía seguramente pies más pequeños. O tal vez anduviese descalzo, ya que las botas de Ïhónan eran gruesas y robustas. Estaba ya a mitad de camino. De cuando en cuando, como un resabio, como un silbido, el resplandor volvía a hacerle un guiño como para recordarle su ubicación exacta. Ïhónan afiló la mirada; sus ojos verdes se encendieron calculando el último salto, como un gato que se agazapa y sopesa si la empresa tendrá éxito. Dedujo, evaluó; salvó los últimos metros de un brinco certero y logró alcanzar la tan ansiada meta. Pero el reborde de aquella saliente no era muy firme, y el chico rondaba ya los veinticinco kilos. Un quejido seco y el desliz pertinente forzáronle a otro salto ardoroso y violento para salvar el pellejo y rodar, por sobre lo que luego descubriría era una especie de rampa pulida, en continuo declive hacia una cámara pequeña.
El sonido sordo de su desplome hubiese sido minúsculo si no fuera por la increíble acústica que invadía el recinto. Inmediatamente colocóse sobre sus pies; era un instinto primario: el chico podía hallarse desvencijado, exánime o medio extinto, pero se despegaría del suelo, era una posición peligrosa. Y de no haber sido por su venturosa suerte hubiese dado de lleno en una curiosa construcción erigida en medio de la covachuela. Si no se equivocaba, alguien habíase provisto dormidera, como una habitación separada del resto; había colocado un esternón de gwannah en el suelo, a modo de tirantes, y sobre éste, meticulosamente dispuestas, plumas del mismo animal velando el acceso de la vista al interior. Algo así como una tienda india pero con materiales distintos. Si bien las gwannahs eran aves formidables - metro noventa hasta la cruz - y de mal talante, lo cierto era que no había necesidad de pelearse con ninguna de ellas para conseguir esos huesos, ya que podía hallarse un osario gigantesco al sur de Atsagón – al parecer, un antiguo instinto o una memoria única ancestral les llevaba a morir a todas al mismo lugar. De plumaje pálido muy fino, confeccionábanse todo tipo de cosas con ellas, siendo sobremanera codiciadas las plumas cobertoras del ala y del remate de la cola, de un azul marino con motas rojas. Las brujas invisibles de los bosques alpinos eran las principales consumidoras, debido a los poderes curativos que le atribuían a estas cosas.
Tan pequeño y tan informado sobre todo eso; Ïhónan amaba leer y que le lean. Disparó una mirada furtiva en derredor y he aquí la justificación de aquellas luces arteras: a escasos pasos, en una leve depresión en la tierra, unos cuantos cacharros de bronce brillaban por culpa de una vela. No eran espadas, escudos, ballestas… eran más bien cacerolas, tazas, y cucharones para la cena. Con sólo otear más de cerca, el niño adivinó incluso el aroma de algunas hierbas maceradas dentro de una lata, como si se planificara la preparación de una tisana. Esto le reportó al muchacho un par de evidencias: que esa cueva era una vivienda… y que su dueño no estaba lejos.
Alguna cosa se meneaba de manera frenética dentro de un botellón de vidrio opaco, algún tipo de insecto, como una mariposa, como una polilla. Nán estiró el cuello y frunció la nariz; pobrecilla, le era imposible subir por el angosto cuello de vidrio y el pico se hallaba sellado con un sólido corcho prensado como para no permitir la entrada o salida de aire. Moriría sin remedio. Quién sabe, tal vez el dueño de la cueva era algún trasgo interesado en las artes ocultas de las brujas de los bosques y por eso retenía a aquella criaturilla, para pulverizarla luego. Sabía que a menudo se utilizaba el polvo resultante de sus alas para ciertos rituales.
Como fuere, pensó que era demasiado grande para ser una polilla silvestre, inclinándose a pensar que tal vez era una Gran Parda, como se les decía vulgarmente a sus parientes lejanas que eran tan enormes como una mano abierta. Tomó la botella por el pico para cerciorarse, pero el insecto era tan reacio y tan brusco en sus pasmosos movimientos que no logró identificar las bandas amarillas de sus alas. En un arranque de torpeza, el niño agitó el recipiente con fiereza, a ver si la condenada dejaba de sacudirse, y como cualquier niño vino a descubrir que no había logrado nada con ello, hastiándose del intento.
Intentó volverse sobre sus pies, dejar todo como lo había hallado, mas un repentino traspié le hizo soltar lo que traía entre sus manos. Una expresión de espanto escapó entonces de sus labios, ¡había dejado evidencias de su presencia allí! La botella se hizo añicos contra la piedra y la enorme polilla moribunda dibujó una curva sobre su cabeza, aleteando de manera repugnante y perdiéndose en las sombras.
Si no existía momento para vacilaciones, era aquél ese momento; Ïhónan volvió grupas dispuesto a salir corriendo, como cualquier chico que sabe que ha perpetrado una travesura. Giró sobre sí mismo, dando una gran zancada; echó a andar hacia la salida pero fue interceptado de manera violenta por un embiste nacido de algún ángulo escondido de la gruta. Lo que fuere que ahora tenía encima, lo enredó en lianas comprimiéndole contra el suelo.
- ¡Te tengo! – jactóse su agresor, intentando retenerle con una red confeccionada con los bejucos secos de la enredadera que ornamentaba toda la cueva. Y al parecer poseía más resistencia hallándose marchita; Ïhónan reaccionó de manera eléctrica y tumbó de un corcovo a quien pretendía perpetrarse sobre su espalda.
La voz chillona desapareció tras un grito de alarma; el movimiento de la presa había sido tan brusco que el dueño de casa deslizóse sin freno hacia la nada. Ïhónan quitóse desesperadamente las redes de encima.
- ¡Socorro, auxilio! – gritóle la voz desde el exterior de la cámara - ¡Ayúdame, no sé nadar!
Arrojando su vista al vacío el príncipe del reino descubrió a una niña pequeña, sollozando abrazada a las piedras, con medio cuerpo hundido en la corriente helada.
- ¡Socorro, no me dejes aquí…!
¡Vaya problema! ¿Cómo izarla desde allí? No había reborde ni elevación por donde parapetarse a tenderle una mano. Lástima, no lucía demasiado robusta como para que él pudiese sostenerla. Era menuda, de escasa musculatura; casi tan alta como él pero estilizada. Hubiese sido muy fácil para él sujetarla, pero… De pronto eso le dio una idea. Giró sobre su eje y capturó las lianas. Intentó estirarlas para que se apelmazaran formando una soga. Dio vuelta a un extremo sobre la punta de una roca y arrojó el resto sobre la víctima.
- ¡Ten! – Le gritó desde las alturas - ¡Aférrate de esto!
La niña de cabellos cortos lanzó un par de zarpazos sobre la cuerda e intentó asirse de ella, pero sus manos eran demasiado débiles para soportar su propio peso y resbaló irremediablemente. Cayó a las aguas aullido mediante, y adhirióse a la pared de piedra con exasperación y violencia. Había hundido la cabeza debido al accidente y aquello le había conmocionado; clamaba a gritos y sollozos, casi fuera de sí.
Ïhónan recapacitó en un instante fugaz; recogió la soga que había echado, anudó ese extremo al enorme caldero que reposaba inmóvil en la cámara y entonces sí, con cuidado, hizo descender el artefacto hasta las proximidades de la niña. Si no le era posible escalar por la liana, seguramente podría, al tratarse de un ser tan menudo, colarse dentro de una olla.
Tal vez la desesperación, o el instinto de supervivencia, o ambas cosas a la vez le sugirieron a la pequeña qué debía hacer para ser salva. En cuanto atisbó el cacharro balancearse a su flanco, aferróse de él, dejándose caer dentro. Siguiendo esta línea de pensamiento, el muchachito empleó en su propósito todas sus fuerzas, y cuando la niña estuvo a salvo en el caldero, comenzó a elevar el cargamento.
Las lianas crujieron. No obstante, Ïhónan era terco e intransigente, y con un par de movimientos más, la enorme cacerola estuvo al alcance de su campo visual, en la boca de la guarida.
La pequeña salió reptando como si tal cosa fuera, con una sonrisa enorme y la mirada brillante. Soltó un par de risitas y el joven príncipe apenas tuvo tiempo de voltear a ver cómo se le venía encima. Brincó sobre él, echándole a tierra; la soga escapó de las manos de Ïhónan y el caldero se esfumó, dándose contra las rocas como un badajo contra la copa de una campana.
La niña le sonrió, enajenada; Ïhónan abrió los ojos de par en par, inmovilizado por ella. No iría a morderle, ¿verdad? Tal era la apariencia de criatura incivil y silvestre de la pequeña. Ojos enormes, orejas en punta, y una cómoda posición de ataque prácticamente en cuatro patas. Pero lo alarmante llegó cuando le hundió las narices en el cabello, olfateándole como lo hacen los perros.
- ¡Quítate! – exclamó el chico, tumbándole al suelo de nuevo, ¿qué demonios era eso?
La niña husmeó alegremente el aire en derredor, feliz, inmutable, como si no se diese cuenta de la gravedad de las cosas. Sus orejas se entornaron y luego volvieron al frente.
- Casi te atrapo. Tengo que estudiarte. – le espetó, descarada.
- ¿Qué… qué cosa eres? – masculló el chico, repelido. Había fruncido el ceño y le escudriñaba atento con sus ojos verdes.
La pequeña mostró fascinación completa por el extraño visitante; el color de sus cabellos, de su mirada, su porte. Incluso el aroma a madera de sus ropas. Acercósele agazapada y peligrosamente; su mirar delirante hizo temer al niño alguna reacción inminente de su parte. Sólo a la luz de la vela Ïhónan descubrió el par de alas translúcido que le brotaba en la espalda.
- Eres medio humano, ¿verdad…? – le preguntó, deslumbrada. Y debió contener un irrefrenable anhelo de olisquearle de nuevo.
- Sí. – Contestó él, incómodo - ¿Y qué eres tú? ¿Medio mosca?
La niña soltó una risotada y las orlas de sus cabellos ondularon, sedosas. Lo llevaba corto, apenas rozándole el cuello; era de un vivaz morado o violeta, imposible saber sin la ayuda del sol.
- Soy un hada, ¿no te habías dado cuenta?
- ¿Un hada? – Ïhónan arrugó la nariz, escéptico - ¿Y no te encojes? ¿Y no vuelas? No te creo nada.
Ella rió de nuevo, comenzaba a parecer ante el niño como alguien inestable, un tanto… chiflado.
- ¡Creí que nunca vería a alguien así! ¿Puedo tocar tu nariz? – inquirió, atrevida. De inmediato estiró su dedo impunemente.
- ¡Déjame en paz! - gruñó él, y se dispuso a regresar donde su hermana.
- ¡Oye! ¡No te puedes ir!
- Mira y aprende.
- ¡Es que me acabas de salvar, y dos veces! tengo mucho que aprender! – chilló la niña otra vez, pero Ïhónan ya se hallaba pisando los huecos de la pared que le alejarían de allí, haciendo oídos sordos.
- No lo dudo – le resopló, molesto.
- ¡Espera, por favor, tienes que llevarme!
- ¡Ni lo sueñes!
Nomás pisar la cornisa por la que había ingresado, el chico oyó a su espalda el repicar audaz de las sandalias del hada. Había cruzado el mismo camino, utilizando el mismo método, sólo que muchísimo más rápido, después de todo, era su escondrijo, y se hallaba más que habituada a transitarlo.
A Ïhónan se le hizo un nudo en el estómago. Ah, perfecto; no se le pegaban arañas, pero sí alguna criatura mitad hada, mitad elfo o mitad mosca y mitad perro. Tomó el saco que había abandonado en la saliente y colgóselo al hombro, ignorando las súplicas de la pequeña revoltosa.
- ¡Espera, espera! – Insistió ella, con avidez - ¡Toda mi vida desee este momento, eres un ser inigualable…!
Ïhónan frenó en seco. Parpadeó unos instantes, jactancioso; y volvióse a verle, henchido el pecho de engreimiento. Dibujó para ella una sonrisa de superioridad, después de todo no era su culpa deslumbrarse así por un muchachito aguerrido mitad mago mitad humano, ¿verdad? Había que entenderle, nada más.
- Oh, bueno, pues…
- ¿Quieres ser mi mascota…? – espetó la otra, con afán. Había cercenado en dos la escasa distención del petulante chico.
- ¿¡Qué!?
El hada arrojósele encima, Ïhónan se fue de espaldas contra el muro.
- ¿Cuántos dedos tienen tus pies? ¿Bostezas cuando tienes hambre?
- ¡Déjame en paz! – rugió él, de nuevo, pero el hada conservaba aún una sonrisa enorme.
- Me llamo Dina. – Expuso, ladeando la cabeza para examinarlo - ¡Siempre quise tener una mascota de ser humano! ¿Quieres quedarte conmigo? Te alimentaré muy bien.
- ¿Y quién te ha dado permiso para tratarme como a un bicho? ¡Yo no soy mascota de nadie!
- Pero, tienes sangre humana… - masculló ella, confusa – Qué, ¿no lo sabes?
- ¿Saber qué?
- Los humanos son seres inferiores, como los animales. Me sorprende que no lo sepas, todo el mundo lo sabe.
- ¿Qué dices? Estás loca.
- ¡Claro que no! ¡Tengo razón, y escribiré un libro para probarlo! Cuando aprenda a escribir… - la niña hizo una pausa y recuperó luego su frescura natural - ¿Cómo te llamas?
- Ïhónan.
- ¿Jónan?
- No. – corrigió el muchacho, irritado – Ïhónan. Ïhónan Byron Jareth.
- ¿No pudieron ponerte un nombre más fácil?
- ¿Y a ti no pudieron hacerte menos trastornada?
- No lo sé, no tengo padres. – Rió ella, con desenvoltura – Nosotras nacemos de una gota de rocío macerada en la primera noche de primavera.
- Pues a ti se te ha mezclado con alguna otra cosa – apuntó el chico, mordaz. Pero nada de lo que pudiera espetar parecía ofender a la pequeña. Era demasiado alegre, demasiado risueña. Imposible saber si estaba comprendiendo cabalmente los hechos. O se hallaba en las afueras de la consciencia plena de las cosas… o todo le importaba un bledo.
- Además, tú entraste en mi casa – señaló ella.
- Sí, lo siento, yo…
- ¡Eres lo que siempre había esperado!
- ¡Oh, ya basta! – irritóse él de nuevo. – Ni siquiera eres un hada. Ve a saber si no me engañas para cocerme al horno o algo por el estilo.
Dina soltó una carcajada.
- Sí, sí soy un hada – explicó – Pero me he quedado sin el don. – Ïhónan entornó la mirada, con recelo, ella prosiguió – Las hadas del bosque odian a los humanos, ¿lo sabías? Tal vez hayas visto alguna,… bueno, no sé, tal vez no. Ellas roban a los bebes humanos porque no pueden multiplicarse por sí solas, a menos que una gota de rocío sobreviva sobre una hoja de rosal toda la primera noche de primavera. Así, cuando el bebe es raptado, si es niña es moldeada como un hada, sino es abandonado a su suerte.
Ïhónan recordó de pronto a las hadas que tanto muerden a la puerta del laberinto, pero no comprendió a qué venía tanta historia.
- Yo quería conservar a los niños, para estudiarlos – comentó Dina, con avidez – Pero se enojaron conmigo y me echaron del reino. Ya no puedo hacerme pequeña, ni volar, ni nada. La reina no tuvo corazón para mandarme decapitar, así que me dijo: "Ya que tanto te deslumbran los humanos, vendrás a ser como uno de ellos."
La mirada de Ïhónan se ensombreció, condolido por tremendo castigo.
- Oh… - dijo, educado y correcto – Lo lamento.
El pequeño era una réplica en miniatura de un excelentísimo caballero, si hasta se erguía como uno de ellos; verle ofrecer sus respetos de un modo tan elegante y digno era algo encantador en sí mismo. Dina pestañeó, sonriendo encandilada por tan lindo muchachito, ¡si tan sólo pudiese hacerlo su mascota!
- ¿Por qué lo lamentas? ¡Es divertido! Yo no me apeno, y soy libre para estudiarlos cuanto quiera.
Ïhónan ladeó la cabeza, confuso; ¿le alegraba haber perdido sus facultades? ¿Haber sido exiliada, repudiada, perseguida? ¿No poder volar, recitar conjuros, ni desvanecerse? Lo dicho: la chica estaba completamente loca.
- Bueno, ¿te quedas o me llevas? – despertóle de golpe. Ïhónan no escapaba de su asombro, ¡habráse visto niña más confianzuda!
- Ninguna de las dos – respondió, comprendiendo un poco más el grado de simpática demencia de la niña. Le sonrió de manera fingida y volvió a colgarse el saco al hombro – Además, viene tormenta. Tengo que irme ahora. Perdona la intromisión en tu casa, ¡suerte con tu estudio!
- Pero, pero… - balbuceó ella, contrariada - ¡Pero si mi objeto de estudio eres tú! ¡Espera! ¡No te vayas!
- ¿Nán? – una intrusión inesperada les hizo respingar al unísono. Para sorpresa del muchachito, Irina se había atrevido a abandonar la seguridad de la silla de Púlsar para brincar sobre la saliente donde había visto desaparecer a su hermano minutos antes. El temor por su tardanza era superior al de lo que pudiera pasarle - ¿Por qué no vienes? Lloverá. Estoy viendo el frente de tormenta. Púlsar está nervioso y…
Irina detuvo su parlamento; acababa de descubrir el motivo que entretenía a su hermano y habíase congelado en su sitio. Dina brincó de felicidad, ¡otro más! Y en éste el aroma a humano manifestábase mucho más intenso que en el anterior. Tal vez porque en Irina la balanza se inclinase hacia esa naturaleza, más que hacia su costado mago.
- ¡Oh, guau! – Sonrió el hada, fascinada por su propia suerte - ¡Qué maravilla! ¿Eres medio humana?
- No le respondas, Iri, es medio loca.
- ¿No dijiste medio mosca? – rió Dina. Ïhónan frunció el ceño, pero a la princesa le había caído bien tanta algarabía. Además, el hada parecía ser inofensiva.
- ¡Sí! – le respondió, sociable – Me llamo Irina.
- ¡Yo soy Dina! – exclamó el hada, dichosa; correteó hasta ella y le examinó de cerca.
- ¡Oye, oye! Cuidado con lo que vas a hacer – advirtióle Ïhónan, interponiéndose entre ellas. Irina rió.
- ¡Es muy simpática!
- ¿Simpática? ¡Es un lastre! – Berreó el chico – ¡Hace rato que quiero irme, y no me deja!
- Tengo que estudiarlos. A ambos – suplicó Dina - ¿Me llevan?
- ¿Estudiarnos? – quiso saber la princesa. El príncipe revoloteó la mirada, con hastío. Otra vez el cuento de la estudiante de seres humanos.
- ¡Sí! – Indicó Dina - ¡Me fascinan! Su pensamiento, su comportamiento, su lógica. ¡Voy a escribir un libro! Bueno, cuando aprenda a escribir.
- ¿No sabes escribir? – inquietóse Irina, maternal. – Ya deberías saber.
- No.
- ¡Yo puedo enseñarte!
- ¡¿Si…?!
- ¿Qué? – exaltóse el niño, que ya veía hecha realidad su pesadilla – ¡Iri, éste no es un gatito que has hallado en la caleta, en un hada medio insana que dice que somos seres inferiores y que hay que adiestrarnos!
Irina soltó una carcajada; su hermano palideció, no estarían igual de locas, ¿verdad?
- Yo sólo veo a una niña para jugar – respondió la princesa, animada. - Y April y Abbie estarán felices, ¡vamos a llevarla!
- Iri, no me arruines mi cumpleaños. – rumió el chico, malhumorado.
- ¿Es tu cumpleaños…? – chilló Dina, deslumbrada; Ïhónan frunció el ceño y llevóse los dedos a la sien, como hacía su padre. Aquello no podía ser cierto - ¿Cumples todos los años? ¿Vives tanto como los hombres, o como los magos? Porque eres cruza con mago, ¿verdad? Te huelo. ¿Cuántos años tienes…?
El silencio de ultratumba de Ïhónan casi se cortaba con un cuchillo, se negaba a que aquello estuviese pasando. Irina tomó la voz, entusiasta.
- Cumple siete, y esperamos vivir tanto como papá.
- ¡¿Siete…?!
- ¡Sí…!
- ¡Guau….! – Dina arrojó su vista sobre Irina – Y tú también eres medio mago, ¿verdad? ¿Son hermanos?
Un retumbar a la distancia les obligó a estremecerse; la voz de trueno del cielo indicaba que la lluvia estaba ya próxima. Púlsar se inquietó, preocupado por los cachorros por los que debía velar; afianzó sus zarpas a la pared del cañón, como se aferra un ave al tronco vertical de un árbol y acercó el hocico a la saliente. Gañó algo irritado e impaciente; les llamaba a volver, so pena de una reprimenda. Irina haló de la manga de su hermano para advertirle de aquello, pero un viento recio arremolinóse de pronto.
El polvillo desprendido laceró la visión de los niños unos momentos. Ïhónan puso fin al paseo tomando a Irina por el brazo.
- Vamos. – ordenó.
- ¡Esperen, esperen! – Dina arrancó unas cuantas campanillas antes de irse. – Son para el viaje.
- ¿Eres nectívora? – quiso saber el príncipe.
- Sí – respondió ella, con una sonrisa – Pero debo comer muy a menudo o me vuelvo loca.
Ïhónan frunció el entrecejo; eso explicaba por qué era tan menuda y desgarbada… y tal vez también por qué fuese tan efusiva: el exceso de azúcar no le viene bien a cualquiera.
Dina pareció agradecerles con la mirada encendida y una sonrisa colmada de dientes; Irina volcó su mirada en Ïhónan, suplicante, le sonaba divertido llevarse al hada por escolta. El muchacho era el primogénito, y como tal, tenía la última palabra. Dudó por un momento cuál de ellas era realmente la mascota de la otra; por otro lado, Dina no parecía peligrosa, era verdad. Estudió ambos rostros a la vez; de haber estado solo, tal vez no lo hubiese hecho, pero Iri se veía tan feliz que cedió a su capricho.
- Está bien, que venga. – enunció, como un adulto. Las niñas rieron – Pero será mejor que se comporte, no quiero problemas.
- ¡No te molestaré, lo juro! – exclamó el hada, radiante de dicha - ¡No oirás de mí ningún sonido, sólo voy a observarte!
- Mantente lejos de mí y todos seremos felices. – ironizó él, conduciéndoles al dragón blanco.
Púlsar aproximó el hocico a la extraña que marchaba con sus críos adoptivos; no osaría acercarse sin un riguroso examen previo; detúvola en seco con un gruñido gutural a media asta mientras los príncipes escalaban las escamas de su cola. Obediente, sumisa, respetuosa, Dina permaneció estática en su sitio, aguardando la aprobación de tremendo animal; éste le observó, le olfateó, y luego de sopesar vaya a saber uno qué cosas, decidió que era inocua para los jovencitos y que podía trepar a su espalda.
Ïhónan tomó las riendas; Irina y Dina aguardaban.
- ¡Haztsap!
Púlsar retuvo el aire unos instantes; desprendióse del muro cobrizo de roca añeja e impulsóse a los cielos; la tormenta estaba ya sobre ellos. No requirió que le azuzasen; sabía hacia dónde debía volver y en cuánto tiempo. Las niñas se prensaron tras la espalda del muchacho, la conjunción entre el céfiro de lluvia y el veloz vuelo de Púlsar les atormentaba con considerable frío. Mas el suplicio no duró mucho: acuciado por el recuerdo de la advertencia de su amo, el gran dragón blanco precipitóse sobre el valle del laberinto casi en un abrir y cerrar de ojos.
La tempestad rugía, presta; pronto el cielo entero abriría las compuertas regando sobre la tierra una implacable cortina de agua. Era la etapa intermedia, la época de los cambios, donde las corrientes se encuentran y se dan la espalda, la renovación del ciclo del año.
El otoño llegaría pronto; la estación favorita del heredero. El alivio del azote del sol, la luz tenue, el silencio. Excelente estación para ejercitarse libremente sin martirio por el calor, leer hundidos en el sillón o deleitarse con chocolate caliente. Para soñar despiertos y probar estrategias, emboscando a sus hermanas en su salida al patio; tenía por costumbre echarles acertijos o retarles a un combate táctico de ajedrez. Ya fuere por la palabra o por el juego, siempre lograba sacar provecho: le debían pasteles, frutas, libros, incluso limpiar su alcoba.
La llegada a Palacio fue casi un acto triunfal; Ïhónan no sólo había sabido cuidar de alguien más, sino que, después de relatado los sucesos, venía a resultar que también había llevado a cabo un acto heroico. Y Dina estaba allí para atestiguarlo. April y Abbie se abalanzaron sobre la niña nueva, colmándole de juguetes y horas y horas de plática. El hada se hallaba dichosa; desenvolvíase muy bien con las pequeñas y siempre les hacía preguntas. Dulce, voluntariosa, Dina se granjeó de inmediato la compasión de Gennah, quien solicitó permiso para internarla con ella en la cocina y volverle toda una experta.
Esa noche, a la luz de las velas, Dina probó el primer pastel de su vida. Sarah deseaba una celebración humana para el cumpleaños de Ïhónan, así que el pequeño obtuvo obsequios, pastel y canción incluida.
Como a la séptima hora de la tarde, sobrevino el aguacero; furioso, constante, tempestuoso. Ïhónan creyó descansar de su latente jaqueca pero ésta no se retiraba, se mantenía allí, suave, como a la espera. Agotado, solicitó a su madre irse a la cama, cosa que llamó poderosamente la atención de Sarah, ¿Ïhónan quería dormir? Pero no quiso sugestionarse y se dijo a sí misma que debía tratarse del cansancio obvio luego de un día tan intenso. Despidióse el niño de todos, caminó con su madre hasta su alcoba, y echóse sobre las mantas mientras ella le quitaba las botas.
Siglos enteros serían necesarios para nublar siquiera de sus recuerdos una mínima porción de lo que significaría en su vida la noche aquella. Y ni aún de viejo perdería al relatarla a sus nietos, el mismo ardor que le produjo en su momento saberse un ser ingobernable.
Los vientos del Este habíanse encrespado, y la furia del vendaval azotaba la ciudad. Adentro, tras los muros de palacio, el primogénito del rey era arropado tiernamente por su madre en su lecho antes de dormir. Los fulgores de la borrasca iluminaban la estancia como feroces latigazos color marfil, y los cristales de las ventanas crujían estremecidos por la potencia de la voz de la tormenta. Era, sin duda, signo del violento cambio de estación, mas para el pequeño en cuestión era una tempestad que nunca antes había presenciado.
- Mamá… - musitó, antes de que Sarah le diese un beso de despedida - ¿Quién manda sobre los temporales?
- ¿Por qué lo preguntas? – inquirió ella, con una sonrisa; a menudo el pequeño le presentaba cada ocurrencia…
- Quiero mandar sobre el rayo, quiero dominarlas. – Señaló él, ceñudo, pero extasiado – Quiero que el viento y la lluvia sean mis esclavos. Quiero volar con ellos, quiero llevarlos conmigo, en mi interior.
- ¿De verdad? ¿Eso quieres hacer? – rió Sarah, enternecida. El pequeño parecía hablar de aquellas cuestiones muy en serio. Niños…
- Sí. – Respondió él, convencido – Y también haré otras cosas. Quiero que los días sean más largos y que la música no tenga fin. También quiero tener leones que puedan entrar en mi habitación y poder repetir el postre.
- Esos dos últimos deseos tendrán que pedirme permiso a mí – indicó la reina, astuta – Demasiado has comido esta noche, espero que puedas dormir.
- ¡Me gusta el helado! – rió el niño.
- Sí, pero en demasía hace daño.
- ¡Cuando sea grande, haré un hechizo para poder comerme todo el helado que quiera, y que no me pase nada!
- Uy, véndelo en mis tierras y te harás millonario – bromeó su madre, risueña, y con sus cálidas manos intentó inmovilizar a su hijo bajo las cobijas – Muy bien, Ïhónan, ya basta de juegos. A dormir.
- Mamá… vas a dormirte después de mi, ¿verdad?
- Sí, mi amor.
- Entonces está bien.
Conmovida por la pureza de su amor, Sarah dibujó su mejor sonrisa y besó su menuda mejilla para despedirse hasta la salida del sol. Su pequeño era tan frágil, y a la vez tan valiente y varonil; crecía sin detenerse tanto en intelecto como en estatura, y su salud era un excelso murallón de hierro, casi nunca caía enfermo. Transmitía, en algún extraño aura que ella desconocía, la impresión indiscutible de que era dueño de un espíritu muy fuerte, y su diminuto corazón, que latía a toda prisa como el de un retoño de rapaz, podíase a la vez manifestar de las formas más tiernas y susceptibles. Encerrado, en la vasija de su cuerpo, habitaba un ser en pleno incremento de talentos y capacidades, no había que ser muy docto para notarlo, cuando hubo cumplido siete años manejábase ya en la vida pública como todo un experto. Fruto, seguramente, de la intensa admiración que acuñaba por su padre, que le conducía una y mil veces a imitarle en todos los aspectos de la vida: el habla, las reflexiones, los modos de moverse y de dirigirse; era todo un príncipe de sangre azul que maravillaba a los huéspedes. Y las damas de la realeza que habían llegado a conocerle pedían consejos a su madre acerca de cómo alcanzar ese tipo de disciplina en un muchacho tan joven. Lo cierto era que Ïhónan era un caballero naturalmente, Sarah jamás le había asediado con aquello; el niño gustaba de presentarse en impoluta presencia durante las reuniones sociales, dando mucho que hablar a los extranjeros y enorgulleciendo a sus padres. Y no por ello abandonaba su placer de ser un niño: una vez vuelto a la intimidad de su casa, o en sus ratos libres, el chiquillo era tan patrañero y tan transgresor de la ley como cualquier otro cachorro. Adoraba, por mencionar un ejemplo, visitar cavernas ocultas, en busca de alguna pieza de joyería o rareza natural que trocar con algún otro ser sobrenatural y obtener así algún buen material de estudio – los libros de hechicería eran sus favoritos – o bien, en caso que lo dictase su aburrimiento, pillar y coleccionar animalejos extraños y peligrosos que luego su madre retirase del castillo. Sarah hizo una mueca. Sí,…esas "mascotas"… Como la ocasión en que adquirió una mantícora recién nacida y revolucionó a toda la familia para intentar regresarla a su nido sin perder la vida.
Había adquirido el hábito de la lectura prematuramente, bebiendo la delicia de ello de ambos progenitores, y había exigido a su madre que le enseñase a leer mucho antes de lo que cualquier otro niño sobre la faz de la tierra lo hiciese. Manifestaba una extraordinaria retentiva mental para los conjuros cantados o recitados; poseía sin dudas el fino oído de su padre para la música y las rimas y la férrea determinación para llevar adelante sus aprendizajes, como su madre. Poseía un inusual sentido de la justicia que le llevaba a menudo a pelear con sus hermanas y otros niños, intentando imponerse ante los desequilibrios en las normas; pero era factible que no aplicara los mismos principios para sus decisiones propias. Era dueño, también, de una singular piedad hacia la vida animal, manejándose en su trato con el debido respeto que le habían inculcado merecía un ser humano.
Alegando en su contra podían contarse no obstante varias cosas: la escasa paciencia con la que se relacionaba con sus compañeros, o la latente tendencia a la competitividad que esgrimía cuando se encontraba de lleno con algún chico de habilidades similares. Escasa paciencia, sí, ya que no soportaba la más mínima burla. Mostrábase aguerrido y desafiante si era provocado y no le volvía el rostro al oponente, por más que le superase en años. En su infantil consciencia parecían no tener cabida los recaudos ni las advertencias; a menudo se trenzaba en reyertas desiguales donde daba tanto como recibía. Y a menudo ni levantarse podía, mas su adversario tampoco. Aquellos espectáculos feroces eran una pesadilla para Irina, que a partir de entonces había comenzado a vigilarle de cerca, como si pudiese su sola presencia protegerle de meterse en problemas graves. Se había vuelto su sombra, de la noche a la mañana, y, como su temple jubiloso y tierno fuese inofensivo y cándido para su hermano, no llegaba nunca a irritarlo, permitiéndole permanecer a su lado tanto como gustase. Y si en algún momento dado llegase a incomodarlo, sabía disimularlo, siendo más fuerte el cariño por ella que el fastidio que le estuviese provocando. Tornáronse pues, con el paso de los años, en compañeros inseparables y aliados, uno siempre encubriendo cómplice al otro.
Para referirse a su temple competitivo su madre siempre usaba ese término que le resultaba tan ofensivo: celos. No había ápice ni tilde que le enajenara tanto del lenguaje como esa frase "está celoso", "tiene celos", producto quizá, de que en algún remoto lugar de su interior sabía que era verdad. Temía sobremanera que le dejasen de querer, como cualquier niño. Pero, con todo, el joven príncipe heredero aún carecía de un atributo propio de los descendientes de un mago; un rasgo y una peculiaridad ineludibles para llamarse de ese modo: el poder mágico, propiamente dicho. Contaba ya con siete años, y ninguna manifestación esotérica habíase presentado en su existencia; nada que revelase que contaba con las mismas potencias de su padre, nada que pronosticase su futuro como regidor de lo intangible e inexplicable, nada que lo delatase como un aprendiz de mago.
- ¿Quieres que te deje una luz encendida? – preguntó su madre en la puerta. La tormenta se recrudecía.
- No, gracias – respondió el pequeño – Así está bien.
Sarah suspiró, sonriéndole por última vez, y se alejó, mas dejando la puerta entreabierta y no cerrada como de costumbre. Ïhónan amaba las tormentas, se lo había dicho una y mil veces. Le había reñido en varias oportunidades por escabullirse al encuentro del aguacero regresando luego empapado y tosiendo, aunque eso no bastase para hacerle caer enfermo. Sus noches se hacían mucho más disfrutables con el arrullo suave de la lluvia, llegando incluso a no tener pesadillas y dormir muchas más horas que de costumbre. Algún extraño poder sedante tendría el sonido del agua cayendo del cielo, ya que dejaba a su hijo más dócil de lo habitual; y si se encontraba al aire libre era todo lo opuesto: le incitaba a escaparse por allí corriendo, jugando y perdiéndose en medio del viento.
Dio dos pasos y recordó que para Irina, April y Abbie las tormentas eran algo cruento. Así que resolvió que era prudente acompañarles unos minutos en su habitación, antes de retirarse en paz a sus aposentos, donde más tarde, su amante esposo le aguardara. Descubrió, no obstante, que la revolución causada por Dina había alejado a sus niñas de los temores de la noche, y estaban todas sentadas en sus camas, conversando animosamente. Habían insistido en incluir una camita para el hada en la enorme alcoba, adoptándola casi como a otra más de la casa; Sarah sonrió y prometió pensarlo, besó sus mejillas y se retiró, con el espíritu repuesto y calmo.
Ïhónan bostezó, acurrucado en su lecho, su día había sido muy largo e inquieto y caía sobre él un gran sueño. Sus ojos verdes titubearon, entornándose por momentos, y retiró de su rostro el flequillo, de un dorado bruñido como el de su padre. A través de los cristales, empapados por el diluvio, unas sombras se dibujaban danzantes: era la broza sobrante que el remolino arrastraba hasta alturas inconmensurables. Desde su posición, en lo alto de la Torre de Homenaje, era imposible atisbar ningún árbol, empero esto no era necesario para adivinar la ferocidad del embiste huracanado; la noche se hallaba furiosa, y todos los habitantes del reino se habían refugiado.
Como a la hora tercera de la noche, cuando la lluvia hubo cesado mas no así los vientos, una extraña conmoción en los cielos ensortijó las oscuras nubes tormentosas, enroscándolas, sobre sí mismas, obligándolas a reunirse y buscarse, a encontrarse y arañarse, a rondar en torno a una inmensa luna llena cada vez más poderosa y brillante. La neblina ascendía, como un aliento, con vida en sí misma, como un espíritu errante despertado del subsuelo y exhortado a ascender desde la tierra. La velocidad de los céfiros se incrementó excesivamente, empujando al aliento blanquecino a fundirse con las nubes de los cielos, y a girar en espiral, a un ritmo incierto, en torno al lucero nocturno. No importaba cuán iracunda se hallare la tormenta, o cuan irascibles rugieren los vientos, ninguna nube se atrevía a salirle al paso a la luna, o a obstruirle su búsqueda enardecida; su poderosa luz manó con poder y con energía, atravesando la tempestad agitada, y barriendo con cualquier obstáculo que osara impedirle hallar a quien buscaba, arribó a las puertas del balcón de Ïhónan.
Su luz, poderosa, más brillante en ocasiones que las del mismísimo sol, ardió y llamó a los poderes dormidos en el cuerpo del niño, como si con su voz de albor despejase las penumbras carnales que ocultaban el tesoro espiritual oculto en un cofre profano.
Las celosías se abrieron, incapaces de soportar tan omnipotente asedio, y los cristales crujieron, y levitaron las cosas. Rasgóse el muro que daba de cara al fenómeno, y chirriaron los maderos del techo; los espejos se partieron, estallando en fragmentos, y el pequeño sintióse flotar, como en sueños, hacia las fauces de la ventana temiblemente abierta.
No supo qué ocurría, tampoco sintióse materia tangible; mas bien como un ente incorpóreo y transparente, tuvo la impresión de ser arrastrado tras la corriente. Alcanzó el alféizar, helado; lanzó su vista en picado y he aquí el suelo huía de él. Pero nadie le asía, por ningún lado, antes bien sus propios brazos se hallaban abiertos. Y su mirar, a lo lejos, persiguiendo el haz lunar que le trazare la senda, atraído a ella irrefrenablemente, respirando su esencia, volando en estricta obediencia. Y he aquí su luz cegadora, tornóse de pronto faro de inspiración mística, y su alma dio un brinco, de dicha completa; no entendía aún por qué, pero cierta certeza a libertad en la boca, era más dulce que la miel, más embriagante que el elixir más puro de las brujas. Y le llamaba, conociéndole por su nombre; la noche era su amiga y la luna su cauce. Entonces descubrióse, en toda la plenitud de entendimiento; sus ojos se abrieron a la vida y a la realidad de los hechos: estaba volando, en medio de un torbellino, y su cuerpo no era más el de un niño, sino el de una rapaz nocturna de afilado pico.
Unas manitas temblorosas sobresaltaron a Jareth a pocas horas del alba. Era Ïhónan, despertándole; extenuado, empapado y temblando; era su hijo, al que hubiesen acostado con siete años, el que hubiese volado con Púlsar el día anterior por primera vez en su vida. El que hubo salvado valientemente a una desconocida y hubo devorado su pastel de cumpleaños. Acercóle su carita extasiada y sus ojos brillantes:
- ¡Papá! ¡Soy un búho, papá!
