El salón entero se sumió de repente en un silencio eterno y solemne. Con un edecán de orejas largas y elegante estampa a cada lado, el futuro monarca encaminóse dignamente al encuentro del Rey Jareth, ante las narices de un gentío ferviente y ansioso. El Rey le aguardaba orgulloso, en toda su majestad, engalanado con corona de oro a fuego forjada y suntuoso traje para la ocasión. Lucía más altivo que de costumbre, casi exhalaba jactancia al respirar. Aquél no era un día cualquiera, oh, claro que no.
A sus espaldas, de pie, conmovida, la madre del niño contenía su llanto mordiéndose los labios en una sonrisa. Tímidamente y de modo fugaz, disparó su mirar hacia su marido. ¡Él estaba tan radiante, tan presumido! Por fin, la sangre de su sangre vendría a reclamar lo que era suyo. Sarah casi creyó disolverse en la imagen, quedando sólo el atisbo de la maravillosa felicidad que ella había otorgado al Rey de los gnomos, dándole un hijo. Pudo palpar su alegría, su dignidad, degustar sus esperanzas… y sus deseos de gloriarse de su pequeño ante las narices del mundo. Una lágrima rodó sutil por su mejilla; nada de aquello hubiese sido, si ella no le hubiese correspondido. Se sintió, pues, dichosa de un modo más profundo. Había hecho feliz al hombre que amaba no sólo devolviéndole amor, sino obsequiándole aquello que tanto anhelaba. Como en medio de un trance, Jareth no volvió el rostro para verla; absorto estaba en la contemplación de aquella diminuta criatura, nacida de su sangre, que se acercaba trémula, intentando pavonearse como lo hiciere su padre. Por unos instantes, todo pareció detenerse. Eran el Rey y su sueño, queriendo acercarse y volver real un anhelo.
Sujetando sus lenguas, temiendo emitir siquiera un suspiro, la muchedumbre escuchó el tronar de las diminutas botas del chiquillo, que hallaban eco en las cumbres abovedadas de Palacio debido al exultante silencio. Podía oírse el tiritar de las alas de un hada o el castañetear de los dientes de Hoggle; todo el mundo estaba allí, pero mudo. Incluso las hermanitas del Príncipe, siempre tan alborotadoras, se mantuvieron calladas. La alegría se respiraba, manaba de alrededor; podía atisbarse en la inquietud de Didymus o en la lengua febril de Ambrosius. Todos cuantos eran capaces de gobernar un respetuoso silencio estaban dentro, incluso miembros ilustres de otros reinos, invitados para la celebración – ya dijimos que Jareth boyaba de contento, y se aseguró de que todos lo supieran… incluso aquellos a quienes no soportaba. Si iban a envidiarle aún más, que fuese por esto.
Entre distinguidos nobles, algunos soldados, una tía postiza que amenazaba con prorrumpir en sollozos, había algunos embajadores del reino Silfo. Entre ellos, algunos pupilos, aprendiendo comportamiento ante Eventos de Estado. Unos ojillos grises se dispararon hacia la alfombra central por la que Nán avanzaba. Resplandecieron, cediendo a la curiosidad; el pequeño era más hermoso de lo que imaginaba. Tuvo miedo, pero quiso seguir mirando; sin embargo quien le cuidaba giró sobre sí y la túnica de su vestido apartó de sus ojos grises a ese niño.
Perfectamente erguido, aunque estremecido – como cualquier niño – Ïhónan observó, con ojos inmensos y asustados el pomposo acto que se preparaba a llevar a cabo su padre. Llegó ante él, detúvose al pie del estrado; Jareth emergió del sublime trono con el misterio acallado que demuestran los dioses… y la atmósfera pareció embeberse en un tinte poderoso, impalpable, pero real.
El niño había manifestado las primeras señales que le confirmaban en la senda de la estirpe de su padre. Le ligaban a ella con incalculables voces; dones, conjuros y sapiencia de generaciones enteras de magos. ¿Qué mejor motivo de orgullo? Y por el reino entero se había corrido la voz, ¡el niño esgrimía incipientes poderes! Por eso habíanse reunido, por eso la bulla en las calles y adentro el silencio inaudito, por eso todos querían ver, saber. Por eso el interés y el clima festivo: ¡el Rey señalaría a su hijo como futuro Señor del laberinto! Y lo haría como las arcaicas costumbres sanguíneas así lo demandaban, y las venerables tradiciones: dotándole de su propio talismán, irrepetible, único, de su propiedad. El que conociere sólo su nombre y que no obedeciese a ningún otro; la primera escala en la empinada cuesta de las sabidurías magas. Su distinción primera, su lazo indisoluble con la energía de su padre: su amuleto de Aprendiz.
Asistentes muy diligentes colmados de adornos y oropeles acercáronle a la mano del soberano Jareth una delicada almohadilla con algo resplandeciente descansando encima. Ïhónan estiró el cuello pero, su escasa estatura le impedía observar de qué se trataba. Arrojó una mirada ansiosa sobre su padre, se mordió los labios, repiqueteó en su sitio, incapaz de contenerse. Jareth le sonrió paternalmente; a pesar de todo intentaba estarse quieto, eso era admirable. La mano derecha del rey asió el tan misterioso objeto y lo escondió dentro, impidiéndole al niño adelantarse a la sorpresa. Ïhónan frunció el ceño, ansioso, y con una mirada de súplica aguardó en silencio que le develase la incógnita.
Durante aquellos segundos, que le parecieron eternos, el pequeño retoño elevó la vista al cielo para contemplar en todo su esplendor a su padre. Qué lejos se hallaba en aquel momento la primitiva imagen de revoltoso cómplice que mostraba Jareth puertas adentro. Era como si su padre se hubiese dividido en dos, siendo el de ahora más severo y sublime, totalmente ajeno al bullicioso que le impelía a brincar sobre sillones, corretear gallinas o hacer música con los cascos de los soldados. Lucía seguro, inquebrantable… incluso un tanto despótico. El reino entero obedecía incluso antes de que tronase los dedos y a muchos reyes les hacía sentir inquietos. El poder y la autoridad de Jareth eran inobjetables, y su astuta alharaca de grandeza potenciaba la impresión dada a todos los pueblos. Tal vez Sarah ayudase con eso, contagiándole algo de su dramatismo exagerado. Lo cierto era que el Rey de los gnomos sabía sugestionar a las gentes, incluso a sus propios hijos. Para Ïhónan era mucho más que su héroe. Era lo más inmenso, lo más sublime y sagrado. Casi como un dios, si se quiere. Fue entonces, y sólo entonces, cuando el pequeño supo con toda certeza que no había cosa que deseara más que ser igual a su padre.
Jareth acercóse con paso impertérrito y estoico al límite del primer escalón del estrado; su espléndida capa acariciaba la piedra lustrosa del piso. Se enarbolaba por momentos, como las plumas de un ala, pero sin emitir ningún sonido, suave y callada, en un eterno flotar sobre la brillantez del piso, como un espíritu subyugador. El niño contuvo la respiración. Esbozando una sonrisa de lado, con cierto dejo de sagacidad – imposible ocultarlo – Jareth fijó sus vivaces ojos en los de su hijo. El corazón de Nán casi brincó de su sitio; reclinado sobre el pequeño, el Rey colgóle con orgullo del cuello un talismán de mago, muy similar al suyo propio. Uno real, no uno ilusorio; no uno como los que otrora usase para jugar, sino uno que le distinguía de ahora en más por sobre todos los seres del reino. Su amuleto de Príncipe de los Gnomos; su símbolo de unión indivisa con la extensa dinastía a la que pertenecía su padre.
El pequeño resopló, emocionado; hubiese jurado que al inclinarse sobre él, el inmenso poder de su padre se había comunicado con el suyo, un estremecimiento se lo dijo. El poder, como el saludo entre dos almas, eso había sentido. Como una sombra omnipotente tendiéndose compasiva sobre un recién iniciado, como si en verdad… como si en verdad tuviese la capacidad para alcanzar los niveles de su padre, y no se tratase de un mero sueño pretencioso. Entonces,… entonces es verdad, somos iguales, somos lo mismo, pensó. Jareth también lo percibió, aunque no le tomó por sorpresa, para ser francos. Había descubierto la magia en su hijo nomás tenerle en brazos al nacer, esperaba ésta y muchas otras comunicaciones entre sus espíritus. Lo que sí le prodigó fue una profunda complacencia; una gran e intensa felicidad.
El pequeño suspiró, el aire ya no podía ser cautivo en su interior; su mirar impresionado y su posterior sonrisa inmaculada fueron espléndido tributo para el Rey aquel día. Ïhónan despeñó la vista, oteando con cuidado el precioso obsequio que rutilaba glorioso en su pecho; era igual al de su padre, excepto en dos aspectos: era de diamante, y en su seno había grabada una luna en cuarto creciente. ¿Qué significaba eso? Que estaba creciendo; que éste era un paso previo pero no menos importante. Que cuando estuviese listo se cambiaría a metal idílico el diamante, y la luna creciente dejaría de ser, para convertirse en el símbolo del infinito. Entonces, y sólo entonces, sería igual a su padre. ¡Cuánto temor a decepcionarle! ¿Y si no era digno, y si se equivocaba? Una repentina angustia anidó en el niño, que instintivamente él intentó someter bajo su juicio. Elevó la vista, sintiéndose perdido, pero allí estaba su padre sonriéndole sereno. Como quien nos promete que no pasará nada, como quien nos espera al otro lado de un abismo con los brazos extendidos. Nán sabía que asustaba, pero debía creer en su aptitud y dar el salto. Era hijo de Jareth, no podía no demostrarlo. Engulló oxígeno, en extremo conmovido; sus ojitos verdes rutilaron; ahora él era distinto. Ya no era más un mero niño. De ahora en más, era Aprendiz de Mago.
- ¡Tendrás que venir por ella si la quieres…! – impelió Nán a su hermana, encaramado al respaldo de uno de los sillones. El primer vuelo exitoso con Púlsarhabíale alimentado el arrojo. Cuando fue interceptado por Irina, evadió su cacería corriendo sobre la mesa. Su madre hubiese puesto el grito en el cielo, de seguro – su padre sin embargo le hubiese alentado a brincar también sobre la araña de bronce o a esconderse en el cuarto de las escaleras insólitas. Correteábanse unos a otros luchando entre sí por una moneda, una moneda que se multiplicaba a sí misma por la cantidad y el valor que uno pidiera. La habían hallado husmeando un arcón viejo en la cumbre de la torre más alta y a menudo se la disputaban por pura diversión.
Irina, April y Abbie eran las perseguidoras, ya que ninguna lograba retener el botín por demasiado tiempo. Ïhónan era más parecido a un conejo, salvando obstáculos y distancias sin medir lo que se iba al suelo. Bajo el alféizar de la ventana, auxiliada por la luz que se colaba desde fuera, Dina garabateaba sus primeras letras en un rollo, intentando quizá tomar sus primeros apuntes de ciencias. Insistía en que podía predecir el comportamiento humano si era estudiado como un espécimen de laboratorio, y ante la gracia que provocaban sus ideas, habíase empeñado en demostrarlo. Esa mañana había tenido lugar la Gran Ceremonia; Ïhónan lucía con orgullo el medallón que le coronaba Aprendiz de Mago. Dina le había dicho "si tuvieses rabo, seguramente lo estarías meneando." Pero el chico casi se había habituado a sus excentricidades, y el resplandor de aquél diamante le colmaba el alma de sueños, así que no había empleado tiempo en enfadarse con ella.
¡Clack! Un sonido seco quebró con brusquedad la acalorada eufonía infantil, de uno a otro extremo del salón: Nán se había apoderado de un cetro viejo de su padre que pendía ornamentalmente sobre el hogar. Llevaba en el extremo una diadema a modo de garra y un cristal; apuntóle a sus rivales y lo blandió, desafiante. Era de madera labrada, laminada con algún otro metal precioso distinto al oro y a la plata, ya que el mango era rojo, pero estaba seguro de que no se trataba de rubí.
April y Abbie desistieron, prefiriendo correr a atrincherarse bajo las mantas del sillón mayor; Irina le plantó cara al flamante aprendiz presumido y asió sus largas faldas con una mano para poder correr y desparramarse en lucha si era necesario. Media sonrisa esbozó el retador; a menudo le regocijaba que la princesa desvalida templara carácter. Dina soltó la pluma, expectante; una risa nerviosa escapó de sus labios y se dispuso para el jolgorio, desde su privilegiado rincón.
- ¡No te atrevas, niña! – Ïhónan simuló una voz acorde al villano del juego – ¡Ni siquiera eres una bruja!
Dicho esto dio dos enérgicos brincos: uno sobre el friso de la chimenea para generar impulso, y otro sobre la mesa grande para alcanzar a su contrincante desde uno de sus flancos. Irina quitóse del centro del ataque; impulsóse sobre la silla antigua de su madre y, rebotando en la pana bordada del almohadón, cruzó al otro lado del respaldar, agazapándose sobre la alfombra. Como si nada importara, como si todo fuese utilería, los muebles caían y las cortinas ondeaban.
- ¡No escaparás! – rugió Ïhónan, empuñando el cetro; señaló con él a la chica oculta e imitó con su voz la asestada de un encantamiento. Irina rió, escondida, pero en ese mismo instante su hermano se mareó. Engulló saliva, se le nubló la vista de repente, como si hubiese sido presa de un vahído sorpresivo; pero se tomó de la frente, frunció los ojos en un intento por aclarar su mente y todo pareció corregirse de nuevo. Rápidamente recordó lo que estaba haciendo: las risas de April, Dina y Abbie lo retrotrajeron a su momento.
- ¡Eres un hechicero débil! – gritó Irina, escurriéndose por debajo de los muebles. Ïhónan requería un mayor campo visual; optó pues por colgarse de la araña de bronce.
- ¡Nán! – Chilló Abbie - ¡Qué haces…!
- ¡Mamá va a matarte! – añadió April.
- ¡Si no se mata él antes! – Rió Dina - ¿Ven? ¡Táctica de caza por acecho! ¡Cuidado, Irina, intentará caerte encima!
El chico eludió todas y cada una de las velas, cetro entre dientes, alternando una a una las manos y los pies. Irina le había perdido de vista, él no se hallaba ya sobre la mesa. Emergió del último armario de la pared derecha pero Ïhónan la interceptó. Paralizó su huida brincando directamente desde la araña; aterrizó tras los talones de su hermana y ella espetó un grito de terror. Velozmente como escorpión, blandió el cetro de modo tal que obstaculizase su escape, atravesándolo ante su panza y sosteniéndolo por las extremidades. El juego había terminado. La había atrapado.
April y Abbie estallaron en carcajadas, aún absortas ante la araña que peligrosamente se balanceaba por la osadía; daba el vértigo de pensar que se desprendería de un momento a otro, propagando un incendio las velas. Dina aplaudía desde el sofá, absolutamente regocijada:
- ¡Tengo que tomar nota! ¡Aaaaah…! ¡Si ya supiera escribir!
- Eres imprudente, Nán, mamá te regañará – rió Irina, girando sobre sí misma para felicitarle cara a cara; pero la acalorada princesa palideció cuando se dio cuenta del estado de su hermano - ¿Nán? ¿Nán?
- ¿Qué ocurre? – Se inquietó Dina, soltando todo lo que tenía en las manos. Irina asía a Ïhónan por un brazo, el chico se sentaba sobre la alfombra. Su melena rubia comenzaba a agitarse, extrañamente empapada; Irina no calculaba que hubiesen hecho semejante esfuerzo físico como para justificar tremendo sudor.
- ¿Qué le pasa? – se alarmaron las pequeñas; el príncipe comenzó a temblar involuntariamente.
- ¡Ïhónan! ¿Qué tienes? – espantóse Irina, jamás había presenciado cosa semejante. Instintivamente colocóle su palma abierta sobre la frente - ¡Dios mío, estás ardiendo! ¡Tía Gennah! ¡Tía Gennah!
- ¿Ardiendo? ¿Qué es eso? ¿Cómo es arder? – Dina se catapultó desde su asiento; rápidamente se arrodilló en el suelo con ellos.
Gennah no se hallaba lejos, había pasado la mayor parte de la tarde horneando algo con la excusa de la merienda, para poder ella también deglutir delicias. Su incipiente vientre le dejaba ya en evidencia la preñez y el apetito desmedido, pero el rubor le incitaba a alegar que cocinaba para los niños del Rey, en vez de para sus antojos. Si bien la fiesta de su boda con Hoggle ya había despertado suficientes sonrisas e hilaridades, no deseaba dar pie a más comidillas entre la chusma circundante, por lo que evitaba engullir todo lo que estuviese a su alcance en público. Sólo Sarah parecía abstenerse de afirmaciones jocosas; un poco tal vez porque su propia prole le abstrajera, otro poco porque era su mejor amiga. Aunque, de hecho, las ironías provenientes de su boca eran siempre bien recibidas; Sarah podía bromear, pero nunca a costa de los sentimientos de Gennah.
Se acercó a abrir la puerta, con una bandeja repleta de bocadillos. Oyó los alaridos de su sobrina y sus pensamientos fugazmente se sesgaron. Dio rápidos pasos, a pesar de su gravidez; entró a la sala como una tromba y abandonó todo su cargamento en algún rincón.
- ¡Tía, tía! – Sollozó Abbie - ¡Nán quema!
Gennah se agazapó junto a los niños y palpó el rostro de Ïhónan; sudaba a mares, trémulo y casi desvanecido.
- Es fiebre – masculló el elfo, intentando quitarle algo de abrigo.
- ¿Fiebre? ¿Qué es eso? – los ojos de Dina lucían desorbitados.
- ¿Nunca has tenido? – inquirió Gennah, con voz suave, intentando a la vez calmarles y distraerles. Era obvio que no, muchos seres no mortales desconocen las afecciones a las que hacen frente los hombres. Pero hacerle pensar que se trataba de algo mínimo acallaría sus temores, evitando que desbordasen.
- No, nunca. – respondió Dina, espantada.
- Yo tampoco – indicó Irina, agitada y nerviosa - ¡Dios mío, tía! ¿Qué es fiebre? ¿Se va a morir?
- No, amor, tranquila.
Ïhónan balbuceó; eran sus primeras palabras después del leve colapso. Aún se veía abrumado, como si hablar fuese un castigo pero un mandato del cuerpo.
- Tengo frío…
- Lo sé, cariño, tranquilo. – Gennah tomóle en brazos por sobre la redondez de su panza y recostóle en el sillón. Inmediatamente le quitó las botas pero le envolvió los pies en una capa de lana. Su temor instintivo y desproporcionado volvió a presentársele en vida, temiendo incluso perder el control de sí misma y no ayudar, sino asustar aún más a los niños. Es que el pequeño retoño nunca había estado enfermo. Ni siquiera al poco tiempo de nacer, ni siquiera en los peores días de invierno; su salud era de hierro… bueno, era. ¿Y ahora? ¿Qué hacer? ¿Le trataría como a un malestar pasajero? ¿Estaba segura de hacer lo correcto? ¿Cuánto sabía de magos, cuánto sabía de humanos? Y cuando Sarah lo supiera de seguro se mortificaría, acuciada por los mismos miedos. Necesitaban una opinión ecuánime, alguien que les guiara… Entonces intentó hacer memoria.
Había una sílfide dentro de los muros de la ciudad, una que había trabado amistad con la familia a raíz del incidente ocurrido con la reina Phoebe. Era un ser un tanto especial, abocada a la medicina mortal; era muy joven pero tal vez su tutora pudiese traerla.
– Iré por Tálamahnk. Ya regreso. – Gennah era perfectamente consciente de la rigidez con que aquellos seres – los silfos – se manejaban en sus pequeñas comunidades, pero alentaba esperanzas de que, una vez oyendo sus buenas razones, permitiesen a la pequeña sílfide allegarse a examinar al Príncipe. Tálamahnk era un caso excepcional dentro de su profuso pueblo. Había sido raptada por la antigua reina de Atsagón, violentada y obligada a aprender métodos de curación llanamente humanos. La infame reina no era otra cosa que una mera mortal, una humana, pero ocultaba bien sus rasgos terrenos bajo un suntuoso manto de inmortalidad para alcanzar sus feroces fines. Un sólo ser sobre la faz de Atsagón era consciente de aquella realidad: la pequeña Tálamahnk. Era ella la depositaria de toda la confianza de su cruel señora para prever los achaques de la edad y sustentar su vida tanto como fuese posible. Era ella quien día con día investigaba y progresaba en aquella empresa abocada a mantener en pie a la tirana, so pena de muerte.
Basándose en estas remembranzas, Gennah creyó conveniente acudir en su busca, antes de que las cosas empeoraran. Sabía que para llegar a Tálamahnk debería argüir primero con sus Corregidoras, pero un instinto superior le animaba a hacerlo de todas formas, intuyendo que Sarah estaría de acuerdo.
Dina se acercó al sofá cuando el elfo se hubo esfumado por la puerta. Sentía una rigidez aún más férrea en sus alas ya tiesas; todo cuanto veía era un espectáculo nuevo y desconcertante. Se arrodilló junto a la cabeza del niño Príncipe para corroborar si todo el cuadro era cierto, si lucía todo tan alarmante como parecía.
- ¿Cómo puedes tener frío? – horrorizóse al palpar su mejilla; sus ojillos lila se hincaron analíticos en su semblante - ¡Quemas como una hoguera!
- ¡Dios mío, y tiembla! – Chilló Irina. Se hallaba espantada, nada le aterraba más que lo desconocido.
- As rebofet… heleíd andablav… sotern.
- ¿Qué dice? – Dina respingó como se le estuviese echando encima una maldición.
- ¡No lo sé! ¡Tía! ¡Mamá…!
La puerta nuevamente se abrió, pero esta vez la reina Sarah era quien llegaba. Abalanzóse sobre el paciente novato, acarició sus mejillas y comenzó a desabotonarle el chaleco. Con tanto ajetreo el niño repitió el balbuceo.
- Dios mío, delira. – Se angustió la madre; era consciente de que esto era factible si la temperatura del cuerpo era excesiva - ¡Iri, tráeme agua fría y un paño limpio, rápido!
La princesa salió disparada, secundada por Abbie; Dina abrió mucho los ojos, sobresaltada, y por primera vez en su vida supo lo que era la congoja. Si bien su volátil mentecilla no hallaba asidero a menudo en las cosas realmente serias, no deseaba ningún mal para quien le había salvado de las aguas cuando se conocieron; por ende aquello le preocupaba. Además de noble, Nán era muy simpático. ¿Por qué a la gente buena le ocurren cosas malas? Sentóse en el suelo, afligida, viendo a la madre quitarle la camisa. Comprobó, en escasa medida, lo frágiles que son en realidad los seres humanos, librados a merced de agentes del ambiente que ni siquiera podían ser vistos. Enmarañó su melena violeta rascándose con los dedos; aquella peculiaridad los emparentaba más con los animales del bosque. Debía recordar eso.
La puerta se abrió por segunda vez, pero en esta ocasión de un modo más sereno. Gennah invitó a pasar a una muchachita de cabellos blancos, tan blancos como la nieve. Irina llegaba con ellas, se habían cruzado en el pasillo. Más inquieta que quienes le acompañaban, escapó del montón para ir a ofrecerle a su madre el agua y los trapos que cargaba. Sarah levantó la vista, preocupada; atisbó a la niña que atravesaba el umbral pero no alcanzó a reconocerla. Era una doncella, de aspecto menudo, como una criatura de diez años humanos; llevaba los cabellos largos, sueltos hasta las rodillas. Sus ojos eran grises, casi como un par de perlas, y por entre su sedosa cabellera asomaban un par de orejas en punta como las de Gennah. Al cabo de unos segundos, acabó por reconocerla. ¡Dios mío! ¿Tálamahnk? ¿Mantenía casi inquebranto el aspecto con que le recordaba? ¿Qué extraño ritmo de madurez seguía su especie? La última vez que le había visto era tan pequeña como su hijo ahora.
- Loor a Usted, Señora mía. – saludó con su acostumbrada parsimonia. Era tan calma, tan flemática, que aunque el mundo se estuviese derrumbando, ella se tomaría el tiempo necesario para buscar la llave y salir dejando el cuarto prolijamente cerrado.
- ¿Tallie? – Sarah recordó de pronto el diminutivo con el que antaño le llamaban. Recordó también su idoneidad para tratar con enfermedades de seres mortales, algo que siempre le había calmado los nervios al preocuparse por sus futuros hijos. Fruto de esa fe era que le invitasen en el pasado a mantenerse dentro de los muros de la ciudad; no sólo la reina era un ser humano, su hermano también lo era y sus descendientes compartirían parte de aquel legado. Era mejor tenerle cerca, sólo por si acaso. Y si bien no era costumbre del pueblo silfo entremezclarse con razas distintas, por considerarlo un acto perjudicial y contaminador, habían cedido a la petición de sus Majestades debido a la noble gratitud que les profesaban, por haber rescatado de las entrañas del infierno de la hechicera Phoebe a muchos de los suyos. Desde un tiempo, entonces, Tálamahnk cumplía sus votos de obediencia silfos, acompañada siempre por una o dos Corregidoras, algo así como sus tutoras espirituales.
- ¿Dónde está el Príncipe? ¿Puedo verlo? – inquirió Tálamahnk, pacífica, con las manos enlazadas en la panza, de pie bajo el dintel de la puerta.
- Aquí está. – indicó la madre; el pequeño yacía sobre el sofá más grande de la sala, con los ojos cerrados y sus labios secos. Tálamahnk acercó sus pequeños pies; llevaba un vestido nacarado, con ribetes color marfil, su falda acariciaba el suelo detrás de sí y las niñas le otearon ansiosas como si se tratase de una visión espectral. Pálida, de cabellera nívea, de blanco vestido; si no era un fantasma, era porque lucía muy bella.
Arrodillóse junto al pequeño, observándole con candorosa paz; acercóse las manos al rostro y susurró alguna cosa dentro del cuenco que había formado con ellas. Luego de esto, llevó sus manos a las mejillas y a la sien del niño; Ïhónan se quejó ante el contacto.
- Eso… no es contagioso, ¿verdad? – Dina se estremeció, aquello ya se tornaba demasiado para sus jóvenes nervios – Me quiero ir a la cocina…
- Despreocúpate – le sonrió Tálamahnk – Esta fiebre es propia del Príncipe. No pasará a ti.
- ¿Cómo saberlo? – inquietóse Sarah – Nunca ha tenido una.
- Majestad, con todo respeto, me atrevo a suponer que usted ha experimentado muchas en su vida.
- Pues, sí, pero…
- Es su hijo, Majestad, tiene derecho a padecerlas.
- ¿Y por qué ahora? – Sarah escudriñó cómo la sílfide quitaba una piedra preciosa de su bolsillo y la hacía rodar sobre el pecho de Ïhónan - ¿Por qué no antes, cuando se escapaba cuando llovía y esas cosas? Ni siquiera sabe lo que es un resfriado. ¿Qué se lo está provocando ahora?
- Lo natural. – indicó ella con suavidad. La piedrecita agotó todo su color y el niño suspiró aliviado – Su cuerpo está cambiando. La fiebre es un síntoma frecuente en la raza humana, casi para todo surge como primera defensa. - Sarah encogióse de pronto, le parecía estar hablando con su madre; la pequeña erudita prosiguió. Tomó otra piedra preciosa, ésta con un símbolo extraño grabado, algo así como una runa desconocida, y la colocó fugazmente en las sienes y la frente del pequeño. – Bien, su lado mago está expandiendo fronteras, no sólo los genes maternos afloran en él, Majestad. Ahora es cuando su organismo comienza a evaluar y a graduar conflictos.
- ¿Conflictos?
- Equilibrio. – Respondió Tálamahnk con una sonrisa. – Eso busca su organismo. Esa reconciliación de sus mitades llevará cierto proceso, hasta que se ajusten y se engasten, como piezas perfectas. Es muy probable que el cuadro se repita, hasta que su cuerpo sepa balancear sus naturalezas. Por lo pronto, trátelo como a un episodio febril normal, como los ha tratado usted cuando los padeciere durante su niñez. No puedo detener el proceso, no es sabio hacer eso. Pronto pasará, y después de un tiempo se repetirá. Hasta que ya no haga falta nunca más.
- Está bien. – suspiró Sarah, mucho más calma. La voz armónica y controlada de la muchacha era un sedativo natural – Eso haré, gracias.
- A mí… - Irina interrumpía, espantada, luego de pasarse en un extremo silencio todo el rato - ¿También me pasará eso?
- No puedo saberlo, Alteza. – le sonrió Tálamahnk. – Depende de las proporciones de cada lado que su ser albergue. Si sus mitades raciales son diferentes, una predominará sobre la otra, y no pasará nada, porque la más escasa será subyugada por la más poderosa. Pero, en el caso de Ïhónan, la suerte ha sido extraordinaria. Su mezcla parece ser exacta, mitad de cada una.
- ¿Por eso se pelean?
- No, no se pelean – sonrió ella de nuevo – Sólo se ponen de acuerdo.
- Ah…
Irina y Dina otearon a Tálamahnk desde los pies a la cabeza, como si contemplaran en ella algo anómalo. O se trataba de un ente peligroso… o la chica sabía demasiado.
Sarah se acercó al pequeño que descansaba sumido en un intenso sueño, agotado hasta el extremo por la tensión que estaba viviendo su cuerpo. Tálamahnk había aliviado los excesos de temperatura, pero no le había sanado el cuadro. Como bien había dicho, no era prudente detener por completo lo que su cuerpo naturalmente estaba haciendo, podían complicarlo todo creyendo hacer un bien. La reina le acarició los húmedos cabellos dorados, conmovida con ese dolor distinto que padecen las madres ante la impotencia de ver sufrir a un hijo. Tal vez… tal vez el hecho de haber manifestado en su cuerpo esas cosas la noche anterior… Aquello de haber recibido el don de mago, y haberse vuelto búho, y haberse salido por la ventana, y haber recibido de su padre su primer talismán. Sí, parecía guardar relación con todo eso. Tal vez esa explosión de poder, ese brote repentino, fuese el gatillo de todo este maremágnum que su costado humano estaba demostrando, aterrado, quizá, de que ese lado mago lo aplastase por completo. Sarah sonrió, con una mezcla de ternura y aflicción.
- Mi pequeño… - le susurró, acariciando su faz. Era un orgullo saberle tan especial y diferente.
- ¡Entonces me di cuenta de que si batía las alas con fuerza, no me caía! – ladró Ïhónan a todos los presentes, sentado en la alfombra, aquella misma noche, repuesto apenas de sus primera fiebres y rodeado por un montón de complacientes adultos que sólo buscaban malcriarlo - ¡Y estaba haciendo frío, pero yo no lo sentía! ¡Pude ver la ciudad entera desde el cielo, mamá! ¡Vi todo! ¡El puente, el laberinto, las vinaterías de los gnomos…!
- Entonces viste el agujero que tengo en el techo de casa. – sopló Gennah desde dentro de su taza; habían cenado hacía unas horas y no venía nada mal algo caliente antes de dormir.
- Iba demasiado rápido. – parpadeó el niño, importunado – No lo recuerdo, ¿El granizo te hizo un agujero?
- Ah, pues, ahora sabemos por dónde se te escapan las ideas. – bufó Jareth, ante una mirada incriminatoria de su esposa.
- ¡Qué! – chilló él, entonces.
- ¿Y qué tipo de bicho eres? – inquirió Irina, deslumbrada por lo que oía. Dina también estaba allí, después de lo acontecido ese día, el niño era por demás un espécimen interesante de estudio, así que se hubo acercado a él cuanto pudo… después de comprobar que no contagiaba a nadie nada.
- ¡Un búho grande, más grande que un gato, color pardo! – respondió el chico, eufórico.
- ¿Qué?
- ¡Y tengo dos plumas enormes en la cabeza, como dos cuernos!
- Eso tengo que verlo. – Apuntó el padre, con media sonrisa de orgullo - ¿Un ave más grande que tu propio padre? ¡Ja! No te lo permito.
El niño revolvióse en su sitio, riendo de satisfacción y emoción; hundió su nariz en la taza humeante de chocolate y sorbió todo cuanto pudo contener dentro de su boca. La excitación en torno a lo sucedido se mantuvo en el aire y era casi respirable para los cuatro hermanos. Incluso para April y Abbie, quienes, si bien por su corta edad no discernían en profundidad lo importante del suceso, palpaban el nerviosismo en los otros y se mostraban a la expectativa de algún evento, aunque no supieran realmente qué esperaban. Ïhónan alucinaba, era la primera vez que un hecho de esa naturaleza le tenía como protagonista, y el pecho se le henchía, suponiendo para su gozo el orgullo que seguramente despertaría en su padre. De hito en hito espiaba a Jareth, cotejando las expresiones de su rostro; ¿Lo has visto? ¡No te he defraudado! ¡Soy tan mágico como tú, y te colmaré de orgullo, puedes apostarlo, papá!
Dina le escudriñaba, curiosa, como a la extravagancia que creía que era, como a una de esas criaturas que se someten bajo la lupa para examinarlas.
- ¿Te duele la panza? – le preguntaba, como si fuese a tomar nota para su tesis.
- No. – respondía el chico.
- ¿Te duele la cabeza?
- No.
- ¿Sientes frío?
- No.
- ¿Sientes miedo?
- No. ¿Por qué quieres saber todo eso?
- No sé, sólo pregunto. – dijo Dina, y se incorporó de su sitio.
- ¡No te me acerques! – rugió el chico, augurando que se le vendría encima a olfatearle como lo había hecho en la cueva el día en que se conocieron. ¡Era tan extraña! Alguien debería indicarle que si pretendía buscar rasgos animales en los otros primero se procurase un espejo.
- ¡Claro que lo haré! ¿Cómo voy a aprender de ti sino?
- ¿Aprender qué? ¡El animal eres tú, vienes a olfatearme!
- ¡Y tú gruñes, así que no me digas nada!
Dina insinuó adelantar dos pasos, Nán levantó los puños. Gennah soltó una carcajada acariciándose la panza y los demás rieron.
- Ya basta. – ordenó Sarah – Y terminen su chocolate, que se enfría.
- Mamá, ¿por qué a Irina no le ha pasado nada de esto todavía? – Indagó el pequeño Príncipe; arrojó sus ojos verdes sobre la niña, que al oír sus palabras se sintió abatida. - ¿Qué tiene de malo?
- Ella no tiene nada malo. – Sonrió su madre, y estiró la mano para reconfortar a la pequeña, que naufragaba su vista junto con su chocolate dentro de la taza – Es pequeña todavía. Además, puede que te dé una sorpresa uno de estos días, ten cuidado…
- ¿De veras? ¡Guau! – la mirada de Ïhónan resplandeció, de verdad que le interesaba no ser el único niño de la casa que padeciera esos cambios. Deseaba trenzarse en lucha con alguien igual, ya no más fingir los encantamientos apuntando tontamente con un cetro viejo y haciendo ruidos con la voz. Quería combatir, aprender más, y deslumbrarse con las facultades distintas que seguramente sus hermanas de sangre poseían. Todos tienen su don, le había dicho su padre, por lo que, razonando correctamente, el pequeño había llegado a la conclusión de que lo que pudieran hacer las pequeñas en materia esotérica sería sin lugar a dudas distinto a lo suyo. Qué mejor oportunidad para saciar su inagotable curiosidad e intentar imitar, o incluso aprender talentos nuevos. – Ojalá sea pronto. Ojalá seas bruja.
La niña rememoró alguna cosa y trocó su mirada de tristeza en sonrisa de astucia.
- El brujo fuiste tú, si hasta le echaste una maldición a Dina.
- ¿Qué? – Nán frunció el ceño, confuso; los adultos oyeron con atención.
- ¡Sí! – Aseveró Irina, traviesa - ¡Cuando dijiste todas esas cosas extrañas en el sofá!
- ¡Un momento! ¿Me maldijo? – Dina dio un respingo, como si se hubiese sentado en una aguja - ¡Tú me dijiste que no!
- ¡Yo no dije nada! – se defendió el chico.
- ¡Sí! – Irina soltaba su primera carcajada – Dijiste "As rebofet… heleíd andablav… sotern."
- ¡Y encima lo recuerdas! - Dina dio un grito de sorpresa; pero Ïhónan parpadeó, perplejo.
- ¡Yo no dije eso! – concluyó. – Bueno, no con la voz. No pudieron oírlo.
- Claro que sí, Nán, todos estábamos ahí.
El príncipe enmudeció, lucubrando; deslizó su mirada hacia sus propias manos, hacia su regazo, luego pareció sentir los ojos de Jareth en la nuca. Se volvió a verle, tímidamente, como temiendo haber cometido un error. Su padre le observó, con rigurosa atención, y elevó una ceja, como calculando. No pudo ocultar de su hijo que había degustado cierta información interesante en lo dicho, pero como Nán ignorase si aquello le agradaba o no, tendió a pensar que había hecho algo mal.
- Yo pensé esas palabras. – indicó el pequeño, con severidad – Pero no las dije.
- Las dijiste – porfió su hermana.
- ¡Que no!
- ¡Sí!
- ¡Claro que no! – Chilló él, entonces – Las pensé mientras jugábamos. ¡Pero no las dije!
- ¡Claro que sí! – Berreó su hermana - ¡Y tengo testigos!
- Sí, aquí, la maldita… - balbuceó Dina señalándose a sí misma.
- Ya, Dina, era un juego – le reprendió la princesa – Él no te maldijo con eso.
- ¡Que no las dije! – encrespósele al niño la melena - ¡Ni siquiera podía respirar! ¿Cómo iba a hablar?
- ¿Cuándo las pensaste, hijo? – la voz profunda de Jareth detuvo la escaramuza en seco. No le era menester aplicar un tono más elevado, su sonido natural infundía sumo respeto en los niños. Todos callaron instantáneamente, sobrecogidos, como si hubiesen sido pillados cometiendo algún delito. Incluso el Príncipe heredero; la voz de su padre era como el trueno desde los cielos.
- Em… - recapituló mentalmente el pequeño – Las pensé cuando apunté a Irina con tu cetro.
- ¿Y por qué no las dijiste? – inquirió Jareth, con aplomo alarmante.
- Porque… porque no estaba seguro de cómo se pronunciarían. – Admitió el pequeño, preocupado; los fantasmas de haberse equivocado iban tomando forma, casi hasta aplastar la imagen grandiosa de hijo perfecto que creía haber ofrecido momentos antes. – Las leí en un libro tuyo, pero…
- ¿Conoces su significado?
- No.
Todos se mantuvieron tensos, a la espera de algún veredicto; pero Jareth llevóse un bocadillo a la boca y permaneció mudo. Sarah le arrojó una mirada apremiante, ¿qué significaba ese silencio? Sin embargo no intentó siquiera hostigarle, en materia mística era menos que una novata, mejor dejar que el erudito pensara y resolviera según su razón.
Ïhónan disparo su vista en derredor, desconcertado, sin saber si lo que había hecho estaba bien o mal, o era banal e intrascendente. Irina halló su momento para añadirle gracia al asunto.
- ¡Te dije que eras un hechicero débil! – rió, pero aquello avivó en el Príncipe feroces preocupaciones. Frunció el ceño, estupefacto, al punto de indignarse como si le hubiesen insultado. No,… La mocosa no estaría en lo cierto, ¿verdad? ¿Qué... qué había de especial en lo que había dicho? ¿Qué había hecho, qué pensaría papá? ¿Era un buen o mal presagio? ¿Era un futuro brujo, o un inepto? ¿Por qué callaba? ¿Estaría disgustado? ¡Oh, no! Seguramente lo había avergonzado y por ello no deseaba hacer comentarios.
Las niñas rieron, comprendiendo lo inofensivo de la broma, pero perdiendo de vista los azotes tempestuosos que le propinaban a Ïhónan sus propios pensamientos.
La noche tendió su manto sutil y silencioso, llamando a todos los seres al reposo. Irina sintió de pronto las puntas de sus dedos heladas, y también los dedos de los pies; un deseo dulce de abrigo y solaz comenzó a descender a través de su ser. Aquél había sido otro día agotador; no tanto por lo hecho, sino más bien por lo visto. No tenía entendido que las personas enfermasen. Su repertorio de conocimiento nutríase de las observaciones, las experiencias, y los relatos de su familia, y tal vez, por el comprensible detalle de ignorar aquello que no es agradable, sus padres hubieren pasado por alto la necesidad de explicarle que el cuerpo de los seres humanos no era como los etéreos, sino más frágil, efímero y de escasa vida útil. Tal vez lo hubiesen omitido para no atemorizar a nadie, después de todo, el resquemor a sufrir era innato en todo ser racional. Lo cierto era que Irina acababa de arribar, así, de un momento a otro, al puerto de un descubrimiento más completo, tocante incluso a su propia naturaleza… o a parte de ella. Un dejo de incomodidad le invadió, no le agradaba la idea de que el ser humano fuese tan frágil. Por otro lado, y según su padre, la raza también ostentaba su costado preciado: presentaba batalla con inapreciable fuerza de espíritu; era feroz y aguerrido, muy sufrido, y en ocasiones, abnegado. Tal vez por todo eso mezclado con la sangre de Jareth es que fuesen tan observados. No sabía cómo, pero casi podía jurar que toda la ciudad estaba al pendiente de todo lo referente a ellos. Lo sabía, podía sentirlo, casi respirarlo; las miradas, los cuchicheos… ellos eran importantes, al parecer, y no por mero título monárquico.
Gennah se dispuso a recoger la vajilla de los niños y de sus Majestades Reales para luego llevar a su habitación a Dina, que bostezaba despreocupadamente enseñando hasta las amígdalas. Sarah susurró un par de indicaciones a los pequeños para que abandonasen el suelo y se dispusieran a ir cada uno a su alcoba; constató por vez enésima que el ceñudo Ïhónan no tuviese fiebre y les dio de palmadas inofensivas a los remolones. Antes de que Gennah desapareciera a través de la puerta, surcó por su mente una idea apremiante. Un impulso instintivo le llevó a reunir aliento para llamarle por su nombre y detenerle; el vago temor por la salud de su hijo en el futuro confundió sus ideas unos instantes, impidiéndole decidir con certeza qué rumbo tomar.
- ¡Gennah…! – llamó, sin poder evitarlo. Su amiga se detuvo, y volvió el rostro, tan solícita como siempre. Sarah dudó si debía pedirle retener a Tálamahnk cerca; una angustiosa incertidumbre le hacía sentir extraña. ¿Y si surgían complicaciones durante la noche, o incluso por la mañana? Gennah frunció el ceño, desorientada; ¿para qué le llamaba, para quedarse muda? Sarah meneó el rostro, confusa; sí, era buena idea pedirle a la pequeña que pasase la noche en el castillo, con eso dormiría más tranquila. Ella y esas excéntricas piedrecillas que hoy había visto le sosegaban por completo. Pero, por otro lado, su miedo podía deberse a una exageración de su parte y quizá el chico pasase la noche en absoluta paz, como antes. ¿Qué hacer? Gennah parpadeó, inquieta; ¿y bien? El rey levantóse de su lugar en la mesa, y unos cuantos gnomos huidizos asearon los manteles y recogieron las migas del suelo, o se las comieron en un santiamén. Jareth observó curioso la inexplicable mudez de su esposa, que se mantenía congelada en su sitio, incapaz de completar la frase que se supone diría a su amiga. Esto agitó los nervios de la reina, apresurando el descarte de cualquier idea de desgracia.
- Nada, nada, olvídalo… - suspiró, con una sonrisa. – Hasta mañana. Descansa.
- Buenas noches, Majestades. – sonrió Gennah, y se retiró del lugar.
La lumbre de las antorchas encendióse de pronto y menguó la claridad externa: sólo la luna enseñoreaba el cielo. El frío comenzaba a azotar la región, y aquella noche parecía desear hacerse sentir; Sarah buscó refugio en los brazos de Jareth, quien le arropó en su propio abrigo, rememorando quizá el atrevimiento que se habían permitido de envolverse juntos cuando aún no eran novios. Se estremeció la piel a la reina, muriendo con ello todos sus miedos, y tiritó de placer, dejando fluir sus intensos sentimientos. Sonrió, recordando la primera vez que compartieran el calor de sus cuerpos; ascendió su vista a los ojos de su esposo y él le dedicó su mejor gesto cómplice: se hallaba pensando en lo mismo. Ya no eran necesarias las palabras entre ellos; una caricia, una mirada… Sus almas hablaban de un modo más certero y más directo, como si se hubiesen conectado desde el momento primero en que se hubieron besado.
Jareth aferróse a su reina, conforme la intimidad y el silencio les fueron concedidos en toda la sala, procurando para ellos un momento privado; hundió su nariz en los cabellos de Sarah, suspirando de deleite y sosiego.
- ¿Baila Usted conmigo? – susurró atrevido, con media sonrisa pintada en los labios. Conservaba cerrados sus ojos, murmurando en los trémulos oídos de la reina. Tan sólo exhalar la última sílaba y un cosquilleo travieso le recorrió a ella de la cabeza a los pies.
Soltó entonces una risita diabla, como cuando era colegiala, como cuando se fingía rubor pero en realidad se deliraba por la propuesta escuchada. Escondió su rostro en el hombro del Rey, jugando entonces el papel de ingenua, y mientras éste le tomaba una mano para el vals y le rodeaba la cintura, recordó que había un asunto de actualidad que aún no habían hablado.
- ¿Jareth…?
- ¿Mmh…?
- Necesitamos hablar…
- Te escucho, preciosa.
Sarah ladeó el rostro, dormitando plácidamente sobre el hombro de su esposo como si se tratase de una almohada; él le arrullaba imitando el dulce vaivén de un vals silencioso; aquello la serenaba.
- Hoy, durante la conversación… - evocó la reina - …dijiste algo que dejó a Ïhónan perplejo y a mí intrigada.
- ¿Ah, sí?
- Sí. – Sarah prensó la espalda de Jareth, dócilmente; él acarició sus cabellos – En realidad no dijiste nada. Es decir,… Le preguntaste a Nán cuándo había dicho esas palabras, si sabía qué significaban, y no sé qué más, pero… luego… no dijiste nada. – Levantó la cabeza y posó su mentón en el hombro del mago - ¿Sabes algo que no sepa yo?
Jareth sonrió, malicioso; imposible suponer que ella no fuese a preguntar en algún momento.
- Así que… te he dejado intrigada, ¿verdad?
- No juegues, mi amor, quiero saber. – ella también le conocía muy bien, y sabía que se deleitaba en hacerle refunfuñar de disgusto evadiendo lo que le preguntaba. Pero esta vez detuvo en seco cualquier maniobra sagaz y bribona, alzando el rostro ante el de su esposo con una mueca de advertencia.
- Mejor preocúpate por las fieras que acechan, preciosa – rió el mago, jocoso.
- ¿De qué hablas?
- Me refiero a que, en vez de estar inquietándote por estas cosas, tal vez desees saber que hemos recibido una cordial epístola de algunas autoridades. – Sarah le observó, atónita. Oteó con la mirada la puerta de la sala, pensando quizá en ir a husmear el escritorio de la biblioteca; pero Jareth la atrajo a sí con fuerza, truncando sus deseos de escapar curiosa a leer cualquier misiva. Deseaba revelarle él mismo el contenido, para darle la inflexión adecuada y que ella no se sintiese turbada o inquietada por el contenido de la misma. Bien, la reina era curiosa, pero aquel abrazo determinado era más atractivo aún; Jareth templó su voz – Hemos recibido una… mmh… ¿cómo decirlo? Una propuesta de alianza… con el reino de Ugia.
- ¿Ugia? Nunca me has llevado.
- Está muy lejos de aquí… y no es muy interesante, tampoco.
- ¿Y qué es lo que quieren de nosotros? ¿Por qué les interesamos para solicitar alianza? – Sarah indagó con interés genuino, pero comenzaba a creer que hubiese preferido continuar hablando sobre su hijo y aquellas misteriosas palabras. La respuesta de su esposo sesgó sus pensamientos como una espada.
- Porque quieren a Ïhónan.
- ¿Qué? – Los ojos de Sarah se expandieron al máximo. ¡Vaya! Al parecer, sí seguirían hablando de su hijo.
- Nos han enviado la Miudan Litse – Jareth giró la mano y recreó un cristal, como acostumbraba; enseñóselo a Sarah y ésta observó con avidez su interior. Percibió tesoros, terruños, y unos cuantos objetos con extraños poderes esotéricos. – Es… lo que en tu mundo se suele llamar dote. Pero bueno, tampoco es eso, porque la dote en el mundo de los mortales la entrega la familia del novio a la de la novia, y se entrega una vez cerrado el pacto. La Miudan Litse puede darse de uno a otro de modo indistinto, y no implica que estemos de acuerdo. Se trata sólo de un obsequio… un acercamiento… para caer en gracia, si quieres llamarle así.
Pero a Sarah le había sonado a soborno, más bien.
- ¿Dote? ¿Dote? – Balbuceó, estupefacta - ¡No puedo creer que nos hayan pedido a Ïhónan para un matrimonio arreglado…!
- Tienen mellizos. – informó Jareth, sereno, como si no la oyera – Un niño y una niña. Tienen doce años, si mal no recuerdo. La fama de Ïhónan ha traspuesto fronteras y el rey de Ugia ha visto pertinente jugar la carta de su hija. Lo vieron hoy, durante la Ceremonia.
- ¡Pero, pero…! - Sarah ocultó el cristal entre sus manos, temblando de nervios; devolvióselo rápidamente a su esposo, como si quemara. - ¡Creí que esas cosas…eran de la prehistoria!
- Lo son… - sonrió el mago, extraviado en la belleza intrínseca del rostro de preocupación de su esposa – Pero, esta Tierra no tiene tiempo, y el Tiempo no puede con esta Tierra. Suele darse todavía esta costumbre. Es un buen partido y lo saben. Por eso van tras él.
- Pero,… incluso su hija… es tan pequeñita. – la reina mordióse las uñas, muy tensa; por primera vez en la vida se sentía madre con M de mayor, de madura, ¡qué horror! Como si de repente se descubriera carente de la licencia de seguir comportándose de manera infantil. Le estaban colocando en un papel difícil de cumplir, pero obligatorio al fin: el de tutora y guarda de la vida de su hijo. En otras palabras menos seductoras, en a-dul-ta.
- Crecerán, Sarah. – indicó Jareth, acertadamente.
- Yo no quiero eso para mi hijo. – sentenció la reina, tomando el toro por los cuernos. ¿Deseaban oírle expedirse? Pues bien, que les fuese indigesto – No estoy a favor de un matrimonio arreglado. ¿Y tú?
Jareth sonrió.
- Sabes que no.
- Entonces,… ¿qué les diremos?
- Que no. Je, je.
¡La petulancia del rey de los gnomos era a veces tan subyugante! Sarah sonrió, restablecida. Sí, bueno, en ocasiones su jactancia, vanagloria y despotismo le provocaban algún que otro dolor de cabeza, pero, esta vez, había venido a ser bálsamo de paz espiritual para ella. Conociendo ese absolutismo de su marido al dictaminar ante un tercero lo que se le viniera en gana, sabía que no le temblaría la voz para decir que no aunque le rugiesen en la cara. En muchas cosas había madurado el mago, excepto en la de su absoluta soberanía sobre sí mismo. "Nadie va a decirme lo que tengo que hacer" le hubo una vez dicho. Nada más cierto.
- Te amo, Jareth – Sarah acurrucóse en su pecho, rebosante de gratitud, sintiéndose protegida. El rey acarició una de sus mejillas, buscando luego su boca.
- Y yo a ti.
Las luces comenzaron a extinguirse, abandonando a las sombras el dominio absoluto de algunos sectores del inmenso refugio de piedra que era el castillo. La guarda velaba, como acostumbraba, alternando gnomos y silfos cada pocas horas, a lo largo de toda la noche. Sarah se retiró a sus aposentos mucho más tranquila, su esposo le apoyaba en el rechazo al pedido de matrimonio concertado y eran uno en la toma de decisiones. Bueno, al menos en esta ocasión…
Sus pasos se detuvieron antes de que posara las manos en las pesadas puertas de su habitación. Aguarden un momento… Si el rey de Ugia había mostrado tal osadía quizá otros reyes también lo imitaran, ¿verdad? ¿Y si…? ¿Sería así, de veras? ¿Debería estar en guardia, de ahora en más, ante un auténtico ejército de casamenteras? Le crujió el estómago, meneó la cabeza. Está bien, está bien, de acuerdo; tal vez estuviese exagerando de nuevo.
Posó sus manos en la regia madera y se dispuso a ejercer presión. Pero,… ¿y si fuese así? ¿Y si parte de su destino como reina de ahora en más fuera ahuyentar a las hábiles arpías que iban detrás de su bebote? Resopló, soltando el aire con ira; ¡por Dios! Qué duro era ser Sarah Williams, su imaginación corría más rápido que su inteligencia. Y lo peor era que a menudo se daba cuenta luego de haber metido la pata. Torció el gesto, abrumada, mas de pronto fue rescatada por la voz de Gennah. Le oyó reír, a lo lejos, acuciando a las niñas para que dejasen de corretear y entrasen en el cuarto, y Sarah creyó advertir la maniobra adecuada para delegar preocupaciones y contar con más manos que le ayudasen a sostener todo el peso de su perplejidad.
- ¡Pst! ¡Gennah! – llamó, evitando ser oída por sus hijas. Gennah le observó, sorprendida, al otro lado del pasillo ¿otra vez le llamaba para quedarse callada? Tal vez ya se le hubiesen ordenado las ideas.
- ¿Sarah? ¿Qué tienes? – susurró, preocupada. Había encorvado el cuerpo y se acercaba de puntillas, como si se tratase de una reunión ilícita. - ¿Todo está bien? ¿Qué necesitas?
- Necesito que traigas a Tálamahnk al Palacio. – ordenó Sarah, con convicción. Una vez que contase con la asistencia médica a mano, podía olvidarse de la salud de Ïhónan por un momento y combatir a todas sus futuras pretendientes.
- ¿Qué? ¿Ahora? ¿Qué tiene tu hijo? Hace un segundo lo vi meterse en su alcoba.
- Nán está bien, Gennah. Pero necesito que mantengas un contacto estricto con esa niña, ¿entiendes? Tengo muchas cosas que atender y necesito que me eches una mano.
- Pero no entiendo. – Gennah frunció el entrecejo, confusa – Si todo está bien, ¿para qué la necesitas?
- Sólo para tenerla cerca, Gennah, ¿entiendes? – Sarah se enredaba tanto en su propio desconcierto que comenzaba a tensar sus gestos – No puedo depender de una chiquilla que puede desaparecerse en el minuto que más le necesito.
- Pero, Sarah…
- No me discutas, Gennah, haz lo que te digo. – Sarah se tomó la frente, imaginando su ajetreada vida futura y todo tipo de fantasmas – Tengo muchos problemas que resolver y no podré si estoy preocupada por la salud de Ïhónan.
- ¡Pero Sarah, es imposible!
- ¿Qué? – La reina dio un respingo, indignada.- ¿Y por qué?
- ¡Porque es imposible que la traiga a estas horas, no tienes idea lo tozudas que son sus Corregidoras! Son más pesadas que unas comadronas, insistirían en que les dé prueba de que el niño se ha descompensado… y seguro que una de ellas nos acompaña.
- ¿Pruebas? ¡Mi orden es todo cuanto les hace falta!
- ¡Lo sé, pero qué quieres que haga!
- ¡Que vayas por ella, pues! ¿Acaso desobedecerían?
- Pues, yo creería que sí. – Gennah abrió los ojos de par en par. Sarah lucía agobiada, pero agobiada sin causa real… como luchando con monstruos por ella misma creados. – Oye, amiga, ¿por qué no te acuestas? Te ves cansada. Con la mañana todo te será diferente, y el niño pasará buena noche, ya verás.
- Pero,…
- Sarah, calma. – Gennah intuyó un grado de maraña en las ideas de la reina. Tal vez los desafíos en su vida le eran demasiado nuevos. – Si te hace sentir mejor, iré por la niña en cuanto amanezca, ¿está bien? ¿Qué opinas? Pero esta noche descansa. Agitarías los ánimos en el castillo y en casa de Tálamahnk y tus hijos se sentirían incómodos,… ¿no crees?
- Sí, sí,…sí, tienes razón… - Sarah suspiró, necesitaba que alguien ordenara sus prioridades. Esperaba hacerlo ella misma, pero le era imposible por el momento. Gennah supo ver esto, y aunque ignoraba las razones de su angustia le aconsejó entregarse a un sueño reparador, y que dejase el asunto en sus manos.
- Sí, está bien, te lo agradezco. – Musitó Sarah abriendo las puertas de su cuarto – Ve por Tálamahnk por la mañana bien temprano. Yo… yo tengo mucho en qué pensar.
- Está bien, pero no te enredes demasiado, ¿de acuerdo? – Gennah sonrió afablemente y Sarah se despidió, recobrando un poco de paz.
Ïhónan apenas había alcanzado a quitarse las botas de los pies; todavía descalzo y sujeto a la cabecera de la cama oyó unas pisadas tras su puerta. Aguzó la vista, tendió el oído, al parecer era Irina, que lamentaba caminar descalza con el frío del piso por culpa de su propia pereza, al no desear buscar bajo la cama sus pantuflas. Dina le seguía, repitiendo el alfabeto tal y como se lo habían enseñado. Era porfiada; había resuelto aprender cuanto antes para poder llevar cuenta de todas sus observaciones en papel y tinta.
Detrás de ellas dos, April y Abbie canturreaban la misma lista, con alguna tonadita que hubiesen inventado, tenían una inclinación notable hacia la música. Insistían que de ese modo recordaría más fácilmente las cosas.
El joven Príncipe oyó diluirse la nube de vocecillas en un recodo del extenso pasillo; abrió su cama, refugiándose dentro, y echóse encima toneladas de abrigos. Antes de dormir, tomó con sus dedos el talismán nuevo, su tesoro, su incipiente orgullo, que ahora temía ver trastabillar gracias al juicio inexacto de su padre, y a ése silencio... Todavía le inquietaba eso. No pensó en quitárselo para dormir, ni de broma. Lo sostuvo con sus deditos trémulos, mientras el cuerpo de diamante brillaba ante el oscilar taciturno del fuego de una candela, como siguiendo alguna extraña danza ritual desconocida. Extravió en él su mirar fascinado, disfrutando cada tramo, cada grabado, cada detalle de la luz en él. Lo colocó sobre su pecho, con una leve presión, como intentando convencerse que ése era él, que aquélla distinción le pertenecía, que era real lo que había vivido y ahora sólo le restaba aprender. Que no le sobraba aquella jerarquía, que era tan merecedor de ella como sus antepasados antes que él; y que el prestigio no era algo inalcanzable, pues de la mano de su padre lograría grandes cosas… si no las había arruinado ya.
Con una mueca de disgusto recibió el embiste otra vez de esos temores, agotado por la intensa jornada. Cediendo ante el cansancio, su mitad humana reclamó reposo; sintió incluso inusitado apetito, como si no hubiese comido en días. El crujido de su estómago le obligó a tumbarse de lado; si salía de la cama para pedir un bocadillo su madre lo regañaría.
Reclinó su rostro en la almohada, ocultando el medallón entre sus ropas, y la llama que ardía en el extremo de la vela se extinguió, misteriosamente…
Entrada ya la noche, se oyó el rumor de unas voces acongojadas. Unas como murmullo inaccesible, y otras más claras. Ïhónan abrió los ojos cuando escuchó que le llamaban. El pequeño aprendiz tendió el oído primero, como buen hijo de rapaz que era, pero al no percibir movimientos, instintivamente encendió la vela. La luz amarillenta devolvióle su cuarto vacío; nada en las ventanas, ni en la biblioteca, ni en el sillón o el escritorio. Con escrupulosa táctica paseó su vista a través de los techos; nada.
Decidió que había sido un sueño pasajero, después de todo, su ser entero estaba cambiando; mas al recostarse de nuevo, he aquí otro musical llamado.
- Ïhónan… Ïhónan…
- ¿Nán…?
Sentóse en el lecho de nuevo; no estaba asustado, pero sí muy tieso. Molestábale hasta cierto punto no estar seguro de la naturaleza del fenómeno, no ser capaz de encontrar su origen ni dominarlo. Las voces se tornaron apremiantes, como si quisiesen advertirle de algo, pero él no hallaba a nadie en derredor, ¿cómo ofrecer su ayuda? Saltó de la cama, como preparándose a no contar con ataduras si algo se manifestaba y no era demasiado amigable. Eso se lo había enseñado su padre: "Nada de temor. Nada que te ate al suelo. Boca cerrada. Oídos despiertos."
Las voces fluctuaron, confusas; lejanas unas, próximas otras; se oyó a una niña sollozar, Ïhónan creyó reconocer a Irina. Un escalofrío le recorrió la espalda, ¿y si se hallaba en problemas? ¿Cómo dilucidar si era verdad o un engaño de alguien más?
- ¿Iri? – llamó. Pero nadie respondió.
Otras voces se unieron a la borrosa sinfonía; imprecisas, difusas, ininteligibles. Parecía el conversar que puede uno escuchar en medio de una gran reunión de gente. Ïhónan acaricióse la frente, le acechaba una jaqueca. No comprendía nada de lo que estaba ocurriendo, mas, tozudamente, enfocó nuevamente el oído. "Ante la duda, fíate de tus instintos. Tu ser es capaz de ver más allá de lo tangible", otra máxima de su padre. Las atesoraba todas, no había olvidado ninguna, así que como buena ave rapaz, Nán olvidó la vista por el momento y se tendió a escuchar. Esta vez parecía rastrear, como escogiendo una voz al azar; una que pudiera perseguir y encontrar; debía ser organizado.
Llevóse otra vez por delante a la voz que lloraba. Parecía pertenecer a su hermana, cosa que le ponía los pelos de punta. Sujetó su primer impulso nervioso, echando mano a su incipiente equilibrio; y con todo su ímpetu persiguió aquel clamor con ahínco, hasta que, poco a poco, comenzó a tornarse más claro. Silencio, silencio de su parte; como el búho cauteloso que sólo espera los susurros de la noche. Inmóvil en su sitio, recibiendo del entorno todo lo que le era útil. La voz tornóse potente, por encima de toda la otra marea de voces; éstas, a su vez, fueron menguando gradualmente, hasta que sólo se oyó la que Nán había escogido. Parecían hallarse sólo ellos dos en la alcoba: el Príncipe y el extraño lamento. Entonces sí, hallado el objetivo, el búho podía izar las alas por fin.
- ¿Iri…?
- ¿Nán? – alguien le respondió.
- ¿Iri? – El niño aún no abría los ojos - ¿Qué tienes?
- ¿Dónde estás? No puedo verte – sollozó ella.
- Espera ahí. Iré a buscarte. – ordenó el aprendiz; abrió paulatinamente los ojos y he aquí no se hallaba ya en su cuarto. Una nube como de tamo, de colores difusos, se aquerenciaba en el entorno impidiendo ver más allá de unos cuantos pasos. Como una niebla vaporosa, pero impenetrable. La voz de Irina volvióse casi palpable, se hallaba allí, unos metros adelante. Sentada en el suelo, con el camisón puesto y enjugándose alguna lágrima del rostro.
- ¿Iri?
- ¡Nán!
Imposible describir el rostro de dicha de la niña por haberse visto hallada; corrió a su encuentro, abrazándole con todas sus fuerzas.
- ¡Nán!
- ¿Dónde estamos? – quiso saber su hermano. La había hallado, más no se explicaba cómo.
- En mis sueños. – respondió ella, con naturalidad. Acabo de quedarme dormida.
- ¿Qué?
- ¡Sí, de verdad! ¿Qué, tú estabas despierto?
La espontaneidad de la muchachita exasperó al niño, ¿desde cuándo se paseaba ella en sueños?
- ¡Claro que sí! – Chilló ofuscado, creyendo que le habían tenido al margen de un suceso importante - ¿Cómo haces esto?
- ¿Hacer qué? – Sonrió su hermana – Yo no hago nada, sólo duermo. Dime tú cómo haces esto, que te metes en los sueños de otras personas.
- ¿Yo? Yo no me… - Nán detuvo su parlamento. Comenzaba a rumiar lo que le habían dicho. ¿Y si era cierto? ¿Y si realmente todos estaban durmiendo y quien se paseaba impunemente por sus cerebros era él? - ¡Guau…!
- ¿Guau, qué?
- Iri, no me lo vas a creer, pero yo estaba despierto cuando te escuché – comentó el niño, entusiasmado – En realidad, escuché a un montón de personas… - se detuvo de nuevo; su mente reunía mucha información, intentando comprender el asunto.
- ¡Guau, eso nunca me ha sucedido! – sonrió la niña. – Sí que te estás poniendo raro. ¿Así se siente la magia?
Ïhónan meditó unos instantes, incapaz de comprender la total envergadura de lo que estaba ocurriendo.
- ¿Y tú cómo sabes que estás dormida?
El semblante se Irina se entenebreció de temor.
- Porque tuve una pesadilla. – explicó. – Y cuando se detuvo, aparecí aquí.
- ¿Por eso llorabas? – Inquirió el muchacho - ¿Qué has visto?
- Vi a papá y a mamá sintiendo vergüenza de mí. – Masculló la princesa, al filo de hacer pucheros – Me vi incapaz de hacer nada… una lela.
Nán dibujó una mueca, inquieto por el súbito dolor de la pequeña; no era bueno conteniendo a sus hermanas como sabía hacerlo su madre, y temió no serle útil, no poder aliviarle en nada.
- No pasa nada. – Arguyó, vacilante – No somos iguales, Iri. Yo soy dos años mayor que tú. Ya verás que mamá tiene razón, y nos darás una sorpresa a todos.
- No es verdad. – Chilló ella, frustrada – Yo nunca podré hacer las cosas que haces tú, no puedo imitarte.
- Pero, ¡si ni siquiera te ha llegado el don, cabeza dura! ¿Cómo sabes que no puedes, si nunca has probado?
- Porque me da miedo siquiera pensarlo.
- ¿No quieres ser bruja…?
- ¡Claro que sí! – Pataleó la pequeña - ¡Pero me da miedo! ¡Mírate! ¡Estás aquí, metido en mi sueño! ¡No me explico cómo puedes hacer esto y tú de lo más tranquilo!
Nán soltó una carcajada.
- ¿Quieres venir conmigo a ver qué cosas sueñan los demás? – espetó el muchachito, con total desfachatez. El llanto de Irina se detuvo. No era muy paternal que digamos, pero el aprendiz era muy habilidoso para lograr que las niñas cambiasen el foco de su atención de inmediato.
- ¿Eso se puede hacer? – la angustia de la princesa menguó, de súbito - ¡Claro!
- ¡Excelente! ¿A quién molestamos primero?
- ¡A Dina! – rió Irina, maliciosa.
- ¡De acuerdo! – respondió Ïhónan, feliz por verle entusiasmada. Sin embargo, no satisfecho del todo, y denotando un dejo de madurez primitivo (que maduraría a través de los años) le abrazó por los hombros como si se hallasen al filo de un acantilado – Oye Iri, ¿qué es lo que más te gustaría hacer cuando se despierte en ti el poder?
- ¡Volar! – La niña extendió los brazos, como una paloma - ¡Quiero ver todo lo que tú nos has dicho!
- ¡Perfecto! ¡Éste es tu sueño, y puedes hacerlo! – rió el aprendiz, y antes de que la niña pudiese recapitular sobre el asunto, haló de su mano en un salto hacia el vacío.
- ¡Aaaaagghh…! – Irina aulló, mas al instante sintióse flotar; abrió los ojos de par en par y he aquí era un ave, un ave grande, de hermoso plumaje mullido y muy blanco. No pudo saber qué especie encarnaba sin contemplar en algún momento su reflejo, pero el cielo entero le abría sus puertas, y por debajo, una sábana inmensa de verde pradera se escurría veloz como el rayo. Una sombra pareció tenderse sobre su ella. Un cosquilleo repentino recorrió la sensibilidad de su cabeza como advirtiéndole sobre alguna presencia que agitaba el aire. Precisamente, al instante, la corriente pareció contonearse y, no supo cómo, pero su cuerpo albo supo con certeza que alguien cortaba el aire por encima de ella. Oteó, elevando el pico, y he aquí un búho pardo, atigrado, que le observaba atento con sus enormes ojos bermejos y una envergadura por demás prominente. Llevaba las pupilas amplias y el iris rojo fuego, las garras negras y un par de enormes plumas erguidas como dos cuernos. Le reconoció inmediatamente. ¡Nán!, quiso gritarle, pero de su grácil pico curvo sólo emergió un chillido. El búho le respondió, con todo el poder de su voz; batía las alas por encima de ella, como el águila que cuida de su descendencia cuando apenas inicia el primer vuelo. Irina agitaba las suyas propias, le era imposible creer lo que estaba sucediendo. ¿Se hallaban volando realmente o era todo un obsequio de su hermano mayor? De pronto recordó que se hallaban en su sueño y la visión se disolvió, cayendo la muchachita en un tibio cúmulo de nubes blancas, que le hizo rebotar y soltar una carcajada.
De pronto atisbó una mancha parda en el cielo que se aproximaba a toda velocidad; trazó una curva en el aire y volvióse visible: era el búho atigrado. Alabeó nuevamente y lanzóse en picada, desvaneciéndose, suavemente, hasta dejar caer a su lado al joven Príncipe de palacio.
Irina desbordaba de alegría, riendo de la travesura; el niño le imitó, divertido, luego recordó su idea.
- ¿Vamos donde Dina?
- ¡Sí…!
Hallar al hada extravagante no fue difícil, sólo brincar de la nube con decisión y caer dúctilmente dentro de los pasadizos oscuros en el subsuelo del laberinto.
- ¿Aquí? – inquirió la pequeña Irina, echando una ojeada alrededor; era uno de los tantos pasajes que ornamentaban los costados más fuertes del reino de Jareth, que le diesen fama y nombre: el impenetrable laberinto. Era aquél un rincón oscuro, un atajo entre el Patio Circular – el que ostentara el reloj de sol – y las puertas de los Caballeros Rúnicos. Nán llevóse el dedo índice a los labios.
- Shh…
Allí, en la penumbra, descubrieron lo que parecía presentarse como la entrada a un cuarto secreto. Había una gran biblioteca, un amplio escritorio, un candelero, y sobre la alfombra desperdigados, miles y miles de libros escritos por Dina. Irina rió por lo bajo descubriendo el argumento de aquél sueño; Dina era reconocida por sus descubrimientos acerca de la animalidad de los humanos y aquel cúmulo de conocimiento era atesorado con ahínco por muchos seres místicos ya que declaraban detalles vitales de su investigación.
Nán sonrió de lado, sin emitir sonido. Cruzó miradas con su hermana, alistándose a la invasión de aquél sueño, mas el susto se lo llevaron ellos cuando fueron descubiertos y emboscados por la dueña del espejismo. De alguna manera les había percibido y todo el entorno había cambiado súbitamente ante la voluptuosa imaginación de una mente inestable. Con grandes risotadas, el hada que ya no volaba cayó sobre ellos con redes de lianas. Ninguno de los dos hermanos había logrado hacer nada, la dueña del sueño era Dina, y la exultante anfitriona prorrumpía a gritos que por fin tenía encerradas a sus mascotas. Nán se retorció, eludiendo el control de Dina sobre su sueño; tornóse búho y rompió las lianas con el pico. Echó a volar entre chillidos y la expresión sorprendida del hada; Irina intentó imitarle pero sólo consiguió rodar por el suelo como un costal de papas.
Dina intentó asestarle al aprendiz de aguilucho algún manotazo para interrumpir su vuelo, pero trastabilló y se fue de bruces sobre Irina. Evitando sus hábiles manos, Nán volvió grupas y el candelero se les vino encima. La alfombra del piso ardió en súbitas llamas y todos gritaron de miedo. Nán se había vuelto niño de nuevo, berreando furioso al adivinar chamuscadas sus plumas; Dina estalló en carcajadas e Irina hizo lo propio, muy divertida.
De pronto toda la acción hizo una pausa; las luces se extinguieron suavemente y tanto sonido como visiones se evaporaron en el aire.
Nán abrió los ojos, de pie junto a su cama; la llegada del alba irrumpía a través de su ventana y a través de su cuerpo un rugido de hambre le taladró el estómago. El muchachito bajó la vista, observándose a sí mismo; su mente divagó acerca de lo que había visto y oído, ¿habría sido verdad? Oteó su alcoba de un extremo al otro y no halló motivo de dudas, al parecer se hallaba todo en su sitio y era ciertamente de día. ¿Se habría inmiscuido realmente en los sueños de otras personas? ¿Habría vivido otra experiencia fenomenal emparentada con sus dones? Sonrió malicioso, ¡guau! ¡Lo que diría su padre! ¡Sí, tenía que contarle! Tal vez con ello el Rey elevase el concepto que guardaba sobre su hijo. Un leve resquemor le recordó el inquietante silencio de su padre en la cena de la noche anterior… ¡si tan sólo pudiese saber si estaba conforme con él o no! Nada anhelaba más que enorgullecerle, pero… Pero Jareth sabía reservarse demasiadas palabras de aliento para con él.
Nán hizo una mueca de leve frustración; el frío del piso le despertó gradualmente de sus lucubraciones… y también el hambre. ¡Cuánto apetito! No recordaba la última vez que se había sentido famélico. Ojalá la tía Gennah se hallase haciendo chocolate. Y pastel de vainilla, obviamente.
Una dulce voz se oyó al otro lado de la puerta; una voz que Nán no conocía. Le saludó con amabilidad y le indicó que se vistiera para desayunar.
- Alteza, su madre y sus hermanas le esperan.- añadió esa voz, además.
Ïhónan no le reconoció; no se trataba de Gennah, ni de algunas de las enanas ancianitas que pululaban en la cocina – ellas no le llamaban de usted, era demasiado joven para ello. Frunció el ceño, intrigado, y se dispuso a vestirse de inmediato. Desprendióse del pijama, calzóse los pantalones, las botas, la camisa y la chaqueta; abotonóse el abrigo tan pronto como sus dedos coordinaron esfuerzos y corrió hasta la puerta, sin caer en la cuenta de que no se había cepillado el cabello.
Tomó el aro de bronce que ornamentara felizmente el sitio de la perilla y haló de él con fuerza, para recibir al visitante y saciar de paso su curiosidad. La robusta madera de roble quejóse una vez más, como cada día al salir de la habitación, y he aquí tras la puerta, una hermosa jovencita de ojos casi translúcidos que le aguardaba con una sonrisa de contemplación.
Su primera impresión fue algo inquietante. Los ojos de Tálamahnk parecían estar suspendidos en el aire, o más extraño aún: en un medio acuoso. Brillaban tanto y eran tan puros, como dos perlas apenas robadas al océano. Su mirar era tan tierno, tan manso, que el niño creyó no haber visto nunca cosa semejante. Llevaba los cabellos largos casi hasta el suelo y una minuciosa trenza de imposibles diseños que le coronaba las sienes, tejida con hebras de su propia cabellera. Canutillos dorados mantenían rígidos dos mechones, que descansaban sobre su espalda, entre ala y ala, ¡porque la niña tenía alas! Llevaba puesto un vestido de lino muy fino, cuyas faldas lustraban el camino por donde andaba, y pestañas tan negras y largas que era imposible ignorarlas. Ïhónan ancló en aquella niña sus enormes ojos verdes y paralizóse viéndole de manera burra; si hubiese sido mayor, aquella reacción le hubiese costado la burla de una jornada completa.
Jamás había visto una sílfide tan de cerca, si bien sabía de la existencia de su pueblo. Lo que ignoraba, por ejemplo, era que tan precioso diseño en sus alas careciese de color alguno. Tampoco poseía tintes en su ropa, o su cabello; el lino blanquísimo parecía fundirse con su cabellera nívea. No sospechaba que fuesen tan desabridos, ¿cabellos blancos y ojos grises? ¡Qué antojo de la naturaleza! Eran como fantasmales, mejor no encontrarse con uno en un pasillo oscuro si se sufría de nervios.
- Buenos días, Príncipe Ïhónan. – saludó ella dulcemente. – Mi nombre es Tálamahnk, soy amiga y sierva de vuestra madre, me enviaron a por usted. ¿Cómo se siente hoy?
Ïhónan frunció el ceño, eso de que le llamaran como a un adulto no le gustaba para nada.
- Muy bien – respondió, con recelo, y le resultó imposible ocultar su inquietud. ¿Cómo estaba eso de que le enviaban a buscarle? ¿Por qué a ella,… y quiénes?
- Qué bien – sonrió Tálamahnk – Entonces, venga conmigo, por favor. Lo llevaré donde su familia.
¿Con ella? Nán agazapó su cabeza entre sus hombros unos segundos; lucía tan extraña… Bonita, pero extraña. ¿De dónde habría salido? ¿Su madre estaría en sus cabales? Oteó a la muchachita, ésta le sonrió. Él torció el gesto pero se irguió, petulante; un mago siempre se mostraba digno y valiente.
- Está bien – dijo con aires de autoridad; enderezó correctamente su postura y se dispuso a caminar en su compañía hasta la mesa del desayuno. Levantó el mentón, afilando su expresión más rígida, y como todo un soberano dio el primer paso que puso en marcha el recorrido. Su gallardía para ignorar que la niñita fuese incluso mayor que él en estatura era algo enternecedor. Petulante y de un inmenso amor propio, hizo caso omiso de cualquier conversación que lo dejase en desventaja. Fijó sus ojos a lo lejos y no dijo nada.
- Tal vez me vea usted más a menudo… - comenzó a decir Tálamahnk, como al pasar, y tomóse tiempo para elegir la siguiente frase; era poseedora de teorías de la salud pero no de socialización con niños – Su madre me ha pedido que observemos esas fiebres,… puede llamarme Tallie, si lo desea.
Nán dibujó una mueca de incomodidad. ¿Qué? ¿Cómo estaba eso de observar esas fiebres? ¿Qué sabía ella de su descompostura de la noche anterior? ¿Ya le habrían ido con el cuento? Irina, seguramente. ¿Sería amiga suya? No, si lo fuese ya le hubiese visto antes. Pero, ¿cómo era que había dicho? ¿Observar fiebres? ¿Quién demonios las observaría? ¿Ella? Soplóse el flequillo del rostro, casi exasperado; la cosa no se mostraba satisfactoria ni ahora ni a futuro. No entendía nada y continuaba aguijoneándole que le dijese usted.
Un resoplo fue todo cuanto escapó de su boca; Tallie supo que no era diestra en el arte de negociar con niños, y se dijo a sí misma que debía prepararse para ser competente.
- Deberá contarme acerca de usted – intentó de nuevo la sílfide – Qué le gusta hacer, a dónde le gusta ir…
Nán era veloz y esa apariencia sacerdotal le había puesto nervioso.
- ¿Para qué? – Disparó, molesto - ¿Vas a seguirme a todos lados?
Y Tallie lo empeoró.
- Así es…
Un respingo indignado le otorgó al muchacho una energía desbordante para berrear por lo oído, pero ya habían alcanzado el salón comedor y su irritación debió atorarse en su garganta. Las puertas se abrieron, escapando hacia el pasillo los aromas dulces y cálidos de los bocadillos y las miradas risueñas de Irina, Dina, y las demás niñas. Tallie lucía tan apacible, como si nada le perturbarse, como si se hubiese bebido un río entero de té de tilo; pero Ïhónan rumiaba, colérico; no se hallaba del todo consciente a la hora de su primera fiebre, y por ende no le recordaba. No tenía idea que había sido ella a quien su tía había ido a buscar y gracias a quien se aliviara su cuadro. ¿Quién era esta chiquilla para acercarse descaradamente a anunciarle que de ahora en más sería su sombra? ¿Serían ideas de su madre? ¿Por qué? ¿Qué había hecho mal? ¿Acaso él era el único que vivía en aquella realidad y era afectado por lo que ocurría? ¿En qué extraña nube estaban los adultos?
- Buenos días, mi amor – su madre había salido a su encuentro y le besaba en la mejilla. Ïhónan oteó; Tallie se apartaba con una sonrisa hacia un rincón perdido del inmenso salón.
- ¡Mamá…! Mamá, tengo que hablar contigo – balbuceó el niño, intentando sobrevivir al afecto materno – Ella…
- Oh, sí, ella – sonrió Sarah – Su nombre es Tálamahnk. Tal vez puedan ser amigos.
Aquello sobresaltó al chico; ¿qué? ¿Amigos?
- Pero, pero,… ¡mamá! – chilló; ¿acaso era una broma? - ¡Es…!
- ¿Es…?
- ¡Es…es…! – gruñó el aprendiz, ofendido. No encontraba epíteto capaz de descalificarla para ser miembro de la gente que le rodeaba, pero de todos modos intentó hacerlo. Era demasiado extraña e insípida, y eso de que le escogieran amigos no le agradaba para nada. No esperarían que jugara con ella, ¿verdad?
Sarah soltó una carcajada, la indignación del pequeño era tan transparente. Colocóse en cuclillas, le abrazó y le besó de nuevo.
- ¿Es muy alta…? Sí, lo es. Y no digo que tú seas bajito. – Rió, enternecida; Nán frunció los labios, furibundo; ¡perfecto! Ahora tenían de qué reírse las niñas. Ojalá no lo hubiesen oído. – No te preocupes, cariño. Ella estará cerca por si le necesitamos, pero no te perseguirá, créeme.
Ïhónan suspiró, algo incrédulo, y tan pronto como su madre se levantó de su sitio, Irina y Dina por poco se le echan encima.
- ¡Anoche soñé contigo, Aprendiz!
- ¡Yo también!
