Sesshoumaru pudo sentir que su mujer se encontraba un poco inquieta. El sonido de los latidos de su corazón no era el mismo de siempre, estaba acelerado y su respiración era errática. Seguramente estaba teniendo alguna pesadilla.
Antes de que la pudiese calmar, abrió los ojos y lo miró, pero había algo en su mirada, era como si estuviese triste, asustada, arrepentida.
"Kagome te encuentras bien?", le preguntó gentilmente mientras le daba un pequeño beso en la frente.
Ella, por otro lado, quería llorar, quería esconderse. Sesshoumaru estaba siendo tan bueno, la estaba cuidando, le estaba dando toda su confianza y ella lo iba a traicionar, iba a irse sin decirle nada.
'Lo tengo que hacer, tengo que hacerlo si no quiero que le suceda nada a Inu-chan', se repitió a si misma respirando hondo y tratando de mantener la compostura. Sabía que cuando su taiyoukai se diera cuenta de lo sucedido no la perdonaría jamás, pero al menos salvaría al pequeño de ese hombre infernal y tendría la oportunidad de acabar con él.
"Hai, no me sucede nada", le respondió con una de sus mejores sonrisas, con una de esas sonrisas que tanto amaba el joven inuyoukai y como él no pudo percibir que algo le estuviera molestando le señaló a su padre que aún no era tiempo de que le dijera nada de ese ser.
Ellos se encargarían de todo. No había porque preocupar a su mujer.
(1)
Acababa de decidir darle de una vez la noticia. Ella a pesar de ser una inuyoukai aún no lo podía percibir ya que el primero en notar la presencia era el padre así que estaría muy orgulloso de decírselo.
"Kagome hay algo que tengo que decirte", comenzó, acariciando su rostro con una de sus manos, mientras que la joven miko lo observó confundida.
"Qué cosa?. Sucede algo?", preguntó algo preocupada, no podría aguantar que otra cosa mala estuviera sucediendo.
El inuyoukai sonrió, una pequeña pero hermosa sonrisa, una que dejó a su padre completamente pálido debido al tremendo shock de observar a su hijo sonreír nuevamente después de tantos años.
Izayoi, que afortunadamente ya se había calmado, simplemente observó calidamente a los dos jóvenes. Seguramente le daría una buena noticia.
Kagome por su parte quedó hipnotizada, Sesshoumaru era tan guapo cuando sonreía, tendría que convencerlo de que lo hiciese más seguido. Aunque él ya le había dicho que lo haría solo para ella, no podía detener aquella sensación cálida que recorría su ser las pocas veces que lo había visto sonreír.
Aquello la hizo serenarse considerablemente, ya que significaba que lo que le iba a decir no era nada malo.
"Estas embarazada koishi".
La muchacha escuchó claramente lo que dijo y por unos segundos se quedó observándolo con el rostro en blanco, libre de cualquier emoción y el joven inuyoukai que la tenía sostenida sobre él llegó a pensar que le había disgustado la idea.
Tuvo que admitir que se sintió muy mal, pero después de unos buenos quince segundos todo cambio.
(2)
"Estas embarazada koishi", le escuchó decir y se demoró un buen rato en digerir la información, para luego levantar una de sus delgadas manos y ponerla justo sobre su boca.
Cristalinas lágrimas de felicidad empezaron a resbalar por su rostro. Estaba embarazada, estaba esperando un hijo de ella y Sesshoumaru, de su Sesshoumaru. Un pequeño hecho con el amor que se tenían el uno al otro.
En un dos por tres se tiró sobre su esposo, abrazándolo fuertemente de cuello, hablando entre sollozos llenos de alegría.
"Estoy embarazada, voy a ser mamá. Vamos a ser papas, Sesshoumaru vamos a tener bebes", le decía al oído y el inuyoukai no pudo evitar sonreír.
Estaba demasiado feliz como para molestarse en controlar sus emociones, y por más que se dijo a si mismo que jamás sonreiría ante otra persona que no fuera su mujer, no se pudo aguantar, el momento lo ameritaba, así que la cogió de la cintura separándola un poco de él para besarla tiernamente.
"Aishiteiru Kagome", le susurró esta vez al oído y la joven sonrió, sonrió por última vez, ya que pronto tendría que salir de ahí; pero esta vez tendría más cuidado, tendría mucho cuidado de lo que hacía, no podía arriesgar la vida de sus pequeñitos.
Inu-Taisho sonrió, al menos en medio de toda esa desgracia algo bueno había sucedido.
Aunque recién se estaba recuperando del hecho de ver a su hijo sonreír, lo cual fue algo que verdaderamente lo dejó sin palabras, tenía que admitir que estaba muy feliz por su hijo mayor. No podía esperar a ver a sus nietos, o nietas, pensó con una sonrisa. Pero ahora era tiempo de descansar.
"Felicitaciones Kagome chan, veo que el esfuerzo de mantenernos a todos despiertos dio sus frutos".
Muy bien, había prometido que no lo molestaría pero no se pudo aguantar.
La jovencita se sonrojó como nunca antes en su vida y cubrió su rostro en el pecho desarmado del inuyoukai quien miró a su padre de manera completamente desagradable dándole un gruñido.
"Sabes padre, un día de estos este Sesshoumaru se asegurará que no vuelvas a decir ninguno de esos absurdos comentarios tuyos".
El gobernante de las tierras del oeste dio una hermosa sonrisa.
"Estas amenazando a tu padre?, al ser que te dio la vida?", le respondió y Sesshoumaru dio un frustrado gruñido luchando para que una sonrisa no volviera a plasmarse en sus labios. Aquello ya se estaba volviendo rutinario, pero definitivamente probaba ser un buen entretenimiento, hasta para él que siempre era el agraviado.
Justo en ese instante todos los que se encontraban ahí presentes percibieron una extraña sensación, Kagome observando a los ojos a su taiyoukai y luego padre e hijo mirándose a los ojos.
Inu-Taisho abrazó a su mujer, era como si algo penoso estuviera por suceder, como si esa fuera la última vez en la que se encontrarían de esa manera.
Ninguno se dio cuenta de que los demás también sentían lo mismo y dejaron pasar aquella sensación, cada uno alegando sus propias excusas.
(3)
Después de que se desearan las buenas noches y que Izayoi le pidiese las respectivas disculpas a la inuyoukai por haber sido tan impulsiva, cada uno se retiró a sus aposentos.
Sesshoumaru se rehusó completamente a soltar a Kagome, llevándola cargada hasta el dormitorio y dejándola bien sentada en la cama mientras él se ponía una hakama para dormir.
La muchacha observó su cuerpo y se sonrojó por causa de las sonrisas descaradas que le mandaba su esposo, hasta que él estuvo listo y se tiró en la cama.
Kagome se paró inmediatamente, guiñándole un ojo a su inuyoukai, sacando un hermoso camisón de dormir del gran armario al que ya habían pasado todas sus pertenencias, ya que ahora dormía en el dormitorio de Sesshoumaru como debía ser.
Se pausó antes de ponérselo para observar su vientre. Lo acarició suavemente, seguramente dentro de unos días crecería un poco.
Ella lo recordaba. Cuando se encontraba en su mundo estudiando el Japón antiguo y leyendo sobre los youkais, también se informó de que los embarazos entre dos youkais de sangre pura solamente duraban un mes; mucho mejor para ella, así no tendría que pasar por aquellos temibles nueve meses de un embarazo humano.
Ahora que lo pensaba no sentía melancolía alguna por su tiempo, porque muy dentro de ella sabía que volvería a ver a su familia y también se sentía muy agradecida de haber caído por ese bendito poso. De no ser por eso, ahora no estaría con la persona que más amaba en el mundo.
(4)
Todos sus pensamientos fueron cortados cuando sintió la silueta del inuyoukai pegarse a la suya, sus fuertes brazos rodeándola, haciendo que suelte la ropa de dormir que con la justas llevaba sujetada a la cadera.
Movió su cabeza para el lado izquierdo, dándole un mejor acceso a su cuello y el inuyoukai no perdió la oportunidad y comenzó a besar y a lamer, mientras acariciaba suavemente su vientre, para luego voltearla y levantarla, capturando sus labios en un cálido beso.
Las piernas de la miko inuyoukai rodearon la delgada pero fuerte silueta del joven, quien la llevó a la cama y la recostó posicionándose sobre ella.
Esa noche los dos se entregaron el uno al otro nuevamente, besándose, acariciándose y amándose, dejando de pensar en todos los problemas que habían a su alrededor por esas horas en las que los dos se pertenecieron nuevamente, hasta que quedaron rendidos en la cama.
El joven le murmuró al oído a su pareja cuanto la amaba para luego permanecer plácidamente dormido a su lado, abrazándola sin intenciones de dejarla ir a ningún lado.
(5)
Kagome esperó, esperó que se pasaran unas cuantas horas para levantarse muy delicadamente, soltándose del fuerte agarre que el joven taiyoukai tenía en ella.
Caminó hacia donde había dejado olvidado su camisón de dormir, poniéndoselo, cuidando de no hacer ninguna clase de ruido, ya que no tenía tiempo de ponerse el kimono que había llevado para ir al festival.
Una vez que terminó se acercó al taiyoukai, acariciando suavemente su rostro y se agachó un poco para darle un beso.
"Gomen nasai Sesshoumaru, gomen nasai", le susurró al oído desapareciendo casi instantáneamente del dormitorio, utilizando toda la velocidad demoníaca que poseía para salir en menos de segundos de la casa de la luna.
Desafortunadamente se encontró en la reja con unos muy sorprendidos Sango y Miroku que acababan de regresar caminando del festival.
La neko youkai observó a su amiga en ropa de dormir e instantáneamente tuvo un mal presentimiento.
"Kagome a dónde vas así. Dónde esta Sesshoumaru", le preguntó, pero la muchacha dejó caer una solitaria lágrima de uno de sus hermosos ojos dorados.
"Kagome sama se encuentra bien?" dijo esta vez el kaze youkai quien a la vez se estaba comenzando a preocupar, definitivamente algo no estaba bien.
La muchacha solamente respondió: "Voy a salvar a Inu-chan", en un casi inaudible murmullo para salir a toda velocidad de ahí, en una mezcla de blanco y plateado, siguiendo esa extraña quemazón en su rostro, justo en el lugar donde aquel hanyou la había golpeado.
Extrañamente aquella sensación le estaba guiando por donde ir.
Sango y Miroku se observaron el uno al otro.
"Esto no puede estar bien, Kagome estaba completamente desesperada. Tenemos que avisarle a Sesshoumaru", dijo la neko youkai, y su compañero asintió, encaminándose los dos hacia la casa de la luna. Estaban seguros que lo que estaba a punto de suceder desencadenaría una catástrofe.
(6)
Kagome corrió como nunca en su vida, ni siquiera era consiente de todo lo que se había alejado del territorio de la casa de la luna. y tampoco le importaba. Lo único que quería era salvar al pequeño Inuyasha.
Cuando por fin su rostro dejo de quemar se quedó pasmada al observar frente a ella un sombrío castillo, su estructura típica de alguna casa de los terratenientes de esa época, cubierto por una especie de neblina violeta.
Tuvo que cubrirse la nariz ya que el aroma proveniente de ese lugar estaba provocando que se mareara.
De un momento a otro escuchó nuevamente la voz de ese vil hombre.
"Veo que has llegado sin ningún problema Kagome. Ven hacia mí, ven para que pueda dejar ir al bastardo de Inu-Taisho".
Sin pensarlo dos veces se dirigió al castillo, caminando hacia una entrada que ni ella misma conocía. Sentía como si sus piernas la llevaran por su propia voluntad, como si la estuvieran arrastrando lentamente hacia ese lugar.
Llegó después de unos momentos a lo que parecía ser el salón principal de aquella casa e igual a como sucedió en sus sueños, de las sombras salió aquel hombre cubierto en una piel de mandril; sus ojos rubí la obsevaban con malicia.
"Veo que cumpliste tu palabra", le dijo acercándose peligrosamente a ella, cogiéndola fuertemente de la cintura para acercala a él y oler su exquisito aroma, dando un gruñido al percibir la esencia de Sesshoumaru mezclada con la de ella.
"Ahh, así que te despediste de tu esposo. Que tierno de tu parte".
"Déjame decirte que es perfecto, ya que a partir de este momento no volverás a recordarlo jamás".
La muchacha se quedó completamente rígida cuando el hanyou se le acercó, teniendo que contener las ganas de clavarle sus garras, primero tenía que asegurarse de que Inuyasha se encontrara bien.
Aunque lo que le dijo sobre Sesshoumaru la asusutó un poco, decidió no prestarle atención y utilizando un poco de fuerza logró separase de él.
"Inuyasha, dijiste que lo liberarías si yo venía hasta aquí", exclamó en tono firme y el hanyou sonrió.
"Es cierto, por un momento lo había olvidado, pero ya que tu cumpliste con tu palabra, yo también cumpliré con la mía", diciendo eso hizo tronar sus dedos y un viento muy fuerte se apoderó por unos instantes del lugar.
"Listo, en estos instantes Kagura está regresando al mocoso donde su padre".
La joven lo observó incrédula.
"Kagura?", preguntó sin querer, y el hanyou se aprovechó de su falta de concentración para sostenerla fuertemente, y con una de sus manos coger de manera nada gentil su rostro, acercándolo al suyo.
"Ahora Shikon no tama, vamos a hacer unos pequeños ajustes en tu cuerpo y en tu mente".
La muchacha comenzó a forcejear sin querer utilizar toda su fuerza por miedo a herir a sus cachorros.
"Qué es lo que dices, suéltame, no me toques", logró decir mientras continuaba sus intentos de safarse.
"Para qué crees que te mande a llamar Kagome?, para verte la cara?", le dijo y la besó de manera bruta y violenta, maltratando sus suaves labios.
Obligándola a que abra la boca, introdujo su lengua y con ella un líquido violeta, provocando que la muchacha caiga inconciente al piso.
Segundos después la levantó y observó los cambios que se estaban comenzando a dar en su cuerpo.
"Por fin podré tener lo que me merezco", murmuró desapareciendo con la joven dentro del castillo.
(7)
Sesshoumaru no pudo dormir más de una hora ya que no sentía a su lado la calidez del cuerpo de su mujer.
Despertó rápidamente, algo no estaba bien. Donde se habría podido meter Kagome a esas horas de la noche, definitivamente tenía un mal presentimiento.
Inconscientemente se dirigió hacia sus ropas y se vistió con su tradicional kimono blanco y su pesada armadura, saliendo del dormitorio para buscar a su Kagome.
No podía encontrar su presencia por ningún lado, lo cual estaba haciendo que su inu interno comience a desesperarse al no poder saber en dónde se encontraba su mujer y sus cachorros. En ese estado las inuyoukais eran la raza más vulnerable.
Se topó con su padre que a la vez se encontraba completamente vestido, levantando una ceja al observar a Sango y Miroku que venían detrás de él con miradas culpables y preocupadas.
"Qué es lo que está sucediendo?", preguntó notablemente exasperado y su padre suspiró; esto no terminaría bien, lo podía percibir.
"Sesshoumaru, Kagome, Kagome a …", intentó decir la neko youkai, pero no pudo terminar ya que tenía miedo de la reacción de su amigo y estaba demasiado angustiada con lo que le podía suceder a su amiga, abrazando fuertemente a Miroku que se encontraba frente a ella.
El joven taiyoukai dio un gruñido. Algo le había sucedido a su mujer y exigía saber que era.
"Sesshoumaru, Kagome se fue sola a salvar a Inuyasha. En estos momentos debe estar en donde se encuentra Naraku".
Al escuchar eso el inuyoukai comenzó a gruñir de manera amenazante. Sus ojos cambiaon del hermoso ámbar a un rojo que gritaba sangre, la ira consumiendo su ser.
(8)
"Salgan de aquí", pidió calmadamente Inu-Taisho a los dos youkais que se encontraban detrás de él.
"Vayan a avisarle a sus padres que estamos en guerra. No disponemos de mucho tiempo, así que quiero que todos estén listos junto con mi ejército".
Los dos jóvenes asintieron y salieron de ahí a toda velocidad.
El gobernante de la casa de la luna cogió firmemente a su hijo mayor, cuyo cabello estaba siendo levantado en una brisa imperceptible, de los hombros. Si no hacía algo rápido estaba seguro que se iba a transformar y en una ira ciega no iba a parar, destrozando todo lo que estuviera a su alcance hasta encontrar a su mujer.
"Sesshoumaru cálmate, no vas a ganar nada con eso, lo que tenemos que hacer ahora es localizar el escondite de ese maldito y salvar a Kagome cuanto antes".
Lo único que recibió como respuesta fue un ronco gruñido y el joven taiyoukai empujó fuertemente a su padre.
"Kagura está aquí, y con ella esta Inuyasha", dijo en una voz completamente ronca, tratando de calmarse, lo cual era prácticamente imposible sabiendo que su mujer y sus cachorros no nacidos se encontraban en peligro.
"Qué demonios tiene que estar haciendo Kagura con…", murmuró Inu-Taisho, y en ese instante padre e hijo dijeron en unísono: "Naraku", saliendo a toda velocidad uno detrás del otro, hasta llegar al vasto jardín de la entrada de la casa de la luna, en donde para su sorpresa todo el ejército de la casa de la luna, incluyendo a los gobernantes de los puntos cardinales restantes se encontraban formados y preparados para salir.
En el cielo se estaba la kaze youkai con una máscara plateada cubriendo la mitad de su rostro, cargando al pequeño niño en brazos.
Bajó de su pluma demasiado confiada y con una sonrisa en el rostro al observar a Sesshoumaru a punto de perder el control de su youkai interior.
(9)
El príncipe de la casa de la luna se encontraba en un estado muy peligroso para quienes se encontraran a su alrededor y en ese momento no estaba dispuesto a soportar ninguna clase de juego.
Moviéndose tan rápido como los rayos de luz que emanaba la brillante luna cogió a la mujer de cuello, mientras que su padre sin perder el tiempo cogió a su hijo aún inconsciente.
"Dime donde se encuentra mi mujer si no quieres que te rompa el cuello a pedazos", le gruñó fieramente mostrándole sus alargados colmillos, los cuales estaban comenzando a segregar lentamente el mismo veneno que segregaba el látigo de sus garras.
Kagura sonrió malévolamente.
"Y qué gano con decírtelo?".
Mal movimiento, el inuyoukai apretó con todas sus fuerzas el cuello de la youkai, clavando dolorosamente sus garras en la pálida piel.
"Con quién crees que estás hablando?. O me lo dices ahora o tu sangre será derramada por todos los jardines".
Kagura cogió sus manos en un esfuerzo para que la soltara. Definitivamente estaba hablando en serio ya que estaba comenzando a perder la capacidad de respirar y su cuello estaba comenzando a arderle de manera insoportable, lo que significaba que estaba perforando su piel.
Lo último que quería era morir, así que sin pensarlo dos veces le dijo donde se encontraba el hanyou y el taiyoukai la soltó.
Una sonrisa perversa apareció en sus labios, ya no había quien lo parara. Ahora era su youkai interior el que se encontraba bajo el control de sus acciones y para la mala suerte de Kagura, no perdonaría a nadie por el peligro que estaba sufriendo su mujer.
Liberó su látigo venenoso y le quitó la vida a la kaze youkai, destrozando su cuerpo en pedazos y saliendo de ahí a toda velocidad rumbo a donde se encontraba su mujer.
(10)
Todos observaron horrorizados lo que acababa de suceder, pero como todos los ahí presentes eran youkais, comprendían por lo que estaba pasando su señor Sesshoumaru.
Inu-Taisho sin perder tiempo dejó a su hijo en los brazos de Sango dándole un beso en la frente.
"Cuida de él", pronunció exclusivamente para la neko youkai, y refiriéndose a sus soldados y a los demás gobernantes dijo: "No perdamos tiempo".
Con eso salió detrás de su hijo, todo el ejército de la casa de la luna a su espalda, rumbo al escondite de Naraku.
(11)
El hanyou los podía percibir, ya se estaban acercando.
Aquella enfermiza sonrisa apareció en sus labios cuando los sintió entrar a su castillo y escuchó gruñir al hijo mayor de Inu-Taisho.
Se diigió a la muchacha que se encontraba a su lado: "Muy bien Kagome, es hora que me hagas un favor".
La miko estaba observándolo con una mirada rubí completamente vacía, parecía un cuerpo que no poseía alma alguna.
"Ahora escúchame bien, cuando salgas quiero que no descanses hasta matar al inuyoukai que se postrara frente a ti. Su nombre es Sesshoumaru, quiero que lo elimines, me escuchaste?".
La joven lo observó.
"Hai Naraku sama", respondió, su voz completamente libre de emoción alguna.
"Ve", le dijo, y la joven salió lentamente para encontrarse con su presa.
Detrás de donde se encontraba el hanyou unos ojos gigantes y rojos brillaron con intensidad.
"Ahora Ryoukutusei, me parece que tú también tienes trabajo por hacer".
Un gruñido se escuchó y aquella bestia desapareció.
(12)
El ejército de youkai, incluyendo a los dos inuyoukai que se encontraban delante, llegó a aquel lugar cargado de energía maligna, parándose en frente del castillo.
"Sal de ahí infeliz, y dime donde esta Kagome", gruñó el taiyoukai, escuchando una carcajada infernal desde el fondo del recinto.
"No tan rápido Sesshoumaru sama, no queremos quitarle la diversión a los demás que han venido tan cordialmente a ayudarlo verdad?".
Por el que ahora sería el campo de batalla se pudo escuchar una serie de gruñidos.
"Entonces comencemos con la partida", volvió a exclamar el hanyou, dejando a todos pasmados cuando un dragón gigante apareció de la nada frente a ellos.
"Creo que este será su oponente Inu-Taisho sama, o tal vez es demasiado para usted?", dijo dirigiéndose al gobernante de la casa de la luna, quien dio un fuerte gruñido y lo siguiente que se comenzó a ver fue un inu de tamaño colosal, dos veces más grande que su hijo mayor, parado frente a aquél ryu listo para atacar.
El hanyou sonrió descubriéndose y saliendo de entre las sombras.
"Ahora para los demás espectadores", volvió a decir, liberando una horda de demonios que comenzaban a llegar desde la parte trasera del castillo dirigiéndose al ejercito de la casa de la luna, en el cual absolutamente todos se encontraban en posición defensiva, esperando el ataque para responder; no por nada eran conocidos como el ejército más poderoso de todo Japón.
(13)
Una vez que tuvo a todos los visitantes indeseables ocupados se dirigió al taiyoukai, quien cansado de todos los juegos liberó su veneno que estaba comenzando a gotear en grandes cantidades de sus garras.
Corriendo hacia el hanyou fue repelido por una barrera que se formó alrededor de él.
"No tan rápido Sesshoumaru sama, aún no le he presentado a su oponente", dijo haciendo parar justo en donde estaba al joven inu.
El rojo de sus ojos se desvaneció inmediatamente al ver que de las sombras salía una mujer de largos cabellos plateados, casi blancos, con una vestimenta de guerrera, sus ojos de un rojo puro igual que los de aquel ser.
"Hai Naraku sama", mumuró aquella mujer y Sesshoumaru se quedó por primera vez completamente pasmado, esa mujer, era el aroma de su Kagome, ese dulce aroma a rosas y a Jazmines. También podía percibir la presencia de sus cachorros, pero sus marcas habían desaparecido.
La luna que tenía en la frente como señal de que pertenecía a la casa de la luna ya no estaba, ni tampoco aquellas brechas de color magenta. Estaba muy pálida, parecía no tener vida, parecía una marioneta y podía observar como la mordida que le había hecho demostrando que era su mujer se estaba comenzando a esfumar.
Un aullido salió desde lo más hondo de su pecho.
"Qué es lo que le has hecho desgraciado".
El hanyou comenzó a reír apareciendo detrás de la muchacha.
"Vamos Sesshoumaru sama, esa no es forma de tratar a la perla de Shikon. Ahora le aconsejo que se mantenga concentrado, no querrá perder la vida en manos de la mujer que está esperando sus descendientes verdad", dijo dándole un beso a la mujer en el cuello, justo en el lugar donde se encontraba la marca que poco a poco iba desapareciendo, susurrándole algo al oído y provocando que el taiyoukai de un fuerte gruñido.
Como se atrevía a ponerle las manos encima a su Kagome, ahora mismo la volvería a la normalidad, vería otra vez sus hermosos ojos brillantes observarlo, su hermosa sonrisa.
Pero el joven taiyoukai no estuvo preparado para lo que sucedió después. Su mujer, su amada Kagome desapareció y segundos después apareció de la nada delante de él, mirándolo con aquellos ojos completamente vacíos, desenfundando su espada.
"Pelea".
(14)
La muchacha inmediatamente adquirió una postura de pelea, ligeramente inclinada con su larga espada frente a ella; un aura índigo y casi violeta emanaba de ella.
"Qué pasa demonio, no te piensas mover?", le dijo al inuyoukai que se encontraba frente a ella con voz fría y monótona.
(15)
Sesshoumaru no se podía mover, no podía creer lo que estaba viendo.
Su Kagome estaba a punto de pelear con él. Como podía enfrentarse a ella, y menos ahora que estaba embarazada, cualquier movimiento brusco podía hacerla perder a sus cachorros.
Por primera vez en su vida se sintió completamente impotente, no tenía ni la más mínima idea de que hacer. Estaba asustado, el gran Sesshoumaru heredero del trono de la casa de la luna estaba completamente asustado de lo que pudiera suceder, no quería que nada malo le sucediera a su mujer.
Fue sacado de sus pensamientos por su sombría voz: "Qué pasa demonio, no te piensas mover".
Demonio… Esa palabra resonó en su cabeza, esa forma tan despectiva de llamarlo. Acaso no sabía quién era, acaso no se acordaba de él. Tenía que hacer algo, tenía que hacerla entrar en razón.
"Kagome, reacciona, que acaso no te acuerdas de mi?", le gritó esperando lograr algo, pero la muchacha simplemente lo observó de pies a cabeza.
"No recuerdo haber visto a alguien como tú nunca en mi vida. Mi única relación contigo es la de un cazador con su presa, debo aniquilarte", le respondió corriendo a toda velocidad para atacarlo.
El inuyoukai no podía creer lo que estaba escuchando, sus palabras verdaderamente le estaban afectando, que la mujer que más amaba le hablara de esa manera, que no se acordara de todo lo que habían pasado juntos, pensó tristemente mientras dio un ágil salto para alejarse de la muchacha.
(16)
Continó así, escapando de cada ataque que ella le hacía, rehusándose a levantar su arma contra ella, mientras el desagradable hanyou se quedaba sentado en la puerta de su palacio disfrutando del pequeño espectáculo que se estaba llevando acabo frente a sus ojos.
