La joven mujer se estaba comenzando a ofuscar, esto no la estaba llevando a ningún lado, tenía que matarlo y pronto. Sin embargo, había algo en el fondo de su ser que la estaba molestando demasiado, tal vez si se deshacía de ese ser lograría que esa molestia también desapareciese.
"Basta ya de este juego, piensas pelear o no?. Me está cansando que solo huyas de mí, o es que acaso tienes miedo de una mujer", le dijo con una sonrisa maliciosa en el rostro y el taiyoukai dio un gruñido, lo único a lo que él le tenía miedo era a lastimarla.
"No pienso pelear contigo", dijo firmemente a pesar de todo lo que estaba sufriendo al verla así, parándose frente a ella.
La joven apretó su espada con fuerza. Algo no estaba bien, por qué ese hombre no quería pelear con ella.
"Dime, cuál es la razón?. Tengo ordenes de matarte, pero no puedo hacerlo sin que pelees conmigo, esas son las ordenes y las debo cumplir", dijo mirándolo a los ojos.
Se acercó poco a poco a él con una idea en la cabeza, si se rehusaba a moverse entonces no tendría más remedio que matarlo.
(1)
Sesshoumaru la observó cuidadosamente. Estaba siendo manipulada, pero aun así se encontraba decidida.
Atrás de ellos se podían escuchar los gritos de victoria de los youkais pertenecientes al ejército de la casa de la luna y los gruñidos triunfantes de los gobernantes de los puntos cardinales, seguramente Naraku los había subestimado al enviar youkais de bajo rango a pelear contra ellos.
Conocía bien a sus hombres, lo más probable era que hubiera uno que otro herido, pero ningún muerto que lamentar; después de todo, eran el ejército más temido de todo Japón.
(2)
Qué debía hacer, debía pelear contra ella?. No, no podría, aunque quisiera, aunque su honor como guerrero estuviera en juego no podría, no podría levantarle una mano con intenciones de hacerle daño.
No a la persona que le había enseñado tantas cosas, le había devuelto la felicidad, lo había hecho sonreír, le había enseñado a amar, a la persona que lo había echo feliz. Entonces qué?, qué le quedaba por hacer.
"No puedo pelear contigo porque te amo", le dijo suavemente. Sus ojos, a diferencia de su rostro, estaban llenos de emociones, todas las emociones que estaban siendo dirigidas hacia ella y la muchacha esta vez se quedó paralizada en su lugar.
Sus ojos cambiaron por unos segundos de ese horrible color rubí a los hermosos ojos dorados que había adquirido gracias al inuyoukai que se encontraba frente a ella.
Cuando lo escuchó decir eso algo resonó dentro de su ser.
Por qué?. Quién era esa persona?, por qué decía que la amaba?. Estaba completamente confundida.
Hace algunos segundos hubiera jurado que quería acabar con su vida cueste lo que cueste, pero ahora había un dolor en su pecho que no la dejaba moverse.
(3)
Naraku observó la reacción de la sacerdotisa.
Al parecer no había logrado controlarla del todo, sino, no tendría por qué haber reconsiderado al escuchar las palabras del molesto taiyoukai.
Comenzó a murmurar algo lentamente, palabras completamente in entendibles. Si no había podido dominarla con ese fuerte veneno no había nada que lo hiciera, tarde o temprano recuperaría su conciencia, pero al menos con ese hechizo lograría manipularla unos instantes.
La joven sintió una fuerte punzada en el pecho y con un grito calló al piso.
El inuyoukai inmediatamente apareció a su lado. Podía observar el sufrimiento en el rostro de su mujer, así que se quitó la armadura rápidamente para cargarla y no hacerle daño con las púas de metal que habían en su hombro, y el hanyou sonrió malévolamente desde la parte donde se encontraba observando.
"Ahora", murmuró y lo siguiente sucedió de un momento a otro.
(4)
La joven abrió los ojos, estaban cambiando de dorado a rojo y viceversa. Se encontraba bastante confundida y no sabía lo que hacía.
Sesshoumaru la observó preocupado, pero antes de que pudiera hacer algo sintió como frío metal atravesaba su cuerpo. Podía escuchar el sonido de tejidos vitales rompiéndose, la sangre comenzar a emanar de la herida que su mujer le había causado al igual que de sus labios en grandes cantidades.
Sus ojos se abrieron ligeramente ante la sorpresa de haber sido atacado de esa manera, iba a morir y no había podido salvar a su mujer.
Sentía como las fuerzas se le iban poco a poco. Sus ojos se estaban comenzando a cerrar y por más que quería aferrarse a la vida, le estaba costando mucho dejarlos abiertos.
Ahora podía escuchar los aullidos de todos los miembros de su ejército. Al parecer si iba a morir después de todo, pero no lo haría sin antes volver a la normalidad a su Kagome.
Extrañamente no estaba molesto por el hecho de que moriría a manos de ella, así que con un último esfuerzo la cogió del rostro acercándola a él y la beso con todas las fuerzas que le quedaban y todo el amor que le podía dar en ese último respiro.
(5)
La muchacha sin pensar en lo que hacía clavo su espada en el cuerpo indefenso del inuyoukai.
Podía oler la sangre comenzar a dispersarse, su cabeza comenzaba a dolerle y en ese momento aquella persona la cogió suavemente y la besó con mucha ternura.
Sus labios estaban llenos de sangre, pero esa sangre no sabía mal, no le parecía desagradable, era como si ya la hubiera probado antes.
Sin pensarlo respondió aquel beso y sintió como el hombre sonrió.
Justo en ese instante su cabeza se nubló completamente y recordó absolutamente todo. Sus ojos se abrieron y para el deleite de Sesshoumaru ya no se encontraban de ese horrible color rubí sino de color dorado, sus marcas habían regresado y lentamente los dos se separaron.
"Sesshoumaru?", preguntó la muchacha. No sabía que era lo que estaba pasando.
Él se alejó de ella con una sonrisa en el rostro.
"Me alegró de que hayas vuelto mi Kagome", le respondió respirando cada vez con más debilidad.
(5)
La muchacha observo el rostro de su esposo. Estaba completamente pálido, había sangre emanando de sus labios.
"Sesshoumaru que es lo que….", pero no pudo terminar ya que sintió que estaba cogiendo fuertemente algo y cuando bajo la cabeza para saber que era se dio con la sorpresa de que estaba empuñando una espada, la cual estaba clavada en el abdomen de su taiyoukai.
El más espantoso terror se apoderó de ella y miró a los ojos de su esposo.
"Pero cómo, que .. que sucedió", dijo desesperada comenzando a llorar, cogiendo suavemente el rostro del joven inuyoukai.
"Shhh, no llores, no le hace bien a los cachorros", respondió su esposo dando un insignificante gruñido de dolor, mientras quitaba las manos de su mujer de la espada y la sacaba de su cuerpo.
Cayó al piso completamente débil, el movimiento haciendo que más sangre saliera de la herida.
Kagome estaba completamente horrorizada. Que era lo que había hecho?. Tenía que ayudarlo, si dejaba que algo le pasara no se lo iba a perdonar jamás.
Temblorosa cogió la cabeza del taiyoukai y la acomodó en su regazo, rompiendo un poco de tela del extraño traje que llevaba puesto para ponerla sobre la herida y apretar con fuerza para que la sangre dejara de salir. Qué era lo que había hecho.
"Perdoname, perdóname mi amor. Resiste onegai, no me vayas a dejar sola", le rogaba mientras acaiciaba con una mano el frío rostro del taiyoukai.
(6)
El joven inu cogió la mano de su muje y la acercó a su pecho.
"Te acuerdas cuando nos conocimos, cuando nadie fue capaz de curarme y tú lo hiciste", le preguntó mientras tosía un poco de sangre por el esfuerzo.
La muchacha sonrió en medio del llanto.
"Como no me voy a acordar, la cara de horror que pusiste al ver a una humana al pie de donde te encontrabas descansando". Le respondió acariciando su rostro y el joven sonrió.
Podía sentirlo, podía olerlo, como su vida se iba evaporando poco a poco. Ya no le quedaba mucho tiempo.
"Arigatou mi Kagome, por hacerme tan feliz…", le dijo cerrando los ojos y la muchacha comenzó a desesperarse, moviéndolo suavemente.
Al fin la herida había dejado de sangrar gracias a las propiedades curativas que tenían los youkais, pero era muy profunda y ya mucha sangre había sido derramada.
"Sesshoumaru, no me vayas a dejar sola. Nuestros bebes tienen que nacer, tienes que verlos crecer SESSHOUMARU ONEGAI", gritó completamente devastada mientras se abrazaba al cuerpo del joven inuyoukai, quien con el último aliento que le quedaba acarició sus hermosos y sedosos cabellos.
"Te amo Kagome", le dijo suavemente para después en un suspiro dejar el mundo de los vivos.
(7)
Recostada sobre su pecho ya no escuchaba el latir de su corazón, su cuerpo estaba completamente congelado. No, no podía ser, no se podía haber ido, no la podía haber dejado.
Con una sonrisa en el rostro lo comenzó a mover.
"Sesshomaru despierta, tu no me puedes dejar, no nos puedes dejar. Sesshoumaru, tu prometiste que siempre ibas a estar conmigo, no te acuerdas, Sesshoumaru despierta".
Gritaba desconsolada, sin darse cuenta de los youkais que observaban completamente tristes la escena, del padre desgarrado por el dolor parado frente a ella mientras observaba a su hijo perecer, y de sus dos amigos quienes ahora ahí presentes trataban de contener las lágrimas ante la escena que estaban presenciando.
"SESSHOUMARU, SESSHOUMARU", gritó con todas las fuerzas que tenía, para luego soltar un desgarrador aullido lleno de melancolía y abrazarse fuertemente a él.
Jamás se separaría de él, no habría nada ni nadie que la hiciera moverse de ahí.
(8)
Inu-Taisho se encontraba peleando con aquel dragón. Estaba resultando ser un problema y uno muy serio.
Afortunadamente después de que unos buenos rasguños, unas heridas no muy graves, pero sí de considerable tamaño, fueran infringidas hacia su persona y obviamente la perdida de uno de sus valiosos colmillos, de lo cuál debería ocuparse más tarde, logró derrotar a aquel molesto ser.
Ahora se preguntaba de donde habría sacado aquel hanyou un dragón con semejante poder. Le había costado mucho acabar con él, la prueba de ello era que no había podido desintegrar su cuerpo y había tenido que sellarlo con uno de sus colmillos.
Una vez que cumplió con su cometido regresó a su forma humanoide un poco cansado.
Cuando estaba a punto de dirigirse a auxiliar a su primogénito escuchó los aullidos provenientes de los hombres de su ejército.
Su sangre se congeló en un instante, casi en el mismo momento que el fuerte olor de la sangre de su hijo mayor llegó a sus sensitivas fosas nasales.
"No puede ser…", dijo en un murmullo, corriendo a toda velocidad hacia donde se encontraba la fuente del fuerte olor a aquel líquido vital, observando a su hijo en los brazos de su mujer, al borde de la muerte.
Por más que su corazón se estaba haciendo añicos al observar sangre de su sangre morir en el campo de batalla no podía acercase. La primera en decirle adiós debía ser su mujer, pero jamás imaginó que eso hubiera sido algo tan difícil de presenciar.
Kagome estaba sufriendo tanto, amaba tanto a su joven hijo. Los gritos que daba le estaban partiendo el corazón y a la vez lograban que la ira que sentía hacia aquel ser, que por lo que sus sensitivos oídos podían escuchar estaba regocijándose en el sufrimiento ajeno, se agrande cada vez más.
Pero no quedaría impune, vengaría a su hijo, al que hubiera sido el próximo gobernante de la casa de la luna. Pensaba tratando de no sumirse en la tristeza y melancolía de haber perdido a su querido hijo mayor, hasta que escuchó el desgarrador aullido de Kagome y no pudo evitar que una fina y casi insignificante lágrima abandonara sus ojos y rodara por su rostro.
Sus ojos se tornaron del color de dos rubíes como hace un momento le había ocurrido a su hijo, peo logró controlarse. Lo primero que tenía que hacer era llevar a su nuera a un lugar seguro.
Si seguía así lo más probable era que perdiera a sus nietos y su hijo desde donde ahora se encontrara se encargaría de matarlo si eso sucedía.
(9)
Se agachó para cogerla suavemente de los hombros y levantarla.
"Kagome, ya déjalo. Sesshoumaru ya no se encuentra con nosotros, si sigues así le harás daño a tus bebes. Por favor ven conmigo".
Pero no le respondía, seguía abrazada de su esposo con su rostro enterrado en su pecho, cogiéndolo fuertemente; ya había parado de llorar, pero podía oler la tristeza que estaba sintiendo.
"Kagome chan, ven conmigo. Si algo te pasa mi hijo no me lo va a perdonar jamás", le volvió a decir jalándola con un poco más de fuerza.
"No.. suélteme. No quiero, no me voy a mover de acá no me voy a mover de su lado me voy a morir con él si es necesario", le gritó y el la levantó con firmeza mirándola directo a los ojos, serio y frío.
"Acaso quieres que los cachorros que llevas dentro mueran también, muchacha irracional", le gritó tratando de hacerla entrar en razón, y afortunadamente lo logró.
Kagome miró a los ojos dorados del gobernante del oeste. Por un momento creyó ver a Sesshoumaru observándola con esa mirada fría y firme en el rostro, requintándola por su falta de cuidado y se echó a llorar a los brazos de su padre político.
"Por qué, por qué Inu-Taisho sama, DOUSHITE!", gritó con fuerza, mientras el taiyoukai acariciaba su cabello y les señalaba a los soldados de su ejército que retiraran el cuerpo de su hijo del campo de batalla.
De pronto una risa burlona y llena de maldad se escuchó por lo largo y ancho del lugar.
"Muy bien Kagome, ahora vuelve a mí. Ya has cumplido tu misión, ahora ven hacia mi", dijo Naraku completamente orgulloso de cómo había salido sus planes, lo cual para ignorancia suya, fue la peor idea que pudo haber tenido.
(10)
La muchacha escuchó sus palabras, escuchó la malicia en ellas.
Todo esto era su culpa, si ella no hubiera ido, si le hubiera dicho de su sueño y no se hubiera escapado nada de eso hubiera sucedido. Su Sesshoumaru no estaría muerto y todo por ese maldito hombre.
No se podía dar el lujo de morir, tenía que vivir por sus hijos y por el recuerdo de su amado taiyoukai, pero se vengaría de ese infeliz, lo mataría, lo odiaba tanto.
Sin darse cuenta las marcas de su rostro se comenzaron a anchar y sus ojos cambiaron de color como señal de que su verdadero espíritu estaba saliendo a flote.
Junto con eso un aura indescriptible se comenzó a formar a su alrededor, chispas y flamas de energía purificadora de color rosa crecían a su alrededor, haciendo que Inu-Taisho se aleje de ella, después de todo era el instinto de los youkais alejarse de todo aquello que los podía purificar.
Todos los ahí presentes estaba sintiendo las olas de energía purificadoras emanando de la inuyoukai que se encontraba ahí parada.
De un momento a otro, aquella energía se hizo más radiante y cambió a un color completamente dorado.
(11)
Naraku observó incrédulo lo que sucedía. Eso no estaba dentro de sus planes, podía sentir el poder de la perla fluyendo de la joven, pero había algo más, algo que estaba comenzando a aparecer desde el fondo, que se estaba comenzando a fundir con la energía se la perla de Shikon.
"Youki", murmuró mirando cuidadosamente a los lados, tratando de observar un lugar por donde escapar, pero para su mala fortuna ya todo el lugar estaba infestado de energía purificadora, lo cual no le permitía a ninguno de los youkais presentes moverse, incluyendo a los gobernantes de los puntos cardinales.
Estaban muy sorprendidos ya que la energía de una miko los había dejado completamente paralizados, sin embargo no parecía afectarles, es más, podrían afirmar que sentían una calidez reconfortante.
"Qué está sucediendo?", preguntó el gobernante de las tierras del norte.
Inu-Taisho sonrió.
"Es Kagome. Toda su energía purificadora está siendo concentrada inconcientemente en curarnos".
"Esa muchacha es increíble", susurró esta vez el gobernante de las tierras del este.
Pero todo fue paralizado por una luz dorada cegadora y resplandeciente que se apoderó del campo de batalla.
(12)
Kagome corrió con todas sus fuerzas y con toda la velocidad demoníaca que poseía, sus ojos dejaban cristalinas lágrimas a su paso y en menos de lo que aquel desagradable hanyou pudo parpadear la joven lo rodeó fuertemente con sus brazos.
"Desaparece", le susurró al oído y antes de que tuviera oportunidad de si quiera escapar sintió como su cuerpo estaba siendo completamente carbonizado por una energía inimaginablemente poderosa, convirtiéndose en cenizas.
Cuando aquella luz se disipó lo único que dejó a su paso fue una inuyoukai en un camisón blanco tirada en el piso inconciente y unos confundidos youkais que estaban comenzando a recuperarse de aquella explosión de poder.
Inu-Taisho, para asegurarse de que sus sospechas eran ciertas se dio una mirada, ni un rasguño, es más hasta su atuendo estaba como nuevo.
Sonió al escuchar los sorprendidos suspiros de todos los youkais que se encontraban ahí, solo podía significar una sola cosa, algo que lo hizo sonreír de oreja a oreja; claro, se encontraba de espaldas así que nadie lo iba a ver hacer semejante gesto.
Recuperó la compostura y volteó para observar a su orgulloso y alto hijo caminar hacia él.
(13)
El joven taiyoukai abrió los ojos repentinamente y dio una fuerte inhalación de aire por la boca, tosiendo un poco ya que su garganta se encontraba muy seca.
Pestañeando repetidas veces ajustó sus ojos a la luz del nuevo día que se estaba comenzando a asomar.
Parándose se estiró un poco, era como si sus músculos estuvieran entumecidos. Afortunadamente logró control nuevamente sobre su cuerpo en pocos segundos, logrando casi al mismo tiempo recuperar la memoria de todo lo que había sucedido.
No se suponía que había muerto, cómo era que se encontraba vivo. Aunque no se iba a quejar ahoral lo primero que iba hacer era buscar a Kagome. Verla llorar de esa manera le partió el corazón.
Por más que miró para todos lados no la pudo encontrar y otra vez sintió como su inu se comenzaba a intranquilizar, el no tenerla cerca en esas circunstancias lo estaba volviendo loco.
"Padre dónde está Kagome?", preguntó en un tono libre de emociones como era su costumbre, como si no hubiera sucedido nada.
Moviendo la cabeza de lado a lado, otra vez una sonrisa apareciendo en los labios de Inu Taisho. Abrazó a su hijo disimuladamente y lo soltó al poco tiempo.
"Me alegra que estés vivo".
"Siéntete orgulloso, tu mujer destruyó al hanyou y curó las heridas de todos y cada uno de los presentes, incluyéndote a ti, a quien por supuesto revivió", le dijo y el taiyoukai no pudo evitar quedarse notoriamente sorprendido.
Su Kagome, su frágil Kagome había curado a todo su ejército y había matado a aquel hanyou infernal.
"Dónde esta?".
Su padre simplemente sonrió y señaló hacia la joven de cabellos plateados que se encontraba tendida en el suelo.
Sesshoumaru corrió a toda velocidad hacia ella y la levantó del piso. Se veía como si estuviera descansando plácidamente.
Acarició su rostro, dándole un beso, haciendo que se despierte un poco fatigada.
La observó pestañear repetidas veces, para luego mirarlo con ojos tan grandes como dos ciruelas.
(14)
Kagome no podía creer lo que estaba viendo. Estaba tan feliz, su inuyoukai estaba vivo, estaba abrazándola, estaba con ella; pero no pudo evitar que el sentimiento de culpa se apoderara de ella, ella fue la que lo mató, por su culpa sucedió todo eso.
Llorando suavemente se soltó de él y trato de alejarse pero el confundido inuyoukai no la dejó.
"Kagome, Qué sucede?", le preguntó en un tono confundido y la muchacha lo miró, ahora llorando desconsoladamente.
"Como me preguntas que sucede. Yo fui la que te mató, por mi culpa sucedió todo esto, si no hubiera venido nadie habría salido herido, tu… tu… TU NO HUBIERAS MUERTO", gritó mientras escondía su lloroso rostro entre sus manos temblando por la fuerza de sus sollozos.
El inuyoukai la mantuvo cerca de él y comenzó a hacer aquellos sonidos que asemejaban ronroneos para calmarla, acariciando su rostro y la marca que le había hecho, que afortunadamente había vuelto a aparecer.
"Shhh, nada de esto es tu culpa Kagome. Tú fuiste la que se deshizo de esa escoria, y curaste a todos mis soldados, hasta me reviviste, cosa que mi padre seguramente ya se debe haber encargado de informarle a todos los presentes".
"No sufras más koishii, ya estoy aquí. Además… de todos modos tenía que revivir, si no a quien iba a molestar mi padre y junto con quien ibas a mantener despiertos a todos los habitantes de la casa de la luna en las noches", le dijo, efectivamente haciendo reír a la joven quien le dio un golpe en el pecho para luego besarlo y abrazarlo fuertemente.
"Sesshoumaru no baka".
