Disclaimer: Algún día dejare de llegar a clases tarde, al igual que algún día robare Fairy Tail, mientras tanto seguiré suplicando a los profesores que me dejen entrar y conformándome con pedir prestados a todos los personajes de Hiro Mashima.


Los reflectores de la vida


Capítulo III: Mundos Opuestos

Una leve presión sobre su brazo lo incomodó, haciéndolo vagar entre la realidad y su subconsciente, su rostro por inercia formo una mueca de desagrado al reconocer lo que era, su madre sacándolo del séptimo sueño. Se revolvió en señal de rechazo sin siquiera despegar el ojo, esperando que se fuera y regresara mas tarde.

-Joven, ya arribamos en el aeropuerto-.

Abrió los ojos de golpe poniéndose alerta ante la voz no identificada, todo lo que veía era color azul cielo, parpadeó, todo lo que ocupaba su visión era azul. En confusión deslizo sus ojos ónix un poco más abajo, encontrándose con el rostro de una chica dormida sobre su hombro. Dio un respingó hacia atrás del susto pero de inmediato recordó donde se encontraba, la terminal, el avión, el viaje y esa chica que se había quedado dormida cuando logro calmarla. Se suponía que posteriormente de eso la acomodo en su asiento, entonces ¿Cómo rayos termino él durmiendo con la barbilla sobre su cabeza y ella reclinada en su hombro?

-Lamento despertarlo, pero le informo que ya hemos llegado al aeropuerto Caselle, Turin-.

Dirigió la vista a la aeromoza que originalmente lo despertó, la misma chica de cabellos morados de todo el viaje. Bostezó echando una ojeada a al pasillo procesando la información, ya casi todos los asientos estaban vacios.

-claro, ya bajo- dijo estirando los brazos para desperezarse, al momento de hacerlo provoco que la chica que dormía en su hombro se pegara mas a él. Por un instante la vio interrogante para posteriormente tomarla por los hombros y comenzar a colocarla adecuadamente en su lugar con cautela de no sacarla de sus sueños.

-¿no debería despertarla también? Después de todo ella también tiene que bajar- le sugirió la sobrecargo leyendo sus intenciones.

-claro que no, despiértela cuando yo ya me haya bajado ¿vale?- respondió con firmeza incorporándose, no quería tener que lidiar otra vez con alguna manía nerviosa de esa chiquilla, por precaución entre menos contacto tuvieran mejor.

Kinana lo observo con desconcierto ante su petición, después de unos segundos le respondió con una sonrisa comprendiendo lo que pasaba.

-por supuesto-asintió levemente con la cabeza, el murmuró un agradecimiento y comenzó a caminar por el pasillo –por cierto, bienvenido a Turín, espero que su estancia aquí sea agradable-.

El Fullbuster detuvo el paso y aun de espaldas dio su comentario -tch lo dudo- masculló entre dientes para luego proseguir su camino, ¿Disfrutar de vivir en una ciudad desconocida, sin familia, sin conocidos y tener que trabajar para subsistir? Eso era una broma, y por todos los sucesos desafortunados desde su partida, estaba seguro de que ese viaje sería todo menos bueno.

Kinana soltó una risita mientras observaba al pelinegro descender por las escaleras, él quería esquivar lo inevitable, porque efectivamente, ellos se volverían a encontrar, era un presentimiento muy fuerte dentro de sí, y ella rara vez se equivocaba. Volvió la mirada a la jovencita de cabellos azules, una sorpresa le esperaba en su vida.

Gray contemplo con gesto apático el panorama frente a sí; un gentío moviéndose tal como las hormigas en plena recolección esparciéndose por el lugar, entrando, saliendo, subiendo, bajando.

El calor sofocante provocado por tanto ajetreo, enormes cartelones promocionando prestigiosas marcas de moda colgados en el techo y un enorme letrero electrónico con letras fluorescentes parpadeando con la dedicatoria "Bienvenido a Turín". En cuanto bajo del avión respiro la diferencia entre su ciudad natal e Italia. Comenzó a vagar en la terminal, sintiendo la incomodidad de levantar miradas ávidas de varias de esas mujeres rubias oxigenadas y maquilladas a más no poder y hombres que lo miraban despectivamente, si, ya comenzaba a odiar la ciudad.

Repentinamente un hecho muy importante lo asaltó ¿Cómo iba a llegar a su nueva residencia? Había anotado la dirección del departamento que alquilaría, pero no conocía las calles, ni el transporte, un taxi era su solución pero de ahí salía otra duda ¿Cómo eran los taxis? Dudaba que fueran de ese color amarillo chillón de las taxis americanas. Tomo uno de esos trípticos turísticos que se ofrecían y lo leyó buscando orientarse. Para su mala suerte, no decía nada del transporte. Fastidiado se dejo caer sobre uno de los asientos de la sala de espera. Comenzaban sus dificultades.


Juvia en cuanto piso el concreto de la pista de aterrizaje aspiró profundamente, con todos sus malestares desvaneciéndose. Ya estaba segura en tierra, después de su martirio lograba recuperar el control de su cuerpo. Levantó sus ojos al cielo, se encontraba en tonalidades naranjas y amarillas, estaba atardeciendo. Cuando partió también era el atardecer en Kansas, pareciera que había pasado un día, aunque en realidad fueran solo doce horas. Vio su celular que marcaba la actualización de horario, pasando de las cinco de la tarde. Batallaría un poco para acostumbrarse a esa zona horaria, en especial a la hora de dormir, pero solo necesitaba unos días. Suspiró y cerró los ojos, algo desestabilizada por el tiempo. Rotundamente abrió los ojos como platos ¡El tiempo! Quedo con uno de sus hermanos que la recogería a las cuatro.

Como pudo salió corriendo hasta la zona de equipaje y recogió sus maletas arrastrándolas por toda la terminal buscando visualizar a su hermano, cosa que no logro. Cuando se asomo a la terracería donde comenzaban las calles de la ciudad tampoco encontró ningún transporte que la esperara.

Rendida, se dirigió a la sala de espera y tomo uno de los asientos para reponerse de la carrera que realizo. Se sintió entristecida de pensar que a su hermano se le hubiera olvidado recogerla, o tal vez se canso de esperarla y se fue, por lo poco importante que era para ellos. Paseó la mirada por la sala, estaba casi completamente vacía, puesto que la llegada de la mayoría de los era esperada con añoranza. Todos a excepción de ella y ese joven que se encontraba en la fila contigua. Se sorprendió al reconocerlo, era el mismo chico del avión. Sus mejillas se sonrojaron al recordar lo sucedido en el avión, ahora que estaba en todas sus facultades se daba cuenta de lo personal e intimo que había sido el momento. Su vergüenza disminuyo cuando cayó en cuenta de que no le había agradecido debidamente, puesto que se quedo dormida y cuando despertó él ya no estaba.

Se levantó y se acerco tímidamente, quedando frente a él.

-hummm…- se debatió como llamarlo, tenía el cuello inclinado hacia atrás con la cabeza hacia el techo y los ojos cerrados, ¿Qué tal si estaba dormido? No quería incomodarlo más de lo que ya lo había hecho. Dio un sobresalto cuando repentinamente abrió los ojos.

Estaba pensando en cómo solucionar su problema de transporte, no pensaba ir a preguntar como un idiota a la oficina, no, era demasiado orgulloso como para hacerlo. Percibió una presencia plantarse frente a sí, automáticamente se enderezo y abrió los ojos de manera defensiva, no fuera a ser un ladrón que quisiera ratearle las cosas. Al instante reconoció a esa persona.

-ah, eres esa chica friki del avión- relajo su postura al reconocerla.

-etto…si…- respondió desviando la mirada sin saber muy bien que decir, al ser tan poco social y con sus dificultades de iniciar una conversación, menos después de lo sucedido en el avión. Sacudió la cabeza, no era momento de divagaciones o terminaría trabándose. Tímidamente levantó la cabeza evitando el espasmo automático de su cuerpo de regresar a su anterior posición - Juvia…es decir yo, quiero agradecerle lo que hizo por mí en el avión, en verdad no tengo idea de lo que me hubiera sucedido de no haber sido por que usted estuvo ahí –.

Y de nuevo, al verla tan agradecida con los ojos brillando en la inocencia hizo que el gusanito de la culpa le carcomiera, después de todo había sido su culpa el incidente.

-no tienes que agradecérmelo, en realidad no fue nada- evadió el contacto visual, pasándose una mano por el cabello incomodo.

-no, no, Juvia en verdad esta agradecida con usted- fervorosamente asintió con la cabeza insistente en que la tomara en serio, se mordió el labio frustrada de no poder explicarse bien –Juvia no sabe cómo expresar su gratitud, si hay algo que pudiera hacer por usted…-

-oye no es para tanto, de verdad- intervino moviendo las manos de forma negativa cuando ella hizo una reverencia con la cabeza, se estaba yendo a los extremos, bueno la realidad era que lo estaba llevando a los extremos de la culpabilidad. Resopló dispuesto a terminar con eso.

–Supongo que…después de todo, lo que sucedió fue mi culpa en gran parte- carraspeó tragándose todo el orgullo que le impedía pedir perdón- me excedí con mis comentarios, no es que realmente pensara eso de ti- esquivó el verla, abochornado y fastidiado por el costoso esfuerzo que equivalía el disculparse, una fuerza intrínseca de su ser se lo impedía.

-usted no tiene por que disculparse - denegó tomando retraídamente el lugar a su lado – Juvia le causo muchas molestias, y por tanto Juvia no merecía ni siquiera que la hubiera ayudado a tranquilizarse, de nuevo muchas gracias-.

-está bien, dejémoslo en que ambos tuvimos algo de culpa y que ninguno tiene que disculparse ¿de acuerdo?- restándole importancia a todo lo anteriormente mencionado con un simple ademan de mano intentó llegar a la conclusión de aquel incomodo ambiente, él no era ese tipo de chico que le daba vueltas al asunto, especialmente si en cuestión tenía que disculparse.

Juvia se sorprendió una vez más con los actos del pelinegro, el parecía relajado y simple, con aquellos aires de importarle poco lo que le sucediera, que diferente a ella. Con timidez asintió a su propuesta.

-bien- Gray se dio por satisfecho con su respuesta, un bostezo se le escapo, vaya que el sueño aun no se le había pasado, posiblemente era a causa del cambio de horario –por cierto, si piensas subirte a un avión deberías tomar algún medicamento para los malestares, no es agradable que te vomiten encima- aconsejo al notar las manchas secas que quedaron en su camisa a pesar del empeño que puso en limpiarlas.

El calor le subió al rostro otra vez, aunque la voz de él chico estaba libre de rencores por lo ocurrido inevitablemente la culpa la volvió a embargar –disculpe eso, no es que Juvia no hubiera pensando en utilizar pastillas para el vértigo, lo que sucede es que fue muy inesperado el tener que tomar un vuelo y no tuve el tiempo de comprarlas- explicó con la vista en su regazo –de cualquier manera, no creo que Juvia vuelva a subir a un avión en mucho tiempo- concluyo entristecida por la gran posibilidad existente de no volver a Kansas.

-¿se puede saber por qué?- no es que fuera un metiche, pero la angustia del hecho de estar en Italia era perceptible en su voz.

-el padre de Juvia le pidió que viniera, lo cual es extraño puesto que hace mucho que no nos frecuentamos, ni él ni mis hermanos. Es probable que su petición no se trate de una simple visita- arremolinó sus manos en la tela de su falda con tristeza y nervios mezclados.

-por lo visto tu tampoco te llevas muy bien con tu familia- se identificó con ella, dándose cuenta de las existentes similitudes entre ambos. Una sonrisa de medio lado surco su rostro - ¿Qué irónico no? Tu familia te trajo aquí para reencontrarte con ella y mi familia me mando a aquí para alejarme- se burlo con ironía ante una situación tan parecida y diferente a la vez.

Juvia abrió los ojos desmesuradamente impactada por su declaración.

-¿en verdad tu familia hizo eso?- alzó ambas cejas con sorpresa, incrédula a creer que viniera de una familia tan cruel.

-no exactamente- aclaro adivinando que pasaba por su mente - ellos creyeron que necesito "rehacer mi vida" y la mejor manera que se les pudo ocurrir fue que yo me mudara al otro lado del mundo- hizo comillas con los dedos y rodo los ojos ante lo absurdo que se seguía escuchando la idea.

Se percató con facilidad de que él guardaba rencor a su familia. Se sentía con la curiosidad de saber por qué razón ellos tenían esa perspectiva sobre él, pero se retuvo de preguntar, sus modales no se lo permitían. Un suspiro escapo de sus labios.

-al parecer ninguno de los dos deseamos estar aquí ¿verdad?- .

-sí, pero eso es lo positivo del asunto-respondió el Fullbuster con una sonrisa en el rostro, Juvia lo vio con incomprensión ante la contradicción –tanto a mí como a ti nos tomo por sorpresa este viaje, fue por razón de nuestra familia y ambos odiamos tener que vivir en Italia- giró su cabeza a verla, ella seguía con los ojos perdidos sin hallarle sentido a sus palabras, sonrió levemente – ahora tanto tu como yo, sabemos que hay otra persona que sufrirá estando aquí eso si levanta el ánimo -.

La primera reacción que tuvo fue el sobresaltarse, asustada, es manera de pensar le pareció un poco… ¿cínica? No era normal pensar de esa manera. Sin embargo cuando noto esa sonrisa relajada en el rostro de él comprendió que no lo decía con esas intenciones.

-sí, tiene razón- Rió sutilmente, su primer risa después de entrar en sus presentes circunstancias, A fin de cuentas, lo que el trataba de decir era "ahora sabemos que no estamos solos" y si, eso lograba aligerar aquella carga, el saber que no era la única persona con ese problema la hacía sentir aunque sea un poquito comprendida.

Gray se le quedo viendo con cierta gracia, al verla reír le parecía algo irreal que ella fuera la misma chica achacosa del avión. No era una chica normal definitivamente, pero era de modales gráciles y muy inocente, era mucho menos molesta que durante el viaje. Un repiqueteo llamo su atención, un enorme reloj de manecillas colocado en el centro indicaba que eran las seis en punto, devolviéndolo a su realidad.

-maldición, se está haciendo tarde- murmuro para sí mismo, buscando alguna solución para llegar a su nueva casa o resignarse a dormir en la terminal.

Al instante Juvia recordó lo importante que era la hora, imitando el gesto de él levanto la mirada al reloj. Suspiró rendida, ya habían pasado dos largas horas desde la hora acordada, su hermano no iba a venir. Rendida se puso de pie, dispuesta a buscar su propio transporte.

Vio de reojo al chico dispuesta a despedirse lo prontamente -al parecer nadie vendrá a recoger a Juvia, así que buscare un taxi-.

Los ojos del Fullbuster brillaron, inmediatamente se puso de pie como un resorte y por impulso la tomo de los hombros -¿en verdad sabes cómo llamar un taxi?- la estrujó con fuerza, aferrándose a ella como su única esperanza.

-etto… si- se enrosco sobre si misma aturdida, observándolo desconcertada ante tan repentino humor.

-¡genial! ¡Vamos a buscar uno!- exclamó como quien encuentra un vaso de agua en el desierto.

Juvia tuvo que sostener su boina para evitar que se le cayera cuando él la tomo de la mano y prácticamente la arrastro tras de sí a la salida del aeropuerto. Mientras corrían, observo sus manos entrelazadas y luego de reojo a aquel chico pelinegro que mantenía la vista hacia el frente. Una pequeña sonrisa se dibujo en sus labios, era bastante rudo e inesperado en sus actos. No dejaba de sorprenderla.


El sonido de las llantas sobre el asfalto, el caminar apresurado de las personas por las banquetas, el aire que traía consigo el murmullo de pláticas y el calor de la estación les daban la bienvenida a su primer contacto con la ciudad. Los taxistas se ocupaban en cargar las maletas sobre la cajuela de los autos.

Gray se encontraba reclinado sobre el respaldo de una banca observando con desidia los vehículos; de color blanco, bastantes elegantes que bien podrían pasar por autos comunes, a excepción de los logos estampados que no lograba leer posiblemente inscritos en italiano -estos taxis son muy distintos a los americanos- comento con desagrado, no era su estilo tanta elegancia.

-si no le agradan también hay otros medios de transporte como el bus o el metro- sugirió Juvia notando el gesto de disgusto.

-dudo mucho que guarden parecido con los que conozco- dejo salir una exhalación pesada ante lo poco atractiva que resultaba su estancia en Italia- será difícil adaptarme a este entorno-.

Se abstuvo de comentar, no es como si pudiera decir mucho, no tenia con qué cara derribar esa pared de pesimismo, si ella se encontraba en una situación emocional similar. El crujir de los maleteros al cerrarse y los choferes subir al copiloto les indicaron que ya todo estaba listo y era momento de separar sus caminos.

-bueno, ha enfrentarse a la vida- comento el Fullbuster con determinación despegando su espalda de la banca, camino un par de pasos lo suficiente hasta quedar frente a Juvia–gracias por lo del taxi, te debo una-.

Negó fervorosamente con la cabeza -no tiene por que agradecer, Juvia le está pagando por la ayuda que le brindo en el avión-.

-¿sigues con lo mismo?- reprochó con cierta molestia cruzándose de brazos -¿no quedamos en que ese era un tema olvidado?-.

-perdone, Juvia no puede evitar sentirse culpable por lo que sucedió- agachó la cabeza y achico los hombros apenada.

-tch deberías de dejar darle vueltas a lo mismo y disculparte por todo eso no te traerá nada bueno- le regaño, ella se encogió sobre sí misma. Al notarlo aflojo la postura, ella era demasiado maleable y aunque eso lo irritara no quería hacer de su despedida un suceso desagradable - en fin, deseo que tu vida aquí sea soportable, suerte con tu familia-.

Juvia se sintió un poco desilusionada al darse cuenta de que era la despedida definitiva, que no lo volvería a ver. Por alguna desconocida razón eso la hacía sentirse triste, quizá porque le había caído muy bien y le costaba trabajo socializar.

-igual para usted, Juvia espera que logre acostumbrarse al estilo de vida de la ciudad-.

-aunque no quisiera, igual tengo que hacerlo- hizo otro de sus comentarios indiscretos dando media vuelta dispuesto a marcharse. Apenas avanzo un paso cuando se detuvo y la vio de reojo–ah y un último consejo, procura no hablar en tercera persona eso es muy confuso, Juvia-.

Desvió la mirada avergonzada, dudaba mucho poder dejar ese hábito, por más que se lo repitieran. Pestañeó dos veces ¡la había llamado por su nombre! Eso la hizo recordar un significativo hecho. Alzó la cabeza de golpe, pero él ya no estaba. Vio pasar el taxi frente a ella y al pelinegro en el copiloto, quien le hizo una seña de despedida, ella lo imito y sonrió. Al final, jamás supo cual era el nombre de aquel chico.

Aspiró profundamente, después de un largo viaje, había llegado el momento en que debería regresar a sus raíces. Subió al taxi con un nudo estrujándose en su estomago, consciente de que a cada instante estaba más cerca de encontrarse con sus hermanos y sobre todo, con su padre.


A través de la ventanilla observaba el tráfico y a los transeúntes pasar o al menos eso aparentaba, puesto que en su mente no dejaba de maquinar los posibles encuentros que podría tener con su padre. Ensayaba mentalmente su presentación ante él, siempre tan rígido y estricto que temía lo que pudiese pasar ¿Por qué después de tantos años ausente pedía su regreso? Esa intriga la estaba carcomiendo cada vez más. Pero de todas maneras, no quería encontrarse con él, no quería saber cómo reaccionaría al verla, ya no era una niña como su último encuentro, no, ya era una joven que recién entraba a mayoría de edad y temía que expectativas tendría sobre ella. Suspiró, el hecho de imaginarse que su padre estuviera satisfecho era una utopía, jamás lograría estar la altura que esperaba.

Y es que se trataba de José Porla, dueño de "Element Four Company", una cadena de empresas multinacional, a la que se le dedicaba su nombre por llenar las cuatro finalidades buscadas por toda compañía, por lo cual se consideraba eficiente, completa y demandada. Esto lo había logrado su padre que a pesar de que su empresa era individual, había logrado sobresalir y defenderse entre las societarias. Porque José era un hombre muy ambicioso y prepotente, cuyas meta siempre seria ser el número uno en cualquier cosa que hiciera, y sus hijos no eran la excepción.

Pensó en Sus hermanos, tampoco había tenido contacto con ellos y se preguntaba hasta donde habrían llegado, ellos seguían los mismos objetivos que su padre, destacar. En sus memorias los recordaba determinados a ser los mejores en los estudios, en los deportes, en los clubs extracurriculares. ¿Cómo estarían actualmente?

-señorita ¿está segura de que me dio la dirección correcta?-.

La voz del chofer la sacó de sus cavilaciones, aunque eso no impidió que su pregunta resultara desconcertante. Giro a verlo, el tenia la vista hacia el frente anonadado.

-si…estoy segura ¿sucede algo?- su voz dudo por un momento a pesar de los años jamás olvidaría la dirección de su hogar, a menos de que se hubiera equivocado de numero de residencia.

El taxista la vio con aspecto azorado, dudoso sobre cómo tratarla, tal como quien encuentra un bicho raro.

-es que…hemos llegado-.

En ese preciso momento se percato de que el vehículo había dejado de andar. Con un vivaz movimiento miró por la ventanilla a la que hasta el momento no había prestado atención, echo la cabeza ligeramente hacia atrás por la sorpresa. Al frente se alzaba una imponente y exuberante mansión blanca de dos plantas, de arquitectura barroca y acabados exóticos, resaltante entre las jardineras con artísticos arbustos y la esplendorosa fuente central, totalmente resguardada por altos portones dorados. La mansión Porla solemne y aristócrata, estaba todavía más presuntuosa de lo que solía recordar, aunque ahora que lo reflexionaba ese hecho no debería de sorprenderle.

-sí, aquí es- respondió con pesar, ahora solo unas cuantas rejas la separaban de su destino.

-le…le ayudare con su equipaje- balbuceó aun impactado, abriendo la puerta y saliendo, no sin antes dedicarle una última mirada de asombro.

Juvia reconoció esa mirada al instante, no era la primera vez que lo hacían y es que cualquier persona al ver su desgravada apariencia no le pasaba por la mente que formara parte de la retacada familia Porla. Y ella no se molestaba, porque claro, hasta ella pensaba que era una pieza perdida que no encajaba en ese rompecabezas de prepotentes hombres.

Aspiró profundamente hasta llenar a tope sus pulmones para darse el valor que le faltaba y disminuir ese remolino en su estomago y cabeza, en cuanto bajara del taxi no habría vuelta atrás, bueno, decidió que no existiría vuelta atrás desde el momento en que piso el avión, así que ya ni al caso el lamentarse.

Bajó del taxi, pago los servicios y tras intercambiar palabras con el portero de la residencia, cruzó la estrecha brecha que la llevaría a otra clase de vida. Pasó de largo los amplios jardines, pero antes de entrar a la casa se detuvo a observar la fuente que en medio del cielo naranja relucía más que en cualquier otra etapa del día. Esa fuente fue siempre el elixir para sus tristezas cuando era pequeña, Gazille le decía que su madre fue la que mando a construirla para que la alegría en el hogar fluyera como el agua. Quién sabe, tal vez por eso heredo su fascinación por el movimiento del agua.

Prosiguió su camino hasta plantarse en la entrada, colocó su mano en la fría perilla y asió con mayor fuerza sus maletas. Con un leve empujón y ya se encontraba dentro, en el recibidor. Seguía tan fúnebre como antes, constando únicamente de una mesilla de madera y un florero de rosas blancas encima, alumbrado por un candelabro de cristales por encima de su cabeza.

Se dispuso a seguir cuando recordó una enseñanza y regla básica: sin zapatos dentro de la casa. Se descalzó las botas, su padre tenía un régimen estricto respecto al hogar que se debería seguir al pie de la letra si no se deseaba meterse en problemas. Camino por la casa buscando familiarizarse con la residencia otra vez, tenía un estilo rustico propio, piso de baldosas que formaban figuras simétricas; la mueblería compuesta por caoba y cristal, las paredes de color beige con acabados intrínsecos; muros forrados con tiras de roble y alfombras fabricadas de seda, plantas ornamentales extraídas de la naturaleza y adornos de todo tipo de material, cerámica, cristal, madera, piedra y algunos cuadros con pinturas de artistas reconocidos en Italia. A cualquier punto que volteara solo encontraba elegancia.

La estancia tenía el mismo patrón de decoración; a excepción de una chimenea eléctrica como complemento decorativo, sillones forrados de color blanco y tres enormes ventanales que dejaban ver el bello atardecer.

Su corazón se acelero al ver que uno de los sillones estaba ocupado por un hombre; enfocando la vista lo noto de unos treinta años, complexión delgada, cabello y bigote verdoso así como un monóculo sobre su ojo derecho sujeto por un lazo tras su oreja. Tenía la vista clavada sobre un libro el cual leía con bastante interés.

De inmediato lo reconoció como su hermano mayor, tímidamente lo llamo desde donde se encontraba -umm…. ¿Sol?-

Él pareció reaccionar al escuchar su nombre por lo que despego la vista del libro para verla y posteriormente ponerse de pie.

-Salut hermana Juvia- inclino la mitad de su cuerpo hacia el frente como reverencia y extendió un brazo hacia el frente – hace algún tiempo ya desde que nos vimos por última vez, ahora ya eres una Madeimoselle-.

-etto… Juvia también se alegra de verte- respondió con indecisión, supo que esa era su forma de darle la bienvenida, pero se sentía descolocada por las palabras que no logro identificar. Uno de los hobbies de Sol siempre había sido el aprender nuevos idiomas y cada vez que lo hacía mezclaba las palabras con el italiano exteriorizando presuntuosamente sus conocimientos adquiridos. Por sus escasos recuerdos en clase de lengua lo identifico como francés, mas no logro emparejar el significado. Entonces recordó un hecho significativo– umm Sol, ¿no se supone que tu recogerías a Juvia cuando llegara al aeropuerto?-.

-non non non Juvia eso no fue lo que acordamos- Sol se apresuro a quedar frente a ella negando con el dedo índice a escasos centímetros de su rostro –el acuerdo fue que te esperaría en el aeropuerto a las cuatro en punto, yo estuve ahí a la hora exacta y tu no llegaste-.

-pero Juvia no ha tenido la culpa, el avión se demoro en aterrizar así que…- fue interrumpida cuando Sol le ejerció presión con el dedo índice sobre su frente.

-non non non, estas muy mal jenue Juvia, el tiempo es la clave de todo- repentinamente sustrajo un antiguo reloj de bolsillo y menearlo frente a sus ojos –la puntualidad es todo en la vida; un minuto puede hacer que todo tu día cambie, puede traerte éxito o fracaso, todo depende de la prioridad que le des-

-pero Sol, Juvia ya te dijo que no tuvo la culpa- se esmero en explicarse un poco molesta de que le echara un peso encima que no merecía.

-ah Juvia, pobre niñata- Sol se llevo una mano al pecho dejando salir un suspiro - por lo visto aun eres una niña mimada, deberías de dejar de justificarte por todo y asumir tus responsabilidades, en tu caso, decidiste el fracaso al llegar tarde, por lo que no tienes que reclamar nada ¿entiendes eso? – .

La mirada endurecida de él solo le recordó a su padre y como siempre no pudo hacer ningún reclamo limitándose a decir lo que siempre esperaban escuchar.

-sí, Sol-.

-bien, yo decidí ofrecerme para ir por ti, mi petit hermana, por mi parte siento que actué como un caballero, así que estoy satisfecho- se acomodó el saco y adopto una postura erguida –procedo a volver a mi lectura, te veré en la cena- se dio media vuelta regresando al sofá y sentándose con suma elegancia.

Y ella duró unos segundos más ahí procesando lo sucedido. Sol era el primogénito de la familia actualmente si sus cálculos no fallaban tendría unos treinta años. El siempre había sido muy estudioso, amante de las culturas y refinado en sus actos. Hablaba cinco idiomas cuando ella aun vivía con ellos.

Su relación con el siempre fue muy distante, él no la molestaba ni se burlaba de ella, al contrario era muy cortes con todo mundo, en especial con las señoritas. Pero eso sí, era muy extremista en cuanto a la puntualidad y otras cosas por lo cual siempre la corregía sin escrúpulos si no le parecía lo que estaba haciendo, por lo que múltiples ocasiones ella abandonaba sus cursos, puesto que Sol mataba sus deseos de aprender ya que la hacía sentir que no servía para eso. Y ahora, parecía que seguía siendo aquel mismo chico perfeccionista, era posible que debido a eso su padre lo tuviera en gran estima y en algún puesto importante en la empresa.

Consciente de que la "conversación" se podía dar por concluida y que no le dirigiría la palabra hasta la hora de la cena, se dispuso a ir a su habitación pero un rugido dentro de su estomago le reclamo comida, no era para menos. La última comida fue antes de subir al avión y por largas doce horas o mas no había ingerido nada, por razón de que los nervios hacían mella en su interior y por estar encismada en sus problemas ni siquiera recordó comer algo. No faltaba mucho para la cena, mas no creía soportar un rato más esa hambre. Consumiría algo ligero solo para aminorarla y ya. Silenciosamente dejo sus maletas sobre el piso escondidas tras un sillón, no creía que Sol se fuera molestar, además en minutos regresaría por ellas.

Se dirigió a la puerta utilizada por las cocineras pero antes de entrar se asomó sigilosamente asegurándose de que estuviera deshabitada; no deseaba ser atrapada comiendo a hurtadillas. Enseguida se introdujo a la sección más distinta de la casa; la cocina. De paredes y piso blanco; la cocineta y desayunador de un reluciente color negro y electrodomésticos en plata. Era de un estilo moderno, su padre solía decir que era porque de esta manera la cocina se veía más limpia.

Ah pero como le gustaba perder el tiempo, debería apresurarse en vez de estar fisgoneando. Iba hacia el refrigerador cuando le llamo atención el frutero, que contenía manzanas por lo que se acerco y cogió una. Estaba tan fresca y colorida que se le hizo agua la boca. Se la llevo a los labios ansiosa por engullirla.

-¿uh? No estaba enterado de que contratamos una criada nueva-.

La manzana resbalo de sus manos y un escalofrió recorrió su espalda…esa voz, conocía perfectamente a su dueño. Se dio la vuelta con suma lentitud hasta quedar frente a frente. Un hombre pasando los veinte años con el cabello en tonalidades blanco y negro sujeto en una coleta, ojos negros y una bandita sobre la nariz la observaba con los brazos cruzados y una ceja fruncida.

-T-Totomaru- pronuncio débilmente el nombre de su hermano, él más chico de los varones, seguía siendo tan parecido a como lo recordaba; a excepción de que su cabello dejo atrás el peinado desarreglado y ahora definía simétricamente su rostro además de que le creció barba en el mentón. Conservaba la gasa en su nariz, posiblemente debido a otra de las tantas cirugías a la que se sometió.

El pelinegro ladeo la cabeza para posteriormente abrir mucho los ojos levantando ambas cejas.

-¡oh vaya! ¡si es mi torpe hermanita Juvia!-abrió sus brazos como bienvenida con una sonrisa extendiéndose por su rostro - perdona mi inoportuno comentario, es que ha pasado tanto tiempo que olvide tu extraño y desafortunado habito de vestir de una manera desalineada similar a la de los pobretones-.

Juvia se sintió herida y decepcionada, puede que su físico hubiera cambiado, pero no su persona interior. Su subconsciente le indico que lo más prudente era retirarse.

-Juvia se retira, te vera más tarde-se apresuro a decir caminando a paso veloz. Pero justo cuando paso a su lado, él la detuvo del brazo y el obligo a verlo a la cara.

-¿Por qué tanta prisa hermanita? Hace mucho tiempo que no nos vemos ¿No estás feliz de verme?- sonrió con sorna, Juvia forcejeaba por que la soltara, muy incómoda – oh vamos, vamos no me digas que te lastimo mi comentario, aunque sigas vistiéndote como una niña ya no lo eres ¿Por qué escondes tu cuerpo? No me digas que te avergüenza mostrarlo por todas las manos que te han pasado encima-.

-T-Totomaru por favor déjame- la voz le gangueo y formo una mueca de desagrado cuando su hermano le pellizco la mejilla. Totomaru era tres años mayor que ella, distinguido por ser un chico muy analista y realista; siempre analizaba las ventajas y desventajas ante una acción y aunque no le beneficiara siempre le hacía ver a su locutor si ambos estaban en desventaja. Sin embargo a pesar de ser un chico muy inteligente, Totomaru siempre aprovechaba cada instante para molestarla. Era demasiado burlón, siempre la molestaba por su físico o por ser demasiado "llorona" como le gustaba llamarle. Como ella le tenía miedo e incluso era incapaz de defenderse, aprovechaba eso. Gajeel la defendía constantemente de él, y en cierta ocasión en la que el dejo afuera de la casa en plena tormenta y sin su paraguas, Gazille se enfureció tanto que de un puñetazo le rompió la nariz. Desde entonces quedo con lesiones permanentes y por tanto tenía operaciones quirúrgicas cada determinados meses. Después de ese acontecimiento dejo de molestarla por temor a Gajeel, pero ahora que no estaba él no dudaba en que quisiera cobrarle una por una. Y ella era incapaz de defenderse por sí misma.

-ah, que trágica forma de darle la bienvenida a nuestra hermana, Totomaru- una tercera voz intercedió, ambos giraron la cabeza, encontrándose con un hombre alto y robusto, de piel bronce vestido de gabardina y lentes oscuros.

-Aria, que sorpresa verte llegar temprano- Totomaru la libero aparentando que no sucedió nada.

-quería llegar temprano para recibir a Juvia- respondió la voz grave acercándose a ella-ah, hermana te e extrañado tanto, ha sido realmente triste tu ausencia- la abrazó dejando resbalar algunas lagrimas por su rostro.

-emmm…gracias- atino a decir confusa sin saber si corresponder el abrazo, su hermano tendía a exagerar las cosas y por lo regular todo era solo un drama.

-¿Dónde está padre? ¿Vino contigo?- cuestión con desinterés Totomaru tomando una manzana del frutero y mordiéndola sin ningún recato.

-no, aun está en la oficina, quiso dejar todo ordenado para llegar puntual a la cena- respondió clavando la vista en su hermana –desea encontrarse contigo, pero dudo mucho que te reciba con los brazos abiertos- lamento con voz fúnebre negando con la cabeza.

Juvia trago grueso con nerviosismo – ¿p-porque lo dices?-.

-en el momento en que decidiste abandonar la casa, entraste en un concepto de desterrada, padre te considero una renegada malagradecida- explico con la cabeza gacha Aria –ahora te ha dado la oportunidad de volver, lo mínimo que espera de ti es que te hayas convertido en una mujer excepcional, con habilidades destacables-soltó una exhalación pesada –pero con tan solo mirarte, padre se sentirá decepcionado de ti, has desperdiciado tantos años de tu vida, es tan triste- derramó mas lagrimas desconsolado.

Juvia sintió un balde de agua fría caerle encima, quedando sin ánimos de cualquier cosa ante las palabras de su hermano, acababa de perder las únicas esperanzas de un buen reencuentro. Aria de veintiséis, era el tipo de persona psicológica, capaz de notar y controlar las emociones de los demás. Sin embargo tenía la característica de derrumbar las ilusiones de cualquiera. Sus palabras que aparentaban sentir compasión por su interlocutor estaban rodeadas de hipocresía, puesto que eran tan pesimistas que podían borrar la sonrisa de la persona más alegre, dejándola insegura y temerosa. Su padre la consideraba una habilidad, puesto que debido a eso llevaba muchas corporaciones a la ruina, o las hacia dependientes de la Element Four Company. Todos lo comparaban con ella en que ambos eran igual de sentimentales, pero no, las lagrimas de Aria eran solo de cocodrilo, para manipular a sus oyentes.

Pero lastimosamente, en cuanto se refería a ella, Aria tenía la razón, por lo menos en esta ocasión.

-padre no tarda en llegar, será mejor que nos aseemos de una vez- comentó Totomaru devorando de una mordida lo que quedaba de su manzana.

-sí, es lamentable que el tiempo sea tan efímero- concordó Aria.

Totomaru tiro los restos de la fruta en el basurero y prosiguió a salir siendo seguido por Aria.

-ah, Juvia tu también deberías arreglarte un poco- sugirió el mayor, cuando paso a su costado se levantó los lentes dejando ver unos sombríos ojos rojos y su voz cambio radicalmente a uno ronco y duro -presentarte con nuestro padre con una apariencia "decente" es lo único que puedes hacer por él-.

Ella se quedo estática en medio de la cocina, con la mirada en ningún punto fijo, sintiendo un gran vacío. Reacciono dándose cuenta de que el tiempo seguía transcurriendo y no debería de desaprovecharlo.

Se dio la vuelta, el tiempo apremiaba para recibir a su padre.


Gray en cuanto puso un pie fuera del taxi, se detuvo a contemplar el lugar que a partir de ahora sería su nuevo hogar; un maltrecho e insignificante edificio de tres plantas y de un color amarillo pálido, en la primer planta el garaje y la posible recepción, los siguientes dos pisos eran idénticos; departamentos con dos angostos balcones y una ventana intermedia entre ambos, sobresaliendo sobre el nivel de las paredes.

En su búsqueda de vivienda había recurrido a la solución de todos los problemas para un joven: el internet. Le resulto condenadamente difícil encontrar algún departamento libre puesto que debido a la gran población todo estaba con el cupo lleno. Fue hasta que después de navegar en infinidad de sitios en internet, pareció que la suerte le sonrió; encontró un edificio que solo contaba con dos departamentos; que eran compartibles entre dos personas y de bajo costo. Le agrado la descripción y tras verificar las reservas, festejó al saber que solo uno de los departamentos estaba alquilado y el otro estaba completamente libre. Eso le pareció perfecto, al ser el único habitante por fin cumpliría su sueño de vivir sin restricciones con la libertad de hacer lo que le placiera.

Sin vagar más se adentro a la recepción y fue directo con el recepcionista quien después de confirmar sus datos le entrego una llave. Subió a zancadas las escaleras, el departamento asignado era el del tercer piso puesto que el otro era el que ya estaba ocupado. Pero valía la pena subir unos escalones de más con tal de su libertad, así que no tenia queja alguna al respecto. Cuando llego tuvo que maniobrar entre sus maletas y la llave para lograr introducirla en el manojo, al final término abriendo la puerta de una patada.

Tiró las maletas a un lado, ya más tarde las acomodaría. Echo una rápido ojeada al lugar, de paredes color verde deslavado y piso de madera, bastante pequeño a decir verdad pero contaba con la ventaja de que ya estaba amueblado, si es que un mullido sillón, un televisor viejo, una mesita de madera y un comedor con dos sillas que de ninguna manera hacían juego se le podía llamar amueblado. Un poco mas enfrente de la mesa se encontraba una entrada a lo que posiblemente sería la cocina integral. No era lo mejor que podía encontrar en la ciudad y exactamente eso es lo que lo hacía perfecto, que no era elegante como todo lo de Italia, se adaptaba mas a él.

Sintió muy sofocado el ambiente, demasiado calor. E ahí lo mejor del asunto, la razón principal por la que eligió el departamento se encontraba en un pequeño aparato adjuntado a la pared; el termostato. Esa fue la clave que lo convenció de alquilarlo, solo era cuestión de pensarlo un segundo ¿en cuántos departamentos se podía manejar la temperatura que quisiera? Era realmente difícil por más elegante que fuera. Y ese hecho es lo que más lo hacía feliz, en una ciudad tan calurosa, podía congelar el clima, al menos en su casa.

Después de nivelar el termostato a algunos grados menos fue hacia el pasillo central, donde se encontraba el baño en medio y a los lados las puertas de las recamaras. Se decidió por el de la derecha, si no le gustaba ya se cambiaria después a la otra. Su habitación contaba con una cama, un buro y el closet integrado a la pared, no tenia cosas innecesarias, excelente, parecía que su nuevo hogar era la única cosa buena que le había pasado en ese viaje. Como aun se encontraba demasiado caliente la habitación, opto por ir a echar un vistazo al balcón mientras se aclimataba el departamento.

Recargó sus brazos sobre el barandal, observando el panorama que se ofrecía; desde ahí podía ver avenidas infestadas de autos, los edificios con publicidad destellante y el monumental edificio de la Mole Antonellana; símbolo indiscutible de la ciudad. Era una muy excitante vista, ya esperaba verla de noche.

En cuestión de minutos se aburrió de estar ahí, no era tan paciente como para observar durante horas el arte visual o reflexionar en su vida, así que regresó adentro.

Para su sorpresa, estaba mucho más sofocante que cuando salió, se suponía que debía suceder lo inverso… ¿o seria que afuera estaba más frio? No, tenía que haber otra explicación. Salió al pasillo yendo hacia el termostato. Vaya fue su sorpresa al ver que estaba con diez grados de más de los que él le había puesto. Bufo molesto, solo faltaba que el termostato no funcionara. Negándose aceptar esa posibilidad volvió a acomodarlo a quince grados.

Regresó a su habitación y se dejo caer sobre la cama, queriendo descansar un poco de su largo viaje, demasiados sucesos en los últimos dos días y lo único que quería era dormir una buena siesta. No obstante, era demasiado incomodo, el asfixiante aire caliente que entraba a sus pulmones no se lo permitía y las gotas de sudor comenzaban a formarse en su rostro. Suficiente, necesitaba refrescarse ya. Se incorporo de un brinco, darse un baño era una opción viable, considerando que aun traía la misma ropa en la que recibió la vomitada del avión y el sudor de un maratón de medio kilometro. Se deshizo de toda su ropa exterior quedando solo en bóxers y se dirigió hacia el baño.

Cuando estaba por cruzar el umbral de la puerta se acordó de lo que le faltaba.

-mi ropa…- recordó que dejo sus maletas arrumbadas en la estancia, por lo que se dio la vuelta y fue por ellas. Una vez cogió un par de toallas y la indumentaria dispuso el regresar, sin embargo al cruzar el pasillo le pareció haber visto…¿era su imaginación? Retrocedió dos pasos… ¡¿Cómo era posible eso?! ¡El termostato estaba a treinta grados! Suficiente, iba a arreglarlo de una vez por todas. Acerco ambas manos al ajustador, lo más sensato sería revisar el sistema interno.

-¡Aja! ¡Te tengo usurpador!-.

-¿Qué…?-.

Abrió los ojos como platos, una enorme llamarada de fuego se dirigía hacia si, en un impulso dio un torpe salto hacia atrás, el fuego estuvo a escasos centímetros de rozarlo. Respiró profusamente y se llevo una mano a su zona cardiaca ante tremendo susto. Una vez recupero el aliento alzó la cabeza para ver al causante. Frente a si se encontraba un chico más o menos de su edad, de ojos puntiagudos que vestía con ropa de playa; sandalias, bermudas y camiseta, a excepción de una bufanda en su cuello, además de tener el cabello en flecos de un horrendo rosa chillón y el detalle de que en sus manos traía un enorme lanzallamas.

-¿Quién…eres tú?- pregunto muy extrañado por la extravagancia en la forma de vestir, pero entonces recordó la barbaridad que estuvo a punto de hacerle – ¡o más bien que rayos te pasa! ¡Casi me chamuscas idiota!-.

-¡Silencio! ¡El que hace las preguntas aquí soy yo!- el peli rosado le apunto amenazadoramente con el lanzallamas.

Gray trago grueso, mejor no hacer enojar a ese sujeto, tal vez era un psicópata.

El extraño comenzó a rodearlo lentamente escudriñándolo de arriba abajo - ¿Qué haces aquí? ¿Eres algún tipo de exhibicionista o algo así?-.

Arqueó una ceja en confusión, hasta que noto como lo estaba fisgoneando y cayó en cuenta de por qué el comentario – ¡Claro que no imbécil!- incomodo lo empujo con brusquedad al sentir invadir su espacio personal - ¡yo soy Gray Fullbuster y estoy aquí porque alquile este apartamento!-.

Los ojos de él chico de cabellos rosados se quedo con la boca abierta, de ser posible la hubiera dejado caer hasta el suelo y sus ojos se pusieron en blanco –No…No me digas que tu eres el otro- murmuro como un lamento, con un tic nervioso comenzando a latir en su ceja.

Gray respiro profundamente en un intento de guardar la poca paciencia que le quedaba, cada vez le entendía menos a ese sujeto –haber, "flamita"- le apodo al no saber cómo referirse a él, luego se paso ambas manos por el cabello buscando organizar sus ideas – dime quien eres tú y que es lo que haces en mi departamento-.

-querrás decir nuestro departamento- le corrigió con especial énfasis en la penúltima palabra –soy Natsu Dragneel y soy quien alquilo el otro espacio libre-.

-¡¿Qué?!- casi se cae de la impresión, no podía ser cierto, no, no, no, el no podía compartir su casa, menos con ese maniaco – Eso es imposible, a mí nadie me dijo que alguien más iba a vivir aquí-

-pues créelo hie-li-to- deletreo el nombrado Natsu en referencia a su afán de helar el departamento –aunque no te agrade la idea, yo rente el departamento y no me pienso ir, si quieres tu puedes hacerlo- mostro victorioso una llave idéntica a la del recibidor, junto con una enorme sonrisa mostrando su blanca dentadura.

Gray se masajeo la sien, ese tal Natsu en verdad era irritante, pero de ninguna manera buscaría otra vivienda, no, él llegó primero y no pensaba darle la victoria –okey, si vamos a vivir juntos necesito preguntarte algo antes- su voz se volvió seria, tenía una idea de por qué su ropa era tan extravagante, su voz chillona y el cabello rosado. Lo vio fijamente a los ojos y aspiro profundamente:

-¿eres gay?-.

El chasquido de un puñetazo impactarse en su mandíbula dio más que respuesta.

-¡Qué clase de pregunta es esa, idiota!-contesto enfurecido Natsu, respirando entrecortadamente del coraje.

-¿¡que carajos haces cerebro de flama?!- se llevo una mano a la quijada ante el intenso dolor que se presentaba, todas sus heridas de su último accidente aun no estaban del todo curadas. Pero eso no impidió que le devolviera el golpe con un rodillazo en el estomago – Tu cabello es rosa afeminado ¡¿qué esperabas que pensara?!-

El Dragneel se encorvo adolorido -¡Te equivocas mi cabello rosa es muy varonil!- le respondió con otro golpe.

A partir de ese momento, Gray supo que esa pelea sería tan solo el comienzo de otras más, que irónico, se mudo ahí para evitar peleas ¿Cómo subsistirán todos los días? Eran tal como fuego y hielo. Ahora estaba seguro de una cosa:

Ya nada se podía poner peor. O al menos, eso creía.


Entre las cuatro paredes de su habitación Juvia revoloteaba de aquí para allá intercambiando las miradas entre el reloj y el espejo del tocador. Hacía y deshacía su peinado, fajaba y desfajaba su blusa, se cambiaba de zapatos. Los nervios no paraban, harta de la situación se sentó en el diván junto a la ventana. Observó por el cristal, el cielo se encontraba despejado; con una media luna resaltando entre las estrellas. Una inevitable melancolía la invadió ¿Cómo estarían Gazille, Levy y su novio? ¿Qué estarían haciendo en estos momentos? Los extrañaba y los necesitaba más que nunca. Seria duro vivir sin ellos, sin alguien con quien contar, a quien expresar sus sentimientos o por lo menos que la hiciera olvidar todo lo que pasaba por su cabeza. Dudaba mucho encontrar a alguien así en Italia, eran culturas muy diferentes y ella no solía ser muy social. Sin querer recordó al chico pelinegro ¿Le estaría yendo bien en su nuevo departamento? Negó con la cabeza reprendiéndose por pensar en alguien a quien posiblemente no volvería a ver.

Unos golpes en la puerta llamaron su atención, dio el pase y su puerta fue entre abierta.

-señorita, su padre y sus hermanos la esperan en el comedor-.

La fuerza se le fue por un momento pero se recompuso de inmediato.

-gracias, enseguida bajo-.

Cuando la puerta fue cerrada bajo de sofá y se observo por última vez en el espejo sintiéndose igual de disconforme que antes. Su apariencia no era elegante, en toda su ropa no hayo nada digno de los Porla. Toda su ropa fina era de cuando estaba en la pubertad y mejor no intentar ponérsela, su cuerpo se había desarrollado demasiado. Al final opto por una de sus faldas más bonitas y sus botas más nuevas.

Una vez asegurada de su apariencia hizo unos ejercicios de respiración, buscando calmarse. Su padre la esperaba abajo, el reencuentro decisivo era inevitable. Le gustaría demorarse más, pero mejor ser puntual si quería un encuentro lo mas pacifico posible.

Saliendo de su habitación se dirigió a las escaleras principales, tuvo que agarrarse de la barandilla para no desmoronarse al ver desde arriba el comedor. Fue bajando con suma lentitud los escalones.

El comedor de roble perfectamente dispuesto, el mantel de tejido blanco, la vajilla de cristal de bohemia, los cubiertos color plata. Los exquisitos platillos acomodados de una forma casi artística.

Las sillas forradas de blanco ocupadas por cada uno de sus hermanos. A mano izquierda Totomaru con una sonrisa de autosuficiencia. Superiormente Sol observando con escrutinio el arreglo floral de rosas sobre la mesa. A la derecha Aria con los brazos cruzados. Todo estaba listo.

Piso el último escalón e inevitablemente vio a quien encabezaba la mesa.

Su padre.


¡Hola! Aquí reportándose Tris-chan (no sé quien me nombro así, pero me agrada) Acabo de terminar este capítulo así que está recién salido del horno.

Que puedo decir me hacen sentirme tan feliz pero tan culpable a la vez. Agradezco muchisisimo todos los reviews y las vistas en el capitulo pasado, me siento honrada de contar con su apoyo.

Asimismo les extiendo una disculpa por la demora, tenía contemplado actualizar hace mes y medio, pero la escuela me sorprendió con proyectos finales y exámenes semanales que no tuve tiempo de escribir. Desde el primer día en que salí de vacaciones le he estado poniendo todas las ganas ha este capítulo, pero mi computadora estuvo fallando durante días (y todavía está) por lo que me imposibilitaba acabarlo. Pero finalmente aquí esta, como compensación lo hice el doble de grande, espero les haya gustado.

Como ven, la llegada a Italia a sacado conflictos a flote a partir de este momento, comienzan los conflictos para Gray y Juvia ¿Qué sorpresas les esperan en esta gran ciudad?

Agradezco sus ideas a quienes aportaron, créanme que estoy buscando meterlas en el desarrollo del fic, así mismo estaré muy feliz de seguir contando con sus generosos comentarios que tratare de contestar privadamente. Que dicen ¿Merezco algún review?

Nos vemos en la próxima actualización, que espero sea pronto puesto que no tengo recurso de ninguna materia (yei, ¡qué alegría!) avanzare todo lo posible en vacaciones.

¡Un beso a todos!