CAPÍTULO 3:
EL DESAYUNO DE LOS CAMPEONES
El sol apenas comenzaba a asomar por el horizonte cuando Merlín, como cada mañana, se despertó. Era parte de su rutina: abrir los ojos, mirar al techo, bostezar, parpadear un par de veces, estirar los brazos, volver a bostezar, incorporarse y maldecir sin voz el horario que sus ocupaciones como criado del rey le imponían, antes de abandonar sus humildes aposentos y la enfermería donde estos se encontraban.
Con un rápido vistazo a la cama donde descansaba la druida, comprobó que esta seguía inconsciente. Suspiró, aunque no sin sentir cierta preocupación. Los druidas eran criaturas tan poderosas como pacíficas. En tiempos de Uther, un leve atisbo de algo mágico habría provocado un destino mucho peor que el que había sufrido aquella joven. Pero Uther ya no era rey, sino Arturo. Eran tiempos distintos. Era un rey distinto. Y, si de algo estaba seguro el joven mago, era que Arturo habría tenido más reparos para castigar a una criatura así a los que había tenido su padre.
"Entonces cuéntale a Arturo tu secreto", le dijo una vocecilla maliciosa en su cabeza, que rápidamente ignoró. Aquello no era lo apropiado en esos momentos. Antes había que averiguar quién, dentro de Camelot, y a espaldas de sus reyes, había amenazado la vida ya no solo de una druida sino de toda una aldea.
Merlín se sobresaltó cuando sintió una mano agarrándole firmemente por el hombro. Se giró y abrió la palma de la mano, interponiéndola instintivamente entre su cuerpo y el de…
- ¡Gaius! – exclamó cuando, al girarse, reconoció el rostro del anciano.
Este le contestó con un gesto serio, indicándole que guardara silencio al ponerse un dedo sobre los labios con impaciencia.
Merlín miró de reojo a la joven que descansaba, impasible, sobre la cama, antes de volver la vista a su mentor.
- Lo siento – susurró – Es solo que… me has asustado.
- Y tú a mí.
Gaius bajó la vista a la mano que Merlín seguía interponiendo entre ambos, como listo para un ataque. Este pronto se dio cuenta y bajó la mano con torpeza y rapidez.
- Merlín, tienes que tener cuidado, ya son muchos años aquí y si alguien se…
- Gracias, Gaius – interrumpió Merlín, forzando una sonrisa.
Este guardó silencio, captando el mensaje no pronunciado de su ahijado, y se dirigió sin decir más a preparar los desayunos de ambos. Por su parte, Merlín tomo su asiento habitual en la mesa de madera que se encontraba en mitad de la sala, y guardó silencio hasta que vio aparecer a Gaius con dos cuencos rebosantes de leche de vaca recién ordeñada. No tardó en lanzarse a su cuenco, y apenas le dio tiempo a Gaius de sacar un par de bollos caseros para acompañar la leche.
- Qué hambriento.
- Mucho.
Tenía la boca llena de bollo y leche, y unas cuantas gotas se escaparon de su boca al hablar hasta aterrizar en la cara de Gaius. El joven mago tuvo que contener las ganas de reírse (y, por consiguiente, ahogarse) cuando vio el gesto que puso Gaius después del "incidente"… o por lo menos lo intentó. Su risa, de hecho, se hizo más evidente, cuando vio que el gesto de Gaius se agravaba más conforme su risa aumentaba, aunque eso no le impidió apreciar un cierto temblor en los labios de Gaius.
"Seguro que también se quiere reír, pero se está conteniendo. El muy…".
La risa de Merlín pronto se vio interrumpida por un fuerte ataque de tos. El bollo que estaba masticando, fruto de la risa, se le había ido por el conducto equivocado, y su cuerpo había reaccionado como debía en ocasiones como aquella.
- ¡Merlín! – exclamó Gaius
Merlín le miró antes de bajar la vista a la mesa y llevar rápidamente sus manos al cuenco con leche. Apresuradamente, y tratando de contener la tos el tiempo justo para beber, se llevó el recipiente a los labios y tomó pequeños sorbos con cuidado hasta que hubo pasado el susto.
Merlín apoyó el cuenco en la mesa y dirigió una última mirada al bollo que no se había terminado de comer.
- Todo tuyo, Gaius. Ya he tenido bastante por hoy.
Hizo gesto de levantarse y dirigirse hacia la puerta, pero a mitad de camino paró. Gaius también se dio cuenta, pues se levantó y recortó la distancia con el joven mago.
- Merlín, ¿qué…?
La pregunta de Gaius no llegó a formularse. Tan pronto como supo qué miraba Merlín, el anciano procedió, sin darse cuenta, a imitarle.
La druida había despertado.
Comentario de la autora: ¡He vuelto! Pero no os hagáis ilusiones: mis predicciones se cumplieron y tengo un bonito montón de trabajos, libros y apuntes pendientes. Una verdadera delicia. Por suerte, he podido terminar el capítulo a tiempo para dejarlo subido hoy, quien sabe hasta cuando habríais tenido que esperar si no. Perdonad cualquier falta de ortografía que se me haya podido escapar, y gracias por vuestras reviews; muchas veces son las que animan a seguir escribiendo :)
