CAPÍTULO 4:

MAYA

Todo había sucedido muy rápido. Lo que parecía ser otro día más en la aldea se había convertido, de pronto, en un mar tempestuoso de gente corriendo en todas direcciones, sumidas en el pánico, huyendo de las espadas y el fuego que les perseguían. Pronto se había fijado en que el objetivo del fuego no eran las casas, sino la gente, provocar miedo en ellos, por lo que permaneció oculta en la casa, creyendo que su presencia pasaría desapercibida y que pronto habría pasado todo y la aldea volvería a la normalidad.

Pero no fue así.

Su captura había sido cuestión de tiempo y, tan pronto como sus captores habían visto el símbolo impreso sobre su piel, había acabado firmando su propia sentencia. Por eso, no había dudado en aprovechar la oportunidad de escapar tan pronto se le presentó, y gracias a su magia pudo liberarse de las cuerdas que ataban sus muñecas y aturdir a sus captores el tiempo justo para poder escapar de ellos. Todo habría sido perfecto… si uno de los soldados que iban más adelante no la hubiese visto.

Lo siguiente era borroso. Caballos, acero, árboles, piedras, gritos, dolor,… y, de repente, nada.

Entonces, ¿por qué se oían voces?

"Me ha encontrado", pensó. "Es él. Me ha encontrado, es él,…".

El pánico comenzó a inundarla, mitigando el dolor pulsante que sentía en la cabeza. Ya tendría tiempo de descansar cuando estuviese a salvo. No podía dejar que le cogiera.

Abrió los ojos. Tan pronto como lo hizo, el poco color que tenía en la cara desapareció como el sol tras una nube de tormenta.

"No".

Se encontraba tendida en una cama (y en ropa interior, lo que aumentó su sensación de alarma), en lo que parecía una botica.

"Me ha encontrado".

Cuando giró la cabeza, vio dos pares de ojos, unos jóvenes y azules, y los otros, verdes y ancianos, fijos en ella. Antes de que tuviese tiempo de abrir la boca, los dos individuos se acercaron a ella, uno a cada lado de la cama, impidiéndola escapar.

Aquello era más de lo que podía soportar. Rápidamente, se incorporó hasta quedar sentada en la cama; se arrepintió tan pronto la habitación comenzó a dar vueltas y los dos rostros se acercaban más y más al de ella, con expresiones serias y atentas.

- No… no me hagáis nada – murmuró débilmente mientras notaba como el más anciano sostenía su cabeza y la invitaba a recostarse en la cama donde yacía.

El anciano se detuvo unos segundos y le dirigió una mirada cálida, casi reconfortante.

- No queremos haceros daño, mi señora. Sólo tratamos de ayudar.

La joven druida no hizo ningún comentario, y se dejó colocar de nuevo sobre las almohadas. El anciano parecía buena persona, y el joven no tenía cara de lo contrario, pero había sufrido demasiado en la vida por culpa de gente con aspecto de buena persona. El tiempo y el dolor le habían enseñado a no fiarse de las apariencias, y menos siendo lo que era.

Pero eso no le impedía ser agradecida cuando tenía que serlo.

- Gracias – le dijo al anciano tan pronto apartó sus manos de la cabeza de ella y esta reposaba sobre el cómodo y mullido almohadón.

Sus ojos pasaron del anciano al otro hombre, al joven. Era delgaducho, aunque no demasiado alto. Y, a juzgar por sus ropajes, debía de tratarse de un sirviente o alguien de rango inferior. Pese a que no destaca precisamente por una apariencia física apuesta, sus ojos eran particularmente bonitos. Eran azules, grandes y brillantes, llenos de vida y de algo más.

Abrió los ojos sorprendida ante su hallazgo y trató de incorporarse en la cama, antes de que los brazos del anciano la frenaran.

- No os mováis – dijo el anciano.

Sentía sus manos, firmes pero suaves, sobre su pecho; no las retiró hasta que dejó de ver indicios de resistencia en la druida. Pero, ¿cómo iba a tenerlos? Estaba demasiado ocupada mirando al joven de ojos azules, que aparentaba ser un criado normal (y desde luego no lo era), y que le mantenía la mirada con una mezcla entre curiosidad e incomodidad.

Descubrir su presencia, al menos, le había reconfortado. Si bien no sabía nada del anciano, rara era la criatura mágica que no había oído hablar del joven. Un mago inusual y particularmente talentoso, ese era él. Sin duda alguna, se le conociese como se le conociese, aquel joven era la persona que estaba buscando.

Era hora de pasar a la acción.

"Emrys," le llamó en su mente, estableciendo una conversación telepática entre ambos, "necesito vuestra ayuda".

Supo que no se había equivocado de persona tan pronto vio como el joven, silencioso, abría los ojos, sorprendido, y se cambiaba de postura, ligeramente incómodo.

"Aquí no me conocen con ese nombre", respondió él, "y además, no está bien hablar entre nosotros así cuando hay gente delante".

Ella supo que se refería al anciano, cuya identidad desconocía. Miró a Emrys llena de dudas, pero él le dirigió una sonrisa tranquilizadora.

"Tranquila, es de fiar. Sabe quien soy".

La joven observó que Emrys miró con una sonrisa ¿rebelde? al anciano, que alternaba entre ella y él la misma mirada de desconcierto y curiosidad.

Al final, la vidente despejó sus dudas y habló.

- Emrys,… - empezó.

- Merlín – interrumpió el anciano.

Ella giró la cabeza hacia él e inclinó la cabeza con gesto de cortesía.

- Yo soy Maya. Gracias por atender mis heridas.

El anciano se quedó mirándola sonriendo ante un chiste interno que ella no pilló, pero supo recomponerse y dedicarla un gesto educado y amable que casi la hizo sentirse a salvo.

- No hay de qué. Los arañazos ya casi han curado, pero la herida de la cabeza era bastante fea. Harán falta otro par de días hasta que estéis bien, mi señ…

- ¿De qué os reís? – interrumpió Maya.

Emrys llevaba desde el principio desternillándose de risa; en esos momentos, cualquier intento de disimular su ataque había desaparecido, y el joven se desternillaba abiertamente… haciéndola sentir estúpida.

El mago paró tan pronto se dio cuenta de que la druida y el anciano le estaban mirando, y cuando respondió su cara era del mismo tono rojo que la bandera de Camelot.

- Disculpad, mi señora.

- ¿Qué os hace tanta gracia? Decídmelo.

Merlín se quedó petrificado ante el tono autoritario de ella, lo que hizo que la joven se sintiese culpable. No era quien, supo, para exigirle nada a los demás. No era, ni mucho menos, el rey de Camelot.

- Es solo que habéis equivocado nuestros nombres, mi señora – dijo el anciano, antes de que ninguno de los dos pudiese decir nada – Él es Merlín.

"Aquí no me conocen con ese nombre", le había dicho. Ahora lo entendía.

Ella también se ruborizó.

- Oh. Lo siento. – miró al anciano y a Emrys, Merlín o como fuese que se llamase, tratando de hacerle ver que la disculpa había ido dirigida también a él por el tono que había usado antes. Después, volvió la vista de nuevo hacia el anciano.- ¿Cómo os llamáis vos?

- Gaius. – sonrió.

- Encantada, Gaius.

En ese momento, llegó el turno de que Gaius inclinase la cabeza en señal de cortesía.

Maya volvió de nuevo la vista hacia Emrys.

- Emrys…

- Merlín. – la interrumpió él.

- Merlín, necesito vuestra ayuda.


Comentario de la autora: ¡Hola a todos! Ha pasado como un mes desde la última vez, demasiado tiempo. No me culpéis a mí, culpad a la universidad ;_; En fin, siempre queda el consuelo de que las Navidades están a la vuelta de la esquina (mal de muchos…). Aquí os traigo el nuevo capítulo; esta vez, conoceremos mejor a nuestra druida, quien, a estas alturas, ya sabréis que se llama Maya. Odio dejarlo así, pero es que si no no sé donde cortar XD Con suerte (aunque no prometo nada), tendréis publicado el nuevo capítulo de esta fic para el puente de diciembre. Pero claro, las musas de hoy pueden no existir mañana, así que ¿quién sabe? No olvidéis en dejar review mientras y en decir si os gusta o no o cualquier cosa que necesitéis expresar. Muchas gracias por tener la paciencia de esperar ¡UN MES! para leer este capítulo, sois geniales :)