CAPÍTULO 5:
NOCHE EN CAMELOT
Había pasado una semana desde que Arturo y sus nobles caballeros, acompañados por Merlín, habían encontrado a Maya en las ruinas de lo que hasta entonces había sido su poblado. También había pasado una semana desde que Merlín había descubierto que era una druida, y una semana desde que tanto él como Gaius habían estado ocultando su condición a todo ser viviente en el castillo. No era tarea fácil y, aunque la principio habían tapado el trisquel de su muñeca izquierda con ungüentos y vendajes, conforme la muchacha iba sanando el brazo iba quedando al descubierto y tenían que tener más cuidado. Sobre todo con las visitas.
Arturo se pasaba a ver Maya todos los días, a primera o a última hora del día, o a ambas siempre que sus deberes como rey lo permitían. Le gustaba intercambiar palabras con la druida, aunque al final se terminó frustrando porque ella apenas le contestaba con monosílabos. Una noche, cuando Arturo se fue, Merlín se sentó en un taburete delante de la cama en que reposaba ella y le preguntó por qué se mostraba así con Arturo.
- Porque condena la magia – dijo ella, como quien explica a otro la cosa más lógica del mundo.
Merlín se estremeció al oír aquello. Sabía que Arturo no estaba a favor de ella. Desde que se habían conocido, no había podido revelar a Arturo su verdadera naturaleza; aunque al principio, sin conocerse, había sido difícil, conforme pasaron los años y fueron confiando el uno en el otro, a Merlín le parecía ya una tarea casi imposible. Eso le intranquilizaba, pues sabía que el joven rey se acabaría enterando en algún momento. Pero simplemente no quería pensar en aquello.
- Pero hay algo que me intriga, Em… Merlín – dijo Maya. En los últimos días, había aprendido a llamar a Merlín por ese nombre sin apenas confusiones con su otro nombre, Emrys – Tú también eres un ser mágico, casi tanto o incluso más que yo. ¿Por qué sirves a alguien como Arturo?
Merlín suspiró y bajó la vista. ¿Por qué servía a Arturo? Para él era una respuesta fácil, aunque al parecer no para los demás.
- Porque Arturo es mi rey. Da igual que yo tenga el don de la magia o que no. Le debo mi lealtad.
- Entonces, - continuó ella - ¿te da igual las consecuencias que tengas que afrontar si algún día se entera de quien eres realmente?
- No. No me dan igual. Arturo es mi rey, pero también es mi amigo. Me dolería enormemente que tuviese que alejarme de Camelot y de él. – respondió el joven mago con total sinceridad – Pero mi deber está para con mi rey. Hasta que él me ordene lo contrario, mi deber es servirle y protegerle. – Merlín se levantó – Y tu deber es dormir y sanar. Para encontrar a los que asolaron tu pueblo, antes debes reponerte. Descansa.
Merlín se alejó sin intercambiar más palabras con la druida, quien pronto se tumbó en la cama y reposó la cabeza en la almohada antes de quedarse profundamente dormida. El joven mago se dirigió a las escaleras que llevaban a su dormitorio, pero antes de poner un pie en la primera se sobresaltó cuando una mano se le posó en el hombro. Con el pie en el aire, sin llegar a pisar el escalón, giró el cuello y sus ojos se encontraron con Gaius.
- Arturo no es Uther.
- ¿No te han dicho que es de mala educación espiar conversaciones ajenas? – dijo Merlín, molesto.
Gaius ignoró su pregunta y, sin retirar la mano del hombro del joven mago, respondió:
- Uther odió la magia por desearla sin pensar en sus consecuencias. Era un rey duro, frío y egoísta. – a Merlín le sorprendía oír hablar así a Gaius del rey que había sido su amigo, aunque no pudo evitar darle la razón – Arturo es un rey joven, comprensivo y cercano con su pueblo. Es consciente de que para grandes males hay que encontrar grandes remedios. No me cabe duda de que lo entenderá y te aceptará, con el tiempo.
Gaius esbozó una media sonrisa antes de soltar la mano de Merlín y dejarle marchar. Este subió las escaleras a su habitación sin querer pensar en nada y se desplomó en la cama en cuanto tuvo ocasión, empezando a roncar apenas unos segundos después con las botas aún puestas.
Arturo entró en sus aposentos y, tras colgar su cinto con sus armas en la puerta, se sentó en el borde de la cama y empezó a desatarse las botas sin siquiera saludar a su esposa, que estaba sentada en su tocador quitándose las joyas y deshaciéndose el elaborado peinado; había dicho a sus criadas que no las necesitaría para aquello y que se fuesen a descansar. Aunque al principio Gwen le dejó unos minutos en silencio con sus reflexiones, al final estaba ya nerviosa y tuvo que romperlo.
- ¿Arturo? ¿Estáis bien?
- ¿Hmm? – preguntó él, con las manos aún deshaciendo nudo del cordón de la misma bota, alzando repentinamente la cabeza hacia su esposa. – Lo siento, Guinevere – ella se estremeció. Le encantaba como sonaba su nombre completo en boca de Arturo, aunque para los demás prefiriese simplemente Gwen. - ¿Qué decías?
Gwen se levantó y se arrodilló delante de Arturo, retirando dulcemente con sus manos las de él y desatándole las botas en menos de un minuto. Él sonrió azorado y se descalzó, antes de incorporarse y dejar que Gwen le liberase de la cota de malla.
- Os pregunté si os pasaba algo. Estáis muy callado.
Arturo permaneció con la vista fija en una de las velas que tenía delante, pensativo.
- Es solo que… Estaba pensando en la mujer a la que rescatamos.
- ¿Maya? – preguntó ella, sorprendida. Había estado con ella apenas un par de veces, cuando Arturo había estado ocupado con los asuntos del reino y le había mandado en su lugar. - ¿Sucede algo? ¿Se encuentra bien?
- Oh, no te preocupes, según Gaius va sanando poco a poco.
- Me alegro – dijo Gwen, con una sonrisa en los labios. - ¿Entonces qué sucede con ella?
- He estado ahora con ella y… creo que me odia.
- ¿Te odia esta noche? – preguntó Gwen, medio en broma medio en serio. La verdad es que estaba totalmente perdida.
Arturo resopló, impaciente, y puso los ojos en blanco.
- No me odia "ahora". Pero creo que me odia. A secas.
- ¿Por qué lo piensas? – le preguntó Gwen, mientras hacía que su marido se librase de la cota de malla y se girase hasta colocarse frente a ella.
- Es esa mirada… Me mira como si yo hubiese hecho daño a su pueblo. Y sus ojos, es como si siempre me estuviesen mirando, aún sin estar delante – Arturo se estremeció, bajando la vista al suelo, contemplándose sus pies descalzos frente a los de Gwen.
- No te odia, mi señor. Pero entiende que en apenas unos días ha visto desaparecer a su pueblo, a sus vecinos, amigos y probablemente también a su familia. No debe ser fácil.
Arturo se quedó pensativo, negó un par de veces con la cabeza y la alzó hasta mirar a su esposa a los ojos. Entonces sonrió. Gwen siempre tenía ese efecto en él: pasara lo que pasase, solo necesitaba mirar sus ojos oscuros para sentirse en casa y a salvo. Tomó a su esposa dulcemente de la mandíbula y le dio un tierno beso en los labios, apenas rozándose.
Ninguno de los dos habló más hasta que estuvieron ya en la cama, desnudos, con sus cálidos cuerpos el uno junto al otro. Arturo tenía una de sus manos en su pecho, entrelazada con una de Gwen, mientras su otra mano descansaba bajo la almohada. Ella ya estaba casi dormida cuando le oyó reírse.
- ¿Qué sucede, Arturo?
- ¿Sabes qué es lo gracioso? – dijo él, con tono jocoso – Mientras que Maya me mira como si hubiese destruido su pueblo, a Merlín lo mira como… como si él lo hubiese salvado.
Gwen soltó una risita y puso los ojos en blanco, girándose para que se cuerpo estuviese frente al de su esposo y poder mirarle a la cara. Había veces que Arturo se comportaba como un niño. Le encantaba.
- ¿Y os molesta que no sea así con vos?
"Pues claro, yo la encontré, la salvé y la llevé ante Gaius. Sin mí habría muerto ese mismo día."
- Por supuesto que no. – mintió, mirando a su esposa como si el comentario le hubiese escandalizado - Pero… es gracioso. Normalmente tengo que decirle a Merlín que limpia mi armadura por segunda vez porque en la primera se ha dejado manchas sin pulir. ¡Y ahora resulta que es todo un salvador!
- De verdad, no entiendo como Merlín os aguanta tanto – bromeó Gwen, sintiendo algo de lástima por Merlín. Sabía que Arturo era un desastre, y que Merlín era el único que lograba poner algo de orden en todo el caos que montaba su esposo.
Arturo rió y fingió sentirse ofendido.
- ¿Tú también, Guinevere? ¿Qué tiene Merlín que os atraiga tanto a las mujeres? Voy a empezar a pensar que alguien os ha embrujado…
Ahora era turno de Gwen de reírse.
- Si Merlín quería embrujarme, ha llegado tarde. Otro se ha adelantado.
- ¿Qué quieres decir? ¿Quién? ¿Estás bien? – preguntó Arturo con rostro serio, incorporándose levemente para mirar a su alrededor en busca de algún malvado intruso. Como alguien le hubiese hecho algo a Gwen, iba a…
- Estoy mejor que nunca.
Ella le empujó contra el colchón y se echó encima de él, juntando nuevamente sus labios. Aunque él al principio se sorprendió, pronto reaccionó y se entregó al beso, abrazando el cuerpo desnudo de ella con sus brazos y atrayéndolo hacia su pecho.
Todo Camelot dormía, incluidos sus reyes y el resto de habitantes del castillo. Todos, menos Gwaine. Al caballero le tocaba guardia aquella noche y, aunque no se quejaba (mucho), pagaba su disconformidad con los otros jóvenes caballeros que habían quedado a sus órdenes esa noche. No era muy cruel, recordaba cuando él había estado tan verde como ellos, pero tenía que matar su aburrimiento de alguna forma. Al fin y al cabo no pasaba nada. Absolutamente nada.
O eso creía Gwaine.
Poco antes del amanecer, cuando el cielo se encontraba más oscuro, el caballero vio una sombra deslizándose por la entrada al castillo. Pensó que eran imaginaciones suyas (al final, tenía que reconocer, estaba somnoliento y le faltaba poco para dar una cabezada), pero, por si acaso, decidió ir detrás. Tardó en seguirle el rastro dentro del castillo, y justo cuando iba a dar media vuelta, vio el reflejo del resplandor de una antorcha proveniente de un pasillo perpendicular al suyo. Al principio se quedó desconcertado. Ese pasillo solo conducía a…
"¡La botica de Gaius!"
Sabía, de la mano de Arturo, que Maya, la muchacha a la que habían rescatado en la aldea días atrás, había solicitado la protección de Camelot, en caso de que quien redujese a cenizas el pueblo decidiese regresar para terminar el trabajo que había dejado a medias y liquidar también a la joven. Por eso, Gwaine echó a correr, desenvainando la espada en el camino, dando cada zancada más grande que la anterior (todo lo que sus piernas le permitían) para recuperar la distancia con el acosador.
Llegó a la puerta y, sin pensárselo dos veces, la abrió de una patada mientras se ponía en guardia y agarraba la espada con más firmeza entre sus dos manos.
Para su sorpresa, vio como un par de ojos verdes centelleantes lanzaban por los aires a la sombra negra a la que había ido a perseguir. Esta chocó contra la pared con fuerza y cayó desplomada al suelo, emitiendo un ruido sordo. Aunque Gwaine debería haberse dirigido inmediatamente a ver el rostro del agresor, su mirada estaba puesta en otra persona.
- ¡Bruja!
Comentario de la autora: ¡Hola a todos! Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez... y no os voy a mentir: probablemente pase bastante tiempo hasta la próxima actualización. En unos días regreso a la universidad, y es mi último año (con suerte), así que hay que esforzarse como nunca y hacer las cosas bien. Aunque implique dejar al margen mis historias :( Espero que este cliffhanger sea suficiente para manteneros en vilo hasta entonces y poderos haceros seguir junto a mí a lo largo de esta historia. Porque eso sí os lo aseguro: tardaré seis meses en subir el próximo capítulo o tardaré un año, pero no pienso abandonar esta historia. Gracias a todos por leerme :)
