PARTE 2 - Reencuentro
Esa noche acompañe a mi abuela a una cena formal en la mansión Holmes. Años atrás había especulado sobre cómo sería la casa dentro de los jardines tan bien conocía, pero jamás imaginé que iba a volver para descubrirlo. Y mucho menos en una situación como esa.
Fue una noche muy calurosa de verano y yo me encontraba de pie en un lugar muy poco visible del salón, mareado por la cantidad de gente, la música, el baile y los empleados atentos que nunca dejaban copa ni platos vacíos por mucho tiempo. El traje que llevaba puesto solo sumaba para la incomodidad que iba aumentando; era uno viejo de mi padre, que me ajustaba en ciertos lugares y quedaba demasiado suelto en otros. Poco halagador, de una lana caliente y además con un pequeño hueco en la manga que parecía ser de una quemadura de cigarrillo.
Si antes de salir de la casa estaba poco convencido con mi apariencia, en ese entonces de pie en el elegante salón, rodeado de aquellas personas, me sentía mortificado. Por eso la ubicación estratégica, alejado del tumulto pero sin parecer un antisocial.
A mi lado, mi abuela estaba sentada y saludaba con una sonrisa amable a sus conocidos, pero la tensión alrededor de su boca y ojos me decía que estaba igual de abrumada que yo.
¿Cuánto tiempo es lo educado permanecer en una fiesta antes de largarse? Quise preguntarle a ella, pero no lo hice, para no incomodarla aún más. Intuyendo lo que estaba pensando, ella me aseguró en voz baja que apenas saludara a Violet, nos marchábamos.
Se refería a la abuela Holmes, quien sabía yo por los comentarios de la gente, era algo así como la matriarca de la familia. Mi abuela hablaba de ella como una gran amiga, aunque en mis años de visitarla jamás la había visto en la casa, o a mi abuela ir a la visitarla. Al parecer había sido una de esas personas ricas muy comprometidas con su comunidad, que había hecho mucho por el pueblo y la gente, pero llevaba cerca de diez años en un estado delicado de salud. Se notaba que había sido una persona muy querida, porque la celebración de su cumpleaños fue bien recibida y casi toda la gente del pueblo estaba allí esa noche. El comentario general era optimista, todo el mundo hablaba de cómo seguramente la abuela Holmes se encontraba mejor.
Las sospechas de mi abuela, en cambio, eran más sombrías. Sin pelos en la lengua, el día que recibió la invitación, dijo en voz alta: por supuesto que voy a ir, quiero presentarle mis respetos antes de su muerte.
Y por eso estaba yo esa noche vistiendo un traje horrible, muriéndome de calor, y sosteniendo del brazo a mi anciana abuela en vez de traer a alguna chica hermosa del pueblo.
No es que pensara mucho en las chicas en esos tiempos. Aquel fue el verano que pasé en la casa de mis abuelos al terminar la universidad. Tenía veinte años y el único pensamiento, el gran problema, era que todo lo que se interponía entre mi sueño de ser doctor y yo era el dinero.
Fue el año en que mi padre perdió el trabajo, y el empleo de medio tiempo de mi mamá apenas era suficiente para mantenerlos. Harry había dejado otra vez los estudios y se estaba quedando con Clara, trabajando en una tienda de mascotas. Ninguno estaba en la posición de ayudarme.
Por eso el ejército había sido mi última (única) oportunidad para completar mis estudios de medicina. Ese último semestre abandoné la habitación en el apartamento que compartía con mis compañeros y en espera de una respuesta de la Reina, me marche a la casa de mis abuelos.
Era un buen cambio, entonces había aprendido a disfrutar mucho más el silencio y el aire libre que tan aburridos había sido en mi adolescencia. Mi abuelo había fallecido ya tres años atrás, y no supe cuan sola mi abuela se había sentido hasta que me vio llegar una mañana y ella, que no era para nada afectuosa, se arrojó a mis brazos.
Se sentía mortificada porque no tenía nada para prepararme el desayuno, y aquello me sorprendió un poco. Así como el estado general de la casa, descuidada y con algunas cosas en obvia necesidad de reparación. Comprendí entonces que ella me necesitaba tanto como yo a ella.
Éramos solos los dos, pero con los días entramos en la comodidad de la rutina. Yo había avocado todos mis sentidos al trabajo físico, cualquier cosa que me mantuviera sin pensar en aquella carta del ejército. Además de hacer las compras para ambos y reparar algo de la casa, conseguí un trabajo en la granja de los O'Neall ayudando al veterinario. Mis conocimientos médicos y un par de brazos fuertes le valieron bien al señor O'Neall y el dinero siempre era bienvenido.
Cuando no trabajaba, aprovechaba las tardes para estudiar en mi habitación o en ocasiones me sumaba jugar rugby con los muchachos del pueblo. A los quince deje mi amor por el futbol cuando me di cuenta de que era una mierda jugando, pero sorprendentemente el rugby se me daba bien. Más que bien en realidad, fue el deporte lo que me había permitido la beca universitaria.
Eran días buenos, llenos de una tranquilidad que añoraría muchos años posteriores. Pero luego volví a ver a Sherlock Holmes, y eso es lo que me trae de vuelta a la fiesta de cumpleaños de Violet Vernet, la abuela de los Holmes.
Cuando llegué al pueblo no pensé en él inmediatamente. Lo había recordado durante los años, una que otra vez, pero cada vez que lo hacía me parecía más y más que lo estaba inventando. Que en realidad no había ningún niño de inteligencia imposible y rulos rebeldes. Que el Capitán Holmes era parte de un libro cuyo nombre no recordaba. Sonreía con nostalgia y diversión al pensar en lo que los años habrían hecho con él.
Imagine muchas cosas, pero nunca lo que encontré al volverlo a ver esa noche en la fiesta.
No lo reconocí hasta que su abuela se acercó a saludar a la mía; un sirviente empujaba su silla de ruedas y por detrás de ella dos jóvenes la seguían de cerca. La anciana se notaba cansada, pero no por eso menos hermosa, y recuerdo que me llamó la atención haber pensado que una mujer tan mayor podía ser hermosa.
No era tanto su aspecto físico, como la sonrisa cálida y los ojos alegres ojos turquesas como los de una niña. Se puso especialmente feliz cuando nos encontró, y mi abuela la abrazó como solo se abraza a los viejos amigos. Me sorprendió, porque como ya les había mencionado, ella no era nada afectuosa. No fui el único asombrado, los nietos de Violet observaban con atención el intercambio.
Enseguida sentí un par de ojos sobre mí, y lo volví a ver.
Sherlock no era nada como lo recordaba, y aun así era imposible no reconocerlo.
Había crecido y aunque yo calculaba que todavía era un adolescente, tenía unos cuantos centímetros más de altura que yo. Se había vuelto delgado, pálido y elegante, su rostro había perdido la redondez infantil y era todo ángulos en la mandíbula y sus pómulos imposibles. La maraña de rizos oscuros estaba ahí todavía, pero perfectamente peinada. De pronto recordé el día de mi cumpleaños y como lo vi aparecerse vestido cual caballerito inglés, y me pareció gracioso. Esa noche, el caballerito estaba lejos de ser un chiste, su traje negro se adaptaba con elegancia a su cuerpo, y yo no era capaz de pensar otra cosa que no fuese "perfecto".
-Estos son mis nietos, Mycroft el mayor, y el más joven aquí es Sherlock.
Mycroft se acercó para darle la mano a mi abuela y después a mí, mientras ella me presentaba y le contaba a la señora Violet sobre cómo me estaba quedando con ella hasta que el ejército aceptara mi solicitud. Pero yo solo tenía ojos para Sherlock, quien después de la inspección inicial se dedicó a mirar con aburrimiento a cualquier otro lado. Quería saludarlo, quería preguntarle si se acordaba de mí. Pero cuando fue su turno de saludar, besó cortésmente la mano de mi abuela e hizo un asentimiento con la cabeza, en mi dirección, sin siquiera mirarme.
La conversación entre las mujeres se extendió por otro rato, y empecé a sentirme cada vez más fuera de lugar. Me removía incómodo detrás de mi abuela, deseando que no hiciera tanto calor y que ese traje que tenía no fuese tan horrible y el hueco en la manga desapareciera. Hice un intento de mover mi mano casualmente para cubrirlo, pero cuando levante la mirada encontré que los dos hermanos Holmes estaban mirándome con atención.
Oh… ellos ahora definitivamente sabían lo del hueco.
Mycroft levanto una ceja y frunció un poco los labios, como si se sintiera ofendido por mi apariencia. Pero él nunca me había caído bien, no me importaba tanto como el hecho de que Sherlock también lo había notado, y me miraba con un rostro inexpresivo.
-Grand-mere, creo que aquella es la señora Sprout, dijiste que querías saludarla.- Comentó Mycroft con solemnidad, y tras un último abrazo ellos se marcharon.
Esa noche estuve contento de volver a mi pantalón de algodón y camiseta desteñida, con la silenciosa promesa de nunca volverme a meter en un traje de nuevo. Pensé en cómo se sentía tan alienígena en mi cuerpo pero había gente, como Sherlock y su hermano, que parecían haber nacido para esa ropa.
En la cama repase los detalles de nuestro encuentro, y mientras más recordaba más encontraba fascinante el cambio en aquel niño. Los años ciertamente le habían venido excelentes, pensé con una sonrisa. Era una jodida belleza.
Había algo fascinante en esos ojos rasgados e inteligentes, y esos labios tenían que ser ilegales. ¿Había sido así de hermoso antes? Nunca lo había recordado de esa manera, pero después de todo solo era un niño y yo también.
Mi fascinación por él solo creció con los días.
Había vuelto al confort de la rutina, el trabajo en la granja seguía siendo pesado y ahora además ayudaba a otros peones en algunas tareas menores, pero cuando tenía un minuto libre para pensar, pensaba en Sherlock.
Me preguntaba si en realidad había sido tan atractivo como lo recordaba, o lo estaba imaginando, idealizándolo. También me daba curiosidad saber qué tipo de persona era, ¿recordaría cuando jugábamos a los piratas? ¿Todavía se hacía llamar pirata Holmes? Lo dudaba, pero no era menos divertido cuestionármelo. Seguramente seguía siendo listo, muy listo para su edad.
Después de un tiempo el preguntarme todas estas cosas no fue suficiente, y empecé a preguntar por él a la gente que trabajaba conmigo. Nadie sabía mucho, salvo que era el menor de los nietos de Violet Vernet y que iba a una escuela pública, Harrow o Eaton, pero que ahora estaba de vacaciones. Mi abuela no sabía mucho más.
Una de esas tardes fui al pueblo, a encontrarme con los mismos chicos de siempre que me invitaban a jugar rugby.
-Hey Johnny, hoy no te pienso perder de vista.- Amenazó uno de ellos, Richard, haciendo un gesto con los dedos llevándoselos a sus ojos y luego en mi dirección.
- Cuento con ello, yo soy el que va corriendo adelante tuyo por cierto.
El chico me lanzó un gesto obsceno y nos reímos. No puedo recordar a otros aparte de él, y solo me acuerdo de su nombre porque se llamaba igual que su padre, el carnicero del pueblo, que siempre me preguntaba por la salud de mi abuela cuando iba a comprarle, o compartía alguna anécdota de mi abuelo conmigo. También solíamos hablar del ejército, él había servido hacía años y tenía mucho para contar sobre eso. Era un buen sujeto, y se había ganado mi aprecio.
Por él conocí a su hijo y desde ahí que tuve sus invitaciones a jugar un par de veces a la semana con él y sus amigos. Recuerdo que varios de ellos, así como Richard, eran locales, vivían y habían ido a la escuela juntos allí, y ahora trabajan en el pueblo. Otros pocos, como yo, estaban de paso por el verano. Pero en el campo eso no era diferencia, todo se reducía a si podías jugar o eras un idiota, y a quien se le ocurría el insulto más sucio contra el equipo contrario.
Los partidos también eran donde encontrábamos chicas. Las adolescentes del lugar se arremolinaban a la orilla del campo improvisado, así que también se trataba de quien atraía más miradas o a quien alentaban más. Yo tenía una reputación ya en la universidad, y atraer la atención de un par de ellas no era difícil durante esos partidos. Pero salvo una aventura casual y olvidable, mi cabeza no estaba en ellas esos días.
No desaproveche, sin embargo, la oportunidad de acercarme al final de uno de los juegos y conversar un rato, me preguntaba cuanta charla banal era lo correcto tener antes de preguntar por el menor de los Holmes y pasarlo como algo casual.
La pregunta las tomó por sorpresa, me di cuenta, la mayoría respondió con algún chiste malo y desestimó la cuestión como si creyeran que estaba bromeando. Una de ellas, en cambio, me contestó con entusiasmo que lo conocía, y que era alguna clase de misterio local. No sabía su nombre, pero era algo gracioso como Sherman, que iba a la universidad en Londres y que trabajaba con la policía en sus tiempos libres.
Asentí con una sonrisa forzada, tratando de que no se notase mi incredulidad. Ella insistió que además era muy desagradable y nadie lo quería.
-Se cree mucho para este pueblo.- Comentó otra de las chicas, y la mayoría le dieron la razón.
Eso sonaba mucho más parecido a la imagen que había construido de Sherlock en mis recuerdos. Me alejé pensando en él, en dirección a otro sitio rutinario durante esos días. Cada tarde, después del trabajo o un partido, tenía una visita obligada al correo local.
Mi mente se ponía en blanco cada vez que entraba al viejo edificio, sentía los músculos tensos y después me dolía el cuello porque había tenido la mandíbula apretada.
-Hey Molly. – Saludé a la chica detrás del mostrador. Ella me respondió con una sonrisa amable de reconocimiento, pero inmediatamente su expresión cambió a una mortificada, y yo ya sabía la respuesta a mi pregunta de siempre.
- Hola John, lo siento, no ha habido nada para ti hoy.
Asentí con la usual sonrisa forzada. Otro día y esa respuesta se volvía cada vez más pesada en mi estómago.
-¿Tampoco por teléfono? – Hice un gesto en dirección al aparato, uno de esos teléfonos rojo brillante con marcador a rosca.
La respuesta fue la misma.
-Todavía hay algo de tiempo, e…quizás mañana…
-Quizás mañana.- Acepte, y comencé a alejarme en dirección a la puerta, queriendo salir de ahí lo antes posible. Pero de soslayo una figura me llamó la atención.
El antiguo edificio del correo postal en realidad era una casona que databa de principio del siglo pasado y había sido donada por una familia rica al pueblo con el objetivo de convertirse en un centro de estudios. Molly, que era la hija de los actuales encargados y trabajaba en el turno de la tarde, me lo había comentado una vez.
Lo cierto es que dicho centro jamás se concretó y al final era una suerte de biblioteca con una cantidad considerable de libros y un par de mesitas de estudio. Con el tiempo se le sumó el servicio postal, la línea telefónica principal para quienes todavía no habían hecho las paces con el hecho de que estaban en los noventas y el teléfono ya no era un lujo (mis abuelos), y además tenía dos computadoras. Nada de esto me importaba hasta entonces, que encontré a Sherlock Holmes en una de las mesas más alejadas a la puerta principal.
Desde donde yo estaba podía ver tres cuarto de su perfil, pero era definitivamente él. Me quedé de pie como un idiota, presa del shock.
No había idealizado nada. En todo caso, mi cerebro se había quedado corto. Continuaba siendo tan bello como la última vez que lo vi.
Yo no era un hombre tan valiente entonces, maldije cuando me di cuenta de que estaba ya en la calle caminando de regreso a casa.
La siguiente vez que estuve por ahí, tampoco me anime a hablarle y el peso del fracaso (tanto por el continuo silencio por parte del ejército y mi cobardía) se fue volviendo cada vez más ridículo.
Él estaba allí cada tarde que yo iba, probablemente había estado siempre allí desde que yo fuera al correo por primera vez semanas atrás, pero nunca lo había notado hasta entonces. Y ahora era imposible no sentir el peso de su presencia al fondo del salón, cuando hablaba yo con Molly. Era como el jodido corazón delator de Poe, palpitando a unos treinta metros de mí, forzándome a reconocer su presencia. Y a la vez era también como la medusa, brillante y seductora, tenía la estúpida idea de que si lo miraba directamente y de frente, su belleza iba a hacerme físicamente daño.
Mi enamoramiento era tan extremo, que cuando no sentía pánico, me dedicaba a pensar en él e imaginar toda clase de posibles encuentros. Una realidad alternativa donde yo me acercaba y le preguntaba sobre los libros que leía con total naturalidad, y hasta quizás hacía una de mis famosas bromas que lo hacían reír. A veces imaginaba que el universo me sonreía y era él quien me reconocía y se acercaba a saludarme. ¿Siquiera me recordaba?
No había señal en su cara de póker de la primera noche de que así fuera.
Otro tema de mis cavilaciones sobre Sherlock era lo solitario que se veía. ¿Tendría amigos? A veces pensaba que era ridículo que alguien como él no los tuviese, las personas así de atractivas y que además tenían su herencia, eran imanes naturales para la gente. No es que fueran valores sólidos para una amistad, pero aun así.
Y luego, por las noches en mi cama, recordaba el comentario de aquella chica, y también me lo imaginaba aislándose de los demás o siendo apartado por sus excentricidades. Su inteligencia tendría que ser intimidante para cualquiera de los chicos de ese pueblo. ¿Todavía hablaría con la calavera? Y me imaginaba siendo yo la persona que solucionara esa soledad.
Tres semanas después, y en la cúspide de mi ridículo enamoramiento, me desperté harto de seguir imaginando. Esa mañana trabajé muy duro en la granja, colmado de energía, y sintiendo que por fin mi cabeza tenía una claridad que había perdido hacía tiempo. Esa tarde, por fin, le hablaría a Sherlock Holmes.
El solo haber tomado la decisión ya me hacía sentir mejor, más ligero y concentrado.
A la tarde mi humor no declinó y arrasé en el partido, sin duda mi mejor desde que llegara al pueblo. Los halagos de las chicas y el silencioso reconocimiento de mi talento físico por parte de los hombres le dieron el empujón a mi ego que necesitaba para entrar de una vez al maldito edificio de correo, ir hasta la última mesa y hablarle.
Cuando llegué, prácticamente tropecé con su figura alta y elegante. Sherlock estaba de pie frente al mostrador, envuelto en una charla muy animada con Molly Hooper. No espere eso para nada.
Tras dubitativos segundos recobré toda la confianza y me acerqué al mostrador, a su lado. Molly sonrió en mi dirección, reconociendo mi presencia, pero él no apartó la vista del sobre que la chica acababa de entregarle. Si su presencia y su voz hicieron temblar una emoción nauseosa pero excitante en mis entrañas.
-Esta carta llegó ayer, pero te olvidaste de dármela.- Afirmó después de acercársela a la nariz y olerla.
-Oh… ¡oh! Lo-s lo siento Sherlock yo quise…- Molly respondió entre balbuceos, intentaba frenéticamente acomodar un mechón de su pelo detrás de la oreja.
- Por supuesto que quisiste, estuvo en el bolsillo de tu vestido- señaló el que tenía puesto la chica.- Ayer usaste el mismo, recibiste la carta en el correo vespertino y la separaste en tu bolsillo con la intención de entregármela, pero tu madre te mando al mercado y te olvidaste por completo.
-¿Cómo…?
- Es obvio,- le contestó a la chica.- tiene trazos de olor a tocino. Apoyaste la bolsa de papel sobre tu ropa cuando la cargaste. Asunto sucio, la carne, tan fácil de manchar y traspasar el papel. Ese es el tema con el algodón, se impregna tan fácil. – Frunció las cejas sin mirar a ningún lado en particular, como si fuera una reflexión para sí mismo. – Aconsejaría usar una mejor selección de fibras en tu ropa.
Molly se sonrojó violentamente ante la sugerencia. Se hizo un inmediato silencio, y luego la chica y yo hablamos al mismo tiempo.
-¿Quién es Victor Trevor?
-Eso fue increíble.
Sherlock parecía haber sido tomado desprevenido, nos miró a ambo. No creo que él hubiera notado mi presencia hasta entonces.
-El… tu carta… ¿Quién es Victor Trevor? Es tu amigo o … - Molly insistió, pero parecía haberse arrepentido de sus palabras apenas abandonaron su boca, porque contra toda posibilidad su cara se puso todavía más roja y podía jugar que había empezado a temblar un poco.
Sherlock frunció las cejas y le contestó con un aire despectivo que no había estado antes.
-Eso no es un asunto tuyo, señorita Hooper.
Se giró en mi dirección y yo pensé que iba a largarse sin decir nada más, pero vi que veía hacia a mí de repente, con sus ojos grises afilados estudiándome. Dio una rápida mirada en dirección a mi cuerpo, y juro que en ese momento lo sentí casi sobre mí. Se reclinó y el gesto se sintió lo más erótico que había vivido yo hasta entonces, como Sherlock, sin dejar de mirarme a los ojos, acercó su nariz a mi mejilla. Podía sentir su respiración contra la piel, cuando dijo las siguientes palabras.
-¿Siempre hueles así de mal?
Se alejó de mi rostro y lo vi hacer un gesto de asco antes de marcharse.
Molly y yo nos quedamos en silencio, como si alguien nos hubiese tirado un balde de agua helada sin previo aviso.
Continuará…
