Actualización! Yay, no puedo creerlo y tampoco ustedes, de seguro. Creo que esta segunda parte de la historia que ya tiene dos capítulos, tendrá uno o dos más. Y para que quede claro, habrá una tercera parte. Todo esto en el marco de los tres encuentro entre ambos. Gracias por su buena onda, los rr son bien recibidos.


PARTE 2 – Confrontación

Aunque al principio me quede tieso del shock, recuerdo haber vuelto a mi casa tan a prisa que llegué casi corriendo. Con la misma velocidad atravesé la cocina y sin mirar a mi abuela me metí en el baño. Esa tarde me di una larga ducha.

Cuando me fui a la cama en la noche, mis músculos todavía estaban tensos y mi mandíbula apretada. Normalmente después de un baño caliente habría estado tan relajado que el sueño llegaría pronto, pero esa noche fue lo opuesto. Mientras más pasaban los minutos, más tenso me ponía. Era como si me fuese cargando de una energía latente y violenta, como la que tenía en medio de un partido de rugby. No pude dormir y así, cansado y de mal humor, me dirigí al trabajo la mañana siguiente, sin pensar en nada.

Con el pasar de los días me di cuenta de que estaba más que tenso, estaba enojado. De hecho estaba furioso. Y los demás rápidamente se dieron cuenta también. Nadie me preguntó la razón, supongo que mis compañeros de trabajo preferían no meterse en mis problemas y la verdad que yo agradecía que ni siquiera lo mencionasen. Mi abuela probablemente asumió que se debía a la carta del ejército que no llegaba, porque tampoco hizo comentarios al respecto. Pero yo veía el reproche silencioso en sus miradas cuando yo respondía de forma brusca o azotaba la puerta al entrar.

Iba y volvía en mi rutina sin hablar con nadie y en algún momento comencé a aislarme. Dejé los partidos de rugby y dedicaba las tardes a ejercitarme en privado, en el fondo de la casa o alrededores. Entrenaba largas horas, pero esa energía producto del enojo no se agotaba fácilmente. Recuerdo irme a la cama adolorido, pero todavía sin estar cansado. El insomnio continuaba.

Además de mi mal humor, había empezado a volverme paranoico. Sentía en el trabajo que la gente me miraba y hablaba de mí cuando yo no lo notaba, y cuando me iba caminando a casa, totalmente solo, podía jurar que sentía miradas sobre mí.

Comenzando a hartarme de la situación, y por mi salud mental, decidí comenzar a hacer algo que me relajase un poco. Que me diera el silencio y la soledad que tanto ansiaba. Por eso empecé a ir a pescar en el viejo muelle cerca de nuestra propiedad.

El lugar estaba prácticamente muerto, ya nadie iba por ahí desde la creación del nuevo muelle, donde ahora habían instalado unas cuantas tiendas y los jóvenes iban a asolearse. Era perfecto.

Las primeras veces que fui descubrí que era justo lo que necesitaba. No había pescado desde que mi padre me enseñara, cerca de cinco años atrás, pero después de un par de intentos había dominado el asunto. Requería la concentración adecuada e involucraba la cantidad exacta de silencio y quietud que yo había estado añorando. Descubrí que servía bastante para silenciar el enojo y por primera vez en semanas, pude volver a dormir.

Era fantástico porque tenía suerte y todas las veces que había ido volvía al menos con un botín adecuado para preparar una cena para dos. Limpiaba los pescados en una vieja tarima de madera que había quedado a un lado del muelle, siempre pensando en cómo iba a cocinarlos esa noche para mi abuela y para mí.

Estaba creciendo un sentido de propiedad en mí cada vez que volvía al viejo muelle, nadie más que yo lo visitaba así que lógicamente a las pocas semanas empecé a llamarlo mío. Por eso me sentí tan tenso cuando después de tirar la línea al mar, vislumbre un movimiento debajo de las tablas de madera que me sostenían. Alguien estaba caminando en la arena de la costa, y no cualquier persona, Sherlock Holmes invadía mi muelle.

Apreté los dientes y maldije en voz alta porque no podía estar pasándome aquello. De todas las personas posibles tenía que ser él, a quién menos quería ver. No me había dado cuenta hasta entonces, de que al aislarme solo estaba buscando no volver a cruzarme con él en específico.

Intenté ignorar sus movimientos, con suerte él ni me habría notado (como siempre). Continué pescando y esforzándome en pensar si esa noche el pescado iría mejor con puré de papas o con papas al horno. Los pasos en la arena se fueron alejando, y recién entonces me relajé. Pero luego los sentí a mis espaldas, repicando en la madera del muelle. El maldito Sherlock Holmes había subido y ahora estaba sentado a menos de diez metros de donde yo estaba. Mierda.

Me giré apenas, para ver lo que hacía, y sentí que volvía a enojarme cuando lo encontré sentado tranquilamente, con las piernas colgando del muelle. Vestía más relajado que las últimas veces que yo lo había visto, con una camisa blanca arremangada hasta los codos, y un pantalón azul oscuro que también había intentado arremangar para proteger del agua, pero estaba mojado en sus extremos. Si era posible, se veía más joven y hermoso que antes, y sin embargo continuaba portando esa solemnidad que me hacía imposible olvidarme de la diferencia entre ambos. Volví a maldecir por lo bajo.

El chico me ignoraba, por supuesto, tenía toda su atención puesta en un anotador donde garabateaba a gran velocidad algo. Parecía que dibujaba, aunque también podría haber estado escribiendo, yo no distinguía nada desde la distancia.

No me estaba hablando, de hecho ni siquiera hacía ruidos. Bien podría haber estado yo solo esa tarde, como todas las otras, pero la presencia de Sherlock era muy ruidosa por sí misma. Había algo en él que se me hacía imposible ignorar, y eso solo me enfurecía más.

Respire profundamente, y afloje los nudillos que tenía apretados desde que lo vi aparecer.

-¿Es cirugía o medicina general?

Sherlock no levantó la vista de su cuaderno, pero sabía muy bien que estaba siendo escuchado.

Cuando yo no lo respondí, miro en mi dirección y repitió la pregunta, con el ceño fruncido.

-Es medicina general, por supuesto. Un con el sentido práctico que tienes tomarías la opción más segura, además es la menos solicitada en el ejército, lo que haría más factible que te tuvieran en consideración…

El siguió hablando después de que me levanté y junté mis cosas en un tenso silencio. Me fui apretando los nudillos, prácticamente hirviendo de ira.

Coincidencia o no, habían pocas posibilidades de que volviese a encontrarlo en mi muelle, pero aun así no pude arriesgarme, no enseguida.

No había vuelto a la oficina postal, pero sabía que la carta no había llegado. No recuerdo muy bien si fue la ansiedad creciente o porque finalmente decidí que la coincidencia había llevado a Sherlock a mi lugar de secreto descanso, pero a los tres días volví a pescar.

En el camino iba tratando de no pensar en él, pero era como cuando te dicen que no pienses en un elefante, de pronto en lo único que puedes pensar es en eso. Y si visualizas en tu mente el elefante que no quieres ver, de pronto lo verás.

Sherlock estaba sentado en el mismo lugar donde lo había dejado la última vez. Tan exacto, que si no fuese porque ahora llevaba una camisa del verde de sus ojos, parecería que jamás dejó su lugar.

No llegue a ver lo que hacía, antes de acercarme me giré y volví a casa para hacer algo de ejercicio y quitarme el stress acumulado.

Tenía planeado no volver nunca más, ahora que mi secreto había sido usurpado por él. Pero al día siguiente mi abuela se despertó de un humor especialmente nostálgico. Nunca me decía qué le pasaba cuando se ponía así, pero no hacía falta, yo sabía que se trataba de mi abuelo. Solo quien ha perdido a alguien puede saber que nunca se abandona el luto, solo hay días mejores, donde la vida casi parece regresar lo que era antes de la partida. Este no era uno de esos, y en un vago intento de animarla, le prometí que cocinaría esa noche para ella. Mi abuela asintió, diciendo que se le antojaba de esos pescados que preparaba para ella.

Pude haber ido a comprarlos en la pescadería, pero no lo hice. Porque ella lo notaría y al final tendría que explicarle que ya no iba a pescar porque Sherlock Holmes probablemente estaría allí, y al darme cuenta de lo ridículo que sonaba eso en mi cabeza, decidí que jamás lo admitiría en voz alta.

Las cosas en la granja iban bien, pero a razón de una epidemia de gastroenteritis de verano entre los otros peones, estábamos cortos de personal y tuve que ayudar en tareas que no eran parte de mi trabajo de rutina. Yo estaba conforme, porque el trabajo físico siempre me había ayudado a limpiar mi mente, y el dinero extra me venía muy bien.

Cuando volví al muelle esa tarde, no estaba pensando en Sherlock Holmes. De hecho estaba fantaseando con una ducha muy caliente que quitase la capa gruesa de sudor y tierra que había acumulado sobre mi cuerpo durante el día. La ropa se sentía pegajosa y tenía peor aspecto, pero no podía hacer nada al respecto, era uno de los días más caliente del año. Era de por sí un día incómodo y poco ideal para la pesca, y gracias a dios no había ningún adolescente genio a la vista.

Me posicioné en mi lugar preferido, era donde mejor picaban pero también donde más directo pegaba el sol. Me quité la camiseta vieja, la mojé y amarré en mi cabeza para protegerme de la probable insolación futura. Lancé la línea y esperé.

Una hora más tarde el calor empezó a menguar y las primeras luces anaranjadas del atardecer trajeron a un visitante. Por supuesto que era Sherlock. Lo vi por el rabillo del ojo, titubear en sus pasos cuando reparó en mi presencia. Vestía los mismos pantalones azules de la primera vez y una camiseta blanca que también tenía las mangas subidas hasta los hombros.

Sherlock avanzó con pasos lentos pero decididos y otra vez se posicionó en el mismo lugar, sacando su libreta y algo que parecía una de esas modernas agendas electrónicas. Me giré un poco para verlo mejor y lo encontré viéndome fijamente, tenía la expresión de querer decir algo. Probablemente lanzarse a adivinar cosas de mí otra vez.

Dio una larga inspección a lo largo de mi persona, y sentí mis hombros tensarse alertados. Le mantuve la mirada, retándolo a que comentase algo sobre mi mal olor y mi aspecto mugroso. Él bajó los ojos y supe que no lo haría. De hecho no habló para nada desde que hubo llegado. Periféricamente lo percibí moverse, bajar a la playa y volver a sus anotaciones tan silenciosamente como era posible.

Volví a mi tarea, y ya al filo de la noche, cuando estaba resignándome a no atrapar más nada, la caña hizo un movimiento brusco. Tiré preocupado de que la tanza fuera a romperse de la presión, me alejé del borde y con fuerza saqué al muy desgraciado: un pez de mediano tamaño que brilló anaranjado como el horizonte detrás de él.

Estaba tan concentrado tratando de meterlo en la cubeta, que cuando escuché a Sherlock hablar no le presté atención enseguida.

-¿… Squalius alburnoides?

-¿Qué?

- ¿Es ese un Squalius Alburnoides? Oh… lo es. – Confirmó al inspeccionar de cerca al pescado ya muerto en la cubeta.

Le di una mirada detenida al animal que a pesar de estar bajo el agua oscura, todavía brillaba un poco.

-A mí me parece que es un barbus.- Contesté con una sonrisa irónica. Tomé mis cosas y me alejé hasta la tarima de madera, decidido a limpiar el botín y marcharme a casa. Enseguida noté que Sherlock me seguía de cerca, sin dejar de mirar en dirección al balde.

-¿Por qué atraparías algo así? ¿Tienes idea de lo raro que es encontrar uno aquí? Son de aguas cálidas. – Otra vez hablaba a toda velocidad, como si estuviese recitando de memoria, y con su cerebro enorme, probablemente lo estaba.

- Ni idea, pero seguro tiene buen gusto a la parrilla.

Sherlock levantó la cabeza de golpe para mirarme, totalmente pálido. No había notado hasta entonces, que antes tenía la cara de un color rojizo con toda una constelación de pecas bien visibles, probablemente por el sol.

-¡¿Piensas comértelo?! – Lucía tan espantado como si yo le hubiese dicho que estaba pensando en comerme el brazo de un bebé.

-Con papas asadas.- Le guiñé el ojo.

- No… ¡No puedes hacer eso! ¡Tienes idea…! No… Yo…- Miraba a todos lados, abriendo y cerrando la boca como un pez.- ¡No voy a permitirlo!

Lance una risa sin humor y eso pareció exasperarlo todavía más.

-¡No estoy bromeando! Yo… voy… - Bajó la cabeza y tenía la expresión de estar concentrado pensando en cuál sería la mejor forma de proseguir.- Puedo comprártelo. ¡Voy a comprártelo! ¿Cuánto quieres por él? 20 libras.- Ofreció.

- ¿Estás loco? Probablemente nunca hayas estado en una pescadería, pero esa es una cantidad estúpida para pagar por un pescado. Por eso te vuelvo a preguntar, ¿estás loco o solo eres estúpido, Sherlock?

Lejos de ser la reina del hielo que había imaginado, el adolescente era de lo más expresivo. En ese momento pude notar como le había tomado por sorpresa escucharme decir su nombre. Aunque no tenía idea a que se debía, me preguntaba si acaso él pensaba que yo no lo recordaba de antes, o quizás se había ofendido por mi familiaridad.

-Te doy 30 libras.

- No. – Contesté rotundamente.

- Entonces 50 libras.

Me daba curiosidad saber hasta dónde llegaría con su oferta, y también saber a qué número yo cedería.

Negué con la cabeza, mientras colocaba el pez en discordia sobre la tarima de madera donde mi cuchillo ya lo esperaba. El brillo del metal pareció exaltar más a Sherlock, porque siguió disparando cifras cada vez más altas.

-¡Toma el maldito dinero de una vez! ¿Por qué lo rechazarías? Es obvio que lo necesitas, Dios… cómo un hombre con tu necesidad puede llegar a ser tan terco.

Bajé de un solo golpe preciso y pesado el cuchillo, separando la cabeza del cuerpo. Sherlock lanzó un chillido de sorpresa de lo menos masculino.

-¡¿Por qué hiciste eso?!

Yo estaba furioso de nuevo, podía sentir la energía violenta con la que limpiaba el pescado, ignorando del todo al adolescente. Sherlock se había callado de golpe, y en silencio raspé las escamas para desprenderlas.

-¿Puedo tener las escamas por lo menos?

Junte los restos de las escamas, ahora con un color anaranjado grisáceo, me dirigí de vuelta hacia el muelle y las tiré al mar.

-¡JOHN!

Me giré de golpe sorprendido de haberlo escuchado gritar mi nombre, era una sensación alienígena pero no desagradable. La expresión desfigurada en odio que me lanzó sin embargo, lo era. Sentí una punzada de culpa en las entrañas, preguntándome, mientras lo veía gritar y al parecer aguantarse las ganas de llorar en un berrinche como cuando era un niño, si no había ido lejos.

-¡Estúpido neandertal ¡Cuál es el problema de ustedes, gente, son tan comunes e idiotas!

Continuó gritándome cosas desagradables, de cómo era un pobretón infeliz y que el ejército nunca llamaría a un idiota sin cerebro como yo.

No pude evitarlo, sentí en ese momento como lo odiaba, odiaba su estúpida cara, sus malditas pecas, la forma en la que hablaba haciéndome sentir que no era digno de escucharlo y esas miradas que parecían hacerme un favor al posarse sobre mí. Odiaba con cara fibra de mi cuerpo al jodido Sherlock Holmes y quería demostrárselo. Quería agarrar su cara de porcelana y estrellarla con el piso hasta que no pudiera hablar más. No podía seguir conteniendo esa ira.

Cegado por el momento, no supe en qué instante me acerqué a él y tomé su cabeza con mis dos manos. El empezó a parpadear y continuó gritándome, más fuerte. Lo callé, tenía que callarlo. Sherlock jadeó bruscamente cuando mi boca encontró la suya. Lo besé apretando mis labios con fuerza y lamiendo los suyos, que eran tan suaves como yo había fantaseado.

El beso duró apenas unos segundos antes de que me empujara y se alejase de mí. Tenía el rostro pálido y los ojos verdemar brillaban como si fuese a llorar. Me tomó unos segundos componerme y darme cuenta.

-Oh… Oh Dios,- me reí.- ¿Ese fue tu primer beso?

Era obvio que lo era, su rostro enrojecido y pecoso se estaba ruborizando todavía más. De nuevo hizo esa expresión graciosa de abrir y cerrar la boca como pez, y me sentí tan complacido de dejarlo sin palabras que me empecé a reír involuntariamente otra vez. Sherlock parecía horrorizado y yo estaba listo para otro de sus gritos, pero nunca gritó. Se dio la vuelta y salió corriendo, sin nada de la gracia característica en sus movimientos.

Continuará….


Nota: Ok es obvio que no tengo ni idea de pesca y de peces, así que invente todo. Calculo que no les molestará que me haya tomado esa licencia creativa, no? En fin, ojalá que les haya gustado, ya llega la siguiente parte.