Capítulo 15

Unos cinco días después de la llegada de Mithrandir, ya estábamos con todo pronto para salir de Imladris.

Llevábamos bolsos con abrigo. Otros bolsos con comida para varios meses y grandes cantidades de Miruvor.

También dos caballos, el de Mithrandir que había venido con él desde los puertos grises y yo llevaba el mío.

Era Negro, brillante, inteligente y no era fácil de montar. Solo yo podía montarlo, era solo mío.

Muchos elfos quisieron tenerlo para sí, pero él nunca los dejó.

Había traído a su abuelo de Lorien y el nieto era igual de elegante y cariñoso conmigo.

Nadie parecía entender esto: El odiaba a todo el mundo abiertamente, a la única que respetaba era a mí. A la única que él era fiel.

Le había puesto por nombre: Raven

Los elfos importantes estaban ese día en el patio de Rivendell, para despedir nos a los dos.

La mayoría de ellos creían que Mithrandir era un elfo muy muy viejo, o que era un humano que estaba de paso. Lo trataban bien y eran amables, tanto como había sido él.

En el tiempo que compartí con Mithrandir, me di cuenta que éramos muy parecidos.

Nos gustaba hacer bromas, éramos sarcásticos, y si nos enojábamos éramos terribles.

Pero entre nosotros dos siempre había armonía.

Se lo presente a mis amigos y a mi prima.

Conversábamos de cosas importantes y otras cosas sin sentido, solo para luego echarnos a reír.

Le conté de todas mis travesuras y a él le pareció de lo más gracioso.

También se dio cuenta de que mis ojos tenían un brillo triste y me lo dijo, yo le conteste que más adelante le contaría de qué se trataba.

El acepto esto y no me preguntó nada más.

Éramos los perfectos compañeros para unas aventuras agradables.

Y así partimos, después de saludar a todos y sacudir la mano en un adiós, hasta vaya a saber cuándo.

Nos íbamos contando chistes y haciéndonos adivinanzas.

El anciano era muy bueno hablando en acertijos.

Podrías preguntarle sobre como pensaba que iba a estar el clima en la mañana y él te respondía con algo que te dejaba con más preguntas que respuestas.

Era la primera vez que salía de viaje desde Rivendell y por primera vez sentí que tenía un vacío en el corazón.

Un lugar tan querido por mí, no solo porque allí vivían mis únicos parientes, sino también porque iba a extrañar terriblemente la biblioteca, sus estrellas sumamente brillantes y la tranquilidad de ese pueblo tan hermoso.

Antes de cruzar el Bruinen, mire hacia la última casa acogedora al este del mar.

Y me despedí, hasta el próximo encuentro.

Salimos muy temprano a la mañana y ya habíamos desayunado muy bien. Estábamos de muy buen ánimo y cada tanto uno de los dos cantaba alguna melodía. En elfico o en lengua común.

Con las indicaciones de Elrond y mi memoria, fuimos haciendo camino. Pasamos por pastizales, campos de flores, bosques llenos de animales que correteaban de un lado para otro.

Paramos un rato, para descansar, aunque ninguno de los dos estábamos muy cansados, pero nos hacía falta comer algo.

Yo descansé, me saque las botas de montar cómodas elficas que llevaba y deje que mis pies tocaran el césped.

Hacía años que no andaba descalza – desde que deje Lorien, me recordé-

Pues en Lorien se podía ir descalzo.

Sentí la calidez de los pastos verdes, y me acosté un momento con los brazos detrás de la cabeza, pensando y mirando las ramas de los árboles. No había nubes y el sol brillaba, su luz pasaba entre las ramas iluminando todo el bosque.

Habíamos dejado a los dos caballos pastando no muy lejos.

Los pájaros iban de una rama a otra y Mithrandir estaba comiendo un poco de pan de lembas con alguna que otra fruta.

Me dio un poco, y comí en silencio con él.

Hasta que Mithrandir quiso romperlo.

-Ya es hora de que nos conozcamos mejor, ¿no te parece Glawareth?

-No me parece ni bien ni mal, si quieres preguntarme algo, adelante.

Le hice un pequeño guiño y se rio un poco.

Se sacó el sombrero puntiagudo y lo dejo a un lado sobre una raíz de árbol.

Se puso serio y me miro a los ojos.

-¿Qué es lo que te tenía tan perturbada hace unos cuantos días?

Y añadió con los brazos extendidos

-Ahora pareces de lo más normal, pero igual hay un destello de tristeza en esos ojos grises, que me molesta.

Yo asentí quedadamente.

-Es una muuuuy larga historia, y nada importante para tu cometido, amigo mío.

Mire hacia otro lado.

-Tenemos mucho tiempo, diría que tiempo de sobra y sabes que me puedes contar. Tal vez eso te ayude.

-No, ninguno de mis problemas tiene solución. Dije negando vehemente con la cabeza

-Pero puedes contármelos, y tu carga no será tan pesada.

Bufe, siempre tenía razón, y yo ahora le tenía que contar.

Agarre una rama fina, que había caído de uno de los árboles que teníamos encima y empecé a hacer dibujos con ella en el suelo. Lo mire al empezar.

-El primero de mis problemas, es que el único hermano que me quedaba, ha muerto hace unas semanas, en la Guerra de la Ultima Alianza.

Asintió y vio que yo tenía los ojos un poco llorosos, el dolor todavía estaba muy cerca.

-Entiendo, pues ten por seguro que él está bien, este donde este y que siempre va a estar contigo aunque no lo veas.

Sonrió con cariño y yo le correspondí.

Le conté todo, como habíamos ido a la batalla, como había muerto, lo que me había pasado a mí con la herida.

Todo. Menos algunas cosas que decidí omitir.

Al terminar, el pareció dudar de algo.

-¿Y cuál es el problema?

Mire para abajo.

-Que me siento más sola que nunca, Mithrandir.

El otra vez asintió y dijo con pesar.

-Los elfos son una raza con esos problemas, muy a menudo. Tienen muchos años y a pesar de eso, se pueden sentir muy solitarios.

-Pero eso ahora ya pasó, ahora tengo un nuevo amigo… y es un viejo cascarrabias.

Y nos reímos a mandíbula batiente de mi último comentario.

Luego de eso tomamos un poco de Miruvor y al instante nos sentimos como nuevos.

Reanudamos el paso.

La montañas nubladas ya casi no se veían, ahora que estábamos más tranquilos caminamos al lado de nuestros caballos a pie. Era muy tranquilizante y les daba más descanso a los animales.

-¿Y el otro problema? Murmuró Mithrandir tan cerca y de repente, que me sobresalte.

Cuando mi corazón volvía a la normalidad le respondí.

-Ese problema es más largo y difícil de explicar.

-Seguimos teniendo mucho tiempo y el sol esta todavía encima de nosotros, adelante.

-Está bien- dije de mala gana- te lo contare, pero esta es la única vez y no quiero que hablemos más de esto.

-Entendido. Me dijo con una sonrisa.

-Muy bien.

Le conté lo que había pasado con el nuevo rey del Greenwood, me di cuenta que yo sentía como que habían pasado milenios y no parecía que contara mi propia vida cuando le iba relatando toda la historia.

Luego de que termine, quedo un minuto pensativo. Con el dedo índice tocándose la boca, en un gesto de lo más gracioso.

-¿Él te hablo sobre sus sentimientos?

Pensé un momento.

-No, en realidad no. Siempre que hablábamos no peleábamos. Por eso creo que sea algo pasajero y no quise decirle nada a mi tía ni a mis primos, es totalmente innecesario.

Hice un gesto con la mano, como restándole importancia.

-Los dos sabemos que eso no es verdad, lo veo en tus ojos. Tienes miedo. Puedes pelear contra un dragón y miles de orcos, pero tienes miedo de verlo de nuevo, ¿No es así querida amiga?

Me quede con la boca abierta.

-Supongo. Eres un buen lector de mentes.

Nos reímos. Luego se puso muy serio.

-Siento decirte que lamentablemente tu camino se cruza en algún momento otra vez con el de él, mucho estará en tus manos y en lo que hagas.

-No, no lo quiero volver a ver, no lo veré.

Se rio, como con una gracia pasada, de esa que solo puede saber un viejo.

-El destino es algo que no se puede parar. Lo que pasa, pasara, no lo puedes cambiar. Se valiente en todo Glaw.

-Si es absolutamente necesario, pues sí.

Seguimos hablando y me conto algo de su vida antes de venir a la tierra media.