Capítulo 16

En total el viaje con Mithrandir duro diez largos años, que para nuestras vidas pasaron como volando.

Fue una aventura impecable fuimos a todos los pueblos, atravesamos muchos bosques (menos uno en particular), nos hicimos muchos amigos, visitamos muchas tabernas, tomamos y comimos cosas de diferentes culturas.

Pero lo más impresionante fueron las ciudades.

Las que más me impresionaron fueron Osgiliath y Minas Tirith, la torre blanca, tan hermosa.

Pero en la que me sentí más a gusto y feliz fue en Rohan, Sus campos interminables y repletos de pastos, sus caballos sin defecto y su ciudad, Cuernavilla, en la entrada del Abismo de Helm.

Tenía unas cuevas enormes donde habían miles de piedras preciosas incrustadas y brillaban de una manera peculiar.

La gente en Rohan era muy amable y jovial, pero serios y firmes cuando llegaba la situación.

El otro lugar en la tierra media que merece ser descrito en este momento podría ser la comarca.

Un pueblo al norte, lejos de Rivendell.

Habitado por unas criaturas muy diferentes de los elfos, pero no por eso menos importantes o menos queridas.

Eran criaturas de poca estatura, pies grandes y peludos, cabellos enrulados, por lo general de color marrón oscuro o rubio. Un pueblo muy pacifico, prefería la comida, el jardín y la paz, que salir en aventuras.

Apenas entramos al pueblo, los Hobbits nos miraban con caras raras.

Parecían creer que íbamos a destruir su paz.

No podían creer que dos elfos estaban caminando tan tranquilamente por el pueblo.

Pero había una familia que era muy diferente a las demás en la comarca: Los Tuuk.

Personas muy amables, alegres y aventureras. Inmediatamente los dos nos hicimos amigos de ellos.

Aprendimos mucho de paciencia y generosidad con los Hobbits, fue un gran descubrimiento. Los medianos eran la mejor raza, luego de los elfos, claro.

Nunca destruían, siempre ayudando a nacer y hacer crecer las cosas.

Vivian en casitas muy chiquitas, bajo la tierra y Mithrandir y yo siempre terminábamos pegándonos con el techo o las lámparas.

Aunque tenían todas las comodidades de un hogar.

Tuvimos muchas más aventuras allí y por otros lugares de la tierra media. Todos dejaron algo en nosotros dos, y nos hicimos grandes compañeros, confiábamos el uno en el otro con nuestra propia vida, éramos los mejores amigos.

Cuando partimos de vuelta hacia Rivendell, con todos los suministros dados por nuestro último viaje tomamos uno de los caminos en las montañas nubladas, para atravesarlas.

No paramos por tres días, montábamos nuestros caballos y nos alimentábamos mientras trotábamos a paso rápido.

Pues no era porque sí que volvíamos.

Los poderes de mi tía eran grandes, pero al ser yo también casi igual de poderosa, mi mente había sentido su llamado y rápidamente después de los años de viaje, volvíamos tan rápido como nos era posible.

Yo estaba feliz porque volvería a mi hogar, pero muy preocupada.

Estaba vestida con un equipo de montar, calzas y una túnica marrón con dobladillo de oro.

Me lo habían regalado en Rohan, cuando habíamos ido allí.

Mithandir ahora también llamado Gandalf, por la gente del norte, como los Hobbits. Estaba vestido con una túnica gris, y su querido sombrero puntiagudo.

Otra vez cruzamos el puente de algunos lagos y ríos y por último pasamos el Bruinen.

Había una escolta, esperándonos en el otro lado del rio.

Nos acompañaron hasta la puerta misma de Imladris. Algo iba muy mal.

Pregunte a alguno de los elfos que estaban en la escolta, pero ninguno me dio respuestas que ayudaran con mi nerviosismo.

Mire a el mago y encogió los hombros.

Luego, el me negó con la cabeza, un claro intento para que dejara el tema.

Al fin llegamos a las puertas y todos mis parientes me esperaban

De un lado estaba Elrond, me sonrió y se acercó a nosotros dos.

Nos dio un fuerte abrazo y nos dio la bienvenida.

Después de eso, vi que del otro lado estaba mi tía, -extraño que estuviera en Imladris. Pensé para mí misma- con cara preocupada, pero feliz.

Me sonrió, pero antes de poder decirme algo, mi prima Celebrian se abalanzo hacia mí y me dio un abrazo.

Me reí de su bienvenida, pero al principio con un poco de duda, se lo devolví.

Luego de todas las bienvenidas apropiadas, Elrond se giró hacia dos personas.

La esposa de Isildur, Ileanee y el hijo pequeño de unos diez años mortales, Valandil.

Ileanee tenía pelo rubio ceniza y largo hasta la cadera, era bonita y con pómulos altos. Mirada honesta, pero triste.

El niño, era alto para su edad, su pelo era color cobrizo y largo hasta las orejas, ondulado. Sus ojos eran verdes.

Los dos parecían muy tristes.

Me temí lo peor, pues nada bueno venia del que llevara el anillo.

Fuimos directo al comedor, el salón principal para las reuniones entre conocidos u amigos.

En la mesa redonda nos sentamos todos, yo estaba hambrienta y me senté al lado de Mithrandir y mi prima, la cual no dejaba de seguirme a todos lados, sonriente.

Comimos en silencio por unos minutos. Tomamos vino y nos recuperamos del viaje.

Nos preguntaron algunas cosas del mismo, algunos por curiosidad y otros para ver qué tan lejos habíamos ido.

Se quedaron impresionados cuando dijimos que habíamos tenido que pelear varias veces contra hordas pequeñas, pero igualmente poderosas y molestas de orcos.

También por el alcance de nuestro viaje.

Yo mientras tanto miraba del niño a la madre una y otra vez, leyendo pensamientos inconclusos que me ponían de mal humor.

No pude aguantar más y hable alto.

Mire a mi tía directamente

-¿Por qué razón me llamaste tan urgentemente?, dime de una vez.

Elrond y Galadriel se miraron, todos en la mesa se pusieron muy serios.

Me respondió en un tono tranquilo.

-Hace unos años, luego de la derrota de Sauron en la Guerra de la Última Alianza, Isildur retornó a Gondor con el objeto de poner en orden el Reino y designar a Meneldil como rey de Gondor. Tras esto deseó volver a Arnor pero pasando por Rivendel en donde se hallaban su esposa y su hijo menor, Valandil.- Dijo esto señalando a los presentes.

Fue así que a principios del mes de septiembre del año 2 T. E. partió con una compañía de 200 soldados y 20 arqueros, que estaban equipados para un viaje de más de cuarenta días a través de Rhovanion, para cruzar a Imladris, por el Cirith Forn.

Tenían pocos caballos, pues muchos se habían perdido en la guerra. En su gran mayoría eran pequeños y robustos caballos, entrenados para llevar equipaje pero no personas. Acompañaban a Isildur sus hijos Elendur, Aratan y Ciryon.

Marcharon por Ithilien, rumbo a la Dagorlad y una vez cruzado el llano se dirigieron a las Tierras Pardas. Habían pasado veinticinco días de marcha y cuatro de plena lluvia cuando llegaron a los Valles del Anduin entre Lothlórien y Amon Lanc. Allí debieron desviarse hacia el Norte porque el Anduin estaba crecido y, subiendo las cuestas orientales de los Valles Orientales llegaron a los Campos Gladios.

Cuando remontaban el sendero que conducía al Reino de Thranduil – en ese momento mi cuerpo no pudo contener un escalofrió, todos en la mesa me miraron extrañados de reojo, mi tia me miro extrañada, pero siguió con la historia- y todavía en los Valles, fueron atacados por una horda de Orcos que descendían por el sendero del lado del Greenwood. Los Dúnedain eran ampliamente superados en número, quizás 10 o más contra uno. Cuando Isildur vio que iba a ser muy difícil, por la posición en la que se encontraban, le ordenó a su Escudero, Ohtar, que huyera llevándose los restos de Narsil.

Este, acompañado por dos jóvenes más, escapó perdiéndose entre los altos lirios. Mientras tanto los Dúnedain alcanzaron a duras penas a rechazar a los Orcos, lo que les dio la oportunidad de reanudar la marcha, buscando un terreno más propicio, y lo hicieron dirigiéndose al norte y hacia el Greenwood

Pero al caer la noche los atacaron con una ferocidad inusitada. En parejas se abalanzaban sobre un Dúnedain y lo hacían caer para matarlo en el suelo, si alguno de ellos o los dos morían, inmediatamente eran reemplazados por otra pareja. Ciryon murió de esa forma y Aratan fue herido mortalmente cuando quiso defenderlo. Elendur, se acercó a su padre, que estaba conduciendo la defensa en el flanco oriental, y le rogó que huyera llevándose el Anillo Único.

Dejo de hablar abruptamente y yo espere que siguiera. Quería saber que había pasado.

Ella luego de unos segundos puntualizo.

-No sabemos dónde está el anillo ni tampoco encontramos el cuerpo de Isildur, pues un grupo de elfos silvanos (no dijo el nombre de Thranduil otra vez) No dejo que se acercaran más orcos al rio y los despidió.

Mi tía dejo de hablar y llego el turno de Elrond.

-Encontraron su armadura y demás armas a un costado, en la orilla del rio.

-Pero temo decir que Isildur fue traicionado por el anillo y ahora está más que lejos de nosotros.

Mas silencio quedo en la habitación, nos mirábamos unos a otros.

Así murió la primera víctima de la malicia del Anillo sin amo: Isildur, segundo Rey de todos los Dúnedain, señor de Arnor y Gondor, y el último en esa edad del Mundo.

Luego de la cena, fui a la biblioteca y cuando entre me di cuenta que los libros estaban cambiados de lugar. Me enoje y fui directo a la oficina de Elrond.

-¿Qué paso en la Biblioteca? ¿Por qué razón todos los libros están desordenados?

Grite un poco tal vez.

Elrond separó su mirada de unos papeles que tenía en la mano y me miro.

-Erestor los ordeno a su manera cuando no estabas, arréglate con él.

Me despidió con un gesto de la mano, y una sonrisa en sus labios, pero yo no lo vi, porque corrí afuera del despacho, echa una fiera.

Si, Erestor se las vería otra vez conmigo. Nadie desordenaba mis libros, Nadie.