Capitulo 21
Estaba sentada en el césped cerca de la entrada sereta que daba paso a Imladris.
A mi izquierda podía sentir que estaban otros elfos, asegurándose que todo estuviera seguro, cuando pasó.
Ahora no solo tenía visiones cuando estaba dormida, también las tenía estando despierta a la luz del día.
Lo peor era cuando estabas haciendo algo importante y todos alrededor podían ver que te habías quedado con los ojos vidriosos y el cuerpo rígido.
La mayoría de las veces duraban no más de dos minutos, pero había que tener cuidado.
Si había un ataque de orcos en la entrada secreta y yo estaba tirada en el suelo, Imiladris estaría en serios problemas.
Por eso yo había pedido que hubiera en los días venideros el triple de guardas donde yo estuviera.
Todos se dieron cuenta de lo que estaba pasando, estaban acostumbrados.
Ninguno se acercó, porque sabían que no me podían despertar de mi visión.
En la visión vi como flashes de imágenes que se superponían una detrás de la otra.
Iban de paredes de un castillo gris y abandonado que identifique como Dol Guldur a otras imágenes y sonidos.
Eran horribles, escalofriantes.
Ruidos de murciélagos, lobos huargos y una voz maligna que lleno el vacío.
Me empezó a doler la cabeza.
Sentía mis propios gritos en la realidad.
'MIthrandir' 'Mithrandir' 'Gandalf'
Y seguían repitiendo el nombre con chillidos insufribles.
Parecían infligir un daño tremendo, como agujas que se clavan en el la mente.
Mire hacia abajo y vi que en los pisos de abajo del castillo oscuro había miles y miles de huestes de orcos, huargos y arañas.
Me dio asco, mire hacia mi costado y vi una imagen que me dolió hasta lo más profundo.
Mi amigo Mithandir, estaba contra la pared, fuera de la altura del piso, estaba herido y se le veía muy cansado.
Luego vi el Ojo.
Gandalf estaba ya en muchísimo peligro.
Salí de la visión, esta era la alarma, tenía que avisar a todos en Imladris.
Cuando volví a ver, tres elfos estaban por encima mío mirándome con miedo, curiosidad y horror.
Puede que haya gritado mucho, pensé.
Pero era tarde para explicar algo que igual no iba a tener mucho sentido para ellos.
Les dije que mantuvieran vigilada la zona, pero algo me decía que no había mucho riesgo, ahora otra guerra se aproximaba.
Tenía que hacer algo.
Entre corriendo por el pasadizo secreto y seguí hasta que llegue a la puerta de la ciudad.
Fui derecho al despacho de Elrond, abrí la puerta que al dar contra la pared hizo bastante ruido, pero lo ignoré.
Elrond estaba animadamente hablando con Erestor y cuando entre dejaron de hablar inmediatamente y me miraron expectantes.
Elrond enarco una de sus cejas, en una mirada típica y espero.
-¡Gandalf va a estar en peligro! grite histérica.
En menos de lo que se puede definir, Elrond le pidió a Erestor que preparara a los hombres
Me miro luego de que Erestor se fuera y me dijo seriamente. Estaba un poco asustado.
-¿Sabes lo que tienes que hacer?
Asentí rápidamente, todavía estaba parada en el portal de la puerta, estaba nerviosa y no dejaba de moverme.
-Sí, tengo que ir a Esgaroth. Ahí encontrare al dragón.
Él también me asintió.
-¿Quieres que vaya Glorfindel contigo?
-Está bien, si lo encuentras necesario.
-¿Se viene una guerra no es así? Él lo sabía, pero quería estar seguro. Apreté los labios, tristemente.
-Me temo que si, en las puertas de Erebor.
Los sirvientes de Sauron quieren el gran tesoro e ingenuamente piensan que el dragón está muerto.
Se paró de su asiento atrás del escritorio y se deslizo hasta pararse al frente de mí.
Me dio un pequeño beso en la frente.
-Entonces no pierdas el tiempo, querida Glawareth, ve lo más rápido que puedas, después de prepararte y llévate a mis mejores hombres.
Asentí e hice lo que me dijo.
Fui a mi cuarto.
Me vestí rápidamente con unas calzas azules oscuro y una túnica liviana de color celeste.
Por arriba me puse mi armadura.
Y luego una capa negra con capucha, no quería que me reconocieran.
Tenía un broche con forma de Niphredil y lo puse en la capa para que no se saliera. Era de plata y tenía un pequeño diamante blanco en el centro.
También lleve puesta mi diadema de plata con las mismas flores adornándola.
Unas botas fuertes y relucientes, y por último tome mi espada, la puse en mi cinto y también me puse en la espalda, las dagas dobles, el arco y el carcaj con las flechas.
