Capítulo 23

Desde este capítulo en adelante hay spoilers del libro The Hobbit y de la próxima película de Peter Jackson, si no quiere spoilers no siga leyendo, si sigue la lectura queda bajo su propia responsabilidad.

Llegue hacia una de las casas que estaba en la parte baja del pueblo, sobre el lago. Era la cárcel.

Entre sin hacer ruido y fui mirando adentro de las celdas, todas estaban vacías a excepción de una.

Un hombre alto de expresión enojada estaba sentado sobre un pequeño banco.

Tenía las cejas unidas y una mirada de resignación.

Miraba hacia abajo y cada tanto suspiraba. Tenía una mano apoyada en la mandíbula, y la otra en la rodilla.

Me acerque a su celda y el sintiendo mi presencia miro hacia mi lado.

Reboto un poco en el banco del susto que se había dado. Puse un dedo en mis labios, pidiéndole silencio. El aceptó con un pequeño asentimiento de cabeza y no dijo nada.

Pocas veces un humano veía una elfa tan hermosa y ruda al mismo tiempo.

Se gustaron mutuamente, se miraron a los ojos y ella fue rápidamente, aunque sin ruido hacia un pequeño cuarto donde había dos viejos borrachos.

Había como diez botellas vacías en la mesa donde estaban apoyados. Dormían, con la boca abierta y a veces roncaban. Yo sentí mal olor e hice una mueca, odiaba ser tan sensible.

Saque una cuerda que tenía elfica de debajo de la capa y los até. Ellos estaban tan borrachos que ni cuenta se dieron.

Luego volví a la celda de Bard y con una fuerte patada en el lugar preciso las rejas de la celda se partieron justo en el medio y el hombre fue libre otra vez.

Salimos corriendo de la cárcel del pueblo y no hablamos más de unas pocas palabras.

-Glawareth de Imladris, a tu servicio.

-Bard el arquero, al tuyo

Fuimos directo hacia su casa.

Apenas entro y sus tres hijos se abalanzaron sobre él.

Luego de las bienvenidas correspondientes, Bard miro a su hijo varón.

-¿Dónde escondiste la flecha negra?

Yo los mire con atención.

-¿Poseen una flecha negra? La vamos a necesitar en unos minutos.

El hijo de Bard respondió rápidamente

-La deje escondida en una barca

Bard me miró un segundo.

-La voy a ir a buscar. Miró a su hijo. Este asintió

-¡Bueno, a que están esperando, vayan de una vez! Exclame un poco más alto de lo que pretendía

Me miraron por un segundo, y se fueron corriendo, hacia donde fuera que estuviera esa flecha escondida.

Legolas se acercó a mí y me susurró cerca de uno de mis oídos puntiagudos.

-A veces cuando ordenas las cosas así, me haces acordar a mi padre.

Yo lo mire con espanto y el retrocedió un paso.

-Ya quisiera él.

Legolas quedó con la boca abierta, pues él no entendía a que venía este abrupto, el no pretendía que su comentario hiriera de alguna manera a su nueva amiga.

Después de eso salí de la casa y me fui al medio de la ciudad.

Legolas me seguía y Bard llego detrás de nosotros con una gran flecha negra.

-Me voy a subir allí arriba, donde está el arco.

Señaló un arco posado sobre un edificio alto a unos metros de donde estábamos.

-Muy bien, ve.- Lo mire directamente a los ojos- El dragón está por llegar.

Y así era, mis ojos elficos veían una gran figura que se movía desde la montaña, desde Erebor.

Podía sentir el sonido de sus alas y sus movimientos. Mi anillo comenzó a sentirse más caliente.

Lo ignoré.

El dragón ya estaba muy cerca y Legolas seguía a mi izquierda, mirando también hacia el cielo estrellado, al dragón.

Lo mire con impotencia y mucha urgencia.

-¿Por qué sigues aquí? Vete Legolas, no puedes hacer nada aquí, ve con tu padre y avísale que nos encargaremos del dragón, pero no le digas mi nombre.

Lo mire seriamente. Podría parecer un pedido extraño, pero no me importaba.

El asintió con la cabeza, pero parecía reticente a abandonarme allí sola, parada en medio del piso de madera en la mitad de la ciudad.

-¿Estas segura que no me necesitas?

Negué vehemente con la cabeza, mirando de el a la mancha que cada vez se hacía más grande desde la distancia.

-No, vete, no eres necesario aquí, ayuda a los demás a despejar la ciudad.

La verdad era que la ciudad estaba en pleno alboroto, la gente estaba dispersa, pero iba en línea recta hacia donde comenzaba el bosque de los elfos.

Legolas se fue corriendo con la gracia y suavidad que solo se ve en los elfos.

Pasaron unos cinco minutos, y ya había muy poca gente cuando el dragón se acercó a los bordes de la ciudad.