Capítulo 27
A la siguiente mañana me levanté temprano y salí de mi carpa, hacia la gran fogata que había estado prendida en la noche.
Algunos elfos estaban preparando el desayuno.
Yo me había vestido para la ocasión que vendría un poco más entrada la mañana. Tenía un traje de caza.
Color azul marino, mi capa negra abierta y solo atada por mi prendedor de plata.
Me había peinado el pelo y lo tenía suelto. Llevaba puesta una sencilla diadema de plata.
Los elfos al acercarme me miraron, algunos me hicieron pequeñas reverencias en respeto, otros solo me miraban, asombrados.
Todos impresionados por mi belleza, yo solo quería comer algo.
Me acerqué a Haldir, el cual estaba sentado mirando a otro elfo, con el cual estaba hablando y luego al verme llegar se dirigió a mí.
-Si tienes hambre hay lembas allí.- Me señalo con la mano una pequeña mesa de madera a unos pasos de mí, me levante rápidamente y tomé un pedazo pequeño, el cual daría lo suficiente para la mitad del día.
Me volví a sentar al lado del elfo.
Me miraba mientras yo comía.
-Hoy tienes que venir conmigo como representante de Lorien hasta la montaña de Erebor.
Le comuniqué secamente. El asintió levemente con la cabeza y seguimos hablando de todo un poco.
Se nos unió Glorfindel y pidió acompañarnos hasta la montaña.
Acepté su oferta. Mejor tener muchos aliados.
Partimos lentamente a la montaña después de que llegara Legolas.
Cuando llegó el príncipe, inmediatamente su mirada se posó en Glawareth, ella se dio cuenta y se preguntó por qué sería.
Pero lo ignoró por el momento y partieron.
Fue un empinado trayecto, lentamente aunque sin parar fueron subiendo hacia la cabeza del valle y trepando lentamente.
La compañía era variada. Éramos cuatro elfos arqueros y tres hombres del lago, entre los cuales estaba Bard.
Pude sentir ojos mirándonos mientras subíamos, era seguro que los enanos habían sobrevivido a la ira del dragón.
Yo encabezando la marcha escale unas últimas rocas caídas y vi lo que estaba adelante mío.
Quede asombrada y me detuve secamente.
Habían construido todo un alto parapeto de piedras. Eran sus defensas, no solo estaban vivos, sino que se estaban protegiendo de demás personas que llegaran hasta allí arriba.
Me sentó de lo más sospechoso y de mal gusto.
Los demás se sorprendieron incluso más que yo, pues ellos los creían muertos. Y ahora se daban cuenta que hasta habían creado defensas a un sitio. Era de verdad asombroso.
Legolas miro hacia Glawareth.
-Tenías razón, ¿Hablamos con ellos? ¿Qué te parece aceptable para hacer ahora?
Bard También les hablo.
-Nos están mirando desde los miradores. Y señalo los pequeños agujeros en la piedra tallados.
Glawareth hizo una mueca. El enano llamado Kili y los otros habían sido liberados y también estaban con los demás enanos, pensó que después de que una elfa salvara la vida de uno de ellos, serían más amables y razonables. A simple vista parecía que no.
Mientras estaban allí señalando y hablando entre ellos, Thorin los increpó: -¿Quiénes son ustedes -dijo en voz muy alta-que venís como en guerra a las puertas de Thorin hijo de Thrain, Rey bajo la Montaña, y qué deseáis?
Pero no le respondimos.
Estábamos armados, pero no era por ellos, podría haber habido orcos u otras difíciles criaturas.
No me gusto el tono de voz que tenía Thorin, y cuando lo vi a los ojos pude ver un destello enfermo en ellos. Negué levemente con pesar la cabeza, al darme cuenta que el rey bajo la montaña, nuevamente había caído en desgracia, teniendo ese tesoro a la mano, había dejado a la enfermedad ganar en su mente y ahora estaba perdido, todos estaríamos perdidos.
Era peor de lo que me temía, si esto no se solucionaba rápido, habría guerra.
Legolas, Bard y los demás mortales se fueron hacia abajo, dejándonos a mí y los otros, luego de observar con detenimiento la Puerta, y cómo estaba defendida, pronto nos fuimos detrás de ellos.
Ese mismo día el campamento se trasladó al este del río.
Justo entre los brazos de la Montaña. Los elfos silvanos decidieron tener una fiesta esa noche.
Yo no era muy amiga de las fiestas.
Pero antes de eso hubo una junta de elfos y humanos.
A la carpa real de Thranduil nos dirigimos al volver.
Bard y Legolas, con alguna participación de Haldir y Glorfindel, le comunicaron el estado de los enanos y Erebor. Thranduil no cabía del asombro.
Todos estaban alegres, si se puede decir de alguna manera, de que los enanos estuvieran vivos. Pero no podían creer que se escondieran tras una pared de piedra, como defensa.
Mientras ellos parlamentaban, yo escuchaba atentamente.
Estaba sentada cómodamente contra la pared de la carpa, en un escalón de madera muy fuerte. Jugando con una cuerda que le había robado ayer a la tarde a Haldir, haciendo diferentes tipos de nudos, no dije una palabra y esperé.
Cada tanto alguno de ellos me miraba, Estaban preocupados y no podían creer que yo no dijera una palabra, al fin se dieron cuenta que yo había tenido la razón, pero no me habían escuchado.
Cuando Thranduil dio una idea, la cual era parecida a la que yo tenía en mente, dejé a un lado la cuerda y me levanté.
-Tenemos que arreglar un trato o un acuerdo con los enanos. Había dicho el Rey elfo.
Yo me levanté de un salto y todos me miraron expectantes.
Me moví despacio hacia donde estaba el trono, donde el rey estaba sentado con una mano en la mandíbula, en una actitud pensante, la cual le quedaba muy sensual.
Dejé de lado ese pensamiento. El levantó la mirada y me miró a los ojos.
Yo lo señale con el dedo y le dije:
-Es un buen plan, Claro que esta el hecho de que no tienes con que negociar, y que los enanos parecen no gustar de los elfos Sindar.
Me desafió con la mirada, estaba molesto. Pues yo no daba nuevas ideas y solo lo pinchaba para lastimarlo, pero que se arreglara solo.
Miró hacia otro lado y murmuró fuertemente
-¿Alguna mejor idea, entonces?
Yo sonreí con suficiencia.
-Es obvio, tenemos que ir otra vez, subir la montaña y plantear nuestra situación. Ser directos, es la mejor forma de ver en que estamos parados. Tenemos que deducir en que situación estamos, desde allí será fácil decidir qué hacer con ellos. Levantaron defensas -empecé a enumerar las debilidades de los enanos- pero ellos son trece, no son guerreros jóvenes y hay un hobbit que no tiene mucha experiencia en batalla.
Pare en seco los mire a cada uno, parecían más relajados y aceptaron mi idea.
-Si, tal vez esto se pueda arreglar de una manera amistosa, estoy de acuerdo.
Dijo Bard.
Esa noche voces y canciones resonaron entonces entre las rocas como no había ocurrido por muchísimo tiempo. Se oía también el sonido de las arpas élficas y de una música dulce.
Yo al principio había decidido no salir a la fiesta elfica, pero al escuchar que la fiesta era muy amigable, aunque hubiera elfos no deseables en ella, me fui preparando para asistir.
Me puse el único vestido de fiesta elfico que había llevado, yo siempre tenía todo preparado, por las dudas, nunca se sabía cuándo podía haber una fiesta.
El vestido era largo hasta el suelo y tocaba dulcemente todas mis curvas, era de color crema, con los bordes decorados con hilo de oro, que brillaban a la luz de las velas.
Me puse una sencilla diadema de oro con una pequeña gema de rubí.
Unas sandalias de baile, y me peiné el pelo unos minutos hasta que estuvo suave y ordenado hasta mi cintura.
Era la única mujer elfa en la fiesta además de algunas de la guardia de Thranduil, pero ellas eran bajas elfas y no estaban vestidas apropiadamente, solo una túnica de fiesta.
Entré deslumbrante. Mi luz plateada los hizo mirar a todos hacia mí, yo por mi parte me sentí muy orgullosa de sí misma y me pavonee con una gran sonrisa, mientras me disponía a cruzar por medio de la fiesta y llegar a la mesa de bebidas.
Necesitaba una copa con desesperación.
Había una cantidad inmensa de vinos, cada uno más fuerte y rico que el anterior.
Según escuche, eran un regalo del Rey elfo, para festejar el asesinato del dragón.
Me serví uno de los más fuertes y me apoye en la mesa.
Miré alrededor. Una gran fogata estaba al centro del claro.
Era de noche y se veían las estrellas, iluminaban todo el lugar con ayuda de la luz de la luna.
Había diferentes tipos de elfos esa noche.
Los que tomaron tanto que ya estaban borrachos como una cuba, tirados despatarrados en el suelo.
Los que aguantaban cualquier cantidad de vino, y estaban hablando acaloradamente a un costado. (De estos me reí mucho, y puse muecas al ver como se gritaban entre ellos)
Luego estaban los que aguantaban mucho o eran más responsables. Estos estaban sentados en algunos bancos, hablaban, se contaban historias, y esas cosas.
Otros estaban bailando con las pocas mujeres que había.
Era terriblemente divertido.
Estaba por terminar mi segunda copa en esa noche, cuando Haldir se me acercó, él era uno de los responsables, había tomado, pero no mucho.
Se divertía con moderación. Estaba vestido impecablemente. Una túnica roja y su pelo rubio desatado. Todo él brillaba con alegría.
-Gran fiesta que se han montado hoy, supongo que te estas divirtiendo.
Le dije yo, medio en broma, él estaba haciendo chites a su compañía, estaba alegre, mas descansado.
Asintió con una sonrisa en la cara.
-¿Puedo tomar tu mano para un baile, bella princesa?
Lo mire con la boca abierta, sentí una mirada sobre nosotros.
-Claro que si, Haldir, es un placer.
Le dije con una sonrisa al elfo, el me tomo de la mano, la cual era suave y me llevo hasta la mitad del lugar de baile.
-El placer es todo mío.
Las arpas y las voces de los elfos eran suaves y hermosas, bailamos hasta que a mí me pidieron otros elfos para bailar.
Hasta que yo pedí para ir a la mesa de bebidas, necesitaba vino, porque sentía una mirada siguiéndome durante todo el trayecto de cada baile y me tenía bastante enojada.
Estaba por la mitad de la copa del vino más rico que había probado en mi vida, cuando una voz conocida e igualmente dolorosa vino desde mi espalda.
-Ese es mi mejor vino.
Me di la vuelta bruscamente.
Al girarme me topé con el elfo más alto que había visto en toda mi vida.
Estaba vestido con una túnica color perla, con hombreras color dorado, las cuales brillaban con la luz del fuego.
No tenía tiara que decorara ese largo y hermoso cabello plateado, pero seguía teniendo un aura real y elegante.
-¿Glawareth, me permites este próximo baile? Si no estás ocupada ya, claramente.
Era Thranduil, era enorme y estaba de pie muy cerca de mí.
Era de una altura imponente. Mi olfato sintió un olor muy masculino y especial, cuando un pequeño viento pasó por sus cabellos, el cual me dejo por un segundo en el cielo.
Dejé la copa en la mesa y le respondí secamente, luego de volver a respirar adecuadamente.
-Sí, no tengo ningún compromiso anterior. Sí, mi señor.
Me quedé estupefacta por mi propia voz, no parecía la misma, pues tartamudeaba y parecía dudosa e adormilada.
¿Y desde cuanto le decía ''Mi señor''? Me di patadas a mí misma, por ser tan idiota.
Maldito él y su hermoso perfume que me dejaba idiota.
Lo mire con los ojos entrecerrados.
El asintió un segundo con una sonrisa conquistadora, que hubiera enamorado a cualquier elfa o mortal y yo rodé los ojos.
Me tomó la mano, decidida pero amablemente. Era suave y estaba caliente. Sus manos eran grandes, poderosas. Su toque envió pequeños escalofríos y cosquillas por mi brazo. Mi piel se erizó.
Me llevó lentamente hacia la mitad del campo de baile y luego de darse la vuelta para darme la cara, puso una mano en mi cadera, a lo cual yo me sobresalte un poco y la otra mano en una de las mías.
Como no sabía qué hacer con mi otra mano, la puse encima de su hombro. El cual se sentía bajo su túnica, muy fuerte y muy bien formado.
Su cuerpo debía ser perfecto.
Comencé a hiperventilar.
Pedí a mi sistema nervioso que se tranquilizara.
Y eso mismo fui haciendo, o esa fue mi intención, pues mientras más tiempo pasaba su lado, su perfume parecía inundar más mis sentidos y nuestros cuerpos se juntaban cada vez más.
Era el mejor contacto en todo el universo, pero una tortura al fin.
Ningún otro elfo, me había seducido tan fácilmente y eso me hizo odiarlo, al mismo tiempo que amarlo.
Comencé a sentirme muy enojada, eso era el mejor sentimiento que me podía ayudar a salir de este aprieto, en el cual me había metido.
El parecía también en una nube, pero prontamente parecía divertido por mis cambios significativos de humor.
El mundo parecía desaparecer mientras nos mirábamos el uno al otro.
Sus ojos. Manantiales de agua pura y cristalina. Parecían pedir a gritos. Ese color aguamarina que había estado en más sueños de los que podía contar. O admitir.
Me tranquilicé lo bastante para poder pensar razonablemente.
-Vamos a ser directos, como siempre Thranduil. Le di una sonrisa falsa.
-Me parece lo más sensato. Él dijo mientras nos deslizábamos suavemente con la música.
-Dime ¿Fue fácil dejar a una elfa moribunda, en su lecho de muerte e ir a casarte con otra?
Le pregunté con voz profunda, el miró hacia otro lado, no queriendo mirarme a los ojos. No entendí por qué. Parecía un poco enojado.
-Si hubieras leído la carta, hubieras entendido. Respondió cortante.
-No leí la carta porque no te lo merecías, no te mereces nada, ni siquiera mi respeto.
Me importaba una mierda que fuera el Rey, yo era princesa.
Al principio pareció triste, pero luego apareció un brillo cómico en sus ojos.
-Pareces disfrutar de mi compañía.
-No me cambies de tema, además me gusta tener un buen compañero de baile.
Sonrió con suficiencia. Y me miro de pies a cabeza. Estaba muy cerca. El oxígeno parecía faltar.
-Antes te parecían disgustar los bailes y la gente
-Ya no soy la misma Glawareth que conociste.
Mire para un costado. Legolas nos estaba mirando desde uno de los lados del claro. Parecía preocupado y tenía las cejas juntas.
Me puse un poco nerviosa.
-Claramente, estas muy diferente.
Volví mis ojos a su cara, para ello, tuve doblar el cuello, era realmente muy alto, dos o tres cabezas más alto que yo.
Mientras yo pensaba en eso, el parecía debatirse constantemente en muchas cosas.
Examine sus ojos muy atentamente.
-Tú también, y no enteramente en el buen sentido. Le respondí, y era cierto. Él era más frio, egoísta y repelente.
Se puso muy rígido, de repente. Sus dedos apretaron mi mano más fuerte.
-En la carta decía, que la razón de mi partida, era que ya tenía otros compromisos.
-El compromiso era con una elfa, la cual es madre de Legolas ¿No es así?
Asintió gravemente.
-Sí, lo era. Mi padre me había propuesto matrimonio con una elfa Silvana de alta alcurnia.
Se detuvo a pensar lo que diría a continuación. Muy serio.
-No podía fallarle a mi padre, el cual recién había muerto.
-Lo entiendo perfectamente, perfectamente.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no deje que cayeran.
-Me sentí mal al dejarte, pero no tenía otra opción. Mi pueblo me necesitaba. Tenía a otra elfa esperándome.
Me miro a los ojos. Eran de un color celeste brillante, como el cielo a media tarde, hermoso.
-Siempre hay otras opciones, Thranduil, yo no tengo tiempo en mi vida para nadie, tú ahora eres un rey frio y duro. Tú nunca te ganaste mi confianza, no confío en ti.
Asintió con pena y no dijo más nada. No dejaba de apretarme muy fuertemente los dedos.
Terminó la canción, los dos estábamos de un humor muy oscuro y el me llevó otra vez hacia la mesa de vinos.
Todavía tenía una mano agarrando la mía, pero esta vez delicadamente.
Antes de irse hacia su trono, bajo los ojos hacia mi cara, atractivamente y me miró directamente.
-En todos estos años no he dejado de pensar en ti, Emlygil.
Sus ojos eran cálidos y honestos.
Pestañee con incredulidad.
Otra vez ese absurdo sobrenombre.
Y para terminar y dejarme con la boca abierta de asombro, acercó mi mano a sus labios y se atrevió a darme un pequeño beso en mis nudillos.
Si hubiera podido, me hubiera derretido allí mismo. O le hubiera dado un golpe en su perfecta cara.
Lo vi marchar. Se movía lentamente lejos de mí.
Él se fue luego de mirarme por última vez, y me dejo allí, parada con el cuerpo dormido y los ojos saltones. ¿Qué era lo que había pasado aquí?
¡Era una llama en medio de un mundo de gente! ¡Me estaba quemando!
