Capítulo 31
A pesar de que no íbamos a alzar armas contra los enanos, Mis ejércitos y los de Thranduil ya se estaban alistando.
Yo tenía mi armadura completa puesta. Mi pelo negro ondeado y largo caía suavemente en mi espalda.
Un día yo estaba sentada en un tronco en el claro donde mi ejército desayunaba o se juntaba a charlar.
Los demás elfos, estaban charlando o trabajando en sus armas.
Yo estaba haciendo nuevas flechas.
Mis flechas eran como cualquiera de las de mis compañeros, pero en la parte de atrás tenían plumas rojas.
Era más fácil ver donde estaban para luego recogerlas y guardarlas en mi carcaj.
Después de un rato de estar a solas y tranquila, apareció Mithrandir con Bard y se sentaron en el otro lado de la mesa larga.
Yo seguía con mis flechas. Y no les di más que una mirada a cada uno.
Mithandir me paso por arriba de la mesa un pan de lembas y le agradecí con una sonrisa perezosa.
Hacía más de un día que no comía nada.
Pasaba todo el día entrenando, afilando, limpiando las flechas, ordenando al ejército, o hablando con Haldir.
Estaba un poco cansada. Tampoco había dormido mucho que digamos.
En mis sueños venían imágenes horribles a mi cabeza que no quería volver a ver.
Eso me hizo recordar a mi tía. No le había preguntado a Gandalf sobre cómo había sobrevivido de Dol Guldur.
Lo miré desde mi lugar en la mesa, el dirigió sus ojos hacia mí, esperando por mis preguntas.
-¿Cómo estaba mi tía cuando la viste por última vez?
Se rió por lo bajo.
-Oh estaba muy bien, ella y Saruman me salvaron la vida. Saruman estaba muy enojado, ya sabes, el no creía en lo de Sauron.
Solté un bufido, poco femenino.
-Si claro, muy enojado, sería porque descubrimos que mentía.
El mago negó lentamente.
-No, querida, él lo que no quería era preocuparnos.
-Como quieras, Saruman no me gusta mucho, no le tengo mucha confianza. Él siempre estuvo celoso de ti, porque tienes un anillo y mi tía confía en ti y te respalda. – Pensé un rato en ello, mientras trabajaba en mis otras flechas- además está el hecho de que él sabe mucho, a veces la información puede formar un sabio, otras veces puede atraer al mal.
-No pongo en duda tu sabiduría, vieja amiga, pero si confío en Saruman, es el más alto en mi orden. Es un gran aliado.
-En fin- dije poniendo la última flecha preparada en mi carcaj y me levanté de mi asiento.
Bard estaba intranquilo y lo miré, él había escuchado la conversación y de seguro había sacado cosas en claro.
Me miró con preocupación en sus ojos y yo levanté una ceja en cuestionamiento.
-¿Sauron? ¿Cuál es el problema Glawareth?
Éramos muy buenos amigos con Bard, nos apoyábamos mutuamente.
Quería ser sincera con él, pero no quería que perdiera el control y se asustara.
-Digamos que Sauron ha vuelto.- Saltó del asiento. Temblaba de ira.
- ¿Y desde cuando saben esto? ¿Qué más saben?-
-Tranquilidad, amigo- le dije yo, me acerqué a él y le puse una mano tranquilizadora en el hombro
- Por ahora todo está bien.-
Le contamos todo, él dijo que era preciso que le dijéramos al rey elfo, yo no quería, pero no quedaba otra.
El rey parecía un poco nervioso, pero no totalmente desprevenido y me acordé de lo que me había dicho Legolas semanas atrás 'A eso se había referido el orco'
Bard quería tener preparado un ejército.
El rey pareció un momento pensativo y luego nos miró, a mí y a Mithrandir.
Luego solo a mí, yo me quede mirándolo a los ojos. El los entrecerró sospechando de mí.
-¿Cómo lo supiste tú?
Me reí un poco, mirando para otro lado, empecé a caminar lejos, en la carpa. Estábamos en la carpa del rey elfo. Estaba su cama, sus armas y una hermosa armadura de plata, parecida a la que él llevaba miles de años atrás, pero tenía oro incorporado en la parte de abajo.
-Ya sabes- Lo miré y luego desvié de nuevo la mirada y apunté un dedo hacia la armadura
-¿Esta es tuya? ¿O de Legolas?
-No me cambies de tema- dijo levantándose de su asiento, que estaba cerca del escritorio del rey. Yo levanté mis manos con las palmas hacia los demás.
-Está bien, lo supe por las visiones, ya sabes, sueños que se hacen realidad.
-No sabía esto- Parecía preocupado y sorprendido -¿Desde cuándo las tienes?-
Le resté importancia con un movimiento del brazo y luego llegué a la armadura y la toqué un poco mirándola de cerca.
-Desde que puedo recordar. O sea siempre. Es algo de familia, pienso yo.
-Y nunca me dijiste.- Era una afirmación.
-No, nosotros nunca nos llevamos bien.
Asintió y se llevó un dedo a sus perfectos y atractivos labios, parecía pensar en cosas, no le leí la mente, tenía miedo de ir dentro de su mente y leer algo que me lastimara. Seguí jugando con la armadura.
-Pero nunca fui tan buena en ello antes, ahora puedo hacer otras cosas…-
Los tres me miraron con los ojos abiertos mientras yo les hablaba en la mente.
-'como esto' y 'esto'-
Thranduil pestañeó fuertemente, lo sentí tratando de alejarme de su mente, le guiñe el ojo.
Pareció asombrado por un momento y luego me miro muy fríamente
Le devolví la mirada y luego miré a los demás.
Bard sacudía la cabeza y Gandalf sonreía y me hablaba en mi mente.
'te estas divirtiendo con estos dos' 'deja ya esto, Glawareth'
Levanté otra vez las manos en señal de rendición, y sonreí quedadamente.
-Está bien, está bien… Tenía que probarlo, no se enojen.-
Gandalf negó con la cabeza y cambió de tema.
-El problema es que según ha visto Glawareth, también vamos a tener un ejército de enanos a nuestras puertas en unos días. Dijo Mithrandir seriamente.
Se resolvió tener un concilio esa noche.
Me retiré después de unos minutos más, con Bard.
Estos días había sentido que Thranduil me miraba mucho, y su mirada siempre estaba perdida en pensamientos, era serio y frio, pero cuando lo miraba a los ojos podía ver una calidez diferente.
Legolas parecía querer pasar más tiempo conmigo.
Todo era muy extraño, y nunca pensé en un porqué, no tenía tiempo para gastar.
Esa tarde tenía tiro al arco, un entrenamiento, u otros lo llamaban diversión, yo lo llamaba entrenamiento, aunque a veces hacíamos apuestas. Y luego teníamos practica con la espada.
Invité a Bard a ver o participar de la lucha, si él quería, obviamente y el aceptó agradecido.
Pocos humanos podían ver de primera mano una práctica elfica, y nosotros éramos siempre perfectos en la demostración de armamento.
Teníamos buena vista, la mejor en toda la tierra media, buen olfato, y oído, todos muy afilados.
Llegamos al campo de práctica.
Haldir estaba ya entrenando con un elfling de pelo rojo.
El guardia de Lorien, era mucho más superior que el otro elfo de Mirkwood y cuando llegamos, en cuestión de dos minutos, Haldir ya había derrotado a su oponente.
Había mucho público, como diez personas alrededor, mirando y cuchicheando, haciendo apuestas o divirtiéndose a costa de los perdedores.
Pocos se animaban a desafiar a Haldir, o a mí.
Todos habían escuchado hablar de mis aventuras y mi caza de orcos por las montañas nubladas.
Y la verdad, sin ser arrogante, era muy muy buena con la espada y aceptable o más con el arco.
Si me vieras luchar, verías que en acción era como un baile rápido, si no eras elfo tenías que prestar mucha atención para ver cada movimiento.
Era salvaje y a veces mi ira llegaba a límites insospechados, solo en casos reales, con orcos y esas criaturas malditas.
Pero siempre era honesta, peleaba sin hacer trampas.
Nos quedamos con Bard unos minutos parados a un costado, yo estaba apoyada en un árbol que había en el costado del claro.
Cuando vi que nadie intentaba retar a Haldir, me adelanté unos pasos y saqué mi espada.
-Yo te reto Haldir o Lorien, Espada contra espada- Le dije apuntándole con la punta de mi espada hacia su pecho mientras sonreía.
Aceptó con otra sonrisa.
Su espada elfica era larga y era curva llegando a la punta.
El mango era de madera de los bosques de Lorien, tenía un color dorado muy hermoso.
Tenía en el mango una línea de oro en la empuñadura.
Mi espada no era la misma que hacia miles de años.
Era una nueva que me habían regalado en Rivendell mis dos sobrinos en un cumpleaños antes de que la tragedia de Celebrian pasara.
Era larga, pero sin curvaturas, era liviana y fácil de manejar.
Era perfecta para mí.
La empuñadura tenía un rubí.
La hoja tenía elfico antiguo y decía: 'Espada de Fuego de Dragón, forjada en Imladris'.
Era muy afilada y brillaba cuando los orcos estaban cerca.
En la hoja también tenía líneas que se superponían unas con otras formando un bonito diseño.
Haldir y yo nos pusimos uno frente a otro en posturas de defensa, ya conocíamos las debilidades y habilidades del otro.
Estaba vestido con una túnica verde bosque y unas leggins de color gris.
Su pelo tenía varias trenzas que denominaban que venía de Lorien y era el jefe de la guardia. Yo estaba con ropa de caza pero tenía una túnica de color plata.
Le sonreí de costado cuando ataqué primero.
Ataqué por la derecha, porque tenía un punto ciego.
Pero el desvió el ataque, yo salté a un costado rápidamente y él ni me vio.
Al ser elfa y ser liviana era bastante rápida y tenía mucha más experiencia y años que el elfo.
Seguimos jugando y buscando al otro por unos minutos hasta que el elfo desprevenido, fue desarmado rápidamente con un movimiento brusco de mi espada.
Su espada salió volando hacia un costado, cerca de donde estaba Bard. El cual tenía la boca abierta.
Haldir se reía abiertamente y yo empecé a hacer reverencias en broma a todos los presentes mientras me aplaudían.
No era que Haldir fuera malo, era un buenísimo espadachín, tenía mucha experiencia y era inteligente. Era uno de los mejores guerreros en la tierra media.
Era guardia de Lorien y mi tía le tenía mucha confianza, pero yo era mejor.
Chocamos las manos y hablamos un momento.
Me di la vuelta mientras Haldir se ponía a un costado, todavía con una sonrisa en la cara.
-¿Ahora quien hozará retarme a un duelo? Hablé alto y muchos de los que estaban negaron con la cabeza.
-Oh, vamos chicos, quiero divertirme un rato. Piénsenlo como una buena práctica.
Nadie pasaba al frente, algunos miraban para otro lado.
Negué con la cabeza.
Hasta que una fuerte y fría voz habló desde la distancia.
Una figura vestida con una túnica brillante color oro apareció detrás de otros elfos.
Era Thranduil.
-Yo acepto el reto.
Había estado allí todo el tiempo, mirando el duelo. Sus ojos eran más oscuros y tenía una sonrisa altiva en su cara.
Entrecerré los ojos y me moví alrededor de él, dando vueltas y mirándolo mientras él se sacaba la capa dorada y la tiraba con un movimiento grácil de la mano, al suelo. Luego puso la espada en alto.
Me detuve en frente de el con la postura lista.
-Muéstrame lo que puedes hacer, Thranduil.
Le dije con una sonrisa de suficiencia.
El primero en atacar fue el, pero bloquee el ataque. Yo nunca había peleado con él, pero era muy muy bueno, mejor que Haldir, por supuesto, él también tenía más años y por lo tanto más experiencia. Pero no tanto como la mía.
Mi ataque llegó con fuerza y lo agarró un poco desprevenido, y luego el a ella y así sucesivamente. Ellos continuaron la danza, Golpear y bloquear.
Los dos eran fuertes y se resistían a perder contra el otro.
Toda una vida de oponentes, de raza y estatus, todo parecía decidirse hoy entre ellos dos.
Muchas más personas se acercaban a ser testigos del duelo entre el Rey Elfo y la princesa Noldor.
Nos deslizábamos suavemente y nos mirábamos a los ojos.
Yo leí a veces pensamientos que me dejaban con una abrumadora ventaja, pero él también era rápido, astuto e inteligente.
Los ataques de Thranduil eran muy fuertes, tenía una fuerza muscular tremenda.
El corazón de Glawareth latía rápidamente y el de él seguro que también.
Eran dos luchadores esperando la debilidad de su oponente, de su presa.
Ella era buena descubriendo debilidades, pero él tenía muy pocas, y ella lo mismo, Thranduil buscaba, pero nunca llagaba a desarmarla.
Hasta que Thranduil hizo un movimiento brusco y muy rápido, la agarro de la túnica, y la espalda de ella voló hacia el suelo, a un costado.
Pero había algo que Thranduil no sabía: Glawareth siempre, siempre estaba preparada para todo, era por ello que tenía muy buena reputación y nunca perdía un duelo, ni una pelea.
La elfa tenía una daga escondida en la túnica. Bueno muchas dagas escondidas.
Y cuando Thranduil fue a poner su espada en el cuello de la joven, mientras le apretaba la cadera con el otro brazo, para que no se resistiera, dejándola levantada del suelo, ella saco la daga, una daga larga y de mithril.
La puso entre su cuello y la espada del elfo. Él la soltó suavemente de la cadera y ella pisó suelo otra vez.
Tenía tanta furia y enojo por la trampa que el elfo había usado para ganarle que su fuerza fue tremenda, pero la espada no dejo la mano de Thranduil.
Thranduil quedo muy asombrado y fascinado con los movimientos rápidos y el perfecto combate de la elfa y asintió con respeto hacia ella.
-Eso fue trampa, Thranduil.- Grité con furia. Le apuntaba al cuello con mi daga curvada.
Lo que más la enfurecía era que le había gustado, muchísimo estar entre sus brazos.
La elfa se alejó del elfo y lo seguía mirando con recelo, frustración, ira y desaprobación.
Él puso las palmas al frente en una muestra de disculpa.
-Prometo que no lo volveré a hacer.
-Y cómo puedo confiar en ti, Elvenking
Ella lo miro con la cabeza levantada, sus ojos tenían el brillo rojo, el cual había desaparecido por cientos de años.
-Solo confía en mí.
Las personas que estaban viendo la escena no entendían nada. Miraban de uno a otro y cuando estaban peleando miraban con asombro la soltura de los dos contrincantes, parecían conocerse.
Los dos volvieron a pelear, y sin trampas.
Ella sentía ira, resentimiento. Quería ganarle en esta lucha, era más que una práctica para ella.
Ella siguió golpeando una y otra vez, el solo bloqueaba sus intentos.
El ya conocía sus talentos, pero alrededor todos estaban boquiabiertos, nunca la habían visto perder así la compostura.
Glawareth era fría y al mismo tiempo muy amable.
Ahora sus ojos eran del color del mismo fuego. No necesitaría el anillo para incendiar un bosque entero.
En los ojos de Thranduil apareció un destello de remordimiento y admiración.
La miraba a ella mientras, la elfa le atacaba sin darle tiempo a nada.
La elfa dejo salir todo el resentimiento y sentimientos por el en ese momento, quería herirlo, hacerle sentir lo que ella había sentido.
Pues aunque ella sabía lo que había sentido, no podía definirlo y la única manera que tenía para demostrárselo era humillar al gran rey del bosque negro en frente de todos sus súbditos.
Thranduil decidió usar esos precisos momentos que tenía en relativa intimidad para hablar con ella.
La mujer elfica lanzaba ataques mientras el rey elfo hablaba.
Le lancé otro ataque, a la derecha. Él lo bloqueo, vagamente. Me alejé un poco, y el abrió la boca y empezó a hablar.
Lo miré con desconcierto cuando comenzó con una frase que no entendía.
-Mandaba cartas a Imladris para tener noticias sobre ti.
Entrecerré los ojos, saqué mis dagas dobles de mi espalda.
Los elfos no sudaban, pero si fuera una mortal, estaría empapada en sudor.
Les di un movimiento a mis dagas y teniendo una en cada mano, me acerqué a Thranduil, el rebatía todos mis ataques, con fuerza.
-¿Qué? Dije con desconcierto.
Me atacó una vez el, mientras yo mantenía mis defensas, el respondió mi pregunta.
-Elrond- Paró un momento para respirar hondo- Él me enviaba cartas cuando pasaba algo importante, le dije que no te dijera.
Mis ojos se abrieron, lo mire a los ojos, estos ya no eran tan fríos, en cambio tenían un brillo interior, que solo los hacían parecer más hermosos. Se le habían oscurecido, y podía sentir que con ellos mandaba pensamientos a mi mente, les cerré el paso, no quería escuchar nada de lo que quisiera decir.
Me acodé de la caricia de sus manos en mi cadera y su cercanía.
No era débil, no podía ser tan débil.
La gente alrededor escuchaba con atención, cada vez más gente se acercaba a ver que estaba pasando.
-¿Para que querías saber de mí?
El rodó los ojos. Contesto fríamente.
-¿Es que no es obvio?
Lo ataqué otra vez, y otra y otra. El soltaba gruñidos mientras me bloqueaba.
Hasta que mis dagas se atascaron en su espada y nuestras caras quedaron muy cerca.
Podía sentir su cálido aliento en mi mejilla.
Su piel era hermosa, pero podía ver una leve sombra de cicatrices en uno de sus lados. No lo hacían menos agraciado.
Bueno, si él quería confesarse en medio de un mar de gente, no lo iba a detener.
-Y dime, ¿Ella era hermosa? ¿Era perfecta y su pelo tan plateado que brillaba con la luz del sol? ¿Eras feliz mientras yo estaba más sola que nunca?
Le dije en su cara, a unos pocos centímetros.
Sus ojos volvieron a ser fríos, muy fríos.
-¡No me hables así, Glawareth, no sabes nada!- Grito. –Si hubieras leído la carta, sabrías…-
Baje mis espadas a mis costados y lo detuve en su discurso, cuando hablé.
-¿Qué? ¿Qué querías una pareja perfecta? ¿Qué ahora eras el rey y que tenías que ir a casarte con otra elfa?
-Oh, déjeme decirte que no hacía falta, no quiero saber nada- le dije esto apuntándole al pecho con una de las dagas.
-No era eso, Glawareth, ¡eres tan terca y obstinada!, ¿Es que no puedes simplemente dejarme hablar?
-Muy bien- me detuve y empecé a moverme de un costado al otro, mirándolo a los ojos.
Del cuerpo de ella salían ondas de fuerza, que podían quemar a cualquiera que se acercara lo suficiente.
-Dime lo que tengas que decirme y vete de una vez.
Había un silencio sepulcral alrededor.
El tiró su espada a un costado que hizo un ruido filoso, muy horrible.
-Lee la carta, si todavía la tienes. Hazme ese último favor.
Yo luego de mirarlo unos segundos más a los ojos, fría como un rio de hielo, me puse las dagas en mi espalda, tomé mi espada del suelo y luego me empecé a retirar. Dejando a un rey elfo, muy enojado, angustiado, con su hermoso pelo plateado y largo en sus hombros.
Cuando me moví hacia la multitud, la gente se apartó de mi camino.
Fui directo a mi carpa.
