Capítulo 33

Apenas llegué, me acosté a descansar en mi cama.

Nada había quedado en claro con Thranduil, todo había quedado peor que antes, tenía ganas de destruir todo a mi alrededor.

Sabía que a la noche había un breve encuentro en la sala de reuniones élficas.

No tenía ganas de ver al rey elfo otra vez aquel día, pero no había otra opción, iba a ir.

Luego de descansar un momento, me fui a bañar y me cambié.

Me puse un simple vestido de color dorado y una tiara de oro con un diseño intrincado.

Salí de mi carpa.

Todo era normal, aunque había muchos elfos con cascos y armaduras puestas. Se sentía tensión creciente, nadie me miró cuando avanzaba hacia la carpa en el centro del campamento.

Empezaba a hacer mucho frio en el aire, el cielo ese día estaba encapotado. No se veía ni una estrella.

Eso me puso muy triste, yo amaba las estrellas. Y no verlas era como ver desaparecer mi hogar.

Sentí muy por encima de mi cabeza, mientras caminaba, las gotas de agua que caían del cielo convirtiéndose en hielo, la primera nieve del invierno pronto iba a llegar al suelo.

Llegué rápidamente a la gran carpa y entré.

Lo primero que me di cuenta es que alguien no estaba allí.

Me senté rápidamente, al lado de Legolas y de Bard, lejos de Thranduil

Parecía que muchos sabían de la pelea de la tarde. Sentí que Legolas me veía de reojo y me sonrojé un poco.

Bard por su parte me miro y envió hacia mí una sonrisa amable.

Thranduil estaba sentado, muy rígido y frio en su lado de la mesa redonda.

Miré hacia todos en cuestionamiento.

Me aclaré fuertemente la garganta.

-Donde esta Mithrandir?-

Pregunté con mi voz neutra.

Bard me miró y contestó.

-Dijo que hoy su presencia no sería necesaria.-

Puse los ojos y negué con la cabeza.

-¡Oh viejo pomposo, no me dice nada y desaparece en un momento importante como este!

Legolas parecía preocupado y exclamó.

-Oh no, no se fue, está sentado a un costado en unas carpas cerca de aquí.-

Le sonreí un poco. Y asentí.

-Bueno, eso es un alivio.

Thranduil interrumpió bruscamente nuestra conversación. Fue directo al grano.

-¿Alguien pensó en una posibilidad o manera de hacer las paces con los enanos en Erebor?

De repente mientras él hablaba, sentí algo muy poderoso y no de buena energía acercándose hacia nosotros.

Algo que había sentido antes, pero no me acordaba cuando.

No era algo agradable. Me hacía marearme y sentirme triste.

Cerré los ojos y mis manos agarraban como garras mi lado de la mesa.

Cuando volví a la realidad, tres pares de ojos me miraban, entre preocupados y aterrorizados.

Antes de que alguien dijera algo, yo me despedí.

-Discúlpenme un momento, necesito un poco de aire.-

Seguía sintiendo que una nube oscura se acercaba al campamento.

Además veía imágenes extrañas en mi cabeza mientras salía de la carpa.

Los demás me miraron salir con preocupación, sabían que tenía una visión.

Caminé sin rumbo por unos minutos, tratando de serenar mi mente.

Hasta que me di cuenta que estaba cerca del curso inferior del arroyo y no sabía cómo había llegado hasta allí, sentí un ruido, como un chapoteo y vi que otros elfos también lo habían sentido.

Parecían creer que había un espía por allí, yo me acerqué lentamente, preocupada, la oscuridad era más densa mientras hacia mi camino hacia la orilla del arroyo.

De repente una voz llego desde el agua. Yo me sobresalté un instante y me di cuenta que conocía aquella voz.

Pero miré al rededor y no podía ver a nadie.

Fue muy extraño, entrecerré los ojos.

-¡Encended una luz!- Dijo la voz- ¡Estoy aquí si me buscáis!- Yo me acerqué y vi que un pequeño cuerpo salía por detrás de una roca. La oscuridad había desaparecido, pero veía una sombra alrededor del visitante misterioso.

Los elfos que había escuchado antes, estaban muy sorprendidos y le empezaron a preguntar cosas.

¿Quién eres? ¿Eres el hobbit de los enanos? ¿Qué haces? ¿Cómo pudiste llegar tan lejos con nuestros centinelas? —preguntaron uno tras otro.

El pobre hobbit- Ya que me había dado cuenta quien era- Todavía estaba metido en el arroyo.

Me adelanté, delicadamente con mi vestido y le tendí rápidamente la palma de mi mano.

El hobbit me miró, sus ojos se iluminaron en reconocimiento, sorprendido y yo le sonreí amablemente.

El aceptó mi mano y con un poco de fuerza, pues el pequeño no era muy pesado, lo ayudé a salir del agua.

Sus grandes y peludos pies tocaron el césped seco, y le solté la mano delicadamente, el me miraba con los ojos como platos, parecía que había visto la estrella más brillante en el firmamento.

Estaba que chorreaba agua, pero luego de un escalofrió, el miró otra vez a los otros elfos que miraban la escena desconcertados y luego de darme un pequeño asentimiento de agradecimiento les respondió:

-Bilbo Bolsón, compañero de Thorin, si deseáis saberlo.- yo obviamente ya sabía esto, el siguió hablando, haciendo un ademan con la mano.

-Conozco de vista a vuestro rey, aunque quizá él no me reconozca. Pero Bard me recordará y es a Bard en especial a quien quisiera ver.

Los demás elfos estaban sorprendidos y me miraron.

Pasé por alto, que Thranduil no era mi rey y le respondí con admiración.

-¡No digas! —Exclamé—, ¿y qué asunto te trae por aquí?

-Lo que sea, sólo a mí me incumbe, querida elfa.

Luego mirando a los demás añadió:

-Pero si deseáis salir de este lugar frío y sombrío y regresar a vuestros bosques —respondió estremeciéndose—, llevadme en seguida a un buen fuego donde pueda secarme, y luego dejadme hablar con vuestros jefes lo más pronto posible. Tengo sólo una o dos horas.

Sus palabras eran amables aunque tiritaba de frio.

-Yo soy Glawareth, de Imladris. Puedes confiar en mí, Bilbo Bolsó llevare hasta el rey, aunque no es mi rey y ante Bard.

El Hobbit asintió torpemente.

Los demás elfos nos escoltaron, por seguridad, hacia la carpa que había dejado hacia una media hora.

Cuando entré los demás dejaron de hablar y levantaron la vista hacia mí, desconcertados.

Atrás mío venía el hobbit el cual hizo una pequeña reverencia.

Presente amablemente hacia los demás al Hobbit y pedí a Legolas y Haldir que dejaran la carpa por un momento.

Ellos no se negaron y se fueron.

Bard y Thranduil seguían asombrados y yo seguí sin revelar mucho más.

Sin perder mucho más tiempo, le tomé suavemente la mano al Hobbit y lo atraje hacia un asiento cerca del fuego. Caminé hacia un costado alejado de la carpa y volví con mantas.

Le pasé una manta vieja por los hombros.

Me agradeció sinceramente con una gran sonrisa. Cada vez que me veía sus ojos se iluminaban.

Era una criatura muy graciosa y tierna.

El de verdad me gustaba mucho, pero seguía viendo esa sombra oscura alrededor de él, que me hacía poner muy ansiosa y nerviosa. Me senté en un costado de la carpa a esperar por las palabras del mediano.

Fue así como unas dos horas después de cruzar la Puerta, Bilbo estaba sentado al calor de una hoguera en una tienda grande, y allí, también sentados, observándolo con curiosidad, estaban: Glawareth a lo lejos, el Rey Elfo y Bard. Un hobbit en armadura élfica, arropado en parte con una vieja manta, era algo nuevo para ellos.

Thranduil pensó que tampoco había que dejar de lado el trato amable que recibía de la elfa Noldor.

—Sabéis realmente —decía Bilbo con sus mejores modales de negociador—, las cosas se están poniendo imposibles. Por mi parte estoy cansado de todo el asunto. Desearía estar de vuelta allá en el Oeste, en mi casa, donde la gente es más razonable. Pero tengo cierto interés en este asunto, un catorceavo del total, para ser precisos, de acuerdo con una carta que por fortuna creo haber conservado. —Sacó de un bolsillo de la vieja chaqueta (que llevaba aún sobre la malla) un papel arrugado y plegado.

—Una parte de todos los beneficios, recordadlo —continuó—. Lo tengo muy bien en cuenta. Personalmente estoy dispuesto a considerar con atención vuestras proposiciones, y deducir del total lo que sea justo, antes de exponer la mía. Sin embargo, no conocéis a Thorin Escudo de Roble tan bien como yo. Os aseguro que está dispuesto a sentarse sobre un montón de oro y morirse de hambre, mientras vosotros estéis aquí.

A lo lejos se podía ver que yo había rodado los ojos y negado con la cabeza al escuchar de la estupidez de Thorin, era muy típico de los enanos ser tan tercos y orgullosos, el orgullo lo iba a llevar a la ruina.

Fue Bard quien habló, su voz tenía un toque de rencor.

—¡Bien, que se quede! —dijo Bardo—. Un tonto como él merece morirse de hambre.

—Tienes algo de razón —dijo Bilbo—. Entiendo tu punto de vista. A la vez ya viene el invierno. Pronto habrá nieve, y otras cosas, y el abastecimiento será difícil, aun para los elfos, creo. Habrá también otras dificultades. ¿No habéis oído hablar de Dain y de los enanos de las Colinas de Hierro?

Tenía razón en el tema de la nieve y el invierno.

El rey elfo me miro por un momento, ya sabiendo por mi mano de los enanos. Habló, mirando de nuevo al extraño hobbit, el cual parecía que estaba entrando en calor rápidamente. Ya no tartamudeaba y tenía los cachetes colorados.

—Sí, hace poco tiempo; ¿pero en qué nos atañe? —preguntó el rey.

—En mucho, me parece. Veo que no estáis enterados. Dain, no lo dudéis, está ahora a menos de dos días de marcha, y trae consigo por lo menos unos quinientos enanos, todos rudos, que en buena parte han participado en las encarnizadas batallas entre enanos y trasgos, de las que sin duda habréis oído hablar. Cuando lleguen, puede que haya dificultades serias.

Bueno, todos en la habitación sabían que venían enanos, pero los números y demás cosas, fueron una sorpresa, compartimos una pequeña mirada entre los tres. Bard pasó la mirada de mí, al hobbit.

—¿Por qué nos lo cuentas? ¿Estás traicionando a tus amigos, o nos amenazas? —preguntó Bardo seriamente.

—¡Mi querido Bard! —Chilló Bilbo— ¡No te apresures! ¡Nunca me había encontrado antes con gente tan suspicaz! Trato simplemente de evitar problemas a todos los implicados. ¡Ahora os haré una oferta!

—¡Oigámosla! —exclamaron los tres.

—¡Podéis verla! —dijo Bilbo—. ¡Aquí está! —y puso ante ellos la Piedra del Arca, y retiró la envoltura.

El propio Rey Elfo, cuyos ojos estaban acostumbrados a cosas bellas y maravillosas, se puso de pie, asombrado. Hasta el mismo Bardo se quedó mirándola maravillado y en silencio. Era como si hubiesen llenado un globo con la luz de la luna, y colgase ante ellos en una red centelleante de estrellas escarchadas. Yo por mi parte vi el objeto que tantas veces había visto en sueños. Recordé el sueño de la estrella sobre el mar de oro.

Thranduil tenía la mirada perdida en la gema. Mientras yo lo miraba, el alejó la mirada lentamente de la gema y me miró, sus ojos se abrieron mucho más, si eso era posible.

Sea lo que fuera lo que él estaba pensando, yo no entendía su mirada en mí.

—Esta es la Piedra del Arca de Thrain —dijo Bilbo—, el Corazón de la Montaña; y también el corazón de Thorin. Tiene, según él, más valor que un río de oro. Yo os la entrego. Os ayudará en vuestra negociación, —

Yo por mi parte cuando dijo eso, me levanté y acerqué lentamente, para mirar al hobbit.

Estaba muy sorprendida, cualquier criatura hubiera huido con la preciosa piedra y se la hubiera quedado para sí. Su amabilidad y comprensión de la grave situación hablaban muy bien de él.

Luego Bilbo, no sin un estremecimiento, no sin una mirada ansiosa, entregó la maravillosa piedra a Bard, y éste la sostuvo en la mano, como deslumbrado.

—Pero, ¿es tuya para que nos la des así? —preguntó al fin con un esfuerzo.

—¡Oh, bueno! —Dijo el hobbit un poco incómodo— No exactamente; pero desearía dejarla como garantía de mi proposición, sabéis. Puede que sea un saqueador (al menos eso es lo que dicen: aunque nunca me he sentido tal cosa), pero soy honrado, espero, bastante honrado. De un modo o de otro regreso ahora, y los enanos pueden hacer conmigo lo que quieran. Espero que os sirva.

El Rey Elfo miró a Bilbo con renovado asombro.

— ¡Bilbo Bolsón! —dijo—. Eres más digno de llevar la armadura de los príncipes elfos que muchos que parecían vestirla con más gallardía. Pero me pregunto si Thorin Escudo de Roble lo verá así. En general conozco mejor que tú a los enanos. Te aconsejo que te quedes con nosotros, y aquí serás recibido con todos los honores y agasajado tres veces.

Yo miré con cariño al hobbit, era honrado (aunque era obvio que había saqueado la gema, lo había hecho por un motivo elevado) y un ser maravilloso y estaba de acuerdo con Thranduil, y al cual miré con asombro mientras ofrecía al mediano que se quedara con nosotros en el campamento.

Sus ojos no eran tan fríos y parecía confiar en el mediano.

Un hormigueo pasó por mi corazón cuando noté la amabilidad y agradecimiento en sus palabras.

—Muchísimas gracias, no lo pongo en duda —dijo Bilbo con una reverencia, yo lo mire y me reí por lo bajo. —Pero no puedo abandonar a mis amigos de este modo, me parece, después de lo que hemos pasado juntos. ¡Y además prometí despertar al viejo Bombur a medianoche! ¡Realmente tengo que marcharme, y rápido! —

Nada de lo que dijeran iba a detenerlo, de modo que me ofrecí como escolta del hobbit, y cuando nos pusimos en marcha, el rey y Bard lo saludaron con respeto.

Cuando atravesaban el campamento, un anciano envuelto en una capa oscura se levantó de la puerta de la tienda donde estaba sentado y se les acercó a Glawareth y Bilbo.

Yo sabía que era Gandalf, pero el mediano miró a la figura con temor.

Mithandir habló hacia el mediano con una pequeña y secreta sonrisa.

—¡Bien hecho, señor Bolsón! — Dijo, dando a Bilbo una palmada en la espalda, me miró de reojo y yo le sonreí — ¡Hay siempre en ti más de lo que uno espera! —

Por primera vez en muchos días Bilbo estaba dé verdad encantado

Podía sentir el enjambre de preguntas para Gandalf en la mente del hobbit. El mago contestó sintiendo lo mismo.

—¡Todo a su hora! —dijo Gandalf— Las cosas están llegando a feliz término, a menos que me equivoque. Quedan todavía momentos difíciles por delante, ¡pero no te desanimes! Tú puedes salir airoso. Pronto habrá nuevas que ni siquiera los cuervos han oído. ¡Buenas noches!

Asombrado pero contento, Bilbo se dio prisa. Lo seguí mientras charlábamos de algunas cosas, mientras el me miraba con admiración y asentía a mis preguntas.

Lo llevé hasta un vado seguro y lo deje seco en la orilla opuesta; luego el hobbit se despidió con un gran reverencia y subió con cuidado de regreso hacia el parapeto. Lo miré subir con una sonrisa en mi cara y sacudí la cabeza en incredulidad.

Era increíble como una pequeña persona podía cambiar el curso de muchos destinos con un gesto tan desinteresado.