Capítulo 33
Esa noche hubo otra reunión entre elfos y mortales.
Ya teníamos la solución a nuestros problemas con los enanos.
En la carpa real decidimos partir en el amanecer hacia la montaña a hacer entrar en razón a Thorin.
Llevaríamos la gema que nos había dado el hobbit para entrar en negociaciones pacificas con el rey bajo la montaña.
Alrededor de la mesa estábamos: Gandalf, el rey elfo, Haldir, Bard, Glorfindel, yo y Legolas.
-Yo iré a ver que puedo ayudar a los enanos a entrar en razón o ayudar al hobbit - dijo el mago muy seriamente.
Todos teníamos miedo por el pobre mediano.
Si se sabía lo que había hecho, los enanos no lo verían bien de su parte.
-No voy a revelar mi identidad tan rápidamente, sin embargo. Y tampoco hay que revelar la piedra de inmediato.-
-Tengo una idea, ¡podemos llevar la gema en un cofre que tengo entre mis posesiones!- exclamé yo, sobresaltando a todos.
-¿y quién la llevará?- pregunto Thranduil mirándome tranquilamente.
-¡Es obvio que la tiene que llevar Mithrandir!- respondí.
-¿Y quién estará en la compañía? Preguntó seguidamente Bard.
Miró a todos y fuimos levantando la mano, al final éramos como diecinueve personas.
Nada nos tenía preparados para ver que a lo último el rey elfo también levantaba la mano, yo lo miré a los ojos.
-Este asunto me concierne y es algo entre reyes, tengo que ir, tal vez sirva de algo y Thorin entienda la severidad del asunto si estoy allí.
Todos asentimos gravemente.
Alrededor de mediodía, los estandartes del Bosque, el Lago y los Noldor se adelantaron de nuevo. Cuando llegaron al sendero, dejamos a un lado espadas y lanzas y nos acercamos a la Puerta.
Admirados, los enanos vieron que entre ellos estaban tanto Bard como el Rey Elfo, y delante un hombre viejo, envuelto en una capa y con un capuchón en la cabeza, portando un pesado cofre de madera remachado de hierro. Al lado de Mithrandir, estaba yo.
—¡Salud, Thorin! —dijo Bard—. ¿Aún no has cambiado de idea?
—No cambian mis ideas con la salida y puesta de unos pocos soles —respondió Thorin—. ¿Has venido a hacerme preguntas ociosas? ¡Aún no se ha retirado el ejército elfo, como he ordenado! Hasta entonces, de nada servirá que vengas a negociar conmigo.
—¿No hay nada, entonces, por lo que cederías parte de tu oro?
—Nada que tú y tus amigos podáis ofrecerme.
—¿Qué hay de la Piedra del Arca de Thrain? —dijo Bard, y en ese momento Gandalf abrió el cofre y mostró en alto la joya.
La luz brotó de la mano del viejo, brillante y blanca en la mañana.
Thorin se quedó entonces mudo de asombro y confusión. Nadie dijo nada por largo rato.
Luego Thorin habló, con una voz ronca de cólera. —Esa piedra fue de mi padre y es mía —dijo—. ¿Por qué habría de comprar lo que me pertenece? —Sin embargo, el asombro lo venció a fin y añadió: —Pero ¿cómo habéis obtenido la reliquia de mi casa, si es necesario hacer esa pregunta a unos ladrones?
—No somos ladrones —respondió Bardo— Lo tuyo te lo devolveremos a cambio de lo nuestro.
—¿Cómo la conseguisteis? —gritó Thorin cada vez más furioso.
Ninguno de nosotros dijo nada, pero no miramos al suelo ni nos mirábamos entre nosotros. No queríamos descubrir al ladrón que tan amablemente nos había dado una salida de escape al desastre que era la sociedad con los enanos.
Sentía la mente de cierto hobbit rebatiéndose en su mente si decir o no la verdad, hasta que gano la sinceridad.
—¡Yo se la di! —chilló Bilbo, que espiaba desde el parapeto, ahora el pobre hobbit sentía un miedo terrible por la reacción de Thorin.
—¡Tú! ¡Tú! —gritó Thorin volviéndose hacia él y aferrándolo con las dos manos— .¡Tú, hobbit miserable!¡Tú, pequeñajo... saqueador!
Yo me quise adelantar pero Thranduil me puso una mano amable, pero fuerte en uno de mis brazos para retenerme de hacer algo. Lo miré a los ojos y le leí el pensamiento. 'No te metas, no creo que Thorin le haga nada a un hobbit desprotegido, Glawareth'.
Yo dudé un poco de eso ultimo pero asentí rápidamente. Thorin seguía sacudiendo al hobbit y gritaba rojo de ira.
—¡Por la barba de Durin! Me gustaría que Gandalf estuviese aquí. ¡Maldito sea por haberte escogido! ¡Que la barba se le marchite! En cuanto a ti, ¡te estrellaré contra las rocas!
—¡Quieto! ¡Tu deseo se ha cumplido! —dijo el mago. 'El hombre viejo del cofre' echó a un lado la capa y el capuchón—. ¡He aquí a Gandalf! Y parece que a tiempo. Si no te gusta mi saqueador, por favor no le hagas daño. Déjalo en el suelo y escucha primero lo que tiene que decir.
—¡Parecéis todos confabulados! —dijo Thorin dejando Caer a Bilbo en la cima del parapeto— Nunca más tendré tratos con brujos o amigos de brujos. ¿Qué tienes que decir, descendiente de ratas?
—¡Vaya! ¡Vaya! —dijo Bilbo—. Ya sé que todo esto es muy incómodo.
¿Recuerdas haber dicho que podría escoger mi propia catorceava parte? Quizá me lo tomé demasiado literalmente; me han dicho que los enanos son más corteses en palabras que en hechos. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que parecías creer que yo había sido de alguna utilidad. ¡Y ahora me llamas descendiente de ratas! ¿Es ese el servicio que tú y tu familia me ha prometido, Thorin? ¡Piensa que he dispuesto de mi parte como he querido, y olvídalo ya!
—Lo haré —dijo Thorin ceñudo—. Te dejaré marchar, ¡y que nunca nos encontremos otra vez!
—Luego se volvió y habló por encima del parapeto—. Me han traicionado —dijo— Todos saben que no podría dejar de redimir la Piedra del Arca, el tesoro de mi palacio. Daré por ella una catorceava parte del tesoro en oro y plata, sin incluir las piedras preciosas; más eso contará como la parte prometida a ese traidor, y con esa recompensa partirá, y vosotros la podréis dividir como queráis. Tendrá bien poco, no lo dudo. Tomadlo, si lo queréis vivo; nada de mi amistad irá con él.
—¡Ahora, baja con tus amigos! —dijo a Bilbo—, ¡o té arrojaré al abismo!
—¿Qué hay del oro y la plata? —preguntó Bilbo.
—Te seguirá más tarde, cuando esté disponible —dijo Thorin— ¡Baja!
—¡Guardaremos la piedra hasta entonces! —le gritó Bard.
—No estás haciendo un papel muy espléndido como Rey bajo la Montaña —dijo Gandalf—, pero las cosas aún pueden cambiar.
—Cierto que pueden —dijo Thorin. Y ya leyendo en su mente vi, que estaba formando un plan para con el ejército de enanos, retomar la piedra y esa parte del tesoro. Entrecerré los ojos, no me gustaba para nada los pensamientos de Thorin, eran sacados de su deseo y amor por ese enfermizo tesoro.
Y así fue Bilbo expulsado del parapeto, y con nada a cambio de sus apuros, excepto la armadura que Thorin ya le había dado. Más de uno de los enanos sintió vergüenza y lástima cuando vio partir a Bilbo.
—¡Adiós! —Les gritó—, ¡Quizá nos encontremos otra vez como amigos!
—¡Fuera! —gritó Thorin y añadió a diferencia de cierto elfo últimamente.
— Llevas contigo una malla tejida por mi pueblo y es demasiado buena para ti. No se la puede atravesar con flechas; pero si no te das prisa, te pincharé esos pies miserables. ¡De modo que apresúrate!
—No tan rápido —dijo Bardo— Te damos tiempo hasta mañana. Regresaremos a la hora del mediodía y veremos si has traído la parte del tesoro que hemos de cambiar por la Piedra. Si en esto no nos engañas, entonces partiremos y el ejército elfo retomará al Bosque. Mientras tanto, ¡adiós!
Con eso, volvimos rápidamente al campamento.
Pasó aquel día y la noche. A la mañana siguiente, el viento cambió al oeste, y el aire estaba oscuro y tenebroso.
Yo me levanté de mi cama elfica, donde esa noche había dormido poco y nada. Me estaba vistiendo con una ropa de caza cuando en el campamento se oyó muchas voces y se sintió mucho alboroto.
Llegaron mensajeros a informar que una hueste de enanos había aparecido en la estribación oriental de la Montana y que ahora se apresuraba hacia Valle. Dain había venido. Había corrido toda la noche, y de este modo había llegado sobre ellos más pronto de lo que había esperado. Todos los enanos de la tropa estaban ataviados con cotas de malla de acero que les llegaban a las rodillas; y unas calzas de metal fino y flexible, tejido con un procedimiento secreto que sólo la gente de Dain conocía, les cubrían las piernas. Los enanos son sumamente fuertes para su talla, pero la mayoría de estos eran fuertes aun entre los enanos, En las batallas empuñaban pesados azadones que se manejaban con las dos manos; además, todos tenían al costado una espada ancha y corta, y un escudo redondo les colgaba de las espaldas. Llevaban las barbas partidas y trenzadas, sujetas al cinturón.
Las viseras eran de hierro, lo mismo que el calzado; y las caras eran todas sombrías.
Enseguida se supo todo esto, todos los ejércitos se apresuraron a prepararse.
Yo por mi parte me puse rápidamente mi mejor armadura, y una capa roja en mi espalda.
Tomé del armario mis armas; la espada, mis dagas, mi arco y flechas.
Cuando estaba poniéndome el carcaj en la espalda encima de la capa, vi hacia el suelo del armario. Al sacar todas mis cosas del cofre pesado de madera para poner el Arkstone, había sacado cosas de él, entre ellas había algo muy viejo y de papel, que no había visto en más de mil años.
Hice algo que nadie se imaginaria.
Saqué el sobre de entre mis viejas posesiones y lo abrí.
Era el viejo sobre que me había dado Elrond aquel día en que había despertado de mi enfermedad.
Si este día empezaba una guerra, uno no sabía si viviría lo suficiente.
Me pareció oportuno leer la carta en ese momento.
Tantos miles de años después, leería la carta de Thranduil.
Rompí el sello.
La desdoble, era una hoja sola.
La letra era ordenada, elegante y hermosa.
'Querida Glawareth:
Siento dejarte en este momento tan duro para todos nosotros, pero un asunto urgente me llama a mi tierra.
Tal vez esperabas otra cosa, pero tengo ciertos compromisos que no puedo dejar de lado.
Te lo resumiré en esta carta.
Hace unos miles de años, mi padre para poder ser acepado como el rey de Greenwood al separarse de los demás sindar, hizo un acuerdo con un Sindar poderoso, el acuerdo era unir nuestras sangres y que esta unión asumiera al trono.
Tengo que casarme con una elfa sindar, ni siquiera sé quién es, pero quiero que sepas que a la única que amo es a ti.
Espero que me perdones.
Mi pueblo me necesita y no puedo defraudar a mi padre.
Tuyo por siempre, Thranduil'
POR LOS VALAR!
El rey elfo había tenido razón en decir que era demasiado orgullosa, todos estos años con esta carta al alcance de mi mano…
Antes de poder hacer algo, Las trompetas llamaron a hombres y elfos a las armas.
Levante la mirada hacia el sonido de las trompetas. Caminé como en un trance.
Dejé la carta encima de una mesa antes de salir por la puerta de la carpa.
En la puerta de mi carpa estaban Mithrandir y Glorfindel.
El mago parecía preocupado y angustiado. Le puse una de mis manos en el hombro y luego caminamos a paso rápido hacia la costa del rio.
Estaban todas las fuerzas en esa costa, las mortales y las elficas.
Cuando nos fuimos acercando los estandartes elficos nos vieron y abrieron paso.
Todos tenían ya sus arcos y espadas preparadas.
Al final de la fila que habían dejado libre para ir hacia el rio, había una figura muy alta y deslumbrante.
Había un enorme ciervo, con astas y encima de él estaba Thranduil.
Recordé la carta, pero me di cuenta que eso lo tendría que hablar con él en otro momento.
Él nos vio llegar. Yo estaba en la parte delantera, a mis costados estaban Gandalf el cual llevaba su gran espada y del otro lado estaba Glorfindel. También vestido con una gran armadura de oro.
Cuando llegamos, Thranduil nos hizo un pequeño asentimiento con la cabeza y se giró hacia delante mirando hacia el este del rio, al otro lado de la orilla.
Yo negué con la cabeza y vi que en frente del estandarte Noldor estaba Haldir, también en un caballo. Y tenía otros tres caballos libres cerca de él, esperándonos.
Fui hacia él y me monté en uno de ellos, mi caballo Snow, era blanco y fuerte.
Le hablé en elfico al oído, dándole ánimos.
Vi a mi otro costado y estaba Bard con Bilbo, sentado en la parte de adelante del caballo, tenía una daga bastante grande y filosa en las manos, estas temblaban, el pobre hobbit tenía miedo, les sonreí quedadamente. Ellos me devolvieron sin pocos ánimos.
Pronto vieron a los enanos, que subían por el valle a buen paso. Se detuvieron entre el río y la estribación del este, pero unos pocos se adelantaron, cruzaron el río y se acercaron al campamento; allí depusieron las armas y alzaron las manos en señal de paz.
Bard salió a encontrarlos y con él Bilbo.
Bilbo se puso la espada en el cinto cuando estaba por llegar hacia allí.
Entablaron palabra, yo escuché con atención, eran varios enanos que habían venido a negociar.
Cuando se les preguntó ellos contestaron:
-Nos envía Dain hijo de Nain, Corremos junto a nuestros parientes de la Montaña, pues hemos sabido que el reino de antaño se ha renovado. Pero ¿quiénes sois vosotros que acampáis en el llano como enemigos ante murallas defendidas? –
Esto, naturalmente, en el lenguaje de entonces, cortés y bastante pasado de moda, significaba simplemente: "Aquí no tenéis nada que hacer. Vamos a seguir, o sea marchaos o pelearemos con vosotros". Se proponían seguir adelante, entre la Montaña y el recodo del agua, pues allí el terreno estrecho no parecía muy protegido.
Claramente Bard se negó a dejarlos pasar hacia la montaña, todos estábamos decididos a esperar al intercambio de oro y plata por la piedra del arca, cosa que no se podría hacer si se dejaba pasar a los enanos hasta Erebor.
Me di cuenta que al poder soportar cargas pesadas, los enanos, habían traído muchos suministros, además estaba el hecho de que con eso y con la cantidad de enanos que eran podían resistir un sitio durante bastante tiempo. Y que posiblemente vendrían más enanos, pues era sabido que Thorin tenía muchos parientes.
Al ver como esto iba a seguir, ordené a una compañía de cincuenta elfos con sus arcos y a Haldir hacia unas rocas escondidas, era un elemento sorpresa de ataque.
Me acerqué con mi caballo a Thranduil mientras escuchábamos la conversación entre Bard y los enanos.
Thranduil vio que me acercaba y me dio una débil sonrisa.
-Pareciera, que siempre nos encontramos en los momentos más oscuros, querida princesa.
Me dijo en un bajo susurro, yo luego de escucharlo miré hacia otro lado, sonrojada.
-No lo veo como un mal signo.
Luego él se puso muy serio y agregó con premura y con la voz más dulce que había escuchado.
-Prométeme que si seguimos con vida, no nos separaremos nunca más hasta el fin de los tiempos.
Nos miramos a los ojos y luego yo me fui acercando y lo besé, fue un beso corto, de aceptación y después solo nos tomamos las manos.
El paso hacia la montaña iba a seguir obstruido y los enanos volvieron a la otra orilla cabizbajos y murmurando.
Se mandó una escolta hasta la montaña pero estos luego de un momento volvieron sin el oro y la plata.
Thorin no había cumplido con lo prometido, claramente no se quería separar ni de una moneda de su tesoro.
Miré hacia Mithrandir, tenía la cabeza baja, estaba triste.
Rápidamente todos nosotros, los elfos, sentimos un ruido de chapoteo tremendo.
De la otra orilla caminaban hacia nosotros todos los enanos.
Todos nos pusimos preparados para la batalla.
Dejé el lado del rey elfo, luego de compartir una grave mirada.
Cuando le di la espalda, pude sentir su mirada en mí.
Tuve un mal presentimiento.
Llegué hasta mis estandartes.
Glorfindel estaba en la delantera esperándome, me puse a su derecha y esperé.
Todos nuestros hombres tenían el arco en la mano, esperando por mis órdenes.
Mientras esperábamos, empezó a nevar y había mucho viento.
Mi pelo suelto se movía en el aire.
Tenía una tiara de plata con un rubí en el frente, que ayudaba a que el pelo no llegara a mi cara.
Pude escuchar que Bard y Thranduil conversaban.
Ellos no querían atacar, ni tener una batalla con los enanos por un tesoro.
Y Thranduil pensaba que tener ventaja numérica era algo a favor a nuestra causa, pero él no podía leer las mentes de los enanos como yo lo hacía.
La ventaja numérica que teníamos de nuestro lado, no era de importancia para los enanos.
Y saber que nosotros teníamos la piedra del arca, los enojaba.
Entre ellos nació la sospecha de que titubeábamos y no íbamos a atacarlos.
Sentí las órdenes tan rápido que no me dio tiempo de avisarle a los demás, los enanos prepararon los arcos y dispararon las flechas.
Una llego hasta mí, pero con un movimiento rápido de la espada la corté a la mitad y no me llegó a hacer ni un rasguño.
Los miré con enojo.
La batalla iba a comenzar.
