Capítulo 34

Me iba a adelantar para empezar a dar órdenes a mis guerreros, cuando yo y otros sentimos una sombra crecer.

Seguía nevando, pero el cielo se puso muy oscuro y casi toda luz desapareció.

Hubo relámpagos y truenos.

También una gran oscuridad venía desde el suelo y una gran nube venía volando rápidamente hacia nosotros desde el norte.

Temí lo peor.

Mis sentidos elficos podían ver criaturas que mi mente no quería creer.

Gandalf se adelantó a todos nosotros y nos habló a todos por igual.

—¡Deteneos! —gritó Gandalf.

Estaba de pie solo, con los brazos levantados, entre los enanos que avanzaban y nosotros que aguardábamos a atacar.

-¡Deteneos! —Dijo con voz de trueno, y la vara se le encendió con una luz súbita como el rayo—

-¡El terror ha caído sobre vosotros! ¡Ay! Ha llegado más rápido de lo que yo había supuesto. ¡Los trasgos están sobre vosotros! Ahí llega Bolgo del Norte, cuyo padre, ¡oh, Dain!, mataste en Moria, hace tiempo.

Yo miré hacia donde el apuntaba y vi que era esa gran nube que volaba hacia nosotros y dije gritando hacia todos mientras apuntaba.

-¡Mirad! Los murciélagos se ciernen sobre el ejército como una nube de langostas. ¡Montan en lobos!

Yo hacía rato que había dejado mi espada a un lado, los enanos no eran una gran amenaza si lo comparabas con que venía desde el norte.

Todos quedaron muy asombrados.

Yo sabía que esto podía pasar, pero al igual que el mago, no creía que tan pronto.

La oscuridad no dejaba de crecer, los orcos necesitaban de la oscuridad, porque odiaban la luz del sol.

Gandalf se acercó a mí y me miró a los ojos.

Cerré los ojos y busqué por visiones.

Daba tiempo para un concilio, pues nuestros enemigos no llegarían hasta unas horas después.

Volví a abrir mis ojos y miré hacia el mago, haciendo un pequeño asentimiento.

—¡Venid! —Llamó Gandalf—. Hay tiempo de celebrar consejo. ¡Que Dain hijo de Nain se reúna en seguida con nosotros!

Los enanos dejaron las armas por un momento y su jefe se reunió con nosotros.

Me bajé de mi caballo y los demás también.

En un círculo todos deliberamos por un largo instante.

Dain tenía una larga barba rojiza, miraba del mago a mí y luego dijo:

-¿Ustedes son los magos elfos de los que se habla por la tierra media?

-Lo somos, señor Dain.- Contesté yo secamente.

A uno de mis costados estaba de pie Thranduil, el cual parecía muy frio.

Varios copos de nieve se habían quedado en sus largos cabellos plateados.

Me lo quedé mirando por unos instantes y el sintió mi mirada y desvió la suya del enano, el cual estaba murmurándole a Gandalf; y miró hacia mí.

Nuestras miradas se encontraron. La suya se suavizó y yo extendí una de mis manos hacia su cabello para sacar uno de esos copos de nieve.

El cerró los ojos. Yo sonreí tristemente.

-Leí la carta, Thranduil.

Abrió los ojos rápidamente e hizo una mueca burlona.

-Era tiempo.

Nos llegó la voz de Dain, el cual estaba casi gritándole a los demás.

-¡Lo sabían y no avisaron a nadie de esta situación!

Dejé la cálida mirada del elfo y miré hacia el enano mientras exclamé.

-Supongo que al liberar al dragón y asesinarlo, hicieron que sus planes se adelantaran. Lo cual hay que agradecérselo a Thorin y a la compañía. Tenemos suerte de ser bastantes en número y que todos ya estemos armados y preparados, considero inteligente que dejemos de lado nuestras diferencias y nos unamos contra el ejército oscuro que pronto llagara hasta aquí.

Luego de eso todos estuvimos de acuerdo en que este nuevo ejército, era enemigos de todos y dejamos de lado cualquier otro asunto y por eso también en preparar los ejércitos, para esta nueva situación.

Dain y sus hombres se movieron hacia nuestro costado, a los pies de la montaña.

El plan había sido atraer a los trasgos al valle.

Aun de este modo correrían peligro, si los trasgos alcanzaban a invadir la Montaña, atacándolos entonces desde atrás y arriba; pero no había tiempo para preparar otros planes o para pedir alguna ayuda.

La idea era que yo y mis hombres iríamos a uno de los brazos de las montañas.

En medio del ejercito elfico del bosque y el enano. E inmediatamente al lado de este el ejercito de Bard.

Todo el tiempo Thranduil estuvo a mi lado y yo al de él.

Nos lanzábamos miradas desesperadas el uno al otro.

La última vez que nos habíamos visto había sido en una situación similar.

En que iba a acabar esta vez, ninguno de los dos lo sabíamos.

Pronto pasó el trueno, rodando hacia el sureste; pero la nube de murciélagos se acercó, volando bajo por encima de la Montaña, y se agitó sobre nosotros, tapándonos la luz y asustándonos.

—¡A la Montaña! —Gritó Bard—, ¡A la Montaña! ¡Tomemos posiciones mientras todavía hay tiempo!

Aquí Thranduil y yo nos tuvimos que separar, antes de irse, el me agarró la mano que estaba libre, ya que la otra tenía mi espada.

Me la acarició por un momento y luego de mirarme a los ojos, se fue.

Yo dejé de respirar en esos momentos, pero luego volví a la realidad y fui hacia Haldir y Glorfindel que me esperaban.

En la estribación sur, en la parte más baja de la falda y entre las rocas, se situaron los Elfos; en la del este, los Hombres y los Enanos. Bard y algunos de los elfos y hombres más ágiles escalaron la cima de la loma occidental para echar un vistazo al norte. Pronto pudieron ver la tierra a los pies de la montaña, oscurecida por una apresurada multitud. Luego la vanguardia se arremolinó en el extremo de la estribación y entró atropelladamente en Valle. Estos eran los jinetes más rápidos, que cabalgaban en lobos, y ya los gritos y aullidos hendían el aire a lo lejos.

Unos pocos humanos y enanos se atrevieron a luchar contra los que se acercaban.

Los elfos éramos más pacientes e inteligentes, cuando ellos iban pereciendo, nosotros huimos por los lados del valle y dejamos al ejército de orcos y lobos en medio.

Innumerables eran los estandartes, negros y rojos, y llegaban como una marea furiosa y en desorden.

No podía ver a Thranduil, mis hombres ya tenían los arcos y flechas preparadas, con una seña por mi parte, las flechas volaron hacia las hordas que venían hacia nosotros.

Y cuando los trasgos se recobraron de la furiosa embestida, y detuvieron la carga de los elfos, todo el valle estalló en un rugido profundo. Con gritos de —¡Moria!— y —¡Dain, Dain!—, los enanos de las Colinas de Hierro se precipitaron sobre el otro flanco, empuñando los azadones, y junto con ellos llegaron los hombres del Lago armados con largas espadas.

Pensé en mi prima y mi hermano y esto hizo que mis ojos develaran el brillo rojo que tenía cuando de verdad estaba sacada de mis cabales.

Cuando estaban más cerca dejamos de lado los arcos y desenvainamos nuestras espadas.

Nuestros hombres pusieron los escudos azules para detener un poco más a los orcos.

Yo en mi caballo seguía de un lado para otro cortando cabezas y lanzando flechas cuando tenía las manos libres.

Fuimos los primeros en atacar a los orcos y lobos.

Los chillidos eran ensordecedores. Las rocas se tiñeron de negro con la sangre de los trasgos.

Yo por mi parte blandía mi espada con ira y mucho enojo y maldecía el momento en el que estas criaturas existieron.

Pude ver a Gandalf en un momento, peleaba aguerridamente contra varios trasgos, con su bastón mágico y su gran espada.

El pánico dominó a los trasgos; y cuando se dieron vuelta para enfrentar este ataque, los elfos del bosque cargaron con bríos renovados. Ya muchos de los trasgos huían río abajo para escapar de la trampa; y muchos de los lobos se volvían contra ellos mismos, y destrozaban a muertos y heridos. La victoria parecía inmediata cuando un griterío sonó en las alturas.

Unos trasgos habían escalado la Montana por la otra parte, y muchos ya estaban sobre la Puerta, en la ladera, y otros corrían temerariamente hacia abajo, sin hacer caso de los que caían chillando al precipicio, para atacar las estribaciones desde encima. A cada una de estas estribaciones se podía llegar por caminos que descendían de la masa central de la Montaña; los defensores eran pocos y no podrían cerrarles el paso durante mucho tiempo. La esperanza de victoria se había desvanecido. Sólo habían logrado contener la primera embestida de la marea negra.

El día avanzó. Otra vez los trasgos se reunieron en el valle. Luego vino una horda de wargos, brillantes y negros como cuervos, y con ellos la guardia personal de Bolgo, trasgos de enorme talla, con cimitarras de acero. Pronto llegaría la verdadera oscuridad, en un cielo tormentoso; mientras, los murciélagos revoloteaban aún alrededor de las cabezas y los oídos de hombres y elfos, o se precipitaban como vampiros sobre las gentes caídas. Bard luchaba aun defendiendo la estribación del este, y sin embargo retrocedía poco a poco; los señores elfos estaban en la nave del brazo sur, alrededor del rey, cerca del puesto de observación de la Colina del Cuervo.

De súbito se oyó un clamor, y desde la Puerta llamó una trompeta.

¡Habían olvidado a Thorin! Parte del muro, movido por palancas, se desplomó hacia afuera cayendo con estrépito en la laguna. El Rey bajo la Montaña apareció en el umbral, y sus compañeros lo siguieron. Las capas y capuchones habían desaparecido; llevaban brillantes armaduras y una luz roja les brillaba en los ojos.

El gran enano centelleaba en la oscuridad como oro en un fuego mortecino.

Los trasgos arrojaron rocas desde lo alto; pero los enanos siguieron adelante, saltaron hasta el pie de la cascada y corrieron a la batalla. Lobos y jinetes caían o huían ante ellos. Thorin manejaba el hacha con mandobles poderosos, y nada parecía lastimarlo.

—¡A mí! ¡A mí! ¡Elfos y hombres! ¡A mí! ¡Oh, pueblo mío! —gritaba, y la voz resonaba como una trompa en el valle.

Los enanos de Dain corrieron a ayudarle.

Los trasgos fueron quedando en el valle y allí mi ejército y el de Thranduil los fue extinguiendo y quedaron solo cuerpos muertos en el suelo.

Los wargos se dispersaron y Thorin se volvió a la derecha contra la guardia personal de Bolgo. Pero no alcanzó a atravesar las primeras filas.

Ya tras él yacían muchos hombres y muchos enanos, y muchos hermosos elfos que aún tendrían que haber vivido largos años, felices en el bosque. Y a medida que el valle se abría, la marcha de Thorin era cada vez más lenta.

Yo al ver la mala situación de los enanos, me empecé a mover hacia ellos, mientras me acercaba, atacaba con ferocidad que les llegaba sin aviso a los trasgos y cortaba cuellos de los lobos, los cuales odiaba enormemente.

Cuando estaba a unos pocos metros del círculo que había entre muchos trasgos, en el cual los enanos seguían peleando, pero no iban a durar mucho más tiempo, un brillo llego desde el cielo.

Gandalf al parecer había hecho un buen deber, pues desde el alto y encapotado cielo llegaban las águilas.

Todos los elfos y humanos que estaban cerca de mi empezaron también a darse cuenta y gritaban entre ellos.

Desde atrás de la montaña llegaron más trasgos y al frente de ellos estaba un orco pálido, como el que yo y mis hombres habíamos asesinado hacía ya tantas noches.

Los enanos sabían de él y gritaban cosas al mirarlo.

El orco pálido se adelantó y fue golpeando enanos con la fuerza en su gran mazo de hierro.

Mi espada con el brillo azul que denota orcos, siguió adelantándose entre los orcos.

El gran orco se acercó a donde estaba el rey bajo la montaña y el enano se protegió con un gran y grueso escudo de oro, pero el mazo golpeó fuertemente y este salió volando de la mano del enano y este cayó de espaldas al suelo.

Mientras me acercaba cada vez más, el gran orco, lo atacó con el mazo en el estómago y Thorin chilló agonizante.

Corrí como el viento, saque mis dagas y cuando iba a ponerme entre lo que quedaba de Thorin y Azog, se me adelantaron dos enanos más, Kili y Fili.

Primero ataco a Fili y luego a Kili, el cual dio más batalla, aunque ya tenía todas las de perder. Le dio a uno en la cabeza y al otro en un costado del pecho.

Yo al verlos sufrir, esta vez saqué mi espada y antes de que el orco pálido hiciera algo le corte la cabeza a su huargo, era tan pálido como él y tenía sangre de enano enredado en su pelaje.

Mientras lo hacía, yo daba gritos llenos de rencor.

De un solo golpe con mi espada afilada, la cabeza del gran lobo, cayó al suelo y el orco muy enojado cayó también, pero se puso de pie delante de mí rápidamente.

Iba a atacarlo, pero de repente vi una sombra a uno de los costados y los dos miramos hacia ella.