Capítulo 35

Había un gran oso corriendo a la luz del sol hacia el orco.

Y con un ruido sordo en estampida cayó sobre el dejándome con los ojos muy abiertos, ya que el gran oso le sacaba la cabeza a Azog de un rugido y luego las entrañas con sus grandes garras.

'Bueno, este no es un enemigo que quisiera tener' pensé yo.

Miré hacia la montaña, las águilas agarraban con sus largas garras muchos trasgos y los tiraban a altos precipicios, estos chillaban en agonía.

A mi lado al terminar definitivamente con la vida del orco, el gran oso rugía de una forma que parecía tambores y cañones.

Lo miré a los ojos y luego entre los dos, uno de cada lado, íbamos adelantándonos entre los orcos echándolos de un lado a otro como si fueran nada más que plumas.

Entonces vi al lado donde había estado Thorin, y el seguía allí, solo que seguía de pie, pero no tenía muy buena pinta y al ver que Bolgo se acercaba a él con una espada en sus manos, pedí ayuda al gran oso en su mente.

El oso respondió mirándome a los ojos.

Entonces Beorn fue hasta allí y se agachó, recogió a Thorin, que había caído atravesado por las lanzas, y lo llevó fuera del combate.

Retornó en seguida, con una cólera redoblada, de modo que nada podía contenerlo y ningún arma parecía hacerle mella. Dispersó la guardia, arrojó al propio Bolgo al suelo, y lo aplastó. Entonces el desaliento cundió entre los trasgos, que se dispersaron en todas direcciones.

Esto dio una nueva esperanza a los corazones de los mortales y los elfos.

Redoblamos los esfuerzos al ver a los trasgos sin ningún líder.

La victoria estaba cerca.

Empujaron a muchos hacia el Río Rápido, y así huyesen al sur o al oeste, fueron acosados en los pantanos próximos al Río del Bosque; y allí pereció la mayor parte de los últimos fugitivos, y quienes se acercaron a los dominios de los Elfos del Bosque fueron ultimados, o atraídos para que murieran en la oscuridad impenetrable del Bosque Negro.

Pasaron las horas y la victoria era segura y al atardecer el sol salió brillantemente, aunque todavía había nieve en el suelo y hacía mucho frio.

Muchos de los elfos seguían matando a los trasgos que todavía estaban de pie, pero mi persona ya no era urgentemente necesitada y fui a la enfermería.

Quería noticias de Thorin, Thranduil, Gandalf y Bilbo.

Así que por ultimo mi espada atravesó el pecho de un gran orco y salí corriendo hacia las carpas.

Cuando llegué ya se acercaba la noche.

Yo además de mi antigua cicatriz no tenía más que unos rasguños en los brazos y piernas.

Llegué al campamento y busqué por alguna cara conocida.

A la entrada de una de las carpas estaba sentado en un banco de madera, una figura gris muy conocida por mí.

Cuando lo reconocí, corrí desesperadamente para ver cómo estaba.

Tenía un cabestrillo en uno de los brazos.

Cuando sintió mis pasos rapidos, miró hacia mí levantando la cabeza.

Me reconoció y por su cara se extendió una gran sonrisa.

Yo sin darle tiempo a nada me tiré al suelo y le di un apretado abrazo.

¡Estaba tan alegre y feliz por verlo con vida!

Se rio roncamente, me palmeó la espalda y yo cerré los ojos con mi cabeza sobre su hombro.

-¡Querido viejo! ¡Sigues vivo, que alegría!

-¡Amiga mía! ¡Sabes que no soy fácil de hacer desaparecer!

Nos reímos, y por mis ojos cayeron largas gotas de lágrimas.

El mago agarró una con uno de sus pulgares, no eran lágrimas tristes, eran de felicidad.

-Hace unos momentos sentí que Thranduil estaba dando vueltas por aquí buscándote- dijo Gandalf con una sonrisa secreta.

-Puede que hayamos arreglado algunos asuntos con el rey elfo- Le respondí yo mirándolo de reojo y el rio más fuerte que antes.

-Era hora, ¡orgullosos elfos!

Pero antes de poder responder algo, gritos en mi espalda me hicieron girar a cabeza.

Desde la lejanía, venía a paso rápido, mirando hacia mí, Thranduil.

Me levanté del suelo y antes de poder acercarme sentí la dureza de su abrazo.

Mi cabeza golpeo contra el pecho de su armadura y yo me reí por la efusividad que demostraba en frente de las carpas.

Lo abracé fuertemente y más largas lágrimas cayeron por mi cara.

Luego del largo abrazo, él se alejó un poco de mí, pero con los brazos en mis codos y me miró de arriba abajo, buscando daños en mi cuerpo.

-¿Estas herida?- Preguntó, muy nervioso

-Estoy bien, Thranduil- Le sonreí con la sonrisa más grande.

Él se rio y mostró todos sus hermosos dientes.

-Me alegro que tú también sigas vivo, sin mi ayuda.

Dije yo en broma, porque había quedado todo en silencio y estaba un poco incomoda. Sus manos apretaban fuertemente mis costados y no sabía qué hacer.

-¡Oh deja ya eso!

Respondió el, y sin previo aviso, se movió y me tomó la cara entre sus largas y bellas manos y puso sus labios suaves sobre los míos, los elfos alrededor nuestro dieron un grito ahogado y Gandalf rio fuertemente.

Yo sonreí entre sus labios y le devolví el beso vehementemente.

Le pasé mis brazos por el cuello y el me levantó del suelo con sus manos en mis caderas.

Paramos para respirar, pero lo seguí abrazando y en su hombro empecé a reír descontroladamente.

El también reía, podía sentir su cuerpo temblar con las carcajadas.

Éramos los elfos más felices de toda la tierra media.

Luego de eso, nos separamos y miramos hacia Gandalf el cual seguía mirándonos con una gran sonrisa y nos señaló la carpa que tenía a sus espaldas.

Nuestras caras cambiaron y Thranduil me comunico que allí adentro estaba Thorin y que estaba muy mal herido y no pensaban que duraría mucho.

Yo desee que mi primo Elrond estuviera aquí.

Entré con Thranduil de la mano, por detrás del mago.

En ese momento Thorin estaba durmiendo, su piel tenía un tono pálido no muy bonito, estaba todo sudado y cada tanto tenía un escalofrío o murmuraba algo.

Miré a Thranduil y él tenía cara de pena, me acerque más a él y lo abracé mientras mirábamos hacia el enano moribundo.

Gandalf volvió a salir luego de darme un guiño rápido.

La armadura abollada y demás armas del enano estaban a un lado en el suelo.

-Me comunicaron que cierta elfa atacó a Azog en medio de una aguerrida batalla.

La voz de Thranduil llegó desde lo alto, miré hacia arriba y vi que tenía una mirada desaprobadora.

-Bueno, es verdad. ¡Pero tuve ayuda y le corte la cabeza a su huargo, así que no temas!

Le respondí tocándole la mejilla herida desde hace tanto tiempo con una de mis manos.

El cerró los ojos a mi tacto y al abrirlos pude ver que había estado asustado.

-Por un momento pensé que estarías entre las montañas de muertos, Glawareth, mi querida Emlygil!

-¡No te dije que ese nombre no me gusta!- Le dije esto mientras le daba un manotazo a su pecho y el rio y me abrazó desde atrás y me dio un beso en el cuello que me hizo temblar.

'Bueno si esto era un solo beso en el cuello, querría saber que sucede después' pensó él y yo le di un codazo y se reía fuertemente.

Despertamos a Thorin sin querer, pero se hacía de noche y de fuera de la carpa se sintieron voces y al segundo llegó Gandalf con el pequeño hobbit.

Thranduil ya estaba más frio, pero seguía agarrando mi mano fieramente.

—¡Salud Thorin! —dijo Gandalf mientras entraba—. Lo he traído.

El hobbit camino lentamente hacia el herido, el cual ahora estaba muy despierto, pero se le veía peor que antes, pues estaba haciendo mucho esfuerzo por mantenerse despierto.

Alzó los ojos cuando Bilbo se le acercó.

—Adiós, buen ladrón —dijo— Parto ahora hacia los salones de espera a sentarme al lado de mis padres, hasta que el mundo sea renovado. Ya que hoy dejo todo el oro y la plata, y voy a donde tienen poco valor, deseo partir en amistad contigo, y me retracto de mis palabras y hechos ante la Puerta.

Al decir esto el enano, mi llanto estalló fuertemente, y no pude detenerlo.

El hobbit estaba aguantando el sufrimiento y me miró entendiendo mi pena.

Thranduil se volvió hacia mí y me agarró fuertemente e hizo que mi cara descansara en su pecho, mientras sus manos me masajeaban la espalda, lo que me hizo tranquilizarme un poco. Puso su mandíbula en mi pelo, mientras tarareaba algo en elfico.

Bilbo hincó una rodilla, y siguió hablando ahogado por la pena.

—¡Adiós, Rey bajo la Montaña! —dijo—. Es esta una amarga aventura, si ha de terminar así; y ni una montaña de oro podría enmendarla. Con todo, me alegro de haber compartido tus peligros: esto ha sido más de lo que cualquier Bolsón hubiera podido merecer.

—¡No! —dijo Thorin—. Hay en ti muchas virtudes que tú mismo ignoras, hijo del bondadoso Oeste. Algo de coraje y algo de sabiduría, mezclados con mesura. Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz. Pero triste o alegre, ahora he de abandonarlo. ¡Adiós!

Los ojos del enano se cerraron y su pecho dejo de bajar y subir con la respiración.

El rey bajo la montaña estaba muerto.

Puedo contarles básicamente las cosas que pasaron desde ese momento.

Enterramos a Thorin muy hondo bajo la montaña.

Bard puso la piedra del arca sobre su pecho y Thranduil la espada Orcrist.

En ese momento tuve una pequeña visión de la espada brillando en la oscuridad alertando a los enanos si enemigos se acercaban.

Allí Dain hijo de Nain vivió desde entonces y se convirtió en Rey bajo la Montaña; y con el tiempo muchos otros enanos vinieron a reunirse alrededor del trono, en los antiguos salones. De los doce compañeros de Thorin, quedaban diez. Fíli y Kili habían caído defendiéndolo con el cuerpo y los escudos, pues era el hermano mayor de la madre de ellos, Los otros permanecieron con Dain, que administró el tesoro con justicia.

Al ser devuelta la piedra, Bard fue recompensado con lo acordado antes de la guerra.

Dain también le devolvió unas esmeraldas de Girion, las cuales Bard nos las dio a mí y a Thranduil como agradecimiento por todo su pueblo.

Nos despedimos de los enanos y partimos, los elfos que quedaban, Mithrandir, Bilbo y Beorn, el cual estaba en su forma humana.

Los elfos estábamos felices, Legolas y los demás aceptaron mi inesperada unión con el rey elfo con gran regocijo.

Según contó Legolas y otros elfos, El rey había estado muy solo desde que volvió de la muerte de su padre.

Ni siquiera su esposa cambió su frialdad, hasta que llego a su vida su hijo.

Pero desde que yo había vuelto a su vida, parecía menos frio y más benevolente.

Me agradecían y me trataban con respeto.

Eran elfos rudos y menos inteligentes que los míos, pero igual me sentía bienvenida y querida.

Por el camino íbamos por delante yo en mi caballo y Thranduil en su ciervo.

Detrás de nosotros iban: Legolas, Gandalf, Bilbo y Beorn.

Cantaban y se reían, Los elfos eran alegres, tenían su pequeña victoria.

Mientras íbamos cabalgando El rey y yo hablamos de muchas cosas, arreglamos muchos asuntos y nos abrimos los corazones.

-No voy a negar que me sorprendió que estuvieras aquí y que yo no me hubiera dado cuenta.

-Y yo no voy a negar que estaba muy nerviosa por verte, hacía ya tantos años. Pero al mismo tiempo me sentía decepcionada de que tú no me descubriste.

-En el fondo de mi ser, siempre te sentí. Aunque recién ahora me doy cuenta.

-Tantos milenios perdidos, por orgullo.

-No te preocupes, tendemos muchos más milenios para estar juntos. Nuestro lazo nunca se rompió.

Llegamos hasta los lindes del bosque y la compañía se detuvo.

Mithrandir y Bilbo me miraron al parar.

Tenía que volver a Rivendell.

Thranduil sintió nuestras miradas y pidió por favor que nos quedáramos, a todos por igual.

El quería tener una ceremonia entre nosotros, casarnos lo más pronto posible, pero yo tenía un hogar, y mis familiares estaban preocupados por mí.

Lo saludé debidamente, tal vez demasiado. Le guiñé un ojo a Legolas que sonrió.

-¡Adiós, oh Rey Elfo! —dijo Gandalf— ¡Que el bosque verde sea feliz mientras el mundo es todavía joven! ¡Y que sea feliz todo tu pueblo!

-¡Adiós, oh Gandalf! —dijo el rey—. ¡Que siempre aparezcas donde más te necesiten y menos te esperen! ¡Cuantas más veces vengas a mis salones, tanto más me sentiré complacido!

-¡Te ruego —dijo Bilbo tartamudeando, vacilante— que aceptes este presente! — y sacó un collar de plata y perlas que Dain le había dado al partir.

-¿Cómo me he ganado este presente, oh hobbit? —dijo el rey.

-Bueno... este... pensé —dijo Bilbo bastante confuso—, que... algo tendría que dar por tu... este... hospitalidad. Y por la boda- Dijo sonriéndome el Hobbit. Le devolví una gran sonrisa.

-Quiero decir que también un saqueador tiene sentimientos—

-¡Aceptaré tu presente, oh Bilbo el Magnífico! —dijo el rey gravemente, pero con una sonrisa—. Y te nombro amigo del elfo y bienaventurado. ¡Que tu sombra nunca disminuya! ¡Adiós!

Luego los demás elfos con el rey delante atravesaron el bosque.

Yo por mi parte seguí a Gandalf, Bilbo y Beorn que nos acompañaba.

La idea era pasar entre el norte del bosque y las montañas grises.

Era un largo y triste camino, pero ahora que los trasgos habían sido aplastados, les parecía más seguro que los espantosos senderos bajo los árboles. Además Beorn iría con nosotros.

Después de muchas travesías, llegamos hasta el hogar de Beorn, el cual nos abrió las puertas amablemente.

Bilbo y el me contaron la última vez que habían estado ellos dos ahí mismo, Bilbo seguía muy triste y recordaba todo sombríamente.

Me quedé solo unos días para que mi caballo repusiera fuerzas y a los cinco días partí.

Beorn me dio lo suficiente para sobrevivir el viaje hasta Rivendell y me despedí de los tres.

Ellos se quedarían una temporada hasta que se fuera el invierno.

En esos días, los últimos trasgos fueron expulsados de las Montañas Nubladas y hubo una nueva paz en los límites del Yermo.