El interior del titán era sofocante, la temperatura superaba de manera obvia los 40 grados, y la ausencia de oxígeno nublaba la consciencia de los pelinegros. Abajo, el humeante caldero de sangre y los cadáveres de sus compañeros caídos, les daba la impresión de querer tomar posesión de sus cuerpos antes de desaparecer, alucinación que parecía más fundada a cada instante que pasaban en aquel, a medida que su prisión de carne desaparecía velozmente, dando la impresión de que querer tomar posesión de sus cuerpos antes de desaparecer por completo. Por una orden anterior de Mikasa, lo único que mantenía al sargento aferrado a la vida era la pálida, pero enrojecida mano de la fémina. Esta ignoraba de plano sus exigencias, lo cual iba ligado a desestimar su propio deseo de supervivencia. Para su suerte, el hombre no pesaba mucho, cualidad que demostraba con obviedad cuando utilizada el equipo de maniobras tridimensionales. Sin embargo, moverlo, inconsciente, en el interior de aquella masa de carne que se evaporaba a cada segundo, era un asunto más complicado. A pesar de no ser que una mujer que se expresase vulgarmente, la soldado se le antojaba maldecir al universo.

Intento trepar con una sola mano por la cuerda, pero, notó como esta aflojaba, ya que, la lengua donde había estado enganchada, no existía. Dejo de respirar; en otra situación, hubiese inhalado hasta marearse, pero en aquella situación, hacerlo era pésima idea. Y jalo la cuerda en su dirección. Subió cosa de un metro, lo suficiente para ver la luz, sin cuerda a la que aferrarse, y con las manos libres, uso la poca vitalidad que le quedaba para arrojar a Levi hacia el exterior, hacia el oxígeno, antes de verse vencida por la gravedad. Sus pulmones clamaban algo más que sofocamiento, su nariz escocía. Pero si él estaba a salvo, y Eren también, todavía tenía razones para vivir. Además, nada le garantizaba que en su estado, al impactar contra en suelo sobreviviera. Arrojando uno de los ganchos a la estructura ósea del cadáver del titán, uso la mísera cantidad de gas que poseía para alcanzar la línea de dientes inferior de la criatura, que quemaba como metal al rojo vivo, pero apenas si distinguía entre un dolor y otro. Cuando sus pies pudieron apoyarse en algo más o menos estable, pero obviamente quebradizo, saltó. Casi fue felicidad lo que sintió ante la presión del aire en su adolorida fisionomía; estaban más alto de lo que pensaban, ya que aún el sargento no era una estampilla ensangrentada en el pavimento. Y no estaba demasiado lejos; Mikasa fue mucho menos delicada que el hombre hacía un par de minutos. Por un mal cálculo, se mordió el labio inferior al ver como las cuerdas del equipo tridimensional atravesaban la ropa, y arraigaban en la carne. Debido a la diferencia de estatura, al abrazarlo, luego de atraerlo por la inercia de recuperar los ganchos, prácticamente cubrió todo su cuerpo; pero el aumento de peso hizo la caída más rápida.

Fragmentos de cerámica rojiza se hundieron en la espalda de Mikasa, antes de que rodara por el resquebrajado tejado, un par de metros más, llevándose la mayoría de los golpes. Parecía el saco de boxear; sin embargo, la última casa en ruinas era bastante baja, por lo cual, el impacto contra el suelo no fue mortal. Pero eso no quitaba que la fémina hubiese dejado escapar un alarido ahogado. El hombre estaba salpicado de sangre, la cual, en su mayoría. No era suya.

Escuchó una voz aguda gritar su nombre en la lejanía, pero se había desconectado del mundo, y su visión se había nublado ante unas lágrimas que brotaron solas, como un arroyo al romper una presa. Los labios apretados evitaban que los sollozos fueran totalmente audibles, y sofocaban prácticamente todos los sonidos que emitían. Era Armin, pero, al ver el estado de la soldado, comprendió que el no haber tenido el cuerpo de uno sus pilares emocionales, las dos veces que lo había "perdido", había ayudado a que mantuviera una falsa compostura.

-¿No está…? ¿No lo está, verdad?-El rubio había visto como el demacrado cuerpo de su amiga daba un espasmo ante la sola alusión de la palabra "muerte". Pero ella no le prestaba atención; la respiración del pelinegro era casi nula, su pulso solo parecía latir cuando esta presionaba su pecho con ambas manos, intentando reanimarlo. Dejo de hacerlo, comenzando a zarandearlo, gruñéndole incoherencias, debido a que su voz había mermado durante el llanto.

-¡MALDITA SEA, ENANO!-Grito, a todo pulmón, perdiendo los estribos antes de desmayarse. Armin no pudo detener su cabeza para que no impactara contra el suelo al desplomarse.

Gritos, muchos gritos

Pero, quizá, también eran parte de sus pesadillas

Sus ojos se abrieron en un lugar que destronaba al término "como boca de lobo". Sonaría exagerado, pero le dolía respirar. No apestaba a sangre, a pesar de sentirse sucia. Alguien se había tomado la molestia de ducharla, ponerle un ancho y pálido camisón, así como de untar su piel con una crema pegajosa, espesa, en mayor cantidad en los lugares donde las quemaduras eran más concentradas. Intento articular palabra, pero el ardor de su garganta seca se lo impidió; luego, sus costillas rotas le pincharon al intentar alcanzar una jarra de agua a menos de cuarenta centímetros de ella. Entre la oscuridad, distinguía la manta blanca, así como las vendas, al parecer cambiadas recientemente, ya que se veían limpias, en todo su cuerpo; incluso su revuelta cabeza. Logro humedecer sus labios, luego de mucho esfuerzo, y para que mentir, dolor, antes de perder la consciencia nuevamente.

Y las pesadillas se apoderaron nuevamente de ella…

Siempre, las había tenido. Le dificultaban el sueño. Pero aquellas eran especialmente vívidas, implantadas en bases frescas, como sus heridas.

El aullido que dio al incorporarse de nuevo, con algo de luz atravesando la estancia, no fue capaz de opacar al que le siguió, producto del aplastante dolor que le siguió a hacer un movimiento tan brusco. Pero, si con todo aquello, ella estaba viva… él debía estar vivo. Su cuerpo, sudoroso, se había mezclado con los ungüentos, y estos le habían dado una tonalidad particularmente extraña a la sangre que comenzaba a manchar las vendas. Para cuando abrieron la puerta, con un brusco movimiento, la azabache se encontraba nuevamente tumbada en la cama, que comenzaba a ensangrentarse. Era Hanji, lo supo por su intento inmediato de intentar animarla a pesar de su estado; su tono de voz, su olor.

-¡Eren está vivo, Mikasa! ¡Y la Muralla María, ha sido devuelta a la humanidad!-Soltó, intentando no agitarse mucho, mientras secaba a Mikasa, quitando los residuos de cremas con las vendas sucias, antes de envolverlas y dejarlas a un lado, frotándola nuevamente con aquella desagradables pastosidad, abandonándola como momia de nuevo, no sin antes darle de beber. Parecía que estuviese…evadiéndose de algo.

-¿Y Levi?-Se sorprendió a si misma de llamarlo por su nombre, tuteándolo sin que fuese el mismo, en su ausencia, pero, por la forma en que se tensó el cuerpo de la fanática de los titanes, supo que algo no marchaba bien.

-Quizá no es buen momento para que lo veas, Mikasa…-Escogió cada palabra con especial cuidado, pero su tono dejaba mucho que desear. Parecía de familiar dando discurso y funeral; ni hablar de su expresión, cruzada por la preocupación. Supo leer un "¿Por qué?" mudo en el semblante de su paciente, la cual reconoció su actitud reacia a responder, dubitativa, incluso nerviosa.

-Nosotros…no hemos logrado que despierte…-Anunció, desviando la mirada al momento, no huyendo solo para que su presencia, si es que se podía, brindara un átomo de apoyo.

Mikasa, por su parte, sintió a las tétricas voces de sus pesadillas doblarse en una risa escalofriante, triunfante.

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¡Mis queridísimos lectores! El capítulo me ha quedado súper corto para TODO lo que han esperado. Y parece que los he dejado peor que hot dog sin salchicha. O peor que caramelo sin azúcar. Sí, sí, soy un monstruo por hacer algo tan corto con sus peticiones. Pero tuve un bajón de inspiración ¡Y de paso! No dejen de temer el final. Porque este podría serlo. ¡Espero sus reviews con amenazas de muerte, o ruegos de continuación, hermosuras!