Los martes en la escuela, le preguntaban donde había estado; pero sabía que no debía ser muy preciso.
-No me sentía bien- murmuro.
-Deberías traer una nota- el les miraba sin comprender – un nota, Naruto.
-Lo olvide tebayo- respondía mientras se dirigía al último asiento en el salón.
Naruto estaba totalmente perdido en la escuela, la mayor parte del tiempo se sentaba y dibujaba cosas en las hojas de los cuadernos e ignoraba a los maestros, excepto cuando escribían en el pizarrón; en ese momento copiaba todo cuidadosamente pero era incapaz de responder a lo que le preguntaran. Al final los maestros lo dejaban en paz y continuaban esforzándose por meter un poco de conocimiento en la cabeza de los chicos menos ingratos.
Una vez, para sorpresa de todos, lo encontraron leyendo un libro bastante complicado.
-¿Qué es lo que lees, Naruto?
El rubio levanto la vista, mirando confundido el rostro inquisitivo sobre él y luego le tendió el libro para que el profesor pudiera verlo.
-¿Scott de la Antártida? ¿Dónde aprendiste a leer libros así?
El rubio lo miro con expresión dudosa.
-Las palabras- contesto como si soñara- las palabras forman como… figuras.
El patio de juegos lo aterrorizaba, la gritería se hizo más fuerte produciendo que sus oídos dolieran. Bandadas de muchachos lo rodeaban, ladrando como perros:
¡Naruto es tonto, Naruto es tonto!
¡Pues no entiende nada pronto!
¡Naruto Uzumaki,
Un burro sabe más!
¡Naruto es tan bobo,
Siempre está en el limbo!
Limbo. Naruto pudo distinguir esa palabra, aquel libro de mitos hablaba del limbo. Un lugar crepuscular, un sitio de sombras, un lugar silencioso. "Creo que me gustaría el limbo", sonrió. El círculo de caras dudo ante aquella sonrisa cegadora y seráfica, se sintieron desconcertados. De pronto, un niño se abrió paso a empujones entre el circulo de muchachitos para lograr llegar hasta donde se encontraba el rubio.
-Déjenlo en paz- exclamo- ¡Lárguense!
Se retiraron, pero uno de ellos se volvió y canto:
Naruto es un tarado,
Mudo y retrasado.
Él pequeño arremetió contra el verdugo y este hecho a correr gritando a voz de cuello. Luego él se volvió serio y preocupado hacia Naruto y le aseguro:
-No tienes que escucharlos
Naruto le miro con sus ojos de artista. Los rostros de la gente le decían mucho respecto de sus dueños. Este chico le intrigaba, era alto (unos centímetros más alto que él, que ya estaba por cumplir los doce años), enmarcaba su rostro unos rebeldes y salvajes mechones de cabello azabache, en la nuca, se levantaban en pico, recordándole vagamente a las cacatúas. Tenía los ojos de un hermoso y profundo color negro, y lo miraba de frente. El rostro era pálido y fino, delicado pero fuerte. Era capaz de reír, pero también podía luchar.
De pronto Naruto alzó la mano, como si quisiera dibujar el contorno de ese rostro en una línea que movía en el aire. Sin embargo, en cuanto el niño levanto la mano, el azabache retrocedió. El reconoció el gesto. Era un compañero del mismo dolor. También en su vida existía un oso.
Le miró con enorme tristeza.
-Lo siento- murmuró.
-¿Porque dices que lo sientes?- pregunto él mirándole confundido y retándolo con la mirada.
No podía explicárselo. En vez de hacerlo le ofreció lo único valioso que tenía… un pedacito de lápiz negro que había guardado de la clase.
-No- dijo él-. Quédatelo. Te he visto dibujar y pienso que eres bueno- le miro- te diré que. Hazme un dibujo, ¿sí?
Él lo miró a la cara, tratando desesperadamente de comprender lo que el azabache decía. El azabache saco una mugrienta hoja de papel de su bolsillo y se la mostró.
-Tú- le dijo con lentitud, indicando la mano de Naruto que aún sostenía el lápiz- vas a hacerme un dibujo, ¿verdad que si? – y se señaló a sí mismo.
La vívida sonrisa del rubio brilló.
-Si- gruño, sin que le importara el retumbo que su voz le produjo en la cabeza.
El azabache le sonrió de medio lado y se alejó. Naruto no sabía cómo se llamaba, pero decidió que le haría un dibujo maravilloso.
Al día siguiente el hombre-que-pinta estaba en el parque. El muchacho corrió a encontrarlo. El hombre-que pinta sonrió y Naruto le devolvió la sonrisa. El hombre arrancó una hoja de su bloc de bocetos y le entrego un carboncillo. Naruto, al recordar su promesa al niño, comenzó a doblarla para cortarla a la mitad, pero el hombre-que-pinta intervino con rapidez.
-No lo hagas. Siempre que puedas dibuja en grande y con trazos vigorosos.
Naruto lo miró y entendió lo que explicaba. El niño se puso a dibujar con rapidez. Dibujo al hombre encorvado sobre su caballete; se trataba de una figura más o menos cuadrada, de corte algo tosco, que usaba un grueso e informe suéter color café cerrado y pantalones vaqueros manchados de pintura. La cabeza le recordaba a Naruto la de un león: cabello gris e hirsuto, ojos muy brillantes bajo espesas cejas y finas patas de gallo en las esquinas.
Cuando termino el dibujo, el rubio e lo ofreció con timidez, el hombre-que-pinta casi se lo arrebató emocionado.
-¡Pero esto es espléndido!- exclamó- ¿es así como me ves? Parezco una bolsa para trapos viejos, ¿verdad?- en los ojos sonrientes asomaba alfo muy parecido a la admiración. Luego se volvió y miro fijamente el rostro de Naruto-. Eres un artista, ¿sabes? Y como todos los artistas, debes firmar tu trabajo.
Naruto le comprendió.
Cuidadosamente escribió en el emborronado papel la palabra "Naruto". No añadió nada más.
-¿Eso es todo?- pregunto el hombre al tiempo que sonreía.
Naruto asintió. No podía explicar que Uzumaki era el apellido de su madre. El del oso era Akatsuka. Pero ninguno de esos era el de Naruto. En lo más profundo de su mente recordaba a un hombre sonriente y corpulento; su padre… y que era ingeniero. Él se marchó, o Kushina, la madre de Naruto, lo abandonó… no podía recordar exactamente quién se fue, pero pensaba que sus dibujos provenían de aquel hombre alto, alegre y con la risa en los labios al que conoció cuando era pequeño.
Al día siguiente, el oso regresó del partido de futbol muy borracho y de mal humor, su equipo había perdido.
Naruto le estaba dando de cenar a los pequeños cuando el oso entró tambaleándose por la puerta. Kushina se encontraba en el salón donde se jugaba la lotería.
-¿Qué demonios haces con esa cacerola?-grito Madara- ¡Otra vez ramen!
Enfurecido el oso avanzó unos pasos y vociferó
-¡Quiero una cena decente!- arremetió contra Naruto, arrebatándole de las manos la cacerola, y el caldo junto los fideos cayeron formando una masa caliente y pegajosa sobre los pies de Naruto. Una parte cayó también sobre los pies del Oso. Este rugió de rabia.
Naruto se quedó petrificado. No trato de defenderse ni de escapar… no pudo.
El Oso avanzó hacia él, desabrochándose el cinturón de cuero con hebilla de metal y bramando como un toro se arrojó sobre el rubio.
