Naruto despertó en el piso, le dolía todo el cuerpo. Su madre estaba inclinada sobre él, llorando.

-Ya pasó, Naru, él ya se fue- Luego preguntó- ¿Qué fue lo que te hizo? ¿Te sientes capaz de caminar?

Como pudo su madre lo ayudó a subir las escaleras y llegar a la cama que compartía con Nagato; esté, aunque tenía siete años, parecía más pequeño y ocupaba poco lugar. El niño ya estaba dormido, extendido sobre la cama, se veía tan inocente y tan indefenso. Naruto supo que tenía que defender a Nagato y a sus demás hermanos del oso.

-Mami…- comenzó, pero sólo el hablar era una agonía. Sintió que la cabeza le iba a estallar del dolor-, los niños…

-Estarán bien, Naru. No te preocupes.

Su madre se pasó la mano por el desgreñado cabello rojo y miro impotente la desaseada habitación.

Él lucho por incorporarse.

-Voy a levantarme… -murmuró.

Su madre le detuvo.

-No, no. Tú quédate aquí. Yo arreglare las cosas- Luego exclamo con voz ahogada- ¡Oh dios mío! ¿Qué es lo que voy a hacer?

Él rubio vio las lágrimas; luego levanto la mano hasta el rostro de su madre en un gesto amable y cansado.

-Lo siento- murmuro con un hilillo de voz- lo siento.

Como Naruto falto a la escuela durante más de una semana, el personal se lo informo a Hiruzen Sarutobi, el encargado de la asistencia escolar, quien, a su vez, llamo a Umino Iruka, que estaba a cargo del servicio social, para tener una reunión.

-¿Existe algún indicio de que tenga dificultades en su casa?- pregunto Sarutobi.

Umino Iruka, al que los chicos llamaban "el señor de la beneficencia", suspiró.

-Muchos. Nada positivo. Es muy retraído, los maestros se quejan de que no hace nada constructivo en la escuela. No responde cuando se le habla, salta cuando escucha ruidos fuertes, y falta casi todos los lunes.

-¿Falta?

Sarutobi reconoció el patrón de conducta. Tenía más experiencia que Iruka; él se preocupaba por los chicos, pero aún era muy joven. Su aspecto era agradable, con el suave cabello castaño sujetado en una coleta, ojos color avellana, una sonrisa cálida y afectuosa, junto con una singular cicatriz que atravesaba su nariz.

-Me suena familiar- dijo- algún tipo de violencia en casa. El temor a menudo hace que los niños parezcan extremadamente tontos. ¿Ya visitó la casa?

Iruka movió la cabeza.

-Todavía no. Pensaba ir mañana

-Sera mejor ir hoy- dijo Sarutobi. Iruka estuvo de acuerdo.

Iruka llamó a la puerta pero nadie acudió. Caminó rodeando la casa hasta la parte trasera, donde encontró una puerta sin llave y entró.

El desorden en la cocina era indescriptible, había enormes pilas de latos sucios, leche que se agriaba en botellas a medio usar y montones de pañales sobre la mesa. Más allá de una de las puertas se escuchaba el llanto de un bebé. En la sala Iruka encontró una niñita de cinco años que la miraba, con el dedo en la boca y los ojos muy abiertos, asustada. Junto a ella un niño que hacia rebotar frenéticamente al bebé de arriba abajo en su cochecito, en un vano intento por tranquilizarlo.

-Soy Iruka, el señor de la beneficencia- Explicó al ver la cara asustada de los niños.

Nagato se paralizó, pero se colocó rápidamente frente a sus hermanitos.

-Mami no está.

-En realidad vine a ver a Naruto. ¿Anda él por aquí? – Preguntó suavemente, para no asustarlos más- No le haré daño, vine a ayudarlo, dime donde está.

Nagato se le quedó mirando en silencio, pero de pronto reconoció en Iruka a un aliado.

-Está arriba- dijo Nagato finalmente y lo premió para que subiera a verlo por sí mismo.

Iruka trepó escaleras arriba, seguida de Nagato.

Naruto yacía en una especie de letargo. No se daba cuenta si alguien entraba o salía. El cuerpo le dolía demasiado como para moverse, así que no trato de darse la vuelta. En algún lugar lejano, más allá, podía ver árboles, con las ramas moviéndose suavemente encima de su cabeza, y sus pies, que ardían por las quemaduras que le produjeron los fideos calientes, se encontraban sumergidos en agua fría mientras el contemplaba el cielo.

-¿Cielo?- Dijo, y un zumbido retumbó en su cabeza. Trató de sonreír y repitió –Cielo.

-Sí, Naruto- dijo Iruka con suavidad- Te conseguiremos un poco de cielo.

No recordaba haber sentido tal furia antes. Después de llevar a Naruto al hospital, y de poner a los otros tres niños bajo una custodia temporal de emergencia, aún seguía furioso.

Uzumaki Kushina lloró y protestó aclarando que en verdad amaba a su hijo Naruto, aunque fuera un poco torpe; que también adoraba a sus otros hijos y que el oso también los quería. Alguien le preguntó con amabilidad si estaba dispuesta a asistir a clases para ser una buena madre y ama de casa antes de que le permitieran recuperar a sus hijos. Ella dijo que sí.

Mientras tanto, Naruto yacía en una blanca cama de hospital; los pies que tenían quemados sanaban lentamente. Todos eran muy amables con él. No podía escuchar nada de lo que le decían, pero sonreía cuando hacían algo por él. Una vez pregunto por los niños, y le aseguraron que sus hermanos y hermana estaban bien atendidos.

Una soñolienta tarde, mientras pensaba en los árboles, llego el señor de la beneficencia y con él venía el niño que lo defendió sosteniendo algo en la mano. Se acercó a la cama y le entrego un enorme bloc de dibujo y toda una caja llena de lápices y pinturas.

-Los chicos de la clase lo sienten- dijo- ¿Ves? Los compramos para ti. Ahora podrás dibujarme un verdadero cuadro.

El rubio acaricio el bloc de papel y la caja de lápices y pinturas, sorprendido.

-¿Para… mí?- Logró pronunciar las palabras, aunque el eco le lastimó los tímpanos.

-Para ti- Señaló un extremo de la cubierta del bloc- Escribimos tu nombre en él.

Inclino la cabeza sobre el bloc y leyó el mensaje:

Para Naruto.

Alíviate pronto.

Con amor:

Uchiha Sasuke y la clase del 3b.

El azabache sonreía, Naruto también le sonrió.

-¿Sasuke?

Él asintió, sin despegar ni un momento sus ojos de los azules del rubio.

-Así es, Me llamo Sasuke- Se inclinó sobre la cama y escribió algo más sobre el bloc de dibujo, luego se volvió hacia Iruka. – Ahora estará bien. ¿Puedo venir a verlo mañana?

-Por supuesto- Le sonrió cálidamente y vio que el chico había escrito:

Los dibujos son mejores que las palabras.

Iruka y Sasuke, se dieron vuelta y salieron del pabellón, para dejar descansar un poco más al rubio.

-¿Sabe? – Dijo el azabache- No es que Naruto sea tonto, solo es sordo.

Iruka se detuvo y le miro confundido.

-¿Sordo?

De pronto todo quedó aclarado. Iruka se asombró de su propia estupidez… y de la negligencia de la escuela. ¿Cómo no se habían dado cuenta? ¡Claro que era eso! El chico era sordo, no era estúpido ni terco ni estaba enfurruñado. Simplemente no podía escucharlos.

-¿Cómo te diste cuenta? – Iruka le pregunto con curiosidad.

Sasuke le miro con un ligero desdén y una clara muestra de prepotencia.

-Es obvio. Si alguien golpea mucho los oídos de una persona, algo malo les va a pasar tarde o temprano, ¿No es así? El oso siempre está pegándole a Naruto. Uno sabe cómo pasa.

-¿M e estás diciendo…?- Iruka dudó. Luego, abruptamente hizo la pregunta prohibida-. ¿Quién?

El niño se encogió de hombros.

-En mi caso es mi tío. Pero ya estoy demasiado grande.

Iruka le miro desconcertado.

-¿Y tu mamá?

-¡Ah! Ella se fue. Desde entonces he estado entrando y saliendo de la casa hogar para niños maltratados, pero mi tío pensó que era su deber criarme como es debido y algunas veces se le pasaba la mano ¿Sabe? Así que me mandaban de regreso a la casa hogar.

Iruka empezó a entender lo que sucedía.

-¿Eso te molestaba?

Sasuke le sonrió de medio lado y levanto el rostro con arrogancia

-No. Por lo general es un descanso. Pero la última vez le dijeron a mi tío que la próxima no me dejaría volver con él.

Iruka se quedó callado por un momento. Luego preguntó lentamente:

-¿Cuántos años tienes?

-Doce… casi trece. Naruto tiene casi doce. Muy pronto también él será demasiado grande para que lo golpeen- el azabache sonrió-. Todo mejora cuando uno crece.

Iruka no estaba seguro si creer o no en esa sonrisa.

-Sasuke, si las cosas se vuelven a poner mal, quisiera que me lo dijeras –Insistió.

Una vez en la calle, Sasuke miro a Iruka, analizó el asunto y lo evaluó. Luego metió sus manos en los bolsillos de su pantalón y esbozo una mueca sonriente.

-Está bien, lo haré.

PERO NO LO HIZO...